Este es otro de los autores favoritos de quien escribe en este sitio: el inglés Alan Moore (1953), conocido principalmente como uno de los más grandes creadores de cómics del siglo XX. Ya retirado de ese medio, Moore se dedica a otros intereses, como el performance, el cine y la novela. De hecho, este cuento es en realidad un extracto de su novela Jerusalem (2016), un libro ambicioso y complejo que no abandona jamás la ciudad de Northampton, donde Moore nació y vive todavía, pero abarca la totalidad del tiempo histórico, el Más Allá y el futuro posible de la humanidad y del universo. Uno de sus muchos pasajes sorprendentes es el que sigue, en el cual el texto parece hablar directamente a quien lo lee y la vida entera de un ser humano se compara con un libro. Además, en el texto se entrevé una de las bases conceptuales de la novela, que se deriva de la filosofía eternalista: la noción de que el universo entero, incluyendo al tiempo como una dimensión más, es inmutable y eterno, por lo cual ningún ser humano tiene realmente libre albedrío a medida que avanza a través de los hechos de su vida, y éstos se «repiten» para siempre, una y otra vez, sin cambios. La idea es más bien aterradora, y Moore la explora de una enorme variedad de maneras a medida que habla de muchas vidas e historias vinculadas con la de su ciudad.
      La traducción del texto es mía.

Alan Moore

Alan Moore (fuente)

EL LIBRO DE TU VIDA
Alan Moore

Sé que soy un texto. Sé que me estás leyendo. Esta es la diferencia más grande que hay entre los dos: tú no sabes que tú eres un texto. No sabes que te estás leyendo. Lo que crees que es la vida autodeterminada que por la que estás pasando es de hecho un libro ya escrito y que te ha atrapado, y no por primera vez. Cuando una lectura dada ha concluido, cuando la contratapa se cierra como la cubierta de un ataúd, inmediatamente olvidas que ya has luchado a través de sus páginas y lo vuelves a levantar, acaso porque te atrae la foto atractiva y heroica de ti que está en la sobrecubierta.
      Vadeas una vez más a través de la glosolalia del comienzo de la novela y esa sorprendente escena del nacimiento, toda en primera persona, nebulosamente descrita en una confusión de nuevos sabores y olores y luces aterradoras. Te demoras con deleite en los pasajes de la infancia y saboreas a todos los nuevos personajes, poderosamente logrados, a medida que se presentan, la madre y el papá, los amigos y parientes y enemigos, cada uno con sus excentricidades memorables, su atractivo singular. Aunque encuentras interesantes esas hazañas juveniles, descubres que estás meramente leyendo por encima algunos de los episodios posteriores por puro aburrimiento, pasando deprisa las páginas de tus días, saltándote hacia delante, impaciente por el contenido adulto y la pornografía que supones que te espera en el capítulo siguiente.
      Cuando esto resulta ser menos una alegría en estado puro, menos abundante de lo que habías anticipado, te sientes vagamente como si te hubieran estafado y truenas por un tiempo contra el autor. Para entonces, sin embargo, todos los temas centrales de la historia se acumulan a tu alrededor en el relato, locura y amor y pérdida, destino y redención. Empiezas a entender la auténtica escala de la obra, su profundidad y su ambición, cualidades que se te habían escapado hasta ahora. Hay una creciente aprehensión, una sensación de que el cuento podría no estar en la categoría que habías supuesto previamente, es decir, la de la aventura picaresca o la comedia sexual. De modo alarmante, la narración progresa más allá de las fronteras confortables de los géneros al territorio perturbador de la vanguardia. Por primera vez te preguntas si estás abarcando más de lo que puedes apretar, si te has embarcado por error en una pesada obra maestra, cuando tenías la intención de elegir solamente un thriller barato, lectura de vacaciones para el aeropuerto o la playa. Empiezas a dudar de tus capacidades de lectura, a dudar de tu habilidad para aguantar esta fábula mortal hasta su conclusión sin que tu atención se distraiga. E incluso si la terminas, dudas tener la suficiente astucia para entender el mensaje de la saga, si es que existe un mensaje. En privado, sospechas que te pasará muy por encima, y sin embargo, qué más puedes hacer salvo seguir viviendo, seguir pasando las páginas como hojas de calendario, con el impulso de aquella recomendación de la portada que decía “Si sólo lees un libro en tu vida, que sea éste”.
      No es sino hasta que estás más allá de la mitad del tomo, cerca de la marca de los dos tercios, que algunos puntos argumentales previos y aparentemente aleatorios empiezan a tener alguna especie de sentido para ti. Los significados y las metáforas empiezan a resonar; las ironías y los temas recurrentes se revelan. Aún no tienes la certeza de haber leído esto antes o no. Algunos elementos parecen terriblemente familiares y tienes premoniciones ocasionales de cómo se resolverán algunas de las tramas secundarias. Una imagen o un parlamento dará un acorde como de déjà vu, pero en general todo parece una nueva experiencia. No importa si es la segunda lectura o la centésima: te parece algo fresco, y, sea a regañadientes o no, pareces disfrutarlo. No quieres que termine.
      Pero cuando ha concluido, cuando la contratapa como la cubierta de un ataúd finalmente se ha cerrado con fuerza, inmediatamente olvidas que ya te has abierto paso a través del libro y lo vuelves a levantar, porque tal vez te atrae la llamativa y heroica foto tuya que está en la sobrecubierta.
      La marca de un buen libro, dicen, es que puedes leerlo más de una vez e igual encontrar algo nuevo en cada ocasión.