{"id":1012,"date":"2009-01-18T16:15:40","date_gmt":"2009-01-18T22:15:40","guid":{"rendered":"http:\/\/www.lashistorias.com.mx\/?page_id=1012"},"modified":"2016-10-26T10:18:45","modified_gmt":"2016-10-26T15:18:45","slug":"la-ciudad-invisible-ensayo","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/textos\/la-ciudad-invisible-ensayo\/","title":{"rendered":"La ciudad invisible"},"content":{"rendered":"<p><strong>Este ensayo fue publicado en el libro <em>La c\u00e1mara de maravillas<\/em> (2003), colecci\u00f3n de prosas y art\u00edculos sobre temas diversos.<\/strong><\/p>\n<p><strong>LA CIUDAD INVISIBLE<br \/>\nAlberto Chimal<\/strong><\/p>\n<p>Mi generaci\u00f3n, o casi toda, se ha criado en las ciudades. Escribamos o no, al pensar en una geograf\u00eda personal: en un mapa del espacio que nos circunda y que influye en nosotros, no se\u00f1alaremos tantas monta\u00f1as, bosques, lagos, praderas como cuartos, corredores, edificios, calles. Casi todas nuestras excursiones ser\u00e1n a parques, balnearios, jardines: sitios en los que al mundo de afuera, domesticado y parcelado, se le permite mezclarse con el otro, que hemos construido para nosotros. No seremos nunca, si escribimos, como H\u00f6lderlin, quien celebr\u00f3 a la naturaleza aun en la locura, ni como Conrad, quien vivi\u00f3 al menos parte de su obra, del esp\u00edritu que la informa, en los r\u00edos y los mares.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Desde luego, por muy semejantes que sean las posibilidades de experiencia en ellas, resultan distintas, si no en las grandes cosas en los detalles \u00edntimos, siempre: para cada ciudadano. Y su influencia en los escritores, por lo tanto, es igualmente diversa. Esto no es tan evidente como parece, pues en cada \u00e9poca de una historia literaria s\u00f3lo unas pocas visiones de la ciudad dominan y eclipsan, por razones diversas, a todas las otras: la de Julio Cort\u00e1zar y su Par\u00eds dislocado, digamos, o la de T. S. Eliot y su Londres irreal, o la de Carlos Fuentes y su regi\u00f3n m\u00e1s transparente. Y puede no ser injusto que cada una de estas ciudades, tan privadas y \u00fanicas como la percepci\u00f3n de quienes las describieron, haya sido, al menos por un momento, para alguien, La Ciudad, con may\u00fasculas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero, sin que sea m\u00e9rito ni culpa, yo vengo de otro lado, y quiero proponer ese ejemplo que me es cercano: la ciudad en que crec\u00ed.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esa ciudad est\u00e1 dentro de otra, llamada Toluca, situada a menos de 70 kil\u00f3metros del Distrito Federal. En unas cuantas d\u00e9cadas, Toluca ser\u00e1 engullida por el D. F., que crece, como toda capital, hacia todas partes, pero en aquellos d\u00edas, los de mi infancia, la distancia era a) tan larga como para volverla ajena al centro, diferente de la proverbial zona conurbada, y b) tan corta como para volverla irrelevante: siempre ha estado m\u00e1s lejos, ha sido menos distinta y llamativa que Tijuana, que Monterrey, que San Crist\u00f3bal de las Casas. Debe ser, tambi\u00e9n, que Toluca misma es capital del Estado de M\u00e9xico: una provincia que se desdibuja al llamarse como la naci\u00f3n.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esto es importante por un hecho fortuito: desde poco antes de mi nacimiento, esa distancia permiti\u00f3 que mi madre se trasladara, cinco d\u00edas a la semana, a trabajar en la capital. Separada de mi padre, una vez que terminaron los meses de mi crianza temprana volvi\u00f3 a su ir y venir, de lunes a viernes, hasta poco antes de su muerte. Sus hermanos, con todo el amor del que fueron capaces, se encargaron de m\u00ed; pero la idea de la ausencia, que se me hizo notar desde muy pronto, se qued\u00f3 conmigo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No prev\u00ed la ocasi\u00f3n de escribir este ensayo y no tom\u00e9 notas en aquellos a\u00f1os cruciales. Pero algo debe haber de cierto en mis recuerdos, porque mi infancia, ahora que volteo para mirarla, est\u00e1 llena, primero, de ausencias: espacios vac\u00edos. Los pasillos y los cuartos, cuando no estaba nadie y a veces daban miedo. Las calles, que aprend\u00ed a ver vac\u00edas desde las ventanas del coche familiar, en una serie de paseos lentos, repetidos, nunca antes de las nueve de la noche, que fueron primero una alternativa para arrullarme y luego se volvieron costumbre. La cama, que se volv\u00eda inmensa durante las fiebres de cada verano, y en la que mi cuerpo confuso, seg\u00fan recuerdo, parec\u00eda hincharse sin medida, pero s\u00f3lo para ser cada vez m\u00e1s peque\u00f1o en relaci\u00f3n con la planicie de tela en la que estaba tendido.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta etapa no dur\u00f3 para siempre: eventualmente empec\u00e9 a salir por mi propio pie, a ir a la escuela, cuanto era de rigor, pero entonces descubr\u00ed que de lo nuevo: por igual de los espacios abiertos que de los edificios, de los trayectos que de los destinos, me interesaba, sobre todo, lo que no estaba a plena vista, lleno de miradas. Un impulso extra\u00f1o, en el que se un\u00edan la curiosidad y el temor, me llevaba al falso jard\u00edn japon\u00e9s, casita incluida, en el <em>kindergarten<\/em>; a los senderos elevados del parque del Calvario, todo un cerro inmenso y cercado en medio de la ciudad, fundado en cierto sexenio y olvidado por los subsecuentes, y en especial a su reloj de sol, ante el que una vez estuvo Juan Jos\u00e9 Arreola; a las cajas del serpentario en el zool\u00f3gico, que casi nadie visitaba por estar bajo techo y a oscuras; a todos los salones sin usar de mi escuela primaria, llenos de pupitres maltrechos, y al gran cine, arruinado por un terremoto, que estaba en el terreno contiguo, y del que casi pude robar un cartel original de <em>Canoa <\/em>y otro de <em>2001<\/em>, abandonados en el suelo del foyer.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Todo esto se reproduc\u00eda en casa y ten\u00eda consecuencias duraderas. Las horas m\u00e1s abundantes las pas\u00e9 explorando, y cuando termin\u00e9, aburrido, y ya hab\u00eda visto cada rinc\u00f3n, descubr\u00ed los libros, colocados en sus estantes, abundantes y poco le\u00eddos, que mi madre y sus hermanos juntaban aunque rara vez leyeran, como era de buen tono en tiempos de mayor abundancia. Especialmente, por supuesto, me atrajeron aquellos libros que no hab\u00eda le\u00eddo nadie, y que estaban todav\u00eda con sus forros originales, o arrumbados, o hasta ocultos. Entre una biograf\u00eda de Pablo de Olavide y otra de Savonarola hall\u00e9 un compendio de <em>Mitos y leyendas<\/em> que sigue conmigo; bajo un mueble hall\u00e9 a Philip K. Dick, y bajo otro una historia de la Grecia cl\u00e1sica, con un cat\u00e1logo de dioses y h\u00e9roes ilustrado por Leo y Diane Dillon. A Borges y a Paz los descubr\u00ed en revistas improbables, tomadas de montones que nadie m\u00e1s iba a tocar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En la secundaria, mientras los maestros nos ense\u00f1aban a odiar la literatura, como es su costumbre, una muchacha que no me quer\u00eda mal lleg\u00f3 a quejarse de que siempre trajera un libro en la mano; segu\u00eda creciendo, y como la ciudad era peque\u00f1a y se dejaba recorrer a pie, comenzaba a atravesarla acompa\u00f1ado de libros. Salvo la necesaria precauci\u00f3n en los cruceros, y no siempre, pod\u00eda ignorar los lugares ya conocidos y suplirlos con la trama de lo que estuviese leyendo. Me atra\u00edan, en cambio, las puertas abiertas de las vecindades, los terrenos bald\u00edos, las contadas calles empinadas o zigzagueantes, las naves poco frecuentadas de la catedral.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Es probable que todo haya sido el deseo de escapar, como ya lo insinu\u00e9, de una infancia carente de centro, pero en la que todo estaba planeado con cierta firmeza. Me atra\u00eda tambi\u00e9n el Centro Toluque\u00f1o de Escritores, una casa editora dependiente del gobierno municipal de la que ninguno de ustedes ha o\u00eddo hablar, pues ten\u00eda una librer\u00eda en el fondo de un pasaje comercial poco frecuentado, en el centro de Toluca; durante a\u00f1os, mientras me las arreglaba para continuar la adolescencia normal y aburrida que se esperaba de m\u00ed, acostumbraba llegar, entrar en el pasaje y asomarme a los aparadores. Ninguno de los autores en aquellas portadas, como era de esperar, se encontraba en mi casa, ni en la escuela ni en ninguna otra parte; pronto supe que era in\u00fatil mencionarlos ante cualquiera que yo conociese. M\u00e1s a\u00fan, como la librer\u00eda rara vez llegaba a estar abierta, deb\u00eda contentarme con observar a trav\u00e9s del cristal, y preguntarme qu\u00e9 habr\u00eda tras las portadas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No s\u00e9 si quepa llevar m\u00e1s lejos el examen de estos recuerdos. No s\u00e9 si mis gustos por los intersticios y por los libros, por lo extra\u00f1o o nuevo en lo que no se ha reparado, se unieron de verdad all\u00ed, en ese local en el que eventualmente pude entrar, y por el que comenc\u00e9 a pensar en la idea de escribir un libro.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y tampoco s\u00e9 si lo que escribo tiene, tambi\u00e9n, su origen aqu\u00ed, aunque debo reconocer que me interesan mucho las cosas que no se ven, los \u00e1ngulos extra\u00f1os para mirar lo de costumbre, la imaginaci\u00f3n como una herramienta para lograr estas cosas: para descubrir, como quer\u00edan los rom\u00e1nticos, y no necesariamente para acumular otras cosas sobre el mundo.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por otra parte, he aqu\u00ed un caso de la vida real. La casa de mi familia est\u00e1 a dos cuadras del estadio de futbol la Bombonera, casa del equipo de los Diablos Rojos. Cuando los Diablos ganaron all\u00ed su \u00faltimo campeonato, hace unos a\u00f1os, yo estaba en la ciudad y me hart\u00e9 de ver a mi hermano y a un t\u00edo, ante el televisor, siguiendo el partido, que pod\u00eda reconstruirse simplemente escuchando los gritos de los aficionados, que llegaban hasta nosotros. Sal\u00ed: todos salvo yo mismo, por cuadras y cuadras, estaban encerrados en sus casas, y aunque me alej\u00e9 del estadio segu\u00ed oyendo el partido, llevado hasta m\u00ed por las televisiones que se dejaban escuchar a trav\u00e9s de todas las ventanas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El comentario habitual de otros toluque\u00f1os es de extra\u00f1eza, o hasta desaprobaci\u00f3n. No s\u00e9 si deba decirles que, como en mi escuela primaria, como ante los aparadores cerrados, como en mis lecturas y paseos simult\u00e1neos, entonces me alegr\u00f3 estar all\u00ed, viendo lo que nadie m\u00e1s ve\u00eda, solo pero due\u00f1o de un momento especial, irrecuperable, que luego podr\u00eda escribir: consignar a un olvido distinto.<\/p>\n<p><strong>Copyright \u00a9 Alberto Chimal, M\u00e9xico, 2003 <\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Este ensayo fue publicado en el libro La c\u00e1mara de maravillas (2003), colecci\u00f3n de prosas y art\u00edculos sobre temas diversos. LA CIUDAD INVISIBLE Alberto Chimal Mi generaci\u00f3n, o casi toda, se ha criado en las ciudades. Escribamos o no, al pensar en una geograf\u00eda personal: en un mapa del espacio que nos circunda y que&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"parent":6609,"menu_order":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","template":"","meta":{"advanced_seo_description":"","jetpack_seo_html_title":"","jetpack_seo_noindex":false,"jetpack_post_was_ever_published":false,"footnotes":""},"class_list":["post-1012","page","type-page","status-publish","hentry"],"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/PjEhq-gk","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1012","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1012"}],"version-history":[{"count":11,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1012\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12512,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1012\/revisions\/12512"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/6609"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.lashistorias.com.mx\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1012"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}