{"id":12478,"date":"2016-09-28T15:01:24","date_gmt":"2016-09-28T20:01:24","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=12478"},"modified":"2016-10-26T10:19:00","modified_gmt":"2016-10-26T15:19:00","slug":"salida-numero-catorce","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/salida-numero-catorce\/","title":{"rendered":"Salida n\u00famero catorce"},"content":{"rendered":"<p>Tarde, pero seguro: el cuento de este mes es de <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Adri%C3%A1n_Curiel_Rivera\">Adri\u00e1n Curiel Rivera<\/a> (1969), narrador y acad\u00e9mico mexicano, autor de novelas (<em>Blanco tr\u00f3pico<\/em>, <em>Vikingos<\/em> y <em>A bocajarro<\/em> son las m\u00e1s recientes), libros de cuentos y ensayos. \u00abSalida n\u00famero catorce\u00bb proviene del libro <em>D\u00eda franco<\/em> (UNAM, 2016), cuyas historias est\u00e1n enlazadas todas por la aparici\u00f3n de perros, que juegan diversos papeles en cada una. En este caso, lo que parece una narraci\u00f3n convencional da una s\u00fabita vuelta de tuerca y se convierte en un apocalipsis muy extra\u00f1o, amenazante, visto desde el nivel de los individuos que no pueden empezar a entenderlo y no est\u00e1n seguros de querer hacerlo, ni de evitar la amenaza de la destrucci\u00f3n. En tal sentido tiene un parecido muy inquietante con el ambiente en el que millones de personas de la actualidad sienten que transcurre su vida.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"12479\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/salida-numero-catorce\/attachment\/11853\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853.jpg\" data-orig-size=\"1600,1200\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Adri\u00e1n Curiel Rivera\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853-1024x768.jpg\" class=\"aligncenter size-large wp-image-12479\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853-1024x768.jpg\" alt=\"Adri\u00e1n Curiel Rivera\" width=\"1024\" height=\"768\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853-1024x768.jpg 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853-300x225.jpg 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853.jpg 1600w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>SALIDA N\u00daMERO CATORCE<br \/>\nAdri\u00e1n Curiel Rivera<\/strong><\/p>\n<p>Despert\u00f3 con la sensaci\u00f3n de que el incidente de anoche hab\u00eda sido un sue\u00f1o. Como en los \u00faltimos siete u ocho a\u00f1os, asisti\u00f3 a una cena de la empresa con aut\u00e9ntica desgana y  \u2013cre\u00eda\u2013 bien simulado entusiasmo. Clarissa se qued\u00f3 en casa, para variar, ya no ten\u00eda caso fingir. Aceptaban que no necesariamente ten\u00edan que compartir siempre los mismos intereses, una regla esencial para la supervivencia de cualquier matrimonio. Hab\u00edan alcanzado la madurez afectiva: esa etapa de amor pausado a la que s\u00f3lo se llega despu\u00e9s de mucho tiempo y de resignar muchas cosas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ayer por la noche estaba charlando, copa de cava en mano, con una mujer alta y delgada, de pelo corto y rubio peinado con la raya en medio. Le recordaba a una <em>flapper<\/em> de la d\u00e9cada de los veinte del siglo pasado, a una Betty Boop de pelo claro. Era, le dijo, la representante internacional de Catering A\u00e9reo, proveedora de la aerol\u00ednea patrona que los congregaba en ese coctel. Por su parte, \u00e9l representaba a una empresa contratista especializada en la fabricaci\u00f3n de bulones de fibra de carbono para las aeronaves. En la despiadada carrera de la competitividad, hab\u00eda corrido el rumor de que otra compa\u00f1\u00eda estaba haciendo experimentos de laboratorio para producir piezas de un pol\u00edmero especial mucho m\u00e1s ligero y resistente. La amenaza de inminentes recortes, si no se avispaban, pend\u00eda sobre su cabeza y su equipo de trabajo. No eran tiempos felices para \u00e9l. No se\u00f1or. En una junta de accionistas se lo hab\u00edan advertido: si perd\u00eda el liderazgo en el ramo, sufrir\u00eda las consecuencias. Mientras conversaban, se consol\u00f3 pensando que ella recibir\u00eda presiones similares. Era el pan nuestro de cada d\u00eda en ese ambiente de trabajo. Admir\u00f3 la precisi\u00f3n ejecutiva con que la mujer despachaba asuntos de negocios con su <em>Smartphone<\/em> de ultim\u00edsima generaci\u00f3n. En ese mundo de tiburones no era improbable que ella estuviese entendi\u00e9ndose en ese mismo momento con el corporativo que lo desbancar\u00eda. Aun as\u00ed, le parec\u00eda encantadora. Hablaba un ingl\u00e9s casi nativo y se las arreglaba con gran soltura en franc\u00e9s y alem\u00e1n. Meti\u00f3 de nuevo el aparato en su bolso de mano, se disculp\u00f3, todo era urgente. \u00c9l dej\u00f3 su copa sobre una bandeja y aceptaron los canap\u00e9s que les ofreci\u00f3 otro mesero de uniforme. Ella se apoyaba en una pared lindante con el balc\u00f3n del <em>penthouse<\/em>. La puerta de cristal estaba cerrada porque era invierno, pero algunos hab\u00edan salido a fumar un cigarrillo. A trav\u00e9s del vidrio, m\u00e1s all\u00e1 del reducido pelot\u00f3n de fumadores, se extend\u00eda la vista portentosa de los rascacielos iluminados. La mir\u00f3 con una fijeza que le extra\u00f1\u00f3 a \u00e9l mismo, como si quisiera transmitirle la emoci\u00f3n de una vida por delante llena de gratificaciones. Se arrepinti\u00f3 de inmediato y desvi\u00f3 la mirada. Pens\u00f3 que esa desconocida quiz\u00e1 fuera un poco m\u00e1s joven que Clarissa. Se preguntaba si no ser\u00eda conveniente, para no lucir tan chaparro junto a ella, subir otro escal\u00f3n del desnivel que divid\u00eda ese espacio de la amplia e impersonal sala casi desprovista de muebles. Sobre otros invitados que depart\u00edan pesaba tambi\u00e9n la espada de Damocles. Subi\u00f3, en efecto, un pelda\u00f1o m\u00e1s, pero ella segu\u00eda sac\u00e1ndole unos cent\u00edmetros. Lo desconcert\u00f3 descubrir que no llevaba zapatos de tac\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Venciendo la timidez, ensay\u00f3 una broma de la que ella no pudo hacerse c\u00f3mplice porque volvi\u00f3 a sonar el tel\u00e9fono. Hubiera jurado que despachaba un negocio en ruso. La mujer torn\u00f3 a disculparse, cerr\u00f3 la cremallera de su cartera y luego le dedic\u00f3 una mirada franca que dejaba traslucir una tensi\u00f3n rudamente contenida. Se sinti\u00f3 fuera de lugar envuelto en ese inc\u00f3modo silencio. Mejor se concentr\u00f3 en masticar su bocadillo de anchoa imagin\u00e1ndose el deleite inconmensurable que le deparar\u00eda acostarse con semejante belleza, lo que ser\u00eda vivir una imposible aventura extramatrimonial. Ella no le quitaba los ojos de encima, con una intenci\u00f3n ambigua. Desliz\u00f3 la mirada hasta el anillo de casado, y despu\u00e9s recorri\u00f3 su barriguita inexorable pese a las recientes sesiones de gimnasio. Y sigui\u00f3 por el t\u00f3rax, y la corbata y el saco. Sin atisbo de verg\u00fcenza, examin\u00f3 su ment\u00f3n, la barba de candado recortada con meticulosidad. Descendi\u00f3 otra vez hacia su mano y el anillo delator, y pos\u00f3 los ojos en los suyos, sin pesta\u00f1ear. \u00bfPor qu\u00e9 no vamos a otro sitio?, estaba seguro que le preguntar\u00eda despu\u00e9s de haber declarado, por cierto, que se llamaba Aurora Rodr\u00edguez. Tendr\u00eda que llamar m\u00e1s tarde a Clarissa, inventarse cualquier excusa. Ella lo segu\u00eda mirando mientras sonre\u00eda manteniendo una segunda copa muy cerca de los labios. Sin embargo, en vez de proponerle que fueran a otra parte, precedidas por un tenue tic en la \u00f3rbita ocular bajo las pesta\u00f1as, cobraron sonoridad otras palabras. \u00bfSoy demasiado alta, no es cierto? Bajo cualquier est\u00e1ndar, a\u00f1adi\u00f3, y lo abraz\u00f3 con fuerza unas d\u00e9cimas de segundo. Enseguida ella se desprendi\u00f3 y le pidi\u00f3 que sostuviera su copa. Era embarazoso, dijo. Le entreg\u00f3 una tarjeta de visita, \u00e9l hizo lo propio. La acompa\u00f1\u00f3 a recoger el abrigo cerca de la entrada, junto a un ins\u00edpido bodeg\u00f3n, el \u00fanico adorno en las paredes. Se despidieron de beso frente a la puerta abierta, otros tambi\u00e9n sal\u00edan. \u00c9l se reincorpor\u00f3 a la congregaci\u00f3n menguante, intercambi\u00f3 impresiones con alg\u00fan desconocido y no se march\u00f3 sino hasta despachar el quinto cava.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando son\u00f3 el despertador y manote\u00f3 para apagarlo no cre\u00eda que nada de eso hubiera ocurrido realmente anoche. Ahora una ligera opresi\u00f3n en la cabeza amenaza con convertirse en jaqueca insoportable. Hace fr\u00edo. Se arrebuja bajo las s\u00e1banas y se percata de que Clarissa ya se ha levantado. Debe de estar abajo en la cocina calentando la leche a los ni\u00f1os, como todas las ma\u00f1anas. Luego Clarissa desandar\u00e1 el camino escaleras arriba y los pastorear\u00e1 para que no hagan trampa y se laven los dientes, y venga otra vez a descender a cari\u00f1osos empellones mientras Silvia y Gerardo, todav\u00eda somnolientos, protestan y hacen muecas. En ocasiones, hasta se ponen a llorar. Como \u00e9l no puede eludir la obligaci\u00f3n de presentarse en su oficina, se decide a salir de la cama. Una veloz ducha y baja a tomar caf\u00e9, tostadas y un jugo de naranja. Dos grajeas de paracetamol complementan el desayuno. Clarissa, como casi siempre, le acomoda el cuello de la camisa, la corbata, tambi\u00e9n las solapas del saco. Los ni\u00f1os ya est\u00e1n listos y se dirigen encorvados hacia la puerta. Es rid\u00edcula la cantidad de cuadernos que deben cargar en las mochilas. Clarissa le da un beso de una frialdad mec\u00e1nica y \u00e9l no puede reprimir asociarlo al recuerdo c\u00e1lido de Aurora Rodr\u00edguez, la desconocida giganta rubia con quien por la noche hab\u00eda compartido una cercan\u00eda irracional. Gerardo y Silvia se enzarzan a empujones en las inmediaciones de la puerta, la competencia obcecada por ser el primero en abrir. Pese a lo previsible y reiterativo del cuadro, \u00e9l se altera. Les grita que ya basta y, como a trav\u00e9s de una s\u00fabita calina emocional, se cuela el pensamiento de que necesita con urgencia un abrazo. De que todos necesitamos un abrazo, un abrazo que ni Clarissa ni tampoco los ni\u00f1os \u2013ni siquiera Aurora Rodr\u00edguez\u2013 podr\u00e1n brindarle. Repite ya ha dicho que es suficiente y, por alguna extra\u00f1a raz\u00f3n, en compa\u00f1\u00eda de su c\u00f3lera soterrada, se siente abrumadoramente solo. Est\u00e1 por embestir a sus v\u00e1stagos pero la mano curtida de Clarissa lo retiene por la mu\u00f1eca. Se vuelve hacia ella, avergonzado por su reacci\u00f3n, a veces se comporta peor que los ni\u00f1os. Adem\u00e1s por poco olvida el portafolios y el ligero refrigerio que el doctor le autoriza a tomar cada ma\u00f1ana. Cuenta con la mente hasta diez, en numeraci\u00f3n progresiva y regresiva, abatido por vagos tormentos. Nota que ha conseguido serenarse. Los ni\u00f1os aguardan junto a la puerta con las cabecitas gachas y las manos empu\u00f1ando los tirantes de las mochilas. Unos angelitos de ocho y seis a\u00f1os, la felicidad extenuante e inabordable. De espaldas a Clarissa, experimenta el imprevisto irradiar de la mano de ella sobre su hombro. El peso de su palma, el gesto cari\u00f1oso en que se traduce, lo embarga de nostalgia al recordarle hasta qu\u00e9 grado el lastre compartido del matrimonio domestica los antiguos fuegos. Ella retira el brazo. Cuando, de refil\u00f3n, \u00e9l le dice que la quiere, la reminiscencia fantasmag\u00f3rica de Aurora Rodr\u00edguez le toca otra fibra insospechada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Conforme se dirige a la puerta entreabierta se hace m\u00e1s n\u00edtida la luz filtrada entre la bisagra y el canto. El haz se difunde sobre el umbral atrapando remolinos de polvo y ba\u00f1a de albor los uniformes de Silvia y Gerardo. Se detiene, palpa los bolsillos del saco y cambia sus anteojos por otros de sol tambi\u00e9n con aumento. Los tres salen al jardincillo que antecede al port\u00f3n el\u00e9ctrico del garaje. Hasta ellos llegan al trote, para ofrendarles el protocolario olisqueo de buenos d\u00edas, sus fieles mascotas: el joven Collins, un border collie, y Lady Recogida, una marrullera veterana cruce de mil razas. Esa ma\u00f1ana, repara en ello mientras guardan las cosas en el maletero y los chicos abordan el Mazda, los perros est\u00e1n demasiado nerviosos. Ladran mucho hacia la calle y a\u00fallan de manera entrecortada, pero no se escucha ninguna ambulancia. Se quejan excesivamente, como cuando est\u00e1n enfermos. Se pone el cintur\u00f3n de seguridad y Clarissa, quiz\u00e1 sospechando algo, abre la ventana de la cocina y grita si est\u00e1 todo bien. Cuando salen en reversa tiene que dar imperiosas \u00f3rdenes por la ventanilla para que Collins y Lady Recogida no transgredan las fronteras y se precipiten hacia fuera. Hay unos siete u ocho canes recostados contra la fachada de la casa de enfrente, del otro lado de la calle. Acciona el control remoto, el port\u00f3n se cierra. Se estaciona junto a los perros. La mayor\u00eda son machos. De hecho, no detecta ninguna hembra que justifique ese agrupamiento. Lo miran con indolente indiferencia bajo los rayos tempranos de la ma\u00f1ana. \u00a1Ahja!, los jalea. \u00a1Fuera, largo! \u00a1Ushca!, les chista. Si se instalan ah\u00ed, a la larga tendr\u00e1n que encerrar a Collins y Lady en el cuarto de servicio, en cualquier momento podr\u00edan escabullirse y trabarse en una pelea. Bate las palmas. Incluso baja del veh\u00edculo y amaga con agredirlos, pero si acaso dos o tres perros canela de la jaur\u00eda, con pinta de mellizos, se yerguen sobre sus patas delanteras y, con la lengua de fuera y la t\u00edpica respiraci\u00f3n acelerada de los c\u00e1nidos, se desplazan unos cent\u00edmetros y vuelven a echarse como si nada. Le jode sobremanera. Est\u00e1 aturdido por los desaforados ladridos de sus propios perros y las inquisitivas preguntas de sus hijos, que no se pierden un solo movimiento desde el asiento de atr\u00e1s. Fastidiado, decide regresar a su camioneta, ya resolver\u00e1 el problema en otra oportunidad. Antes de arrancar ve a Clarissa en pijama detr\u00e1s de los listones met\u00e1licos del port\u00f3n. Collins y Lady Recogida, enredados entre las piernas de su esposa, ladran y ladran.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Camino a la escuela (Silvia y Gerardo no han parado de re\u00f1ir atr\u00e1s) le sorprende identificar, junto a los deportistas madrugadores de siempre, a numerosas cuadrillas de perros sin due\u00f1o que deambulan por las banquetas. Cruzan las calles con relativo orden y se detienen o sientan en las esquinas a la espera del cambio de luz del sem\u00e1foro. Andan en grupos de hasta diez ejemplares, una cantidad exorbitante bajo cualquier criterio en una ciudad. Incluso los ni\u00f1os dejan de pelear y, perplejos, piden permiso para asomarse a las ventanillas y contemplar ese inusual paisaje deslizante de pelajes. Los cuadr\u00fapedos parecen regir sus r\u00e1pidos meneos bajo el designio com\u00fan de una voluntad superior, de un s\u00faper l\u00edder alfa. Al pasar los miran con absoluta, jadeante y perruna indiferencia. Las lenguas espumosas y ros\u00e1ceas descendiendo y ascendiendo a ritmo regular por el hocico. Algunos son claramente callejeros. Otros llevan collar, lo que revela que se han escapado de casa. Otros pocos evidencian haber sido expulsados de un h\u00e1bitat hogare\u00f1o, pues lucen en el cuello desnudo la marca de un antiguo collar, cierta tersura en el lomo. Por el espejo retrovisor, en lontananza invertida, alcanza a distinguir c\u00f3mo prosigue su marcha la marabunta canina, los escuadrones dispersos que se perfilan contra el recuadro urbano. Frente al parabrisas vienen muchos m\u00e1s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfPor qu\u00e9 hay tantos perros?, pregunta Silvia. S\u00ed, papi, la secunda Gerardo. \u00bfHan crecido tanto los gatos (un adulto habr\u00eda dicho: se ha multiplicado tanto su poblaci\u00f3n) que ahora salen a cazarlos? Pero a \u00e9l no se le ocurren respuestas. Es decir, no concibe ninguna explicaci\u00f3n que no caiga en la imaginer\u00eda risible de los filmes de zombis o las series televisivas de vampiros. No obstante, contin\u00faan pululando a su alrededor. La camioneta en que viajan transita como una flecha lenta entre rachas cruzadas de perros. Las fauces abiertas, babeantes; la mirada torva o la cabeza agachada, pasan cerca de los espejos laterales mientras ellos siguen a vuelta de rueda. Algunos paran y les dedican un ladrido bravuc\u00f3n; otros, uno m\u00e1s festivo. Las colas variopintas: sus longitudes cambiantes, algunos ap\u00e9ndices cercenados. Las orejas alertas de unos; aquel otro se aproxima entre la multitud con las suyas casi a ras de piso, como una fragata vieja que ha resignado el velamen y se deja llevar por la corriente. Y esos pasitos de mecanismo rob\u00f3tico semiarticulado que comparten todos. Los m\u00e1s independientes tienden a apartarse de las manadas, se desv\u00edan hacia alguna bocacalle, hurgan en los botes de basura en busca de comida. Pero de inmediato son reconducidos por ovejeros reales e improvisados. Cuatro o cinco pretenden amotinarse, dan la vuelta y caminan en sentido opuesto, pero son absorbidos por la vor\u00e1gine como un banco de sardinas. Al fin puede cambiar a segunda, pero tiene que clavar el freno para no arrollar a un antip\u00e1tico french poodle que se les atraviesa. Resuenan los bocinazos por todas partes, se ha formado un embotellamiento del demonio. \u00a1Largo, chucho!, ruge a trav\u00e9s de la ventanilla bajada y varios perros que pasan se vuelven un poco y lo miran con la lengua de fuera. El caniche, de un blanco mugriento, los broches en los rulos del peinado, corre hasta la portezuela; planta sus u\u00f1otas en la pintura, escarba, se revuelve, comienza a ladrarle con jactanciosa fiereza a unos cent\u00edmetros del antebrazo. Arranca y ahora es el de atr\u00e1s quien hace rechinar las gomas frenando con violencia. M\u00e1s pitazos, gritos. A todo esto, sus hijos se han cansado de acribillarlo a preguntas no respondidas a satisfacci\u00f3n. Los acaba de reprender por haberlo desobedecido en primera instancia, cuando les indic\u00f3 que subieran ipso facto los cristales. No entiende lo que est\u00e1 sucediendo, tiene algo de aterrador. Como se ha ensimismado en un silencio tenso al frente del volante y s\u00f3lo anhela romper la inercia de ese rodar de tortuga, Silvia y Gerardo comienzan a formular sus propias hip\u00f3tesis. Algunos conductores lanzan objetos desde sus autom\u00f3viles. Primero la previsible ZV. Pero coinciden en descartarla, pues si ese barullo de pulgosos estuviera compuesto de zombis y\/o vampiros, tendr\u00edan los ojos en blanco o los colmillos chorreantes de sangre fresca. Se chamuscar\u00edan por efecto de la luz del d\u00eda, o saldr\u00edan despavoridos ante la se\u00f1al de los dedos en cruz que ellos les hacen. Lic\u00e1ntropos definitivamente tampoco son. Salvo por la cantidad, parecen perros de lo m\u00e1s normalitos. Luego sopesan otras posibilidades que su progenitor escucha boquiabierto. Silvia sostiene, por ejemplo, que deben ser alien\u00edgenas en obvio camuflaje, debido a su extra\u00f1a gravedad han ca\u00eddo de una de las galaxias reci\u00e9n descubiertas. En su clase de ciencia han estado estudiando el tema de los nuevos telescopios. Son muy potentes, podr\u00e1n determinar con exactitud el punto desde donde se han desprendido. Su hermano se mofa de ella, ser\u00eda m\u00e1s plausible (s\u00ed, dice \u201cplausible\u201d) explicarlo como un caso de generaci\u00f3n espont\u00e1nea masiva, como antes se cre\u00eda pasaba con las moscas. Es m\u00e1s razonable suponer, contin\u00faa, que se trata de un experimento encubierto orquestado por la CIA para extender su hegemon\u00eda sobre los pa\u00edses emergentes (y tambi\u00e9n dice \u201chegemon\u00eda\u201d y \u201cemergentes\u201d).  Silvia, a su vez, se burla de Gerardito, ha estado viendo demasiada tele, pap\u00e1, mam\u00e1 y t\u00fa deber\u00edan vigilar que respete el horario autorizado. Siempre hace lo que se le pega la gana. Su padre sigue el hilo de la conversaci\u00f3n con los pu\u00f1os crispados. Se ha formado un embudo de automotores cerca del tope que precede el paso peatonal por donde cruza un enjambre de perros. Gerardo se coloca de rodillas sobre su sitio y se gira por completo para mirar las evoluciones a trav\u00e9s de la luneta. Las torrenteras de pelambre contin\u00faan confluyendo desde distintos recodos. All\u00e1 va un labrador alegre; m\u00e1s all\u00e1, unos beagles giran desorientados; por ac\u00e1, un salchicha salta como propulsado por minitransbordadores espaciales. La estampa gallarda de un b\u00f3xer se desdibuja en un trote ligero; un bulldog con aire de malas pulgas se afianza cansinamente sobre sus patas cortas. Una dupla de electrizados fox terrier, de pelo duro y moteado, lleno de ramas y hojitas, atestigua el probable abandono de los amos al tirarlos en alguna carretera. \u00a1Miren!, grita Gerardo. Numerosos perros de casa, hartos del alboroto de sus propios ladridos, deciden saltarse las verjas y las tapias, sortear la altura de techos y balcones no muy eminentes para incorporase al reba\u00f1o. La perrada que cruza por la cebra pintada en el asfalto se segmenta. Una parcela retrocede y los envuelve antes de proseguir su misterioso itinerario.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ellos avanzan hasta un sem\u00e1foro y viran por una calle a la izquierda e, inmediatamente despu\u00e9s, a la derecha. Se forman en la cola de autos frente a la entrada del colegio. All\u00ed no se percibe nada anormal. Sin embargo, conforme se van acercando a la puerta detr\u00e1s de una Voyager y esperan su turno para que los ni\u00f1os puedan apearse, se percatan de que el vigilante y las maestras no se limitan a recibir a los alumnos. El cuidador, armado de una escoba, se empe\u00f1a en espantar a una corte de falderos que intenta colarse en las instalaciones. Las docentes pegan gritos y pisotones para ahuyentarlos, y la directora de primaria incluso se desespera y sale a corretear una hembra para atizarle con un trapo. Destraba el maletero con la palanquita junto a los pedales. Gerardo y Silvia abren las puertas y \u00e9l tambi\u00e9n baja para ayudarlos con las mochilas y darles un beso apresurado ante la impaciencia creciente de los padres de atr\u00e1s. Nunca lo hace, pero esta vez los santigua. Como si se aproximase un hurac\u00e1n. Un hurac\u00e1n de perros.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En su trabajo el mostrador de recepci\u00f3n luce vac\u00edo. Karina estar\u00e1 maquill\u00e1ndose en los aseos o demorada en el caf\u00e9 de la esquina comprando bocadillos. No le incumbe, que la despida quien tenga que hacerlo. Se dirige a los ascensores y pulsa el bot\u00f3n. S\u00f3lo funciona uno, los dem\u00e1s est\u00e1n fuera de servicio por mantenimiento. Cree alucinar cuando se abren las hojas de acero. Adentro hay un san bernardo con todo y barrilito de rescate en la garganta. Titubea, oprime otra vez el bot\u00f3n pero las puertas contin\u00faan abiertas con el perrazo reflejado en las paredes de cristal. Entra trastabillando, dice est\u00fapidamente \u201cbuenos d\u00edas\u201d y marca el d\u00e9cimo piso. Al principio, durante el ascenso, mantiene su distancia apartado en un rinc\u00f3n. Cuando pretende \u201csacarle conversaci\u00f3n\u201d y acariciarlo, el san bernardo pela los dientes y emite un gru\u00f1ido grave y sostenido. As\u00ed, paralizado, oyendo de manera simult\u00e1nea el timbre que anuncia cada piso en ascenso y la advertencia persistente del san bernardo, no podr\u00eda describir esa experiencia. Llegan a destino, por as\u00ed decir, y aunque al salir con la espalda pegada a los muros de la caja prev\u00e9 lo absurdo de una f\u00f3rmula de cortes\u00eda en esas circunstancias, no puede evitar despedirse murmurando \u201cHasta luego, que tengas buen d\u00eda\u201d.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Enfila por el consabido corredor entre el laberinto de mamparas de vidrio opaco que compartimentan las oficinas. Suele ser de los primeros en llegar y hoy no es la excepci\u00f3n. Los escritorios a\u00fan permanecen desiertos, s\u00f3lo al fondo reconoce la cabeza de la contadora Morales nimbada por el resplandor del ventanal que mira hacia el boulevard. Podr\u00eda preguntarle sobre el san bernardo, pero ella y \u00e9l se han enfrascado en una guerra sorda a ra\u00edz de un rumor concerniente a cu\u00e1l de los dos contar\u00e1 pronto con un despacho de alto ejecutivo. Tendr\u00e1 que esperar a Mondrag\u00f3n, con quien comparte no lo que se dice una gran amistad sino la decrepitud atl\u00e9tica de los partidos de la liga de futbol de padres de familia que promueve la misma empresa. La otra noche hubo otro infartado. Deja el portafolios y la lonchera sobre el asiento ergon\u00f3mico que est\u00e1 todo vencido. Camina hacia la ventana mirando a intervalos las microc\u00e1maras colocadas en el techo. Imagina que el <em>staff<\/em> de seguridad proporcionar\u00e1 alguna explicaci\u00f3n respecto al san bernardo, aunque tampoco vio a ninguno de ellos abajo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Morales lo detecta y le dedica, a modo de saludo, un g\u00e9lido asentimiento de cabeza. Se sit\u00faa frente al vidrio a prudenciales metros de ella. Las mir\u00edadas de perros siguen enturbiando el panorama. Son centenares. Muchos se detienen y mean los \u00e1rboles del paseo. Runflas de exaltados pretendientes se baten a dentelladas para ganarse el derecho a copular con los ejemplares en celo. Otros forman escoltas tras el trote r\u00edtmico de los m\u00e1s vigorosos. Jurar\u00eda que ve salir del edificio al san bernardo, aunque no podr\u00eda estar seguro, el acceso principal le queda en un \u00e1ngulo ciego. Vuelve a su cub\u00edculo y enciende la computadora. Mientras sus compa\u00f1eros comienzan a aparecer revisa su correo. La misma basura invasiva de costumbre. Una circular redactada con las patas convocando a una sopor\u00edfera asamblea por la tarde, ya se lo hab\u00eda adelantado Mondrag\u00f3n. Los del piso de abajo est\u00e1n cagados en los calzones, nadie se salva de la \u201coptimizante podadora\u201d, como le encanta repetir con nefando sadismo a Julio Santill\u00e1n, el CEO. Desecha varias comunicaciones <em>spam<\/em>. Abre otra ventana en el buscador y consulta las noticias, pero los diarios no mencionan nada acerca de los perros. Se concentra de nuevo en su correspondencia. Encabezando los mensajes no le\u00eddos de la bandeja de entrada ubica uno de Aurora Rodr\u00edguez. Lo abre con un p\u00e1lpito. \u201cMe gust\u00f3 mucho tu abrazo. Quieres que hablemos de eso?\u201d Y le propone reunirse a las cuatro de la tarde en una direcci\u00f3n espec\u00edfica de los suburbios. \u00bfQu\u00e9 hacer?, se pregunta y, aun sentado, siente que se le aflojan las rodillas. Repica el tel\u00e9fono fijo y \u00e9l contesta, distra\u00eddo. Sus pensamientos vagan en la fluorescencia que promete la fantas\u00eda de Aurora Rodr\u00edguez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfDami\u00e1n?, soy Clarissa \u2014\u00e9l reacciona como una oruga fumigada con insecticida\u2014. Estoy tratando de comunicarme al celular desde hace rato. \u00bfLo tienes apagado?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se palpa el bolsillo y comprueba que se le ha olvidado encenderlo. Con todo el asunto de los perros. No puede parar de temblar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Esc\u00fachame. Estoy con los ni\u00f1os en la escuela. Llam\u00f3 la directora. Van a evacuar la ciudad, lo acaba de confirmar Protecci\u00f3n Civil por la radio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A trav\u00e9s del chisporroteo del auricular, se percibe una barah\u00fanda de voces y ladridos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Dami\u00e1n, pon atenci\u00f3n. Es urgente, me oyes, urgente que subas ahora mismo a la camioneta y te re\u00fanas cuanto antes con nosotros en la salida n\u00famero catorce.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De lo contrario, quedar\u00e1 atrapado en el cerco sanitario. Se ha decretado toque de queda a partir de la una y despu\u00e9s nadie podr\u00e1 entrar ni salir del per\u00edmetro acordonado. Las perreras municipales no dan abasto, muchos empleados han tenido que ser hospitalizados a consecuencia de las mordidas. En exclusivas zonas residenciales, bandas de encarnizados rottweilers, pitbulls y dogos argentinos se disputan el control territorial. Han matado y devorado a varias personas. No s\u00f3lo transe\u00fantes an\u00f3nimos y ocasionales, tambi\u00e9n a sus propios amos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014La polic\u00eda ya est\u00e1 interviniendo \u2014silbatazos, el estruendo amortiguado de patrullas de polic\u00eda, sirenas de ambulancia\u2014. El ej\u00e9rcito viene en camino, va a copar el centro hist\u00f3rico. Sal de inmediato.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Restallan unos clics y teme que vaya a cortarse la llamada. Para contener la temblequera ha tenido que hacer ejercicios de respiraci\u00f3n escudado en la mano que ahora tapa el micr\u00f3fono.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfDami\u00e1n, sigues ah\u00ed?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014S\u00ed  \u2014retira la mano del tel\u00e9fono\u2014. Aqu\u00ed sigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Te paso con Silvia, no entiendo qu\u00e9 quiere decirte.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfPa?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014S\u00ed, hija. Dime.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Lo bueno es que no se transforman.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfC\u00f3mo?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Los mordidos. No se convierten en el mismo agente que los ataca, como las v\u00edctimas de los zombis y los vampiros en las pel\u00edculas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u2026<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Por supuesto, quedan expuestos a la rabia y a muchas otras infecciones. O a quedar amputados, pero no se transforman en perros.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Clarissa ordena a Silvia que le devuelva el aparato. Discuten algo y luego la voz de Gerardo resuena por los orificios de pl\u00e1stico.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014S\u00f3lo para despedirme r\u00e1pido \u2014dice sobreponi\u00e9ndose a una recia secuela de ladridos\u2014, mam\u00e1 est\u00e1 muy nerviosa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Cu\u00eddalas, Jerry. En mi ausencia t\u00fa eres el hombre de la casa. Los ver\u00e9 m\u00e1s tarde.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfPapi?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfQu\u00e9?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014No te queba la menor duda \u2014pese a su florido vocabulario Gerardo a\u00fan no ha aprendido a conjugar correctamente el verbo caber.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00bfDe qu\u00e9 hablas?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014La CIA est\u00e1 detr\u00e1s de todo esto. Siempre es culpa de la CIA.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014\u00a1Basta ya de sandeces! \u2014a Dami\u00e1n no le cuesta imaginar el aspaviento perentorio con que Clarissa ha arrebatado el m\u00f3vil a Gerardo\u2014. Te esperamos entonces, Dami\u00e1n. Salida catorce. Mejor ap\u00fantalo, te noto muy distra\u00eddo. Han asignado los n\u00fameros de salida de acuerdo a los c\u00f3digos postales. Te pedir\u00e1n tu identificaci\u00f3n para cotejarlo. No te vayas a equivocar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Espera \u2014casi grita Dami\u00e1n contra el renovado bullicio de fondo\u2014. Collins y Lady Recogida, \u00bfest\u00e1n con ustedes?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014No \u2013Clarissa rompe a llorar\u2014. Despu\u00e9s te explico \u2014y cuelga.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Dami\u00e1n se pone el saco, toma el portafolios y la lonchera. Lo gobierna una calma extra\u00f1a y repentina, un b\u00e1lsamo a la angustia atroz que parec\u00eda rajarle en canal el pecho durante la reciente conversaci\u00f3n con Clarissa y los ni\u00f1os. Mira a su alrededor. Los que acababan de llegar, se han largado. Se apresura hacia el ascensor, con suerte ya no encontrar\u00e1 al san bernardo. Sin saber a ciencia cierta por qu\u00e9, de pronto se apiada de Morales y vuelve sobre sus pasos para prevenirla. Cuando ya est\u00e1 cerca del rect\u00e1ngulo de claridad entre los paneles, y la silueta de la aborrecible compa\u00f1era se perfila a contraluz inclinada sobre su escritorio, repiquetea el tel\u00e9fono. La contadora atiende y, a un tiempo, hace un resuelto adem\u00e1n para indicarle que se detenga. No suele ser susceptible, mucho menos trat\u00e1ndose de Morales. Supone que alg\u00fan pariente o amigo la estar\u00e1 poniendo al tanto de lo que ocurre, aunque le resulta dif\u00edcil aceptar que Morales pueda tener parientes e imposible concebir que alguien sea su amigo. Gira sobre sus talones y se precipita a zancadas hacia el rellano.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cruza corriendo el vest\u00edbulo absolutamente desierto, pero al intentar trasponer la puerta giratoria se queda atascado con un mast\u00edn napolitano gris que lo tumba a leng\u00fcetazos. Se acurruca, muerto de p\u00e1nico, para defenderse entre el vidrio y la alfombrilla del cilindro, levantando el portafolios. Pero su nuevo amigo, de imponente alzada, no depone la actitud cari\u00f1osa y le deja unos pegajosos colgajos de baba en los anteojos. La bestia ladea la cabezota con sus ojillos de por favor ad\u00f3ptame. Le lame a conciencia las orejas y a \u00e9l le vuelve el dolor de la resaca de anoche. Se le intensifica a tal grado que teme su cerebro vaya a desintegrarse. Se incorpora o, mejor dicho, el mast\u00edn se aparta de encima y lo arrastra detr\u00e1s suyo al empujar la hoja para salir. Afuera, el contacto con el aire caliente le transmite una sensaci\u00f3n de asfixia. Termina de ponerse en pie, maldice, se sacude y limpia con un pa\u00f1uelo desechable. Ve pasar a un precioso setter negro. Y a muchos otros perros. M\u00e1s lejos tres galgos, los diminutos cr\u00e1neos en los lomos curvados, emprenden una veloz carrera y en cuesti\u00f3n de segundos rebasan a todos. Receloso, rodea el edificio y baja por una puerta excusada al estacionamiento. S\u00f3lo hay tres autos, incluido el suyo y el de Morales. No tiene idea de qui\u00e9n ser\u00e1 el otro. Enciende el Mazda y las luces. Hace rechinar los neum\u00e1ticos cuando sube por la rampa y sale disparado. Salida n\u00famero catorce. Salida n\u00famero catorce, no debe dudarlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00bfO Aurora Rodr\u00edguez? Esa perfecta desconocida de brazos y piernas largos. \u00bfEstar\u00e1 tambi\u00e9n ella huyendo en esos precisos instantes de los perros, nuestros miedos m\u00e1s tangibles? \u00bfO aguardar\u00e1 a que \u00e9l acuda puntual a su cita? En cualquier caso, \u00bfpor qu\u00e9 no tomar un breve desv\u00edo? Clarissa y los ni\u00f1os estar\u00e1n bien. Con seguridad los conducir\u00e1n a un enclave aislado y protegido, adonde no tengan acceso los perros, como en las pel\u00edculas ZV. Si viera antes a Aurora, podr\u00edan aclarar el asunto (\u00bfcu\u00e1l?). \u00bfTen\u00eda las u\u00f1as pintadas, Aurora? No logra recordarlo. Pero\u2026 \u00bfen qu\u00e9 mierda est\u00e1 pensando? Salida n\u00famero catorce. Salida n\u00famero catorce. \u00bfO Aurora Rodr\u00edguez, s\u00f3lo un momentito? La puta que lo pari\u00f3. Hay que cuidarse de los perros. Hay que cuidarse de los abrazos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ingresa al perif\u00e9rico y pisa a fondo el acelerador. A la derecha, un letrero anuncia la salida n\u00famero catorce. La boca est\u00e1 flanqueada por veh\u00edculos policiales y del ej\u00e9rcito. Poco m\u00e1s adentro, han instalado un ret\u00e9n con costales de arena y armas de repetici\u00f3n. Esparcidos en la cuneta hay varios cad\u00e1veres de perros. Dami\u00e1n sigue de largo y viola a sabiendas los l\u00edmites de velocidad. Restriega las manos en el volante. Las l\u00e1grimas se le agolpan.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Deja atr\u00e1s, a la izquierda, otro letrero: RETORNO.<\/p>\n<p><strong>RELATO INCLUIDO EN <em>D\u00cdA FRANCO<\/em> (TEXTOS DE DIFUSI\u00d3N CULTURAL. SERIE RAYUELA, UNAM, 2016)<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento apocal\u00edptico \u2013y por lo mismo muy actual\u2013 de Adri\u00e1n Curiel Rivera (1969), narrador mexicano.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":12479,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"\"Salida n\u00famero catorce\": un #cuento apocal\u00edptico de Adri\u00e1n Curiel Rivera, en Las Historias.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[998,22,3014,2343,198,2855,3015,521],"class_list":["post-12478","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-adrian-curiel-rivera","tag-cuento","tag-dia-franco","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-mexicanos","tag-literatura","tag-salida-numero-catorce","tag-textos-que-no-estaban-en-la-red"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/09\/11853.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3fg","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12478","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12478"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12478\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12482,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12478\/revisions\/12482"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12479"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12478"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12478"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12478"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}