Otro ejercicio para poner en problemas a las convenciones:

Escribir un fragmento de diálogo entre dos personajes que usen palabras inventadas, sin sentido. Lo que esté sucediendo entre ellos debe entenderse por lo que nos puedan sugerir tanto la entonación y el sonido de las palabras como el contexto en el que se dicen. Nada más. (Es decir, se vale emplear las acotaciones que hagan falta, pero no decir, por ejemplo: «X, enojado porque Y le había robado el dinero y deseoso de echarle en cara su falta, dijo…»)

Edward Gorey, aunque con la ayuda de sus espléndidos dibujos, hizo algo muy semejante en su historia El libro sin título (1972).