{"id":10323,"date":"2013-07-18T13:46:42","date_gmt":"2013-07-18T18:46:42","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?p=10323"},"modified":"2025-08-25T23:35:07","modified_gmt":"2025-08-26T05:35:07","slug":"escenas-de-la-doble-vida-de-un-monstruo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/escenas-de-la-doble-vida-de-un-monstruo\/","title":{"rendered":"Escenas de la doble vida de un monstruo"},"content":{"rendered":"<p>Alguna vez ten\u00eda que aparecer en este sitio un cuento del gran <a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Vladimir_Nabokov\">Vladimir Nabokov<\/a> (1899-1977), el autor de <em>Lolita<\/em> pero tambi\u00e9n de <em>P\u00e1lido fuego<\/em>, de <em>Pnin<\/em>, de <em>Ada o el ardor<\/em> y de grandes narraciones breves. La que sigue est\u00e1 tomada de sus <em>Cuentos completos<\/em>, que a estas alturas circulan por muchos sitios de la red; tal vez valga el \u00e9nfasis especial que merece la historia de los dos hermanos y su predicamento. La traducci\u00f3n de Mar\u00eda Lozano modifica ligeramente el t\u00edtulo original: \u00abScenes from the Life of a Double Monster\u00bb <a href=\"http:\/\/www.unz.org\/Pub\/Reporter-1958mar20-00034\">apareci\u00f3 inicialmente<\/a> en <em>The Reporter<\/em>, el 20 de marzo de 1958.<\/p>\n<figure id=\"attachment_16957\" aria-describedby=\"caption-attachment-16957\" style=\"width: 1244px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a ref=\"magnificPopup\" href=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc.webp\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"16957\" data-permalink=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/escenas-de-la-doble-vida-de-un-monstruo\/nabokov-ksbd-1248x698abc\/\" data-orig-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc.webp\" data-orig-size=\"1244,698\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"Vladimir Nabokov\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"&lt;p&gt;Vladimir Nabokov (&lt;a href=&quot;https:\/\/www.abc.es\/cultura\/cultural\/abci-nabokov-o-verdad-mentiroso-compulsivo-201811160220_noticia.html&quot;&gt;fuente&lt;\/a&gt;)&lt;\/p&gt;\n\" data-large-file=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc-1024x575.webp\" src=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc.webp\" alt=\"\" width=\"1244\" height=\"698\" class=\"size-full wp-image-16957\" srcset=\"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc.webp 1244w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc-300x168.webp 300w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc-1024x575.webp 1024w, https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/nabokov-ksbD-1248x698@abc-600x337.webp 600w\" sizes=\"auto, (max-width: 1244px) 100vw, 1244px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-16957\" class=\"wp-caption-text\">Vladimir Nabokov (<a href=\"https:\/\/www.abc.es\/cultura\/cultural\/abci-nabokov-o-verdad-mentiroso-compulsivo-201811160220_noticia.html\">fuente<\/a>)<\/figcaption><\/figure>\n<p><strong>ESCENAS DE LA DOBLE VIDA DE UN MONSTRUO<br \/>\nVladimir Nabokov<\/strong><\/p>\n<p>Hace algunos a\u00f1os el doctor Fricke nos hizo a Lloyd y a m\u00ed una pregunta que tratar\u00e9 de contestar ahora. Con la sonrisa enso\u00f1adora del que se dispone a satisfacer un placer de orden cient\u00edfico, acarici\u00f3 la carnosa banda cartilaginosa que nos enlazaba \u2014<em>omphalopagus diaphragmo-xiphodidymus<\/em>, como Pancoast denomin\u00f3 un caso similar\u2014 y nos pregunt\u00f3 si acaso pod\u00edamos recordar la primera vez que cualquiera de nosotros, o ambos, nos dimos cuenta de la peculiaridad de nuestro destino y condici\u00f3n. Lloyd recordaba tan s\u00f3lo que nuestro abuelo Ibrahim (o Ahim, o Ahem, \u00a1fastidiosos bloques de sonidos muertos a nuestros o\u00eddos actuales!) tocaba con cari\u00f1o lo que tocaba el m\u00e9dico y lo llamaba un puente de oro. Yo no dije nada.<br \/>\nNuestra infancia transcurri\u00f3 encima de una f\u00e9rtil colina sobre el mar Negro en la granja de nuestro abuelo junto a Karaz. Su hija m\u00e1s joven, la rosa del Oriente, perla del gris Ahem (si eso era cierto, aquel viejo granuja hubiera podido preocuparse m\u00e1s de ella), hab\u00eda sido violada en un huerto junto a la carretera por nuestro amo an\u00f3nimo y hab\u00eda muerto despu\u00e9s de parirnos a nosotros, supongo que de puro horror y pena. Una serie de rumores hablaba de un buhonero h\u00fangaro; otros rumores se refer\u00edan a un ornit\u00f3logo y coleccionista aleonan o a alg\u00fan miembro de su expedici\u00f3n, probablemente su taxidermista. Unas t\u00edas de complexi\u00f3n oscura, llenas de collares, cuyas ropas voluminosas ol\u00edan a aceite de rosas y a cordero, se ocuparon con celo macabro de las necesidades de nuestra monstruosa infancia.<br \/>\nMuy pronto, en las aldeas vecinas se enteraron de la extraordinaria noticia y empezaron a enviar a nuestra granja a toda suerte de extra\u00f1os con af\u00e1n inquisitivo. En los d\u00edas de fiesta se les ve\u00eda afan\u00e1ndose por subir la colina que conduc\u00eda a nuestra casa, como si fueran peregrinos en cuadros de colores vivaces. Hab\u00eda un pastor que med\u00eda un metro ochenta y un calvo bajito con gafas, y soldados, as\u00ed como las sombras de cipreses alargados. Tambi\u00e9n ven\u00edan ni\u00f1os, a todas horas, que eran despachados por nuestras celosas amas; pero casi cada d\u00eda hab\u00eda alg\u00fan joven de ojos negros y pelo corto, con gastados pantalones azules que consegu\u00eda deslizarse a trav\u00e9s del cornejo, la madreselva y los troncos retorcidos de los ciclamores, hasta el patio adoquinado con su vieja fuente lega\u00f1osa donde los peque\u00f1os Lloyd y Floyd (entonces nos llam\u00e1bamos de otra manera, nombres llenos de consonantes aspiradas) descansaban tranquilamente sentados, mascando orejones bajo un muro encalado. Luego, s\u00fabitamente, percib\u00eda la H de nuestros cuerpos transformada en una I, como si el numeral romano que representa el dos fuera tan s\u00f3lo el uno, o unas tijeras de una sola cuchilla.<br \/>\nNo puede establecerse comparaci\u00f3n alguna, evidentemente, entre el impacto producido al conocer esta situaci\u00f3n, por muy perturbador que pudiera ser, y el choque emocional que recibi\u00f3 mi madre (\u00a1y a prop\u00f3sito, qu\u00e9 felicidad tan pura experimento al utilizar de forma tan deliberada el posesivo singular!). Debi\u00f3 darse cuenta de que estaba dando a luz a un par de gemelos; pero cuando se enter\u00f3, como sin duda ocurri\u00f3, de que los gemelos estaban unidos&#8230; \u00bfqu\u00e9 sensaciones experimentar\u00eda en aquel momento? Dado el tipo de gente ignorante, incontinente y exasperadamente locuaz que nos rodeaba, la familia vocinglera y lenguaraz que esperaba junto a la cama deshecha debi\u00f3, con toda seguridad, decirle al momento que algo hab\u00eda ido espantosamente mal; y no hay apenas duda de que sus hermanas, en el frenes\u00ed de su susto y de su compasi\u00f3n, le ense\u00f1aron al ni\u00f1o siam\u00e9s. Yo no digo que una madre no pueda amar a un objeto semejante, doble, y olvidar en ese amor el oscuro roc\u00edo de su origen imp\u00edo; s\u00f3lo creo que la mezcla de asco, piedad y amor materno fue demasiado para ella. Los dos componentes de aquella serie doble que contemplaban sus ojos eran unos deliciosos ejemplares incompletos saludables y guapos, con una pelusilla rubia sedosa en sus cr\u00e1neos rosado-violetas, y brazos y piernas el\u00e1sticos y bien proporcionados que se mov\u00edan como los miembros numerosos de un maravilloso animal marino. Cada uno de ellos era fundamentalmente normal, pero juntos formaban un monstruo. En realidad, es extra\u00f1o pensar que la presencia de una mera banda de tejido, un andrajo de carne no mayor que un h\u00edgado de cordero, pudiera transformar la alegr\u00eda, el orgullo, la ternura, la adoraci\u00f3n y la gratitud hacia Dios en horror y desesperaci\u00f3n.<br \/>\nEn cuanto a nosotros, todo era mucho m\u00e1s sencillo. Los adultos eran demasiado diferentes de nosotros en todo, como para que nos permitieran establecer analog\u00eda alguna, pero el primer visitante que tuvimos de nuestra edad constituy\u00f3 para m\u00ed una suerte de revelaci\u00f3n. Mientras Lloyd contemplaba pl\u00e1cidamente al atemorizado ni\u00f1o de siete u ocho a\u00f1os, que nos miraba atentamente desde una achaparrada higuera que a su vez parec\u00eda examinarnos a nosotros, yo recuerdo que me di cuenta cabal de la esencial diferencia existente entre el reci\u00e9n llegado y mi persona. Su cuerpo produc\u00eda en el suelo una peque\u00f1a sombra azul, tambi\u00e9n el m\u00edo; pero adem\u00e1s de aquel compa\u00f1ero impreciso, plano e inconstante que tanto \u00e9l como yo deb\u00edamos agradecer al sol y que se desvanec\u00eda en d\u00edas nublados, yo pose\u00eda otra sombra m\u00e1s, un reflejo palpable de mi ser corporal, que siempre ten\u00eda junto a m\u00ed, a mi izquierda, mientras que mi visitante hab\u00eda conseguido de una manera u otra desembarazarse del suyo, o quiz\u00e1 hab\u00eda conseguido desengancharlo de su persona y dejarlo en casa. Unidos, Lloyd y Floyd eran normales y completos; \u00e9l no era ni lo uno ni lo otro.<br \/>\nPero quiz\u00e1s, en orden a elucidar estas cuestiones lo m\u00e1s exhaustivamente posible, deber\u00eda hablar de recuerdos m\u00e1s lejanos todav\u00eda. A no ser que las emociones adultas empa\u00f1en los recuerdos antiguos, creo que puedo atestiguar la existencia de una cierta repugnancia. Debido a la duplicidad de nuestros miembros anteriores, dorm\u00edamos en principio cara a cara, unidos por nuestro ombligo com\u00fan, y mi rostro en esos primeros d\u00edas de nuestra existencia se ve\u00eda constantemente acariciado por la dureza de la nariz de mi hermano gemelo y por sus labios h\u00famedos. Aquel desagradable contacto nos llev\u00f3 a reaccionar a nuestra manera y as\u00ed desarrollamos una cierta tendencia espont\u00e1nea a echar la cabeza hacia atr\u00e1s y a separar nuestros rostros lo m\u00e1s posible. La extrema flexibilidad de la banda de carne que nos manten\u00eda unidos nos permit\u00eda asumir una posici\u00f3n rec\u00edproca m\u00e1s o menos lateral, y cuando aprendimos a caminar, lo hac\u00edamos en una suerte de contoneo lateral como patos que anadean conjuntadamente, una posici\u00f3n que a la gente le deb\u00eda de parecer m\u00e1s forzada de lo que realmente era, y que nos hac\u00eda parecer, supongo yo, un par de enanos borrachos que se apoyaran el uno en el otro. Durante mucho tiempo volv\u00edamos a nuestra posici\u00f3n fetal a la hora de dormir; pero en cuanto la incomodidad subyacente a esta postura incomodaba nuestro sue\u00f1o y nos despertaba, volv\u00edamos a distanciar nuestros rostros, con un doble gemido de repugnancia rec\u00edproca.<br \/>\nInsisto en que cuando ten\u00edamos tres o cuatro a\u00f1os nuestros cuerpos sent\u00edan aversi\u00f3n ante la torpeza de nuestra coyunda, mientras que nuestras mentes no cuestionaban la normalidad de nuestros cuerpos. Luego, antes de que hubi\u00e9ramos podido ser conscientes de sus inconvenientes, la intuici\u00f3n f\u00edsica fue descubriendo formas de lidiar con ellos, y a partir de entonces dejamos de pensar en los mismos. Todos nuestros movimientos se convirtieron en un juicioso compromiso entre lo com\u00fan y lo particular. La pauta de las acciones motivadas por tal o cual deseo com\u00fan formaba una especie de fondo generalizado, gris e uniformemente tejido contra el que un impulso discreto, el suyo o el m\u00edo, segu\u00eda su curso m\u00e1s directo y preciso; pero (como si estuviera guiado por la urdimbre de la pauta com\u00fan) nunca iba en contra de la trama com\u00fan o del deseo preciso y concreto del cuerpo gemelo.<br \/>\nHablo ahora s\u00f3lo de nuestra infancia, cuando la naturaleza no hab\u00eda tenido tiempo todav\u00eda para minar nuestra laboriosamente ganada vitalidad con ning\u00fan conflicto entre nosotros. A\u00f1os m\u00e1s tarde he tenido ocasi\u00f3n de lamentar que no hubi\u00e9ramos muerto o que no nos hubieran separado quir\u00fargicamente, antes de abandonar aquel estado inicial en el que un ritmo siempre presente, como una especie de tam-tam remoto que sonara en la jungla de nuestro sistema nervioso, era el \u00fanico responsable de regular nuestros movimientos. Cuando, por ejemplo, uno de nos&#8217;otros estaba a punto de agacharse para apropiarse de una bonita margarita mientras que el otro, exactamente en el mismo momento, iniciaba un adem\u00e1n para estirarse y coger un higo maduro, ganaba aquel cuyos movimientos se conformaran al ictus habitual de nuestro ritmo com\u00fan y continuo, despu\u00e9s de lo cual, con un estremecimiento muy breve y como coral, el gesto interrumpido de un gemelo era absorbido y disuelto en la enriquecida ola de la acci\u00f3n que el otro gemelo acababa de completar. Digo \u00abenriquecida\u00bb porque el fantasma de la flor que se hab\u00eda quedado en el suelo parec\u00eda de alguna manera estar tambi\u00e9n all\u00ed, pulsando entre los dedos que se cerraban en torno a la fruta.<br \/>\nPod\u00edan producirse largos per\u00edodos de semanas e incluso de meses en los que el ritmo conductor correspond\u00eda con mucha m\u00e1s frecuencia a Lloyd que a m\u00ed, pero luego llegaba una \u00e9poca en la que era yo el que conduc\u00eda la ola del deseo; pero no recuerdo momento alguno en nuestra infancia en el que la frustraci\u00f3n o la realizaci\u00f3n del deseo provocara en ninguno de nosotros ni resentimiento ni orgullo.<br \/>\nSin embargo, en alg\u00fan lugar dentro de m\u00ed, deb\u00eda de haber una c\u00e9lula sensible que se preguntaba c\u00f3mo funcionaba aquel hecho curioso por el que una fuerza desconocida se apoderaba de m\u00ed y me distanciaba del objeto de un deseo repentino para llevarme a una serie de cosas no deseadas hasta entonces y que se introduc\u00edan en la esfera de mi voluntad sin que yo hubiera llegado a desearlas conscientemente ni las hubiera atenazado entre los tent\u00e1culos de mi volici\u00f3n. As\u00ed que mientras yo observaba a tal o cual chiquillo extraviado que nos contemplaba a Lloyd y a m\u00ed, recuerdo que me pon\u00eda a pensar y a dirimir un problema de \u00edndole dual: en primer lugar, trataba de resolver si una \u00fanica naturaleza corporal presentaba m\u00e1s ventajas que la nuestra; en segundo lugar, si todos los otros ni\u00f1os eran \u00fanicos. Se me ocurre ahora que a menudo los problemas que me preocupaban eran de doble filo, posiblemente los hilos de los procesos cerebrales de Lloyd penetraban en mi mente y uno de los dos problemas conjuntos que yo consideraba era en realidad una preocupaci\u00f3n suya.<br \/>\nCuando nuestro avaricioso abuelo Ahem decidi\u00f3 exhibirnos para ganar dinero, hab\u00eda siempre alg\u00fan granuja ansioso entre la gente que ven\u00eda a contemplarnos que quer\u00eda que habl\u00e1ramos entre nosotros. Como suele ocurrir con las mentes primitivas, ped\u00eda que sus o\u00eddos corroboraran lo que ve\u00edan sus ojos. Nuestra gente nos obligaba de mala manera a que gratific\u00e1ramos tales deseos y no entend\u00edan lo angustioso que resultaba el hacerlo. Habr\u00edamos podido decir que \u00e9ramos demasiado t\u00edmidos para complacerlos; pero la realidad es que nunca nos habl\u00e1bamos el uno al otro, incluso cuando est\u00e1bamos solos, porque los breves gru\u00f1idos entrecortados que intercambi\u00e1bamos en nuestros escasos momentos de enfado (cuando, por ejemplo, uno se hab\u00eda hecho una herida en un pie y se la estaban vendando mientras que el otro quer\u00eda ir a nadar al arroyo) no pod\u00edan interpretarse realmente como un di\u00e1logo. La comunicaci\u00f3n de sencillas sensaciones esenciales la llev\u00e1bamos a cabo sin palabras; hojas desprendidas del \u00e1rbol que flotaban en la corriente de nuestra sangre com\u00fan. Tambi\u00e9n los pensamientos simples consegu\u00edan deslizarse y viajar entre nosotros. Los m\u00e1s complejos no lo hac\u00edan sino que persist\u00edan en la mente que les hab\u00eda dado origen, pero incluso en esos casos ocurr\u00edan extra\u00f1os fen\u00f3menos. \u00c9sa es la raz\u00f3n por la que tengo la sospecha de que a pesar de que ten\u00eda una naturaleza m\u00e1s tranquila, Lloyd luchaba contra las mismas realidades que a m\u00ed me desconcertaban. Al crecer olvid\u00f3 muchas cosas. Yo no he olvidado nada.<br \/>\nPero el p\u00fablico no s\u00f3lo esperaba de nosotros que nos habl\u00e1ramos, quer\u00eda incluso que jug\u00e1ramos juntos. \u00a1Alcornoques! Les divert\u00eda que compiti\u00e9ramos en ingenio jugando al ajedrez o a las damas. Supongo que si hubi\u00e9ramos sido de distinto sexo nos habr\u00edan obligado a cometer incesto en su presencia. Pero como los juegos entre nosotros eran tan poco frecuentes como la conversaci\u00f3n, sufr\u00edamos sutiles tormentos cada vez que nos obligaban a realizar tortuosos movimientos para lanzarnos una pelota desde alg\u00fan lugar entre nuestros pechos, o a hacer como que jug\u00e1bamos a arrebatarnos mutuamente una especie de bate. Nos aplaud\u00edan entusiasmados cada vez que corr\u00edamos por el per\u00edmetro del patio cogidos con los brazos al hombro. Salt\u00e1bamos y gir\u00e1bamos.<br \/>\nUn vendedor ambulante de remedios medicinales, un hombre calvo y bajito con una blusa blanca, que sab\u00eda un poco de turco y otro poco de ingl\u00e9s, nos ense\u00f1\u00f3 unas cuantas frases en esas lenguas; y entonces tuvimos que demostrar nuestras nuevas habilidades ante una audiencia fascinada. Sus rostros ardientes todav\u00eda me persiguen en mis pesadillas, porque vienen hasta m\u00ed cada vez que el productor de mis sue\u00f1os necesita de una comparsa que le acompa\u00f1e. Veo una vez m\u00e1s al pastor gigante de rostro de bronce y harapos multicolores, a los soldados de Karaz, al sastre armenio jorobado y tuerto (un monstruo por derecho propio), a las ni\u00f1as que no paran de re\u00edrse tontamente, las viejas que suspiran, los ni\u00f1os, los j\u00f3venes vestidos a la manera occidental \u2014ojos ardientes, dientes blancos, negras bocas abiertas; y, desde luego, al abuelo Ahem, con su nariz de marfil amarillento y su barba de lana gris, dirigiendo las escenas o contando los billetes sucios y gastados mientras se chupa el dedo. El ling\u00fcista, el de la blusa bordada y la calva, cortejaba a una de mis t\u00edas, sin dejar de lanzar miradas de envidia a Ahem a trav\u00e9s de sus lentes de montura de acero.<br \/>\nPara cuando tuve nueve a\u00f1os ya sab\u00eda perfectamente que Lloyd y yo constitu\u00edamos un fen\u00f3meno de lo m\u00e1s raro y caprichoso. El saberlo no se tradujo en j\u00fabilo ni en verg\u00fcenza alguna; pero en una ocasi\u00f3n, una cocinera hist\u00e9rica, una mujer bigotuda, que nos hab\u00eda tomado mucho cari\u00f1o y que se apiadaba de nuestra suerte, declar\u00f3 con un espantoso juramento que all\u00ed mismo nos iba a liberar de un tajo con un reluciente cuchillo que enarbol\u00f3 en aquel momento (nuestro abuelo y uno de nuestros reci\u00e9n adquiridos t\u00edos se lo impidieron inmediatamente); y despu\u00e9s de aquel incidente yo sol\u00eda entretenerme en enso\u00f1aciones indolentes imagin\u00e1ndome separado de mi pobre Lloyd que, de alguna manera, segu\u00eda manteniendo su personalidad de monstruo.<br \/>\nNo me interes\u00f3 el asunto aquel del cuchillo y de cualquier manera, la forma en la que la separaci\u00f3n deb\u00eda llevarse a cabo permanec\u00eda en el misterio; lo que yo me imaginaba con precisi\u00f3n era que mis grilletes desaparec\u00edan s\u00fabitamente y el consecuente sentimiento de desnudez y ligereza que esto provocaba en mi persona. Me imaginaba saltando la valla, una valla con las calaveras blanqueadas de los animales dom\u00e9sticos que coronaban los postes, y descendiendo hacia la playa. Me ve\u00eda saltando de piedra en piedra y zambull\u00e9ndome en el mar centelleante, para salir despu\u00e9s a la arena a corretear junto con otros chiquillos desnudos. So\u00f1aba con ello por las noches, me ve\u00eda huyendo de mi abuelo y llev\u00e1ndome alg\u00fan juguete, o un gatito, o un cangrejo peque\u00f1o apretados contra el costado. Imaginaba que me encontraba con Lloyd, que se me aparec\u00eda en sue\u00f1os cojeando, unido sin remedio a otro gemelo cojo mientras que yo estaba libre para bailar junto a ellos y para darles todos los golpes que quisiera en sus pobres espaldas.<br \/>\nMe pregunto si Lloyd ten\u00eda las mismas enso\u00f1aciones. Los m\u00e9dicos han apuntado que a veces junt\u00e1bamos nuestras mentes mientras dorm\u00edamos. Una ma\u00f1ana gris azulada cogi\u00f3 una ramita de un \u00e1rbol y dibuj\u00f3 en el polvo un barco con tres m\u00e1stiles. Yo acababa de verme dibujando aquel barco en un sue\u00f1o que hab\u00eda tenido la noche precedente.<br \/>\nUna especie de gran capa negra de pastor cubr\u00eda nuestros hombros y, cuando nos agach\u00e1bamos sentados en el suelo, sus pliegues envolventes s\u00f3lo dejaban al descubierto nuestras cabezas y la mano de Lloyd. El sol acababa de salir y el viento afilado de marzo era como capa tras capa de hielo semitransparente a trav\u00e9s del cual los retorcidos \u00e1rboles de Judea apenas en flor se ve\u00edan como manchas indefinidas de rosa amoratado. La blanca casa alargada y achaparrada detr\u00e1s de nosotros, llena de mujeres gordas con sus maridos malolientes, estaba completamente dormida. No dijimos nada ni siquiera nos miramos pero, dejando la ramita a un lado, Lloyd me pas\u00f3 el brazo derecho por la espalda, como siempre hac\u00eda cuando quer\u00eda que los dos camin\u00e1ramos deprisa; y con la punta de nuestra prenda com\u00fan arrastr\u00e1ndose entre los juncos muertos, mientras que las piedras corr\u00edan y se resbalaban bajo nuestros pies, emprendimos camino por el paseo de cipreses que conduc\u00eda a la costa.<br \/>\nEra nuestro primer intento de ir hasta ese mar que ve\u00edamos brillar suavemente y sin prisa a lo lejos desde nuestra colina, rompiendo sus olas en silencio contra relucientes rocas. No necesito esforzar mi memoria para situar nuestra torpe huida en un punto definitivo de nuestro destino. Unas cuantas semanas antes, el d\u00eda de nuestro duod\u00e9cimo aniversario, el abuelo Ibrahim hab\u00eda empezado a jugar con la idea de enviarnos en compa\u00f1\u00eda de nuestro nuevo t\u00edo a una gira de seis meses a trav\u00e9s del pa\u00eds. No hac\u00edan m\u00e1s que discutir los t\u00e9rminos econ\u00f3micos del contrato sobre los que se hab\u00edan disputado e incluso peleado, aunque Ahem hab\u00eda resultado vencedor.<br \/>\nLe ten\u00edamos miedo a nuestro abuelo y detest\u00e1bamos al t\u00edo Novus. Probablemente, sinti\u00e9ramos de una forma torpe pero tambi\u00e9n desesperada (sin saber nada de la vida, pero vagamente conscientes de que el t\u00edo Novus trataba de enga\u00f1ar al abuelo) que ten\u00edamos que hacer algo para impedir que un feriante nos llevara de un lado a otro en una c\u00e1rcel itinerante, como si fu\u00e9ramos monos o \u00e1guilas; o quiz\u00e1s nos impeliera a ello el pensar que aqu\u00e9lla era nuestra \u00faltima oportunidad de gozar de nuestra peque\u00f1a libertad y de hacer lo que ten\u00edamos absolutamente prohibido hacer: ir m\u00e1s all\u00e1 de una cierta valla, abierta tan s\u00f3lo por una cierta puerta.<br \/>\nNo tuvimos problemas para abrir la desvencijada puerta aunque no logramos devolverla a su posici\u00f3n inicial. Un cordero blanco y sucio, de ojos color \u00e1mbar y con una marca de carm\u00edn pintada en la dureza de su frente plana, nos sigui\u00f3 un buen trecho antes de perderse entre los robledales. Bajamos un poco, pero todav\u00eda por encima del valle y tuvimos que cruzar la carretera que rodeaba la colina y un\u00eda nuestra granja con la carretera de la playa. El zumbar de los cascos de los caballos y el chasquido de las ruedas se iba acercando hasta nosotros; y nos detuvimos, con capa y todo, agazapados detr\u00e1s de un matorral. Cuando se amortigu\u00f3 el estruendo, cruzamos la carretera y seguimos nuestro camino por una cuesta llena de maleza. El mar plateado se iba ocultando a nuestra vista detr\u00e1s de los cipreses y de restos de viejos muros de piedra. Nuestra capa negra nos empez\u00f3 a dar calor y a resultar pesada pero perseveramos bajo su protecci\u00f3n, temiendo que si no lo hac\u00edamos cualquier transe\u00fante se diera cuenta de nuestra enfermedad.<br \/>\nSalimos a la carretera principal, a unos metros del fragor del mar, y all\u00ed, esper\u00e1ndonos bajo un cipr\u00e9s, estaba un coche que conoc\u00edamos bien, una especie de carreta de grandes ruedas, de cuyo pescante descend\u00eda ya el t\u00edo Novus. \u00a1Qu\u00e9 hombrecillo tan astuto, oscuro, ambicioso y sin principios! Unos minutos antes nos hab\u00eda visto desde una de las terrazas de la casa de nuestro abuelo y no hab\u00eda podido resistir la tentaci\u00f3n de aprovechar una escapada que milagrosamente le daba la oportunidad de capturarnos sin resistencia ni protesta posible. Lanzando juramentos contra aquellos caballos timoratos, nos ayud\u00f3 brutalmente a meternos en el carro. Nos empuj\u00f3 hasta que bajamos la cabeza y amenaz\u00f3 con hacernos da\u00f1o si intent\u00e1bamos siquiera no ya sacar la cabeza sino mirar fuera de la capa. Lloyd ten\u00eda todav\u00eda su brazo sobre mi espalda, pero una sacudida del carro hizo que lo soltara. Ahora las ruedas cruj\u00edan en su marcha. Pas\u00f3 alg\u00fan tiempo antes de que nos di\u00e9ramos cuenta de que nuestro conductor no nos estaba llevando a casa.<br \/>\nHan pasado veinte a\u00f1os desde aquella gris ma\u00f1ana de primavera pero sigue intacta en mi memoria, con mayor claridad que muchas de las cosas que han ocurrido despu\u00e9s. Una y otra vez pasa ante mi mirada como si fuera una cinta cinematogr\u00e1fica, como he visto hacer a los grandes prestidigitadores cuando revisan sus actuaciones. De igual modo yo reviso todas las etapas y circunstancias, incluso los detalles accidentales, de nuestra fallida huida, el estremecimiento inicial, la puerta, el cordero, la pendiente resbaladiza bajo nuestros torpes pies. Les debimos parecer un espect\u00e1culo extraordinario a los tordos que volaron a nuestro paso, con aquella capa negra que nos envolv\u00eda y de la que sobresal\u00edan dos cabezas rapadas insertas en unos cuellos canijos. Las cabezas se volv\u00edan a un lado y a otro, cautelosas, hasta que finalmente llegaron a la carretera que bordeaba la l\u00ednea de la costa. Si en aquel momento alg\u00fan extranjero aventurero hubiera llegado a la costa desde su barco en la bah\u00eda, habr\u00eda seguramente experimentado un escalofr\u00edo de emoci\u00f3n al verse enfrentado a un simp\u00e1tico monstruo mitol\u00f3gico en un paisaje de cipreses y piedras blancas. Lo hubiera adorado, hubiera derramado l\u00e1grimas dulces. Pero mucho me temo, Dios m\u00edo, que no hab\u00eda nadie para recibirnos all\u00ed, salvo aquel granuja preocupado, nuestro nervioso secuestrador, un hombrecillo con cara de mu\u00f1eca que llevaba unas gafas baratas, que se manten\u00edan en pie gracias a un trozo de esparadrapo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento del gran Vladimir Nabokov (1899-1977). <\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13284,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":true,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"\"Escenas de la doble vida de un monstruo\" de Vladimir Nabokov: el cuento del mes en Las Historias. http:\/\/wp.me\/pjEhq-2Gv","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[4],"tags":[22,2640,1028,194,2855,803],"class_list":["post-10323","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-el-cuento","tag-cuento","tag-escenas-de-la-doble-vida-de-un-monstruo","tag-escritores-en-lengua-inglesa","tag-escritores-estadounidenses","tag-literatura","tag-vladimir-nabokov"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/Vladimir.png","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/pjEhq-2Gv","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10323","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=10323"}],"version-history":[{"count":8,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10323\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":16958,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10323\/revisions\/16958"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/13284"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=10323"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=10323"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=10323"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}