{"id":14969,"date":"2012-12-19T23:06:32","date_gmt":"2012-12-20T05:06:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=14969"},"modified":"2019-07-30T23:49:35","modified_gmt":"2019-07-31T04:49:35","slug":"el-vendedor-de-estatuas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-vendedor-de-estatuas\/","title":{"rendered":"El vendedor de estatuas"},"content":{"rendered":"<p>Un cuento de <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Silvina_Ocampo\">Silvina Ocampo<\/a> (1903- 1993), escritora y artista visual argentina. Hija de una familia de las m\u00e1s encumbradas de su pa\u00eds, tuvo una educaci\u00f3n a la que pocas mujeres pod\u00edan tener acceso en su tiempo, pero a pesar de ello tuvo que vencer numerosos prejuicios y obst\u00e1culos sociales y hasta familiares para poder dar a conocer, y respetar, su trabajo literario. Lo consigui\u00f3 de un modo que se ve en otros autores de su pa\u00eds: ocultando, o poniendo \u00aben clave\u00bb, aquello que hubiera parecido m\u00e1s transgresor. Como Amparo D\u00e1vila en M\u00e9xico, escribi\u00f3 muchas veces de personajes oprimidos, cercados por su entorno social y dominados por voluntades arbitrarias e injustas&#8230;, pero ese entorno no era siempre el de la propia Ocampo, y los personajes no siempre eran mujeres. Ambas cosas ocurren a la vez en este cuento de terror, aparecido en su primer libro, <em>Viaje olvidado<\/em> (1937).<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como, adem\u00e1s, \u00abEl vendedor de estatuas\u00bb parece plantear varias expectativas convencionales y al final no satisface ninguna, dejando en cambio una atm\u00f3sfera de intriga tanto como de miedo, bien podr\u00eda haber sido parte de la famosa <em>Antolog\u00eda de la literatura fant\u00e1stica<\/em> (1940), que Ocampo edit\u00f3 junto con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, su esposo durante m\u00e1s de medio siglo.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"14970\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-vendedor-de-estatuas\/silvina_ocampo_g\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg\" data-orig-size=\"710,488\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"silvina_ocampo_g\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg\" alt=\"\" width=\"710\" height=\"488\" class=\"alignnone size-full wp-image-14970\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg 710w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g-300x206.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 710px) 100vw, 710px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>EL VENDEDOR DE ESTATUAS<br \/>\nSilvina Ocampo<\/strong><\/p>\n<p>Para llegar hasta el comedor, hab\u00eda que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrech\u00edsimo y fr\u00edo, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el comedor hab\u00eda manteles muy manchados y sillas de Viena donde se hab\u00edan sentado muchas mujeres y profesores gordos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mme. Renard, la due\u00f1a de la pensi\u00f3n, recorr\u00eda el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Hab\u00eda un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; hab\u00eda un jugador de ajedrez; un ciclista; hab\u00eda tambi\u00e9n un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete a\u00f1os corr\u00eda de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los un\u00eda. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les ten\u00eda el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En un corral\u00f3n de al lado el vendedor de estatuas ten\u00eda su taller. Grandes letras anunciaban sobre la puerta de entrada: \u201cOctaviano Crivellini. Copias de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones\u201d; y ah\u00ed estaba un batall\u00f3n de estatuas temibles para los compradores que no sab\u00edan elegir. Hab\u00eda mandado construir una peque\u00f1a habitaci\u00f3n para poder vivir confortablemente. Mientras tanto viv\u00eda en la casa de pensi\u00f3n de al lado y antes de dormirse les dec\u00eda disimuladamente buenas noches a las estatuas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: \u201cNo tengo que preocuparme por estas cosas\u201d, \u201cNo tengo que preocuparme por estas cosas\u201d.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El chico de siete a\u00f1os se alojaba detr\u00e1s de la silla y con perversidad malabarista le daba peque\u00f1as patadas invisibles, y esta escena se repet\u00eda diariamente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de oto\u00f1o, terribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba Tirso, el chico de siete a\u00f1os, eran constantes y sin descanso. No hab\u00eda ad\u00f3nde acudir para librarse de \u00e9l. Deb\u00eda de tener una madre an\u00f3nima, un padre aterrorizado que nadie se atrev\u00eda a interpelar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hac\u00eda ya una semana de aquella noche en que se hab\u00eda escapado de la casa detr\u00e1s de \u00e9l. Sin duda lo hab\u00eda visto repartir besos con un movimiento habitual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se mov\u00edan en la noche con frialdad de estrella. Tirso se ri\u00f3 destempladamente y cabalg\u00f3 sobre un le\u00f3n con melena suelta y abultada. La luna hac\u00eda de la tierra un lago relleno de sombras donde lloraban \u00e1ngeles de cementerio, alguna Venus de ojos vac\u00edos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, alg\u00fan busto de S\u00f3crates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevi\u00f3 r\u00e1pidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de verg\u00fcenza y terror.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tirso, creyendo que el vendedor inm\u00f3vil de estatuas no lo hab\u00eda visto, sinti\u00f3 que ten\u00eda un poder prodigioso de invisibilidad, y volvi\u00f3 a acostarse en puntas de pie con la sensaci\u00f3n de haber presenciado un milagro. Desde ese d\u00eda todas las noches lo hab\u00eda seguido hasta el corral\u00f3n, se hab\u00eda familiarizado con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se hab\u00eda distanciado de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tirso empez\u00f3 a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hac\u00eda poco tiempo. El jugador de ajedrez le hab\u00eda hablado dos o tres veces. El ciclista le hab\u00eda dado un caramelo. La comisionista le hab\u00eda probado un cuello de puntillas, confundi\u00e9ndolo con una chica, un d\u00eda que llevaba un delantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando terminaron de comer, Octaviano se levant\u00f3 como un chico en penitencia, sin postre -\u00e9l, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se at\u00f3 un pa\u00f1uelo alrededor del pescuezo y sali\u00f3 como de costumbre. Tirso lo sigui\u00f3. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y Octaviano cre\u00eda enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tranquilidad, lo asesinaba subterr\u00e1neamente, y Tirso era inconmovible e independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvi\u00f3 a acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sinti\u00f3 una fuerza gigante que la reten\u00eda; hizo tentativas in\u00fatiles por cerrarla, hasta que de pronto, inesperadamente, se le vino encima, aplast\u00e1ndole casi el brazo. Pocos minutos despu\u00e9s la puerta volvi\u00f3 a abrirse. No era necesario ver qui\u00e9n abr\u00eda la puerta con esa fuerza, no pod\u00eda ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se repiti\u00f3 todas las noches.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las primeras veces trat\u00f3 de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes met\u00e1licas. Ten\u00eda unos ojos que nunca deb\u00edan de haber llorado, y solamente mat\u00e1ndolo se lo pod\u00eda quiz\u00e1s lastimar un poco.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el fondo del corral\u00f3n hab\u00eda un gran armario donde el hombre desesperado se refugi\u00f3 una noche. Tirso, al ver que no estaba all\u00ed el vendedor de estatuas, se fue decepcionado. Pero persisti\u00f3 en sus cabalgatas nocturnas. Empez\u00f3 a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que hab\u00eda grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sac\u00f3 su cortaplumas para grabarlos, como en los \u00e1rboles, de una manera m\u00e1s segura.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retir\u00f3 m\u00e1s temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolv\u00eda a bajarse de encima del le\u00f3n, pero al fin empez\u00f3 a trotar en c\u00edrculos y semic\u00edrculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el suelo. El vendedor de estatuas despu\u00e9s de un rato no oy\u00f3 m\u00e1s nada; el silencio y el bienestar hab\u00edan entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse del armario cuando oy\u00f3 dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Quedaba poco aire respirable, quiz\u00e1s alcanzar\u00eda para unas horas de vida; sinti\u00f3 desfilar todas las estatuas que hab\u00eda vendido y que no hab\u00eda vendido a lo largo de su existencia. Un \u00e1ngel de cementerio estaba cerca de \u00e9l y le indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sac\u00f3 el pa\u00f1uelo y borr\u00f3 largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se acababan las \u00faltimas gotas de aire y de luz que todav\u00eda le permit\u00edan vivir.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de terror de la escritora argentina Silvina Ocampo (1903-1993).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":14970,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_feature_clip_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"El vendedor de estatuas","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2343,3303,185,187,190,359,3302],"class_list":["post-14969","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-el-vendedor-de-estatuas","tag-escritoras","tag-escritores-argentinos","tag-escritores-en-espanol","tag-literatura-de-terror","tag-silvina-ocampo"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2019\/07\/silvina_ocampo_g.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3Tr","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14969","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14969"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14969\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14972,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14969\/revisions\/14972"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14970"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14969"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14969"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14969"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}