{"id":12054,"date":"2015-12-30T16:30:31","date_gmt":"2015-12-30T22:30:31","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=12054"},"modified":"2024-05-14T11:30:56","modified_gmt":"2024-05-14T17:30:56","slug":"secretos-a-voces","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/secretos-a-voces\/","title":{"rendered":"Secretos a voces"},"content":{"rendered":"<p>Un cuento de <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Alice_Munro\">Alice Munro<\/a> (1931-2024), narradora canadiense y ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013, espec\u00edficamente por sus narraciones breves. \u00c9sta (\u00abOpen Secrets\u00bb) fue publicada por primera vez en la revista <em>The New Yorker<\/em> en 1993, y un a\u00f1o despu\u00e9s dio t\u00edtulo a uno de los libros de Munro. La edici\u00f3n espa\u00f1ola es de 1996 y fue traducida por Flora Casas. Es la historia de una desaparici\u00f3n: un misterio que nunca se resuelve, la forma en la que afecta a todos los que lo viven y que apunta, a la vez, hacia otros misterios, que surgen todos de vidas aparentemente banales.<\/p>\n<p><strong>SECRETOS A VOCES<\/strong><\/p>\n<p><strong>Alice Munro<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Una<\/em><em> ma\u00f1ana<\/em><em> de<\/em><em> s\u00e1bado,<br \/>\n<\/em><em>tan<\/em><em> bonita<\/em><em> como<\/em><em> el<\/em><em> sol,<br \/>\n<\/em><em>siete<\/em><em> chicas<\/em><em> acamparon<br \/>\n<\/em><em>con<\/em><em> la<\/em><em> se\u00f1orita<\/em><em> Johnstone.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014Y por poco no se fueron \u2014dijo Frances\u2014, porque el s\u00e1bado por la ma\u00f1ana ca\u00edan chuzos de punta. Estaban esperando en el s\u00f3tano de la Iglesia Unida, y la se\u00f1orita va y dice, \u00ab\u00a1Bueno, esto tiene que parar! \u00a1Nunca me ha llovido en una excursi\u00f3n!\u00bb. Pero ojal\u00e1 no le hubiera salido bien. La historia habr\u00eda sido muy distinta.<\/p>\n<p>Dej\u00f3 de llover, emprendieron la excursi\u00f3n y a medio camino hac\u00eda tanto calor que la se\u00f1orita Johnstone les permiti\u00f3 que parasen en una granja: la due\u00f1a sac\u00f3 Coca-Colas y el due\u00f1o les dej\u00f3 la manguera para que se refrescaran. Se la quitaban unas a las otras y hac\u00edan travesuras, y Frances dijo que Mary Kaye dec\u00eda que Heather Bell hab\u00eda sido la peor de todas, la m\u00e1s descarada, porque cogi\u00f3 la manguera y enchuf\u00f3 a las dem\u00e1s en todos los sitios malos.<\/p>\n<p>\u2014Intentar\u00e1n presentarla como una pobre inocente, pero la realidad es muy distinta \u2014dijo Frances\u2014. A lo mejor estaba todo arreglado, que iba a ver a alguien. O sea, a un hombre.<\/p>\n<p>Maureen dijo:<\/p>\n<p>\u2014Me parece un poco exagerado.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, yo no me creo que se ahogara \u2014dijo Frances\u2014. Eso s\u00ed que no me lo creo.<\/p>\n<p>Las cascadas del r\u00edo Peregrine no eran como las que se ven en las postales. No eran m\u00e1s que agua que ca\u00eda sobre plataformas de piedra caliza, ninguna de m\u00e1s de uno o dos metros de altura. Hab\u00eda un espacio en el que se pod\u00eda estar de pie, detr\u00e1s de la gruesa cortina de agua, y alrededor hab\u00eda pozas, de bordes lisos y no m\u00e1s grandes que ba\u00f1eras, donde el agua quedaba atrapada, caliente. Pero tambi\u00e9n buscaron all\u00ed: las chicas fueron corriendo y gritando el nombre de Heather y se asomaron a todas las pozas; incluso metieron la cabeza en la parte seca, detr\u00e1s de la cortina de agua ruidosa. Saltaron por la roca desnuda, chillando, y acabaron empapadas de tanto entrar y salir por la cortina. Hasta que la se\u00f1orita Johnstone les grit\u00f3 que volvieran.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Estaban<\/em><em> Betsy<\/em><em> y<\/em><em> Eva<\/em><em> Trowell,<br \/>\n<\/em><em>Lucille<\/em><em> Chambers<\/em><em> tambi\u00e9n.<br \/>\n<\/em><em>Estaban<\/em><em> Ginny<\/em><em> Bos<\/em><em> y<\/em><em> Mary<\/em><em> Kaye<\/em><em> Trevelyan<br \/>\n<\/em><em>y<\/em><em> Robin<\/em><em> Sands<\/em><em> y<\/em><em> la<\/em><em> pobre<\/em><em> Heather<\/em><em> Bell.<\/em><\/p>\n<p>\u2014S\u00f3lo pudo reunir siete chicas \u2014dijo Frances\u2014. Y todas ellas por una raz\u00f3n. Robin Sands, hija de m\u00e9dico. Lucille Chambers, hija de sacerdote. No pueden librarse. Las Trowell: gente de campo. Se apuntan a lo que sea. Ginny Bos, que parece la mujer de goma: no para de nadar y de montar a caballo. Mary Kaye vive al lado de la se\u00f1orita Johnstone, o sea que a ver. Y Heather Bell reci\u00e9n llegada al pueblo. <em>Y<\/em> su madre se hab\u00eda ido fuera a pasar el fin de semana, as\u00ed que aprovech\u00f3 la oportunidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hac\u00eda unas veinticuatro horas que hab\u00eda desaparecido Heather Bell, en la excursi\u00f3n anual del E.F.M.C. \u2014siglas de Entrenamiento F\u00edsico para Muchachas Canadienses\u2014 a las cascadas del r\u00edo Peregrine. Mary Johnstone, que ten\u00eda por entonces algo m\u00e1s de sesenta a\u00f1os, llevaba bastantes al frente de aquella excursi\u00f3n, desde antes de la guerra. En otros tiempos, al menos veinte chicas tomaban la carretera del condado aquel s\u00e1bado de junio por la ma\u00f1ana. Todas llevaban pantalones cortos azul marino, blusas blancas y pa\u00f1uelos rojos al cuello. Maureen se contaba entre ellas, hac\u00eda unos veinte a\u00f1os.<\/p>\n<p>La se\u00f1orita Johnstone siempre empezaba la marcha con la misma canci\u00f3n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Por<\/em><em> la<\/em><em> belleza<\/em><em> de<\/em><em> la<\/em><em> tierra,<br \/>\n<\/em><em>por<\/em><em> la<\/em><em> belleza<\/em><em> del<\/em><em> cielo,<br \/>\n<\/em><em>por<\/em><em> el<\/em><em> amor<\/em><em> que<\/em><em> por<\/em><em> doquier,<br \/>\n<\/em><em>dentro<\/em><em> y<\/em><em> fuera,<\/em><em> nos<\/em><em> rodea&#8230;<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Y se o\u00edan palabras distintas, pronunciadas con cautela pero sin reparos, en lugar de las del himno.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Por<\/em><em> el<\/em><em> culo<\/em><em> de<\/em><em> la<\/em><em> vieja,<br \/>\n<\/em><em>que<\/em><em> se<\/em><em> va<\/em><em> bamboleando.<br \/>\n<\/em><em>Somos<\/em><em> memas<\/em><em> y<\/em><em> cantamos,<br \/>\n<\/em><em>la<\/em><em> Johnstone<\/em><em> parece<\/em><em> un<\/em><em> sapo.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u00bfHab\u00eda alguien m\u00e1s de la edad de Maureen que recordase aquella canci\u00f3n? Las que se hab\u00edan quedado en el pueblo eran madres, con hijas lo suficientemente mayores como para hacer la excursi\u00f3n, y les hubiera dado el t\u00edpico ataque maternal si hubieran o\u00eddo semejante lenguaje. Tener hijos te cambia. Te pone en la situaci\u00f3n de ser adulta, de modo que ciertos elementos de la personalidad \u2014antiguos elementos\u2014 pueden eliminarse y abandonarse. El trabajo, el matrimonio, no sirven para eso; s\u00f3lo para <em>actuar<\/em> como si se hubieran olvidado ciertas cosas.<\/p>\n<p>Maureen no ten\u00eda hijos.<\/p>\n<p>Maureen estaba con Frances Wall, tomando caf\u00e9 y fumando, sentada a la mesa de desayuno que hab\u00edan instalado en la antigua despensa, bajo la alacena de cristales. Esto ocurr\u00eda en casa de Maureen, en Carstairs, en 1965. Llevaba viviendo en aquella casa ocho a\u00f1os, pero todav\u00eda se sent\u00eda un poco rara, y mientras que en unas habitaciones se encontraba c\u00f3moda, en otras se ve\u00eda un tanto perdida. Hab\u00eda arreglado aquel rinc\u00f3n para que hubiera otro sitio donde comer, aparte de la mesa del comedor, y hab\u00eda puesto cortinas de cretona nuevas en el sal\u00f3n. Tard\u00f3 bastante en convencer a su marido para que se aviniera a los cambios. Las estancias principales estaban atestadas de muebles valiosos, muy pesados, de roble y nogal, y las cortinas eran de brocado, de color verde y morado, como en un hotel elegante: all\u00ed no se pod\u00eda alterar nada.<\/p>\n<p>Frances trabajaba en la casa, pero no era exactamente una criada. Maureen y ella eran primas, aunque Frances pertenec\u00eda casi a una generaci\u00f3n anterior. Llevaba tiempo trabajando all\u00ed antes de que llegara Maureen, cuando viv\u00eda la primera esposa. A veces llamaba a Maureen \u00abse\u00f1ora\u00bb. Era una broma, medio cari\u00f1osa, pero no del todo. \u00bfCu\u00e1nto te han costado estas chuletas, se\u00f1ora? \u00a1Venga, te han tomado el pelo! Y le dec\u00eda que se estaba poniendo hermosa de caderas y que no le quedaba bien el corte de pelo, que parec\u00eda un puchero puesto al rev\u00e9s. Y eso que Frances era un retaco con el pelo gris como una escarola y una cara franca, insolente. Maureen no se consideraba t\u00edmida \u2014ten\u00eda un porte se\u00f1orial\u2014, y desde luego, no era incompetente: hab\u00eda llevado el bufete de su marido antes de \u00ablicenciarse\u00bb (como dec\u00edan los dos) y dedicarse a llevarle la casa. A veces pensaba que deb\u00eda intentar que Frances la tratase con m\u00e1s respeto, pero necesitaba a alguien en la casa con quien bromear. Su prima no pod\u00eda ser cotilla, por la situaci\u00f3n de su marido, y adem\u00e1s, no pensaba que \u00e9se fuera su car\u00e1cter, pero le consent\u00eda demasiados comentarios desagradables, demasiadas especulaciones crueles.<\/p>\n<p>(Por ejemplo, lo que dec\u00eda sobre la madre de Hather Bell y sobre Mary Johnstone y la excursi\u00f3n. Frances se consideraba una autoridad en el tema, porque Mary Kaye Trevelyan era su nieta.)<\/p>\n<p>En Carstairs raramente se hablaba de Mary Johnstone sin a\u00f1adir el adjetivo \u00abmaravillosa\u00bb. Estuvo a punto de morir de polio, a los trece o catorce a\u00f1os de edad. Las consecuencias fueron unas piernas cortas, un cuerpo peque\u00f1o y grueso, hombros contrahechos y el cuello ligeramente torcido, por lo que siempre llevaba la cabeza, bastante grande, hacia un lado. Estudi\u00f3 contabilidad, entr\u00f3 a trabajar en la f\u00e1brica de Doud y dedic\u00f3 su tiempo libre a las chicas: muchas veces dec\u00eda que nunca hab\u00eda conocido a ninguna mala, sino s\u00f3lo un poco despistada. Siempre que Maureen ve\u00eda a Mary Johnstone en una tienda o en la calle, se le ca\u00eda el alma a los pies. Lo primero, aquella sonrisa inquisitiva, aquellos ojos que escudri\u00f1aban los suyos, la alegr\u00eda hiciese el tiempo que hiciese \u2014viento o nieve o sol o lluvia, todo ten\u00eda algo bueno\u2014, y despu\u00e9s la pregunta burlona. <em>Vamos<\/em><em> a<\/em><em> ver,<\/em><em> \u00bfqu\u00e9<\/em><em> hace<\/em><em> usted<\/em><em> \u00faltimamente,<\/em><em> se\u00f1ora<\/em><em> Stephens?<\/em> Mary Johnstone se empe\u00f1aba en llamarla \u00abse\u00f1ora Stephens\u00bb, pero lo dec\u00eda como si se tratase de un adorno, porque pensaba, bueno no es m\u00e1s que Maureen Coulter. (Los Coulter eran como los Trowell de los que hablaba Frances: gente de campo. Ni m\u00e1s, ni menos.) <em>\u00bfHa<\/em><em> hecho<\/em><em> algo<\/em><em> de<\/em><em> inter\u00e9s<\/em><em> \u00faltimamente,<\/em><em> se\u00f1ora<\/em><em> Stephens?<\/em><\/p>\n<p>A Maureen le daba la sensaci\u00f3n de que la pon\u00eda entre la espada y la pared y de que no pod\u00eda hacer nada, como si le lanzara un reto, y sab\u00eda que ten\u00eda algo que ver con su feliz matrimonio y su cuerpo sano, cuya \u00fanica desgracia estaba oculta \u2014le hab\u00edan ligado las trompas, para esterilizarla\u2014, con la piel sonrosada y el pelo rojizo, y todo el dinero y el tiempo que dedicaba a comprarse ropa. Como si le debiera algo a Mary Johnstone, una compensaci\u00f3n jam\u00e1s definida. O como si Mary Johnstone viera m\u00e1s carencias de las que pod\u00eda soportar Maureen.<\/p>\n<p>A Frances le importaba tres pitos Mary Johnstone, como todas las personas que se lo ten\u00edan demasiado cre\u00eddo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La se\u00f1orita Johnstone hizo una marcha de medio kil\u00f3metro con las chicas antes del desayuno, como de costumbre, para subir a la Roca, el saliente de piedra caliza que se asomaba al r\u00edo Peregrine, algo tan ins\u00f3lito en aquella regi\u00f3n que lo llamaban sencillamente la Roca. El domingo por la ma\u00f1ana siempre hab\u00eda que hacer esa marcha, por muy atontada que se estuviese de haber intentado quedarse en vela toda la noche y de haber fumado a escondidas. Y adem\u00e1s, tiritando, porque el sol todav\u00eda no hab\u00eda llegado a las profundidades del bosque. El sendero apenas pod\u00eda denominarse tal: hab\u00eda que trepar, saltando sobre troncos de \u00e1rbol podridos y sorteando helechos y las plantas que iba se\u00f1alando la se\u00f1orita Johnstone, los geranios y el jengibre silvestres. Arrancaba una y la mordisqueaba, casi sin haberle quitado la tierra de encima. Mirad lo que nos ofrece la naturaleza.<\/p>\n<p>Se me ha olvidado el jersey, dijo Heather cuando ya hab\u00edan recorrido medio camino. \u00bfPuedo volver a cogerlo?<\/p>\n<p>En los viejos tiempos, seguramente la se\u00f1orita Johnstone habr\u00eda dicho que no. Mu\u00e9vete un poco y entrar\u00e1s en calor, habr\u00eda dicho. Pero en aquella ocasi\u00f3n deb\u00eda de sentirse insegura, porque sus excursiones ya no gozaban de tanta popularidad, algo que ella atribu\u00eda a la televisi\u00f3n, a las madres que trabajaban fuera de casa y a la falta de disciplina en el hogar.<\/p>\n<p>S\u00ed, pero date prisa. Date prisa y alc\u00e1nzanos.<\/p>\n<p>Heather Bell no lo hizo. Cuando contemplaron el paisaje desde la Roca (Maureen recordaba haber buscado con la mirada condones usados entre las botellas de cerveza y los envoltorios de caramelos), Heather Bell todav\u00eda no las hab\u00eda alcanzado. Al volver no la encontraron. No estaba en la tienda grande, ni en la peque\u00f1a, en la que hab\u00eda dormido la se\u00f1orita Johnstone, ni entre ellas. No estaba en ninguno de los refugios o niditos de amor entre los cedros que rodeaban el campamento. La se\u00f1orita Johnstone detuvo la b\u00fasqueda bruscamente.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Tortitas! \u2014grit\u00f3\u2014. \u00a1Tortitas calientes y caf\u00e9! A ver si el olor a tortitas y caf\u00e9 nos saca de su escondite a do\u00f1a Traviesa.<\/p>\n<p>Tuvieron que sentarse a comer \u2014despu\u00e9s de que la se\u00f1orita Johnstone hubiera bendecido la mesa, dando gracias a Dios por todo lo que hab\u00eda en el bosque, y en casa\u2014, y mientras com\u00edan, grit\u00f3: \u00a1Qu\u00e9 <em>riiico<\/em>!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Pero qu\u00e9 apetito entra con el aire fresco! \u2014dijo a voz en cuello\u2014. \u00a1No me dig\u00e1is que no son las mejores tortitas que hab\u00e9is tomado en vuestra vida! Como Heather no se d\u00e9 prisa, no va a quedar ni una. \u00a1Heather! \u00bfMe oyes? \u00a1Ni una!<\/p>\n<p>En cuanto terminaron, Robin Sands pregunt\u00f3 si pod\u00edan marcharse, si pod\u00edan ir a buscar a Heather.<\/p>\n<p>\u2014Primero los platos, se\u00f1orita \u2014dijo la se\u00f1orita Johnstone\u2014. Aunque en casa no friegue usted ni una taza.<\/p>\n<p>Robin estuvo a punto de echarse a llorar. Nadie le hab\u00eda hablado as\u00ed jam\u00e1s.<\/p>\n<p>Una vez que hubieron recogido, la se\u00f1orita Johnstone las dej\u00f3 marchar, y fue entonces cuando volvieron a las cascadas. Pero las hizo volver al cabo de poco tiempo y sentarse formando un semic\u00edrculo, y ella se sent\u00f3 con las piernas cruzadas frente a ellas; grit\u00f3 que cualquiera que estuviera escuchando ser\u00eda bien recibida en el grupo. \u00ab\u00a1Si hay alguien escondido por aqu\u00ed cerca con ganas de gastarnos una broma, puede venir! \u00a1Que salga ahora de su escondite y nadie le preguntar\u00e1 nada! \u00a1Si no, tendremos que seguir sin ella!\u00bb<\/p>\n<p>A continuaci\u00f3n inici\u00f3 su charla, el acostumbrado serm\u00f3n dominical de la excursi\u00f3n, sin la menor vacilaci\u00f3n, sin la menor preocupaci\u00f3n. As\u00ed pas\u00f3 un buen rato, haciendo una pregunta de vez en cuando para asegurarse de que le estaban prestando atenci\u00f3n. El sol sec\u00f3 los pantalones de las chicas y Heather Bell no regres\u00f3. No sali\u00f3 de entre los \u00e1rboles, pero la se\u00f1orita Johnstone no par\u00f3 de hablar. No las dej\u00f3 libres hasta que lleg\u00f3 el se\u00f1or Trowell en su cami\u00f3n con el helado para el almuerzo.<\/p>\n<p>No les dio permiso, pero las chicas se escaparon. J\u00fapiter, el perro de los Trowell, salt\u00f3 por la parte trasera del cami\u00f3n, y Eva Trowell lo abraz\u00f3 y se ech\u00f3 a llorar como si fuera el animal el que se hubiera perdido.<\/p>\n<p>La se\u00f1orita Johnstone se levant\u00f3, se acerc\u00f3 al se\u00f1or Trowell y le grit\u00f3 para hacerse o\u00edr entre la algarab\u00eda de las muchachas.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1A una de ellas le ha dado por desaparecer!<\/p>\n<p>Se organizaron grupos de b\u00fasqueda. Como la f\u00e1brica estaba cerrada, participaron todos los hombres que quisieron. Tambi\u00e9n hab\u00eda perros. Se habl\u00f3 de dragar el r\u00edo corriente abajo desde las cascadas.<\/p>\n<p>Cuando el comisario fue a ver a la madre de Heather Bell, ella acababa de volver de pasar el fin de semana fuera y llevaba un vestido de playa que le dejaba la espalda al aire y zapatos de tac\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Pues b\u00fasquela \u2014dijo\u2014. \u00c9se es su trabajo.<\/p>\n<p>Ella trabajaba en el hospital: era enfermera.<\/p>\n<p>\u2014O est\u00e1 divorciada o ni siquiera se ha casado \u2014dijo Frances\u2014. O lo uno o lo otro, seguro.<\/p>\n<p>El marido de Maureen la llamaba y ella fue corriendo al sal\u00f3n. Despu\u00e9s del derrame cerebral que hab\u00eda sufrido hac\u00eda dos a\u00f1os, a la edad de sesenta y nueve, dej\u00f3 de ejercer la abogac\u00eda, pero a\u00fan ten\u00eda que escribir cartas y ocuparse de algunos clientes que no se acostumbraban a ning\u00fan otro abogado. Maureen mecanografiaba la correspondencia y le ayudaba todos los d\u00edas con lo que \u00e9l llamaba sus tareas.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9ces destro? \u2014dijo. A veces no articulaba bien las palabras, y Maureen ten\u00eda que estar a su lado para interpretarlas ante las personas que no le conoc\u00edan. A solas con ella, se esforzaba menos y pod\u00eda adoptar un tono irritado y quejumbroso.<\/p>\n<p>\u2014Hablando con Frances \u2014dijo Maureen.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfDiqu\u00e9?<\/p>\n<p>\u2014No, de nada especial \u2014dijo ella.<\/p>\n<p>\u2014Yaaa.<\/p>\n<p>Arrastr\u00f3 la palabra, sombr\u00edo, como dando a entender que sab\u00eda muy bien de qu\u00e9 hab\u00edan estado hablando y que no le interesaba. Cotilleos, rumores, la cruel emoci\u00f3n del desastre. \u00c9l no era muy hablador, ni entonces ni en la \u00e9poca en que pod\u00eda hablar f\u00e1cilmente; incluso cuando reconven\u00eda a alguien era breve, limit\u00e1ndose a una cuesti\u00f3n de tono y de compromiso. Parec\u00eda como si invocase una serie de creencias, de normas conocidas por las personas decentes y quiz\u00e1 por todas, incluso las que se conduc\u00edan mal toda la vida. Parec\u00eda un poco dolido, un poco avergonzado por las personas a las que se dirig\u00eda, cuando ten\u00eda que hacer semejante cosa, y al mismo tiempo resultaba impresionante. Sus reconvenciones surt\u00edan un efecto extraordinario.<\/p>\n<p>Los habitantes de Carstairs estaban empezando a perder la costumbre de llamar a los letrados abogado Tal o abogado Cual, como ocurre con los m\u00e9dicos. Ya no empleaban la palabra ante el apellido de los letrados m\u00e1s j\u00f3venes, pero segu\u00edan llamando abogado Stephens al marido de Maureen. A veces, incluso Maureen pensaba en \u00e9l en esos t\u00e9rminos, pero le llamaba Alvin. \u00c9l se vest\u00eda todos los d\u00edas igual que cuando iba a su bufete \u2014con traje gris o marr\u00f3n, con chaleco\u2014, y su ropa, aunque bastante cara, nunca parec\u00eda ajustarse bien a su cuerpo alargado, lleno de protuberancias, ni librarse de ceniza de cigarrillos, migas de pan, incluso de escamas de piel seca. Inclinaba la cabeza, dejaba la cara colgando, preocupado, ten\u00eda una expresi\u00f3n astuta y distra\u00edda: nunca se sab\u00eda con certeza. A la gente le gustaba aquello, le gustaba que pareciera un poco desaseado y perdido y que de repente saltara con alg\u00fan detalle terrible. Conoce las leyes, dec\u00edan. No le hace falta mirarlas en los libros. Lo lleva todo en la cabeza. Su apoplej\u00eda no les hab\u00eda hecho perder la confianza en \u00e9l, y en realidad no hab\u00eda cambiado mucho ni su aspecto ni sus ademanes; s\u00f3lo hab\u00eda acentuado lo que ya exist\u00eda.<\/p>\n<p>Todos pensaban que hubiera podido llegar a juez si hubiera querido, hasta a senador. Pero era demasiado honrado. No se doblegaba ante nadie. No hab\u00eda muchos hombres como \u00e9l.<\/p>\n<p>Maureen se sent\u00f3 en un coj\u00edn, a su lado, para escribir una carta a taquigraf\u00eda. En el bufete, \u00e9l la llamaba la Joya, porque era inteligente y seria, capaz incluso de preparar documentos y redactar cartas sola. Tambi\u00e9n en casa la llamaban as\u00ed, su mujer y sus dos hijos, Helena y Gordon. Los hijos todav\u00eda utilizaban aquel nombre de vez en cuando, a pesar de que ya eran mayores y no viv\u00edan all\u00ed. Helena lo pronunciaba de una forma cari\u00f1osa y provocativa; Gordon con amabilidad, en tono satisfecho y solemne. Helena era una mujer inquieta, soltera, que iba a casa pocas veces y cuando lo hac\u00eda siempre discut\u00eda. Gordon era profesor en una escuela militar y le gustaba llevar a su mujer y a sus hijos a Carstairs, ocasiones en las que hac\u00eda gran alarde de la casa, de su padre y de Maureen, de aquel remanso de virtudes.<\/p>\n<p>A Maureen segu\u00eda gust\u00e1ndole ser la Joya. O al menos le resultaba c\u00f3modo. Una parte de sus pensamientos segu\u00eda sus propios derroteros. En aquel momento, pensaba en c\u00f3mo hab\u00eda empezado la larga aventura nocturna, en el campamento, con los ronquidos de renuncia de la se\u00f1orita Johnstone, y su objetivo: permanecer despiertas hasta el amanecer, y todos los entretenimientos y estrategias empleados para conseguir ese objetivo, aunque ella pensaba que nunca hab\u00edan resultado demasiado eficaces. Las chicas, contaban chistes, fumaban, jugaban a las cartas y alrededor de medianoche empezaban el juego de las prendas y el de la verdad. En el primero, ten\u00edan que hacer cosas como quitarse la chaqueta del pijama y ense\u00f1ar las tetas; comerse una colilla de cigarrillo; tragarse un poco de tierra; meter la cabeza en un cubo de agua y contar hasta cien; hacer pis delante de la tienda de la se\u00f1orita Johnstone. Las preguntas del juego de la verdad eran: \u00bfodias a tu madre? \u00bfA tu padre? \u00bfA tu hermana? \u00bfA tu hermano? \u00bfCu\u00e1ntas pollas has visto y de qui\u00e9nes eran? \u00bfHas mentido alguna vez? \u00bfHas robado? \u00bfHas tocado alg\u00fan ser muerto? Maureen volvi\u00f3 a experimentar la sensaci\u00f3n de mareo y n\u00e1usea de haber fumado demasiados cigarrillos y demasiado de prisa, a notar el olor del humo bajo la gruesa lona que hab\u00eda absorbido el calor de todo el d\u00eda, el olor de las chicas que hab\u00edan pasado horas enteras nadando en el r\u00edo y corriendo y escondi\u00e9ndose entre los juncos de la orilla y que al final ten\u00edan que librarse de las sanguijuelas de las piernas quem\u00e1ndolas.<\/p>\n<p>Record\u00f3 lo escandalosa que era por aquel entonces: gritona, atrevida. Justo antes de empezar el instituto, empez\u00f3 a recurrir a una especie de v\u00e9rtigo, aut\u00e9ntico o fingido, o mitad y mitad. Desapareci\u00f3 pronto; desapareci\u00f3 su vigoroso cuerpo, transform\u00e1ndose en otro de proporciones m\u00e1s generosas, y ella en una chica estudiosa, t\u00edmida, de rubor f\u00e1cil. Empez\u00f3 a desarrollar las cualidades que ver\u00eda y apreciar\u00eda su marido cuando la contrat\u00f3 y cuando le pidi\u00f3 que se casara con \u00e9l.<\/p>\n<p><em>A<\/em><em> ver<\/em><em> si<\/em><em> te<\/em><em> atreves<\/em><em> a<\/em><em> escaparte.<\/em> \u00bfEra posible? A veces, las chicas sienten una especie de inspiraci\u00f3n, cuando quieren prolongar los riesgos. Quieren ser hero\u00ednas, a cualquier precio. Quieren llevar una broma hasta l\u00edmites a los que nunca ha llegado nadie. Ser imprudentes, intr\u00e9pidas, causar estragos: la esperanza perdida de las chicas.<\/p>\n<p>Sentada en el coj\u00edn tapizado de cretona, junto a su marido, Maureen mir\u00f3 las hayas rojas, y tras ellas no vio el c\u00e9sped iluminado por el sol, sino los \u00e1rboles que flanqueaban el r\u00edo: los tupidos cedros, los robles de hojas brillantes y los \u00e1lamos relucientes. Una especie de muro desigual con puertas ocultas, con senderos ocultos por los que pasaban animales y a veces seres humanos solitarios, que se convert\u00edan en algo distinto de lo que eran fuera, cargados con diferentes responsabilidades, certidumbres, intenciones. Pod\u00eda imaginarse c\u00f3mo se desaparece. Pero, naturalmente, no se desaparece sin m\u00e1s ni m\u00e1s, y siempre est\u00e1 la otra persona, que va por otro sendero que se cruza con el tuyo, y tiene la cabeza llena de planes para ti incluso antes de conoceros.<\/p>\n<p>Cuando fue aquella tarde a Correos a enviar las cartas de su marido, Maureen oy\u00f3 dos noticias. Alguien hab\u00eda visto a una chica de pelo claro subirse a un coche negro en la autopista de Bluewater, al norte de Walley, alrededor de la una del mediod\u00eda del domingo. Quiz\u00e1 estuviera haciendo autoestop; quiz\u00e1 esperando un coche concreto. Aquel lugar se encontraba a unos treinta y dos kil\u00f3metros de las cascadas, y se tardar\u00edan unas cinco horas en recorrer la distancia, campo a trav\u00e9s. Era posible hacerlo. O alguien pod\u00eda haberla acercado en otro coche.<\/p>\n<p>Pero unas personas que estaban arreglando las tumbas de sus familiares en un remoto cementerio del pantanoso extremo nororiental del pa\u00eds oyeron un grito, un chillido, en plena tarde. \u00bfQui\u00e9n ha sido?, recordaron haber dicho. No <em>qu\u00e9<\/em> sino <em>qui\u00e9n<\/em> ha sido. Pero despu\u00e9s pensaron que quiz\u00e1 se tratase de un zorro.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, la hierba estaba aplastada en un paraje cercano al campamento y hab\u00eda varias colillas recientes. Pero eso no probaba nada: siempre hab\u00eda gente por all\u00ed. Parejas haciendo el amor. Chicos tramando alguna travesura.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Dicen<\/em><em> que<\/em><em> un<\/em><em> hombre<\/em><em> la<\/em><em> vio<br \/>\n<\/em><em>y<\/em><em> que<\/em><em> pistola<\/em><em> llevaba,<br \/>\n<\/em><em>un<\/em><em> hombre<\/em><em> al<\/em><em> que<\/em><em> nada<\/em><em> importaba<br \/>\n<\/em><em>y<\/em><em> la<\/em><em> vida<\/em><em> le<\/em><em> quit\u00f3.<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Mas<\/em><em> otros<\/em><em> dicen<\/em><em> que<\/em><em> no,<br \/>\n<\/em><em>que<\/em><em> vio<\/em><em> a<\/em><em> un<\/em><em> amigo,<\/em><em> a<\/em><em> un<\/em><em> extra\u00f1o,<br \/>\n<\/em><em>y<\/em><em> en<\/em><em> un<\/em><em> coche<\/em><em> negro<\/em><em> se<\/em><em> la<\/em><em> llev\u00f3.<br \/>\n<\/em><em>Pero<\/em><em> nadie<\/em><em> sabe<\/em><em> la<\/em><em> verdad.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El martes por la ma\u00f1ana, mientras Frances preparaba el desayuno y Maureen ayudaba a su marido a acabar de vestirse, alguien dio unos golpes en la puerta, alguien que o no hab\u00eda visto el timbre o no se fiaba de \u00e9l. No era nada ins\u00f3lito que la gente pasara por all\u00ed tan temprano, pero creaba problemas, porque a primeras horas de la ma\u00f1ana, el abogado Stephens sol\u00eda tener m\u00e1s dificultades para hablar y su mente tardaba un rato en ponerse a funcionar.<\/p>\n<p>A trav\u00e9s del vidrio de la puerta, Maureen vio los contornos borrosos de un hombre y una mujer. Con sus mejores galas, al menos ella; incluso llevaba sombrero. Eso significaba algo serio. Pero lo serio para los interesados pod\u00eda parecer una tonter\u00eda a los dem\u00e1s. Hab\u00edan amenazado de muerte a una persona por la propiedad de una c\u00f3moda, y el due\u00f1o de una finca era capaz de provocar un derramamiento de sangre porque el vecino le hab\u00eda quitado diez cent\u00edmetros de tierra. O si faltaba un poco de le\u00f1a de una casa, o si unos perros ladraban, o una carta agresiva: todo eso pod\u00eda llevar a la gente a casa del abogado. <em>Preg\u00fantale<\/em><em> al<\/em><em> abogado<\/em><em> Stephens.<\/em><em> Preg\u00fantale<\/em><em> qu\u00e9<\/em><em> dicen<\/em><em> las<\/em><em> leyes.<\/em><\/p>\n<p>Por supuesto, exist\u00eda una m\u00ednima posibilidad de que aquella pareja fuera a venderles religi\u00f3n a domicilio.<\/p>\n<p>No era el caso.<\/p>\n<p>\u2014Venimos a ver al abogado \u2014dijo la mujer.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, es un poco pronto \u2014dijo Maureen. No los reconoci\u00f3 inmediatamente.<\/p>\n<p>\u2014Perdone, pero tenemos que contarle una cosa \u2014dijo la mujer, y sin saber c\u00f3mo, entr\u00f3 en el vest\u00edbulo y Maureen retrocedi\u00f3. El hombre movi\u00f3 la cabeza, quiz\u00e1 molesto o para pedir disculpas, dando a entender que no ten\u00eda m\u00e1s remedio que seguir a su mujer.<\/p>\n<p>El vest\u00edbulo qued\u00f3 inundado de un olor a jab\u00f3n de afeitar, desodorante y colonia barata. Lirios del Valle. Y entonces Maureen los reconoci\u00f3.<\/p>\n<p>Era Marian Hubbert, s\u00f3lo que parec\u00eda distinta con aquel traje azul \u2014demasiado grueso para el tiempo que hac\u00eda\u2014, guantes de tela marr\u00f3n y sombrero tambi\u00e9n marr\u00f3n, de plumas. Normalmente, se la ve\u00eda en el pueblo con pantalones holgados o incluso con una prenda que parec\u00eda un mono de trabajo. Era una mujer robusta, m\u00e1s o menos de la misma edad que Maureen; hab\u00edan ido al instituto en la misma \u00e9poca, pero con una diferencia de dos cursos. Marian ten\u00eda un cuerpo desgarbado pero \u00e1gil, y llevaba el pelo canoso bastante corto, de modo que se le erizaba en la nuca. Ten\u00eda un tono de voz alto, y casi siempre unos modales exagerados. Aquella ma\u00f1ana parec\u00eda m\u00e1s calmada.<\/p>\n<p>El hombre que la acompa\u00f1aba se hab\u00eda casado con ella no hac\u00eda mucho. Quiz\u00e1 un par de a\u00f1os. Era alto y de aspecto juvenil, y llevaba una chaqueta barata, de color crema, con demasiado relleno en los hombros. Pelo casta\u00f1o, ondulado, peinado con agua. \u00abPerd\u00f3nenos\u00bb, dijo en voz baja \u2014quiz\u00e1 para que no lo oyese su mujer\u2014, cuando Maureen los llev\u00f3 al comedor. De cerca, sus ojos no eran tan j\u00f3venes: estaban rodeados de tensi\u00f3n y sequedad, o quiz\u00e1 reflejasen perplejidad. Seguramente no era muy listo. Entonces Maureen record\u00f3 algo que se contaba sobre Marian y \u00e9l, que se hab\u00edan conocido por un anuncio. <em>Se\u00f1ora<\/em><em> con<\/em><em> granja<\/em><em> en<\/em><em> propiedad.<\/em><em> Mujer<\/em><em> de<\/em><em> negocios<\/em><em> con<\/em><em> granja<\/em>, podr\u00eda haber escrito, porque a Marian se la conoc\u00eda tambi\u00e9n como Do\u00f1a Cors\u00e9s. Durante a\u00f1os se hab\u00eda dedicado a vender cors\u00e9s a medida al menguante n\u00famero de mujeres que llevaban tal prenda, y quiz\u00e1 siguiera haci\u00e9ndolo. Maureen se la imagin\u00f3 tomando medidas, pinchando como una enfermera, mandona e insultantemente profesional. Pero se hab\u00eda portado bien con sus padres, que vivieron en la granja hasta edad avanzada y con muchos problemas de salud. Y de repente se le vino a la cabeza otra historia, menos maliciosa, sobre su marido. Era el conductor del autob\u00fas que llevaba a la gente mayor a la terapia de nataci\u00f3n a la piscina cubierta de Walley: as\u00ed se conocieron. Maureen ten\u00eda tambi\u00e9n otra imagen de \u00e9l, con el padre, ya muy anciano, en brazos, en la consulta del doctor Sands, mientras Marian avanzaba con resoluci\u00f3n, aferrando la correa del bolso, para abrir la puerta.<\/p>\n<p>Fue a decirle a Frances que desayunar\u00edan en el comedor y a pedirle que llevase dos tazas m\u00e1s. Despu\u00e9s fue a avisar a su marido.<\/p>\n<p>\u2014Es Marian Hubbert, o as\u00ed se llamaba antes \u2014dijo\u2014. Y el hombre con el que se ha casado. No conozco su apellido.<\/p>\n<p>\u2014Slater \u2014dijo su marido, en el mismo tono seco con el que podr\u00eda haber presentado los detalles de una venta o un contrato que nadie habr\u00eda imaginado que conociera\u2014. Theo.<\/p>\n<p>\u2014Tienes m\u00e1s informaci\u00f3n que yo \u2014dijo Maureen.<\/p>\n<p>Pregunt\u00f3 si estaban listos sus copos de avena.<\/p>\n<p>\u2014Come y escucha \u2014dijo.<\/p>\n<p>Frances le llev\u00f3 la avena y \u00e9l acometi\u00f3 el plato con ganas. Mezclados con leche y az\u00facar moreno, los copos de avena era lo que m\u00e1s le gustaba, tanto en invierno como en verano.<\/p>\n<p>Cuando llev\u00f3 el caf\u00e9, Frances intent\u00f3 quedarse en el comedor para enterarse de lo que pasaba, pero Marian le dirigi\u00f3 una mirada seria que la hizo volver a la cocina.<\/p>\n<p>Muy bien, pens\u00f3 Maureen. Sabe lo que hay que hacer mejor que yo.<\/p>\n<p>Marian Hubbert era una mujer sin ninguna cualidad visible. Ten\u00eda una cara gruesa, de mejillas colgantes: a Maureen le recordaba a un perro. No precisamente un perro feo. En realidad, no era una cara fea. S\u00f3lo gruesa, con aire resuelto. Pero dondequiera que fuese Marian, como ocurr\u00eda en aquellos momentos en casa de Maureen, se presentaba como si tuviera derechos sobre todo y sobre todos. Hab\u00eda que prestarle una atenci\u00f3n exclusiva.<\/p>\n<p>Llevaba una cantidad considerable de maquillaje, quiz\u00e1 otra de las razones por las que Maureen no la reconoci\u00f3 inmediatamente. Era de un tono p\u00e1lido, rosado, que no le iba bien a su piel oliv\u00e1cea, ni a sus cejas negras y espesas. Le daba un aspecto raro, pero no lastimoso. Parec\u00eda como si se lo hubiera puesto, al igual que el traje y el sombrero, para demostrar que era capaz de arreglarse igual que otras mujeres, que sab\u00eda c\u00f3mo actuar. Pero quiz\u00e1 hubiera tratado de ponerse guapa. Posiblemente se ve\u00eda transformada por los polvos p\u00e1lidos que sobresal\u00edan de sus mejillas, por la gruesa capa de l\u00e1piz de labios, y una vez acabada la tarea, se habr\u00eda vuelto hacia su marido, toda coqueta, para mostrarle los resultados. Al contestar en nombre de su mujer cuando le preguntaron si quer\u00eda az\u00facar con el caf\u00e9, el hombre dijo <em>terrones<\/em>, casi ri\u00e9ndose.<\/p>\n<p>Dec\u00eda por favor y gracias con la mayor frecuencia posible. \u00abMuchas gracias, por favor. Gracias. Yo, lo mismo. Gracias.\u00bb<\/p>\n<p>\u2014Bueno, no sab\u00edamos nada de esta chica hasta despu\u00e9s de que todo el mundo se enter\u00f3 de lo que pasaba \u2014dijo Marian\u2014. O sea, que no sab\u00edamos que se hubiera perdido ni nada, hasta que ayer vinimos al pueblo. \u00bfFue ayer? \u00bfAyer fue lunes? Es que me armo un l\u00edo con los d\u00edas, porque he estado tomando calmantes.<\/p>\n<p>Marian no era la clase de persona que dec\u00eda que hab\u00eda estado tomando pastillas sin m\u00e1s. Ten\u00eda que explicar por qu\u00e9.<\/p>\n<p>\u2014Me sali\u00f3 un fur\u00fanculo tremendo en el cuello, justo aqu\u00ed, \u00bfsaben? \u2014dijo. Torci\u00f3 la cabeza para intentar ense\u00f1arles la gasa\u2014. Me dol\u00eda much\u00edsimo y encima se me subi\u00f3 a la cabeza, o sea que deb\u00eda de tener algo que ver. As\u00ed que el domingo me sent\u00eda tan mal que me puse un pa\u00f1o caliente en el cuello, me tom\u00e9 un par de calmantes y me acost\u00e9. \u00c9ste estaba en paro por entonces, pero ahora que est\u00e1 trabajando siempre tiene un mont\u00f3n de cosas que hacer en casa. Trabaja en lo de la central nuclear.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEn Douglas Point? \u2014dijo el abogado Stephens, levantando los ojos unos segundos del plato. Todos los hombres mostraban cierto inter\u00e9s o respeto, incluso el abogado Stephens ten\u00eda que mostrarlo, ante la nueva central nuclear de Douglas Point.<\/p>\n<p>\u2014Ah\u00ed es donde trabaja \u00e9l ahora \u2014dijo Marian.<\/p>\n<p>Como muchas campesinas y como muchas mujeres de Carstairs, no sol\u00eda pronunciar el nombre de su marido y le llamaba <em>\u00e9ste<\/em> o <em>\u00e9l,<\/em> d\u00e1ndole un \u00e9nfasis especial. Maureen se hab\u00eda sorprendido haciendo otro tanto en varias ocasiones, pero corrigi\u00f3 la costumbre sin necesidad de que nadie se lo indicase.<\/p>\n<p>\u2014\u00c9ste fue a ver las vacas \u2014dijo Marian\u2014, y despu\u00e9s quer\u00eda arreglar la cerca. Como ten\u00eda que andar medio kil\u00f3metro, cogi\u00f3 el cami\u00f3n, pero no se llev\u00f3 a Bounder. Se fue en el cami\u00f3n sin Bounder. Es el perro que tenemos, Bounder, y no va a ninguna parte si no es en coche. Lo dej\u00f3 como vigilando porque sab\u00eda que yo estaba acostada. Me hab\u00eda tomado un par de calmantes y me qued\u00e9 como adormilada, no que me durmiera de verdad. De repente o\u00ed ladrar a Bounder y me despert\u00e9 del todo. Bounder estaba ladrando.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Entonces se levant\u00f3, se puso la bata y baj\u00f3 al otro piso. Se hab\u00eda acostado s\u00f3lo con la ropa interior. Se asom\u00f3 a la puerta delantera, mir\u00f3 en el sendero, y no hab\u00eda nadie. Tampoco vio a Bounder, y para entonces ya hab\u00eda dejado de ladrar. Se callaba cuando era alguien a quien reconoc\u00eda, o alguien que simplemente pasaba por la carretera. Pero no se qued\u00f3 tranquila. Se asom\u00f3 a las ventanas de la cocina, que daban al patio lateral pero no al de atr\u00e1s. Tampoco hab\u00eda nadie. Desde la cocina no se ve\u00eda el patio trasero: para eso, hab\u00eda que cruzar lo que ellos llamaban la cocina trasera. En realidad, era una especie de trastero, un cobertizo adosado a la casa, lleno de cosas. Ten\u00eda una ventana que daba a la parte de atr\u00e1s, pero no se pod\u00edan acercar a ella ni ver nada por los montones de cajas de cart\u00f3n y los muelles de un viejo sof\u00e1, que sobresal\u00edan. Hab\u00eda que abrir la puerta para ver detr\u00e1s. Y de pronto crey\u00f3 o\u00edr algo en aquella puerta, como un ara\u00f1ar. A lo mejor era Bounder. A lo mejor no.<\/p>\n<p>Hac\u00eda tanto calor en aquella habitaci\u00f3n atestada de cachivaches que casi no pod\u00eda respirar. Estaba toda pegajosa del sudor debajo de la bata. Se dijo para sus adentros, bueno, por lo menos no tienes fiebre. Est\u00e1s sudando como un pollo.<\/p>\n<p>Ten\u00eda m\u00e1s necesidad de respirar aire fresco que miedo de lo que pudiera haber fuera, as\u00ed que abri\u00f3 la puerta. Se abr\u00eda hacia fuera y empuj\u00f3 al hombre que estaba apoyado contra ella. El hombre retrocedi\u00f3 dando traspi\u00e9s pero no lleg\u00f3 a caerse. Y entonces vio qui\u00e9n era. El se\u00f1or Siddicup, del pueblo.<\/p>\n<p>Bounder lo conoc\u00eda, naturalmente, porque pasaba por all\u00ed con frecuencia y a veces cruzaba la finca en el transcurso de sus paseos, y ellos nunca se lo imped\u00edan. Atravesaba el patio, a veces, porque ya no se enteraba de nada. Ella nunca le gritaba, como hac\u00edan algunas personas. Incluso le invitaba a sentarse en la escalera a descansar si le apetec\u00eda, le ofrec\u00eda un cigarrillo. <em>Cog\u00eda<\/em> el cigarrillo, pero no se sentaba.<\/p>\n<p>Bounder se puso a olisquearlo y a hocicarlo. Bounder no es escrupuloso.<\/p>\n<p>Maureen conoc\u00eda al se\u00f1or Siddicup, como todo el mundo. Antes era el afinador de pianos de Doud. Antes, era un hombrecillo digno, ingl\u00e9s, y su mujer muy agradable. Le\u00edan libros de la biblioteca y ten\u00edan fama por su jard\u00edn, sobre todo por las fresas y las rosas. Despu\u00e9s, hac\u00eda unos a\u00f1os, empezaron a sobrevenir las desgracias. El se\u00f1or Siddicup tuvo que operarse de garganta \u2014deb\u00eda de ser c\u00e1ncer\u2014, y a partir de entonces no pudo hablar, s\u00f3lo emitir ruidos, gru\u00f1idos y silbidos. Ya no trabajaba en la f\u00e1brica, porque afinaban los pianos electr\u00f3nicamente, un sistema mejor que el o\u00eddo humano. Su mujer muri\u00f3 de repente, y los cambios se precipitaron: se deterior\u00f3, pasando de ser un anciano afable a un viejo vagabundo, hosco y bastante repugnante, en cuesti\u00f3n de meses. Pelo sucio, babas en la ropa, un olor rancio y una mirada de continuo recelo, a veces de odio. En la tienda de comestibles, si no encontraba lo que quer\u00eda, o si hab\u00edan cambiado las cosas de sitio, tiraba latas y cajas de cereales, a prop\u00f3sito. Ya no le admit\u00edan en ning\u00fan caf\u00e9, y ni siquiera se acercaba a la biblioteca. Las mujeres de la iglesia a la que pertenec\u00eda su mujer siguieron yendo a verle durante alg\u00fan tiempo, y le llevaban un plato de carne o algo cocinado al horno. Pero el olor de la casa era espantoso y el desorden perverso \u2014incluso para un hombre que viv\u00eda solo resultaba imperdonable\u2014, y adem\u00e1s el se\u00f1or Siddicup no se mostraba precisamente agradecido. Echaba los restos de comida delante de su puerta, romp\u00eda los platos. A ninguna mujer le hac\u00eda gracia un chiste que empez\u00f3 a circular, que si ni siquiera el se\u00f1or Siddicup comer\u00eda lo que ella cocinaba. As\u00ed que le dejaron por imposible. A veces, se le ve\u00eda inm\u00f3vil, en la cuneta de una carretera, la mayor parte del cuerpo oculto por la hierba, mientras los coches pasaban zumbando. Tambi\u00e9n pod\u00eda encontr\u00e1rsele en un pueblo a muchos kil\u00f3metros de Carstairs, y entonces ocurr\u00eda algo extra\u00f1o. Su cara recobraba parte de su antigua expresi\u00f3n, dispuesta a la obligatoria sorpresa, llena de afabilidad, del saludo entre personas que viven en un sitio y se encuentran en otro. Parec\u00eda como si en tales ocasiones tuviese la esperanza de que hubiera llegado el momento, de que quiz\u00e1 se borrar\u00edan los cambios, all\u00ed, en un lugar distinto: que le devolver\u00edan la voz y a su mujer y su antigua estabilidad en la vida.<\/p>\n<p>La gente no sol\u00eda ser cruel. Ten\u00edan paciencia con \u00e9l, hasta cierto punto. Marian dijo que ella nunca le hubiera echado de sus tierras.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n dijo que aquel d\u00eda parec\u00eda enloquecido. No como cuando intentaba explicarse y no le sal\u00eda, ni como cuando se enfurec\u00eda con unos ni\u00f1os que se burlaban de \u00e9l. Agitaba sin cesar la cabeza y ten\u00eda la cara hinchada, como la de un ni\u00f1o peque\u00f1o llorando enrabietado.<\/p>\n<p>A ver, le dijo. A ver, se\u00f1or Siddicup, \u00bfqu\u00e9 ocurre? \u00bfQu\u00e9 est\u00e1 intentando decirme? \u00bfQuiere un cigarrillo? \u00bfMe est\u00e1 diciendo que como es domingo no tiene tabaco?<\/p>\n<p>\u00c9l movi\u00f3 la cabeza hacia adelante y hacia atr\u00e1s, despu\u00e9s la agit\u00f3 arriba y abajo y volvi\u00f3 a moverla hacia adelante y hacia atr\u00e1s.<\/p>\n<p>Vamos, dec\u00eddase, dijo Marian.<\/p>\n<p><em>Ah,<\/em><em> aah;<\/em> eso fue lo \u00fanico que dijo. Se llev\u00f3 ambas manos a la cabeza, y se le cay\u00f3 la gorra. Despu\u00e9s retrocedi\u00f3 m\u00e1s y se puso a hacer eses por el patio, entre la bomba de agua y el tendedero, emitiendo los mismos ruidos \u2014<em>ah,<\/em><em> aah<\/em>\u2014 que no llegaban a convertirse en palabras.<\/p>\n<p>Al llegar a este punto, Marian empuj\u00f3 su silla hacia atr\u00e1s con tal brusquedad que estuvo a punto de tirarla. Se levant\u00f3 y se puso a demostrar lo que hab\u00eda hecho el se\u00f1or Siddicup. Se agach\u00f3 y anduvo dando tumbos y se golpe\u00f3 la cabeza con las manos, pero sin descolocarse el sombrero. Present\u00f3 aquel espect\u00e1culo ante el aparador, ante el servicio de t\u00e9 que le hab\u00edan regalado al abogado Stephens en reconocimiento por sus muchos a\u00f1os de trabajo para la Sociedad de Derecho. Su marido sujetaba la taza de caf\u00e9 con las dos manos y manten\u00eda su mirada respetuosa clavada en ella con un esfuerzo de voluntad. Algo le relampague\u00f3 en la cara, un tic, un nervio que saltaba en una mejilla. Ella lo observaba a pesar de las payasadas que estaba diciendo, y le dec\u00eda con los ojos, tranquilo. No te muevas.<\/p>\n<p>Por lo que Maureen pudo ver, el abogado Stephens no alz\u00f3 la vista ni una sola vez.<\/p>\n<p>Le gustaba, dijo Marian, volviendo a sentarse. Al se\u00f1or Siddicup le gust\u00f3 aquello, y como ella no se sent\u00eda bien, pens\u00f3 que a lo mejor le dol\u00eda algo.<\/p>\n<p>Se\u00f1or Siddicup. Se\u00f1or Siddicup. \u00bfEst\u00e1 intentando decirme que le duele la cabeza? \u00bfQuiere que le d\u00e9 una pastilla? \u00bfQuiere que le lleve al m\u00e9dico?<\/p>\n<p>Ninguna respuesta. No dejaba de decir <em>ah,<\/em><em> aah.<\/em><\/p>\n<p>Dando traspi\u00e9s, lleg\u00f3 hasta la bomba. Ya ten\u00edan agua corriente en casa, pero segu\u00edan utilizando la bomba y llenaban el plato de Bounder all\u00ed. Cuando el se\u00f1or Siddicup cay\u00f3 en la cuenta de lo que era, se puso manos a la obra. Empez\u00f3 a subir y bajar el mango como loco. No hab\u00eda una taza para beber, como antes, pero en cuanto sali\u00f3 agua meti\u00f3 la cabeza debajo. Lo salpic\u00f3 y el chorro se cort\u00f3, porque hab\u00eda dejado de bombear. Volvi\u00f3 a bombear y a meter la cabeza bajo el agua, una y otra vez, dejando que le cayera sobre la cabeza, la cara, los hombros y el pecho, hasta que qued\u00f3 empapado, y todo ello mientras intentaba hacer alg\u00fan ruido. Bounder se puso nervioso y ech\u00f3 a correr a su alrededor, chocando contra \u00e9l y ladrando y ga\u00f1endo, como poni\u00e9ndose de su parte.<\/p>\n<p>\u00a1Eh, ya est\u00e1 bien, los dos!, les grit\u00f3 Marian. \u00a1Deje la bomba en paz! \u00a1D\u00e9jela y tranquil\u00edcese!<\/p>\n<p>S\u00f3lo Bounder le hizo caso. El se\u00f1or Siddicup continu\u00f3 hasta acabar chorreando y enceguecido, de modo que ya no encontraba el mango de la bomba. Entonces se par\u00f3. Levant\u00f3 un brazo y se\u00f1al\u00f3, hacia los \u00e1rboles y el r\u00edo. Se\u00f1alaba y hac\u00eda ruidos. En aquel momento, Marian no lo entendi\u00f3. No lo pens\u00f3 hasta m\u00e1s tarde. Despu\u00e9s, el se\u00f1or Siddicup se sent\u00f3 en la tapa del pozo, empapado y tiritando, con la cabeza entre las manos.<\/p>\n<p>A lo mejor es algo muy sencillo, despu\u00e9s de todo, pens\u00f3 Marian. Se est\u00e1 quejando porque no hay taza.<\/p>\n<p>Si lo que quiere es un vaso, se lo traigo. No hace falta ponerse as\u00ed. Qu\u00e9dese aqu\u00ed, que voy a traerle un vaso.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a la cocina y sac\u00f3 un vaso. Pero se le ocurri\u00f3 otra idea. Le prepar\u00f3 unas galletas con mantequilla y mermelada. Eso le encantaba a los ni\u00f1os, pero tambi\u00e9n a la gente mayor, porque lo recordaba por su padre y su madre.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a la puerta y la abri\u00f3 de un empuj\u00f3n, con las manos ocupadas. Pero no se ve\u00eda ni rastro de \u00e9l. En el patio s\u00f3lo estaba Bounder, con la expresi\u00f3n de costumbre cuando sab\u00eda que hab\u00eda hecho el tonto.<\/p>\n<p>\u00bfD\u00f3nde ha ido, Bounder? \u00bfPor d\u00f3nde se ha marchado?<\/p>\n<p>Bounder estaba avergonzado y harto y no le dio ninguna pista. Se retir\u00f3 cabizbajo a su sitio, a la sombra, junto a la casa.<\/p>\n<p>\u00a1Se\u00f1or Siddicup! \u00a1Se\u00f1or Siddicup! \u00a1Venga a ver qu\u00e9 le he tra\u00eddo!<\/p>\n<p>Todo m\u00e1s silencioso que una tumba. Y Marian sent\u00eda punzadas de dolor en la cabeza. Empez\u00f3 a comer las galletas, pero no deber\u00eda haberlo hecho: al segundo bocado sinti\u00f3 ganas de vomitar.<\/p>\n<p>Se tom\u00f3 otras dos pastillas y volvi\u00f3 al piso de arriba. Las ventanas abiertas y las persianas cerradas. Pens\u00f3, ojal\u00e1 hubi\u00e9ramos comprado un ventilador cuando hab\u00eda rebajas en Tiro Canadiense. Pero se qued\u00f3 dormida, y cuando se despert\u00f3, casi hab\u00eda anochecido. Oy\u00f3 el cortac\u00e9sped: <em>\u00e9l<\/em>, su marido, estaba terminando de arreglar el c\u00e9sped junto a la casa. Baj\u00f3 a la cocina y vio que hab\u00eda cortado unas patatas fr\u00edas y hab\u00eda cocido un huevo y sacado unas cebolletas para hacer una ensalada. \u00c9l no era como otros hombres, que no sabe moverse en la cocina y espera hasta que la mujer enferma se levanta de la cama para prepararle algo. Pic\u00f3 un poco de ensalada pero no le entraba. Otra pastilla y no se enter\u00f3 de nada hasta la ma\u00f1ana siguiente.<\/p>\n<p>Ser\u00e1 mejor que vayamos al m\u00e9dico, dijo \u00e9l. Llam\u00f3 al trabajo. Tengo que llevar a mi mujer al m\u00e9dico.<\/p>\n<p>Marian dijo, \u00bfpor qu\u00e9 no herv\u00eda una aguja y \u00e9l le abr\u00eda el fur\u00fanculo? Pero \u00e9l no pod\u00eda soportar la idea de hacerle da\u00f1o y, adem\u00e1s, le daba miedo equivocarse en algo. As\u00ed que cogieron el cami\u00f3n y fueron a ver al doctor Sands. El doctor Sands hab\u00eda salido, y tuvieron que esperar. Las otras personas que esperaban les contaron lo que hab\u00eda pasado. A todos les sorprendi\u00f3 que no se hubieran enterado. Pero es que no hab\u00eda tenido la radio puesta. Ella era la que siempre la encend\u00eda, pero tal y como se sent\u00eda, no aguantaba el ruido. Y no hab\u00edan observado que hubiese grupos de hombres ni nada especial en la carretera.<\/p>\n<p>El doctor le cur\u00f3 el fur\u00fanculo, pero sin abr\u00edrselo. Su forma de hacerlo era darte un golpe fuerte, en la cabeza, cuando pensabas que s\u00f3lo te estaba mirando. \u00a1Ya est\u00e1!, dijo. Es menos l\u00edo que la lanceta y menos doloroso porque no te da tiempo a tener miedo. Lo limpi\u00f3, le puso una gasa y le dijo que muy pronto se sentir\u00eda mejor.<\/p>\n<p>Y as\u00ed fue, s\u00f3lo que tambi\u00e9n se sent\u00eda somnolienta. No pod\u00eda hacer nada y ten\u00eda la cabeza confusa, as\u00ed que volvi\u00f3 a la cama y durmi\u00f3 hasta que subi\u00f3 su marido con una taza de t\u00e9, alrededor de las cuatro. Fue entonces cuando empez\u00f3 a pensar en aquellas chicas que hab\u00edan ido a su casa con la se\u00f1orita Johnstone el s\u00e1bado por la ma\u00f1ana, porque quer\u00edan beber algo. Ten\u00eda montones de Coca-Cola y se la sirvi\u00f3 en vasos de flores, con cubitos de hielo. La se\u00f1orita Johnstone s\u00f3lo quer\u00eda agua. <em>\u00c9l<\/em> les dej\u00f3 jugar con la manguera; se persiguieron unas a otras, enchuf\u00e1ndose con el agua, y se lo pasaron estupendamente. Cuando la se\u00f1orita Johnstone no miraba, se pusieron demasiado traviesas. Pr\u00e1cticamente, \u00e9l tuvo que quitarles la manguera a la fuerza y lanzarles unos cuantos chorros para que se calmasen.<\/p>\n<p>Marian intentaba imaginarse cu\u00e1l de ellas era. Conoc\u00eda a la hija del sacerdote y a las hermanas Trowell: se las reconoc\u00eda en cualquier parte, con aquellos ojos de oveja que ten\u00edan. Pero, <em>\u00bfy<\/em> las dem\u00e1s? Se acordaba de una que no paraba de saltar y gritar y que intent\u00f3 coger la manguera cuando \u00e9l se la llev\u00f3, que daba volteretas, peque\u00f1ita, delgada y rubia, muy mona. Pero a lo mejor se refer\u00eda a Robin Sands, que era rubia. Aquella noche le pregunt\u00f3 a su marido si las conoc\u00eda, pero era todav\u00eda peor que ella, porque no conoc\u00eda a la gente de all\u00ed y no los distingu\u00eda.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n le cont\u00f3 lo del se\u00f1or Siddicup. De repente se acord\u00f3 de todo. Que estaba como enloquecido, lo de la bomba de agua, que no paraba de se\u00f1alar hacia algo. Le preocupaba. Hablaron sobre ello, tanto que casi no pudieron dormir. Hasta que al final ella le dijo, mira, ya s\u00e9 lo que tenemos que hacer. Vamos a ir a hablar con el abogado Stephens.<\/p>\n<p>As\u00ed que se levantaron y fueron all\u00ed lo antes posible.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014La polic\u00eda \u2014dijo el abogado Stephens\u2014. La polic\u00eda. No queda m\u00e1s remedio.<\/p>\n<p>Entonces habl\u00f3 el marido.<\/p>\n<p>\u2014No sab\u00edamos si deb\u00edamos hacerlo. \u2014Ten\u00eda las manos apoyadas sobre la mesa, apretadas, tirando del mantel.<\/p>\n<p>\u2014Sin acusar a nadie \u2014dijo el abogado Stephens\u2014. Simple informaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ya hablaba de aquella forma tan concisa incluso antes de la enfermedad. Y Maureen hab\u00eda observado, hac\u00eda tiempo, que dos palabras suyas, pronunciadas no precisamente con cordialidad \u2014por el contrario, en tono brusco, como de amonestaci\u00f3n\u2014, animaban a la gente, le quitaban un peso de encima.<\/p>\n<p>Marian cre\u00eda conocer la otra raz\u00f3n por la que las mujeres hab\u00edan dejado de hacerle visitas al se\u00f1or Siddicup. No les gustaba la ropa. Prendas de mujer, ropa interior: bragas y sujetadores ra\u00eddos, bombachos deshilachados y medias desgarradas que colgaban del respaldo de las sillas o de una cuerda sobre el radiador o que estaban amontonadas sobre la mesa. Naturalmente, todas deb\u00edan de ser de su mujer, y al principio parec\u00eda como si las estuviera lavando, secando y seleccionando, para despu\u00e9s deshacerse de ellas. Pero continuaban en el mismo sitio una semana tras otra y las se\u00f1oras empezaron a preguntarse: \u00bflas dejaba all\u00ed para dar a entender ciertas cosas? \u00bfSe las pon\u00eda \u00e9l, sobre su piel? \u00bfEra un pervertido?<\/p>\n<p>Todo saldr\u00eda a la luz, lo esgrimir\u00edan en su contra.<\/p>\n<p>Un <em>pervertido.<\/em> Quiz\u00e1 tuvieran raz\u00f3n. Quiz\u00e1 les llevara hasta donde hab\u00eda matado a Heather, estrangul\u00e1ndola o a golpes, en un acceso de furor sexual, o encontraran alguna prenda de la chica en su casa. Y la gente dir\u00eda, horrorizada, bajando la voz, que no, que en realidad no les extra\u00f1aba. <em>A<\/em><em> m\u00ed<\/em><em> no<\/em><em> me<\/em><em> extra\u00f1a.<\/em><em> \u00bfA<\/em><em> ti?<\/em><\/p>\n<p>El abogado Stephens hizo varias preguntas sobre el trabajo en Douglas Point, y Marian dijo: \u00abTrabaja en mantenimiento. Todos los d\u00edas, cuando sale, tienen que verle por rayos X, e incluso los trapos con que se limpia las botas los tienen que enterrar a bastante profundidad.\u00bb<\/p>\n<p>Cuando Maureen cerr\u00f3 la puerta despu\u00e9s de que se marcharan y vio sus siluetas bambole\u00e1ndose tras el vidrio, no se qued\u00f3 tranquila. Subi\u00f3 tres escalones, hasta el rellano, donde hab\u00eda una ventanita curvada. Los observ\u00f3 desde all\u00ed.<\/p>\n<p>No se ve\u00eda ning\u00fan coche, ni ning\u00fan cami\u00f3n, ning\u00fan veh\u00edculo. Deb\u00edan de haberlo dejado en la calle mayor o en el aparcamiento que hab\u00eda detr\u00e1s del Ayuntamiento. Seguramente, no quer\u00edan que lo viese nadie frente a la casa del abogado Stephens.<\/p>\n<p>El Ayuntamiento estaba en el mismo edificio que la comisar\u00eda. Se dirigieron hacia all\u00ed, pero despu\u00e9s cruzaron la calle en diagonal y, todav\u00eda dentro del campo visual de Maureen, se sentaron en el poyete de piedra que rodeaba el viejo cementerio y el jard\u00edn llamado Pioneer Park.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 les apetec\u00eda sentarse despu\u00e9s de haber estado sentados en el comedor al menos una hora? No hablaron, ni se miraron, pero parec\u00edan unidos, como si estuvieran tom\u00e1ndose un descanso en medio de una dura tarea realizada en com\u00fan.<\/p>\n<p>Cuando le daba por recordar cosas, el abogado Stephens contaba que, hac\u00eda muchos a\u00f1os, la gente se sentaba en aquel poyete: campesinas que iban al pueblo a vender pollos o mantequilla, chicas que iban al instituto, antes de que existiera el autob\u00fas escolar, y se deten\u00edan all\u00ed unos momentos para esconder los chanclos y los recog\u00edan despu\u00e9s, al volver a casa.<\/p>\n<p>En otras ocasiones los recuerdos le pon\u00edan nervioso.<\/p>\n<p>\u2014Empos pasados. E se eden donde est\u00e1n.<\/p>\n<p>Marian se desprendi\u00f3 las horquillas y se quit\u00f3 cuidadosamente el sombrero. As\u00ed que era eso: que le molestaba el sombrero. Se lo puso en el regazo y su marido lo cogi\u00f3, como deseoso de librarla de toda carga. Se lo coloc\u00f3 sobre las piernas. Se inclin\u00f3 y lo acarici\u00f3, lo mim\u00f3. Acarici\u00f3 aquel sombrero de espantosas plumas marrones como si se tratase de una gallinita asustada.<\/p>\n<p>Pero Marian le cort\u00f3 en seco. Le dijo algo al tiempo que le agarraba la mano, como una mujer podr\u00eda interrumpir a un hijo pesado, un poco retrasado: con un estallido de repulsi\u00f3n, en un momento de descanso para su amor agotado.<\/p>\n<p>Maureen se qued\u00f3 horrorizada. Sinti\u00f3 que se le encog\u00edan los huesos.<\/p>\n<p>Su marido sali\u00f3 del comedor. Ella no quer\u00eda que la sorprendiera mir\u00e1ndolos. Le dio la vuelta al jarr\u00f3n de flores secas que hab\u00eda en el alf\u00e9izar de la ventana y dijo:<\/p>\n<p>\u2014Cre\u00eda que no iba a dejar de hablar nunca.<\/p>\n<p>\u00c9l no le hab\u00eda prestado atenci\u00f3n. Ten\u00eda los pensamientos en otra parte.<\/p>\n<p>\u2014Baja aqu\u00ed \u2014dijo.<\/p>\n<p>Al principio de su vida en com\u00fan, el marido de Maureen coment\u00f3 como de pasada que su primera mujer y \u00e9l hab\u00edan dejado de dormir juntos despu\u00e9s de que naciera Helena, la hija menor. \u00abYa ten\u00edamos al chico y a la chica\u00bb, dijo, dando a entender que no hab\u00eda necesidad de m\u00e1s tentativas. Entonces, Maureen no comprendi\u00f3 que quiz\u00e1 tuviera intenci\u00f3n de hacer lo mismo con ella. Se hab\u00eda casado muy enamorada. Cierto que la primera vez que \u00e9l le rode\u00f3 la cintura con un brazo, en el bufete, pens\u00f3 que quer\u00eda ense\u00f1arle el camino de salida porque cre\u00eda que se hab\u00eda equivocado de puerta; pero lleg\u00f3 a tal conclusi\u00f3n por la correcci\u00f3n del abogado Stephens, no porque no hubiera deseado sentir su brazo all\u00ed. La gente que cre\u00eda que hac\u00eda una boda ventajosa, aunque quiz\u00e1 m\u00e1s por bondad que por otra cosa, se hubiera sorprendido de lo feliz que hab\u00eda sido en la luna de miel, y eso a pesar de haber tenido que aprender a jugar al bridge. Sab\u00eda cu\u00e1nto poder ten\u00eda su marido, conoc\u00eda su forma de ejercerlo y de retenerlo. Le resultaba atractivo; no le importaban ni su edad, ni su desgarbo, ni los dedos y los dientes manchados de nicotina. Ten\u00eda la piel c\u00e1lida. Tras dos a\u00f1os de matrimonio, Maureen sufri\u00f3 un aborto y sangr\u00f3 tanto que le ligaron las trompas, para evitar que volviera a ocurrirle lo mismo. Despu\u00e9s de aquello, acab\u00f3 el aspecto \u00edntimo de la vida con su marido. Parec\u00eda como si \u00e9l se hubiera limitado a complacerla, convencido de que no se le debe negar a una mujer la posibilidad de tener un hijo.<\/p>\n<p>A veces, ella le pinchaba un poco, y \u00e9l replicaba: \u00abA ver, Maureen. \u00bfPor qu\u00e9 te pones as\u00ed?\u00bb O le dec\u00eda que madurase. \u00abTienes que madurar\u00bb era una expresi\u00f3n que hab\u00eda copiado de sus hijos y que sigui\u00f3 empleando mucho despu\u00e9s de que ellos la hubieran olvidado, incluso mucho despu\u00e9s de que se hubieran marchado de casa.<\/p>\n<p>A Maureen, aquellas palabras la humillaban, y se le llenaban los ojos de l\u00e1grimas. Su marido era un hombre que detestaba el llanto m\u00e1s que nada en el mundo.<\/p>\n<p>\u00a1Pero qu\u00e9 alivio si volviera tal estado de cosas!, pensaba. Porque su marido hab\u00eda recuperado los deseos, o sent\u00eda unos deseos completamente distintos. Ya no quedaba nada de la torpe ceremonia, del cari\u00f1o formal de la primera \u00e9poca de su matrimonio. Ahora, a su marido se le nublaban los ojos y parec\u00eda como si se le desplomara la cara. Le hablaba de una forma brusca y amenazadora y a veces la empujaba, incluso intentaba meterle los dedos por detr\u00e1s. Maureen no necesitaba todo aquello para apresurarse a llevarle a la cama, temerosa de que se fuera a otro sitio con semejante conducta. Hab\u00edan transformado el antiguo despacho del piso de abajo en un dormitorio con ba\u00f1o, para que no tuviera que subir las escaleras. Al menos en aquella habitaci\u00f3n se pod\u00eda cerrar la puerta con llave, y Frances no entraba de improviso. Pero si sonaba el tel\u00e9fono, ten\u00eda que ir a avisarlos. Pod\u00eda quedarse fuera y o\u00edr los ruidos: los jadeos, los gru\u00f1idos y la tiran\u00eda del abogado Stephens, el deje de asco con que le ordenaba a Maureen que hiciera esto o aquello, los golpes que le daba justo al final y la exclamaci\u00f3n que quiz\u00e1 resultara incomprensible para otros, pero no para Maureen, y que de todos modos era suficientemente elocuente, como los ruidos de un retrete.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Guaga! \u00a1Guaga!<\/p>\n<p>Aquello sal\u00eda de la boca de un hombre que un d\u00eda encerr\u00f3 a Helena en su habitaci\u00f3n por haber llamado cerdo hijo de puta a su hermano.<\/p>\n<p>Maureen conoc\u00eda bastantes palabras, pero en su estado de agitaci\u00f3n, le costaba trabajo emplearlas debidamente y pronunciarlas en tono convincente. Sin embargo, lo intentaba. Por encima de todo, quer\u00eda ayudar a su marido.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, \u00e9l se abandonaba a un breve sue\u00f1o que parec\u00eda borrar de su memoria todo lo ocurrido. Maureen se precipitaba hasta el ba\u00f1o. All\u00ed se hac\u00eda el primer lavado y despu\u00e9s corr\u00eda al piso de arriba para cambiarse de ropa. Muchas veces ten\u00eda que aferrarse a la barandilla de las escaleras, de tan d\u00e9bil y vac\u00eda como se sent\u00eda. Y ten\u00eda que mantener la boca bien cerrada, no para sofocar un grito de protesta, sino un prolongado gemido de pena, como de perro apaleado.<\/p>\n<p>Aquel d\u00eda lo consigui\u00f3, m\u00e1s que de costumbre. Fue capaz de mirarse en el espejo del cuarto de ba\u00f1o y mover las cejas, los labios y las mand\u00edbulas, de recobrar su expresi\u00f3n habitual. Pues bueno, parec\u00eda decir. Incluso en medio de todo, hab\u00eda podido pensar en otras cosas. Pens\u00f3 en hacer unas natillas, en si tendr\u00edan suficientes huevos y leche. Y durante el frenes\u00ed de su marido, pens\u00f3 en los dedos movi\u00e9ndose sobre las plumas, en la mano de la mujer sobre la del marido, apretando.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"padding-left: 60px;\"><em>Cantaremos<\/em><em> la<\/em><em> canci\u00f3n<\/em><em> de<\/em><em> Heather<\/em><em> Bell<br \/>\n<\/em><em>hasta<\/em><em> el<\/em><em> fin<\/em><em> de<\/em><em> nuestros<\/em><em> d\u00edas.<br \/>\n<\/em><em>Desapareci\u00f3<\/em><em> en<\/em><em> el<\/em><em> bosque<br \/>\n<\/em><em>apenas<\/em><em> empezada<\/em><em> su<\/em><em> vida.<\/em><\/p>\n<p>\u2014Ya han hecho un poema \u2014dijo Frances\u2014. Lo tengo aqu\u00ed, escrito a m\u00e1quina.<\/p>\n<p>\u2014Hab\u00eda pensado hacer unas natillas \u2014dijo Maureen.<\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1nto habr\u00eda o\u00eddo Frances cuando hablaba Marian Hubbert? Posiblemente todo. Parec\u00eda jadeante, esforz\u00e1ndose por call\u00e1rselo. Le plant\u00f3 a Maureen una hoja de papel mecanografiada ante la cara, y Maureen dijo:<\/p>\n<p>\u2014Es demasiado largo. Ahora no tengo tiempo.<\/p>\n<p>Se puso a contar los huevos.<\/p>\n<p>\u2014Es bueno \u2014dijo Frances\u2014. Se le podr\u00eda poner m\u00fasica.<\/p>\n<p>Lo ley\u00f3 entero, en voz alta. Maureen dijo:<\/p>\n<p>\u2014Tengo que concentrarme.<\/p>\n<p>\u2014Vamos, que me marche, \u00bfno? \u2014dijo Frances, y se fue al sal\u00f3n.<\/p>\n<p>Entonces Maureen pudo disfrutar de la paz de la cocina: los viejos azulejos blancos y las altas paredes amarillentas, las cacerolas y los platos y los utensilios conocidos, tranquilizadores, como seguramente lo hab\u00edan sido para su antecesora.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo que les contaba Mary Johnstone a las chicas en su charla era siempre m\u00e1s o menos lo mismo, y la mayor\u00eda sab\u00eda qu\u00e9 les esperaba. Incluso pod\u00edan preparar de antemano los gestos que har\u00edan. Les contaba que Jesucristo hab\u00eda hablado con ella cuando estaba en el pulm\u00f3n de acero. No se refer\u00eda a un sue\u00f1o, ni a una visi\u00f3n, ni a un delirio. Aseguraba que \u00c9l fue all\u00ed y ella lo reconoci\u00f3, pero no le pareci\u00f3 extra\u00f1o. Lo reconoci\u00f3 en seguida, a pesar de que iba vestido de m\u00e9dico, con bata blanca. Y pens\u00f3, bueno, es l\u00f3gico, porque si no, no le hubieran dejado entrar aqu\u00ed. Encerrada en el pulm\u00f3n de acero se sent\u00eda muy sensible y un poco tonta, como suele ocurrir en tales situaciones. (Se refer\u00eda a Jesucristo, no a la poliomielitis.) Y Jesucristo le dijo: \u00abMary, tienes que volver a jugar.\u00bb Nada m\u00e1s. Jugaba bien al b\u00e9isbol con pelota blanda, y \u00c9l utiliz\u00f3 el lenguaje que sab\u00eda que ella comprender\u00eda. Despu\u00e9s se march\u00f3. Y ella se aferr\u00f3 a la Vida, tal y como \u00c9l le hab\u00eda ordenado.<\/p>\n<p>Luego contaba m\u00e1s cosas, sobre el car\u00e1cter \u00fanico y especial de cada vida y de cada cuerpo, algo que, naturalmente, desembocaba en lo que ella llamaba \u00ablenguaje llano\u00bb, sobre los chicos y las necesidades (al llegar aqu\u00ed era cuando las chicas hac\u00edan gestos; les daba demasiada verg\u00fcenza mientras hablaba de Jesucristo). Y continuaba con el alcohol y el tabaco, y con que una cosa llevaba a la otra. Pensaban que estaba loca: no se daba cuenta de que casi se hab\u00edan puesto malas de tanto fumar la noche anterior. Apestaban y ella no dec\u00eda nada.<\/p>\n<p>Y s\u00ed que lo estaba, loca. Pero todo el mundo la dejaba hablar sobre Jesucristo y el hospital porque pensaban que ten\u00eda derecho a hacerlo.<\/p>\n<p>Pero, \u00bfy si se ve\u00eda algo? No en el mismo sentido; nada relacionado con Jesucristo, sino <em>algo.<\/em> A Maureen le ha ocurrido. A veces, cuando est\u00e1 a punto de dormirse pero sigue medio despierta, sin so\u00f1ar todav\u00eda, algo se le presenta. O incluso durante el d\u00eda, durante lo que ella considera su vida normal. A lo mejor se sorprende sentada en unas escaleras de piedra comiendo cerezas y observando a un hombre que sube con un paquete. Nunca ha visto ni las escaleras ni al hombre, pero durante un instante parecen formar parte de otra vida suya, una vida igualmente larga, complicada, extra\u00f1a y aburrida. Y no le sorprende. Es tan s\u00f3lo un momento, un error que se corrige r\u00e1pidamente, como si conociera las dos vidas al mismo tiempo. Parec\u00eda tan normal, piensa despu\u00e9s. Las cerezas. El paquete.<\/p>\n<p>Lo que ve en ese momento no pertenece a ninguna de sus vidas. Ve una de aquellas manos de gruesos dedos que se hab\u00eda apoyado en su mantel y hab\u00eda acariciado las plumas, y est\u00e1 apoyada, sin oponer resistencia, doblegada por la voluntad de otra persona: apoyada sobre el fuego de la cocina donde est\u00e1 removiendo las natillas, y se mantiene all\u00ed un par de segundos, lo suficiente como para que la carne se chamusque en el anillo rojo, para que se chamusque pero no para que se queme. El acto se realiza en silencio y de mutuo acuerdo: un acto breve, salvaje y necesario. Eso parece. La mano castigada, oscura como un guante o como la sombra de una mano, los dedos extendidos. Todav\u00eda con la misma ropa. La manga de color crema, el azul apagado.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Maureen oye a su marido en el sal\u00f3n; apaga el fuego, deja la cuchara y va a verlo. Se ha arreglado. Est\u00e1 a punto de salir. Sin necesidad de preguntar, Maureen sabe ad\u00f3nde va. A la comisar\u00eda, a averiguar qu\u00e9 datos tienen, qu\u00e9 han hecho.<\/p>\n<p>\u2014Si quieres, te llevo en el coche \u2014dice ella\u2014. Hace calor.<\/p>\n<p>\u00c9l niega con la cabeza y murmura algo.<\/p>\n<p>\u2014O podemos ir andando.<\/p>\n<p>No. Se trata de un asunto serio y quedar\u00eda mal que lo acompa\u00f1ase su mujer, o que lo llevase.<\/p>\n<p>Ella le abre la puerta y \u00e9l dice: \u00abGracias\u00bb, en el tono seco, contrito, severo, de costumbre. Al pasar a su lado, frunce los labios, da un beso al aire, junto a una mejilla.<\/p>\n<p>Se han marchado. Ya no hay nadie sentado en el poyete.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No encontrar\u00e1n a Heather Bell. Ni su cuerpo, ni ning\u00fan rastro. Se ha esfumado, como las cenizas. Su fotograf\u00eda, colgada en todos los lugares p\u00fablicos, ir\u00e1 decolor\u00e1ndose. Su sonrisa forzada, un poco torcida como para intentar reprimir una risa irrespetuosa, parece indicar algo sobre su desaparici\u00f3n, no una actitud burlona ante el fot\u00f3grafo del colegio. Siempre quedar\u00e1 un leve indicio de su libre decisi\u00f3n en aquel detalle.<\/p>\n<p>El se\u00f1or Siddicup no sirve de ayuda. Siempre est\u00e1 a medio camino entre la rabieta y la confusi\u00f3n mental. No descubrir\u00e1n nada cuando registren su casa, a menos que se cuente la vieja ropa interior de su mujer, y cuando caven en su jard\u00edn, los \u00fanicos huesos que encontrar\u00e1n son los que han enterrado los perros. Mucha gente seguir\u00e1 pensando que ha hecho o que ha presenciado algo. <em>Algo<\/em><em> tuvo<\/em><em> que<\/em><em> ver<\/em><em> con<\/em><em> el<\/em><em> asunto.<\/em> Cuando lo env\u00edan al Manicomio Provincial, rebautizado como Centro de Salud Mental, empiezan a aparecer cartas en el peri\u00f3dico del pueblo que hablan de la custodia preventiva y de no dejar que ocurran ciertas cosas para luego tener que lamentarse.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n publican cartas de Mary Johnstone, en las que explica su conducta, por qu\u00e9 actu\u00f3 as\u00ed, con toda su buena fe, aquel domingo. El director del peri\u00f3dico acabar\u00e1 por comunicarle que Heather Bell ya no es noticia, ni lo \u00fanico por lo que debe distinguirse el pueblo, y que si sus excursiones terminan no se hundir\u00e1 el mundo: no pueden continuar con aquella historia eternamente.<\/p>\n<p>Maureen es todav\u00eda joven, aunque ella no lo cree, y tiene mucha vida por delante. Primero una muerte \u2014eso ocurrir\u00e1 pronto\u2014; despu\u00e9s otra boda, nuevas ciudades y nuevas casas. En cocinas a cientos y miles de kil\u00f3metros de distancia, observar\u00e1 c\u00f3mo se forma una delicada piel sobre una cuchara de madera y su memoria se agitar\u00e1, pero no acabar\u00e1 de desvelarle ese momento en el que parece estar contemplando un secreto a voces, algo que no te sobrecoge hasta que intentas contarlo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de la canadiense Alice Munro (1931), ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":12056,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"El cuento del mes en Las Historias: \"Secretos a voces\" de Alice Munro.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[2936,22,2343,185,2876,2365,2577,2855,2935],"class_list":["post-12054","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-alice-munro","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritoras","tag-escritores-canadienses","tag-escritores-en-ingles","tag-ganadores-del-premio-nobel","tag-literatura","tag-secretos-a-voces"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/12\/AliceMunro-1024x1024.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-38q","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12054","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12054"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12054\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16309,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12054\/revisions\/16309"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12056"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12054"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12054"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12054"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}