Un pasaje de Jinetes del salario púrpura, una novela corta de Philip J. Farmer, incluye esta imagen memorable de un personaje: Continuar leyendo ‘Operaciones y reducciones’
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Se dice que los escritores escuchan con frecuencia esa pregunta. Es verdad que sucede, aunque quizá no tanto como podría parecer.
Lo curioso es que, a la hora de ponerse a trabajar, el escritor no necesariamente se plantea la cuestión de “buscar” una idea para poder comenzar a escribir; de hecho es muy probable que la idea, el germen de lo que quiere hace, ya esté allí: que ya tenga la intención de comenzar y algo de lo que asirse. He aquí otra frase hecha, pero verdadera: las ideas están por todas partes y lo más inesperado, lo más trivial, puede inspirar un proyecto de escritura que se emprenda con entusiasmo y se concluya satisfactoriamente.
Hay que considerar que “idea” no significa necesariamente “resumen de una historia” ni mucho menos storyline (que es el término que se emplea en el guionismo, y que implica además la intención de resumir clara y sucintamente para hacer que el proyecto se entienda y, de hecho, que el productor se interese en financiarlo). Hay textos que no pueden plantearse como historias, desde luego, pero incluso los que sí son historias pueden, a veces, empezar a crearse sin conocer del todo cuál va a ser su planteamiento, desarrollo y desenlace. Una imagen, unas pocas palabras, un episodio aislado o un vistazo del carácter o el aspecto de un personaje pueden llegar antes que un resumen. Julio Cortázar, por dar un solo ejemplo, Continuar leyendo ‘Frases habituales (1): “¿De dónde saca usted sus ideas?”’
En “Tesis sobre el cuento”, un ensayo famoso de Ricardo Piglia, se resume así un argumento que Antón Chéjov anotó pero jamás llegó a desarrollar:
Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida.
La propuesta es simple: escribir el cuento (o al menos el resumen del cuento) que Chéjov no escribió y en el que, desde luego, el desafío está en inventar un personaje y unas circunstancias que vuelvan creíble el comportamiento del personaje. El ensayo de Piglia contiene pistas útiles para intentar el ejercicio. Los comentarios de esta nota están, como siempre, abiertos para quienes quieran compartir sus textos.

Anton Chejov
[La sección "Taller literario" de Las Historias alterna propuestas de ejercicios y juegos literarios con comentarios y sugerencias sobre escritura.]
Hay muchas circunstancias en las que se llega a adoptar un nombre supuesto, diferente de aquel que se utiliza “normalmente”: una máscara hecha de palabras. Los seudónimos de artistas (y los literarios entre ellos) sólo son más famosos: objeto de más anécdotas.
Ejemplos: Continuar leyendo ‘Seudónimos’
Recuerdo una nota que leí en el blog de una exprofesora de secundaria: “Nadie puede enseñar ni aprender nada”, escribió, y daba la impresión (por las muchas frases impostadas y graves que rodeaban a la que he citado) de que creía haber hallado una Gran Verdad: una de esas frases citables que tanto abundan en la radio mañanera y las malas novelas.
No era para tanto, desde luego: Continuar leyendo ‘La vanidad’
Un ejercicio de dialogación: crear una conversación cortada escribiendo lo que dice un personaje que hable con otro por teléfono. La idea es no escribir lo que el segundo personaje responda. Constantemente podemos escuchar conversaciones así; por ejemplo:
–¿Bueno?
–…
–No, no está, ¿quién la busca?
–…
–No, la licenciada ya no regresa hoy. ¿Quiere dejarle recado?
–…(etcétera)
Para que se comprenda lo que sucede, por supuesto, los diálogos que sí se incluyan deben ofrecer información suficiente para compensar la falta de los otros. A la vez, los diálogos no deben sonar forzados (se debe evitar, por ejemplo, el uso de parlamentos inverosímiles como “¿Dice usted que es fulano de tal y busca a tal y tal aquí en estas oficinas que son de equis compañía?”).
Por último, como la conversación que antecede es trivial y no muy interesante, la propuesta adicional es que la conversación que se cree sea una historia completa, con planteamiento, desarrollo y desenlace. Como siempre, la sección de comentarios queda abierta para quienes deseen hacer el ejercicio. (Otro, semejante, se encuentra aquí.)

He aquí un ejercicio muy simple: describir un lugar con tanto detalle como se pueda pero sin mencionar ningún detalle visible: que en el texto sólo se puedan encontrar impresiones del oído, el tacto, el olfato y el gusto. La sección de comentarios queda abierta para quien desee participar.

Niña grande sin ojos de Julian Schnabel. Fuente: telegraph.co.uk
La ironía está de moda: lograr la discrepancia entre lo que se dice y lo que entiende de lo dicho es facilísimo, como sabe cualquiera que ha visto un episodio de Los Simpson o de las otras, incontables historias que utilizan el mismo recurso una y otra vez. Pero todavía sirve ensayarla para ver cómo funciona.
Un ejercicio posible: imaginar un argumento irónico (un solo párrafo es suficiente) en el que un personaje dado se propone con todas sus fuerzas hacer algo y logra, después de mucho esfuerzo, exactamente lo contrario. Un ejemplo rápido:
Un poeta dedica su vida y su obra (se tiene por alguien comprometido con las necesidades de su momento histórico) a la promoción de una ideología progresista. Crea una obra copiosa y encendida; recibe grandes honores, es favorito de mucha gente, y al morir es recordado… como el gran autor de la derecha: el más lúcido y apasionado defensor del conservadurismo. Eso es lo que sus lectores, que tanto lo quieren, ha encontrado siempre en sus textos.
La sección de comentarios queda abierta, como siempre, para las propuestas de los lectores.
Qué curiosa novela es Anathem (2008) de Neal Stephenson: entretenida, sin pretensiones, pero a la vez muy inteligente. Como ficción especulativa, juega a situar porciones de la historia y la filosofía de occidente en otro planeta (para alternarlas con una trama de aventuras que no contaré) y parte importante del texto tiene que ver con las religiones de ese mundo distinto y cómo se enfrentan entre sí y con quienes no creen en ninguna de ellas.
En alguna parte de esos enfrentamientos, el lector se entera de la cosmogonía (el relato mítico sobre el origen del universo) de cierta iglesia. Es la siguiente, que he traducido de mi ejemplar de la edición en rústica:
[Aquella religión] había sido inventada unos dos mil años antes por algún profeta ingenioso que debía haber sido inusitadamente modesto, pues se sabía muy poco de él y no se le adoraba. [...] Todas sus sectas y cismas estaban de acuerdo en que había otro mundo, ajeno a este que habitamos y más grande: en cierto sentido más real. Y que en ese mundo había un ladrón que asaltó a una familia. Mató al padre de inmediato, violó y luego mató a la madre, y se llevó como rehén a la pequeña hija de ambos. Poco después, mientras intentaba evitar que lo capturaran, estranguló a la niña inocente. Pero de todas formas fue capturado y encerrado en un calabozo por largo tiempo (“la mitad de su vida”) mientras esperaba que su caso fuera llegara a un Magistrado. En el juicio admitió su culpa. El Magistrado le preguntó si había alguna razón por la que no debiera sufrir la pena de muerte. El Condenado respondió que la había, y que había llegado a él durante sus años en el calabozo. Al meditar sobre sus horribles crímenes, lo único que no había podido expulsar de su mente había sido el asesinato de la niña –la Inocente– porque en ella había habido el potencial de hacer muchas cosas que ya nunca se realizarían. En toda alma, arguyó el Condenado, estaba la habilidad de crear un mundo entero, tan grande y tan variado como el que habitaban él y el Magistrado. Pero si esto era verdad para la Inocente, también debía ser verdad para el Condenado, y por lo tanto ni él ni nadie debía sufrir la pena de muerte.
Al oír esto, el Magistrado expresó su escepticismo sobre la capacidad del Condenado de generar un mundo entero. Aceptando el reto, el Condenado empezó a contar la historia de un mundo que había imaginado y a relatar las historias de sus dioses, héroes y reyes. Esto consumió el día entero, por lo que el Magistrado dio un receso a su corte, pero también advirtió al Condenado que su destino estaba aún en riesgo porque el mundo que había inventado parecía estar tan lleno de guerras, crímenes y crueldad como aquel en el que ambos vivían. La conmutación de la sentencia del Condenado sólo sería tan buena como el mundo que estaba inventando. Si los varios problemas de ese mundo no llegaban a una conclusión satisfactoria en la sesión del día siguiente, él sería ejecutado al anochecer.
Al día siguiente el Condenado intentó satisfacer al Magistrado, y avanzó un poco en su historia, pero al hacerlo introdujo nuevos problemas y dio vida a nuevos personajes de moralidad no menos ambigua que los primeros. El Magistrado no pudo hallar causa suficiente para ejecutarlo, así que el juicio continuó al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente.
[Nuestro mundo] era justamente el mundo que se creaba día a día en la mente del Condenado en ese tribunal. Tarde o temprano todo acabaría en un juicio final por parte del Magistrado. Si ese mundo le parecía al final un sitio decente, dejaría vivir al Condenado y el mundo (nuestro mundo) seguiría existiendo en su mente. Pero si el mundo, por el contrario, sólo reflejaba la depravación del Condenado, el Magistrado lo haría ejecutar y nosotros dejaríamos de existir. Nosotros podíamos ayudar a mantener con vida al Condenado, y así preservar nuestra existencia y la de nuestro mundo, esforzándonos todo el tiempo en convertirlo en un lugar mejor.[...]
El Condenado representaba un principio creativo pero defectuoso. El Magistrado representaba el juicio y la bondad. La Inocente era la inspiración con el poder de redimir al Condenado.
Este mito parece arbitrario, aunque no faltan algunos que se le parecen en las historias antiguas. En todo caso, la propuesta es simplemente que los interesados inventen su propia cosmogonía: su propia historia del origen de Todo –tan extraña o caprichosa como deseen–, y la coloquen en los comentarios de esta nota.
Mientras se animan, felices fiestas.















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