La generación de autores mexicanos que está ahora alrededor de los cuarenta –la mía– tuvo un gran proyecto colectivo en los años noventa. El grueso de los autores que la conformaban entonces se propuso escribir sus primeros libros importantes: los que debían definirla en relación con el momento de su primera juventud.

Este proyecto fracasó, como se sabe: no hubo ninguna obra que hablara de la época de forma realmente memorable, y casi todos los que intentaron ese tipo de testimonio se agotaron en la tarea y dejaron de escribir por completo: al final, si algo protagonizó esa mayoría –el grueso de mi generación– fue una extinción en masa, silenciosa, apenas documentada hasta hoy, alrededor del año 2000.

Creo sinceramente que fue mala suerte: el tema generacional parecía ser el desencanto de la época, entre el fin de las utopías del siglo XX y las últimas convulsiones de la política mexicana de entonces, y nadie podría haber previsto que el cambio de siglo iba a barrer con esa nostalgia y ese malestar tan precisos y, en el fondo, tan insignificantes. Tampoco podría haberse previsto el auge de internet, que ha cambiado la cultura global de forma mucho más profunda y vasta que cualquier otro suceso histórico de las últimas décadas, y que forzó una transición difícil que las generaciones posteriores no comprenderán. En ese pasmo doble se perdió mucho.

Quizá ahora, cuando los libros importantes de mi generación empiezan despacio a aparecer, podrá ser posible que algunos sobrevivientes de entonces retomen aquel proyecto. Quizá pronto haya un gran libro mexicano sobre el tema del pasado, sobre cómo se pierde o se recobra, sobre cómo sobrevivir a semejantes catástrofes, capaz de medirse con Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco (1981), que en los noventa fue el modelo secreto de muchos.

Entretanto, Alejandro Zambra ha escrito Formas de volver a casa. El escritor chileno puede no haber leído a Pacheco pero su novela –publicada por Anagrama– dialoga con la de éste, la actualiza y la reta: es una visión de la lucha con el pasado en el siglo XXI.

***

El personaje de Zambra es un niño de nueve años que vive en Chile en 1985. El país está todavía bajo la dictadura de Augusto Pinochet, pero el niño apenas sabe nada de política, no comprende todas las tensiones entre los adultos a su alrededor y tampoco puede ver del todo cómo influyen en su vida hechos tremendos que sucedieron antes de que naciera. Forma parte de un capítulo importante de la historia de su país pero, como dice el texto en varias ocasiones, sólo es un personaje secundario: llegó tarde, no estaba allí el 11 de septiembre del 73 y no entiende todavía los horrores, los miedos y los conflictos que el golpe de estado provocó. La estabilidad familiar, aparente, se contrasta con lo desconocido: lo que no se dice. Como en Las batallas en el desierto, una serie de encuentros ambiguos con otra familia –aquí son un hombre y sus dos sobrinas, y el secreto de los tres– precipita el descubrimiento del pasado y el paso a un mundo adulto, más terrible y más amargo.

Antes de la mitad, sin embargo, el libro da un viraje extraño: la historia del niño en 1985 se revela como una ficción, obra de un escritor que es y no es Alejandro Zambra, quien intenta completar una narración sobre ese momento del pasado. Él tiene su propio (des)encuentro con lo que le sucedió en los años ochenta, con la sensación de estar a destiempo, con las dificultades de escribir, con la historia de Chile; también, con una mujer que lo confronta de otras maneras.

Como para dar la impresión de una dificultad mayor que la que sugiere Las batallas en el desierto: para proponernos a un memorialista que desea recontar su propia vida pero no cree del todo en sus recuerdos, o bien que duda de su capacidad para evocarlos y darles su valor, la novela da otros dos saltos entre el escritor y su creación. La segunda mitad de cada historia es un reflejo de la otra. Las compañeras del narrador y el personaje (las sobrinas, crecidas, enfrentadas) se asemejan; en ambos niveles de la historia la reconciliación con el pasado –y con la culpa vaga de no haber estado a la altura de lo que sucedió– se revela imposible. El inevitable ajuste de cuentas llega brevemente y no para el escritor, sino para su personaje, quien oye del padre un elogio díscolo pero monstruoso de la dictadura. Más tarde el terremoto de Chile en 1985, con el que comenzó la trama «inventada», se enlaza con el terremoto de Chile en 2010 y en el mundo «real» y ambos permiten, al menos, comprobar que la estatura individual es siempre insuficiente: que los sucesos que nos marcan son siempre inaprehensibles.

 ***

Formas de volver a casa es un libro es muy sentencioso y se convertirá en fuente de máximas y aforismos para citar fuera de contexto. Transcribo algunos encontrados al azar:

 Queremos ser actores que esperan con paciencia el momento de salir al escenario. Y el público hace rato que se fue.

Pero no es amor lo que nos une. O es amor, pero amor al recuerdo.

Para eso sirven estos álbumes, pienso: para hacernos creer que fuimos felices cuando niños. Para demostrarnos que no queremos aceptar lo felices que fuimos.

…este oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo.

Pero la virtud de la novela no es el ingenio, ni mucho menos la concreción, aunque Alejandro Zambra se haya hecho famoso, principalmente, por dos novelas muy breves: Bonsái y La vida privada de los árboles. Leer así su nueva novela sería no leerla: no ver que su centro está en la historia que cuenta, y que ésta no es la del pasado (como en Pacheco) sino la de cómo se cuenta al pasado. La interposición del escritor entre nosotros y la historia del niño no es la busca de mayor «verdad» o «realidad» (el libro no es autoficción, como se dice ahora) sino una forma de observar que el pasado es irrecuperable: que el acto de la memoria es siempre un acto presente, sujeto a la misma inestabilidad y la misma angustia que el resto de lo presente.

 ***

Releo lo que escribí arriba y encuentro esta frase: «la culpa vaga de no haber estado a la altura de lo que sucedió». Esta es una culpa que padecen muchas personas que están cerca de mi edad. A quienes escriben entre ellas, y más aún a quienes escribían: a quienes ya no lo hacen más, Formas de volver a casa podría servirles. Podría probarles que la lucha con el pasado está condenada, y es sólo una posibilidad de la literatura, pero no es imposible.

 

[este texto se publicó en la revista Posdata]