{"id":14745,"date":"2018-11-15T17:17:25","date_gmt":"2018-11-15T23:17:25","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=14745"},"modified":"2018-11-15T19:30:25","modified_gmt":"2018-11-16T01:30:25","slug":"el-poeta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-poeta\/","title":{"rendered":"El poeta"},"content":{"rendered":"<p>Pr\u00e1cticamente desconocida en castellano, la escritora suiza Adelheid Duvanel (1936-1996) fue precoz: pintaba y escrib\u00eda desde su adolescencia, y posteriormente fue periodista y, sobre todo, cuentista. Tuvo su periodo de mayor actividad en las \u00faltimas d\u00e9cadas de su vida. Entre otros reconocimientos, recibi\u00f3 el Premio Literario de Basilea, su ciudad natal, y el Gastpreis del Cant\u00f3n de Berna. A\u00fan espera un reconocimiento m\u00e1s generalizado, aunque tiene lectores fieles en su propio pa\u00eds.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Uno de los grandes intereses de Duvanel era, al parecer, la alienaci\u00f3n: seg\u00fan la escritora Martina Kuoni, sus personajes \u00abno encajan en las actividades eficientes y resueltas que los rodean. M\u00e1s bien, esos so\u00f1adores e interrogadores, esas personas t\u00edmidas y heridas, dirigen su mirada precisamente a las grietas, las roturas y las mentiras de su entorno\u00bb. As\u00ed se ve en \u00abEl poeta\u00bb, un cuento breve e intenso. Titulado \u00abDer Dichter\u00bb en su lengua original, apareci\u00f3 por primera vez en el libro <em>Windgeschichten<\/em> (1980) y fue traducido por Marlene Rall y Mar\u00eda Josefina Pacheco para la antolog\u00eda <em><a href=\"http:\/\/www.elem.mx\/obra\/datos\/219744\">Si el buen Dios fuera suizo. Cuentos suizos del siglo XX<\/a><\/em> (UNAM, 2005).<\/p>\n<figure id=\"attachment_14765\" aria-describedby=\"caption-attachment-14765\" style=\"width: 1024px\" class=\"wp-caption alignnone\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"14765\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-poeta\/duvanel-201\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201.jpg\" data-orig-size=\"2029,1139\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Adelheid Duvanel\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Adelheid Duvanel (fuente)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201-1024x575.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201-1024x575.jpg\" alt=\"\" width=\"1024\" height=\"575\" class=\"size-large wp-image-14765\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201-1024x575.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201-300x168.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201.jpg 2029w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-14765\" class=\"wp-caption-text\">Adelheid Duvanel (<a href=\"https:\/\/www.aargauerzeitung.ch\/kultur\/buch-buehne-kunst\/wenn-der-alltag-zum-ungeheuer-wird-130284876\">fuente<\/a>)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>EL POETA<br \/>\nAdelheid Duvanel<\/strong><\/p>\n<p>Hace algunos meses todav\u00eda me esforzaba por ser sociable. Atra\u00eda hasta mi casa a gente desconocida; como flores sangrientas brillaba el vino en las copas que les ofrec\u00eda. En la madrugada, los ojos de hombres y mujeres j\u00f3venes se derramaban, rezumaban c\u00e1lidos por sus cuellos, retozaban por encima de las clav\u00edculas y segu\u00edan bajando. Pero yo me sentaba, con una sobriedad de celof\u00e1n, en un sill\u00f3n desgastado a un lado de la calefacci\u00f3n, y observaba sus bailes; se despegaban de los muros de los que se hab\u00edan agarradoy se meneaban como la hiedra en el viento.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En mi ni\u00f1ez hab\u00eda tratado de entrar en contacto con otras personas por medio de peque\u00f1os gestos, de palabras alusivas, pero ellos amaban el ruido, las cosas demasiado vistosas que yo aborrec\u00eda. No pod\u00edan comprenderme. Mi hermana mayor y yo crecimos sin madre. Recuerdo que nuestro padre amaba las palabras \u00ababstinencia\u00bb y \u00absacrificio\u00bb: pertenec\u00eda a una secta abstrusa, a la que ten\u00edamos que pertenecer tambi\u00e9n. Sin embargo, cuando llegu\u00e9 a los diecis\u00e9is a\u00f1os, me volaba las reuniones piadosas que me provocaban dolor de est\u00f3mago. Cuando me aquejaba la sed durante la comida, mi padre sol\u00eda decir: \u00ab\u00a1Come ensalada!\u00bb; beber, incluso agua, era una aberraci\u00f3n ante sus ojos; nuestro paladar y nuestro coraz\u00f3n ten\u00edan que permanecer secos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi hermana abandon\u00f3 al viejo antes que yo, pero luego, cuando sal\u00ed del fr\u00edo de la casa paterna al fr\u00edo del mundo, a\u00fan no pod\u00eda volar con mis propias alas. Me desvi\u00e9 del camino, qued\u00e9 en suspenso, recib\u00ed tantas patadas como una pelota y ca\u00ed profundamente; pues s\u00ed, incluso estuve a punto de casarme. Hoy, en un t\u00e9mpano de hielo, me voy alejando cada vez m\u00e1s de aquella orilla, que se dibuja plana y tristemente en la lejan\u00eda sin perder nitidez. A mi alrededor el silencio est\u00e1 tenso de miedo, hinchado como una nube gigantesca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todos los d\u00edas me paseo por el suburbio con mi perro, que cojea exactamente de la misma manera que yo (estoy consciente de lo rid\u00edculo de la escena); cuando me paro, el animal tambi\u00e9n se detiene y levanta la mirada hacia m\u00ed. Durante uno de esos paseos fue que me transform\u00e9 en poeta: en la orilla de la calle estaba parado un coche, al que la helada tal vez estaba tratando de hacer invisible, pues parec\u00eda estar envuelto en un papel de seda blanco y delgado. Tambi\u00e9n el cielo, que se bamboleaba entre los techos blancos, estaba blanco. Cuando casi hube alcanzado el coche, vi que el dedo de un ni\u00f1o quer\u00eda rescatarlo de su escondrijo con letras, con una palabra, que al mismo tiempo lo transformaba; su significado de coche, que ya por la envoltura blanca se hab\u00eda vuelto dudoso, le fue quitado de nuevo, y con ah\u00ednco. En la capota estaba escrito algo, una palabra que despert\u00f3 mi inter\u00e9s; al pasar de cerca la descrifr\u00e9: <em>ira<\/em>. Me caus\u00f3 excitaci\u00f3n, una extra\u00f1a agitaci\u00f3n, como si la cara desnuda de una novia con velo me comunicara algo, como si en su semblante leyera un mensaje que no ten\u00eda relaci\u00f3n con su calidad de novia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde ese momento me pregunto si, por encima del gran vac\u00edo, del abismo en el que ha ca\u00eddo mi vida, las palabras no podr\u00e1n crear un nuevo mundo. Ahora escribo palabras de d\u00eda y de noche, dibujo con su sonido las olas del cielo, que empujan hacia mi ventana un pescado rabioso; construyo torres y puentes, hago que el sol, con escoba fulgurante, barra las sombras de los precipicios, y meneo la cabeza cuando el viento que estoy describiendo se pone a leer en un rinc\u00f3n, cual vagabundo, los viejos peri\u00f3dicos; los hojea con mucha prisa y un inter\u00e9s que resulta c\u00f3mico.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento sobre la alienaci\u00f3n, breve e intenso, de la escritora suiza Adelheid Duvanel (1936-1996).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":14765,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"El poeta","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[3267,22,2343,3266,185,191,1817,2855,521],"class_list":["post-14745","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-adelheid-duvanel","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-el-poeta","tag-escritoras","tag-escritores-en-lengua-alemana","tag-escritores-suizos","tag-literatura","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2018\/11\/Duvanel-201.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3PP","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14745","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=14745"}],"version-history":[{"count":18,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14745\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14766,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/14745\/revisions\/14766"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/14765"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=14745"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=14745"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=14745"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}