{"id":12220,"date":"2016-03-28T11:59:40","date_gmt":"2016-03-28T17:59:40","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=12220"},"modified":"2016-12-10T23:32:14","modified_gmt":"2016-12-11T05:32:14","slug":"el-cartel","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-cartel\/","title":{"rendered":"El cartel"},"content":{"rendered":"<p>Este mes, un cuento de la escritora austriaca <a href=\"https:\/\/en.wikipedia.org\/wiki\/Ilse_Aichinger\">Ilse Aichinger<\/a> (1921). De <a href=\"https:\/\/www.jewishvirtuallibrary.org\/jsource\/biography\/aichinger.html\">ascendencia jud\u00eda<\/a>, sufri\u00f3 persecuci\u00f3n durante la segunda guerra Mundial y algunos de sus escritos &#8211;que abarcan narrativa, gui\u00f3n y textos experimentales&#8211; se refieren a esas experiencias. Posteriormente se vincul\u00f3 con el <a href=\"http:\/\/www.materialdelectura.unam.mx\/index.php?option=com_content&amp;task=view&amp;id=133&amp;Itemid=31&amp;limitstart=1\">Grupo 47<\/a>, una asociaci\u00f3n de escritores que trabaj\u00f3 en Alemania durante las d\u00e9cadas posteriores a la guerra. Ganadora de muchos premios literarios en su pa\u00eds, a la vez que considerada &#8211;seg\u00fan las notas en l\u00ednea&#8211; autora frecuentemente herm\u00e9tica y dif\u00edcil de clasificar, su novela m\u00e1s celebrada es <em>Historia del espejo<\/em> (1948), una vida narrada en orden cronol\u00f3gico inverso.<br \/>\n\u00abEl cartel\u00bb, un cuento en el que los sue\u00f1os humanos (esclavizados y vendidos por la publicidad) adquieren de pronto una vida terrible, fue traducido por Angelika Scherp para una <a href=\"http:\/\/www.materialdelectura.unam.mx\/index.php?option=com_content&amp;task=view&amp;id=133&amp;Itemid=31\">colecci\u00f3n de cuento en alem\u00e1n<\/a> publicada en la serie Material de Lectura de la UNAM.<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg\" rel=\"attachment wp-att-12222\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"12222\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-cartel\/attachment\/704\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg\" data-orig-size=\"704,396\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Ilse Aichinger\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg\" class=\"aligncenter size-full wp-image-12222\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg\" alt=\"Ilse Aichinger\" width=\"704\" height=\"396\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg 704w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704-300x169.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 704px) 100vw, 704px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>EL CARTEL<br \/>\nIlse Aichinger<\/strong><br \/>\n\u2014\u00a1No he de morir! \u2014dijo el hombre que estaba pegando los carteles, y su voz lo asust\u00f3, como si bajo el vibrante calor se le hubiera aparecido su propio fantasma. Disimuladamente volvi\u00f3 la cabeza a la izquierda y a la derecha, pero no hab\u00eda nadie que lo pudiera creer loco, nadie debajo de la escalera. El metro acababa de salir, y otra vez hab\u00eda abandonado las v\u00edas a su brillo. Frente a \u00e9l en la estaci\u00f3n, una mujer sosten\u00eda a una ni\u00f1a de la mano. La ni\u00f1a cantaba a media voz. Eso era todo. La quietud del mediod\u00eda descansaba sobre la estaci\u00f3n como una mano pesada, y la luz parec\u00eda abrumarse con su propia exuberancia. El cielo era azul y violento encima de los techos protectores, no sab\u00eda si cuidarlos o derrumbarse sobre ellos; y hac\u00eda mucho que los cables telegr\u00e1ficos hab\u00edan dejado de zumbar. La lejan\u00eda devoraba lo cercano, y lo cercano la lejan\u00eda. No era para sorprender que muy pocas personas tomaran el metro a esas horas; quiz\u00e1 tuvieran miedo de convertirse en fantasmas y espantarse a s\u00ed mismos.<br \/>\n\u2014\u00a1No he de morir! \u2014repiti\u00f3 el hombre, amargado, y escupi\u00f3 desde la escalera. Una mancha de sangre se dibuj\u00f3 sobre las losas claras. El cielo pareci\u00f3 paralizarse del susto repentino. Era casi como si alguien le hubiera advertido: nunca anochecer\u00e1s; como si arriba de la estaci\u00f3n el propio cielo se hubiera convertido en un cartel llamativo y grande como un anuncio en la playa. El hombre arroj\u00f3 la brocha a la cubeta y baj\u00f3 de la escalera. Recarg\u00f3 la espalda en el muro, pero el mareo le pas\u00f3 r\u00e1pidamente. Se colg\u00f3 la escalera al hombro y se fue.<br \/>\nEl muchacho del cartel se re\u00eda horrorizado, ense\u00f1ando los dientes blancos y con la mirada fija hacia el frente. Quer\u00eda seguir al hombre con la vista, pero no pod\u00eda bajar los ojos. Los ten\u00eda muy abiertos. Semidesnudo, con los brazos en alto, se le hab\u00eda congelado en el cartel mientras corr\u00eda, como si hubiera sido castigado por pecados de los que ni ten\u00eda memoria; lo rodeaba la espuma blanca, sobre \u00e9l estaba el cielo demasiado azul y a sus espaldas la playa demasiado amarilla. El muchacho re\u00eda con desesperaci\u00f3n hacia el otro and\u00e9n, donde la ni\u00f1a cantaba a media voz y la mujer lo contemplaba con mirada vaga y anhelante. Le hubiera gustado explicar a la mujer que todo era un enga\u00f1o, que no ten\u00eda delante de s\u00ed al mar, tal como quer\u00eda hacerlo creer el cartel, sino s\u00f3lo el polvo y el silencio de la estaci\u00f3n y la placa que dec\u00eda: \u00a1PROHIBIDO PISAR LAS V\u00cdAS!, igual que ella. Se hubiera quejado de su propia risa, tan desesperante como la espuma que salpicaba a su alrededor sin refrescarlo.<br \/>\nEl muchacho del cartel no deb\u00eda concebir semejantes ideas. Ni a la joven de la izquierda, que apretaba contra su pecho un ramo de flores de una determinada tienda, ni al se\u00f1or de la derecha, que se apeaba de un coche reluciente, se les hac\u00eda rara su situaci\u00f3n. No se les ocurr\u00eda rebelarse. La muchacha no deseaba soltar el ramo, que sus brazos rosados apenas pod\u00edan sostener, y las flores no quer\u00edan agua. El se\u00f1or del coche parec\u00eda pensar que tal postura inclinada era la \u00fanica posible, pues sonre\u00eda contento y no so\u00f1aba con incorporarse, ponerle el seguro al coche y seguir un poco a aquellas nubes claras. Es m\u00e1s, las nubes claras se manten\u00edan inm\u00f3viles, enmarcadas con l\u00edneas plateadas, como cadenas que no las dejaban vagar. El muchacho entre la espuma era el \u00fanico que escond\u00eda la rebeli\u00f3n tras una risa petrificada, as\u00ed como la tierra transparente quedaba oculta detr\u00e1s de la costa amarilla.<br \/>\nLa culpa era del hombre de la escalera, que hab\u00eda dicho: \u201c\u00a1No he de morir!\u201d El muchacho no ten\u00eda idea de lo que significaba \u201cmorir\u201d. \u00bfC\u00f3mo iba a saberlo? Sobre su cabeza unas letras claras, proyectadas en \u00e1ngulo sobre el cielo, como una nube olvidada de humo, deletreaban la palabra JUVENTUD, y a sus pies, sobre la enga\u00f1osa franja de mar verde cardenillo, se le\u00eda: \u00a1ACOMP\u00c1\u00d1ANOS! Era uno de los muchos anuncios para un campamento de verano.<br \/>\nEl hombre de la escalera hab\u00eda llegado, mientras tanto, hasta arriba. Apoy\u00f3 la escalera en el muro sucio de la estaci\u00f3n, intercambi\u00f3 unas palabras sobre el calor con un mendigo inv\u00e1lido, y atraves\u00f3 la calzada para comprarse un vaso de cerveza en el puesto del puente. Ah\u00ed volvi\u00f3 a intercambiar unas palabras sobre el calor y ninguna sobre la muerte, y regres\u00f3 por la escalera. Todo estaba cubierto con un velo de polvo, en el que in\u00fatilmente trataba de envolverse la luz. El hombre recogi\u00f3 la escalera, la cubeta y el rollo de los carteles y volvi\u00f3 a bajar al otro lado de la parada del metro. El siguiente convoy a\u00fan no llegaba. A esas horas a veces pasaba tanto tiempo entre uno y otro que era como si confundiesen el mediod\u00eda con la medianoche.<br \/>\nEl muchacho del cartel, que no pod\u00eda hacer m\u00e1s que fijar la mirada hacia el frente y re\u00edrse, observ\u00f3 c\u00f3mo el hombre colocaba la escalera en un punto exactamente opuesto a \u00e9l para otra vez empezar a pasar la brocha sobre los muros, donde inm\u00f3viles esperaban unas mujeres ataviadas con espl\u00e9ndidos vestidos y el p\u00e9rfido deseo de conservar lo que no pod\u00eda conservarse. El deseo de no llegar hasta el fin de la noche se les hab\u00eda cumplido. Tanto miedo le hab\u00edan tenido al amanecer que ya no pod\u00edan hacer m\u00e1s que publicidad para la sala de espejos de un sal\u00f3n de baile, ligeramente recostadas y r\u00edgidas en los brazos de los se\u00f1ores. El hombre de la escalera sacudi\u00f3 la brocha. Ya les tocaba ser tapadas. El muchacho lo vio claramente. Y observ\u00f3 c\u00f3mo, amables e indefensas, dejaban que se les hiciera lo terrible.<br \/>\nQuiso lanzar un grito, pero no grit\u00f3. Quiso estirar los brazos para ayudarles, pero ten\u00eda los brazos alzados. Era joven, hermoso y radiante. Ten\u00eda el juego ganado, pero se le exig\u00eda el precio. Estaba congelado a la mitad del d\u00eda, as\u00ed como los bailarines de enfrente a la mitad de la noche. Como ellos, tendr\u00eda que dejarse hacer todo, indefenso; \u00e9l tampoco podr\u00eda tirar al hombre de la escalera. Tal vez todo se relacionara con no poder morir.<br \/>\n\u00a1Acomp\u00e1\u00f1anos&#8230; acomp\u00e1\u00f1anos&#8230; acomp\u00e1\u00f1anos! Lo \u00fanico que deb\u00eda tener en la cabeza eran las palabras a sus pies, el estribillo de una canci\u00f3n. Eso cantaban los j\u00f3venes cuando se iban de vacaciones, eso cantaban cuando el aire les agitaba el cabello. Eso segu\u00edan cantando aunque el tren se detuviera en el camino, eso cantaban aunque el cabello se les congelara en el aire. \u00a1Acomp\u00e1\u00f1anos&#8230; acomp\u00e1\u00f1anos&#8230; acomp\u00e1\u00f1anos! Y nadie sab\u00eda c\u00f3mo continuaba la canci\u00f3n.<br \/>\nDetr\u00e1s de la frente del muchacho se inici\u00f3 una actividad fren\u00e9tica. Blancos veleros entraban sin ser vistos a la bah\u00eda invisible. El estribillo cambi\u00f3: \u00a1No he de morir&#8230; no he de morir&#8230; no he de morir! Era como una advertencia. El no ten\u00eda idea de lo que significaba: \u201cmorir\u201d, tal vez significase lanzar una pelota y extender los brazos; \u201cmorir\u201d tal vez fuese sumergirse en el agua o formular una pregunta; \u201cmorir\u201d era saltar fuera del cartel; hab\u00eda que morir \u2014ahora lo entend\u00eda\u2014 hab\u00eda que morir para que no lo taparan.<br \/>\nYa hac\u00eda mucho tiempo que el hombre de la escalera se hab\u00eda olvidado de sus palabras. Si a una mosca sobre el dorso de su mano se le hubiera ocurrido repet\u00edrselas, las hubiera negado. Las hab\u00eda dicho en un arrebato de amargura, de una amargura que hab\u00eda ido en aumento desde que se dedicaba a pegar carteles. Odiaba esos rostros tersos y j\u00f3venes, porque \u00e9l ten\u00eda la cicatriz de una quemadura en la mejilla. Adem\u00e1s, ten\u00eda que, cuidarse para que la tos no lo tirara de la escalera. Al fin al cabo, pegar los carteles le daba para vivir. El calor se le hab\u00eda subido a la cabeza, nada m\u00e1s; tal vez hab\u00eda hablado entre sue\u00f1os. Basta.<br \/>\nLa mujer se acerc\u00f3 a la escalera con la ni\u00f1a. Tres muchachas de vestidos claros bajaron a la estaci\u00f3n haciendo sonar los tacones. Finalmente, todas rodearon su escalera para verlo trabajar. Eso lo halag\u00f3 y no le qued\u00f3 m\u00e1s que iniciar por tercera vez una conversaci\u00f3n acerca del calor. Todas le hicieron coro ansiosamente, como si por fin hubieran dado con la raz\u00f3n de sus alegr\u00edas y sus tristezas.<br \/>\nLa ni\u00f1a se hab\u00eda soltado de la mano de su madre y andaba girando sobre s\u00ed misma. Quer\u00eda marearse. Pero antes de marearse descubri\u00f3 el cartel de enfrente.<br \/>\nEl muchacho re\u00eda, suplicante. &#8211;\u00a1Mira! &#8211;exclam\u00f3 la ni\u00f1a y lo se\u00f1al\u00f3 con la mano, como si le gustaran la espuma blanca y el mar demasiado verde.<br \/>\n\u00c9l no pod\u00eda moverla cabeza, no pod\u00eda decir: \u201cNo, \u00a1eso no es!\u201d Pero tras su frente la agitaci\u00f3n se hab\u00eda vuelto insoportable: \u00a1Morir&#8230; morir&#8230; morir! \u00bf\u201cMorir\u201d ser\u00eda cuando el mar por fin mojara? \u00bf\u201cMorir\u201d ser\u00eda cuando el viento por fin soplara? \u00bfQu\u00e9 era eso: \u201cmorir\u201d?<br \/>\nEnfrente, la ni\u00f1a frunci\u00f3 el entrecejo. El no sab\u00eda a ciencia cierta si ella reconoc\u00eda la desesperaci\u00f3n contenida por su risa o si s\u00f3lo quer\u00eda jugar a hacer gestos. Pero \u00e9l no pod\u00eda fruncir el entrecejo, ni para darle gusto a la ni\u00f1a. \u201cMorir\u2014pens\u00f3\u2014, \u00a1morir para ya no tener que re\u00edr!\u201d \u00bf\u201cMorir\u201d ser\u00eda cuando uno pudiera fruncir el entrecejo? \u00bfSer\u00eda eso \u201cmorir\u201d?, se pregunt\u00f3 sin palabras.<br \/>\nLa ni\u00f1a estir\u00f3 un poco el pie, como queriendo bailar. Ech\u00f3 una mirada atr\u00e1s. Los adultos estaban sumidos en su conversaci\u00f3n y no reparaban en ella. Hablaban todos al mismo tiempo para ofrecer resistencia al silencio de la estaci\u00f3n. La ni\u00f1a se acerc\u00f3 a la orilla del and\u00e9n, contempl\u00f3 las v\u00edas y les sonri\u00f3 sin medir la profundidad.<br \/>\nEstir\u00f3 el pie un poco sobre el vac\u00edo y lo escogi\u00f3 otra vez. Entonces volvi\u00f3 a sonre\u00edrle al muchacho, para facilitarle el juego.<br \/>\n\u201c\u00bfQu\u00e9 quieres decirme?\u201d, pregunt\u00f3 a su vez la risa de \u00e9l. La ni\u00f1a levant\u00f3 un poco el delantal. Quer\u00eda bailar con \u00e9l. Pero \u00bfc\u00f3mo iba a bailar si no sab\u00eda morir, cuando siempre ten\u00eda que permanecer as\u00ed, joven y bello, con los brazos alzados, semidesnudo entre la espuma blanca? \u00bfC\u00f3mo, si no pod\u00eda lanzarse al mar para nadar bajo el agua hasta la otra arena amarilla, si la palabra \u201cjuventud\u201d pend\u00eda siempre sobre su cabeza, como una espada que no quer\u00eda caer? \u00bfC\u00f3mo iba a bailar con la ni\u00f1a si estaba prohibido cruzar las v\u00edas?<br \/>\nDe lejos se escuchaba el acercamiento del siguiente convoy. M\u00e1s bien no se escuchaba. Era s\u00f3lo como si se hubiera intensificado el silencio, como si la luz, en su punto m\u00e1s claro, se hubiera transformado en una bandada de p\u00e1jaros oscuros que se acercaban impetuosos.<br \/>\nLa ni\u00f1a sujet\u00f3 el dobladillo del vestido con ambas manos. \u2014As\u00ed&#8230; \u2014cant\u00f3\u2014 y as\u00ed&#8230; \u2014y salt\u00f3 como un p\u00e1jaro sobre la orilla del and\u00e9n. Pero el muchacho no se movi\u00f3. La ni\u00f1a sonri\u00f3 impaciente. De nuevo estir\u00f3 un pie sobre el borde, el uno&#8230; el otro&#8230; el uno\u2026 el otro&#8230; pero el muchacho no sab\u00eda bailar.<br \/>\n\u2014\u00a1Ven! \u2014exclam\u00f3 la ni\u00f1a. Nadie la escuch\u00f3 \u2014\u00a1As\u00ed! \u2014y sonri\u00f3 otra vez. El convoy doblaba la curva a toda velocidad. Junto a la escalera, la mujer se percat\u00f3 de su mano libre. El vac\u00edo de la mano la conmin\u00f3 a voltear. Trat\u00f3 de sujetar el dobladillo de un vestidito, y era como tratar de sujetar el cielo. \u2014\u00a1As\u00ed! \u2014exclam\u00f3 la ni\u00f1a, enfadada, y salt\u00f3 a las v\u00edas antes de que el tren ocultara el retrato del muchacho. Nadie pudo detenerla. Quer\u00eda bailar.<br \/>\nEn ese instante el mar empez\u00f3 a humedecer los pies de \u00e9l. Una prodigiosa frescura invadi\u00f3 todo su cuerpo. Los guijarros puntiagudos le lastimaron las plantas de los pies. El dolor le cubri\u00f3 las mejillas con una sensaci\u00f3n de \u00e9xtasis. Al mismo tiempo se dio cuenta del cansancio de sus brazos, los estir\u00f3 y baj\u00f3. Los pensamientos que le llenaron la mente lo hicieron fruncir el entrecejo y cerrar la boca. El viento empez\u00f3 a soplar y le llen\u00f3 los ojos de arena y de agua. El color verde del mar se intensific\u00f3 y se hizo opaco. La siguiente r\u00e1faga de aire borr\u00f3 la palabra JUVENTUD del cielo azul, desvaneci\u00e9ndola como humo. El muchacho levant\u00f3 la mirada, pero no vio que el hombre saltaba de la escalera, como si alguien lo hubiera empujado. Se llev\u00f3 las manos a las orejas para escuchar mejor, pero no o\u00eda los gritos de las personas ni la sirena estridente de la ambulancia. El mar empezaba a subir.<br \/>\n\u201cMe estoy muriendo \u2014pens\u00f3 el muchacho\u2014, \u00a1puedo morir!\u201d Respir\u00f3 profundamente, por primera vez. Un pu\u00f1ado de arena cay\u00f3 sobre su cabeza y le ti\u00f1\u00f3 el pelo de blanco. Estir\u00f3 y encogi\u00f3 los dedos y trat\u00f3 de dar un paso hacia adelante, tal como la ni\u00f1a se lo hab\u00eda ense\u00f1ado. Volvi\u00f3 la cabeza y reflexion\u00f3 sobre si deb\u00eda ir por su ropa. Cerr\u00f3 los ojos, los abri\u00f3 otra vez y se top\u00f3 con el letrero de enfrente: \u00a1PROHIBIDO PISAR LAS V\u00cdAS! De golpe lo asalt\u00f3 el temor de que fueran a congelarlo otra vez, con su risa de dientes n\u00edveos y el resplandeciente destello blanco en cada ojo; que fueran a sacudirle otra vez la arena del pelo y a arrancarle el aliento de la boca; que otra vez fueran a hacer del mar una enga\u00f1osa franja debajo de sus pies, incapaz de ahogar a nadie, y de la tierra una mancha clara a sus espaldas, en la que nadie pod\u00eda apoyar los pies. No, no ir\u00eda por su ropa, \u00bfno era cierto que el mar ten\u00eda que convertirse en mar, para que la tierra pudiera ser tierra? \u00bfC\u00f3mo hab\u00eda dicho la ni\u00f1a? \u00a1As\u00ed! Trat\u00f3 de saltar. Empuj\u00f3 contra el muro para desprenderse de \u00e9l, rebot\u00f3 y volvi\u00f3 a tomar impulso. Justamente cuando se hubo convencido de que nunca lo lograr\u00eda, una r\u00e1faga de viento sopl\u00f3 desde el puente. El mar se desbord\u00f3 sobre las v\u00edas y arrastr\u00f3 al muchacho, que salt\u00f3 y jal\u00f3 la costa.<br \/>\n\u2014Me muero \u2014grit\u00f3\u2014, \u00a1me muero! \u00bfQui\u00e9n quiere bailar conmigo?<br \/>\nNadie hizo caso de que uno de los carteles estaba mal pegado; nadie se dio cuenta cuando se solt\u00f3, cay\u00f3 a las v\u00edas y fue destrozado por el tren que entraba en sentido inverso al anterior. Al cabo de media hora la estaci\u00f3n qued\u00f3 vac\u00eda y silenciosa otra vez. Enfrente y un poco hacia un lado hab\u00eda una mancha clara de arena entre las v\u00edas, como si el aire la hubiera tra\u00eddo desde el mar. El hombre de la escalera hab\u00eda desaparecido. No se ve\u00eda a nadie.<br \/>\nLa culpa de la desgracia la ten\u00eda el metro, que a esas horas pasaba tan de vez en cuando que parec\u00eda confundir el mediod\u00eda con la medianoche. Hac\u00eda perder la paciencia a los ni\u00f1os. Entonces la tarde descendi\u00f3 sobre la estaci\u00f3n como una sombra ligera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de horror, sobre los sue\u00f1os que nos vende la publicidad, de la escritora austriaca Ilse Aichinger (1921). <\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":12222,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"El cuento del mes en Las Historias: \"El cartel\" de Ilse Aichinger.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2976,2343,185,2978,191,2977,2855],"class_list":["post-12220","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cartel","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritoras","tag-escritores-austriacos","tag-escritores-en-lengua-alemana","tag-ilse-aichinger","tag-literatura"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2016\/03\/704.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-3b6","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12220","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12220"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12220\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":13390,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12220\/revisions\/13390"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12222"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12220"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12220"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12220"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}