{"id":11522,"date":"2015-01-27T13:42:17","date_gmt":"2015-01-27T19:42:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=11522"},"modified":"2016-10-26T10:19:25","modified_gmt":"2016-10-26T15:19:25","slug":"la-tercera-orilla-del-rio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-tercera-orilla-del-rio\/","title":{"rendered":"La tercera orilla del r\u00edo"},"content":{"rendered":"<p>Este mes, un cuento de <a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Jo%C3%A3o_Guimar%C3%A3es_Rosa\">Jo\u00e3o Guimar\u00e3es Rosa<\/a> (1908-1967), narrador brasile\u00f1o: una historia <a href=\"https:\/\/medium.com\/espanol\/10-cuentos-que-me-dan-envidia-c86b905f5fad\">magistral<\/a>, desconcertante, en la que la relaci\u00f3n de un hijo con su padre es la puerta de entrada a (por lo menos) un misterio. Aqu\u00ed reproduzco la <a href=\"http:\/\/www.ciudadseva.com\/textos\/cuentos\/por\/guimaraes\/la_tercera_orilla_del_rio.htm\">traducci\u00f3n<\/a> de Paz D\u00edez Taboada del cuento, aparecido en la colecci\u00f3n <em>Primeras historias<\/em> (<em>Primeiras Est\u00f3rias<\/em>, 1962).<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"11523\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/la-tercera-orilla-del-rio\/joao-guimaraes-rosa-retrato\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg\" data-orig-size=\"550,541\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg\" alt=\"Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato\" width=\"550\" height=\"541\" class=\"alignnone size-full wp-image-11523\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg 550w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato-300x295.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 550px) 100vw, 550px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>LA TERCERA ORILLA DEL R\u00cdO<br \/>\nJo\u00e3o Guimar\u00e3es Rosa<\/strong><\/p>\n<p>Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y as\u00ed hab\u00eda sido desde muy joven y a\u00fan de ni\u00f1o, seg\u00fan me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les ped\u00ed informaci\u00f3n. De lo que yo mismo me acuerdo, \u00e9l no parec\u00eda m\u00e1s raro ni m\u00e1s triste que otros conocidos nuestros. S\u00f3lo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedi\u00f3 que, cierto d\u00eda, nuestro padre mand\u00f3 hacerse una canoa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Iba en serio. Encarg\u00f3 una canoa especial, de madera de vi\u00f1\u00e1tigo, peque\u00f1a, s\u00f3lo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta a\u00f1os. Nuestra madre maldijo la idea. \u00bfSer\u00eda posible que \u00e9l, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacer\u00edas? Nuestro padre no dec\u00eda nada. Nuestra casa, por entonces, a\u00fan estaba m\u00e1s cerca del r\u00edo, ni a un cuarto de legua: el r\u00edo por all\u00ed se extend\u00eda grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no pod\u00eda divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del d\u00eda en que la canoa estuvo lista.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin pena ni alegr\u00eda, nuestro padre se cal\u00f3 el sombrero y nos dirigi\u00f3 un adi\u00f3s a todos. No dijo otras palabras, no tom\u00f3 fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendaci\u00f3n. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneci\u00f3 blanca de tan p\u00e1lida, se mordi\u00f3 los labios y grit\u00f3: \u201cSe vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca\u201d. Nuestro padre no respondi\u00f3. Me mir\u00f3 tranquilo, invit\u00e1ndome a seguirle unos pasos. Tem\u00ed la ira de nuestra madre, pero obedec\u00ed en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunt\u00e9: \u201cPadre, \u00bfme lleva con usted en su canoa?\u201d. \u00c9l s\u00f3lo se volvi\u00f3 a mirarme, y me dio su bendici\u00f3n, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero a\u00fan volv\u00ed, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entr\u00f3 en la canoa y desamarr\u00f3, para remar. Y la canoa comenz\u00f3 a irse -su sombra igual como un yacar\u00e9, completamente alargada.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nuestro padre no volvi\u00f3. No se hab\u00eda ido a ninguna parte. S\u00f3lo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del r\u00edo, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca m\u00e1s. Lo extra\u00f1o de esa verdad nos espant\u00f3 del todo a todos. Lo que no exist\u00eda ocurr\u00eda. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nuestra madre, avergonzada, se comport\u00f3 con mucha cordura; por eso, todos hab\u00edan pensado de nuestro padre lo que no quer\u00edan decir: locura. S\u00f3lo algunos cre\u00edan, no obstante, que podr\u00eda ser tambi\u00e9n el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, qui\u00e9n sabe, por verg\u00fcenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo m\u00e1s apartado de la otra orilla- dec\u00edan que nuestro padre nunca se dispon\u00eda a tomar tierra, ni aqu\u00ed ni all\u00e1, ni de d\u00eda ni de noche, de modo que navegaba por el r\u00edo, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes hab\u00edan establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabar\u00eda; y \u00e9l, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba m\u00e1s probable, o se arrepent\u00eda, por fin, y volv\u00eda a casa.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se enga\u00f1aban. Yo mismo trataba de llevarle, cada d\u00eda, un poco de comida robada: la idea la tuve, despu\u00e9s de la primera noche, cuando nuestra gente encendi\u00f3 hogueras en la ribera del r\u00edo, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Despu\u00e9s, al d\u00eda siguiente, aparec\u00ed, con dulce de ca\u00f1a, pan de ma\u00edz, penca de bananas. Espi\u00e9 a nuestro padre, durante una hora, dif\u00edcil de soportar: solo as\u00ed, \u00e9l a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del r\u00edo. Me vio, no rem\u00f3 para ac\u00e1, no hizo ninguna se\u00f1al. Le mostr\u00e9 la comida, la dej\u00e9 en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alima\u00f1a y al resguardo de lluvia y roc\u00edo. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve m\u00e1s tarde: que nuestra madre sab\u00eda de ese mi af\u00e1n, s\u00f3lo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mand\u00f3 venir a nuestro t\u00edo, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mand\u00f3 venir al maestro, para nosotros, los ni\u00f1os. Le pidi\u00f3 al cura que un d\u00eda se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasi\u00f3n, por decisi\u00f3n de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvi\u00f3 de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que hab\u00edan tra\u00eddo la lancha y trataban de sacarle una foto, no hab\u00edan podido: nuestro padre desaparec\u00eda hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y s\u00f3lo \u00e9l lo conoc\u00eda, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en s\u00ed, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por m\u00ed que, cuando quer\u00eda y cuando no, s\u00f3lo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo dif\u00edcil era, que no se entend\u00eda de ninguna manera, c\u00f3mo \u00e9l aguantaba. De d\u00eda y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fr\u00edos del invierno, sin abrigo, s\u00f3lo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y a\u00f1os -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y baj\u00edos del r\u00edo; no pis\u00f3 nunca m\u00e1s ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, \u00e9l amarrara la canoa en alg\u00fan islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni dispon\u00eda de su luz ya encendida, ni nunca m\u00e1s rasc\u00f3 una cerilla. Lo que com\u00eda era un apenas; incluso de lo que dej\u00e1bamos entre las ra\u00edces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, \u00e9l recog\u00eda poco, nunca lo bastante. \u00bfNo enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el r\u00edo, ah\u00ed, cuando al impulso de la enorme corriente del r\u00edo, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de \u00e1rbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca m\u00e1s habl\u00f3 ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros habl\u00e1bamos de \u00e9l. S\u00f3lo se pensaba en \u00e9l. No, de nuestro padre no pod\u00edamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hac\u00edamos como que olvid\u00e1bamos, era s\u00f3lo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi hermana se cas\u00f3; nuestra madre no quiso fiesta. Pens\u00e1bamos en \u00e9l cuando com\u00edamos una comida m\u00e1s sabrosa; as\u00ed como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fr\u00eda, fuerte, nuestro padre con s\u00f3lo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, alg\u00fan conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sab\u00eda que \u00e9l ahora se hab\u00eda vuelto gre\u00f1udo, barbudo, con las u\u00f1as crecidas, d\u00e9bil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alima\u00f1a, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dej\u00e1bamos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ni quer\u00eda saber de nosotros, \u00bfno nos ten\u00eda cari\u00f1o? Pero, por el cari\u00f1o mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo dec\u00eda: \u201cFue mi padre el que un d\u00eda me ense\u00f1\u00f3 a hacerlo as\u00ed\u2026\u201d; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si \u00e9l no se acordaba m\u00e1s, ni quer\u00eda saber de nosotros, \u00bfpor qu\u00e9, entonces, no sub\u00eda o descend\u00eda por el r\u00edo, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? S\u00f3lo \u00e9l sabr\u00eda. Pero mi hermana tuvo un ni\u00f1o, ella se empe\u00f1\u00f3 en que quer\u00eda mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un d\u00eda bonito, mi hermana con un vestido blanco, que hab\u00eda sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sosten\u00eda, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareci\u00f3. Mi hermana llor\u00f3, todos nosotros lloramos all\u00ed, abrazados.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi hermana se mud\u00f3, con su marido, lejos de aqu\u00ed. Mi hermano se decidi\u00f3 y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el r\u00e1pido devenir de los tiempos. Nuestra madre acab\u00f3 y\u00e9ndose tambi\u00e9n, para siempre, a vivir con mi hermana; ya hab\u00eda envejecido. Yo me qued\u00e9 aqu\u00ed, el \u00fanico. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanec\u00ed, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de m\u00ed, lo s\u00e9 -en la navegaci\u00f3n, en el r\u00edo, en el yermo-, sin dar raz\u00f3n de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagu\u00e9 en firme, me dijeron que hab\u00edan dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, hab\u00eda revelado la explicaci\u00f3n al hombre que le hab\u00eda preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya hab\u00eda muerto; nadie sabr\u00eda, aunque hiciera memoria, nada m\u00e1s. S\u00f3lo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del r\u00edo, con lluvias que no escampaban, todos hab\u00edan temido el fin del mundo, dec\u00edan que nuestro padre hab\u00eda sido elegido, como No\u00e9, que, por tanto, la canoa \u00e9l la hab\u00eda anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no pod\u00eda maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Soy hombre de tristes palabras. \u00bfDe qu\u00e9 era de lo que yo ten\u00eda tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el r\u00edo-r\u00edo-r\u00edo, el r\u00edo &#8211; perpetuo pesar. Yo sufr\u00eda ya el comienzo de la vejez -esta vida era s\u00f3lo su demora. Ya ten\u00eda achaques, ansias, por aqu\u00ed dentro, cansancios, molestias del reumatismo. \u00bfY \u00e9l? \u00bfPor qu\u00e9? Deb\u00eda padecer demasiado. De tan viejo, no habr\u00eda, d\u00eda m\u00e1s d\u00eda menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del r\u00edo, para despe\u00f1arse horas despu\u00e9s, con estruendo en la ca\u00edda de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el coraz\u00f3n. \u00c9l estaba all\u00e1, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni s\u00e9, de un abierto dolor, dentro de m\u00ed. Lo sabr\u00eda -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sin mirar atr\u00e1s. \u00bfEstoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se dec\u00eda, nunca m\u00e1s se dijo, en todos aquellos a\u00f1os, no se condenaba a nadie por loco. Nadie est\u00e1 loco. O, entonces, todos. Lo \u00fanico que hice fue ir all\u00e1. Con un pa\u00f1uelo, para hacerle se\u00f1as. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esper\u00e9. Por fin, apareci\u00f3, ah\u00ed y all\u00e1, el rostro. Estaba all\u00ed, sentado en la popa. Estaba all\u00ed, a un grito. Le llam\u00e9, unas cuantas veces. Y habl\u00e9, lo que me urg\u00eda, lo que hab\u00eda jurado y declarado, tuve que levantar la voz: \u201cPadre, usted es viejo, ya cumpli\u00f3 lo suyo\u2026 Ahora, vuelva, no ha de hacer m\u00e1s\u2026 Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa&#8230;\u201d. Y, al decir esto, mi coraz\u00f3n lati\u00f3 al comp\u00e1s de lo m\u00e1s cierto.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u00c9l me oy\u00f3. Se puso en pie. Movi\u00f3 el remo en el agua, puso proa para ac\u00e1, asintiendo. Y yo tembl\u00e9, con fuerza, de repente: porque, antes, \u00e9l hab\u00eda levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -\u00a1el primero, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os transcurridos! Y yo no pod\u00eda\u2026 De miedo, erizados los cabellos, corr\u00ed, hu\u00ed, me alej\u00e9 de all\u00ed, de un modo desatinado. Porque me pareci\u00f3 que \u00e9l ven\u00eda del M\u00e1s All\u00e1. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perd\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Sufr\u00ed el hondo fr\u00edo del miedo, enferm\u00e9. S\u00e9 que nadie supo m\u00e1s de \u00e9l. \u00bfSoy un hombre, despu\u00e9s de esa traici\u00f3n? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. S\u00e9 que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen tambi\u00e9n en una cano\u00edta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, r\u00edo abajo, r\u00edo afuera, r\u00edo adentro \u2014el r\u00edo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento magistral, misterioso, de Jo\u00e3o Guimar\u00e3es Rosa (1908-1967).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":11523,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"\"La tercera orilla del r\u00edo\", un #cuento magistral de Jo\u00e3o Guimar\u00e3es Rosa.","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2343,188,192,2812,2813,2855],"class_list":["post-11522","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-el-cuento-del-mes","tag-escritores-brasilenos","tag-escritores-en-lengua-portuguesa","tag-joao-guimaraes-rosa","tag-la-tercera-orilla-del-rio","tag-literatura"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2015\/01\/Jo\u00e3o-Guimar\u00e3es-Rosa-retrato.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2ZQ","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11522","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11522"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11522\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11525,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11522\/revisions\/11525"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11523"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11522"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11522"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11522"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}