{"id":15857,"date":"2022-04-06T22:18:40","date_gmt":"2022-04-07T03:18:40","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=15857"},"modified":"2022-04-06T22:18:40","modified_gmt":"2022-04-07T03:18:40","slug":"guy-de-maupassant-cuento-isaac-babel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/guy-de-maupassant-cuento-isaac-babel\/","title":{"rendered":"Guy de Maupassant"},"content":{"rendered":"<p>Isaac B\u00e1bel (1894-1940) naci\u00f3 en el gueto jud\u00edo de la ciudad de Odesa, hoy Ucrania y entonces parte del imperio ruso. Tras haber vivido (y descrito en su obra) la revoluci\u00f3n rusa y la instauraci\u00f3n del r\u00e9gimen estalinista \u2013lo cual le dio fama internacional\u2013, fue falsamente acusado de espionaje, arrestado por la NKVD, preso y ejecutado sumariamente. S\u00f3lo hasta los a\u00f1os noventa del siglo pasado se revel\u00f3 cu\u00e1l hab\u00eda sido su destino preciso. La obra de B\u00e1bel \u2013hombre contradictorio, arrebatado como muchos de sus personajes\u2013 es una de las m\u00e1s importantes de la literatura en ruso del siglo XX.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00abGuy de Maupassant\u00bb es en parte un homenaje al gran cuentista franc\u00e9s, muy admirado por B\u00e1bel, y en parte una <a href=\"https:\/\/semanal.jornada.com.mx\/2021\/12\/15\/isaak-babel-un-ruso-entre-flaubert-y-maupassant-5096.html\">narraci\u00f3n er\u00f3tica<\/a>, sutil, en la que el deseo es la causa de m\u00e1s de una ca\u00edda. El cuento fue publicado p\u00f3stumamente, pues fue de los pocos materiales in\u00e9ditos del escritor que <a href=\"https:\/\/elvuelodelalechuza.com\/2022\/03\/01\/erase-una-vez-la-ucrania-de-isaak-babel\/\">se salvaron<\/a> tras su arresto. La presente traducci\u00f3n circula en l\u00ednea sin cr\u00e9dito y la he revisado.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"15858\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/guy-de-maupassant-cuento-isaac-babel\/isaakbabel\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel.jpg\" data-orig-size=\"1450,1087\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;1649106832&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Isaak B\u00e1bel\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel-1024x768.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel.jpg\" alt=\"\" width=\"1450\" height=\"1087\" class=\"aligncenter size-full wp-image-15858\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel.jpg 1450w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel-300x225.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel-1024x768.jpg 1024w\" sizes=\"auto, (max-width: 1450px) 100vw, 1450px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>GUY DE MAUPASSANT<br \/>\nIsaac B\u00e1bel<\/strong><\/p>\n<p>En el invierno del a\u00f1o 16 me present\u00e9 en San Petersburgo con un pasaporte falso y sin dinero. Me dio cobijo Alexei Kaz\u00e1ntsev, profesor de literatura rusa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00c9l viv\u00eda en Peski, una calle helada, amarillenta y apestosa. A su paup\u00e9rrimo sueldo a\u00f1ad\u00eda lo que ganaba traduciendo novelas espa\u00f1olas; por aquel entonces estaba de moda Blasco Ib\u00e1\u00f1ez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Kaz\u00e1ntsev nunca hab\u00eda estado en Espa\u00f1a, pero su amor hacia ese pa\u00eds colmaba todo su ser: conoc\u00eda todos los castillos, jardines y fincas de Espa\u00f1a. Aparte de m\u00ed, se arrimaba a Kaz\u00e1ntsev una caterva de personas marginadas por la sociedad. Com\u00edamos penosamente. De vez en cuando, alg\u00fan peri\u00f3dico de mala muerte publicaba en letras peque\u00f1as nuestras cr\u00f3nicas de sociedad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo pasaba todas las ma\u00f1anas en dep\u00f3sitos de cad\u00e1veres y comisar\u00edas de polic\u00eda. El m\u00e1s feliz de todos era Kaz\u00e1ntsev. Ten\u00eda patr\u00eda: Espa\u00f1a.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En noviembre se me ofreci\u00f3 un puesto de oficinista en la f\u00e1brica Ob\u00fajov; una tarea nada desde\u00f1able, que me proporcionaba la oportunidad de librar del servicio militar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo rechac\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya a mis veinte a\u00f1os, me hab\u00eda convencido de que era preferible pasar hambre, ir a la c\u00e1rcel o no tener hogar antes que penar diez horas diarias ante un escritorio. Nunca viol\u00e9 este principio ni lo violar\u00e9. Tengo la convicci\u00f3n de mis antepasados de que venimos al mundo para gozar del trabajo, de la pelea, del amor. De que nacemos para eso y no para otra cosa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Kaz\u00e1ntsev escuchaba mis argumentos y ensortijaba con sus dedos algunos pelos rubios de su cabeza. En su mirada se atisbaban a la vez horror y admiraci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lleg\u00f3 la Pascua y la suerte nos fue favorable. El abogado Benderski, propietario de la editorial Alciona, emprendi\u00f3 la publicaci\u00f3n de una nueva edici\u00f3n de las obras de Maupassant. De su traducci\u00f3n se encargaba Raisa, su esposa. Hasta el momento, del antojo de la se\u00f1ora no hab\u00eda salido nada bueno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A Kaz\u00e1ntsev, que solo traduc\u00eda del espa\u00f1ol, le preguntaron por alguien que pudiese ayudar a Raisa Mij\u00e1ilovna. Kaz\u00e1ntsev me recomend\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al d\u00eda siguiente, vestido con una chaqueta que me prestaron, fui al domicilio del matrimonio Benderski. Viv\u00edan en el cruce de las calles Nevski y Moika, en un edificio de granito finland\u00e9s, rodeada por columnas rosas, con aspilleras y blasones de piedra. Antes de la guerra, banqueros sin posici\u00f3n ni familia \u2013jud\u00edos conversos que se hab\u00edan hecho ricos gracias al comercio\u2013 construyeron en San Petersburgo una gran cantidad de estos vulgares edificios, de exagerada y fingida magnificencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La escalera estaba cubierta con una alfombra roja. En los descansillos se mostraban amenazadores unos osos disecados. En sus fauces abiertas se encend\u00edan bombillas de cristal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La pareja Benderski viv\u00eda en el tercer piso. Me abri\u00f3 la puerta una criada con uniforme, de busto erguido. Me hizo pasar a un sal\u00f3n amueblado al estilo eslavo antiguo. En las paredes colgaban cuadros azules de R\u00f6rich, con rocas y monstruos antediluvianos. En los rincones, sobre unos atriles, descansaban iconos antiguos. La criada del busto erguido se mov\u00eda solemnemente por la habitaci\u00f3n. Era alta, miope y arrogante. En sus ojos grises abiertos estaba petrificada la lascivia. La joven se contoneaba lentamente. Pens\u00e9 que al hacer el amor se revolcar\u00eda con frenes\u00ed. La cortina de terciopelo que colgaba ante la puerta se abri\u00f3. Una mujer de cabello negro y ojos rosados entr\u00f3 en la habitaci\u00f3n mostrando un generoso pecho. No era dif\u00edcil de reconocer en la Bend\u00e9rskaya a esa deliciosa clase de jud\u00eda procedente de Kiev y de Poltava, de las ricas ciudades de la estepa plantadas de casta\u00f1os y acacias. Esas mujeres transforman el dinero de sus maridos en las rosadas grasas de sus vientres, su cuellos y sus hombros redondeados. Su somnolientas sonrisas, delicadas y astutas, son la delicia de los oficiales de guarnici\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Maupassant es la \u00fanica pasi\u00f3n de mi vida \u2014me dijo Raisa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Procurando disimular el contoneo de sus anchas caderas, la mujer sali\u00f3 del cuarto y regres\u00f3 con la traducci\u00f3n de \u00abMiss Harriet\u00bb. En su versi\u00f3n no hab\u00eda rastro de las frases de Maupassant, de su pasi\u00f3n tan libre, de su fluidez y de su profundo aliento. La Bend\u00e9rkaya escrib\u00eda con tediosa concreci\u00f3n, sin vida, desenfadada, como escrib\u00edan antiguamente el ruso los jud\u00edos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me llev\u00e9 el paquete a casa. En el \u00e1tico de Kaz\u00e1ntsev, entre gente que dorm\u00eda, me dediqu\u00e9 toda la noche a corregir la traducci\u00f3n ajena. No es una tarea tan mala como parece. Una frase nace buena y mala a la vez. El secreto est\u00e1 en un giro apenas perceptible. La manivela debe permanecer en la mano y calentarse. Hay que darle vuelta una sola vez, no dos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al d\u00eda siguiente temprano le entregu\u00e9 el manuscrito rehecho. Raisa no exageraba al manifestar su pasi\u00f3n por Maupassant. Mientras le\u00eda, permaneci\u00f3 inm\u00f3vil en su asiento, con los dedos entrelazados. Sus suaves manos se deslizaban hacia el suelo, su frente palidec\u00eda, el encaje se escurr\u00eda entre los oprimidos pechos, jadeaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfC\u00f3mo lo ha hecho?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue entonces cuando le habl\u00e9 del estilo, del ej\u00e9rcito de las palabras, un ej\u00e9rcito en el que puede usar todo tipo de armamento. No hay punta de hierro que pueda penetrar de forma tan efectiva en el coraz\u00f3n humano como un punto colocado en el sitio justo. Ella me escuchaba con arrobo, entreabriendo sus labios pintados. Un rayo se reflejaba sobre sus negros y lustrosos cabellos, muy peinados y separados por una raya. Moldeadas por las medias, sus piernas y pantorrillas descansaban un poco separadas sobre la alfombra.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La criada, desviando la mirada de descarado libertinaje, sirvi\u00f3 el desayuno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El turbio sol de San Petersburgo ca\u00eda ahora sobre la irregular y descolorida alfombra. Los veintinueve vol\u00famenes de Maupassant se alineaban en una estanter\u00eda encima de la mesa. El sol brillaba sobre el tafilete dorado que adornaba el lomo de los libros, enorme tumba del coraz\u00f3n humano.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tomamos el caf\u00e9 en tacitas azules y comenzamos a traducir \u00abEl idilio\u00bb. Qui\u00e9n puede olvidar el cuento del joven carpintero hambriento que mamaba del pecho de una obesa matrona, necesitada de aliviar su carga de leche. Eso ocurr\u00eda un caluroso mediod\u00eda en el tren de Niza a Marsella, en el pa\u00eds de las rosas, en la patria de las rosas, all\u00ed donde los macizos floridos descienden hasta el borde del mar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sal\u00ed de casa de los Benderki con veinticinco rublos que me hab\u00edan adelantado. Nuestra comunidad de Peski estuvo esa noche completamente borracha, como un tropel de patos embriagados. Tom\u00e1bamos a cucharadas el mejor caviar y lo com\u00edamos con salchichas asadas. Totalmente borracho, comenc\u00e9 a proferir insultos contra Tolstoi.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Vuestro conde estaba asustado, acobardado\u2026 El miedo es su religi\u00f3n\u2026 Temeroso del fr\u00edo, de la vejez y de la muerte, el conde teji\u00f3 una camisa de fe\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfY qu\u00e9 m\u00e1s? \u2014me pregunt\u00f3 Kaz\u00e1ntsev moviendo su cabecita de p\u00e1jaro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nos quedamos dormidos junto a nuestras camas. So\u00f1\u00e9 con Katia, la lavandera cuarentona que viv\u00eda en el piso de abajo. Por las ma\u00f1anas le ped\u00edamos agua caliente. Nunca tuve ocasi\u00f3n de detenerme a examinar su rostro, pero en el sue\u00f1o solo Dios sabe lo que Katia y yo hac\u00edamos. Nos mat\u00e1bamos a besos el uno al otro. No pude resistirme y al d\u00eda siguiente baj\u00e9 a buscar agua.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sali\u00f3 a mi encuentro una mujer envejecida, con un chal cruzado sobre el pecho, descolgados rizos de color canoso ceniciento y manos h\u00famedas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A partir de ese d\u00eda opt\u00e9 por desayunar en casa de los Benderski. En nuestro \u00e1tico se instal\u00f3 una estufa nueva, y hubo arenques y chocolates. Raisa me llev\u00f3 dos veces a las islas. No pude contenerme y le cont\u00e9 mi ni\u00f1ez. La narraci\u00f3n result\u00f3 muy l\u00fagubre, para gran sorpresa m\u00eda. Bajo el sombrerito de piel de topo me miraban unos ojos brillantes, asustados. Las pesta\u00f1as palpitaban con compasi\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Conoc\u00ed al marido de Raisa: un jud\u00edo de tez amarillenta, calvo, de cuerpo delgado y fornido, siempre con el aspecto de estar a punto de echar a volar. Corr\u00edan ciertos rumores de sus estrechas relaciones con Rasput\u00edn. Las ganancias que hab\u00eda conseguido con aprovisionamientos al ej\u00e9rcito le daban un aspecto de poseso. Sus ojos parec\u00edan inquietos: para \u00e9l, el tejido de la realidad se hab\u00eda desgarrado. Raisa enrojec\u00eda al presentar a su marido a nuevos amigos. Tal vez debido a mi juventud, me di cuenta de este extremo una semana m\u00e1s tarde de lo debido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s de A\u00f1o Nuevo, acudieron a casa de Raisa sus dos hermanas de Kiev. Yo hab\u00eda tra\u00eddo el manuscrito de \u00abLa confesi\u00f3n\u00bb, y al no encontrar a Raisa, regres\u00e9 por la tarde. Estaban cenando en el comedor. Llegaba de all\u00ed una singular cacofon\u00eda femenina y el bramido de voces masculinas en exceso exaltadas. En las casas ricas carentes de tradici\u00f3n se come ruidosamente. El jaleo era jud\u00edo, con explosiones y armoniosas terminaciones. Raisa sali\u00f3 a recibirme vestida de noche, con la espalda al desnudo. Sus pies calzaban unos zapatos de charol y pisaban dubitativamente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Estoy muy borracha \u2014y me tendi\u00f3 los brazos, ensartados en cadenas de platino y en estrellas de esmeralda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Su cuerpo serpenteaba como el de la cobra que se levanta hacia el cielo a impulsos del ritmo de la m\u00fasica. Mov\u00eda su rizada cabeza y hac\u00eda tintinear las sortijas. De pronto se dej\u00f3 en un sill\u00f3n de antiqu\u00edsima talla rusa. Unas cicatrices apenas casi imperceptibles se dejaban ver sobre su empolvada espalda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tras la pared estall\u00f3 una vez m\u00e1s la risa femenina. Salieron del comedor las hermanas, algo bigotudas, pero tan altas y tan exuberantes de pecho como Raisa. Los pechos se proyectaban hacia delante, sus negras cabelleras ondeaban. Ambas estaban casadas con sendos Benderski. La habitaci\u00f3n se satur\u00f3 de un alocado jolgorio femenino, alegr\u00eda de mujeres maduras. Los maridos ayudaron a las hermanas a ponerse los abrigos de nutria, las mantillas de Orenburgo, y las embutieron en botas negras. Bajo la n\u00edvea visera de las mantillas solamente quedaron al descubierto las coloradas mejillas, narices de m\u00e1rmol y ojos con miope brillo sem\u00edtico. Se fueron con estr\u00e9pito al teatro, donde representaban <em>Judith<\/em> con Saliapin.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Quiero trabajar! \u2014dijo Raisa, tendiendo sus brazos desnudos\u2014 Hemos perdido una semana ya\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Trajo del comedor una botella y dos copas. Su pecho descansaba holgado en la sedosa tela del traje; los pezones se dilataron enhiestos, escondidos por la seda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Esta es una gran cosecha \u2014dijo Raisa sirviendo el vino\u2014, moscatel del a\u00f1o ochenta y tres. Cuando mi marido se entere, me mata\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo, que nunca me las hab\u00eda visto con moscateles del a\u00f1o 83, sin pensarlo mucho me tom\u00e9, una tras otra, tres copas que de inmediato me transportaron a unos callejones con llamaradas de color naranja y con m\u00fasica.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Estoy muy borracha\u2026 \u00bfQu\u00e9 hacemos hoy?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Hoy toca \u00abL&#8217;aveu\u00bb.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En otras palabras, \u00abLa confesi\u00f3n\u00bb. El protagonista de ese relato es el sol, <em>le soleil<\/em> de Francia. Gotas de sol incandescente se derramaban sobre la rubia Celeste y se transformaban en pecas. El sol con sus rayos cayendo a plomo, el vino y la sidra abrillantaron el rostro del cochero Polyte. Dos veces por semana, la joven Celeste iba hasta el pueblo a vender crema, huevos y gallinas. Le pagaba a Polyte diez sueldos por el viaje y cuatro por llevar la mercanc\u00eda. En cada viaje, el p\u00edcaro Polyte preguntaba a la pelirroja Celeste gui\u00f1\u00e1ndole un ojo: \u00ab\u00bfCu\u00e1ndo es la fiesta, hermosa?\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00ab\u00bfQu\u00e9 quiere decir con eso Sr. Polyte?\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El cochero daba un salto en el pescante y explicaba: \u00abUna fiesta es una fiesta\u2026\u00a1diablos!&#8230; Un mozo y una moza sin m\u00fasica se bastan\u2026\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00abNo me gustan esas bromas, Sr. Polyte\u00bb, respond\u00eda Celeste apartando del muchacho sus faldas, que colgaban sobre potentes pantorrillas cubiertas por medias rojas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero aquel brib\u00f3n de Polyte segu\u00eda ri\u00e9ndose, continuaba tosiendo \u2013\u00ab\u00a1Alguna vez ser\u00e1 la fiesta, hermosa m\u00eda!\u00bb\u2013 y alegres l\u00e1grimas corr\u00edan por su cara del tono de la sangre, del ladrillo y el vino.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Beb\u00ed otra copa del preciado moscatel. Raisa brind\u00f3 conmigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La criada de ojos p\u00e9treos atraves\u00f3 la habitaci\u00f3n y desapareci\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<em>Ce diable de Polyte<\/em>\u2026 En dos a\u00f1os, Celeste le hab\u00eda pagado cuarenta y ocho francos. \u00a1Cincuenta menos dos! Al final del segundo a\u00f1o se hallaban los dos solos en la carretam y Polyte, que hab\u00eda tomado sidra antes de salir, pregunt\u00f3 como era su costumbre: \u00ab\u00bfTampoco es hoy la fiesta, se\u00f1orita Celeste?\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y ella respondi\u00f3 bajando los ojos: \u00abComo usted guste, se\u00f1or Polyte\u2026\u00bb<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Raisa se dej\u00f3 caer sobre la mesa, entre grandes carcajadas. <em>Ce diable de Polyte!<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La carreta iba tirada por un jamelgo blanco. El jamelgo, con labios rosados por la edad, trot\u00f3 al paso. El alegre sol de Francia rode\u00f3 el coche que se ocult\u00f3 del mundo bajo una visera descolorida. Un mozo y una moza sin m\u00fasica se bastan\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Raisa me tendi\u00f3 una copa. Era la quinta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Por Maupassant, <em>mon vieux!<\/em><br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfEs hoy la fiesta, hermosa m\u00eda?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me acerqu\u00e9 a Raisa y la bes\u00e9 en los labios que temblaron y se hincharon.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Qu\u00e9 divertido es usted \u2014respondi\u00f3 Raisa entre dientes y se ech\u00f3 hacia atr\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se arrim\u00f3 a la pared extendiendo sus brazos desnudos. Manchas rojizas aparecieron en ellos y en sus hombros. De todas las divinidades clavadas en una cruz, ella era la m\u00e1s seductora.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Haga el favor de sentarse, monsieur Polyte\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me indic\u00f3 un inclinado sill\u00f3n de factura eslava. El respaldo era un entrelazado de madera con puntas policromadas. Me dirig\u00ed a \u00e9l tambale\u00e1ndome.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La noche hab\u00eda colocado bajo mi hambrienta juventud una botella de moscatel del a\u00f1o ochenta y tres y veintinueve vol\u00famenes, veintinueve petardos rellenos de piedad, de genio de pasi\u00f3n\u2026 Di un salto derribando una silla y tropezando con un estante. Los veintinueve tomos se desplomaron sobre la alfombra, cayeron sobre sus lomos, las p\u00e1ginas volaron en todas direcciones\u2026 Y el jamelgo blanco de mi destino trot\u00f3 al paso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Qu\u00e9 divertido es usted! \u2013rugi\u00f3 Raisa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Abandon\u00e9 la casa de granito cerca de las doce, antes de que regresaran del teatro las hermanas y el marido. Estaba sobrio y era capaz de caminar en l\u00ednea recta sobre una tabla, pero era mucho mejor tambalearse, y me contoneaba cantando en un lenguaje inventado por m\u00ed. En los t\u00faneles de las calles bordeadas por una mir\u00edada de farolas, circulaban oleadas de neblina. Monstruos rug\u00edan tras las paredes efervescentes. La calzada ocultaba las piernas a los transe\u00fantes. Ya en casa, Kaz\u00e1ntsev dorm\u00eda. Dorm\u00eda sentado, estirando las flacas piernas embutidas en botas de fieltro. En su cabeza se eriz\u00f3 la pelusa de canario. Se hab\u00eda quedado dormido al pie de la estufa con un <em>Don Quijote<\/em> de 1624 sobre sus rodillas. El libro llevaba en el t\u00edtulo una dedicatoria al duque de Broglie. Me acost\u00e9 sin hacer ruido para no despertar a Kaz\u00e1ntsev, acerqu\u00e9 la l\u00e1mpara y me puse a leer el libro de Edouard Maynial <em>Vida y obra de Guy de Maupassant<\/em>.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Kaz\u00e1ntsev mov\u00eda los labios y daba cabezadas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquella madrugada me enter\u00e9 por Edouard Maynial de que Maupassant naci\u00f3 en 1850, que era hijo de un noble normando y de Laure Le Poittevin, prima carnal de Flaubert. A los veinticinco a\u00f1os acus\u00f3 el primer ataque de s\u00edfilis hereditaria. La fertilidad y alegr\u00eda en \u00e9l encerradas se resist\u00edan a la enfermedad. Al principio ten\u00eda dolores de cabeza y arrebatos de hipocondr\u00eda. Despu\u00e9s lo amenaz\u00f3 el fantasma de la ceguera. Perd\u00eda la vista. Crec\u00eda en \u00e9l la man\u00eda persecutoria, la misantrop\u00eda y la iracundia. Luch\u00f3 denodadamente. Naveg\u00f3 en velero por el Mediterr\u00e1neo, huy\u00f3 a T\u00fanez, a Marruecos, a \u00c1frica Central y escrib\u00eda sin cesar. Ya famoso, a los treinta y nueve a\u00f1os, se cort\u00f3 la garganta y se desangr\u00f3, pero qued\u00f3 con vida. Lo recluyeron en un manicomio. All\u00ed andaba a gatas y com\u00eda sus propios excrementos. La \u00faltima anotaci\u00f3n en su triste historial dice: <em>\u00abMonsieur de Maupassant va s\u2019animaliser\u00bb<\/em>. (\u00abEl Sr. de Maupassant se  est\u00e1 volviendo animal\u00bb.)<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Muri\u00f3 a los cuarenta y dos a\u00f1os. Su madre le sobrevivi\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Le\u00ed el libro hasta el final y me levant\u00e9 de la cama. La niebla se hab\u00eda aproximado a la ventana, ocultando el universo. El coraz\u00f3n se me encogi\u00f3. Me hab\u00eda rozado el presagio de la verdad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Isaak B\u00e1bel (1894-1940) hace un homenaje al gran escritor franc\u00e9s en esta narraci\u00f3n: una tragedia sutil y er\u00f3tica.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":15858,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Guy de Maupassant","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,3406,3407,860,3409,2855,1693],"class_list":["post-15857","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-en-ruso","tag-escritores-ucranianos","tag-guy-de-maupassant","tag-isaac-babel","tag-literatura","tag-traducciones-revisadas"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2022\/04\/IsaakBabel.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-47L","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15857","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15857"}],"version-history":[{"count":16,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15857\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15877,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15857\/revisions\/15877"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/15858"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15857"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15857"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15857"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}