{"id":13637,"date":"2020-12-25T00:10:06","date_gmt":"2020-12-25T06:10:06","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=13637"},"modified":"2021-02-22T15:20:46","modified_gmt":"2021-02-22T21:20:46","slug":"mar-nocturno-lovecraft-barlow","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/mar-nocturno-lovecraft-barlow\/","title":{"rendered":"El mar nocturno"},"content":{"rendered":"<p>He aqu\u00ed una curiosidad: un cuento escrito inicialmente por Robert Hayward Barlow (1918-1951). Aficionado a la literatura de terror y, en su adolescencia, narrador incipiente, Barlow fue parte de las primeras generaciones de la cultura del <em>fanzine<\/em> en los Estados Unidos. Sin embargo, no se convirti\u00f3 en escritor profesional, y su cuento no se recordar\u00eda de no ser porque, luego de que lo terminara, el texto fue revisado y modificado nada menos que por H. P. Lovecraft (1890-1937).<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lovecraft fue responsable de muchas \u00abrevisiones\u00bb semejantes. Algunas fueron de textos de colegas y disc\u00edpulos, y otras se realizaron por encargo: eran una de las formas en las que el escritor se gan\u00f3 la vida en sus \u00faltimos a\u00f1os. La revisi\u00f3n de este cuento pertenece a la primera categor\u00eda, pues Barlow fue tambi\u00e9n parte del c\u00edrculo de disc\u00edpulos de Lovecraft, que lo descubr\u00edan en revistas y luego establec\u00edan contacto con \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Barlow se volvi\u00f3 amigo de Lovecraft y ambos mantuvieron una copiosa correspondencia. Con el tiempo, Lovecraft viaj\u00f3 a Florida en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n para visitar a Barlow en su casa (algo rar\u00edsimo para un autor recluso como \u00e9l). Finalmente, antes de morir, lo nombr\u00f3 su albacea literario&#8230;, aunque la tarea de la difusi\u00f3n p\u00f3stuma de Lovecraft acab\u00f3, luego de conflictos diversos, por recaer en otros disc\u00edpulos, como August Derleth. Barlow abandon\u00f3 la literatura para dedicarse a la antropolog\u00eda; emigrado a M\u00e9xico, se convirti\u00f3 en profesor y estudioso importante de las culturas precolombinas. Su muerte fue un suicidio, en apariencia por miedo al chantaje de un alumno que amenazaba con revelar su homosexualidad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.hplovecraft.com\/writings\/texts\/fiction\/no.aspx\">\u00abThe Night Ocean\u00bb<\/a> apareci\u00f3 primero en el peri\u00f3dico <em>The Californian<\/em> en 1936; posteriormente ha sido incorporado a colecciones de las obras en colaboraci\u00f3n de Lovecraft y tambi\u00e9n a alguna edici\u00f3n de la obra de Barlow. Como no encontr\u00e9 una buena traducci\u00f3n del cuento, hice una nueva, que busca replicar en castellano el estilo y la atm\u00f3sfera peculiar que logran sus dos autores. Es importante decir que, si bien \u00abEl mar nocturno\u00bb es un cuento de miedo, no se debe encuadrar en los famosos \u00abMitos de Cthulhu\u00bb de Lovecraft. Su argumento est\u00e1 desligado de aquel universo narrativo, y su mayor inter\u00e9s es que intenta sugerir el horror desde el pensamiento de un solo individuo (este es uno de esos cuentos raros con un \u00fanico personaje, y casi nada de acci\u00f3n), aislado y solo en un lugar remoto. Cualquier semejanza con cada uno de nosotros en los meses de pandemia es pura coincidencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;(De hecho, preferir\u00eda que se le viera como un peque\u00f1o regalo, ahora que estamos tan cerca de terminar este a\u00f1o \u2013terrible\u2013 de 2020.)<\/p>\n<figure id=\"attachment_15396\" aria-describedby=\"caption-attachment-15396\" style=\"width: 865px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"15396\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/mar-nocturno-lovecraft-barlow\/barlow-2\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2.jpg\" data-orig-size=\"865,598\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;1&quot;}\" data-image-title=\"Barlow-2\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Robert H. Barlow [fuente]&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2.jpg\" alt=\"\" width=\"865\" height=\"598\" class=\"size-full wp-image-15396\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2.jpg 865w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/Barlow-2-300x207.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 865px) 100vw, 865px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-15396\" class=\"wp-caption-text\">Robert H. Barlow [<a href=\"http:\/\/www.newyorker.com\/books\/page-turner\/the-complicated-friendship-of-h-p-lovecraft-and-robert-barlow-one-of-his-biggest-fans\">fuente<\/a>]<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>EL MAR NOCTURNO<br \/>\nR. H. Barlow y H. P. Lovecraft<\/strong><\/p>\n<p>Fui a Ellston Beach no s\u00f3lo por los placeres del sol y del oc\u00e9ano, sino para dar descanso a mi mente fatigada. Como no conoc\u00eda a ninguna persona en el pueblo, que vive de los turistas en verano y s\u00f3lo tiene ventanas vac\u00edas durante la mayor parte del a\u00f1o, no parec\u00eda probable que nadie me molestara. Esto me agradaba, pues no quer\u00eda ver nada m\u00e1s que la extensi\u00f3n de las olas batientes y la arena que se extender\u00edan ante mi hogar temporal.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi largo trabajo veraniego estaba terminado cuando dej\u00e9 la ciudad, y el dise\u00f1o del enorme mural que era su producto ya estaba inscrito en el concurso. Me hab\u00eda costado la mayor parte del a\u00f1o terminar la pintura y, cuando el \u00faltimo pincel qued\u00f3 limpio, ya no me sent\u00eda renuente a entregarme a las exigencias de mi salud y buscar descanso y aislamiento por alg\u00fan tiempo. De hecho, a una semana de llegar a la playa s\u00f3lo recordaba de vez en cuando el trabajo cuyo \u00e9xito me hab\u00eda parecido tan importante hac\u00eda tan poco. Ya no estaba la antigua preocupaci\u00f3n por cien complejidades de color y ornamento; tampoco el miedo ni la desconfianza en mi propia habilidad para representar una imagen mental, o para convertir mediante mi sola destreza una idea vagamente concebida en un cuidadoso dise\u00f1o. Y sin embargo, lo que m\u00e1s tarde me sucedi\u00f3 ante la costa solitaria pudo haber ocurrido \u00fanicamente a causa de la constituci\u00f3n mental que estaba detr\u00e1s de aquella preocupaci\u00f3n y miedo y desconfianza. Porque yo siempre he sido un buscador, un so\u00f1ador, y alguien que reflexiona sobre el buscar y el so\u00f1ar. \u00bfY qui\u00e9n puede decir que tal naturaleza no abre los ojos sensibles a mundos y \u00f3rdenes insospechados de la existencia?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora que intento contar lo que vi, soy consciente de mil limitaciones enloquecedoras. Cosas percibidas mediante la visi\u00f3n interior, como las im\u00e1genes relampagueantes que llegan mientras derivamos hacia el vac\u00edo del sue\u00f1o, nos son m\u00e1s v\u00edvidas y significativas en esas formas que cuando buscamos fundirlas con la realidad. Si se aplica la pluma al sue\u00f1o, el color se le va. La tinta con la que escribimos parece diluida con algo que retiene demasiado de la realidad, y al final encontramos que no podemos delinear el recuerdo incre\u00edble. Es como si nuestro ser interior, separado de los lazos de la objetividad y la vigilia, se gozara con emociones cautivas que se agotan deprisa cuando intentamos traducirlas. En sue\u00f1os y visiones est\u00e1n las m\u00e1s grandes creaciones del hombre, porque en ellas no existe el yugo de la l\u00ednea ni del color. Escenas olvidadas, y tierras m\u00e1s oscuras que el mundo dorado de la infancia, brotan en la mente dormida para reinar hasta que el despertar las ahuyenta. De ellas se puede obtener algo de la gloria y el contento que anhelamos; alg\u00fan vislumbre de n\u00edtidas bellezas, sospechadas, pero a\u00fan sin revelar, que son para nosotros lo que el Santo Grial era para las almas m\u00edsticas del medievo. Dar forma a estas cosas en la rueda del arte, buscar alg\u00fan trofeo descolorido de aquel \u00e1mbito intangible de sombra y niebla, requiere por igual destreza y memoria. Pues aunque los sue\u00f1os est\u00e1n en todos nosotros, pocas manos pueden sujetar sus alas de mariposa sin romperlas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta narraci\u00f3n no posee semejante destreza. Si pudiera, revelar\u00eda a ustedes los eventos insinuados que yo percib\u00ed oscuramente, como quien atisba en una regi\u00f3n sin luz y entrev\u00e9 formas cuyo movimiento se le oculta. En el dise\u00f1o de mi mural, que entonces se mezclaba con una multitud de otros en el edificio para el que hab\u00edan sido planeados, hab\u00eda intentado igualmente atrapar un fragmento de aquel elusivo mundo de sombras, y tal vez hab\u00eda tenido m\u00e1s \u00e9xito del que ahora tendr\u00e9. Mi estad\u00eda en Ellston era para esperar el dictamen de mi dise\u00f1o; cuando unos d\u00edas de comodidad inusitada me dieron un poco de perspectiva, descubr\u00ed que \u2013a pesar de las debilidades que un creador siempre detecta con m\u00e1s facilidad\u2013 hab\u00eda conseguido realmente retener en l\u00edneas y colores algunos fragmentos arrebatados al mundo infinito de la imaginaci\u00f3n. Las dificultades del proceso, y el consiguiente desgaste de todas mis facultades, hab\u00edan minado mi salud; estar\u00eda en la playa durante aquel per\u00edodo de espera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Como deseaba estar enteramente solo, rent\u00e9 (para deleite de su incr\u00e9dulo propietario) una peque\u00f1a casa a cierta distancia de la aldea de Ellston; \u00e9sta, a causa de lo avanzado de la estaci\u00f3n, bull\u00eda con una masa moribunda de turistas, todos de nulo inter\u00e9s para m\u00ed. La casa, sin pintar, oscurecida por el viento marino, no estaba siquiera en la periferia de la aldea: se encontraba m\u00e1s abajo, en la costa, como un p\u00e9ndulo bajo un reloj detenido, muy aislada sobre una colina de arena cubierta de hierbajos. Como un animal solitario, se agazapaba mirando el mar, y sus ventanas sucias e inescrutables miraban una extensi\u00f3n desolada de tierra y cielo y mar enorme. No estar\u00eda bien usar demasiada imaginaci\u00f3n en una narraci\u00f3n cuyos hechos, de poder ser realzados y encajados unos con otros como piezas de un mosaico, ser\u00edan por s\u00ed mismos bastante extra\u00f1os; sin embargo, dir\u00e9 que la peque\u00f1a casa me pareci\u00f3 solitaria desde que la vi, y consciente como yo de su naturaleza insignificante ante el gran mar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tom\u00e9 posesi\u00f3n de la casa a fines de agosto, un d\u00eda antes de la fecha acordada, y encontr\u00e9 una camioneta y dos trabajadores que descargaban los muebles que proporcionaba el propietario. No sab\u00eda entonces cu\u00e1nto tiempo me quedar\u00eda, y cuando se fue el veh\u00edculo que hab\u00eda tra\u00eddo los enseres yo dej\u00e9 en el suelo mi escaso equipaje y cerr\u00e9 la puerta con llave (me sent\u00eda todo un due\u00f1o, viviendo en una casa despu\u00e9s de meses de rentar un cuarto) para bajar por la colina cubierta de hierba hacia la playa. Como era de planta cuadrada y s\u00f3lo ten\u00eda un cuarto, la casa requer\u00eda poca exploraci\u00f3n. Dos ventanas de cada lado prove\u00edan una gran cantidad de luz, y una puerta hab\u00eda sido colocada, como de \u00faltimo minuto, en la pared que daba al oc\u00e9ano. El lugar hab\u00eda sido construido unos diez a\u00f1os antes, pero a causa de su distancia de Ellston era dif\u00edcil que se alquilara incluso durante la temporada alta del verano. Como no ten\u00eda chimenea, se quedaba vac\u00edo desde octubre hasta bien entrada la primavera. Aunque apenas estaba a una milla de Ellston, parec\u00eda m\u00e1s lejano, pues una curva de la costa ocasionaba que, mirando en su direcci\u00f3n desde la casa, no se viera m\u00e1s que dunas cubiertas de hierba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El primer d\u00eda, cuya primera mitad hab\u00eda pasado mientras me instalaba, lo emple\u00e9 en disfrutar el sol y el agua inquieta: la callada majestad de ambos hac\u00eda que el dise\u00f1o de murales pareciese algo lejano y fastidioso. Pero esto era la reacci\u00f3n natural a un largo periodo de atenci\u00f3n a un solo conjunto de h\u00e1bitos y actividades. Hab\u00eda acabado mi trabajo y mis vacaciones comenzaban. Este hecho, aunque me eludiera en aquel momento, se ve\u00eda en todo lo que me rode\u00f3 aquella tarde de mi llegada, y en el cambio total respecto de mis circunstancias anteriores. El brillo del sol hac\u00eda su efecto sobre un mar de olas cambiantes, cuyas curvas, misteriosamente impelidas, estaban salpicadas de lo que parec\u00edan joyas de fantas\u00eda. A lo mejor una acuarela hubiera podido capturar las s\u00f3lidas masas de luz intolerable que reposaban en la playa, donde el mar se mezclaba con la arena. Aunque el oc\u00e9ano ten\u00eda su propio matiz, \u00e9ste quedaba total e incre\u00edblemente dominado por el enorme resplandor. No hab\u00eda ninguna otra persona cerca de m\u00ed, y yo disfrutaba del espect\u00e1culo sin la molestia de objetos ajenos a aquel escenario. Cada uno de mis sentidos era tocado de forma diferente, pero a veces parec\u00eda que el rugir del mar era af\u00edn al gran resplandor, o como si las olas brillaran en vez del sol: todo era tan vigoroso que las impresiones diferentes or\u00edgenes se mezclaban. Curiosamente, no vi a nadie ba\u00f1\u00e1ndose cerca de mi casita cuadrada durante aquella tarde, ni en las posteriores, aunque la costa ondulante ten\u00eda una playa amplia, a\u00fan m\u00e1s invitante que la de la aldea, donde la espuma quedaba salpicada de figuras. Supuse que esto se deber\u00eda a la distancia, y a que nunca hab\u00eda habido otras casas abajo del pueblo. No entend\u00ed por qu\u00e9 exist\u00eda semejante extensi\u00f3n sin aprovechar cuando gran cantidad de viviendas se amontonaban en la costa norte, apuntando hacia el mar sin mirarlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nad\u00e9 hasta el final de la tarde, y luego, tras un descanso, camin\u00e9 hasta el pueblito. La oscuridad me ocultaba el mar cuando llegu\u00e9, y encontr\u00e9 en las luces l\u00f3bregas de las calles evidencias de una vida que no estaba siquiera consciente de aquello tan enorme, envuelto en tinieblas, que estaba tan cerca. Hab\u00eda mujeres pintadas con adornos de oropel y hombres aburridos que ya no eran j\u00f3venes: un tropel de absurdas marionetas, amontonadas en el borde del abismo del oc\u00e9ano: no ve\u00edan y no quer\u00edan ver lo que hab\u00eda sobre ellas y a su alrededor, en la grandeza multitudinaria de las estrellas y las leguas del mar nocturno. Camin\u00e9 por la orilla de aquel mar oscurecido de regreso a mi humilde casita, proyectando la luz de mi linterna hacia el vac\u00edo desnudo e impenetrable. Como no hab\u00eda luna, esa luz creaba un haz s\u00f3lido que contorneaba las crestas de la inquieta marea. Sent\u00ed una emoci\u00f3n inefable, nacida del ruido de las aguas y la percepci\u00f3n de mi peque\u00f1ez inconcebible, mientras iluminaba con mi luz diminuta aquel \u00e1mbito inmenso, y a la vez s\u00f3lo el borde negro de las profundidades terrestres. Esa profundidad nocturna, sobre la que los barcos se desplazaban en tinieblas que me imped\u00edan verlos, produc\u00eda el murmullo de una turba distante y enfurecida. Cuando llegu\u00e9 a mi residencia pens\u00e9 que no me hab\u00eda encontrado con nadie durante la caminata de una milla desde la aldea, y sin embargo, de alg\u00fan modo, me quedaba la impresi\u00f3n de haber tenido todo el tiempo la compa\u00f1\u00eda del esp\u00edritu del mar solitario. Estar\u00eda encarnado, pens\u00e9, en una forma que no se me revelaba, pero que se paseaba en silencio m\u00e1s all\u00e1 del alcance de mi comprensi\u00f3n. Era como aquellos actores que esperan en penumbras tras la escenograf\u00eda, listos para los parlamentos que en poco tiempo los pondr\u00e1n ante nuestra vista, para hablar y actuar ante la luz reveladora de las candilejas. Finalmente me sacud\u00ed esta fantas\u00eda y busqu\u00e9 mi llave para entrar en la casa, cuyas paredes desnudas me dieron una s\u00fabita sensaci\u00f3n de seguridad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi caba\u00f1a estaba totalmente aislada, como si hubiera salido a vagar por el sur del pueblo y luego no hubiera podido regresar; y all\u00ed no escuchaba el clamor inquietante cada noche, cuando volv\u00eda despu\u00e9s de la cena. En general me quedaba s\u00f3lo un rato en las calles de Ellston, aunque a veces las visitaba para darme el gusto de un paseo. Hab\u00eda las muchas y habituales tiendas de curiosidades y marquesinas falsamente elegantes que llenan los pueblos vacacionales, pero jam\u00e1s entr\u00e9 en ellas. El lugar parec\u00eda \u00fatil s\u00f3lo por sus restaurantes. Era sorprendente el n\u00famero de las cosas in\u00fatiles a las que la gente se entregaba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al principio hubo una serie de d\u00edas llenos de sol. Me levantaba temprano y contemplaba el cielo gris, encendido con la promesa de la luz, que despu\u00e9s se cumpl\u00eda ante mis ojos. Esos amaneceres eran fr\u00edos, y sus colores se desluc\u00edan al compararlos con la uniforme luminosidad de la ma\u00f1ana, que da a cada hora la blancura del mediod\u00eda. Esa fuerte luz, tan notable el primer d\u00eda, hizo que los subsecuentes fueran una sola p\u00e1gina amarilla en el libro del tiempo. Not\u00e9 que a muchas personas en la playa no les gustaba ese sol inusitado, mientras que yo lo buscaba. Despu\u00e9s de mis meses grises de trabajo, el letargo inducido por una existencia f\u00edsica en una regi\u00f3n gobernada por las cosas simples \u2013el viento y la luz y el agua\u2013 hizo pronto efecto en m\u00ed; y como estaba ansioso por continuar el proceso curativo, pasaba todo mi tiempo al aire libre, bajo el sol. Esto me llev\u00f3 a un estado a la vez impasible y sumiso, y me dio una sensaci\u00f3n de seguridad ante la noche voraz. As\u00ed como la oscuridad se asemeja a la muerte, as\u00ed la luz a la vitalidad. Gracias a la herencia de hace un mill\u00f3n de a\u00f1os, cuando los hombres estaban m\u00e1s cerca de su madre el mar, y cuando las criaturas de las que provenimos yac\u00edan l\u00e1nguidas en el agua poco profunda, atravesada por el sol, todav\u00eda buscamos las cosas primarias cuando estamos agotados, sumergi\u00e9ndonos en su seductora seguridad, como aquellos medio-mam\u00edferos primigenios que a\u00fan no se aventuraban a la tierra lodosa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La monoton\u00eda de las olas era relajante, y yo no ten\u00eda m\u00e1s ocupaci\u00f3n que atestiguar la mir\u00edada de humores del oc\u00e9ano. Hay en las aguas un cambio interminable: colores y tonos se alternan en ellas como las expresiones insustanciales de un rostro familiar, y \u00e9stas nos son comunicadas de inmediato por sentidos que s\u00f3lo reconocemos a medias. Cuando la mar est\u00e1 inquieta, recordando viejas naves que han pasado sobre sus abismos, a nuestros corazones llega en silencio la nostalgia por un horizonte desaparecido. Pero cuando ella las olvida, tambi\u00e9n las olvidamos nosotros. Aunque la conocemos desde siempre, la mar debe mantener un halo de extra\u00f1eza, como si algo demasiado vasto para tener forma acechara en el universo del que ella es la puerta. El oc\u00e9ano de la ma\u00f1ana, brillante de reflejos de niebla azul y blanca, de espuma diamantina, captura los ojos de quienes reflexionan en las cosas extra\u00f1as, y sus intrincadas redes, a trav\u00e9s de las cuales se deslizan peces de incontables colores, tienen el aspecto de algo enorme y perezoso que un d\u00eda se levantar\u00e1 de las profundidades inmemoriales para caminar sobre la tierra.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estuve contento por muchos d\u00edas, y alegre de haber escogido la casa solitaria que se posaba, como un peque\u00f1o animal, sobre aquellas suaves lomas de arena. Entre las diversiones agradablemente inconsecuentes de semejante vida, me dio por seguir la l\u00ednea de la marea (donde las olas trazaban un borde h\u00famedo e irregular, decorado con espuma evanescente) por largas distancias, y a veces encontraba curiosos fragmentos de conchas entre los restos tra\u00eddos casualmente por el mar. Hab\u00eda una cantidad sorprendente de ellos en la costa c\u00f3ncava a la que miraba mi peque\u00f1a y sencilla casa, y supuse que las corrientes que se alejaban de la playa a la altura de la aldea deb\u00edan alcanzar aquel sitio. En todo caso, mis bolsillos \u2013cuando ten\u00eda\u2013 generalmente guardaban grandes cantidades de basura, la mayor parte de la cual tiraba una hora o dos despu\u00e9s de levantarla, pregunt\u00e1ndome por qu\u00e9 la hab\u00eda conservado. Una vez, sin embargo, encontr\u00e9 un peque\u00f1o hueso cuya naturaleza no pude identificar, salvo que ciertamente no proven\u00eda de un pez; este lo conserv\u00e9, junto con una perla o cuenta de metal de buen tama\u00f1o, cuyo dise\u00f1o minuciosamente tallado era bastante inusual. \u00c9ste retrataba una cosa con aspecto de pez sobre un fondo de algas \u2013en vez de los dise\u00f1os comunes, florales o geom\u00e9tricos\u2013 y a\u00fan se pod\u00eda ver claramente pese a estar desgastado por muchos a\u00f1os de dar vueltas en las olas. Como nunca hab\u00eda visto nada parecido, supuse que deb\u00eda representar alguna moda, ya olvidada, de alg\u00fan a\u00f1o previo en Ellston, donde semejantes tendencias eran comunes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda estado all\u00ed tal vez una semana cuando el clima empez\u00f3 un cambio gradual. Cada etapa de este oscurecimiento progresivo era seguida por otra sutilmente m\u00e1s intensa, de modo que al final la atm\u00f3sfera entera a mi alrededor se hab\u00eda vuelto m\u00e1s vespertina que diurna. Lo percib\u00ed m\u00e1s como una serie de impresiones mentales que por sucesos realmente presenciados. Mi casita estaba sola bajo los cielos grises, y a veces hab\u00eda golpes de viento h\u00famedo que llegaba desde el mar. El sol era desplazado por largos intervalos de nubosidad: capas de niebla gris, m\u00e1s all\u00e1 de cuya profundidad desconocida estaba la luz, desterrada. Aunque brillara con la misma intensidad tras aquel enorme velo, no pod\u00eda penetrar. La playa quedaba prisionera en una b\u00f3veda descolorida durante largos periodos, como si parte de la noche se fuera filtrando en las otras horas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aunque el viento era vigorizante, y el oc\u00e9ano se rizaba en peque\u00f1os torbellinos de actividad gracias al err\u00e1tico golpeteo de las olas, descubr\u00ed que el agua se enfriaba cada vez m\u00e1s, por lo que ya no pude quedarme en ella tanto como antes. As\u00ed pas\u00e9 al h\u00e1bito de dar largas caminatas, que \u2013cuando era incapaz de nadar\u2013 me daban el ejercicio que buscaba con tanto ah\u00ednco. Estas caminatas cubr\u00edan una porci\u00f3n m\u00e1s grande de la costa que mis vagabundeos previos, y como la playa se extend\u00eda por varios kil\u00f3metros m\u00e1s all\u00e1 de la r\u00fastica aldea, con frecuencia me encontraba totalmente aislado en una zona interminable de arena en las \u00faltimas horas de la tarde. Cuando esto suced\u00eda, caminaba deprisa a lo largo de la orilla murmurante, sigui\u00e9ndola para no desviarme hace el interior y perder mi camino. Y a veces, cuando esos paseos ocurr\u00edan tarde (y as\u00ed era cada vez con m\u00e1s frecuencia) llegaba a la casa achaparrada, que parec\u00eda una vanguardia de la aldea, sin siquiera darme cuenta. Insegura sobre los riscos mordidos por el viento, una mancha oscura en los tonos m\u00f3rbidos del anochecer marino, la casa se ve\u00eda m\u00e1s solitaria que bajo la plena luz del sol o de la luna, y yo la imaginaba como un rostro mudo, inquisitivo, vuelto hacia m\u00ed en espera de alg\u00fan acontecimiento. He dicho ya que el lugar estaba totalmente aislado, y esto en principio me agrad\u00f3; pero en aquellos breves momentos en que el sol dejaba un rastro sangriento en su declive, y la oscuridad avanzaba pesadamente como una sombra informe y en expansi\u00f3n, hab\u00eda en el lugar una presencia extra\u00f1a: un esp\u00edritu, un \u00e1nimo, una impresi\u00f3n que proven\u00eda de las r\u00e1fagas de viento, el cielo gigantesco, y aquel mar que expel\u00eda olas negras sobre una playa que s\u00fabitamente se volv\u00eda ajena. En esos momentos sent\u00eda una inquietud sin causa definida, aunque mi naturaleza solitaria me hab\u00eda habituado desde mucho antes al silencio y la voz antiguos de la naturaleza. Esos recelos, que no podr\u00eda haber descrito con seguridad, no me afectaban mucho, y sin embargo pienso ahora que, todo aquel tiempo, una conciencia gradual de la inmensa desolaci\u00f3n del oc\u00e9ano se abr\u00eda paso en m\u00ed: una inquietud que se hac\u00eda sutilmente horrible por indicios \u2013nunca m\u00e1s que eso\u2013 de una vitalidad o una conciencia que me imped\u00edan estar completamente solo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las calles del pueblo, ruidosas y amarillentas, con su actividad curiosamente irreal, estaban muy lejos, y cuando iba all\u00ed por mi cena (por no confiar en una dieta basada enteramente en mis exiguas habilidades culinarias), me preocupaba cada vez m\u00e1s, de modo bastante poco razonable, la idea de volver a mi caba\u00f1a antes de que fueran las altas horas de la noche, aunque con frecuencia me quedaba fuera hasta m\u00e1s o menos la diez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me dir\u00e1n que semejante conducta es insensata: que de haber tenido un temor infantil a la oscuridad, deb\u00eda evitarla por completo. Me preguntar\u00e1n por qu\u00e9 no me iba de aquel lugar si su aislamiento me estaba deprimiendo. A todo esto no tengo respuesta, salvo que cualquier inquietud que sintiera, cualquier perturbaci\u00f3n que me produjeran algunas breves vistas del sol que se oscurec\u00eda, o el viento ansioso y salado, o el manto del mar oscuro, como una tela enorme arrojada cerca de m\u00ed, ten\u00eda la mitad de su origen en mi propio coraz\u00f3n, se mostraba solamente en instantes fugaces, y no ten\u00eda efectos duraderos en m\u00ed. Durante las ma\u00f1anas de luz diamantina, mientras olas traviesas se arrojaban festoneadas de azul a la costa cubierta de sol, el recuerdo de \u00e1nimos oscuros parec\u00eda m\u00e1s bien incre\u00edble, aunque s\u00f3lo una hora o dos m\u00e1s tarde yo pod\u00eda volver a experimentarlos, y descender a una oscura sima de desesperaci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tal vez estas emociones interiores eran s\u00f3lo un reflejo del \u00e1nimo del oc\u00e9ano mismo, pues aunque la mitad de lo que vemos est\u00e9 coloreada por la interpretaci\u00f3n que le dan nuestras mentes, muchos de nuestros sentimientos est\u00e1n influidos de manera muy evidente por sucesos externos, f\u00edsicos. La mar puede atarnos a sus muchos humores susurr\u00e1ndonos por medio de una sombra sutil o un resplandor en las olas, y sugiriendo de estas maneras su abatimiento o su regocijo. Ella siempre est\u00e1 recordando viejas cosas, y esos recuerdos, aunque nosotros no podamos comprenderlos, se nos comunican, para que podamos compartir su alegr\u00eda o su remordimiento. Como no estaba trabajando, ni viendo a nadie que conociera, acaso era susceptible a aspectos de sus cr\u00edpticos mensajes que hubieran sido ignorados por alguien m\u00e1s. El oc\u00e9ano rigi\u00f3 mi vida durante todo aquel fin de verano; lo exig\u00eda, como recompensa por la salud que me hab\u00eda tra\u00eddo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Varias personas se ahogaron en la playa ese a\u00f1o, y aunque escuch\u00e9 de los casos \u00fanicamente por casualidad (as\u00ed es nuestra indiferencia a una muerte que no nos concierne, y que no atestiguamos), supe que los pormenores eran desagradables. La gente que mor\u00eda \u2013y algunos eran nadadores de habilidad por encima del promedio\u2013 no era encontrada sino hasta muchos d\u00edas despu\u00e9s, y la horrible venganza de las profundidades se ensa\u00f1aba con sus cuerpos en descomposici\u00f3n. Era como si el mar los arrastrara a un cubil profundo, los triturara en la oscuridad y, cuando al fin quedaba seguro de que ya no le serv\u00edan, los llevara a la costa en aquel estado espantoso. Nadie parec\u00eda saber qu\u00e9 causaba aquellas muertes. Su frecuencia causaba alarma a la gente timorata, pues la resaca en Ellston no era fuerte y no se sab\u00eda de tiburones en las cercan\u00edas. No supe si los cuerpos mostraban se\u00f1ales de alg\u00fan ataque, pero el miedo de una muerte que se mueve entre las olas y ataca a gente sola desde un lugar sin luz, sin movimiento, es uno que los hombres conocen y que no les gusta. Deben encontrar deprisa una raz\u00f3n para semejante muerte, incluso si no hay tiburones. Como \u00e9stos eran s\u00f3lo una causa posible, y una que a mi entender jam\u00e1s se confirm\u00f3, los nadadores que se quedaron el resto de la temporada se manten\u00edan m\u00e1s en alerta ante mareas traicioneras que ante cualquier posible animal marino.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El oto\u00f1o, en verdad, ya no estaba lejos, y algunas personas lo tomaron como excusa para alejarse del mar, donde los hombres eran arrebatados por la muerte, y marcharse a la seguridad de tierra adentro, donde el oc\u00e9ano no puede ni o\u00edrse. As\u00ed termin\u00f3 agosto, y yo hab\u00eda estado muchos d\u00edas en la playa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda habido amenaza de tormenta desde el cuatro del nuevo mes, y el seis, cuando sal\u00ed a caminar entre el viento h\u00famedo, una masa de nubes sin forma, incoloras y opresivas, apareci\u00f3 sobre el mar rizado y plomizo. El viento, que no soplaba en una direcci\u00f3n particular y en cambio agitaba e inquietaba el aire, daba una sensaci\u00f3n de algo por venir, una se\u00f1al de vida en los elementos que pod\u00eda ser la esperada tormenta. Yo hab\u00eda almorzado en Ellston, y aunque el cielo parec\u00eda la tapa de un gran ata\u00fad, me aventur\u00e9 lejos por la playa, apart\u00e1ndome del pueblo y de mi casa hasta perderlos de vista. Cuando el gris universal empezaba a mancharse de un p\u00farpura de carro\u00f1a \u2013curiosamente brillante pese a su matiz sombr\u00edo\u2013, me encontr\u00e9 a varios kil\u00f3metros de cualquier posible refugio. Esto, sin embargo, no parec\u00eda muy importante, pues a pesar de los cielos oscuros, y de su agregado resplandor de presagios desconocidos, yo estaba de un curioso humor desapegado que se parec\u00eda a aquel brillo: un \u00e1nimo que destellaba en un cuerpo s\u00fabitamente alerta y sensible a perfiles, formas y significados que antes hab\u00edan estado ocultos. Oscuramente, lleg\u00f3 a m\u00ed un recuerdo, sugerido por la semejanza de aquella escena con una que hab\u00eda imaginado cuando, de ni\u00f1o, se me hab\u00eda le\u00eddo un cuento. El cuento \u2013en el cual no hab\u00eda pensado en muchos a\u00f1os\u2013 trataba de una mujer que era amada por el rey, de oscura barba, de un reino subacu\u00e1tico, en cuyos riscos imprecisos habitaban seres con aspecto de pez; ella era arrebatada de su rubio prometido por un ser oscuro, coronado con una mitra sacerdotal, y con las facciones de un viejo simio. Lo que hab\u00eda quedado en un rinc\u00f3n de mi imaginaci\u00f3n era la imagen de riscos bajo el agua, contra el no-cielo, sombr\u00edo y turbio, de semejante entorno; lo record\u00e9, aunque hab\u00eda olvidado la mayor parte de la historia, de manera bastante inesperada, al ver la misma uni\u00f3n de risco y cielo. Aquello era similar a lo que hab\u00eda imaginado en un a\u00f1o ya perdido salvo por impresiones incompletas y aleatorias. Vestigios del cuento pueden haber quedado detr\u00e1s de ciertos recuerdos inconclusos e irritantes, y en ciertas virtudes insinuadas a mis sentidos por escenas cuyo valor real era terriblemente peque\u00f1o. Con frecuencia, en destellos de percepci\u00f3n moment\u00e1nea (las condiciones, m\u00e1s que el objeto percibido, son lo importante), sentimos que ciertas escenas y composiciones \u2013un paisaje de hojas, un vestido de mujer a la vera de un camino por la tarde, o la solidez de un \u00e1rbol centenario contra el cielo de una ma\u00f1ana p\u00e1lida\u2013 tienen un algo precioso, una virtud dorada que necesitamos comprender. Y sin embargo, cuando una escena o composici\u00f3n as\u00ed es vuelta a ver despu\u00e9s, o desde otra perspectiva, hallamos que ha perdido su valor o significado para nosotros. Tal vez la cosa que vemos no tiene aquella cualidad elusiva, sino que s\u00f3lo sugiere a la mente alguna otra, muy distinta, que permanece en el olvido. La mente, desconcertada, sin darse cuenta del todo de esta apreciaci\u00f3n fugaz, se vuelca en el objeto que la excita, y se sorprende al no hallar en \u00e9l nada de valor. As\u00ed ocurri\u00f3 cuando contemplaba las nubes manchadas de p\u00farpura. Ten\u00edan la majestuosidad y el misterio de las torres de un antiguo monasterio en el crep\u00fasculo, pero su aspecto era tambi\u00e9n el de los riscos en el antiguo cuento de hadas. Al recordar de pronto aquella imagen perdida, esper\u00e9 a medias ver, en la espuma fina y sucia entre las olas \u2013que ahora parec\u00edan hechas de negro vidrio de gota\u2013, la figura horrenda del ser con aspecto de mono, tocado con una mitra salpicada de verd\u00edn, caminando desde su reino en alg\u00fan golfo perdido, donde aquellas olas eran el cielo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No vi ninguna criatura semejante del reino de la imaginaci\u00f3n. Pero mientras el viento helado cambiaba de direcci\u00f3n, rasgando los cielos con un crujir de cuchillo, apareci\u00f3 en la oscuridad en que las nubes y el agua se tocaban un objeto gris, como un trozo de madera flotante, meci\u00e9ndose impreciso en la espuma. Estaba a una distancia considerable, y como desapareci\u00f3 pronto, podr\u00eda no haber sido madera, sino una marsopa salida a la superficie agitada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pronto not\u00e9 que me hab\u00eda quedado demasiado tiempo contemplando la tormenta que se aproximaba y enlazando mis fantas\u00edas infantiles con su grandiosidad, porque empezaron a caer las primeras gotas de una lluvia helada, trayendo un aspecto sombr\u00edo m\u00e1s uniforme a una escena que ya era demasiado oscura para aquella hora. Corr\u00ed sobre la arena gris, sent\u00ed el impacto de las gotas fr\u00edas sobre mi espalda, y poco despu\u00e9s mi ropa estaba totalmente empapada. Las gotas incoloras formaban largos hilos entretejidos: un tel\u00f3n desplegado desde un cielo remoto. Luego de ver que no podr\u00eda llegar seco a ning\u00fan refugio, reduje la velocidad de mi carrera, y volv\u00ed a mi casa caminando, como bajo un cielo claro. No ten\u00eda mucho sentido darse prisa, aunque no me demor\u00e9 como en ocasiones previas. Mi ropa mojada y apretada se enfriaba sobre mi piel, y en la oscuridad creciente, con el viento que soplaba sin cesar desde el oc\u00e9ano, no pude reprimir un temblor. Y sin embargo hab\u00eda, pese a la incomodidad causada por la lluvia, una emoci\u00f3n latente en las masas p\u00farpura de las nubes y en las reacciones que causaban en mi cuerpo. Con un humor mitad de exultante placer por resistir la lluvia (que chorreaba sobre m\u00ed, y llenaba mis zapatos y mis bolsillos), y mitad de extra\u00f1o aprecio de aquellos cielos m\u00f3rbidos e imperiosos que flotaban con alas oscuras sobre el mar movedizo y eterno, camin\u00e9 por la gris extensi\u00f3n de arena de Ellston Beach. M\u00e1s r\u00e1pido de lo que hab\u00eda esperado, mi casita apareci\u00f3 entre la lluvia oblicua y golpeteante, y todas las hierbas de la colina arenosa se retorc\u00edan acompa\u00f1ando el frenes\u00ed del viento, como si quisieran arrancarse solas y viajar lejos unidas al aire. El mar y el cielo no se hab\u00edan alterado en absoluto, y la escena era la que me hab\u00eda acompa\u00f1ado en el trayecto, salvo que ahora estaba pintada sobre ella la casa de techo encorvado, como cediendo bajo el peso de la lluvia. Me apresur\u00e9 a subir los fr\u00e1giles escalones y pas\u00e9 a la estancia seca, donde, inconscientemente sorprendido por estar libre del viento incesante, me qued\u00e9 de pie por un momento, con el agua escurriendo de cada cent\u00edmetro de m\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hay dos ventanas en el frente de esa casa, una de cada lado, y ambas miran casi directamente hacia el oc\u00e9ano, que ahora ve\u00eda medio oscurecido por los velos superpuestos de la lluvia y de la noche inminente. Mir\u00e9 por esas ventanas mientras me pon\u00eda un conjunto improvisado de ropas secas, que tom\u00e9 de un perchero y de una silla con demasiadas cosas encima como para sentarme en ella. Estaba totalmente aprisionado por una penumbra antinatural, que se hab\u00eda filtrado en alg\u00fan momento a cubierto de la tormenta. No sab\u00eda cu\u00e1nto tiempo hab\u00eda estado sobre la arena h\u00fameda y gris, o qu\u00e9 hora era realmente, aunque tras un rato de rebuscar encontr\u00e9 mi reloj, que por suerte hab\u00eda dejado en casa, con lo que hab\u00eda evitado que se empapara como mi ropa. Quise descifrar la hora mirando las manecillas apenas alumbradas, un poco menos incomprensibles que los n\u00fameros en la esfera. Despu\u00e9s de un momento mis ojos se acostumbraron a la oscuridad \u2013mayor en la casa que m\u00e1s all\u00e1 de las ventanas empa\u00f1adas\u2013 y descubr\u00ed que eran las 6:45.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No hab\u00eda visto a nadie en la playa mientras entraba a la casa, y naturalmente no esperaba ver m\u00e1s nadadores aquella noche. Sin embargo, cuando volv\u00eda a mirar por la ventana tuve la clara impresi\u00f3n de ver unas figuras que se destacaban sobre el cochambre de la noche lluviosa. Cont\u00e9 tres, movi\u00e9ndose de un lado para otro de una forma que no comprend\u00ed, y otra m\u00e1s cerca de la casa\u2026, aunque podr\u00eda no haber sido una persona, sino un tronco arrojado por las olas, que ahora golpeaban con fiereza. Me sorprend\u00ed no poco, y me pregunt\u00e9 por qu\u00e9 raz\u00f3n aquellas rudas personas se quedaban fuera en semejante tormenta. Luego pens\u00e9 que tal vez, igual que yo, hab\u00edan sido atrapadas por la tormenta y se hab\u00edan rendido a sus h\u00famedas r\u00e1fagas. Poco despu\u00e9s, llevado por cierta hospitalidad civilizada que se impuso a mi amor de la soledad, fui a la puerta y sal\u00ed moment\u00e1neamente (a costa de volverme a mojar, pues la lluvia cay\u00f3 de inmediato sobre m\u00ed con exultante furia) a mi peque\u00f1o porche, haciendo gestos hacia aquellas personas. Pero, sea porque no me vieron, o porque no me entendieron, no devolvieron mis saludos. Apenas visibles, se quedaron inm\u00f3viles, sorprendidos, o tal vez esperando alguna otra acci\u00f3n de mi parte. Hab\u00eda algo en su actitud que se parec\u00eda a aquel vac\u00edo cr\u00edptico, que significaba cualquier cosa o nada, que tambi\u00e9n se ve\u00eda en la casa, a la luz m\u00f3rbida del atardecer. S\u00fabitamente, tuve la sensaci\u00f3n de que hab\u00eda algo siniestro en aquellas figuras inm\u00f3viles que eleg\u00edan quedarse bajo la lluvia, de noche, en una playa totalmente vac\u00eda de gente, y cerr\u00e9 la puerta con una actitud de fastidio que buscaba (vanamente) esconder una corriente m\u00e1s profunda de miedo: un temor voraz que se elevaba desde las sombras de mi conciencia. Poco despu\u00e9s, cuando volv\u00ed a la ventana, parec\u00eda no haber nada afuera salvo la noche ominosa. Vagamente intrigado, y a\u00fan m\u00e1s vagamente asustado \u2013como quien no ve nada alarmante, pero se siente aprensivo por lo que podr\u00eda hallar en la calle oscura que pronto deber\u00e1 cruzar\u2013, decid\u00ed que probablemente no hab\u00eda visto a nadie, y que la turbidez del aire me hab\u00eda enga\u00f1ado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La sensaci\u00f3n de aislamiento que pend\u00eda sobre aquel lugar se increment\u00f3 aquella noche, aunque apenas m\u00e1s all\u00e1 de mi vista, en la playa m\u00e1s al norte, cien casas se alzaban bajo la lluvia y las sombras, con sus luces amarillas y mortecinas sobre calles de cristal pulido, como ojos de duende reflejados en un estanque oleaginoso en mitad del bosque. Sin embargo, como no pod\u00eda verlas, ni alcanzarlas en aquel mal tiempo \u2013pues no ten\u00eda un auto, ni forma de marcharme de la casita salvo caminando en aquella oscuridad infestada de sombras\u2013, me di cuenta de que me hab\u00eda quedado virtualmente solo con el mar pavoroso que se agitaba entre la niebla, oculto, insondable. Y la voz del mar se hab\u00eda convertido en un \u00e1spero gru\u00f1ido, como el de un animal herido que intentara volver a levantarse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tratando de rechazar a las sombras con una l\u00e1mpara sucia \u2013pues la oscuridad se met\u00eda por mis ventanas y se posaba en los rincones, para quedarse mir\u00e1ndome como una bestia paciente\u2013, prepar\u00e9 mi comida, pues no ten\u00eda intenciones de salir a la aldea. Parec\u00eda ser incre\u00edblemente tarde, aunque no eran las nueve cuando me fui a la cama. La oscuridad hab\u00eda llegado temprano, furtivamente, y durante el resto de mi estad\u00eda se mantuvo all\u00ed, elusiva, sobre cada escena y cada acci\u00f3n que contempl\u00e9. Algo se hab\u00eda desprendido de la noche: algo siempre indefinido, pero que me hac\u00eda experimentar algo latente, as\u00ed que yo era como otra bestia, esperando el movimiento repentino de un enemigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El viento persisti\u00f3 durante horas, y torrentes de lluvia golpearon sin cesar las d\u00e9biles paredes que los separaban de m\u00ed. Hubo pausas, durante las cuales escuchaba los balbuceos del mar, y pod\u00eda imaginar que largas olas sin forma se frotaban unas con otras entre los gemidos del viento, para luego arrojar a la playa un roc\u00edo amargo de sal. Pese a ello, en la misma monoton\u00eda de los elementos inquietos encontr\u00e9 una nota let\u00e1rgica, un sonido que me hechiz\u00f3, tras un tiempo, y me hizo caer en un sue\u00f1o tan gris y descolorido como la noche. El oc\u00e9ano sigui\u00f3 con su mon\u00f3logo demente, y el viento con su insistencia, pero ambos quedaron fuera de las paredes de la conciencia, y por un tiempo el mar nocturno qued\u00f3 exiliado de una mente que dorm\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La ma\u00f1ana trajo un sol debilitado: un sol como el que ver\u00e1n los hombres cuando el mundo sea viejo, si es que quedan hombres. Un sol m\u00e1s cansado que el cielo enlutado y enfermo. Apenas un eco de su antigua imagen, Febo se esforzaba por penetrar las nubes desgarradas y ambiguas cuando yo despert\u00e9, y a veces enviaba un chorro oro p\u00e1lido a la esquina noroeste de mi casa, a veces se apagaba hasta que s\u00f3lo era una bola luminosa, como un juguete incre\u00edble olvidado en el patio del cielo. Tras un tiempo, la lluvia, que deb\u00eda haber continuado durante toda la noche, hab\u00eda tenido \u00e9xito en borrar los vestigios de las nubes p\u00farpura que hab\u00edan sido como los riscos marinos en un cuento de hadas. Como se le hab\u00eda quitado tanto el sol naciente como el poniente, ese d\u00eda se mezcl\u00f3 con el anterior como si la tormenta intermedia no hubiera tra\u00eddo una gran oscuridad al mundo, y en cambio hubiera crecido y se hubiera extinguido en una sola tarde. Sinti\u00e9ndose m\u00e1s animado, el sol furtivo us\u00f3 toda su fuerza para dispersar la vieja niebla, ahora rayada como una ventana sucia, y expulsarla de su reino. El d\u00eda azul e insustancial progres\u00f3 a medida que se reitraban aquellas oscuras volutas, y el vac\u00edo que me hab\u00eda rodeado se retrajo a un lugar m\u00e1s alejado, en el que se mantuvo, agazapada y a la espera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El sol hab\u00eda recobrado su antigua claridad, y el antiguo resplandor hab\u00eda vuelto a las olas, cuyas formas azules y juguetonas se hab\u00edan congregado sobre la costa antes de que el hombre apareciera, y se regocijar\u00edan, sin que nadie las viera, cuando el hombre estuviera olvidado en los sepulcros del tiempo. Bajo la influencia de esos leves consuelos, como quien cree en la sonrisa amistosa de un enemigo, abr\u00ed mi puerta, y cuando \u00e9sta gir\u00f3 hacia fuera, una mancha oscura en el torrente de luz que entraba en la casa, vi que la playa estaba totalmente limpia de toda huella, como si ning\u00fan pie antes que los m\u00edos hubiera perturbado la lisura de la arena. Con la r\u00e1pida de elevaci\u00f3n de esp\u00edritu que sigue a un periodo de inquieta depresi\u00f3n, sent\u00ed \u2013como una mera rendici\u00f3n, sin que mediara mi voluntad\u2013 que mi propia memoria era limpiada de la desconfianza, la sospecha y los miedos enfermos de toda una vida, tal como la mugre de una ribera sucumbe a una crecida de las aguas, y es llevada, y desaparece. Hab\u00eda un aroma pungente de hierba h\u00fameda, como de las p\u00e1ginas mohosas de un libro, mezclado con un olor dulce nacido de prados del interior calentados por el sol; ambos llegaban a m\u00ed como una bebida embriagadora, que corr\u00eda y cosquilleaba por mis venas como si quisieran comunicarme algo de su propia naturaleza intangible, y hacerme flotar vertiginosamente en la brisa sin rumbo. Y conspirando con estas cosas, el sol segu\u00eda roci\u00e1ndome, como la lluvia del d\u00eda anterior, pero con inagotables lanzas brillantes, como si tambi\u00e9n quisiera ocultar esa presencia intuida y remota, que se mov\u00eda m\u00e1s all\u00e1 de mi vista y s\u00f3lo se dejaba notar por alg\u00fan roce descuidado con el borde de mi conciencia, o por la ilusi\u00f3n de blancas figuras que observaran desde el vac\u00edo del oc\u00e9ano.  Ese sol, una fiera esfera sola en el torbellino del infinito, era como una horda de polillas doradas contra mi rostro levantado. Un c\u00e1liz blanco y burbujeante, lleno de incomprensible fuego divino, que por cada espejismo que me conced\u00eda se guardaba otros mil. De hecho, el sol parec\u00eda indicar el camino a reinos tranquilos y fantasiosos: si yo lo reconociera, podr\u00eda vagar en ellos con la misma extra\u00f1a felicidad. Cosas as\u00ed provienen de nuestro propio interior, pues la vida nunca ha revelado sus secretos; s\u00f3lo en nuestra interpretaci\u00f3n de las im\u00e1genes que sugiere podemos encontrar \u00e9xtasis o sosiego, de acuerdo con nuestro \u00e1nimo. Y sin embargo, una y otra vez sucumbimos a sus enga\u00f1os, creyendo por un tiempo que esta vez s\u00ed podremos encontrar la alegr\u00eda prometida. Y de este modo, la fresca dulzura del viento, en la ma\u00f1ana tras una noche siniestra (cuyas insinuaciones mal\u00e9volas me hab\u00edan dado m\u00e1s inquietud que cualquier amenaza a mi propio cuerpo) me hablaba en susurros de antiguos misterios ligados s\u00f3lo parcialmente con la Tierra, y de placeres que se volv\u00edan m\u00e1s n\u00edtidos porque yo s\u00f3lo me cre\u00eda capaz de experimentarlos en parte. El sol, el viento y aquel olor que ambos levantaban me hac\u00edan pensar en festivales de dioses, cuyos sentidos son un mill\u00f3n de veces m\u00e1s poderosos que los de los hombres, y cuyos goces son un mill\u00f3n de veces m\u00e1s sutiles y prolongados. Me insinuaban que todo aquello pod\u00eda ser m\u00edo si me entregaba por completo a su poder, resplandeciente y enga\u00f1oso. Y el sol, un dios agazapado de carne celestial y desnuda: un fuego poderoso, enigm\u00e1tico al que el ojo no pod\u00eda mirar, parec\u00eda casi sagrado ante la percepci\u00f3n agudizada de mis nuevas emociones. La luz et\u00e9rea y tonante que emit\u00eda era una que que todas las cosas deb\u00edan venerar con asombro. El sinuoso leopardo en su selva verde y profunda deb\u00eda haberse detenido para considerar sus rayos, dispersos por la maleza, y todas las cosas nutridas por ellos deb\u00edan haber atesorado su brillante mensaje en un d\u00eda como aquel. Porque cuando ya no est\u00e9, all\u00e1 en las profundidades de lo eterno, la Tierra quedar\u00e1 perdida y negra en el vac\u00edo infinito. Esa ma\u00f1ana, en la que particip\u00e9 del fuego de la vida, y cuyo placer fugaz quedar\u00e1 a salvo  del paso de los a\u00f1os, se agitaba con el llamado de cosas extra\u00f1as, cuyos nombres elusivos no pueden escribirse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras caminaba hacia la aldea, pregunt\u00e1ndome c\u00f3mo se ver\u00eda despu\u00e9s del ba\u00f1o \u2013muy necesario\u2013 que le habr\u00eda dado la lluvia tenaz, vi, enredada en un resplandor de humedad iluminada por el sol, que se posaba sobre \u00e9l como un velo amarillo, un peque\u00f1o objeto: parec\u00eda una mano, estaba a unos seis metros de m\u00ed, y la espuma de las olas lo tocaba una y otra vez. La conmoci\u00f3n y el asco surgidos en mi mente, al ver que era en efecto un trozo de carne podrida, se impusieron a mi contento previo y me hicieron imaginar, con desconcierto, que s\u00ed pod\u00eda ser una mano. Ciertamente no hab\u00eda pez, ni parte de un pez, que pudiera verse as\u00ed; yo cre\u00eda ver dedos largos, medio fundidos por la descomposici\u00f3n. Le di la vuelta a la cosa con un pie, pues no deseaba tocar algo tan repugnante, y se adhiri\u00f3 al cuero de mi zapato como con la fuerza de la putrefacci\u00f3n. Aquello, pese a casi no tener formar, ten\u00eda demasiada semejanza con lo que yo tem\u00eda que pudiera ser, y yo lo empuj\u00e9 hasta ponerlo al alcance de una ola rumorosa, que lo apart\u00f3 de mi vista con una prontitud que las orillas de la mar rara vez muestran.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tal vez deb\u00ed reportar mi hallazgo; sin embargo, su naturaleza era demasiado ambigua para justificar alguna acci\u00f3n. Dado que hab\u00eda sido parcialmente comido por alg\u00fan ser horrible del oc\u00e9ano, no me pareci\u00f3 que pudiera identificarse y volverse evidencia de una posible tragedia a\u00fan desconocida. Los numerosos casos de personas ahogadas, desde luego, me vinieron a la cabeza, as\u00ed como otras ideas, a\u00fan m\u00e1s malsanas, que se quedaron s\u00f3lo como conjeturas. Lo que fuera que hubiera sido aquel fragmento tra\u00eddo por la tormenta, incluso un pez o un animal semejante al hombre, nunca antes que ahora he hablado de \u00e9l. Despu\u00e9s de todo, no hab\u00eda pruebas de que la putrefacci\u00f3n no lo hubiera distorsionado, simplemente, hasta hacerlo adoptar aquella forma.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me acerqu\u00e9 al pueblo, asqueado por la presencia de semejante objeto en la belleza aparente de la playa limpia, aunque era algo horriblemente t\u00edpico de la indiferencia de la muerte en un mundo natural que junta la podredumbre con la belleza, y tal vez tiene m\u00e1s afecto por la primera. En Ellston no escuch\u00e9 de ning\u00fan ahogado reciente ni de otros accidentes en el mar, ni encontr\u00e9 referencia a sucesos semejantes en las columnas del diario local, el \u00fanico que le\u00ed durante mi estancia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Es dif\u00edcil describir el estado mental en el que me hallaron los d\u00edas subsecuentes. Siempre propenso a las emociones m\u00f3rbidas, cuya angustia pod\u00eda ser inducida por causas ajenas a m\u00ed mismo, o bien surgidas de los abismos de mi propio esp\u00edritu, yo estaba abrumado por un sentimiento que no era miedo ni desesperaci\u00f3n, ni de nada semejante, sino m\u00e1s bien una conciencia de la fealdad constante y la suciedad oculta de la vida: una sensaci\u00f3n que era en parte un reflejo de mi propio interior y en parte resultado de los pensamientos que aquel objeto mordisqueado y podrido, que acaso hab\u00eda sido una mano, me hab\u00eda tra\u00eddo. En aquellos d\u00edas mi mente era un lugar de riscos sombr\u00edos e imprecisas figuras en movimiento, como el reino antiguo e ignoto de mi cuento de hadas. En breves punzadas de amargura, sent\u00eda la gigantesca oscuridad de este universo opresivo, en el que mis d\u00edas y los d\u00edas de mi raza eran nada para las estrellas destrozadas: un universo en el que toda acci\u00f3n es vana e incluso la emoci\u00f3n de la pena es un desperdicio. Las horas que previamente hab\u00eda pasado con un poco de salud recobrada, de contento y bienestar f\u00edsico, las dedicaba ahora (como si aquellos d\u00edas de la semana anterior hubieran terminado definitivamente) a una indolencia como la de aquel a quien ya no le interesa vivir. Estaba envuelto por el temor, pat\u00e9tico y somnoliento, de un destino inevitable; del odio de las estrellas que me observaban y de las olas, enormes, negras, deseosas de aplastar mis huesos. De la venganza, de la majestad horrenda, indiferente, del mar nocturno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Algo de la oscuridad e inquietud del mar hab\u00eda penetrado mi coraz\u00f3n, as\u00ed que yo viv\u00eda en un tormento ciego, irracional, y no menos agudo por su origen misterioso y por la cualidad extra\u00f1a, sin motivo, de su existencia vamp\u00edrica. Ante mis ojos estaban los recuerdos de las nubes p\u00farpureas, la extra\u00f1a esfera de metal, la espuma estancada, la soledad de mi casita oscura, y la vanidad rid\u00edcula de la aldea veraniega. No fui m\u00e1s a la aldea, pues me parec\u00eda s\u00f3lo una falsificaci\u00f3n de la vida. Como mi propia alma, se alzaba ante un mar oscuro y \u00e1vido, un mar que cada vez me resultaba m\u00e1s odioso. Y entre aquellas im\u00e1genes recordadas, corrompida y nauseabunda, estaba la del objeto cuyos contornos humanos me hac\u00edan dudar cada vez menos sobre qu\u00e9 hab\u00eda sido alguna vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estas palabras garabateadas no pueden comunicar la espantosa desolaci\u00f3n que hab\u00eda ca\u00eddo sobre m\u00ed (y que yo deseaba aliviar: as\u00ed de profundo se hab\u00eda metido en mi coraz\u00f3n). Ella me hablaba de cosas terribles y desconocidas que me rondaban, cada vez m\u00e1s cerca. No era locura: m\u00e1s bien, era una percepci\u00f3n demasiado clara y precisa de la oscuridad que est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1 de esta fr\u00e1gil existencia, iluminada por un sol moment\u00e1neo que no est\u00e1 m\u00e1s a salvo que nosotros mismos. Una conciencia de futilidad que pocos pueden experimentar sin que les impida por siempre regresar a la vida. La certeza de que, dondequiera que fuese, y por mucho que combatiera con el poder que le quedaba a mi esp\u00edritu, no podr\u00eda ganar el menor terreno al universo hostil, ni prolongar por un instante m\u00e1s la vida a m\u00ed confiada. Temeroso de la muerte como de la vida, agobiado por un terror sin nombre y, pese a ello, incapaz de olvidar las escenas que lo evocaban, yo estaba esperando cualquier consumaci\u00f3n de horror que a\u00fan aguardara en la inmensa regi\u00f3n m\u00e1s all\u00e1 de los muros de la conciencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;As\u00ed me encontr\u00f3 el oto\u00f1o, y volv\u00ed a perder lo que hab\u00eda ganado de la mar. El oto\u00f1o en las playas: un tiempo triste que no est\u00e1 marcado por hojas escarlata ni por ning\u00fan signo de los habituales. Un mar atemorizante que no cambia, aunque cambie el hombre. S\u00f3lo hubo un enfriamiento de las aguas, a las que ya no quise entrar: un oscurecimiento f\u00fanebre del cielo, como si eternidades de nieve se prepararan a descender sobre las olas espantosas. Empezado aquel descenso, no terminar\u00eda jam\u00e1s: seguir\u00eda bajo el sol blanco, amarillo y carmes\u00ed, y por fin bajo el peque\u00f1o rub\u00ed que solamente se rendir\u00eda al sinsentido de la noche final. Las aguas, antes amistosas, balbuceaban sin sentido, y me lanzaban extra\u00f1as miradas, y sin embargo no hubiera podido decir si la oscuridad del paisaje era reflejo de mis propios pensamientos, o si la tiniebla en mi interior era causada por lo que suced\u00eda fuera de m\u00ed. Sobre la playa y sobre m\u00ed hab\u00eda ca\u00eddo una sombra, como la de un p\u00e1jaro que nos sobrevolara en silencio: uno cuya mirada atenta no sospechamos hasta que la imagen en la tierra replica la del cielo, y miramos de pronto hacia arriba para encontrar que algo nos ha estado acechando, volando a nuestro alrededor en c\u00edrculos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El d\u00eda fue a fines de septiembre. El pueblo hab\u00eda cerrado los hoteles donde la insana frivolidad reg\u00eda vidas huecas, atenazadas por el miedo, y donde viejos t\u00edteres llevaban a cabo sus locuras veraniegas. Los t\u00edteres fueron descartados, sucios con las \u00faltimas sonrisas y ce\u00f1os fruncidos que se les hab\u00edan pintado, y no quedaban cien personas en el pueblo. Una vez m\u00e1s, se permiti\u00f3 que los ordinarios edificios con fachadas de estuco que miraban la costa empezaran a deteriorarse por la acci\u00f3n del viento. A medida que el mes se acercaba al d\u00eda al que me refiero, en m\u00ed se fue encendiendo la luz de un amanecer gris e infernal, en la que \u2013me parec\u00eda\u2013 alguna oscura taumaturgia ser\u00eda completada. Yo tem\u00eda menos a aquella magia que a la continuaci\u00f3n de mis horribles sospechas \u2013menos que a las insinuaciones de algo monstruoso que acechaba tras bambalinas\u2013, de modo que era con m\u00e1s curiosidad que verdadero temor que yo esperaba el d\u00eda de horror que parec\u00eda acercarse. El d\u00eda, repito, fue a fines de septiembre, aunque no estoy seguro si fue el 22 o el 23. Esos detalles han desaparecido bajo el recuerdo incompleto de lo sucedido: episodios que no deber\u00edan atormentar a ninguna existencia ordenada, por las detestables insinuaciones (y solamente insinuaciones) que contienen. Supe que hab\u00eda llegado la hora por una intuici\u00f3n alarmante del esp\u00edritu, una revelaci\u00f3n demasiado profunda para que pueda explicarla. Durante las horas del d\u00eda, esper\u00e9 la noche; impaciente, tal vez, de que la luz del sol desapareciera, como un reflejo apenas atisbado en aguas ondulantes. De los eventos del d\u00eda mismo no recuerdo nada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya hab\u00eda pasado mucho tiempo desde que la tormenta portentosa hubiera echado su sombra sobre la playa, y yo estaba decidido \u2013luego de dudas sin causa tangible\u2013 dejar Ellston, pues hac\u00eda cada vez m\u00e1s fr\u00edo y ya no iba a regresar a mi antigua tranquilidad. Cuando lleg\u00f3 un telegrama para m\u00ed (que se qued\u00f3 dos d\u00edas en la oficina de Western Union antes de que me localizaran: as\u00ed de poco se conoc\u00eda mi nombre) diciendo que mi dise\u00f1o hab\u00eda sido aceptado, y hab\u00eda vencido a todos los otros en el concurso, fij\u00e9 la fecha de mi partida. Recib\u00ed la noticia, que en otro momento del a\u00f1o me hubiera afectado enormemente, con extra\u00f1a apat\u00eda. Parec\u00eda tan remota de la irrealidad que me rodeaba, tan remota de m\u00ed, como si se le hubiera enviado a una persona a la que no conoc\u00eda, y s\u00f3lo hubiera llegado a m\u00ed por accidente. Con todo, su llegada me oblig\u00f3 a completar mis planes y dejar la casita de la costa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00f3lo quedaban cuatro noches a mi estancia cuando tuviero lugar los \u00faltimos de aquellos eventos cuyo significado est\u00e1 m\u00e1s en la impresi\u00f3n oscuramente siniestra que los rodeaba que en ninguna amenaza evidente. La noche hab\u00eda ca\u00eddo sobre Ellston y sobre la costa, y una pila de platos sucios era testigo de mi comida reciente y de mi pereza. La oscuridad lleg\u00f3 mientras me sentaba, con un cigarrillo, ante una de las ventanas que miraban al mar: era un l\u00edquido que gradualmente llen\u00f3 el cielo y ba\u00f1\u00f3 a la luna, monstruosamente elevada. La planicie del mar que colindaba con la arena brillante, la ausencia total de un \u00e1rbol o de cualquier otra figura, y la mirada de aquella alta luna me dejaron ver, de pronto, la vastedad de mi entorno. Apenas unas pocas estrellas se asomaban, como para acentuar con su peque\u00f1ez la majestad del orbe lunar y de la marea incesante.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me hab\u00eda quedado adentro, temeroso por alguna raz\u00f3n de salir hacia el mar en semejante noche de informes portentos, pero escuch\u00f1e a las olas murmurar secretos de un saber inaudito. Un viento proveniente de ning\u00fan lugar me tra\u00eda el soplo de una vida extra\u00f1a y palpitante \u2013la encarnaci\u00f3n de todo lo que hab\u00eda sentido y sospechado\u2013, que ahora se agitaba en los abismos del cielo y debajo de las olas silentes. No podr\u00eda decir en qu\u00e9 lugar se fund\u00eda aquel misterio con un sue\u00f1o antiguo y espantoso, pero como quien se para junto a quien duerme, sabiendo que pronto despertar\u00e1, yo me sent\u00e9 ante la ventana, sosteniendo un cigarrillo consumido casi por completo, para mirar la luna ascendente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Gradualmente, sobre aquel paisaje siempre en movimiento pas\u00f3 un resplandor, intensificado por los del cielo, y me pareci\u00f3 estar bajo una compulsi\u00f3n creciente a mirar lo que pudiera ocurrir. La playa se vaciaba de sombras, y sent\u00ed que se llevaban cualquier refugio para mis pensamientos cuando llegara aquello que iba a llegar. Aquellas que se quedaban eran de \u00e9bano, insondables: trozos inm\u00f3viles de oscuridad que se extend\u00edan entre los rayos crueles y brillantes. La imagen eterna formada por orbe lunar \u2013ya muerto, sea cual haya sido su pasado, y fr\u00edo como los sepulcros inhumanos que guarda entre las ruinas de siglos polvorientos, m\u00e1s antiguos que el hombre\u2013 y el mar \u2013movido, tal vez, por alguna vida desconocida, alguna conciencia ignota\u2013 me enfrentaba con horrible viveza. Me levant\u00e9 y cerr\u00e9 la ventana: fue en parte por un impulso interior, pero sobre todo, creo, una excusa para interrumpir moment\u00e1neamente mis pensamientos. Ahora, de pie ante los cristales cerrados, ning\u00fan sonido llegaba hasta m\u00ed. Los minutos parec\u00edan eternidades. Yo esperaba, como mi propio coraz\u00f3n temeroso y la escena inm\u00f3vil ante m\u00ed, el signo de alguna vida inefable. Hab\u00eda puesto la l\u00e1mpara sobre una caja en el rinc\u00f3n oeste del cuarto, pero la luna era m\u00e1s brillante, y sus rayos azules invad\u00edan lugares donde la l\u00e1mpara apenas alumbraba. El resplandor antiguo de la luna, redonda, silenciosa, ca\u00eda en la playa como lo hab\u00eda hecho por eones, y yo esper\u00e9, atormentado por la expectaci\u00f3n, que se hac\u00eda dos veces m\u00e1s aguda por la falta de satisfacci\u00f3n, y la incertidumbre sobre cu\u00e1l extra\u00f1a conclusi\u00f3n podr\u00eda suceder.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Afuera de la casita, la blanca iluminaci\u00f3n sugiri\u00f3 vagas formas espectrales cuyos movimientos irreales, fantasmales, parec\u00edan burlarse de mi ceguera, igual que voces no escuchadas se burlaban de mi atenta escucha. Por largu\u00edsimo tiempo, me qued\u00e9 quieto, como si el Tiempo y el ta\u00f1ido de su gran campana se hubieran enmudecido. Y sin embargo no hab\u00eda nada que temer: las sombras cinceladas por la luna no ten\u00edan contornos antinaturales y no me ocultaban nada. La noche estaba silenciosa \u2013lo sab\u00eda, pese a mi ventana cerrada\u2013 y todas las estrellas fijas, melanc\u00f3licas, en un cielo de oscura grandeza. No hab\u00eda movimiento entonces, ni hay palabras de mi parte ahora, capaces de revelar mi predicamento: de describir al cerebro aprisionado en carne que, aterrado, no se atrev\u00eda a romper el silencio, pese a que era una tortura. Como si esperara la muerte, y seguro de que nada podr\u00eda expulsar el peligro que mi alma enfrentaba, me volv\u00ed a sentar, con un cigarrillo ya olvidado en la mano. Un mundo silencioso resplandec\u00eda m\u00e1s all\u00e1 de las ventanas sucias y baratas, y en otro rinc\u00f3n del cuarto un par de sucios remos, puestos all\u00ed antes de mi llegada, compartieron la vigilia de mi esp\u00edritu. La l\u00e1mpara ard\u00eda sin cesar, dando una luz enferma, del color de la piel de un cad\u00e1ver. La mir\u00e9 de tanto en tanto, por la distracci\u00f3n que me daba y vi que muchas burbujas se alzaban y se desvanec\u00edan, inexplicablemente, en la base llena de keroseno. M\u00e1s curioso, el pabilo no emit\u00eda calor. Y de pronto me di cuenta de que la noche entera no era fr\u00eda ni caliente, sino extra\u00f1amente neutra, como si las fuerzas f\u00edsicas se hubieran suspendido, violentando las leyes serenas de la existencia.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces, con un chapoteo sordo que envi\u00f3 ondas del agua plateada hasta la costa, e hizo ecos de miedo en mi coraz\u00f3n, algo emergi\u00f3 nadando m\u00e1s all\u00e1 de la rompiente. Podr\u00eda haber sido un perro, un ser humano o algo m\u00e1s extra\u00f1o. No pod\u00eda saber que la estaba mirando \u2013o tal vez no le importaba\u2013 pero como un pez deforme nad\u00f3 entre los reflejos de las estrellas y se sumergi\u00f3 bajo la superficie. Tras un momento volvi\u00f3 a salir, y esta vez, como estaba m\u00e1s cerca, vi que llevaba algo sobre su hombro. Supe, entonces, que no pod\u00eda ser un animal, y que era un hombre o algo parecido a un hombre, que se acercaba a la tierra desde el mar oscuro. Pero nadaba con una facilidad espantosa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mientras yo miraba, pasivo, lleno de horror, con la mirada fija de quien espera la muerte de otro y sabe que no puede evitarla, el nadador lleg\u00f3 a la cosa, aunque demasiado lejos hacia el sur para que yo pudiera discernir del todo su aspecto o su silueta. Con un extra\u00f1o trote, mientras sus zancadas dispersaban chispas de espuma alumbrada por la luna, emergi\u00f3 y se perdi\u00f3 entre las dunas m\u00e1s all\u00e1 de la playa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora me pose\u00eda una s\u00fabita recurrencia del miedo que hab\u00eda muerto en los momentos previos. Me llen\u00f3 un fr\u00edo estremecimiento, aunque el aire el cuarto, cuya ventana ya no me atrev\u00eda a abrir, estaba m\u00e1s bien cargado. Pens\u00e9 en lo horrible que ser\u00eda que algo entrara por una ventana que no estuviera cerrada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ahora que ya no pod\u00eda ver a la figura, sent\u00ed que se manten\u00eda en alg\u00fan sitio cercano, en las sombras, o bien que me miraba desde cualquier ventana que no estuviese vigilando. As\u00ed que empec\u00e9 a mirar, ansiosa, fren\u00e9ticamente, por todas las ventanas, una tras otra, con miedo de encontrarme realmente con un rostro intruso, pero incapaz de refrenarme y cesar aquella pavorosa inspecci\u00f3n. Pero aunque mir\u00e9 durante horas, ya no hubo nada m\u00e1s sobre la playa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La noche lleg\u00f3 a su fin, y con \u00e9ste empez\u00f3 el reflujo de aquella extra\u00f1eza: la que hab\u00eda hervido como un brebaje maligno, hab\u00eda llegado al borde del caldero en un instante, hab\u00eda hecho una pausa, y luego hab\u00eda comenzado a descender, llev\u00e1ndose consigo cualquier mensaje de lo desconocido que hubiera tra\u00eddo. Como las estrellas que prometen la revelaci\u00f3n de terribles y gloriosos recuerdos, nos llevan a venerarlas mediante ese enga\u00f1o, y luego no nos dan nada. Hab\u00eda llegado peligrosamente cerca de aprehender un antiguo secreto, que se hab\u00eda aventurado cerca de los sitios humanos y hab\u00eda acechado, con cautela, en el borde mismo de lo conocido. Y sin embargo, al final, no ten\u00eda nada, pues s\u00f3lo se me hab\u00eda dado un vislumbre de aquella cosa furtiva, oscurecido por los velos de la ignorancia. No puedo ni concebir qu\u00e9 era eso, que podr\u00eda haberse mostrado de haber estado yo m\u00e1s cerca del nadador que fue hacia la costa, en vez de hacia el oc\u00e9ano. No s\u00e9 que hubiera sucedido si el brebaje hubiera sobrepasado el borde del caldero, para derramarse en una cascada de revelaciones. El mar nocturno reten\u00eda cuanto hab\u00eda nutrido. Nunca sabr\u00e9 nada m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sigo sin saber por qu\u00e9 el oc\u00e9ano causa tal fascinaci\u00f3n en m\u00ed. Pero, en fin, tal vez nadie de nosotros puede resolver esas cuestiones: tal vez existen desafiando cualquier explicaci\u00f3n. Hay hombres, y hombres sabios, a los que no les gusta el mar y su espuma que lame las costas amarillas. Ellos creen que quienes amamos el misterio de la profundidad, antigua e interminable, somos extra\u00f1os. Sin emargo, para m\u00ed hay un atractivo misterioso, inescrutable, en todos los \u00e1nimos del oc\u00e9ano. Est\u00e1 en la espuma plateada y melanc\u00f3lica bajo el cad\u00e1ver que es la luna nueva; flota sobre las olas silenciosas, eternas, que golpean costas desnudas; est\u00e1 all\u00ed cuando todo carece de vida salvo las sombras desconocidas que planean a trav\u00e9s de sombr\u00edas profundidades. Y cuando contemplo las tremendas oleadas que arremeten con fuerza inagotable, llega a m\u00ed un \u00e9xtasis semejante al miedo, y debo humillarme ante su poder, para no odiar las aguas espesas y su belleza abrumadora.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Vasto y desolado es el oc\u00e9ano, e igual que todas las cosas provienen de \u00e9l, todas habr\u00e1n de regresar. En la velada plenitud del tiempo, nadie reinar\u00e1 sobre la Tierra, ni habr\u00e1 movimiento alguno, salvo en las aguas eternas. Y estas golpear\u00e1n las costas oscuras con truenos de espuma, aunque no quede nadie en ese mundo agonizante para mirar la fr\u00eda luz de la luna enferma, mientras juega en los torbellinos de la marea y las arenas \u00e1speras. En la orilla de lo profundo, s\u00f3lo quedar\u00e1 la espuma estancada, acumul\u00e1ndose entre conchas y huesos de los seres antiguos que viv\u00edan en las aguas. Cosas silentes y blandas se retorcer\u00e1n en las costas desiertas, extinta su vida perezosa. Luego todo estar\u00e1 oscuro, pues al fin incluso la luna blanca sobre las olas se apagar\u00e1. No quedar\u00e1 nada, ni arriba ni debajo de las aguas sombr\u00edas. Y hasta ese \u00faltimo milenio, y por siempre despu\u00e9s, el mar tronar\u00e1 y se agitar\u00e1 en la noche pavorosa.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un extra\u00f1o cuento de terror por dos autores: R. H. Barlow y H. P. 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