{"id":109,"date":"2006-08-20T00:42:53","date_gmt":"2006-08-20T04:42:53","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/blog\/?p=129"},"modified":"2025-09-07T19:55:01","modified_gmt":"2025-09-08T01:55:01","slug":"acefalo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/acefalo\/","title":{"rendered":"Ac\u00e9falo"},"content":{"rendered":"<p>Este cuento es de <a href=\"https:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Leopoldo_Mar%C3%ADa_Panero\">Leopoldo Mar\u00eda Panero<\/a> (1948-2014), gran poeta espa\u00f1ol, conocido por su obra po\u00e9tica y por su largo internamiento en sanatorios mentales pero tambi\u00e9n por su obra narrativa. En sus \u00faltimos a\u00f1os se volvi\u00f3 autor de culto, homenajeado por celebridades y hasta con un curioso grupo de fieles. \u00abAc\u00e9falo\u00bb, que se basa en uno de los episodios m\u00e1s aterradores de la <em>Divina comedia<\/em>, proviene de <em>En lugar del hijo<\/em> (1973).<\/p>\n<p><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"13230\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/acefalo\/leopoldo-maria-panero\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg\" data-orig-size=\"997,661\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Leopoldo Mar\u00eda Panero\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg\" alt=\"\" width=\"997\" height=\"661\" class=\"aligncenter size-full wp-image-13230\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg 997w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero-300x199.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 997px) 100vw, 997px\" \/><\/a><\/p>\n<p><strong>AC\u00c9FALO (proyecto de cuento)<br \/>\nLeopoldo Mar\u00eda Panero<\/strong><\/p>\n<blockquote><p>Ed io sentii chiavar l&#8217;uscio di sotto<br \/>\nall&#8217;orribile torre: ond&#8217;io guardai<br \/>\nnel viso al mio figliuol senza far matto.<\/p>\n<p><em>Inferno<\/em>, XXXIII, 46-48<\/p><\/blockquote>\n<p><strong>I <\/strong><br \/>\nDescripci\u00f3n de la Torre de Gualandi, en el centro de Le Sette Vie, que sirvi\u00f3 de prisi\u00f3n al Conte Ugolino y a sus dos hijos y a sus dos sobrinos en el a\u00f1o de 1289, y una de cuyas puertas fue sellada tras de ellos: descripci\u00f3n que ha de ser fr\u00eda, objetiva, geom\u00e9trica, en modo alguno po\u00e9tica: como, si quien la mirara, no fuera el autor, ni ning\u00fan otro hombre, sino el objetivo insensible de una c\u00e1mara cinematogr\u00e1fica.<\/p>\n<p><strong>II. Presentimientos de Ugolino <\/strong><br \/>\n1. Una noche, tras de una batalla perdida (la batalla de Meloria, en la desastrosa guerra con G\u00e9nova, en 1284: fue el regreso de los prisioneros hechos en esa batalla a Pisa uno de los factores que m\u00e1s influyeron en la ca\u00edda del conte, cuando \u00e9ste ya se hab\u00eda convertido en d\u00e9spota de Pisa: en esta ocasi\u00f3n, sin embargo, se supone que no era a\u00fan sino capit\u00e1n general de los ej\u00e9rcitos de Pisa), Ugolino sue\u00f1a que est\u00e1 en su palacio, en un banquete: pasan ante sus ojos numerosas im\u00e1genes de copas de cristal rellenas de Chianti, de vino franc\u00e9s de M\u00e9doc; ve verterse en las copas l\u00edquidos rojos, o ros\u00e1ceos, y algunos casi negros: ve el vino derramado por toda la mesa y se siente inmensamente borracho: y de repente le asalta la sospecha, venida no se sabe de d\u00f3nde, de que lo que mancha los ricos manteles no es vino, sino sangre.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;2. Siendo a\u00fan capit\u00e1n general de los ej\u00e9rcitos de Pisa, y despu\u00e9s de derrotar, con la ayuda de su aliado el arzobispo Ruggiero degli Ubaldini, a los Visconti, sus rivales para el gobierno de la ciudad (que le hab\u00edan encarcelado y desterrado antes de 1276), entra triunfalmente en Pisa y desfila junto a degli Ubaldini por sus calles. No se hace menci\u00f3n de sus sentimientos, basta con saber que experimenta un profundo cansancio, que apenas alivia el orgullo: el desfile se le antoja interminable. Entonces, de repente, cree por un segundo ver entre la multitud a un hambre sin cabeza, que le aplaude fren\u00e9ticamente: se vuelve al instante hacia Ruggiero en demanda de ayuda, y puede ver c\u00f3mo \u00e9ste le sonr\u00ede.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;3. Discusi\u00f3n entre il conte y degli Ubaldini, mucho m\u00e1s tarde, cuando Ugolino es ya tirano de Pisa en la biblioteca del palacio del Arzobispo (por orden del cual habr\u00eda de ser encerrado luego en la torre de Gualandi).<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De la calle llegan chillidos de animales, cerdos tal vez, atenuados por los gruesos cristales coloreados, y la voz de una mujer que canta una canci\u00f3n incomprensible. Mientras Ugolino le habla con tono cada vez m\u00e1s excitado, el arzobispo se dedica a hojear calmosamente un libro, en el que se describe, con singular crudeza, la castraci\u00f3n de un santo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;De repente, Ugolino, borracho de c\u00f3lera, borracho como en su sue\u00f1o, da un manotazo a la pila de libros que hay sobre la mesa del arzobispo Ruggiero, a guisa de despedida. Pero, sin embargo, algo retiene su mirada y le impide marcharse: una ilustraci\u00f3n visible en uno de los libros que se ha abierto al caer al suelo. Era, en verdad, un dibujo muy extra\u00f1o: ten\u00eda el aspecto de un hombre y, sin embargo, no lo era. Hab\u00eda, en efecto, en \u00e9l una incongruencia que le manten\u00eda all\u00ed inm\u00f3vil y que, sin embargo, no alcanzaba a precisar. No haciendo caso alguno del arzobispo ligeramente at\u00f3nito y divertido ante aquella interrupci\u00f3n del teatro de la c\u00f3lera, il conte se agach\u00f3 y tom\u00f3 en sus manos el libro que conten\u00eda aquel dibujo, pudo comprobar entonces que la ilustraci\u00f3n representaba a un hombre desnudo, pero cubierto de extra\u00f1os signos: sus intestinos, que eran visibles, compon\u00edan la forma de una serpiente, y una calavera ocupaba el lugar del est\u00f3mago; uno de sus brazos sosten\u00eda un coraz\u00f3n en llamas, mientras que el otro bland\u00eda, el fr\u00edo de una espada. Pero no estaban, sin embargo, aquellos signos en el origen de su extra\u00f1eza, pese a ser, como ya se ha dicho, sobremanera extra\u00f1os; lo que le dejaba perplejo era la sensaci\u00f3n de una falta, de una falta monstruosa en aquella figura. Y entonces lo descubri\u00f3; y, al hacerlo, sinti\u00f3 como si le hubieran robado el alma, y se encontrara, al caer la tarde, solo en una llanura y sin otra riqueza que un inm\u00f3vil asombro de que algo o alguien le hubiera robado su esp\u00edritu: y pens\u00f3 por un segundo que no era extra\u00f1o que s\u00f3lo fuera capaz de sentir ese miserable asombro, si no ten\u00eda alma. Y es que aquello, aquello que faltaba a la figura, era precisamente el asiento del alma: la figura carec\u00eda de cabeza: \u00e9sa era su divinidad, o, lo que es lo mismo, su monstruosidad; y se sorprendi\u00f3 de que hubiera tardado tanto en averiguarlo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y, a continuaci\u00f3n, su mirada se detuvo en una leyenda, en lat\u00edn y parte en griego, que hab\u00eda debajo de aquella figura, atribuyendo, al parecer, un nombre a lo que hab\u00eda perdido el derecho de llamarse de alg\u00fan modo. La inscripci\u00f3n dec\u00eda:<\/p>\n<p>DEUS AK\u00c9FALOS, QUI IMPERAT OBSCURAM REGIONEM VENTRIS<\/p>\n<p>Y se vio de nuevo en aquel campo solitario, al crep\u00fasculo, ca\u00eddo y maltrecho, y profundamente perplejo por carecer de alma.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;4. Ugolino sue\u00f1a que se despierta, en su habitaci\u00f3n, y que las paredes de \u00e9sta se van poco a poco desnudando y llenando de una humedad oscura hasta acabar ofreciendo el aspecto de los muros de un calabozo. No se sabe si de dentro o de afuera \u2014de ese improbable afuera llegan chillidos de animales, cerdos tal vez. Es en ese momento cuando nota en su boca un sabor dulce y viscoso, y le asalta el recuerdo impreciso, pero tenaz hasta la asfixia, de haber ingerido una sustancia pegajosa, esponjosa parecida tambi\u00e9n a la goma; de s\u00fabito se ve levantarse lentamente e ir hacia la \u00fanica ventana y mirar a trav\u00e9s de ella: y experimenta entonces la confusa sensaci\u00f3n de que es inmortal.<\/p>\n<p>III<br \/>\nUgolino despierta, esta vez realmente, y se halla en una celda, en una celda real, y recuerda todo, porque el perd\u00f3n del sue\u00f1o no dura indefinidamente: all\u00ed est\u00e1n sus dos hijos y sus peque\u00f1os sobrinos que chillan como animales, por causa del hambre. No es posible describir el hambre, la reducci\u00f3n del cuerpo al estado de boca, de una boca \u00e1vida y dolorosa. Una boca que se ha desnudado de la palabra, de la palabra ins\u00edpida.<br \/>\nY, como no es posible describir el hambre, se procede a describir minuciosamente la boca de Ugolino, en un rinc\u00f3n oscuro de la celda, y se nos relata de la forma m\u00e1s minuciosa sus n\u00e1useas, bostezos, etc. Igualmente de sus mand\u00edbulas, de su garganta, etc.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En cuanto a la psicolog\u00eda del hambre, se desprecia, haciendo s\u00f3lo a lo m\u00e1s menci\u00f3n de que su deseo, entonces, es algo distinto de su voluntad, de que es como si habitara su cuerpo un alma que ya no es la suya.<\/p>\n<p>IV<br \/>\nMientras los peque\u00f1os chillan como cerdos, su mirada encuentra avergonzada \u2014avergonzada, simplemente, de mirar, de delatar la presencia de un ser humano en aquel lugar en que ya no es posible lo humano, la de Gaddo, su hijo de menos edad, que tiembla frente a \u00e9l\u2014, y le oye, con esa mezcla de exactitud y precisi\u00f3n que es propia de la agon\u00eda, decir:<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Padre, \u00bfpor qu\u00e9 no me ayudas?<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y luego de decir esto, Gaddo se recuesta en un rinc\u00f3n oscuro de la celda, y se os relata de la forma m\u00e1s crudamente informativa y menos po\u00e9tica posible, simplemente que ha muerto. Y, cuando Ugolino lo sabe, sabe tambi\u00e9n que le espera, horrible, el gozo.<\/p>\n<p>V<br \/>\nSin la concesi\u00f3n a la humanidad que supondr\u00eda explicar el proceso psicol\u00f3gico que lleva a il conte a devorar a su hijo muerto, explicaci\u00f3n que ser\u00eda in\u00fatil, a m\u00e1s de falsa, dado que la decisi\u00f3n de hacerlo ha de cortar inevitablemente toda continuidad psicol\u00f3gica, vemos a Ugolino en el acto de hacerlo, devorando a Gaddo sin apenas darse cuenta de ello. No hay voluntad en el hambre, ser\u00eda tambi\u00e9n por ello mentiroso ver el gesto de devorar a Gaddo desde la \u00f3ptica de una voluntad cualquiera. El hambre no es humana, no se equivoca quien habla accidentalmente de un hambre \u201csobrehumana\u201d: hambre es, como dec\u00eda Hesiodo, una divinidad hija de la noche.<\/p>\n<p>VI<br \/>\nUgolino, que ha actuado hasta entonces \u201cfuera de s\u00ed\u201d, es decir m\u00e1s all\u00e1 del alcance de toda psicolog\u00eda, despierta de su trance dudando entre la saciedad y el v\u00f3mito: pero hay algo peor, algo entre sus manos que escapa incluso al argumento del hambre, que rehuye toda l\u00f3gica incluso la menos humana y la m\u00e1s desesperada: porque, en efecto, tiene entre sus manos ba\u00f1adas, obviamente en sangre, la cabeza de su hijo menor y, al volverse, contempla a su otro hijo que le mira, no hace falta decirlo, con interrogaci\u00f3n y horror: m\u00e1s a\u00fan cuando ve que su padre le sonr\u00ede, inexplicablemente, como sonr\u00ede agresivamente el loco cuando se han cortado todos los puentes que nos podr\u00edan unir a \u00e9l. Y, sin embargo, cuando Ugolino procede a raspar cuidadosamente el cr\u00e1neo y cuando luego lo abre y le extrae el cerebro, sabe que aquello no carece de l\u00f3gica, s\u00f3lo por obedecer a la l\u00f3gica de un sue\u00f1o; y, si contin\u00faa sonriendo, es porque hay tambi\u00e9n placer en la pesadilla, y el placer m\u00e1s extremo, del que el hombre s\u00f3lo est\u00e1 protegido por el Terror.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Descripci\u00f3n de aquella bola pegajosa. Descripci\u00f3n breve de la sensaci\u00f3n que produce en su boca aquella sustancia el\u00e1stica.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Al acabar de devorarla siente la necesidad del v\u00f3mito, pero no puede\u2014o quiz\u00e1s no quiere\u2014vomitar. Sin embargo, est\u00e1 por hacerlo cuando siente una ligera ebriedad que va creciendo m\u00e1s y m\u00e1s hasta transformarse en una salvaje borrachera.<\/p>\n<ul>\n<li>\n<ul>\n<li>*<\/li>\n<\/ul>\n<\/li>\n<\/ul>\n<p>Al cabo de infinitos a\u00f1os, algunos ni\u00f1os juegan en un campo solitario, al atardecer, aprovechando que \u00e9se es el primer d\u00eda en que no llueve: ha llovido, en efecto, sin cesar durante muchos d\u00edas, y la lluvia interminable ha removido la tierra, abriendo el camino a sus secretos repugnantes. Juegan con el lodo que no ha tenido tiempo de secarse y, cuando est\u00e1n sumergidos en esa labor, sus manos tropiezan con un objeto s\u00f3lido que emerge apenas de entre el barro y que resulta ser una tosca caja de madera, cerrada con fuertes y mohosos candados. Pero lo que les hace salir corriendo en busca de la ayuda de sensibilidades m\u00e1s cicatrizadas es la sensaci\u00f3n, que luego, a la vista del contenido real de la caja, se demuestra absurda, de que dentro algo respira. Y, sin embargo, sus mayores habr\u00e1n de comprobar que no hay en apariencia nada extra\u00f1o, al menos insoportablemente extra\u00f1o, en dicho contenido: s\u00f3lo el cad\u00e1ver incorrupto de un hombre, que suponen enterrado hace s\u00f3lo escaso tiempo, pese a que la caja presenta las se\u00f1ales del paso de muchos a\u00f1os, de demasiados a\u00f1os. Nada pues, de una extra\u00f1eza excesivamente intolerable: excepto aquellos cerrojos, aquellos cerrojos que hacen suponer que ese hombre fue enterrado vivo, y que alguien se asegur\u00f3 muy bien de que no pudiera escapar de aquella muerte horrenda que, sin embargo, no ha logrado cerrar sus ojos, ni, tal vez&#8230; su boca.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento del poeta espa\u00f1ol Leopoldo Mar\u00eda Panero (1948-2014).<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13230,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":false,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[4],"tags":[3058,22,153,2343,3059,193,355,2855,368],"class_list":["post-109","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-acefalo","tag-cuento","tag-el-baul","tag-el-cuento-del-mes","tag-el-lugar-del-hijo","tag-escritores-espanoles","tag-leopoldo-maria-panero","tag-literatura","tag-locura"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2006\/08\/Leopoldo-Maria-Panero.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/sjEhq-acefalo","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/109","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=109"}],"version-history":[{"count":9,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/109\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16636,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/109\/revisions\/16636"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13230"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=109"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=109"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=109"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}