{"id":11949,"date":"2015-10-29T22:33:41","date_gmt":"2015-10-30T04:33:41","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=11949"},"modified":"2017-08-22T11:56:49","modified_gmt":"2017-08-22T16:56:49","slug":"el-juego","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-juego\/","title":{"rendered":"El juego"},"content":{"rendered":"<p>Ahora que estuve <a href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/archivo\/los-atacantes-en-espana-y-la-imaginacion-en-mexico\/\">en Espa\u00f1a<\/a>, un gran hallazgo fue el de la obra de la escritora zaragozana <a href=\"http:\/\/paginasdeespuma.com\/autores\/patricia-esteban-erles\/\">Patricia Esteban Erl\u00e9s<\/a> (1972), quien ha publicado hasta el momento tres libros de cuentos y tiene una imaginaci\u00f3n muy especial. \u00abEl juego\u00bb, en el que se mezclan el mundo de la infancia, la brutalidad y la locura, proviene del libro <em>Azul ruso<\/em> (2010) y fue tomado de <a href=\"http:\/\/narrativabreve.com\/2014\/07\/cuento-patricia-esteban-erles-el-juego.html\">esta p\u00e1gina<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"11951\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/el-juego\/patricia-esteban-erles\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg\" data-orig-size=\"670,360\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Patricia Esteban Erl\u00e9s\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg\" alt=\"Patricia Esteban Erl\u00e9s\" width=\"670\" height=\"360\" class=\"aligncenter size-full wp-image-11951\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg 670w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles-300x161.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 670px) 100vw, 670px\" \/><\/a><br \/>\n<strong>EL JUEGO<br \/>\nPatricia Esteban Erl\u00e9s<\/strong><br \/>\nSigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto escucho el rumor de sus voces a trav\u00e9s del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, <em>ploploplop<\/em>, y su voz acerc\u00e1ndose y alej\u00e1ndose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo del zool\u00f3gico. Seguramente camina con las manos a la espalda como cuando est\u00e1 muy enfadado, mientras mam\u00e1 llora sentada en su sill\u00f3n, con las piernas muy juntas y un pa\u00f1uelo blanco hecho una bola entre las manos. <em>Hay que tomar una decisi\u00f3n, Mercedes<\/em>, le dice mi padre, y despu\u00e9s se hace el silencio.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Van a llevarme all\u00ed, no s\u00e9 si Laurita vendr\u00e1 conmigo, pero a m\u00ed seguro que me llevan. <em>T\u00fa tienes la culpa<\/em>, le digo muy enfadada, gir\u00e1ndome desde la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonr\u00ede, sentada sobre la cama y encoge los hombros. Est\u00e1 acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo s\u00f3lo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me cortar\u00e1n el pelo al cero en ese asqueroso colegio para ni\u00f1as malas, me pondr\u00e1n un vestido de arpillera, me encerrar\u00e1n en un cuarto lleno de ratones y cucarachas y s\u00f3lo beber\u00e9 el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a trav\u00e9s de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han cre\u00eddo. Tengo miedo. Ahora lloro bajito, <em>hihihi<\/em>, como nuestro <em>cocker<\/em> Jasper, tumbado a la sombra de su sauce favorito cuando me acerqu\u00e9 a \u00e9l con el trofeo de pap\u00e1 en la mano. El a\u00f1o pasado mi padre se qued\u00f3 tercero en el torneo del club y le dieron aquel rid\u00edculo se\u00f1or de bronce, con gorra y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De verdad que yo no ten\u00eda nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me orden\u00f3 que tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de saltar, quien me susurr\u00f3 que Jasper sufr\u00eda mucho por culpa del reuma y era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del saltador a su cuello. Me negu\u00e9 al principio, como de costumbre, pero Laurita me dijo que entonces jugar\u00edamos <em>a lo de la muerte<\/em>, y eso s\u00ed que no.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Jasper estaba ciego y apenas pod\u00eda mover las patitas de atr\u00e1s porque ya ten\u00eda doce a\u00f1os. Llorique\u00f3 bajito cuando me arrodill\u00e9 junto a \u00e9l para acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey franc\u00e9s, y no dej\u00f3 de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Despu\u00e9s lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al fondo. Al mirarlo all\u00ed abajo, tan quieto, pens\u00e9 que ya no daba tanta pena, porque en realidad no parec\u00eda un perrito, sino m\u00e1s bien la sombra de una ara\u00f1a negra y muy gorda. Al cabo de una hora Laurita y yo est\u00e1bamos tumbadas tan tranquilas sobre mi cama, leyendo a medias un libro de <em>Los Cinco<\/em> que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre en el jard\u00edn.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La verdad es que \u00faltimamente Laurita est\u00e1 muy pesada, pero mi padre no cree una palabra de lo que digo, y mam\u00e1 se echa a llorar cuando acuso a Laurita de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, si no tambi\u00e9n har\u00edan todo lo que ella les pidiera. <em>Detesto ese juego, mamita querida<\/em>, le confes\u00e9 a mi madre la pen\u00faltima vez, <em>Laurita es mala y dice que se morir\u00e1 delante de m\u00ed si no le obedezco<\/em>. Pero mam\u00e1 me mir\u00f3 como si no entendiera, con sus ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su mu\u00f1eco Otellito entre las manos, sin dejar de susurrar una y otra vez, <em>\u00bfPor qu\u00e9 lo has hecho, Victoria, por qu\u00e9?<\/em> Ella no se imagina la pena que me dio estampar contra el suelo el mu\u00f1eco negro de porcelana que hab\u00eda pertenecido a mi abuela de Cuba. Hasta tuve que cerrar los ojos para hacerlo. Sab\u00eda que aquel beb\u00e9 de color chocolate, que ten\u00eda las manitas gordezuelas levantadas como si estuviera muy contento y fuera a empezar a aplaudir de un momento a otro, era el \u00faltimo recuerdo que le quedaba a mi mam\u00e1 de la suya. Era lindo de verdad, Otellito, tan lindo, sonre\u00eda con la boca abierta y ten\u00eda los dientes muy blancos, y hasta un poco de pelusilla negra muy rizada en lo alto de su cabecita. Mi abuela Silvia le hab\u00eda tejido el jersey y el pantal\u00f3n de punto azul celeste que llevaba, tambi\u00e9n los diminutos patucos con botones de n\u00e1car, y mam\u00e1 lavaba a mano aquellas prendas cada semana para evitar que cogieran polvo en lo alto del armario. Luego, mientras la ropa se secaba a la sombra, envuelta en una toalla blanca como si fuera un tesoro, frotaba con un pa\u00f1o h\u00famedo los brazos y las piernas de Otellito, su cara de negrito feliz, y tarareaba una canci\u00f3n de cuna que la abuela Silvia le hab\u00eda ense\u00f1ado cuando viv\u00edan en La Habana. Yo sab\u00eda c\u00f3mo iba a dolerle encontrar a Otellito hecho trizas, que tambi\u00e9n a ella se le iba a partir el coraz\u00f3n en un mont\u00f3n de pedazos peque\u00f1os que nadie iba a poder recomponer, pero Laurita se cruz\u00f3 de brazos y agit\u00f3 la cabeza de un lado para otro mientras yo le suplicaba y le ofrec\u00eda mis canicas de vidrio azul, la ba\u00f1era con patas de lat\u00f3n de mi casa de mu\u00f1ecas, hasta el guardapelo de oro que me regal\u00f3 nuestra madrina. <em>Qu\u00e9 tonta eres<\/em>, me dijo, <em>\u00bfpara qu\u00e9 quiero un guardapelo que tiene dentro un mech\u00f3n m\u00edo, si puede saberse? Rompe el mu\u00f1eco o jugamos<\/em>, dijo, y lo siguiente que recuerdo es que me sub\u00ed a una silla para alcanzar al inocente de Otellito, que estaba all\u00ed, como siempre, sentado en su esquina del armario de nogal de mis padres, tan feliz. Ni siquiera el terrible golpe contra los azulejos consigui\u00f3 quitarle la sonrisa de los labios, tan s\u00f3lo se la parti\u00f3 por la mitad.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Me alejo deprisa de la puerta porque escucho los pasos cansinos de mi madre al pie de la escalera. Corro hacia la cama y empujo bruscamente a Laurita, para que me haga un sitio. <em>Disimula, viene mam\u00e1<\/em>, le digo entre dientes, as\u00ed es que nos sentamos a lo indio y nos ponemos a jugar a piedra, papel o tijera. Mam\u00e1 se detiene junto a la puerta y da dos golpecitos muy suaves. Pregunta en un susurro, <em>\u00bfEst\u00e1s ah\u00ed, Victoria?<\/em>, con una voz tan triste que me tiembla la garganta al contestarle que s\u00ed, que estamos las dos, aqu\u00ed, jugando tranquilamente. Mam\u00e1 ahoga un sollozo al otro lado, lo s\u00e9, y espera un poco con la mano puesta en el tirador antes de entrar. Laurita y yo no decimos nada cuando la vemos aparecer, tan s\u00f3lo sonre\u00edmos de oreja a oreja para que se calme y vea que todo est\u00e1 bien ahora. Pero mam\u00e1 no sonr\u00ede. Parece un fantasma triste, le est\u00e1n saliendo canas plateadas por toda la cabeza y ese horrible vestido negro dos tallas m\u00e1s grande le queda fatal. Se sienta en la cama de Laurita y arregla el coj\u00edn en forma de coraz\u00f3n. Despu\u00e9s me mira.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Victoria. \u00bfPor qu\u00e9?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya estamos. S\u00f3lo me habla a m\u00ed, como siempre, y la sonrisa se borra de mi rostro. Me enfado, me enfado mucho. Quiero que me crea y empiezo a contarle otra vez, desde el principio <em>lo de la muertita<\/em>, para que vea que no miento. Me estoy poniendo roja de rabia. Cierro los ojos. Le digo que Laurita se empe\u00f1\u00f3 en jugar a eso por primera vez un domingo por la ma\u00f1ana, a la vuelta de misa, y que luego insist\u00eda siempre en volver a hacerlo. Le cuento c\u00f3mo sub\u00edamos corriendo escaleras arriba, mientras pap\u00e1 se quedaba leyendo el diario en la sala de estar y ella marchaba a la cocina a supervisar la tarea de Matilde, nuestra cocinera. Yo caminaba unos pasos por detr\u00e1s de Laura y la ve\u00eda trotar hasta el dormitorio de ellos, que era su lugar favorito para morirse. Entonces se tumbaba en la cama de matrimonio y levantaba el brazo para indicarme con un gesto imperioso que entornase la puerta de la alcoba. As\u00ed lo hac\u00eda yo, que nunca supe llevarle la contraria, a pesar de que aquel juego me aterraba.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi madre me pide por favor que me calle, pero no le hago caso. En lugar de eso le digo que no soportaba mirar a Laurita cuando se quedaba tan quieta, pero no pod\u00eda hacer otra cosa. Me quedaba junto a la cama, viendo flotar sus rizos negros contra el almohad\u00f3n de raso, como la cabellera fosilizada de aquella actriz famosa que se tir\u00f3 al r\u00edo y sali\u00f3 en todos los peri\u00f3dicos. Cuando mi hermana cerraba sus ojos era como si se apagaran de pronto todas las estrellitas blancas que le brillaban dentro. Laurita parec\u00eda m\u00e1s que nunca una mu\u00f1eca, y me daba miedo mirar sus fosas nasales de adorno, sus largas pesta\u00f1as disecadas en torno a los p\u00e1rpados, las manitas cruzadas sobre el pecho igual que las de la abuela Silvia cuando aquel hombre flaco de la funeraria nos dijo que pod\u00edamos pasar a verla, porque <em>ya estaba arreglada<\/em>. El vestido de seda azul que mam\u00e1 nos pon\u00eda a las dos los domingos dejaba de ser id\u00e9ntico al m\u00edo y se convert\u00eda en la tulipa inm\u00f3vil de una lamparita. Las piernas de Laura parec\u00edan dos palillos enfundadas en sus medias blancas, y terminaban en un par de merceditas de charol negro, muy relucientes y con sus suelas nuevas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Yo estaba viva y mi hermana Laurita se hab\u00eda muerto. Parada junto a la cama la realidad y el juego se mezclaban hasta convertirse en una sola cosa, yo estaba viva y mi hermana gemela se hab\u00eda muerto. Me sent\u00eda culpable de seguir de pie y de temblar como una hoja, con los ojos llenos de l\u00e1grimas que apenas pod\u00eda contener, mientras mi hermana se quedaba quieta para siempre y con los zapatos puestos. Eso era lo peor, sus zapatos nuevos que nunca llegar\u00edan a gastarse. Entonces corr\u00eda hacia el armario, abr\u00eda la puerta y me escond\u00eda dentro. Me quedaba all\u00ed encogida mucho rato, hasta que Laurita empezaba a re\u00edrse y a saltar sobre el colch\u00f3n, grit\u00e1ndome que era una sonsa y una cobardica, y yo me picaba y sal\u00eda hecha una furia cuando no pod\u00eda m\u00e1s, con las mejillas roj\u00edsimas por la falta de aire.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya no estoy enfadada, ahora me r\u00edo acord\u00e1ndome de mi cara roja como un tomate, de las ruidosas carcajadas de Laurita se\u00f1al\u00e1ndome, muerta de la risa y dando patadas en la cama de mis padres. Cuando termino de contarle todo esto a mi madre me doy cuenta de que ni siquiera espero ya que me crea. Mam\u00e1 saca del pu\u00f1o de jersey su pa\u00f1uelo arrugado y se seca el rastro que las l\u00e1grimas han dejado en sus mejillas. Laurita me mira con ojos llenos de rencor. Yo miro a mam\u00e1, expectante y entonces ella dice, y s\u00e9 que me lo dice a m\u00ed:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2014Cari\u00f1o, tu hermana est\u00e1 muerta. \u00bfEntiendes eso?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero no le contesto ni que s\u00ed ni que no. Miro a Laurita, que ahora saca la lengua y se lleva el dedo a la altura de la sien, d\u00e1ndole vueltas. Me entra la risa. S\u00ed, claro, muerta, qu\u00e9 sabr\u00e1 ella.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento de la narradora espa\u00f1ola Patricia Esteban Erl\u00e9s (1972).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":11951,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"\"El juego\" de Patricia Esteban Erl\u00e9s es el #cuento del mes en Las Historias.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,2912,185,193,2855,3186],"class_list":["post-11949","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-el-juego","tag-escritoras","tag-escritores-espanoles","tag-literatura","tag-patricia-esteban-erles"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/10\/patricia-esteban-erles.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-36J","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11949","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11949"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11949\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11954,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11949\/revisions\/11954"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11951"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11949"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11949"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11949"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}