{"id":156,"date":"2007-01-19T12:45:32","date_gmt":"2007-01-19T17:45:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=167"},"modified":"2025-09-07T22:10:30","modified_gmt":"2025-09-08T04:10:30","slug":"voy-a-echar-los-dados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/voy-a-echar-los-dados\/","title":{"rendered":"Voy a echar los dados"},"content":{"rendered":"<p>He aqu\u00ed un cuento de Fritz Leiber (1910-1992), escritor estadounidense: uno de los maestros m\u00e1s celebrados de la literatura fant\u00e1stica de su pa\u00eds y el inventor de varios subg\u00e9neros del horror sobrenatural. Nada de su originalidad ha pasado a sus imitadores. \u00abVoy a echar los dados\u00bb (\u00abGonna Roll the Bones\u00bb) apareci\u00f3 en 1968, en el tomo II de la antolog\u00eda <em>Visiones peligrosas<\/em> y el espa\u00f1ol Domingo Santos lo tradujo primero con el t\u00edtulo \u00abVoy a probar suerte\u00bb.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13215\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/voy-a-echar-los-dados\/fritz-leiber\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber.jpg\" data-orig-size=\"1440,960\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Fritz Leiber\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber-1024x683.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber-300x200.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"200\" class=\"aligncenter size-medium wp-image-13215\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber-300x200.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber-1024x683.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber.jpg 1440w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>VOY A ECHAR LOS DADOS<br \/>\nFritz Leiber<\/strong><\/p>\n<p>De pronto, Joe Slattermill supo que ten\u00eda que irse pronto, pues si no la impaciencia le obligar\u00eda a darse golpes contra los remiendos y los parches que manten\u00edan en pie la decadente casa, que era algo as\u00ed como un conjunto de grandes naipes de madera y otros materiales entremezclados. Lo \u00fanico bueno era la chimenea, el horno y el hogar que ve\u00eda a trav\u00e9s de la cocina.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00c9stos s\u00ed eran de piedra s\u00f3lida. El hogar, lleno de rugientes llamas, le llegaba hasta la barbilla y ten\u00eda el doble de ancho. Encima se ve\u00edan las puertas cuadradas de los hornos. En ellos, su esposa amasaba y despu\u00e9s coc\u00eda lo que luego vend\u00eda para ayudar a pagar los gastos. Sobre los hornos, bien altos para que su madre no los alcanzara y para que Don Tripas no saltara, en la repisa, se hallaba toda una serie de objetos curiosos, si bien todo lo que no fuera de porcelana, de piedra o de cristal hab\u00eda sufrido el efecto de las d\u00e9cadas de calor, de tal forma que parec\u00edan cabezas humanas achicadas y negras pelotas de golf. En un extremo estaban agrupadas las cuadradas botellas de ginebra de la esposa, y sobre la repisa hab\u00eda un antiguo cromo, tan alto y tan ennegrecido por la grasa y el holl\u00edn que no se pod\u00eda distinguir si los remolinos y la gruesa figura en forma de cigarro era un ballenero ante un hurac\u00e1n o una nave espacial precipit\u00e1ndose entre una tormenta de motas de polvo arrastradas por la energ\u00eda lum\u00ednica.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tan pronto como Joe comenz\u00f3 a mover los dedos de los pies dentro de las botas, su madre se dio cuenta de sus intenciones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Ya va a salir a holgazanear \u2014murmur\u00f3\u2014. Con los bolsillos de los pantalones llenos del dinero que tendr\u00eda que gastarse en la casa, pero que va a tirar en alg\u00fan pecado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tras decir esto, continu\u00f3 masticando los largos trozos de carne que arrancaba al esqueleto del pavo, mientras que con la otra mano ten\u00eda a raya a Don Tripas, que la miraba fijamente con sus grandes ojos amarillos, retorciendo la cola que remataba sus adelgazados flancos. Con su vestido sucio, lleno de parches como los costados del pavo, la madre de Joe parec\u00eda una ajada bolsa marr\u00f3n, de la cual sal\u00edan, como ramas abultadas, sus dedos quebradizos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde donde estaba el horno situado en el centro, la mujer de Joe lo supo tan pronto como la madre o antes. Mirando a su marido, esboz\u00f3 una de sus desva\u00eddas sonrisas. Antes de cerrar la puerta, Joe pudo ver que se estaban cociendo dos largas, chatas y estrechas hogazas, junto a otra alta y coronada por una c\u00fapula redonda. Envuelta en su vestido violeta, la mujer de Joe era delgada como la muerte y el hambre. Sin mirar, alarg\u00f3 un flaqu\u00edsimo y largo brazo, tom\u00f3 la m\u00e1s cercana de las botellas de ginebra y bebi\u00f3 un buen trago, luego volvi\u00f3 a sonre\u00edr. Y sin que intercambiaran una sola palabra, Joe supo que ella le habr\u00eda dicho:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Vas a salir, a jugar, a emborracharte y a correr una juerga para venir luego a pegarme e ir a la c\u00e1rcel otra vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces record\u00f3 la \u00faltima vez que hab\u00eda estado en la c\u00e1rcel. Hab\u00eda sido muy desagradable; la record\u00f3 a ella acerc\u00e1ndose a medianoche con la luz de la luna alumbr\u00e1ndole los lugares de su cabeza donde hab\u00edan quedado las huellas de los golpes, para susurrarle cosas a trav\u00e9s de la ventanita del fondo, mientras le pasaba una botella por entre los barrotes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue entonces cuando Joe supo, con seguridad, que esta vez el l\u00edo ser\u00eda igual o peor. Pero, aun as\u00ed, se levant\u00f3, con sus bolsillos que sonaban llenos de dinero y se desliz\u00f3 hasta la puerta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Voy a echar los dados. A darme una vuelta y regreso \u2014murmur\u00f3, mientras balanceaba los brazos de nudosos codos como si fueran ruedas de paletas, para que toda la cosa tomara un tinte de broma. Al salir, durante unos segundos mantuvo la puerta un poco abierta. Cuando finalmente la cerr\u00f3, un intenso sentimiento de tristeza se apoder\u00f3 de \u00e9l. A\u00f1os atr\u00e1s, Don Tripas se hubiera apresurado a colarse por la gatera, para acompa\u00f1arlo, buscando hembras y peleas en vallados y techos. Pero ahora, el muy c\u00f3modo, se contentaba con quedarse en casa y disfrutar del fuego mientras trataba de robar alg\u00fan trozo de pavo y se peleaba con la escoba, compartiendo la velada con dos mujeres que se hallaban limitadas a quedarse en casa. Joe s\u00f3lo fue seguido por el ruido de su madre al masticar y por el tintineo de la botella de ginebra al ser apoyada sobre la repisa, mientras el piso cruj\u00eda bajo sus pies.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Profundamente hundida entre las escarchadas estrellas, la noche estaba patas arriba. Algunas estrellas parec\u00edan moverse, como los chorros de luz blanca que surg\u00edan de las toberas de las naves espaciales. M\u00e1s abajo parec\u00eda que toda la ciudad de Ironmine hab\u00eda apagado o soplado la luz para irse a dormir, dejando las calles y los espacios a las brisas y los fantasmas, todos invisibles. Pero Joe se hallaba todav\u00eda en el hemisferio de los olores musgosos y secos de la madera comida por los gusanos que quedaba atr\u00e1s. Y mientras sinti\u00f3 y oy\u00f3 que el c\u00e9sped seco de afuera le rozaba las piernas, se le ocurri\u00f3 que algo desde muy dentro de s\u00ed mismo hab\u00eda planeado las cosas, desde hac\u00eda a\u00f1os, para que \u00e9l mismo, la casa, su mujer, su madre y Don Tripas terminaran juntos. Realmente parec\u00eda un milagro que el calor no hubiera llegado a los lugares donde se guardaban las cosas inflamables.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Encogido de espaldas, Joe no se encamin\u00f3 hacia la parte alta, sino hacia abajo, por el camino de tierra que pasando por el Cementerio de los Cipreses llevaba hacia la Ciudad Nocturna.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La brisa era suave esta noche, pero inquieta y variable, como los chillidos de un duendecillo. M\u00e1s all\u00e1 de la valla del cementerio, blanqueada a nieve, se agitaban los flacuchos \u00e1rboles, como si se estuvieran acariciando las barbas de helechos. Joe parec\u00eda sentir que los fantasmas tambi\u00e9n estaban inquietos, sin saber, tal como le suced\u00eda a la brisa, a qui\u00e9n sorprender, o d\u00f3nde pasar la noche afuera, vagando con otros compa\u00f1eros igualmente lujuriosos y melanc\u00f3licos. Entre los \u00e1rboles luc\u00edan las verdes y vampirescas luces que pulsaban d\u00e9bil e irregularmente, como luci\u00e9rnagas enfermas o como una nave espacial atacada por la peste. El profundo sentimiento de desgracia y melancol\u00eda no abandonaba a Joe, ahond\u00e1ndose de tal forma que estuvo tentado de apartarse y acurrucarse en alguna tumba de aspecto conveniente, o alrededor de alguna l\u00e1pida, rob\u00e1ndole a la esposa y a los otros el final compartido. Pens\u00f3: \u00abVoy a echar unos huesitos. Los echo un rato y, despu\u00e9s, a la cama\u00bb. Pero mientras decid\u00eda qu\u00e9 hacer se dio cuenta de que ya hab\u00eda pasado la verja abierta, la cerca destartalada y todo el resto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aunque al principio le pareci\u00f3 que la Ciudad Nocturna estaba tan muerta como el cementerio, luego pudo distinguir un tenue resplandor, tan enfermizo como las luces vampirescas pero m\u00e1s enfebrecido, y una m\u00fasica juguetona que sonaba tan d\u00e9bil que parec\u00eda hecha a prop\u00f3sito para hormigas retozonas. Mientras recordaba con nostalgia los d\u00edas en que sus piernas se mov\u00edan inquietas, llenas de vida, y desembocaban en una pelea, cayendo como un gatazo o una ara\u00f1a de arena marciana, se zangoloteaba por el sendero. Hac\u00eda muchos a\u00f1os ya que no se encontraba envuelto en una buena pelea, y que no sent\u00eda la fuerza. Poco a poco, la m\u00fasica liliputiense creci\u00f3 hasta volverse tan estruendosa como lo requer\u00eda un oso, tan ensordecedora como una polka para elefantes. Mientras, el resplandor se troc\u00f3 en un estallido de luces, de tubos de mercurio de coloraci\u00f3n cadav\u00e9rica, de juguetonas luminiscencias de ne\u00f3n de rosados colores, burl\u00e1ndose de las estrellas y de los espacios donde reinaban las naves interestelares. Luego, se encontr\u00f3 frente a una fachada simulada, de tres pisos de alto, coronada por un tenue fuego fatuo de color azulado. En su centro hab\u00eda una gran puerta batiente que escup\u00eda luces hacia arriba y hacia abajo. Por encima de la entrada se ve\u00eda un letrero de luces doradas que anunciaba una y otra vez, con rizos y torneados adornos: \u00abEl Osario\u00bb, mientras un truculento resplandor rojizo agregaba: \u00abCasa de Juego\u00bb.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1As\u00ed que \u00e9se era el nuevo lugar del que tanto se hab\u00eda hablado! \u00a1Por fin se hab\u00eda inaugurado! Joe Slattermill experiment\u00f3, por primera vez esa noche, un aut\u00e9ntico estremecimiento de alegr\u00eda y la delicada caricia del entusiasmo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00abVoy a echar unos huesitos\u00bb, pens\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con amplias y descuidadas palmadas, desempolv\u00f3 sus verdeazuladas ropas de trabajo e hizo tintinear el dinero dentro de los bolsillos. Luego ech\u00f3 los hombros atr\u00e1s y sonri\u00f3 con desd\u00e9n, mientras empujaba las puertas batientes con un adem\u00e1n firme, como si le diera una bofetada a un tonto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El interior de \u00abEl Osario\u00bb era enorme, como para albergar a toda una ciudad, y el bar parec\u00eda tan interminable como las v\u00edas del tren. Redondos oasis de luz color verde provenientes de las mesas de p\u00f3quer alternaban con zonas de sugestiva media luz, a trav\u00e9s de las cuales se ve\u00eda pasar a las chicas que se encargaban del cambio y las que entreten\u00edan a la clientela, con pasos que las asemejaban a brujas de blancas piernas. En la plataforma donde se hallaba la orquesta, danzarinas ex\u00f3ticas hac\u00edan resbalar sus blancas figuras de reloj de arena. Los jugadores eran corpulentos y se doblaban sobre las cartas como si fueran hongos, todos calvos de tanto agonizar sobre una carta o un dado, o una bola de marfil.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las voces de los croupiers y los chasquidos de las cartas eran suaves, pero de un firme <em>staccato<\/em>, como los susurros y suaves golpes de los tambores de jazz. Cada uno de los \u00e1tomos del lugar se agitaba de un modo controlado. Hasta las motas de polvo danzaban tensas en los conos de luz.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora el entusiasmo de Joe se increment\u00f3 y sinti\u00f3 que lo recorr\u00eda, tal como la brisa que precede al ventarr\u00f3n, un h\u00e1lito tibio de confianza en s\u00ed mismo que, lo sab\u00eda, pod\u00eda llegar a convertirse en un tornado. Todos los pensamientos que hab\u00eda tenido sobre la esposa, la madre y la casa se desvanecieron. El \u00fanico que qued\u00f3 fue Don Tripas caminando perezosamente en los bordes de su conciencia, como buen holgazanote que era. Los m\u00fasculos de las piernas de Joe se contrajeron con simpat\u00eda y comenz\u00f3 a sentirse extraordinariamente fuerte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras su mano, extendida negligentemente como si no le perteneciera, tomaba una copa de la bandeja de una de las chicas que pasaba, mir\u00f3 a su alrededor con aire fr\u00edo e inquisitivo. Finalmente, se dirigi\u00f3 hacia la que juzg\u00f3 ser la Mesa M\u00e1s Destacada. Todos los Hongos Importantes parec\u00edan hallarse all\u00ed, calvos como el resto, pero manteni\u00e9ndose bien erguidos. Entonces, a trav\u00e9s de una brecha, Joe vio, al otro lado de la mesa, una figura m\u00e1s corpulenta que las dem\u00e1s, pero ataviada con un largo gab\u00e1n con el cuello alzado y coronado por un oscuro sombrero de ala requintada en forma tal que solamente se ve\u00eda de su cara una muy peque\u00f1a parte en forma de tri\u00e1ngulo. En Joe naci\u00f3 una sospecha y una esperanza, y arremeti\u00f3 para hacerse lugar entre los Hongos Importantes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A medida que se acercaba, las camareritas de blancas piernas remolineaban y se alejaban, mientras que sus sospechas recib\u00edan una confirmaci\u00f3n tras otra, y su esperanza florec\u00eda y se desperezaba. En uno de los extremos de la mesa estaba el hombre m\u00e1s gordo que jam\u00e1s hab\u00eda visto, con un largo cigarro, un chaleco color plateado y una corbata de mo\u00f1o dorada de unos veinte cent\u00edmetros de di\u00e1metro, en la que se le\u00eda, en gruesas letras: \u00abSe\u00f1or Huesos\u00bb. Al otro extremo, un poco m\u00e1s retirada, vio a la chica encargada del cambio. Era la m\u00e1s desnuda que jam\u00e1s hubiera imaginado, y la \u00fanica que, en su bandeja situada poco m\u00e1s abajo de sus senos, llevaba un enorme mont\u00f3n de oro que formaba relucientes pilas, junto con fichas del negro m\u00e1s intenso. La chica que se encargaba de los dados, m\u00e1s delgada y alta que su esposa, no parec\u00eda llevar encima mucho m\u00e1s que el largo par de guantes blancos. Si a uno le gustaba el tipo que no son m\u00e1s que p\u00e1lida piel sobre unos huesos, con pechos que parec\u00edan picaportes de porcelana blanca, estaba muy bien.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Junto a cada jugador hab\u00eda una mesita alta y redonda para las fichas. La que correspond\u00eda a la brecha que se hab\u00eda abierto Joe estaba vac\u00eda. Chasqueando los dedos para llamar a la chica que cambiaba las fichas, convirti\u00f3 sus grasientos d\u00f3lares en un n\u00famero similar de p\u00e1lidas fichas y pellizc\u00f3 su pez\u00f3n izquierdo para que le trajera suerte. Juguetonamente, la muchacha hizo adem\u00e1n de morder sus dedos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin apurarse, pero tampoco sin perder tiempo, avanz\u00f3 y dej\u00f3 caer descuidadamente su modesta apuesta sobre la mesa vac\u00eda, ocupando su lugar en la brecha. Observ\u00f3 que el segundo Hongo Importante que hab\u00eda a su derecha ten\u00eda los dados. Su coraz\u00f3n dio un enorme salto, pero ninguna otra parte de su cuerpo dej\u00f3 entrever su emoci\u00f3n. Luego, con tranquilidad, levant\u00f3 sus ojos para mirar al otro lado de la mesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El gab\u00e1n era un resplandeciente y elegante tubo de sat\u00e9n negro, con botones de azabache; el cuello alzado era de un suave terciopelo negro como un oscuro s\u00f3tano, mientras que el sombrero gacho, requintado y con ala ca\u00edda, llevaba como cinta una delgada hebra de crin. Las mangas del gab\u00e1n eran otras dos columnas menores de sat\u00e9n, que terminaban en manos largas y delgadas, de dedos afilados que, cuando su due\u00f1o quer\u00eda, se mov\u00edan r\u00e1pidamente; pero si no, pod\u00edan adoptar la quietud de una estatua.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe todav\u00eda no pod\u00eda ver mucho de la cara, excepto la suave parte inferior de la frente, que no presentaba ni huella ni transpiraci\u00f3n; las cejas, que eran como un segmento desprendido del sombrero, y las delgadas y aristocr\u00e1ticas mejillas, en cuya uni\u00f3n se hallaba, sin embargo, una nariz algo achatada. El color de la piel de la cara era tan blanco como a la primera impresi\u00f3n. Sin embargo, ten\u00eda un ligero tinte amarronado, como el marfil que ha comenzado a envejecer o la piedra jab\u00f3n de los venusianos. Otra mirada a las manos confirm\u00f3 lo que pensaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Detr\u00e1s del hombre de negro se hallaba el grupo de los clientes m\u00e1s desagradables que Joe hubiera visto jam\u00e1s. A primera vista se dio cuenta de que cada uno de estos enjoyados y acicalados matones ten\u00eda un rev\u00f3lver debajo del chaleco y una navaja en su bolsillo, mientras que cada una de las muchachas de ojos perversos llevaba un estilete en la liga y una daga de mango de plata en el hueco que quedaba entre sus senos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin embargo, Joe supo tambi\u00e9n que todos ellos no ten\u00edan mayor importancia. El Amo era el hombre de negro, aquel a quien no se puede mirar, aunque sea superficialmente, sin saber que es muy dif\u00edcil tocarlo y seguir viviendo. Si, sin preguntarle, se pon\u00eda un dedo en una de esas mangas, por respetuoso y gentil que fuera el movimiento, una de las blancas manos se agitar\u00eda e inmediatamente dar\u00eda una pu\u00f1alada o un tiro. O tal vez el simple contacto fuera capaz de matar, como si cada uno de los negros art\u00edculos de su vestimenta se hallaran cargados hacia afuera con una electricidad de alto voltaje y alto amperaje proveniente de la piel.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De nuevo, Joe mir\u00f3 la cara semicubierta por la sombra del sombrero y decidi\u00f3 no intentarlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Porque lo m\u00e1s impresionante de todo eran sus ojos. Todos los jugadores tienen ojos profundos y sombreados de negro. Pero esos ojos estaban tan hundidos que no se pod\u00eda estar realmente seguro de captar su brillo. Parec\u00edan inescrutablemente desencarnados. Como grandes agujeros de completa negrura, eran inimaginables.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin embargo, todo esto, aunque le asust\u00f3 terriblemente, no desilusion\u00f3 a Joe lo m\u00e1s m\u00ednimo. Le llev\u00f3 a una exultante alegr\u00eda. Sus primeras sospechas se hab\u00edan confirmado y sus esperanzas florecieron por completo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ese deb\u00eda de ser uno de esos jugadores realmente importantes que llegaban a Ironmine s\u00f3lo de vez en cuando, tal vez una vez cada d\u00e9cada, procedente de la Gran Ciudad, en uno de los barcos fluviales que recorr\u00edan las orillas como lujosos cometas, dejando largas colas de chispas que surg\u00edan de sus chimeneas altas como sequoias, coronadas del follaje de planchas de acero cuidadosamente curvadas. O tambi\u00e9n como plateadas naves espaciales con docenas de flam\u00edgeros chorros de luz, y con portezuelas que reluc\u00edan como filas de asteroides.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tal vez algunos de esos jugadores verdaderamente notables ven\u00edan de otros planetas, donde la noche estaba llena de placeres, y la vida de los jugadores era un delirio de riesgo y alegr\u00edas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00ed. \u00c9se era el tipo de hombre con el cual Joe siempre hab\u00eda querido competir en habilidad. Comenz\u00f3 a sentir que el poder cosquilleaba en sus dedos, a\u00fan completamente inm\u00f3viles.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe baj\u00f3 la vista hacia la mesa. Su ancho era el de la altura de un hombre, y su largo dos veces mayor. Tambi\u00e9n la hall\u00f3 extra\u00f1amente profunda, forrada no de pa\u00f1o verde sino de negro, lo cual hac\u00eda que se pareciera al ata\u00fad de un gigante. Hab\u00eda algo familiar en su forma que no pudo discernir bien. Su fondo, no sus lados ni extremos, se destacaba por una rara iridiscencia, como si hubiera sido rociada con diamantes muy peque\u00f1os. Cuando Joe baj\u00f3 bien la vista, para tratar de llegar hasta su fondo, le pareci\u00f3 que descend\u00eda hasta el otro lado del mundo, y que el resplandor era de las estrellas de las ant\u00edpodas, visibles a pesar de la presencia de la luz del sol, tal como \u00e9l pod\u00eda verlas de d\u00eda desde las profundidades de la mina en que trabajaba. Realmente parec\u00eda que si un jugador, despu\u00e9s de haberlo perdido todo, se inclinaba demasiado sobre esa mesa, caer\u00eda para siempre, hacia el m\u00e1s insondable abismo, ya sea el Infierno o alguna negra galaxia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe sinti\u00f3 que sus pensamientos giraban como en un torbellino, y not\u00f3 el fr\u00edo y cruel apret\u00f3n del miedo en la garganta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cerca de \u00e9l, oy\u00f3 que alguien dec\u00eda con voz suave:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Vamos, Big Dick.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego, los dados, que mientras tanto hab\u00edan pasado al Hongo Importante que se hallaba a su derecha, fueron lanzados al centro de la mesa, contradiciendo y borroneando la visi\u00f3n de Joe. Al momento fue testigo de otra extra\u00f1a circunstancia que absorbi\u00f3 su atenci\u00f3n. Los dados de marfil eran desusadamente voluminosos, con esquinas redondeadas y marcas grandes y rojas, que reluc\u00edan como rub\u00edes y se hallaban ordenadas de tal modo que formaban un cr\u00e1neo en miniatura. Por ejemplo, el siete que acababa de tirar el Hongo Importante de su derecha, y a ra\u00edz del cual hab\u00eda perdido, consist\u00eda en un dos con cada uno de los puntos espaciados formando dos ojos, en vez de hallarse en las esquinas opuestas, y en un cinco con los mismos dos puntos que se asemejaban a ojos, pero tambi\u00e9n con una nariz en el centro y dos marcas m\u00e1s juntas por debajo, que parec\u00edan dientes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Envuelto en su guante, el largo brazo de la chica encargada de los dados se extendi\u00f3 como una cobra, los cogi\u00f3 y los arroj\u00f3 hacia el borde de la mesa, enfrente de Joe. Este inspir\u00f3 profunda pero silenciosamente, tom\u00f3 una \u00fanica ficha de su mesa e iba ya a ponerla junto al dado cuando se dio cuenta de que aqu\u00ed las cosas no se hac\u00edan de ese modo. A pesar de sentir un agudo deseo de examinarla de cerca, volvi\u00f3 a poner la ficha en su lugar. Era curiosamente liviana, de color p\u00e1lido, como el de la crema cuando se le pone un poquito de caf\u00e9, y ten\u00eda grabado un s\u00edmbolo que pod\u00eda sentirse pero no verse. No pudo darse cuenta de qu\u00e9 s\u00edmbolo era, pues para eso tendr\u00eda que haberla tenido m\u00e1s tiempo entre sus dedos. Sin embargo, el roce de la ficha le hab\u00eda transmitido una desagradable impresi\u00f3n, confirmando la sensaci\u00f3n cosquilleante del poder.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De un modo aparentemente indiferente, Joe mir\u00f3 a las caras de quienes le rodeaban, sin perderse, por supuesto, una ojeada al Gran Jugador, enfrente de \u00e9l, y dijo con voz queda:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Me juego un centavo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Indudablemente, eso quer\u00eda decir una de las fichas de color p\u00e1lido, o sea, un d\u00f3lar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se oy\u00f3 un silbido de indignaci\u00f3n procedente de donde se hallaban situados los Hongos Importantes, y la cara de luna del barrig\u00f3n se\u00f1or Huesos se tom\u00f3 p\u00farpura, mientras se adelantaba a llamar a sus matones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador levant\u00f3 uno de los brazos envueltos en sat\u00e9n negro y terminado en la mano escultural, con la palma hacia abajo, y se vio que, instant\u00e1neamente, el se\u00f1or Huesos se inmovilizaba, mientras el silbido indignado se apag\u00f3 m\u00e1s r\u00e1pido que el centelleo de un meteoro en el acero infinito del espacio. Luego, con una culta y casi susurrada voz, lleg\u00f3 la respuesta del hombre de negro:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Veamos c\u00f3mo aceptan esta apuesta, se\u00f1ores.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;He aqu\u00ed, pens\u00f3 Joe, la forma en que todas sus sospechas eran confirmadas, si tal cosa fuera necesaria. Los jugadores realmente importantes eran perfectos caballeros, generosos con los pobres.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En forma respetuosa y s\u00f3lo ligeramente te\u00f1ida de desaprobaci\u00f3n, uno de los Hongos Importantes le dijo a Joe:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Veo esa apuesta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe levant\u00f3 los dados con marcas de rub\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nunca, desde la vez que detuvo en seco el vuelo de dos huevos en un plato, o desde que gan\u00f3 todas las canicas de Ironmine, o desde que se dio ma\u00f1a para que cuatro letras del alfabeto tiradas al aire cayeran formando con exactitud la palabra \u00abMam\u00e1\u00bb, Joe Slattermill hab\u00eda logrado tal precisi\u00f3n en los tiros. En la mina pod\u00eda hacer carambola con una piedra que sacaba de la muralla para partirle el cr\u00e1neo a una rata a quince metros de distancia en la oscuridad, y a veces se divert\u00eda arrojando pedacitos de roca al lugar del que hab\u00edan sido tomados, de tal forma que se adaptaran perfectamente al agujero que las hab\u00eda contenido y se mantuvieran all\u00ed durante unos segundos. Gracias a la rapidez con que lo hac\u00eda, algunas veces pudo volver a colocar de esta forma seis o siete fragmentos, como si armara un rompecabezas. Si Joe hubiera ido al espacio, tal vez hubiera sido capaz de pilotar seis veh\u00edculos lunares a la vez, o componer, con los ojos vendados, figuras de ochos alrededor de los anillos de Saturno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora bien, la \u00fanica diferencia entre arrojar rocas o letras del alfabeto con toda precisi\u00f3n y ganar a los dados es que se hace necesario lograr que reboten contra los bordes de la mesa. Esto era lo que, precisamente, lo hac\u00eda tan interesante para Joe.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al hacer rodar los dados entre sus manos, sinti\u00f3, m\u00e1s intensamente que nunca, el poder en ellas y en su palma.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los arroj\u00f3 r\u00e1pidamente, tirando bajo, de tal forma que fueron a dar exactamente frente a la enguantada chica encargada de los dados. Tal como \u00e9l lo hab\u00eda deseado, su siete se compon\u00eda de un cuatro y un tres. Sus marcas, rojas, eran similares a las del cinco, excepto que ambos ten\u00edan solamente un diente, y el tres no ten\u00eda nariz. Dir\u00edamos que se trataba de cr\u00e1neos con cara de beb\u00e9. Hab\u00eda ganado un centavo, o sea, un d\u00f3lar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Me juego dos centavos \u2014dijo Joe Slattermill.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para variar, esta vez tir\u00f3 para sacar un once. El seis era igual que el cinco, excepto por el hecho de que ten\u00eda tres dientes. Era la calavera m\u00e1s bonita de todas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Me juego cinco centavos menos uno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dos de los Hongos Importantes cubrieron la apuesta con un desd\u00e9n encubierto a medias, y compartido entre sonrisas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta vez Joe tir\u00f3 un tres y un as. Su meta era el cuatro. El as, con su \u00fanico lunar situado fuera del centro, hacia uno de los lados, segu\u00eda pareciendo una calavera, tal vez la de un c\u00edclope liliputiense.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se tom\u00f3 cierto tiempo para tirar el cuatro que necesitaba, arrojando los dados para sacar, distra\u00eddamente, tres dieces seguidos en forma bien dif\u00edcil. Quer\u00eda ver c\u00f3mo se las apa\u00f1aba la chica encargada de los dados para recogerlos. Cada vez que ella los cog\u00eda, Joe ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que sus dedos, r\u00e1pidos como una serpiente, se insinuaban bajo los dados mientras que todav\u00eda parec\u00edan estar apoyados sobre la mesa. Finalmente, decidi\u00f3 que no deb\u00eda ser una ilusi\u00f3n, puesto que si bien los dados no pod\u00edan penetrar dentro de la felpa, sus dedos enguantados s\u00ed pod\u00edan, hundi\u00e9ndose con la rapidez del rel\u00e1mpago en el material blanco con incrustaciones brillantes, como si no existiera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Inmediatamente, Joe volvi\u00f3 a sentir que la mesa era un agujero que atravesaba la tierra. Esto significaba que los dados rodaban hasta que, finalmente, se deten\u00edan sobre una superficie perfectamente plana y transparente, impenetrable para ellos, pero para nada m\u00e1s. O tal vez fueran las manos de la muchacha que recog\u00eda los dados las que pod\u00edan penetrar en la superficie, lo que convertir\u00eda en una mera fantas\u00eda la sensaci\u00f3n que hab\u00eda tenido Joe de que un jugador que lo hab\u00eda perdido todo podr\u00eda sumergirse en una Gran Zambullida por esa tremenda falta de continuidad que hac\u00eda que la m\u00e1s profunda de las minas pareciera un simple agujerito.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe decidi\u00f3 que ten\u00eda que saber lo que suced\u00eda. A menos que fuera absolutamente inevitable, no quer\u00eda sentir que el v\u00e9rtigo pod\u00eda acecharle y atacarle en un momento crucial del juego.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin tomar ninguna decisi\u00f3n, tir\u00f3 unas cuantas veces m\u00e1s, mientras hablaba bajito para dar m\u00e1s realismo a la situaci\u00f3n: \u00abVamos, vamos, Joe\u00bb. Finalmente, decidi\u00f3 llevar a cabo su plan. Cuando tir\u00f3 el n\u00famero que necesitaba, de la manera m\u00e1s dif\u00edcil, con dos doses, hizo que los dados rebotaran en el borde m\u00e1s alejado, a fin de que se detuvieran bien cerca de \u00e9l. Luego, tras hacer una m\u00ednima pausa para que la gente s\u00f3lo tuviera tiempo de darse cuenta de que hab\u00eda sacado el n\u00famero que necesitaba, alarg\u00f3 la mano izquierda hacia los dados, justamente un instante antes de que la muchacha lo hiciera, y los recogi\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00a1Ayyy! Joe nunca, ni siquiera cuando una avispa le hab\u00eda picado en el cuello precisamente cuando, por primera vez, estaba deslizando la mano debajo del vestido de su pudorosa e inconstante futura esposa, pas\u00f3 un momento m\u00e1s dif\u00edcil tratando que su cara y su actitud no revelaran lo que sent\u00eda su cuerpo. Sus dedos y el dorso de la mano le dol\u00edan tan agudamente como si los hubiera metido en un horno en funcionamiento. Con raz\u00f3n la muchacha usaba guantes. Deb\u00edan de ser de amianto. Por suerte, no hab\u00eda usado la mano derecha, pens\u00f3, mientras ve\u00eda c\u00f3mo se levantaban las ampollas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Record\u00f3 algo que le hab\u00edan ense\u00f1ado en la escuela: bajo la corteza, la tierra era tremendamente caliente. Seguramente la mesa\u2014agujero deb\u00eda de irradiar ese calor, as\u00ed que cualquier jugador que diera la Gran Zambullida se freir\u00eda antes de haber ca\u00eddo un trecho m\u00e1s o menos largo, llegando a China convertido en cenizas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y como si la dolorida mano fuera poco, los Hongos Importantes susurraban otra vez, y el se\u00f1or Huesos se hab\u00eda vuelto a poner p\u00farpura mientras abr\u00eda su boca, del tama\u00f1o de un mel\u00f3n, para llamar a sus matones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una vez m\u00e1s, la mano del Gran Jugador se alz\u00f3 para salvar a Joe. La voz suave y susurrante lo llam\u00f3 y dijo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Expl\u00edquele, se\u00f1or Huesos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Este rugi\u00f3 a Joe:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Ning\u00fan jugador puede recoger los dados que \u00e9l u otra persona ha tirado. De eso se encarga la muchacha. jNormas de la casa!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe le dedic\u00f3 al se\u00f1or Huesos la m\u00e1s parca de sus muecas de asentimiento. Dijo con tono fr\u00edo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Me juego diez centavos menos dos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y cuando esa apuesta, todav\u00eda peque\u00f1a, fue aceptada, tir\u00f3 los dados y continu\u00f3 jugando sin marcar los puntos que lo har\u00edan ganar, sacando cualquier cosa menos el cinco o el siete, hasta que los dolorosos latidos de la mano se calmaron y, nuevamente, comenz\u00f3 a tener pleno control de sus reflejos. No hab\u00eda experimentado la menor alteraci\u00f3n en el poder de su mano derecha; lo sent\u00eda tan fuerte como siempre, o tal vez m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando se lleg\u00f3 a la mitad de este interludio, el Gran Jugador le hizo un gesto leve pero respetuoso a Joe, sin revelar bien el contorno de sus extraordinarios ojos antes de volverse y apropiarse de un largo cigarro negro, tom\u00e1ndolo de la bandeja de la m\u00e1s bonita y aparentemente m\u00e1s perversa de las muchachas que serv\u00edan en el local. Encantado, Joe pens\u00f3 que la cortes\u00eda, reflejada incluso en los m\u00e1s insignificantes detalles, era otro de los distintivos que se\u00f1alaban al verdadero devoto de los juegos de azar. No cab\u00eda duda de que el Gran Jugador ten\u00eda a su servicio una importante dotaci\u00f3n, pero cuando, con aparente distracci\u00f3n volvi\u00f3 a pasarles revista con la mirada, hall\u00f3 en el fondo un extra\u00f1o sujeto que no parec\u00eda pertenecer a un lugar como \u00e9ste. Se trataba de un hombre joven, de aspecto desali\u00f1ado pero elegante, con el cabello desgre\u00f1ado y ojos que miraban fijamente, con las mejillas rom\u00e1nticamente manchadas por la tuberculosis de los poetas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A medida que observaba los rizos que formaba el humo debajo del ala del sombrero negro, Joe decidi\u00f3 que, o bien las luces que iluminaban la mesa se hab\u00edan debilitado, o bien la piel del Gran Jugador se oscurec\u00eda lentamente, como si todo \u00e9l se quemara poco a poco. Pens\u00f3 que resultaba gracioso imaginar eso, pero realmente parec\u00eda que en ese lugar, se hubiera condensado suficiente calor como para que las cosas se ennegrecieran. Aunque, de acuerdo con su experiencia, ese calor parec\u00eda estar concentrado bajo la mesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ninguno de los pensamientos de Joe &#8211;familiares o de admiraci\u00f3n hacia el Gran Jugador&#8211; disminu\u00edan en lo m\u00e1s m\u00ednimo la idea de la suprema amenaza que sent\u00eda de que tocarlo ser\u00eda encontrar la muerte. Si alguna duda hubiera seguido girando en la mente de nuestro h\u00e9roe, inmediatamente se habr\u00eda evaporado cuando sucedi\u00f3 el escalofriante incidente que entonces se produjo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador hab\u00eda tomado entre sus brazos a la m\u00e1s bonita de sus muchachitas, que era tambi\u00e9n la de aspecto m\u00e1s malvado. Le acariciaba gentilmente las caderas cuando el poeta, con el brillo verde de los celos en la mirada, se abalanz\u00f3 como un gato salvaje, blandiendo una larga daga reluciente contra la espalda forrada de negro sat\u00e9n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe no imagin\u00f3 c\u00f3mo pod\u00eda fallar el ataque, pero sin retirar su aristocr\u00e1tica mano derecha del trasero de la muchacha, el Gran Jugador estir\u00f3 el brazo izquierdo con la fuerza de un resorte de acero que se endereza. Joe no pudo saber si apu\u00f1al\u00f3 al poeta en la garganta, si le dio un golpe de judo o si aplic\u00f3 una de las mortales tomas marcianas, pero el hecho fue que el pobre muchacho se detuvo en pleno movimiento como si lo hubiera alcanzado una pistola para elefantes con silenciador, o un lanzarrayos, y cay\u00f3 al suelo instant\u00e1neamente. Dos negros se acercaron para llevarse el cuerpo y nadie prest\u00f3 la menor atenci\u00f3n al hecho, como si esos sucesos fueran cosa com\u00fan en el lugar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La gran impresi\u00f3n que le produjo, casi hizo que Joe tirara su cinco ganador antes de lo que deseaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora sent\u00eda que las oleadas de dolor hab\u00edan dejado de atenazar su brazo izquierdo, y que sus nervios se hallaban tensos y afinados como las cuerdas de una guitarra nueva, de tal forma que tres tiros despu\u00e9s sac\u00f3 su cinco, ganando y disponi\u00e9ndose a empezar a jugar de verdad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De entrada, gan\u00f3 nueve veces, haciendo siete veces siete puntos, dos veces once, y llevando su primera apuesta inicial de un d\u00f3lar hasta cuatrocientos d\u00f3lares. Todav\u00eda no se hab\u00eda retirado ninguno de los Hongos Importantes, pero algunos de ellos ya comenzaban a sentirse preocupados y dos sudaban copiosamente. Aunque desde las profundidades cavernosas de sus \u00f3rbitas parec\u00eda seguir el juego con gran inter\u00e9s, el Gran Jugador todav\u00eda no hab\u00eda cubierto ninguna de las apuestas de Joe.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces Joe tuvo un pensamiento diab\u00f3lico. Esa noche nadie le iba a poder vencer, pero si segu\u00eda manteniendo los dados en su poder hasta que todos los de la mesa hubieran perdido su dinero, no podr\u00eda llegar a ver al Gran Jugador ejercitando sus habilidades. Y esto era realmente importante para \u00e9l. Adem\u00e1s, pens\u00f3, ten\u00eda que devolver cortes\u00eda por cortes\u00eda y ten\u00eda que darse la oportunidad de ser \u00e9l tambi\u00e9n un caballero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Saco cuarenta y un d\u00f3lares menos cinco centavos &#8211;anunci\u00f3&#8211;. Me juego un penique.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No se oyeron susurros sibilantes esta vez, y la cara de luna del se\u00f1or Huesos no se ensombreci\u00f3. Pero Joe era consciente de que el Gran Jugador le contemplaba con desilusi\u00f3n, con pena o tal vez s\u00f3lo de un modo especulativo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces, alegre de ver las dos peque\u00f1as calaveras m\u00e1s vistosas de todas, Joe se decidi\u00f3 a tirar un doce perdedor, y los dados pasaron al Hongo Importante de su derecha.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Sab\u00eda cu\u00e1ndo se acabar\u00eda su suerte &#8211;oy\u00f3 decir a otro Hongo Importante con admiraci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aunque los jugadores no se enardecieron y las apuestas no subieron demasiado, el juego cobr\u00f3 velocidad alrededor de la mesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Me juego cinco d\u00f3lares. &#8211;Apuesto diez. &#8211;Juego veinte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Alguna que otra vez, Joe cubri\u00f3 parte de una apuesta, ganando siempre m\u00e1s de lo que perd\u00eda. Cuando los dados pasaron a las manos del Gran Jugador, ten\u00eda m\u00e1s de siete mil d\u00f3lares y la cosa empezaba a ponerse buena.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador los mantuvo durante cierto rato en la mano, con adem\u00e1n firme, mientras los miraba pensativamente sin que apareciera en su frente una sola arruga de preocupaci\u00f3n, y sin que brillara en sus sienes la m\u00e1s m\u00ednima gota de transpiraci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Apuesto sesenta d\u00f3lares.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando estas palabras murieron en el aire, cerr\u00f3 los dedos, agit\u00f3 ligeramente los dados, con un sonido como el que producir\u00edan varias semillas grandes dentro de una calabaza a medio secar, y negligentemente tir\u00f3 los dados hacia el extremo de la mesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe nunca hab\u00eda visto tirar los dados as\u00ed. Limpiamente, los huesecillos viajaron por el aire, sin girar sobre s\u00ed mismos, chocaron exactamente en la uni\u00f3n del borde lateral y la parte horizontal de la mesa y se detuvieron all\u00ed, sumando siete puntos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe qued\u00f3 muy desilusionado. Cada vez que \u00e9l tiraba sol\u00eda hacer los c\u00e1lculos para que el resultado fuera, por ejemplo, lanzar un tres para arriba, un cinco al norte, dando dos vueltas y media en el aire, chocar en la esquina del seis &#8211; cinco &#8211; tres, rodar tres cuartos de vuelta y torcerse hacia un lado un cuarto, rebotar en el borde uno &#8211; dos, girar media vuelta hacia atr\u00e1s, torcerse hacia la izquierda tres cuartos, caer sobre el cinco, rodar dos veces y obtener un dos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Comparada con todo esto, la t\u00e9cnica del Gran Jugador hab\u00eda sido horrible, abismal y rid\u00edculamente simple. Claro que a Joe le hubiera sido muy f\u00e1cil repetirla. No era m\u00e1s que una forma elemental de su antiguo pasatiempo en que trataba de volver a introducir los trozos de roca en sus agujeros originales. Pero a nuestro h\u00e9roe jam\u00e1s se le hubiera ocurrido intentar un tiro tan infantil en una mesa de juego. Har\u00eda todo lo que fuera muy simple y terminar\u00eda por quitarle inter\u00e9s al hecho.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Otra de las razones por la que Joe nunca hab\u00eda utilizado una t\u00e9cnica tan simple era porque no crey\u00f3 jam\u00e1s que el resto de los jugadores la aceptaran. De acuerdo con todas las reglas que conoc\u00eda, un tiro as\u00ed era de lo m\u00e1s cuestionable. Siempre exist\u00eda la posibilidad de que uno u otro de los dados no alcanzara el borde de la mesa o bien quedara torcido entre el borde y la parte horizontal. Adem\u00e1s, recordaba que sol\u00eda ser una exigencia habitual que los dados rebotaran en los laterales y quedaran separados del borde una distancia m\u00ednima.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin embargo, y Joe se fij\u00f3 bien en esto, los dados hab\u00edan quedado pegados contra el borde del extremo. A pesar de lo cual todos los que rodeaban la mesa parec\u00edan aceptar el tiro. La chica de los dados ya los hab\u00eda recogido y el que acept\u00f3 la apuesta del Gran Jugador la estaba pagando. Parec\u00eda que en \u00abEl Osario\u00bb hab\u00eda una interpretaci\u00f3n distinta de las reglas, y Joe consideraba que \u00e9stas jam\u00e1s se deb\u00edan cuestionar, tal como le hab\u00edan aconsejado la esposa y la madre, a fin de que las cosas fueran m\u00e1s f\u00e1ciles.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Adem\u00e1s, en esa vuelta no hab\u00eda apostado dinero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con una voz parecida al sonido del viento entre los \u00e1rboles del Cementerio de los Cipreses, o en Marte, el Gran Jugador anunci\u00f3:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Apuesto un siglo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era la mayor de las apuestas de esa noche, y llegaba a diez mil d\u00f3lares. Adem\u00e1s, el \u00e9nfasis que el hombre de negro hab\u00eda puesto en sus palabras la hac\u00eda parecer todav\u00eda m\u00e1s grande. En el lugar se hizo el silencio. El jazz comenz\u00f3 a sonar como con sordina, los gritos de los croupiers se tomaron m\u00e1s d\u00e9biles e incluso las bolitas de la ruleta parec\u00edan hacer menos ruido al detenerse en sus casilleros. La gente que rodeaba la Mesa M\u00e1s Destacada aument\u00f3 en n\u00famero, y las muchachas y muchachos al servicio del Gran Jugador le rodearon procurando que nadie le estorbara al tirar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe vio que la apuesta era de treinta d\u00f3lares m\u00e1s de los que ten\u00eda en la mesa. Tres o cuatro de los Hongos Importantes tuvieron que hacerse se\u00f1ales antes de aceptarla.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador arroj\u00f3 los dados y, en la misma forma infantil de la primera vez, sac\u00f3 otro siete.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Volvi\u00f3 a apostar la misma cantidad, y volvi\u00f3 a repetir la misma simpleza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y otra vez m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y otra vez m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe estaba empezando a preocuparse e indignarse. Era injusto que el Gran Jugador estuviera ganando apuestas tan importantes con tales tiros maquinales y poco rom\u00e1nticos. Los dados no giraban ni un \u00e1pice en el aire, as\u00ed que ni siquiera se les pod\u00eda llamar tiros. Era el tipo de comportamiento que uno esperar\u00eda de un robot, y habr\u00eda que admitir que no ser\u00eda un robot programado con imaginaci\u00f3n. Joe no hab\u00eda arriesgado ninguna de sus fichas cubriendo una apuesta del Gran Jugador, pero si las cosas segu\u00edan as\u00ed, se iba a ver obligado a hacerlo. Confesando su derrota, dos de los Hongos Importantes se hab\u00edan retirado de la mesa, y ning\u00fan otro hab\u00eda ocupado los lugares vac\u00edos. No tardar\u00eda mucho en surgir una apuesta que el resto de los Hongos Importantes no podr\u00edan cubrir, y entonces Joe tendr\u00eda que decidirse entre arriesgar algunas de sus fichas o bien retirarse del juego. Y no pod\u00eda hacer eso, no mientras el poder surg\u00eda de su mano derecha como el rayo encadenado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe esper\u00f3 y esper\u00f3, confiando en que aparecer\u00eda alguien para cuestionar la forma en que el Gran Jugador tiraba los dados, pero nadie lo hizo. A pesar de sus esfuerzos por parecer imperturbable, se dio cuenta de que su cara se tomaba m\u00e1s y m\u00e1s roja.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con un gesto de su mano izquierda, el Gran Jugador detuvo el movimiento de la muchacha de los dados, cuando \u00e9sta se dispon\u00eda a recogerlos. Los ojos, como pozos profundos, miraron directamente a Joe, que se esforz\u00f3 por mantener la mirada con tranquilidad. En ellos todav\u00eda no se pod\u00eda hallar expresi\u00f3n alguna. Joe comenz\u00f3 a sentir en su cuello el roce helado de una nada agradable sospecha.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con perfecta amabilidad y con los mejores modales, el Gran Jugador dijo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Si bien la caballerosidad le impide decirlo en voz alta, tengo la impresi\u00f3n de que el excelente jugador que se halla frente a m\u00ed tiene dudas respecto a la validez de mi \u00faltimo tiro. Lottie, por favor, la prueba de la carta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La alt\u00edsima muchacha de marfil sac\u00f3 una carta de un mazo guardado bajo la mesa, y se la pas\u00f3 a Joe con un venenoso relampagueo de sus peque\u00f1os y blancos dientes. Este la cogi\u00f3 al vuelo y la examin\u00f3 brevemente. Era la m\u00e1s delgada, r\u00edgida, chata y reluciente carta que jam\u00e1s hubiera visto. Adem\u00e1s, era el Comod\u00edn, por si esto fuera significativo. Perezosamente, se la volvi\u00f3 a pasar a la muchacha, y \u00e9sta la desliz\u00f3 suavemente, dej\u00e1ndola caer por su propio peso, a lo largo del borde de la mesa junto al cual se hallaban los dados. Lleg\u00f3 hasta la peque\u00f1a depresi\u00f3n que dejaban los bordes redondeados entre la felpa negra y el resto del dado. Diestramente, la muchacha la movi\u00f3 sin esfuerzo alguno, demostrando as\u00ed que no exist\u00eda ning\u00fan espacio entre los cubos o entre ellos y los bordes de la mesa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfSatisfecho? \u2014pregunt\u00f3 el Gran Jugador.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Contra su voluntad, Joe movi\u00f3 la cabeza afirmativamente. El hombre negro le dedic\u00f3 una inclinaci\u00f3n de cabeza. La muchacha de los dados le sonri\u00f3 con una mueca algo despreciativa de sus delgados labios, mientras inspiraba adelantando sus senos, blancos y peque\u00f1os como picaportes de porcelana, hacia nuestro h\u00e9roe.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De un modo indiferente, casi con un aire de aburrimiento, el Gran Jugador continu\u00f3 con su rutina de apostar su siglo y ganar con siete puntos. Uno tras otro, los Hongos Importantes se marchitaron y giraron sobre sus talones, con el rabo entre las piernas, alej\u00e1ndose de la mesa. R\u00e1pidamente, un tipejo de cara especialmente colorada fue llamado para ver si ten\u00eda alguna ayuda que ofrecer, pero s\u00f3lo pudo perder los adicionales dineros apostados. Mientras tanto, las pilas de fichas p\u00e1lidas y negras del Gran Jugador hab\u00edan alcanzado ya una enorme altura.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al tiempo que Joe se iba poniendo m\u00e1s y m\u00e1s furioso, sent\u00eda cada vez m\u00e1s miedo. Observ\u00f3, tal como lo har\u00eda un halc\u00f3n o un sat\u00e9lite esp\u00eda, el rebotar de los dados contra el borde de la mesa, pero no pudo hallar justificaci\u00f3n alguna para pedir otra prueba, ni tampoco se animaba a cuestionar las reglas imperantes en esta casa de juego ahora que el hombre de negro hab\u00eda tirado ya tantas veces los dados. Era enloquecedor, realmente alienante pensar que si hubiera podido poner sus manos sobre los cubos una vez m\u00e1s, habr\u00eda destruido los negros pilares de esta supuesta aristocracia del juego. Se maldijo repetidamente por la forma suicida, presuntuosa y est\u00fapida en que hab\u00eda pasado los dados cuando los ten\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para empeorar las cosas, el Gran Jugador comenz\u00f3 a mirar a Joe fijamente con esos sus ojos que parec\u00edan minas de carb\u00f3n. Tal como Joe pudo ver, ahora tir\u00f3 tres veces sin mirar siquiera los dados o los bordes verticales de la mesa. Mientras le observaba, parec\u00eda tan desagradable como la esposa o la madre. Mirando, mirando, mirando a Joe.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquella fija observaci\u00f3n de esos ojos que no eran ojos inundaba a Joe de un terrible miedo. Un terror sobrenatural se a\u00f1adi\u00f3 a su certeza de que el Gran Jugador era un muerto. Nuestro h\u00e9roe no cesaba de preguntarse con qui\u00e9n estaba jugando esa noche. Experimentaba curiosidad y miedo. Una curiosidad llena de terror, tan fuerte como su deseo de volver a tener los dados en su mano y ganar. Mientras el poder pulsaba en su mano como una locomotora frenada o un cohete que quiere ser disparado, sinti\u00f3 que sus cabellos se erizaban y que la carne se le pon\u00eda de gallina.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras tanto, el Gran Jugador manten\u00eda su compostura, su elegancia cubierta de sat\u00e9n y coronada por su sombrero c\u00f3mplice, su compostura elegante, suave, cort\u00e9s, letal. De hecho, lo peor que encajaba Joe era que, tras admirar el perfecto comportamiento del Gran Jugador en cuanto a las reglas del juego, ahora se ve\u00eda confrontado al desencanto que le causaba su forma maquinal de tirar los dados, pudiendo \u00fanicamente atraparlo en alg\u00fan m\u00ednimo detalle t\u00e9cnico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La defecci\u00f3n sistem\u00e1tica de los Hongos Importantes continuaba. El n\u00famero de los espacios vac\u00edos comenz\u00f3 a sobrepasar a los llenos y, finalmente, s\u00f3lo tres de ellos quedaron ocupados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00abEl Osario\u00bb estaba ahora tan silencioso como el Cementerio de los Cipreses o como la Luna. La m\u00fasica se interrumpi\u00f3 y lo mismo sucedi\u00f3 con las risas alegres, al deslizarse de los pies, el chillido de las muchachas y el tintineo de los vasos y las monedas. Todo el mundo pareci\u00f3 concentrarse en lo que suced\u00eda en la Mesa M\u00e1s Destacada y los espectadores fueron agrup\u00e1ndose en una fila tras otra de silenciosa espera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe se hallaba vapuleado por la sensaci\u00f3n de que deb\u00eda estar alerta, por el desprecio que experimentaba por s\u00ed mismo, por las salvajes esperanzas que le recorr\u00edan, por la curiosidad y por la audacia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El tono de la piel del Gran Jugador continuaba oscureci\u00e9ndose y lleg\u00f3 un momento en que Joe comenz\u00f3 a preguntarse si no habr\u00eda entrado en el juego con un negro, tal vez un brujo vud\u00fa a quien se le estaba disolviendo el maquillaje.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Muy pronto sucedi\u00f3 que hubo que enfrentar otra apuesta del mismo monto y los dos Hongos Importantes restantes no llegaron a cubrirla. Joe tuvo que sacar un diez de su pobre pila o decidirse a retirarse del juego. Al cabo de un momento de duda, opt\u00f3 por lo primero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y perdi\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Retrocediendo, los dos Hongos Importantes renunciaron al juego.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe sinti\u00f3 el impulso de confesarse vencido cuando los dos ojos implacables se dirigieron hacia \u00e9l y oy\u00f3 murmurar al Gran Jugador:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Le apuesto su pila.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s de todo, pens\u00f3 Joe, sus seis mil d\u00f3lares realmente impresionar\u00edan a su esposa y a su madre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero no pod\u00eda soportar la idea de tener que sentir las risas ahogadas de la multitud, o de pensar que deber\u00eda recordar toda la vida que pudo tener una \u00faltima oportunidad, no importa cu\u00e1n d\u00e9bil fuera, de enfrentarse con el Gran Jugador y ganarle.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Asinti\u00f3 con la cabeza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El hombre de negro tir\u00f3. Joe se inclin\u00f3 sobre la mesa, olvidando su v\u00e9rtigo y siguiendo el movimiento de los dados con ojos de \u00e1guila, con la precisi\u00f3n de un telescopio espacial.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;\u00bfSatisfecho?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe sab\u00eda que tendr\u00eda que contestar con un \u00abs\u00ed\u00bb, y luego retirarse con la cabeza tan alta como le fuera posible. Despu\u00e9s de todo, ser\u00eda la forma de actuar de un caballero. Pero luego se dijo que \u00e9l no era un caballero, sino un pobre minero que se part\u00eda en dos trabajando y que lo \u00fanico que pose\u00eda era una gran precisi\u00f3n tirando los dados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tambi\u00e9n se dijo a s\u00ed mismo que, probablemente, era muy peligroso decir otra cosa que no fuera un \u00abs\u00ed\u00bb, rodeado como estaba de enemigos y extra\u00f1os a su causa. Pero, despu\u00e9s de todo, se pregunt\u00f3 qu\u00e9 derecho ten\u00eda \u00e9l, un miserable mortal, de preocuparse por el peligro, \u00e9l, que se ve\u00eda obligado a llevar a su casa las manos vac\u00edas por el fracaso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Adem\u00e1s, uno de los dados, reluciente de rub\u00edes, se hallaba ligeramente desalineado respecto al otro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Fue el mayor esfuerzo de toda la vida de Joe, pero trag\u00f3 saliva y se atrevi\u00f3 a decir:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;No. Lottie, la prueba de la carta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La muchacha de los dados hizo una mueca de desprecio y retrocedi\u00f3 como si fuera a escupirle a los ojos. Joe tuvo la sensaci\u00f3n de que su saliva ser\u00eda mortal veneno de cobra. Pero el Gran Jugador le hizo una se\u00f1a con un dedo, reprobando su actitud. Ella tir\u00f3 una carta en direcci\u00f3n a Joe, lo hizo de un modo tan despreciativo que desapareci\u00f3 bajo la negra felpa durante un instante antes de llegar a las manos de Joe.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La carta estaba caliente y ten\u00eda un color marr\u00f3n p\u00e1lido, si bien no pudo hallar defectos en ella. Joe trag\u00f3 con dificultad y se la devolvi\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sonri\u00e9ndole con un gesto venenoso, Lottie la hizo deslizar a lo largo del borde&#8230; Al cabo de un momento de suspenso, pas\u00f3 por debajo del dado que a Joe le parec\u00eda sospechoso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una inclinaci\u00f3n y luego un susurro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Tiene usted ojos de gran agudeza, se\u00f1or. Mis m\u00e1s sinceras disculpas y&#8230; los dados son suyos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando Joe vio que los cubitos estaban enfrente de \u00e9l, crey\u00f3 que iba a sufrir un ataque de apoplej\u00eda. Todos los sentimientos que le abrumaban, incluyendo su curiosidad, se elevaron hasta llegar a un m\u00e1ximo incre\u00edble de intensidad y cuando dijo: \u00abApuesto todo\u00bb, y el Gran Jugador le contest\u00f3: \u00abAcepto la apuesta\u00bb, cedi\u00f3 a un impulso incontrolable y arroj\u00f3 los dados a los ojos del hombre negro, a esos ojos de medianoche, sin brillo alguno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los dados penetraron en el cr\u00e1neo del Gran Jugador y all\u00ed quedaron rebotando, con un ruido sordo y horripilante.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Extendiendo las manos para indicar a sus servidores que nadie deb\u00eda tomarse represalias en la persona de Joe, el hombre de negro hizo una g\u00e1rgara con los cubos, los escupi\u00f3 sobre la mesa, y \u00e9stos se detuvieron en el centro, uno de ellos bien apoyado, pero el otro sostenido a media ca\u00edda por su compa\u00f1ero.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Los dados no han ca\u00eddo bien, se\u00f1or &#8211;dijo el Gran Jugador&#8211;. Deber\u00e1 usted tirar de nuevo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tratando de reponerse del susto, Joe tir\u00f3 los dados pensativamente. Al cabo de un rato lleg\u00f3 a la conclusi\u00f3n de que ahora s\u00ed era capaz de determinar cu\u00e1l era el verdadero nombre del Gran Jugador, pero que, a pesar de todo, seguir\u00eda adelante con su apuesta.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hablando consigo mismo, Joe trataba de dilucidar la forma en que un esqueleto pod\u00eda mantenerse en pie. \u00bfLos huesos tendr\u00edan cart\u00edlago y tendones, se hallar\u00edan unidos por alambres, se lograr\u00eda esto con campos de fuerza o ser\u00eda cada uno de los huesos un potente im\u00e1n c\u00e1lcico, unido a su vecino? Tal vez all\u00ed resid\u00eda la explicaci\u00f3n de la rara electricidad de marfil, tan mortal en apariencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el gran silencio de \u00abEl Osario\u00bb, alguien carraspe\u00f3, una muchacha ri\u00f3 nerviosamente y una moneda cay\u00f3 de la bandeja de la m\u00e1s desnuda de las encargadas del cambio, tintine\u00f3 con sonido alegre y rod\u00f3 musicalmente a trav\u00e9s del piso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Silencio &#8211;fue la respuesta del Gran Jugador, y con un movimiento tal vez demasiado r\u00e1pido para que pudiera ser seguido, llev\u00f3 una mano al interior de su gab\u00e1n, y luego la coloc\u00f3 en la mesa, enfrente de \u00e9l. Hab\u00eda extra\u00eddo un rev\u00f3lver plateado, de ca\u00f1\u00f3n corto, que reluc\u00eda sobre el negro fieltro&#8211;. La primera persona que haga el menor ruido, desde la m\u00e1s humilde de las empleadas negras hasta usted, se\u00f1or Huesos, cuando mi digno adversario tire los dados, recibir\u00e1 un balazo en la cabeza.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sinti\u00e9ndose pose\u00eddo de una extra\u00f1a agitaci\u00f3n, Joe se inclin\u00f3 cort\u00e9smente, y luego decidi\u00f3 que comenzar\u00eda con un siete, compuesto por un as y un seis. Tir\u00f3 los dados y esta vez el Gran Jugador, a juzgar por los movimientos de su cr\u00e1neo, sigui\u00f3 el correr de los mismos con sus ojos inexistentes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los dados cayeron, rodaron y se detuvieron. Sin dar cr\u00e9dito a sus ojos, Joe vio que, por primera vez en toda su vida de jugador de dados, hab\u00eda cometido un error. O tal vez fuera que el Gran Jugador pose\u00eda en su mirada un poder mayor que el de su mano derecha. El dado que hab\u00eda tirado para que mostrara un seis estaba bien colocado, pero el que deb\u00eda se\u00f1alar un as hab\u00eda rodado de m\u00e1s y ahora se ve\u00eda un seis adicional.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Fin del juego &#8211;dijo sepulcralmente el se\u00f1or Huesos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador levant\u00f3 una mano marr\u00f3n y esquel\u00e9tica.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;No necesariamente &#8211;susurr\u00f3. Sus negras \u00f3rbitas se dirigieron a Joe como los negros interiores de dos ca\u00f1ones que le apuntaran&#8211;. Joe Slattermill, si as\u00ed lo deseas, todav\u00eda tienes algo de valor para apostar: tu vida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A estas palabras contest\u00f3 una serie de risitas, de gorgoteos hist\u00e9ricos, de carcajadas, de ruidos broncos, de gritos descontrolados, que surgieron de todo \u00abEl Osario\u00bb. El se\u00f1or Huesos resumi\u00f3 los sentimientos de todos cuando pregunt\u00f3:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;\u00bfQu\u00e9 valor puede tener la vida de un vago como Joe Slatermill? Ni dos centavos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El Gran Jugador puso una mano sobre el reluciente rev\u00f3lver que ten\u00eda delante de \u00e9l y, cuando todas las risas cesaron abruptamente, dijo:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Yo la quiero &#8211;con voz apenas audible&#8211;. Por lo que a m\u00ed respecta, Joe Slattermill me ha proporcionado las ganancias de esta noche, y agrego todos los placeres y posesiones del mundo como apuesta adicional. T\u00fa apostar\u00e1s tu vida, y conjuntamente con ella tu alma. T\u00fa mismo tirar\u00e1s los dados. \u00bfQu\u00e9 decides?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe Slattermill vacil\u00f3, pero entonces sinti\u00f3 intensamente todo el drama de la situaci\u00f3n. Lo pens\u00f3 bien y decidi\u00f3 que no iba a dejar de ser el centro de este espect\u00e1culo para volver a su casa arruinado, a su esposa y a su madre expectantes, a su hogar que se ca\u00eda en pedazos, y a un Don Tripas que ya habr\u00eda perdido las esperanzas. Tratando de darse coraje, se dijo a s\u00ed mismo que tal vez no hubiera tal poder en la mirada del Gran Jugador, tal vez hab\u00eda cometido el primer error de su carrera de jugador de dados, y, adem\u00e1s, se inclinaba a aceptar el juicio del se\u00f1or Huesos acerca del valor verdadero de su vida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Apostado &#8211;dijo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Lottie, dale los dados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como nunca en su vida, Joe se concentr\u00f3 intensamente. El poder cosquilleaba en su mano triunfalmente, y arroj\u00f3 los dados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estos nunca llegaron a la mesa. Describieron una curva hacia abajo, luego hacia arriba, en un loco giro que los apart\u00f3 del negro fieltro, y finalmente se dirigieron, como peque\u00f1os meteoros de rojo brillo, hacia los ojos del Gran Jugador, coloc\u00e1ndose en sus \u00f3rbitas y mostrando, cada uno de ellos, la cara correspondiente a un as.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ojos de v\u00edbora.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y luego, mientras aquellos ojos rojos y brillantes le miraban despreciativamente, el susurro:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Joe Slattermill, has perdido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con el pulgar y el \u00edndice, o mejor dicho, con los huesos correspondientes a esos dedos, el hombre de negro se quit\u00f3 los dados de las \u00f3rbitas y los dej\u00f3 en la mano de Lottie, enguantada de blanco.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Has perdido, Joe Slattermill &#8211;volvi\u00f3 a decir tranquilamente&#8211;. Y ahora puedes pegarte un tiro &#8211;toc\u00f3 el rev\u00f3lver plateado&#8211;. O degollarte &#8211;sac\u00f3 un cuchillo afilad\u00edsimo de su gab\u00e1n\u2014. O envenenarte &#8211;uni\u00f3 a las dos armas una botellita de veneno&#8211;. O dejar que te bese esta se\u00f1orita, que te matar\u00e1.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Atrajo hacia \u00e9l a la muchacha m\u00e1s bonita, de perverso aspecto. Coquetamente, \u00e9sta dio un brinco, arregl\u00f3 su falda violeta y le dedic\u00f3 a Joe una mirada provocativa y hambrienta, con una sonrisa que descubri\u00f3 sus caninos blancos y largos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;O tambi\u00e9n &#8211;agreg\u00f3 el Gran Jugador, haciendo un gesto indicador con la cabeza&#8211; puedes elegir la Gran Zambullida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Joe dijo con tranquilidad:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8211;Elijo la Gran Zambullida.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Puso su pie derecho en el fieltro negro, su izquierdo en el borde, y&#8230; s\u00fabitamente, con un salto de tigre, se abalanz\u00f3 saltando a trav\u00e9s de la mesa, a la garganta del Gran Jugador, pensando con cierto alivio que despu\u00e9s de todo el poeta no parec\u00eda haber sufrido demasiado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras volaba por el aire, tuvo una perfecta imagen de lo que hab\u00eda debajo, pero su cerebro no tuvo tiempo de desarrollar la sensaci\u00f3n, puesto que inmediatamente estaba cayendo sobre el hombre de negro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sinti\u00f3 el choque de una mano marr\u00f3n en la sien, en un golpe de judo r\u00e1pido como el rel\u00e1mpago. ..y luego vio que los dedos marrones, o mejor dicho los huesos, se desparramaban en todas direcciones por el suelo. La mano izquierda de Joe no encontr\u00f3 resistencia al presionar sobre el pecho del Gran Jugador, como si debajo del gab\u00e1n satinado no hubiera m\u00e1s que vac\u00edo y su mano derecha, que dirigi\u00f3 hacia el cr\u00e1neo oculto por el sombrero, sinti\u00f3 que bajo su contacto los huesos se romp\u00edan en pedazos. Pocos segundos despu\u00e9s, Joe se hall\u00f3 en el suelo rodeado por unas ropas negras y unos fragmentos marrones del esqueleto del hombre de negro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;R\u00e1pido como el rel\u00e1mpago, se puso de pie y alarg\u00f3 la mano hacia una de las pilas de fichas y dinero que hab\u00eda sobre la mesa del Gran Jugador. S\u00f3lo tuvo tiempo para dar un manotazo. No pudo determinar si hab\u00eda a la vista alguna ficha negra o alg\u00fan mont\u00f3n de oro o plata, as\u00ed que tom\u00f3 las fichas de tono claro que encontr\u00f3, llen\u00e1ndose con ellas el bolsillo izquierdo del pantal\u00f3n, y sali\u00f3 corriendo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces todos los presentes en el lugar se lanzaron en su persecuci\u00f3n. Dientes, cuchillos y nudillos de acero reluc\u00edan. Le golpearon, ara\u00f1aron, patearon, pisotearon y pincharon con toda clase de aguijones de metal. Uno de los m\u00fasicos, con una cara negra, de ojos inyectados en sangre, le golpe\u00f3 con su trompeta. La imagen de la chica de los dados pas\u00f3 ante sus ojos como un fogonazo, y trat\u00f3 de aferrarla, pero se le escap\u00f3. Alguien intent\u00f3 aplastar un cigarrillo encendido contra uno de sus ojos. Lottie, sacudi\u00e9ndose y retorci\u00e9ndose como una boa constrictor, casi logr\u00f3 pasar por su cuello un lazo para estrangularlo, a la vez que intentaba atacarlo con unas tijeras. Flosie, erizada y agresiva como un mal\u00e9fico duende felino, trat\u00f3 de arrojarle \u00e1cido a la cara, de una botella cuadrada que llevaba en la mano. El se\u00f1or Huesos disparaba balas a su alrededor utilizando el rev\u00f3lver plateado. Se le apu\u00f1al\u00f3, se le atac\u00f3 con agresivos ganchos puntiagudos, se le tendieron trampas, se le golpe\u00f3, se le dieron rodillazos y puntapi\u00e9s, se le aporre\u00f3, se le mordi\u00f3 y se le dieron pisotones.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Algo suced\u00eda, ya que ninguno de los golpes o tomas de lucha ten\u00edan una fuerza capaz de destruirle. Era como pelear con fantasmas. Finalmente, Joe comprendi\u00f3 que toda la concurrencia de \u00abEl Osario\u00bb, unida en la agresi\u00f3n, ten\u00eda muy poca fuerza m\u00e1s que \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se sinti\u00f3 alzado por la multitud y llevado hacia las puertas. All\u00ed fue arrojado al exterior, y cay\u00f3 dando con el trasero en la vereda. Ni siquiera esto doli\u00f3 mucho. M\u00e1s bien parec\u00eda un golpe dado para alentar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Inspir\u00f3 profundamente y se palp\u00f3 todo el cuerpo para asegurarse del estado de sus huesos. No parec\u00eda haber sufrido ning\u00fan da\u00f1o importante. \u00abEl Osario\u00bb qued\u00f3 silencioso y sumido en las penumbras, como una tumba, como Plut\u00f3n o como el resto de Ironmine, sin ir m\u00e1s lejos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A medida que sus ojos se iban adaptando a la oscuridad, al d\u00e9bil resplandor de las estrellas y al paso ocasional de una espacionave, vio una puerta de hierro en el lugar donde hab\u00edan estado las de vaiv\u00e9n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se dio cuenta de que estaba masticando algo que ten\u00eda una corteza dura, algo que hab\u00eda llevado en la mano durante todo el fracaso final. Realmente, era muy sabroso, como el pan que su esposa horneaba para los mejores clientes. En ese momento, su cerebro elabor\u00f3 la percepci\u00f3n que hab\u00eda tenido en el instante en que saltaba por encima de la mesa de juego. Era una delgada cortina de llamas que se mov\u00eda lateralmente en el centro de la mesa, y detr\u00e1s de esa cortina las caras de su esposa, su madre y Don Tripas, con expresi\u00f3n de asombro. Entonces se dio cuenta de que lo que masticaba era un fragmento del cr\u00e1neo del Gran Jugador, y record\u00f3 la forma de las tres hogazas que su esposa hab\u00eda comenzado a hornear cuando dej\u00f3 la casa. Y comprendi\u00f3 los procedimientos m\u00e1gicos que ella hab\u00eda usado para permitirle una peque\u00f1a escapada en que \u00e9l pudiera sentirse un poco m\u00e1s hombre, retornando luego a su hogar con los dedos quemados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Escupi\u00f3 lo que ten\u00eda en la boca y arroj\u00f3 el resto de trozo de cr\u00e1neo horneado que ten\u00eda en la mano.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se meti\u00f3 la mano en su bolsillo izquierdo. En la lucha, la mayor\u00eda de las fichas p\u00e1lidas hab\u00edan sido aplastadas, pero hall\u00f3 una \u00edntegra y explor\u00f3 la superficie con sus dedos. El s\u00edmbolo que ten\u00eda grabado era una cruz. Se la llev\u00f3 a la boca y comi\u00f3 un pedazo. Ten\u00eda un delicado y delicioso sabor. Entonces, se la comi\u00f3 entera y sinti\u00f3 que sus fuerzas renac\u00edan. Palp\u00f3 con placer su abultado bolsillo. Por lo menos, comenzaba el largo viaje bien aprovisionado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego gir\u00f3 y comenz\u00f3 a caminar hacia su casa, pero tomando el camino m\u00e1s largo: alrededor del mundo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento delirante e insumiso de Fritz Leiber (1910-1992), maestro de lo fant\u00e1stico.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13215,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[99,22,2343,1028,194,240,2855,2291,546],"class_list":["post-156","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-ciencia-ficcion","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-en-lengua-inglesa","tag-escritores-estadounidenses","tag-fritz-leiber","tag-literatura","tag-literatura-de-imaginacion","tag-visiones-peligrosas"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2007\/01\/Fritz-Leiber.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2w","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/156","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=156"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/156\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":17043,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/156\/revisions\/17043"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13215"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=156"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=156"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=156"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}