{"id":12395,"date":"2016-06-27T15:15:29","date_gmt":"2016-06-27T20:15:29","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=12395"},"modified":"2025-08-25T21:59:09","modified_gmt":"2025-08-26T03:59:09","slug":"donde-su-fuego-nunca-se-apaga","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/donde-su-fuego-nunca-se-apaga\/","title":{"rendered":"Donde su fuego nunca se apaga"},"content":{"rendered":"<p>Este cuento no es dif\u00edcil de encontrar en l\u00ednea, pero no est\u00e1 de m\u00e1s tenerlo aqu\u00ed ni publicarlo en estos d\u00edas. Su autora fue <a href=\"https:\/\/maysinclairsociety.com\/biography\/\">May Sinclair<\/a> (1863-1946), narradora, activista, fil\u00f3sofa y cr\u00edtica literaria inglesa. Muy popular en su propia \u00e9poca, y considerada una de las <a href=\"https:\/\/www.theguardian.com\/books\/booksblog\/2013\/aug\/01\/may-sinclair-readable-modernist\">autoras importantes<\/a> del movimiento modernista de su pa\u00eds, en Am\u00e9rica Latina <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/May_Sinclair\">se le conoce<\/a> principalmente porque este cuento (\u00abWhere Their Fire is not Quenched\u00bb, aparecido en la colecci\u00f3n <em>Uncanny Stories<\/em>, de 1923) fue recogido en la <em>Antolog\u00eda de la literatura fant\u00e1stica<\/em> (1940) de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Un error que suele cometerse al leer narraciones fant\u00e1sticas es creer que intentan persuadirnos de que lo que cuentan podr\u00eda suceder realmente. \u00abSon met\u00e1foras\u00bb, se dice, y en cierto modo es verdad, pero lo que las vuelve significativas es la diferencia que percibimos entre lo que puede ocurrir a sus personajes y lo que nos puede ocurrir a nosotros. Al reconocer esa distancia comenzamos a interpretar lo que leemos y a encontrarle m\u00e1s sentidos que el literal. As\u00ed pasa con Harriet, la protagonista de Sinclair, sometida a los condicionamientos sociales de su \u00e9poca y despu\u00e9s agobiada por una culpa y una frustraci\u00f3n tan grandes que el texto mismo no se atreve a explicarlas \u2013aunque entendemos perfectamente a qu\u00e9 se deben\u2013 y que, de hecho, duran m\u00e1s all\u00e1 de su muerte y la consumen entera. Esto no nos sucede literalmente, pero s\u00ed nos podemos <em>sentir<\/em> as\u00ed: atrapados en una vida que no dictamos, cuyas consecuencias no podemos controlar y que no termina: una situaci\u00f3n infernal aunque no se viva en el infierno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los sucesos de estos d\u00edas, incluyendo la conmoci\u00f3n debida a la separaci\u00f3n anunciada del Reino Unido de la Uni\u00f3n Europea, tal vez se pueden sentir as\u00ed tambi\u00e9n, y por eso tiene sentido recordar (o leer por primera vez) esta narraci\u00f3n: una pesadilla hecha en Inglaterra.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"12397\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/donde-su-fuego-nunca-se-apaga\/may-sinclair-008\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg\" data-orig-size=\"600,360\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"May Sinclair\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg\" alt=\"\" width=\"600\" height=\"360\" class=\"aligncenter size-full wp-image-12397\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg 600w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008-300x180.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>DONDE SU FUEGO NUNCA SE APAGA<br \/>\nMay Sinclair<\/strong><\/p>\n<p>No hab\u00eda nadie en el huerto. Con prudencia, sin hacer ruido con la aldaba, Harriet Leigh sali\u00f3 por el port\u00f3n de hierro. Sigui\u00f3 el camino hasta el cerco, donde, bajo el sa\u00faco en flor, la esperaba el teniente de marina George Waring.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A\u00f1os despu\u00e9s, cuando pensaba en George Waring, Harriet volv\u00eda a sentir el dulce y c\u00e1lido olor de vino de la flor de sa\u00faco y cuando ol\u00eda flores de sa\u00faco, reve\u00eda a George Waring, con su hermosa cara de poeta o de m\u00fasico, sus ojos negros y sus cabellos pardo oliva.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Waring le hab\u00eda pedido que se casaran y hab\u00eda consentido. Pero su padre se opon\u00eda y ella hab\u00eda venido para dec\u00edrselo y para despedirse de \u00e9l; su barco part\u00eda al d\u00eda siguiente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Dice que somos demasiado j\u00f3venes.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfCu\u00e1nto quiere que esperemos?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Tres a\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00a1Todav\u00eda tres a\u00f1os antes de casarnos! \u00a1Estaremos muertos!<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo abraz\u00f3 para confortarlo. \u00c9l la abraz\u00f3 m\u00e1s fuerte y despu\u00e9s corri\u00f3 a la estaci\u00f3n, mientras ella volv\u00eda luchando con sus l\u00e1grimas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013En tres meses estar\u00e1 de vuelta. Habr\u00e1 que esperar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero no volvi\u00f3. Hab\u00eda muerto en un naufragio en el Mediterr\u00e1neo. Harriet ya no tem\u00eda una pronta muerte porque no pod\u00eda seguir viviendo sin George.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Harriet Leigh esperaba en la sala de su casita en Maida Vale, donde viv\u00eda desde la muerte de su padre. Estaba inquieta, no pod\u00eda apartar los ojos del reloj; esperando las cuatro, la hora que hab\u00eda fijado Oscar Wade. Lo hab\u00eda rechazado el d\u00eda antes y no estaba segura de que viniera.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se preguntaba por qu\u00e9 lo recib\u00eda hoy, si ayer lo hab\u00eda rechazado definitivamente. No deber\u00eda verlo, nunca. Le hab\u00eda explicado todo claramente. Se evocaba, tiesa en la silla, enardecida con su propia integridad, mientras \u00e9l la escuchaba cabizbajo, avergonzado. De nuevo sent\u00eda el temblor de su voz, repitiendo que no pod\u00eda, que deb\u00eda comprenderla, que no cambiar\u00eda su decisi\u00f3n, que \u00e9l ten\u00eda una esposa y que no deb\u00edan olvidarlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Oscar respondi\u00f3 indignado:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013No necesito pensar en Muriel. S\u00f3lo vivimos juntos para guardar las apariencias.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Y para guardar las apariencias debemos dejar de vernos. Oscar, por favor, v\u00e1yase.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfLo dice en serio?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013S\u00ed. Ya no debemos vernos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Oscar se hab\u00eda alejado, vencido. Lo ve\u00eda cuadrando sus anchas espaldas para soportar el golpe. Le daba l\u00e1stima. Hab\u00eda sido cruel sin necesidad. Ahora que hab\u00eda trazado un l\u00edmite, \u00bfpor qu\u00e9 no pod\u00edan verse? Hasta ayer ese l\u00edmite no era claro. Hoy quer\u00eda pedirle que olvidara lo que le hab\u00eda dicho. Eran las cuatro. Las cuatro y media. Las cinco. Ya hab\u00eda tomado el t\u00e9 y renunciado a verlo, cuando lleg\u00f3. Vino como otras veces: con su paso mesurado y cauto, sus anchas espaldas erguidas con arrogancia. Era un hombre de unos cuarenta a\u00f1os, alto y ancho, de caderas estrechas y cuello corto, cara grande y cuadrada y rasgos hermosos. El bigote, muy corto, pardo rojizo, se erizaba sobre el labio superior. Sus ojos peque\u00f1os brillaban, pardos, rojizos, ansiosos y animales. Le gustaba pensar en \u00e9l cuando estaba lejos pero siempre ten\u00eda un sobresalto al verlo. F\u00edsicamente distaba mucho de su ideal; era tan distinto de George Waring&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se sent\u00f3 frente a ella. Hubo un silencio inc\u00f3modo que interrumpi\u00f3 Oscar Wade.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Harriet, usted me dijo que yo pod\u00eda venir. \u2013Parec\u00eda que quer\u00eda echarle toda la responsabilidad. \u2013Espero que me haya perdonado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013S\u00ed, Oscar. Lo he perdonado.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Le dijo que se lo demostrara yendo a cenar con \u00e9l. Accedi\u00f3 sin saber por qu\u00e9.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La llev\u00f3 al restaurante Schubler. Oscar Wade com\u00eda como un gourmet, dando importancia a cada plato. A ella le gustaba su ostentosa generosidad: no ten\u00eda ninguna de las virtudes mezquinas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Termin\u00f3 la cena. Su congesti\u00f3n silenciosa dec\u00eda lo que estaba pensando. Pero la acompa\u00f1\u00f3 hasta su casa y se despidi\u00f3 en el port\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Harriet no sab\u00eda si alegrarse o entristecerse. Hab\u00eda gozado un momento de exaltaci\u00f3n virtuosa, pero no hubo alegr\u00eda en las semanas siguientes. Hab\u00eda renunciado a Oscar Wade, porque no la atra\u00eda mucho, y ahora lo deseaba con furia, con perversidad, porque hab\u00eda renunciado a \u00e9l.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cenaron juntos varias veces. Ya conoc\u00eda de memoria el restaurante. Las paredes blancas con paneles de contornos dorados, los pilares blancos y dorados, las alfombras turcas, azul y carmes\u00ed, los almohadones de terciopelo carmes\u00ed, que se prend\u00edan a sus faldas, los destellos de plata y de cristaler\u00eda de las mesas circulares. Y las caras de los clientes y las luces en las pantallas rojas. Y la cara de Oscar, roja por la cena. Siempre, cuando \u00e9l se echaba hacia atr\u00e1s en la silla, Harriet sab\u00eda en qu\u00e9 pensaba. Alzaba los p\u00e1rpados pesados y la miraba, caviloso. Ahora sab\u00eda en qu\u00e9 iba a acabar todo. Pensaba en George Waring y en su propia vida desilusionada. No lo hab\u00eda elegido a Oscar, realmente no lo hab\u00eda deseado, pero ya no pod\u00eda dejarlo ir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estaba segura de lo que iba a ocurrir. Pero no sab\u00eda cu\u00e1ndo ni d\u00f3nde. Ocurri\u00f3 al final de una noche, cuando cenaron en una salita reservada. Oscar hab\u00eda dicho que no pod\u00eda soportar el calor y el ruido del comedor. Ella subi\u00f3 adelante; por una empinada escalera con alfombra roja, hasta la puerta del segundo piso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De tiempo en tiempo repitieron la furtiva aventura, en el cuarto del restaurante o en su casa, cuando no estaba la sirvienta. Pero no conven\u00eda arriesgarse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Oscar se declaraba feliz. Harriet dudaba. Esto era el amor, lo que nunca hab\u00eda tenido, lo que hab\u00eda so\u00f1ado y deseado con hambre y sed; ahora lo ten\u00eda. No estaba satisfecha. Siempre esperaba algo m\u00e1s, alg\u00fan \u00e9xtasis que se anunciaba y no llegaba. Algo la repel\u00eda en Oscar; pero, como era su amante, no pod\u00eda admitir que fuera un dejo de groser\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para justificarse pensaba en sus buenas cualidades, su generosidad, su fuerza. Le hac\u00eda hablar de sus oficinas, de su f\u00e1brica, de sus m\u00e1quinas, le ped\u00eda prestados los libros que \u00e9l le\u00eda. Pero siempre que trataba de conversar con \u00e9l, le hac\u00eda sentir que no era para eso que estaban juntos, que toda la conversaci\u00f3n que un hombre necesita la tiene con sus amigos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Lo malo es que nos veamos de un modo tan fugaz; deber\u00edamos vivir juntos; es lo \u00fanico razonable \u2013dijo Oscar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ten\u00eda un plan. Su suegra vendr\u00eda a vivir con Muriel en octubre. Podr\u00eda ir a Par\u00eds y encontrarse all\u00ed con Harriet.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En un hotel de la Rue de Rivoli, estuvieron dos semanas. Pasaron tres d\u00edas locamente enamorados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando se despertaba encend\u00eda la luz y lo miraba dormir. El sue\u00f1o lo volv\u00eda inocente y suave, ocultaba sus ojos, le afinaba la expresi\u00f3n de la boca.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s empez\u00f3 la reacci\u00f3n. Al final del d\u00e9cimo d\u00eda, volviendo de Montmartre, Harriet estall\u00f3 en un ataque de llanto. Cuando le preguntaron por qu\u00e9, dijo, al azar, que el Hotel Saint Pierre era horrible.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con indulgencia, Oscar explic\u00f3 su estado como de fatiga, causada por una agitaci\u00f3n continua.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Trat\u00f3 de creer que estaba deprimida, porque su amor era m\u00e1s puro y espiritual que el de Oscar; pero sab\u00eda perfectamente que hab\u00eda llorado de aburrimiento. Estaban enamorados, y se aburr\u00edan mutuamente. En la intimidad, no pod\u00edan soportarse.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al fin de la segunda semana, empez\u00f3 a dudar de haberlo querido alguna vez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En Londres, por un tiempo, volvieron a entusiasmarse. Lejos del esfuerzo artificial que les hab\u00eda impuesto Par\u00eds, quisieron persuadirse de que el antiguo r\u00e9gimen de aventura furtiva era m\u00e1s adecuado a sus temperamentos rom\u00e1nticos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero los persegu\u00eda el temor de que los descubrieran. Durante una corta enfermedad de Muriel, pens\u00f3 con terror que esta pod\u00eda morir; ya nada le impedir\u00eda casarse con Oscar; \u00e9l segu\u00eda jurando que si estuviera libre se casar\u00eda con ella.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s de la enfermedad la vida de Muriel fue preciosa para los dos: les imped\u00eda una uni\u00f3n permanente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sobrevino la ruptura.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Oscar muri\u00f3 tres a\u00f1os despu\u00e9s. Fue un inmenso alivio para Harriet. Ahora ya nadie sab\u00eda su secreto. Sin embargo, en los primeros momentos, Harriet se dec\u00eda que, Oscar muerto, estar\u00eda m\u00e1s cerca de ella que nunca. No recordaba que en vida casi nunca hab\u00eda deseado tenerlo cerca. Mucho antes de que pasaran veinte a\u00f1os, le pareci\u00f3 imposible haber conocido una persona como Oscar Wade. Schubler y el Hotel Saint Pierre ya no eran recuerdos importantes. Hubieran desentonado con la reputaci\u00f3n de santidad que hab\u00eda adquirido. Ahora, a los cincuenta y dos a\u00f1os, era amiga y ayudante del Reverendo Clement Farmer, Vicario de Santa Mar\u00eda en Maida Vale.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Era secretaria del Hogar para J\u00f3venes Ca\u00eddas, de Maida Vale y Kilburn. Su exaltaci\u00f3n mayor sobreven\u00eda cuando Clement Farmer, el flaco y austero vicario, parecido a George Waring, sub\u00eda al p\u00falpito y levantaba los brazos en la bendici\u00f3n. Pero el momento de su muerte fue el m\u00e1s perfecto. Estaba acostada, so\u00f1olienta, en la cama blanca, debajo del negro crucifijo con un Cristo de marfil. El sacerdote se mov\u00eda tranquilamente en el cuarto, arreglando las velas, el misal del Sant\u00edsimo Sacramento. Acerc\u00f3 una silla a la cama; esper\u00f3 que despertara. Tuvo un instante de lucidez. Sinti\u00f3 que se estaba muriendo y que la muerte la hac\u00eda importante para Clement Farmer.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfEst\u00e1s lista? \u2013pregunt\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Todav\u00eda no. Creo que estoy asustada. Tranquil\u00edceme.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Clemente Farmer encendi\u00f3 dos velas en el altar. Tom\u00f3 el crucifijo de la pared y se acerc\u00f3 de nuevo a la cama.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Ahora no tendr\u00e1 miedo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013No tengo miedo del m\u00e1s all\u00e1. Supongo que uno se acostumbra. Pero tal vez al principio sea terrible.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013La primera etapa en la otra vida, depende, en gran parte, de lo que pensamos en nuestros \u00faltimos momentos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Ser\u00e1 en mi confesi\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfSe siente capaz de confesarse ahora? Despu\u00e9s le dar\u00e9 la extremaunci\u00f3n y se quedar\u00e1 pensando en Dios.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Record\u00f3 su pasado. All\u00ed encontr\u00f3 a Oscar Wade. Vacil\u00f3: \u00bfPodr\u00eda confesar lo de Oscar Wade? Estuvo por hacerlo, despu\u00e9s comprendi\u00f3 que no era posible. No era necesario. Veinte a\u00f1os de su vida hab\u00edan prescindido de \u00e9l. Ten\u00eda otros pecados que confesar. Hizo una cuidadosa selecci\u00f3n:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Me sedujo demasiado la belleza del mundo. A veces no fui caritativa con mis pobres muchachas. En lugar de pensar en Dios, he pensado a menudo en los seres queridos. \u2013Despu\u00e9s recibi\u00f3 la extremaunci\u00f3n. Pidi\u00f3 al sacerdote que le tuviera la mano, para no sentir miedo; mucho tiempo la tuvo as\u00ed hasta que \u00e9l la oy\u00f3 murmurar\u2013: Esto es la muerte. Pero yo cre\u00eda que era horrible y es la dicha, la dicha.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Harriet permaneci\u00f3 unas horas en el cuarto donde hab\u00edan sucedido estas cosas. Su aspecto le era familiar, con algo de extra\u00f1o, ahora, y de repugnante. El altar, el crucifijo, las velas encendidas, suger\u00edan alguna horrible experiencia cuyos detalles no pod\u00eda definir, pero que parec\u00edan tener alguna relaci\u00f3n con el cuerpo amortajado en la cama, que ella no asociaba consigo misma. Cuando la enfermera vino y lo descubri\u00f3, vio que era el de una mujer de mediana edad. Su cuerpo vivo era el de una joven de treinta y dos a\u00f1os.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Su muerte no ten\u00eda pasado ni futuro, ning\u00fan recuerdo cortante ni coherente, ninguna idea de lo que iba a ser.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego, s\u00fabitamente, el cuarto empez\u00f3 a alejarse de sus ojos, a partirse en zonas y haces que se dislocaban y eran arrojados a diversos planos. Se inclinaban en todas direcciones, se cruzaban y cubr\u00edan con una mezcla transparente de diferentes perspectivas, como reflejos en vidrios.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie ante la puerta, que era lo \u00fanico que hab\u00eda quedado. La abri\u00f3 y se encontr\u00f3 en la calle, cerca de un edificio gris amarillento, con una gran torre de techo de pizarra. Lo reconoci\u00f3. Era la iglesia de Santa Mar\u00eda, de Maida Vale. O\u00eda los acordes del \u00f3rgano. Abri\u00f3 la puerta y entr\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Hab\u00eda vuelto a espacio y tiempo definidos, hab\u00eda recuperado una parte limitada de memoria coherente. Recordaba todos los detalles de la iglesia que eran, en cierto modo, permanentes y reales, ajustados a la imagen que ahora la pose\u00eda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sab\u00eda para qu\u00e9 hab\u00eda venido. El servicio hab\u00eda concluido. Camin\u00f3 por la nave hasta el asiento habitual debajo del pulpito. Se arrodill\u00f3 y se cubri\u00f3 la cara con las manos. Entre sus dedos pod\u00eda ver la puerta de la sacrist\u00eda. La mir\u00f3 tranquilamente, hasta que se abri\u00f3 y apareci\u00f3 Clement Farmer con su sotana negra. Pas\u00f3 muy cerca del banco donde estaba arrodillada, y la esper\u00f3 en la puerta, porque ten\u00eda algo que decirle.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se levant\u00f3 y se aproxim\u00f3 a Farmer. Segu\u00eda esper\u00e1ndola y no se movi\u00f3 para darle paso. Se acerc\u00f3 tanto que los rasgos de \u00e9l se confundieron. Entonces, se retir\u00f3 un poco para verlo mejor y se hall\u00f3 ante la cara de Oscar Wade. Estaba quieto, horriblemente quieto, cort\u00e1ndole el paso.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Las luces de las naves laterales iban apag\u00e1ndose, una por una. Si no se escapaba quedar\u00eda encerrada con \u00e9l en esa oscuridad. Consigui\u00f3, por fin, moverse y llegar a tientas a un altar. Cuando se dio vuelta, ya no estaba Oscar Wade.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces record\u00f3 que Oscar Wade estaba muerto. Luego lo que hab\u00eda visto no era Oscar: era su fantasma. Hab\u00eda muerto. Hab\u00eda muerto hac\u00eda diecisiete a\u00f1os. Estaba libre de \u00e9l para siempre&#8230;<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Cuando sali\u00f3 al atrio de la iglesia vio que la calle hab\u00eda cambiado. No era la calle que recordaba. Se encontr\u00f3 en una recova con muchas vidrieras; la Ru\u00e9 de Rivoli en Par\u00eds. Ah\u00ed estaba la entrada del Hotel Saint Pierre. Pas\u00f3 por la puerta giratoria; cruz\u00f3 el gris y sofocante vest\u00edbulo que ya conoc\u00eda; fue derecha a la gran escalera de alfombra gris; subi\u00f3 los pelda\u00f1os innumerables que giraban alrededor de la jaula del ascensor hasta un descanso que conoc\u00eda y un largo corredor ceniciento alumbrado por una ventana opaca; all\u00ed sinti\u00f3 el horror del lugar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya no se acordaba de la iglesia de Santa Mar\u00eda. No se daba cuenta de ese curso retr\u00f3grado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ah\u00ed. Recordaba que deb\u00eda caminar hacia la izquierda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero hab\u00eda algo donde el corredor doblaba, en la ventana al final de todos los corredores. Si tomaba la derecha se salvar\u00eda; pero ah\u00ed se deten\u00eda el corredor: un muro liso. Tuvo que volver a la izquierda. Dobl\u00f3 por otro corredor, que era oscuro y secreto y depravado. Lleg\u00f3 a una puerta torcida, que dejaba pasar luz por la rendija. Distingu\u00eda, encima, el n\u00famero: 107. Algo hab\u00eda sucedido ah\u00ed. Si entraba volver\u00eda a suceder. Atr\u00e1s de la puerta estaba Oscar Wade esper\u00e1ndola. Oy\u00f3 sus pasos mesurados, que se acercaban. Huy\u00f3, r\u00e1pida y ciega, como un animal, oyendo los pies que la persegu\u00edan. La puerta giratoria la agarr\u00f3 y la arroj\u00f3 a la calle. Lo extra\u00f1o es que estaba fuera del tiempo. Borrosamente recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que suced\u00edan o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y med\u00eda su duraci\u00f3n por el espacio. Ahora pensaba: si tan s\u00f3lo pudiera retroceder al lugar donde no sucedi\u00f3.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;  Caminaba por un camino blanco, entre campos y colinas desdibujadas por la niebla. Cruz\u00f3 el puente y vio la antigua casa gris, sobre el alto muro del jard\u00edn. Entr\u00f3 por el port\u00f3n de hierro y se encontr\u00f3 en un gran sal\u00f3n de techo bajo, con las cortinas corridas, ante una cama. Era la cama de su padre. El cad\u00e1ver extendido bajo la s\u00e1bana, era el de su padre. Levant\u00f3 la s\u00e1bana: Vio el rostro de Oscar Wade, quieto y suavizado por la inocencia del sue\u00f1o y de la muerte. Lo mir\u00f3,  fascinada, con implacable  felicidad. Oscar  estaba muerto. Record\u00f3 que sol\u00eda dormir as\u00ed, en el Hotel Saint Pierre, a su lado. Si estaba muerto, no volver\u00eda a suceder. Estaba salvada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La cara muerta le daba miedo. Al recubrirla, not\u00f3 un ligero movimiento. Levant\u00f3 la s\u00e1bana y la estir\u00f3 con fuerza, pero las manos empezaron a luchar y los dedos aparecieron por los bordes, tir\u00e1ndola hacia abajo. La boca se abri\u00f3, los ojos se abrieron: toda la cara la mir\u00f3 en agon\u00eda y terror.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El cuerpo se irgui\u00f3, con los ojos clavados en los de ella. Los dos se quedaron inm\u00f3viles, un instante, con miedo mutuo. Pudo escaparse y correr; se detuvo en el port\u00f3n sin saber qu\u00e9 lado tomar. A la derecha, el puente y el camino la llevar\u00edan a la Rue de Rivoli y a los abominables corredores del Hotel Saint Pierre; a la izquierda, el camino cruzaba la aldea.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Si pudiera retroceder a\u00fan, estar\u00eda segura, fuera del alcance de Oscar. Junto al lecho de muerte, hab\u00eda sido joven pero no bastante. Ten\u00eda que volver al lugar en que hab\u00eda sido m\u00e1s joven; sab\u00eda adonde encontrarlo; cruz\u00f3 la aldea corriendo, por los galpones de una granja, por el almac\u00e9n, por la fonda La Cabeza de la Reina, por el Correo, la iglesia y el cementerio, hasta el port\u00f3n del sur, en los muros del parque de su ni\u00f1ez.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Estas cosas parec\u00edan insustanciales, tras una capa de aire que brillaba sobre ellas como vidrio. Se dislocaron, flotaron lejos de ella, y en lugar del camino real y los muros del parque, vio una calle de Londres, de sucias fachadas blancas, y en lugar del port\u00f3n, la puerta giratoria del restaurante Schubler.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entr\u00f3. La escena se impuso con la dura evidencia de la realidad. Fue hasta una mesa en un rinc\u00f3n, donde un hombre estaba solo. La servilleta le tapaba la boca. No estaba segura de la parte superior de la cara; la servilleta se desliz\u00f3. Vio que era Oscar Wade. Se dej\u00f3 caer a su lado. Wade se le acerc\u00f3; sinti\u00f3 el calor de la cara congestionada y el olor del vino.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Yo sab\u00eda que vendr\u00edas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Comi\u00f3 y bebi\u00f3 en silencio, postergando el abominable momento final. Al fin se levantaron y se afrontaron; el gran cuerpo de Oscar estaba ante ella, encima de ella, y casi sent\u00eda la vibraci\u00f3n de su poder. La llev\u00f3 hasta la escalera de alfombra roja y la oblig\u00f3 a subir. Pas\u00f3 por la puerta blanca de la salita, con los mismos muebles, las cortinas de muselina, el espejo dorado sobre la chimenea, con los dos \u00e1ngeles de porcelana, la mancha en la alfombra ante la mesa, el viejo e infame canap\u00e9, tras el biombo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se movieron por la salita, girando como fieras enjauladas, inc\u00f3modos, enemigos, evit\u00e1ndose.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Es in\u00fatil que te escapes. Lo que hicimos no pod\u00eda terminar de otro modo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Pero termin\u00f3. Termin\u00f3 para siempre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Ah, no, todo menos eso. \u00bfNo recuerdas c\u00f3mo nos aburr\u00edamos?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfRecordar? \u00bfTe figuras que yo te tocar\u00eda, si pudiera evitarlo? Para eso estamos aqu\u00ed. Tenemos que hacerlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013No. Me voy ahora mismo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013No puedes. La puerta est\u00e1 con llave.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Oscar, \u00bfpor qu\u00e9 la cerraste?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Siempre lo hicimos, \u00bfno recuerdas?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ella volvi\u00f3 a la puerta; no pudo abrirla, la sacudi\u00f3, la golpe\u00f3 con las manos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Es in\u00fatil, Harriet. Si ahora sales, tendr\u00e1s que volver. Lo podr\u00e1s postergar una hora o dos, pero \u00bfqu\u00e9 es eso en la inmortalidad?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Ya hablaremos de la inmortalidad cuando estemos muertos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se sent\u00edan atra\u00eddos uno a otro, movi\u00e9ndose despacio, como en figuras de una danza monstruosa, con las cabezas echadas hacia atr\u00e1s, las caras apartadas de la horrible proximidad. Algo atra\u00eda los pies de ambos, de uno al otro, aunque se arrastraban en contra.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De repente, sus rodillas flaquearon, cerr\u00f3 los ojos y se entreg\u00f3 en la oscuridad y el terror.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despu\u00e9s retrocedi\u00f3 en el tiempo, hasta la entrada del parque, donde Oscar no hab\u00eda estado nunca, donde no podr\u00eda alcanzarla. Su memoria fue limpia y joven. Caminaba ahora por la senda en el campo, hasta donde la esperaba George Waring. Lleg\u00f3. El hombre que la esperaba era Oscar Wade.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Te dije que era in\u00fatil escapar. Todos los caminos te traen, me encontrar\u00e1s en cada vuelta, yo estoy en todos tus .recuerdos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;   \u2013Mis recuerdos son inocentes. \u00bfC\u00f3mo pudiste tomar el lugar de mi padre y de George Waring? \u00bfT\u00fa?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Porque les tom\u00e9 su lugar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Mi amor por ellos fue inocente.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Tu amor por m\u00ed era parte de ese amor. Crees que el pasado afecta el porvenir; \u00bfno pensaste nunca que el porvenir afecta al pasado?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Me ir\u00e9 lejos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Esta vez ir\u00e9 contigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El cerco, el \u00e1rbol y el campo flotaron y se le perdieron de vista. Iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompa\u00f1aba del otro lado del camino. Paso a paso, como ella, \u00e1rbol por \u00e1rbol.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Luego bajo sus pies hubo pavimento gris y lo cubr\u00eda una recova: iban juntos por la Rue de Rivoli hacia el hotel. Ahora estaban sentados al borde de la cama deshecha. Sus brazos estaban ca\u00eddos y sus cabezas miraban a lados opuestos; el amor les pesaba con el inevitable aburrimiento de su inmortalidad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfHasta cu\u00e1ndo? \u2013dijo ella\u2013. La vida no contin\u00faa para siempre. Moriremos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfMorir? Hemos muerto. \u00bfNo sabes d\u00f3nde estamos? Esta es la muerte. Estamos muertos, estamos en el Infierno.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013S\u00ed, no puede haber nada peor.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para huir, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al m\u00e1s lejano recuerdo y no habr\u00e1 nada m\u00e1s all\u00e1. En el \u00faltimo infierno, no huiremos m\u00e1s, no encontraremos m\u00e1s caminos, m\u00e1s pasajes, ni m\u00e1s puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la \u00faltima muerte estaremos encerrados en esta salita, tras esa puerta con llave. Yaceremos aqu\u00ed, para siempre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00bfPor qu\u00e9? \u00bfPor qu\u00e9? \u2013grit\u00f3 ella.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Porque eso es todo lo que nos queda.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La oscuridad borr\u00f3 la salita. Ahora caminaba por un jard\u00edn, entre plantas m\u00e1s altas que ella. Tir\u00f3 de unos tallos y no ten\u00eda fuerza para romperlos. Era una criatura. Se dijo que ahora estaba salvada. Tan lejos hab\u00eda retrocedido que de nuevo era chica. Lleg\u00f3 a un cantero de c\u00e9sped con un estanque circular rodeado de flores. Peces colorados nadaban en el agua. Al fondo del cantero hab\u00eda un huerto; all\u00ed iba a estar su madre. Hab\u00eda ido hasta el recuerdo m\u00e1s lejano; no hab\u00eda nada despu\u00e9s.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;S\u00f3lo el huerto, con el port\u00f3n de hierro que daba al campo. Algo era diferente aqu\u00ed; algo que la asustaba. Una puerta gris, en vez del port\u00f3n de hierro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La empuj\u00f3 y estuvo en el \u00faltimo corredor del Hotel Saint Pierre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un relato cl\u00e1sico de pesadilla por la narradora y cr\u00edtica inglesa May Sinclair (1863-1946).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":12397,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"Una pesadilla hecha en Inglaterra: \"Donde su fuego nunca se apaga\", #cuento de May Sinclair.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[22,2965,2343,185,196,2855,2966],"class_list":["post-12395","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-donde-su-fuego-nunca-se-apaga","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritoras","tag-escritores-ingleses","tag-literatura","tag-may-sinclair"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/06\/May-Sinclair-008.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3dV","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12395","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12395"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12395\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16926,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12395\/revisions\/16926"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12397"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12395"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12395"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12395"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}