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Mi esposa es un cyborg (crónica)

[Esta brevísima crónica apareció publicada en 2011 en el suplemento El Ángel, del diario Reforma.]

 

 

Mire bien: la imagen no está trucada: el dedo anular de la mano está realmente en contacto con una cadena de tres clips y realmente los levanta. No hay pegamento de por medio. Tampoco hay ningún punto de apoyo para la cadena.
La explicación es muy simple: se trata un imán. Un pequeño imán de neodimio que tiene la fuerza suficiente para levantar en el aire una moneda de dos pesos y hacer que se yerga, sin elevarse, una de cinco. El imán, encerrado en una cápsula de silicón, está implantado quirúrgicamente en el dedo anular: una operación de media hora y que sólo exige un punto de sutura. No hay ningún efecto secundario.
La mano es de mi esposa, Raquel.
Y si pensamos que cualquier objeto que pasa a formar parte permanente del cuerpo lo transforma, como se dice en las historias de ciencia ficción, entonces mi esposa se ha convertido en un organismo transformado: en un cyborg. (Eso sí, un cyborg muy discreto: nadie la confundiría con Terminator, lo que me llena de una alegría que no describiré.)
La historia también es simple: interesada en el tema de las modificaciones corporales desde hace años, Raquel ha escrito varios artículos acerca del mismo y ha estado en contacto con varios de sus exponentes más famosos. Uno de ellos, el estadounidense Steve Haworth, inventó los implantes magnéticos: menos llamativos que un piercing pero más interesantes que un tatuaje, al menos en el sentido de que no cambian el aspecto externo de quien los lleva pero, en cambio, le dan dos poderes cyborg: le permiten levantar objetos pequeños y metálicos “como por arte de magia” y, más raro todavía, lo vuelven capaz de sentir campos magnéticos.
Así es: el imán vibra, silencioso, sin que nadie salvo mi esposa se dé cuenta, cuando se enciende cerca un proyector de video o cuando pasa por un detector de mercancía en una tienda. O cerca de otro imán. Es una ampliación del sentido del tacto: una auténtica modificación (aunque sea pequeñísima) de la forma en que se percibe el mundo.
Raquel fue a Estados Unidos recientemente a visitar a algunos familiares y aprovechó –porque sí, porque la operación no es realmente cara, porque la vida es corta, yo qué sé– para hacer cita en el estudio de Haworth: ahora es una de las poco más de mil personas en el mundo con implante magnético y una nueva manera de asombrar a amigos y conocidos. Con el tiempo nos hemos creado una rutina: yo le consigo algún objeto ligero (una corcholata sirve también) y ella lo levanta. Quien nos mira nunca advierte de inmediato que pasa algo raro, y a veces se le debe señalar que lo que ve no es habitual; cuando lo nota, eso sí, siempre se desconcierta. Puede llegar a maravillarse: a hablar de cyborgs y a bromear con el día en que Raquel podrá voltear una Hummer o unirse a los X-Men.
Pero también puede también preguntar, con una expresión que hemos aprendido a reconocer: “¿Y para qué?”
Aquí empiezan los problemas. Hay personas que se empeñan en creer que es algo relacionado con “los chakras”, “la energía” y otros términos new age. Hay quien simplemente no puede aceptar que el implante no tiene un motivo práctico, que es un capricho o una locura o una pequeñísima obra de arte: la expresión del carácter travieso de Raquel, de su gusto por las bromas y las sorpresas, de su disposición para el asombro…, de varias de las cualidades, en fin, que más amo en ella.
Ahora que lo pienso, el otro poder cyborg que mi esposa ha adquirido es el siguiente: el de descubrir, rapidísimamente, el modo de pensar de quienes la rodean, y en especial su capacidad (o su falta de capacidad) para la maravilla.

© Alberto Chimal, México, 2011

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