{"id":13996,"date":"2017-08-21T14:59:50","date_gmt":"2017-08-21T19:59:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=13996"},"modified":"2017-08-22T11:55:44","modified_gmt":"2017-08-22T16:55:44","slug":"trampantojo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/trampantojo\/","title":{"rendered":"Trampantojo"},"content":{"rendered":"<p>A un a\u00f1o de <a href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/archivo\/ignacio-padilla-1968-2016\/\">su muerte<\/a>, que tanto conmocion\u00f3 a quienes lo conoc\u00edamos en persona o a trav\u00e9s de sus libros, un cuento de Ignacio Padilla (1968-2016), narrador mexicano, miembro del famoso grupo del Crack, cervantista y gran practicante de la narrativa breve.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La palabra <em>trampantojo<\/em> significa <em><a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Trampantojo\">ilusi\u00f3n \u00f3ptica<\/a><\/em>: esta es una narraci\u00f3n policiaca de forma extra\u00f1a, enga\u00f1osa, en la que la investigaci\u00f3n de un caso cerrado revela, tal vez, <em>otros<\/em> cr\u00edmenes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El cuento proviene del libro <em>Los reflejos y la escarcha<\/em> (2012) y fue publicado primero en la <a href=\"http:\/\/www.revistadelauniversidad.unam.mx\/9612\/pdf\/96padilla.pdf\"><em>Revista de la Universidad<\/em><\/a>.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13998\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/trampantojo\/ignacio-padilla-2017\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg\" data-orig-size=\"840,524\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;Picasa&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;1471875999&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Ignacio Padilla\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg\" alt=\"\" width=\"840\" height=\"524\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13998\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg 840w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017-300x187.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 840px) 100vw, 840px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>TRAMPANTOJO<br \/>\nIgnacio Padilla<\/strong><\/p>\n<p>No conf\u00edo en el tal Pankovsky. Supongo que estamos a mano: \u00e9l tampoco conf\u00eda en m\u00ed. Ese tipo va diciendo por ah\u00ed que le asusta mi estilo. Francamente, me da igual. Nunca pretend\u00ed tener estilo.Como sea, nada lograr\u00e9 con desconfiar de \u00e9l. Tampoco lograr\u00e9 gran cosa con dec\u00edrselo al teniente Buonano: de cualquier modo ese Pankovsky seguir\u00e1 a mi lado hasta que sea demasiado tarde. Quiero decir: demasiado tarde para \u00e9l. Debo asumir que el teniente Buonano no har\u00e1 nada al respecto: dice que, de cualquier modo, yo no conf\u00edo en nadie ni lograr\u00e9 que nunca nadie conf\u00ede en m\u00ed. Dice tambi\u00e9n que Pankovsky es demasiado joven para entender mi estilo, o para el caso, el estilo de cualquiera de los veteranos. La verdad, a m\u00ed me parece que, aunque fuera un octogenario, Pankovsky no entender\u00eda una mierda. Hay gente as\u00ed en todos los oficios. El problema es que en este oficio particular los Pankovsky del mundo rara vez llegan a viejos: su candor los entumece, las manos les sudan, titubean a la hora de disparar. Y todo eso acaba por matarlos. Luego, encima, le piden a uno que se haga cargo de los funerales. Hay que armar un papeleo de mil diablos y enfrentar el dolor de una madre que rara vez es bella o tolerante. \u00c9sas son las peores: nos miran a los veteranos como si tuvi\u00e9ramos la culpa de la muerte de sus pimpollos, nos reclaman no haber sabido proteger al fruto de sus entra\u00f1as, nos aborrecen como si hubi\u00e9semos conducido a la muerte a aquel muchacho, ay, dicen, tan bueno que era, y que ten\u00eda tanto futuro. Enti\u00e9ndanlo de una vez, se\u00f1oras: hombres como sus Pankovsky no tienen futuro en este oficio, no pueden tenerlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Algo me consuela saber que el recelo de Pankovsky apenas puede da\u00f1arme. Su desconfianza me atormenta menos que la desconfianza que yo estoy obligado a mostrarle. El otro d\u00eda el teniente Buonano me sali\u00f3 con el cuento \u00e9se de que sesupone que un colega est\u00e1 ah\u00ed para cuidarte las espaldas. Cierto, le dije, se supone que as\u00ed es, pero vamos, teniente, si le confiara mis espaldas a Pankovsky tampoco yo tendr\u00eda futuro, \u00bfo s\u00ed? El teniente Buonano tendr\u00eda que ver ahora mismo a su querido Pankovsky. Si estuviera aqu\u00ed podr\u00eda ver c\u00f3mo le sudan las manos al muchacho. S\u00ed, apostar\u00eda que le sudan las manos como a un condenado a muerte. Eso me enfada, desde luego, siempre me ha enfadado. Profundamente. Camino ac\u00e1 Pankovsky me ha preguntado qu\u00e9 se nos ha perdido en el domicilio particular de un Juez de Distrito. No he querido responderle. Luego el muy bestia inquiri\u00f3 si no tendr\u00edamos que contar con una orden de registro para ingresar en el departamento. Le he dicho que no suelo responder a preguntas zafias. Si acaso, habr\u00eda debido responderle con otra pregunta, tendr\u00eda que haberle preguntado: D\u00edgame,Pankovsky, \u00bfcon qu\u00e9 cargos podr\u00edamos haber solicitado una orden de registro para entrar legalmente en casa de un Juez de Distrito? No pregunt\u00e9 eso, prefer\u00ed decirle: \u00bfQui\u00e9n cree usted, Pankovsky, que emite las \u00f3rdenes de registro? Pankovsky se lo pens\u00f3. No le di tiempo para responderme: Pues los Jueces de Distrito, sentenci\u00e9. Ni m\u00e1s ni menos, muchacho.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Llegados ac\u00e1, las cosas no han mejorado. A Pankovsky todav\u00eda le sudan las manos. Parece que le roba el alma la facilidad con la que hemos forzado los cerrojos del departamento del Juez de Distrito. Desde su puesto de observaci\u00f3n junto a la puerta, Pankovsky mira la cerradura como si fuera un animal ponzo\u00f1oso. En alg\u00fan momento me propuso cerrar el departamento mientras busc\u00e1bamos lo que sea que hemos venido a buscar. No sea imb\u00e9cil, le he dicho. Vigile usted, Pankovsky, y d\u00e9jeme hacer mi trabajo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El departamento se encuentra en el cuarto piso de un lujoso edificio en el centro de la ciudad. Es un edificio antiguo, seguramente construido a la vuelta del siglo. Tiene un frente de cantera amarilla similar a la del Palacio de la Asamblea. No bien entramos en el edificio, Pankovsky se dirigi\u00f3 apresuradamente al ascensor. Lo detuve y le inform\u00e9 que antes que cualquier cosa vamos a saludar al portero. \u00bfC\u00f3mo? \u00bfAl portero?, inquiri\u00f3 asombrado Pankovsky, y agreg\u00f3 que, si lo salud\u00e1bamos, el portero le avisar\u00eda al juez que hab\u00edamos venido a inspeccionar su departamento. De eso se trata, Pankovsky, le dije. Pero, se\u00f1or, insisti\u00f3 \u00e9l, el Juez de Distrito nos denunciar\u00e1 por allanamiento de morada. No, le dije, si tenemos suerte, el juez har\u00e1 cualquier cosa menos denunciarnos por allanamiento de su puta madre. Esto dicho salud\u00e9 al portero con familiaridad. Pankovsky call\u00f3, sud\u00f3 y obedeci\u00f3. Volvimos al ascensor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El departamento es amplio, ofensivamente amplio. Me sorprende no hallarlo tan ordenado como esperaba. Algo aqu\u00ed no encaja con la imagen que me he ido haciendo de su due\u00f1o a lo largo de las \u00faltimas semanas. Quiz\u00e1s el Juez de Distrito se ha vuelto descuidado. Me consuela ver su dejadez como se\u00f1al de que mis sospechas no son del todo infundadas. Desde los ventanales se ve la ciudad, el boulevard de las jacarandas, el borde del Canal Mayor, las esclusas. En el estudio hay un imponente escritorio de caoba. Dos libreros abarrotados. Sillones de piel. Me acerco a uno de los libreros, leo los t\u00edtulos mientras Pankovsky sigue sudando como un condenado en la puerta principal, y observando la cerradura como si se tratara de un escorpi\u00f3n. Reconozco obras de Foucault y de Beccaria, un ejemplar ra\u00eddo de <em>El extranjero<\/em>, una edici\u00f3n francesa de <em>El conde de Montecristo<\/em>. No est\u00e1 mal para un simple Juez de Distrito. Me acerco al escritorio, que est\u00e1 sucio, quiero decir, no lo han sacudido en varios d\u00edas. Sobre el escritorio descansa un lujoso juego de plumas, un abrecartas dorado, papeler\u00eda fina que contrasta con un vulgar cuadernillo de hojas desprendibles en las que puede verse el sello de agua de una tienda departamental. Las hojas finas est\u00e1n intactas. Las del cuadernillo, en cambio, est\u00e1n salpicadas de notas. En una de ellas se lee: <em>Confrontar Expediente de C<\/em>, y despu\u00e9s una frase escrita y tachada luego con bol\u00edgrafo azul. De la frase suprimida s\u00f3lo se distingue con claridad la palabra <em>decano<\/em> y despu\u00e9s otra que podr\u00eda ser <em>disc\u00edpulo<\/em> o <em>escr\u00fapulo<\/em>. En la \u00faltima hoja hay varios c\u00edrculos que recuerdan los ejercicios caligr\u00e1ficos de un ni\u00f1o peque\u00f1o y otras figuras dispersas que sugieren una meditaci\u00f3n entre apresurada e iracunda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Abro el caj\u00f3n superior del escritorio. \u00bfEncontr\u00f3 algo?, clama de pronto una voz desde la puerta del departamento. Mierda, es Pankovsky. Lo hab\u00eda olvidado por completo. Parece que el cretino se ha relajado, s\u00f3lo falta que ahora se ponga a silbar. Intento ignorarlo, vuelvo a mi b\u00fasqueda. En el caj\u00f3n hay algunos recortes de peri\u00f3dico, nada que pueda servirme, y una lata de tabaco y un tubo con aspirinas. \u00bfTardar\u00e1 mucho, se\u00f1or?, insiste el mentecato de Pankovsky. Abro el caj\u00f3n inferior. Bajo un par de carpetas reconozco los bordes de una peque\u00f1a caja de cart\u00f3n marcada con el sello de la Penitenciar\u00eda Estatal. No necesito leer la etiqueta en la tapa para saber c\u00f3mo lleg\u00f3 hasta all\u00ed ni qu\u00e9 contiene: yo mismo se la entregu\u00e9 hace unos d\u00edas al Juez de Distrito. Ya s\u00e9 que de eso suelen encargarse los custodios del presidio. Pero el teniente Buonano me debe un par de favores y no ha tenido m\u00e1s remedio que autorizarme a entregar la caja al Juez de Distrito en persona. Nadie mejor que el teniente Buonano puede entender mis razones: me conoce desde la academia y sabe cu\u00e1nto necesitaba yo verle la cara al juez, por qu\u00e9 necesitaba enfrentarlo, descifrar sus facciones despu\u00e9s de tantos d\u00edas de escrutarlas s\u00f3lo en fotograf\u00edas, una sola vez en televisi\u00f3n. De cualquier modo el teniente Buonano procur\u00f3 disuadirme con la escasa convicci\u00f3n de quien s\u00f3lo hace su trabajo o procura defender su puesto de las obsesiones y fantasmas de sus subordinados. \u00bfPor qu\u00e9 no lo deja ya?, me pregunt\u00f3 el teniente aquella tarde en su oficina. El caso est\u00e1 cerrado, a\u00f1adi\u00f3. Me encog\u00ed de hombros. Cierto, el caso estaba oficialmente cerrado, pero a m\u00ed todav\u00eda me quedaba algo por hacer. No tenga apuro, teniente, le dije, es s\u00f3lo que necesito entender algunas cosas. El teniente Buonano me entreg\u00f3 de mala gana la autorizaci\u00f3n para obtener la caja de cart\u00f3n. \u00bfEntender?, buf\u00f3. Vaya, pues, dijo. S\u00f3lo recuerde que se trata de un Juez de Distrito. Lo s\u00e9, teniente, respond\u00ed. Un Juez de Distrito, vaya cosa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La caja de cart\u00f3n est\u00e1 intacta. Tiene todav\u00eda la cinta con que la cerraron los custodios de la penitenciaria despu\u00e9s de inventariar su contenido. Probablemente el Juez de Distrito la meti\u00f3 en la gaveta de su escritorio sin siquiera mirarla, como si guardarla fuese un modo de olvidar lo que guardaba. Supongo que en cualquier otro caso aquel acto de rechazo o postergaci\u00f3n habr\u00eda tenido que sorprenderme. No esta vez: desde el d\u00eda en que le entregu\u00e9 la caja, intu\u00ed que el juez no iba a abrirla. No es el tipo de hombre que se entregue sin m\u00e1s a las tentaciones de la nostalgia, menos a\u00fan a la culpa. Su estirpe es otra. \u00c9ste es un hombre cerebral, herm\u00e9tico como la caja misma. Nadie que mire y se vista de ese modo querr\u00eda ahogarse en la congoja del pasado. Nadie capaz de anudarse de ese modo la corbata estar\u00eda dispuesto a vulnerarse ni a mezclarse con la ordinaria hueste de padres, esposas o hermanos que abren enseguida las cajas del presidio y extraen llorosos los objetos que antes pertenecieron a sus muertos de ahora: el reloj sin bater\u00eda, la cartera con billetes que podr\u00edan haber salido ya de circulaci\u00f3n, el recibo de un boleto de viaje redondo cuya vuelta jam\u00e1s fue utilizada, las cerillas del motel donde se perpetr\u00f3 el crimen. No es muy distinto el contenido de la caja que tengo frente a m\u00ed. Podr\u00eda enunciarlo ahora mismo. Lo recuerdo tan claramente como recuerdo el rostro del Juez de Distrito cuando se la entregu\u00e9. Pens\u00e9 que me despedir\u00eda con gesto displicente. No fue as\u00ed. Iba a pedirle al juez que firmase el recibo por la caja cuando me ataj\u00f3: Usted no viene del presidio, dijo. Asent\u00ed, no hac\u00eda falta m\u00e1s. Acto seguido el Juez de Distrito me pregunt\u00f3 por qu\u00e9 me hab\u00edan enviado a m\u00ed a entregarle las cosas que pertenecieran a su hermano. Ped\u00ed que me dejaran hacerlo, respond\u00ed. Conoc\u00ed bien a su hermano, se\u00f1or\u00eda, estuve a cargo de la investigaci\u00f3n de su caso, dije. Esta vez fue \u00e9l quien asinti\u00f3. Al cabo de un breve silencio me dijo sin mucha convicci\u00f3n: No entiendo por qu\u00e9 insisten ustedes en investigar el caso de mi hermano, \u00e9l lo confes\u00f3 todo desde un principio, dijo. Le expliqu\u00e9 que era precisamente eso lo que me inquietaba: el caso hab\u00eda sido tan sencillo que no pod\u00eda ser cierto. En varias ocasiones, le dije, pude hablar con el recluso y estaba convencido de que hab\u00eda pagado las faltas de otra persona. Con todo respeto, se\u00f1or\u00eda, un hombre como su hermano era incapaz de cometer un crimen. No le record\u00e9 que aquel pobre se hab\u00eda entregado sin dudarlo a la justicia y hab\u00eda confesado los detalles de su crimen con una precisi\u00f3n que desentonaba con su natural taimado y elusivo. En mi vida he visto muchos asesinos, se\u00f1or\u00eda, y su hermano no era uno de ellos, le dije al Juez de Distrito. No pod\u00eda serlo, se\u00f1or\u00eda. A\u00f1ad\u00ed a esto que el suicidio de su hermano en la c\u00e1rcel me parec\u00eda menos una revelaci\u00f3n de su aptitud para la violencia que la confirmaci\u00f3n de su incapacidad para arrancar otra vida que no fuera la suya. El juez no parec\u00eda demasiado preocupado por lo que estaba escuchando. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s da?, suspir\u00f3 al fin. En ese momento me habr\u00eda gustado decirle muchas cosas al Juez de Distrito, pero me limit\u00e9 a preguntarle si sab\u00eda que su hermano padec\u00eda una enfermedad terminal cuando lo encarcelaron, por lo que de cualquier modo habr\u00eda muerto al cabo de unos meses en prisi\u00f3n. El Juez de Distrito respondi\u00f3 que lo sab\u00eda. \u00bfY lo sab\u00eda su hermano?, pregunt\u00e9. S\u00ed, dijo \u00e9l extendi\u00e9ndome la mano, tambi\u00e9n \u00e9l lo sab\u00eda. Eso fue todo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde entonces no he dejado de sentir la mano helada del Juez de Distrito al estrechar la m\u00eda. No he dejado de ver sus ojos, tan fr\u00edos como su mano. He revisado hasta el cansancio el expediente de su hermano, he estudiado las fotograf\u00edas del cad\u00e1ver, su mirada de \u00faltimo momento, no endurecida por el odio sino suavizada por una suerte de beatitud por el deber cumplido. Por m\u00e1s que lo intento no consigo imaginar a ese desgraciado cometiendo el crimen que \u00e9l mismo describi\u00f3 con inadmisible lujo de detalles al entregarse. Contra los hechos y las palabras, s\u00f3lo puedo ver a ese pobre diablo sometido, sujeto a la voluntad y al destino de otros. As\u00ed como hay Pankovskys destinados al fracaso, hay otros a quienes la vida s\u00f3lo deja el talento para ser v\u00edctimas o suced\u00e1neos, hombres cuya voluntad s\u00f3lo puede manifestarse en el propio sacrificio en aras de alguien m\u00e1s. A \u00e9ste no lo veo dispuesto ni capaz de meterse en un confesionario y disparar a sangre fr\u00eda sobre el cuerpo indefenso de un anciano sacerdote, como dijo que hab\u00eda hecho. No lo concibo caminando tan tranquilo por la calle para entregarse a la polic\u00eda. No puedo. Este crimen s\u00f3lo pudo perpetrarlo una estatua de hielo, alguien con manos y mirada de hielo. Por eso insist\u00ed en ver al Juez de Distrito aquella tarde. Por eso estrech\u00e9 aquel d\u00eda su mano, y por eso estoy aqu\u00ed ahora.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aparto la caja y busco a Pankovsky, o mejor dicho, el reflejo de Pankovsky en el espejo del ropero. Se ha sentado en un sill\u00f3n, cabecea. Cierro de golpe los cajones del escritorio. Pankovsky se sobresalta, pasea la mirada entre la puerta y el estudio. \u00bfEncontr\u00f3 la prueba, se\u00f1or?, me pregunta al fin. No dir\u00e9 nada, no vale la pena. \u00bfC\u00f3mo explicarle que en este oficio a veces no se buscan s\u00f3lo pruebas para incriminar o capturar o exonerar? Cuando un caso se ha cerrado, algunos permanecemos condenados a seguir buscando aunque no quede m\u00e1s que hacer. \u00c9sa es nuestra maldici\u00f3n: necesitar antes una se\u00f1al que una prueba, buscar un signo que nos permita entender por qu\u00e9 se ha cometido un crimen, y por qu\u00e9 unos han pagado gustosos por el crimen de otros. \u00bfC\u00f3mo decirle a alguien como Pankovsky que si no hallamos esa se\u00f1al se nos envenena la existencia? Ahora estoy a punto de darme por vencido. S\u00e9 que estoy cerca de lo que he buscado en estos d\u00edas, pero no lo alcanzo. Veo venir la resignaci\u00f3n, y le temo. Un poco m\u00e1s, me digo. Entonces lo encuentro: al alzar la vista ha llamado mi atenci\u00f3n que no haya cuadros en las paredes. S\u00f3lo hay uno, muy peque\u00f1o, en el pasillo que une el estudio con el recibidor. M\u00e1s que un cuadro, es la hoja enmarcada de un anuario donde se ve un grupo de muchachos en una escena escolar. Los muchachos sonr\u00eden cobijados por un joven sacerdote. Entre los muchachos reconozco a uno cuyos rasgos me resultan familiares, pero no sabr\u00eda decir si se trata del Juez de Distrito o de su hermano. Ya est\u00e1, le grito entonces a Pankovsky. V\u00e1monos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Bajamos. El portero nos despide con una inclinaci\u00f3n de cabeza. Pankovsky todav\u00eda le reh\u00faye la mirada. Cruzamos la plaza y tomamos el boulevard de las jacarandas. Damos vuelta sin motivo en una calle muy estrecha que seguramente nos conducir\u00e1 a alg\u00fan cafet\u00edn mal iluminado. \u00bfQu\u00e9 fue lo que encontr\u00f3, se\u00f1or?, me pregunta nuevamente Pankovsky. Lo que buscaba, respondo. Pankovsky titubea. Siento un poco de l\u00e1stima por \u00e9l, un l\u00edo de l\u00e1stima y desprecio. No s\u00e9 cu\u00e1l de esos dos sentimientos me lleva a decirle: Evidentemente, Pankovsky, por si le interesa saberlo, el Juez de Distrito mat\u00f3 a ese cura hijueputa. Pankovsky se sorprende, palidece, me pregunta c\u00f3mo lo s\u00e9. Le respondo que lo s\u00e9 porque yo tambi\u00e9n estudi\u00e9 en un colegio de curas, nada m\u00e1s. \u00bfY ahora qu\u00e9 hacemos, se\u00f1or?, me pregunta Pankovsky debati\u00e9ndose contra su propia resignaci\u00f3n. Nada, respondo, no haremos absolutamente nada, se ha hecho justicia y ya est\u00e1. Luego, sin m\u00e1s, nos adentramos en la calle, y siento que de pronto yo tambi\u00e9n me adentro en los oscuros pasillos del colegio de mi infancia, atemorizado, convocado sin raz\u00f3n aparente a la prefectura, cuando tambi\u00e9n a m\u00ed me sudaban las manos pero era todav\u00eda demasiado ingenuo y estaba demasiado solo como para disparar a tiempo y fraguarme alg\u00fan futuro.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento enigm\u00e1tico del narrador mexicano Ignacio Padilla (1968-2016).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13998,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"A un a\u00f1o de su muerte, un cuento (policial, extra\u00f1o) de Ignacio Padilla.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,3185,2343,198,284,2855,2412,3184],"class_list":["post-13996","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-cuento-policiaco","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-mexicanos","tag-ignacio-padilla","tag-literatura","tag-literatura-policiaca","tag-trampantojo"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2017\/08\/Ignacio-Padilla-2017.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3DK","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13996","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=13996"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13996\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":14000,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13996\/revisions\/14000"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13998"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=13996"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=13996"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=13996"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}