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La grieta en el aire

(Por alguna razón, este texto, publicado hace ya tiempo, se perdió en la base de datos del sitio. Lo vuelvo a publicar. El libro al que se refiere merece leerse.)

El espíritu de esta época parece justo lo contrario del espíritu romántico: Continuar leyendo ‘La grieta en el aire’

De la madurez

Uno de mis propósitos para este año es dejar de buscar disculpas para el cuento. No las necesita, y si hay lectores que no se le acercan, peor para ellos. Que se vayan a leer la novela de moda y que nos dejen en paz. Que la forma del cuento es más antigua que la de la novela, dicen: muy bien. Que es más extraña: quién sabe cómo definen “extraño”, pero de acuerdo. Que es más exigente, menos reconfortante, más arriesgada y peligrosa: sí, lo es, cuando se trata de cuentos que valen la pena. Son pocos, pero el encontrarlos es el encontrar una parte de lo verdaderamente valioso de la literatura, que no depende de su género –de hecho, incluso lo podemos encontrar en alguna que otra novela– y que rara vez podemos ver cuando está demasiado cerca: cuando acaba de aparecer o lo ha escrito alguien de nuestros contemporáneos.

Sospecho que Edificio de Ana García Bergua será reconocido, cuando podamos leerlo bien y con calma, como uno de esos libros escasos: de los que compensan meses y años de búsqueda entre novedades huecas y mal hechas. De momento, para celebrar su aparición, quedémonos con lo que se ve más inmediatamente: las quince historias que componen este volumen –fragmentos de las vidas de otros tantos personajes que son vecinos en un conjunto imaginario de departamentos– son apasionantes.
      Ahora que nos encontramos con los cuentos más bien en colecciones que en revistas o periódicos, los mejores cuentistas buscan formas nuevas de justificar la existencia de sus libros. La intención, en general, es que las historias sugieran una unidad que les dé otro sentido más allá del que pudieran tener individualmente: que los textos se hablen, como ha escrito el crítico Gabriel Wolfson, a la vez que nos hablan a nosotros. Edificio se propone este objetivo de un modo claro e ingenioso: algunos personajes aparecen en más de un texto, de manera que todos parecen suceder en el mismo mundo inventado. No es un artificio muy distinto del entrelacement: la técnica por la cual los precursores de la novela en la edad media comenzaron a reunir tradiciones dispersas y a convertirlas en largos ciclos narrativos, aunque aquí los personajes reunidos poco a poco, por medio de referencias sueltas que el lector va reuniendo aun sin darse cuenta, no son caballeros y reyes sino hombres y mujeres de clase media y de mediana edad, que se enfrentan con sus propias vidas huecas y con el extrañamiento que les inspira el hecho de que el tiempo los va dejando atrás: que el destino del ser humano es la irrelevancia y el olvido y casi todos llegamos a esa meta mucho antes de la muerte. Las semillas de esta visión se plantan en el primer cuento, “La carta”, y dan fruto en el último, “Los tormentos de Aristarco”; este último incluso se las arregla para reinterpretar, sutilmente, varias de las narraciones precedentes.
      Por otra parte, lo que apasiona de los cuentos de Edificio –o lo que a mí me apasiona– no es el dibujo de su realidad general y desoladora, por elegante que pueda ser, sino las historias individuales: los sucesos concretos de cada vida imaginada. En esto Edificio tiene raíces más antiguas: al contrario del grueso de nuestra tradición realista, que lleva cincuenta años escribiendo los mismos tedios de las mismas formas tediosas, Ana García Bergua toma lo mejor de la más antigua tradición de la narrativa –el impulso de la trama, la curiosidad por “lo que va a pasar después”– y en muchas ocasiones nos fuerza, efectivamente, a preguntarnos qué puede pasar luego con sus personajes. Esto no es poca cosa: sin aspavientos, cada texto sorprende con vueltas impredecibles, con sucesos que tienen perfecto sentido cuando ocurren pero no se ven venir y no necesitan ser imposibles ni estrambóticos. La contención no se tiene por una virtud entre nosotros y en verdad lo es muy raramente, pero aquí se le emplea para producir muchas veces un efecto devastador: incluso las vidas más anodinas, las más alejadas de lo que ofrecen los sueños y hasta los hechos improbables, de pronto pueden dar a quienes las viven una sorpresa. Nuestras formas de pensar, por sólidas y tercas que puedan parecer, pueden llevarnos a acciones y encuentros inusitados; nuestra rutina puede desembocar en transformaciones radicales; todo lo anterior puede trastocarnos, y hasta destruirnos.
      Si somos como los personajes de este libro, todo esto significa que ni siquiera la desolación puede ofrecernos una estabilidad verdadera, el consuelo de lo que no cambia. Y, sin embargo, tal vez sea para bien que nuestras certidumbres sean tan engañosas y nuestras existencias tan frágiles. Nunca hay en Edificio el gusto por la superficie del sufrimiento que está de moda en tantos de esos libros malos que mencioné al comienzo: al contrario, hay una perplejidad que me cuesta describir porque no es resignada pero tampoco frívola. Tal vez, parece decir, incluso quienes estamos encerrados en nuestras vidas estamos más expuestos de lo que deseamos. Y tal vez sea para bien aunque no sea para nuestro bien, como dicen que dijo Kafka.
      Para acabar, permítanme una cita rara: es de Santiago Auserón, cantautor y rocanrolero español, quien habló en una de tantas entrevistas de los problemas de la música popular de su país. “Cada vez que está a punto de madurar una generación”, dijo, “la industria y los medios la abandonan a su suerte: los chavales se mueren de estrellato antes de tiempo. (…) No se produce con naturalidad el paso del estado de adolescente alucinado a humilde artesano con capacidad de aguante”. Ahora se podría usar lo dicho por Auserón para declarar muchas obviedades. Mejor hacer una analogía a partir de la cuestión del aguante: aquí no hay industria ni medios que se desentiendan de los escritores (porque tampoco dan el paso inicial de interesarse por ellos), pero de todas formas son muy pocos quienes apuestan por el refinamiento complicado, doloroso, incierto del trabajo propio más allá de los primeros pasos, del primer golpe que casi nadie consigue dar y que tantos viven buscando mucho más allá de toda medida. Ana García Bergua es una de esas escasas afortunadas que ha sido consecuente con su evolución como escritora, que ha aceptado la madurez de su vida y la ha convertido en madurez de su trabajo.

(Esta nota se leyó el mes pasado en la presentación de Edificio, libro de cuentos de Ana García Bergua publicado por la editorial Páginas de Espuma.)

La muerte del autor y otras noticias

[ACTUALIZACIÓN: la segunda reseña de Los esclavos, un texto muy interesante de Libia Brenda, ha aparecido en Facebook.]

No había dejado un aviso apropiado de esto: desde fines del año pasado, tengo una columna en la revista electrónica Los noveles, dirigida por Salvador Luis. Su título es el de una de las encarnaciones previas de esta bitácora: “La materia no existe”, y ahora su nueva entrega, la tercera, trata de mi muerte. De hecho, de la muerte de cualquiera, con énfasis en la parte más desagradable del asunto. Y además sale Aleister Crowley. Ya están advertidos.

Aleister Crowley

Aleister Crowley en un día bueno

Otra publicación: ahora que México está de país invitado en el Salón del Libro de París y una delegación de escritores se encuentra allá realizando presentaciones, conferencias y lecturas, la revista electrónica francesa Retors publicó en su nuevo número un dossier con textos de varios autores mexicanos en versión bilingüe; uno de ellos es “Álbum”, de Éstos son los días, traducido por Iván Salinas. (Gracias, Iván.)

Por último, ya apareció la primera reseña de Los esclavos en el blog de la narradora y crítica Eve Gil, y varias personas han dejado ya, también, las primeras notas breves en sus blogs sobre la novela: son Jorge Tirzo, Tryno Maldonado, Bef y Héctor Domingo. Muchas gracias a todos.

Actualizaciones del 13/1/09

La nueva actualización de la página del proyecto Poe 2009 contiene diversas novedades. Entre los enlaces recién agregados hay que destacar un archivo de textos, digitalizados por Lulífera (a quien agradezco especialmente), con un par de ensayos capitales de Poe, “El principio poético” y “Filosofía de la composición”; un ¿artículo? de Poe, “Von Kempelen y su descubrimiento”, comentado por Jorge Volpi; y la famosa versión animada del poema “El cuervo” del programa Los Simpson.

Han llegado las primeras propuestas de textos originales; pronto aparecerán publicados, en páginas aparte, al menos un par de ellos, así como un par de nuevas traducciones. La convocatoria a participar en este proyecto, abierta a todos los interesados durante todo este año, puede leerse en esta página.

Gracias a todos.

Lo que hubiera dicho si…

1. Lo que pasó

Me invitaron a presentar, el pasado 4 de noviembre, el libro A bocajarro, novela de ciencia ficción de Adrián Curiel Rivera. Llegué tardísimo: la presentación fue en la Casa del Lago, dentro del bosque de Chapultepec, y el viaje tomó mucho tiempo más del previsto porque el Periférico y el Paseo de la Reforma estaban bloqueados; no supe por qué.

Entrando en la Casa me dijeron que la causa del caos vial en la zona era un accidente: un avión se había estrellado cerca de la Fuente de Petróleos, donde confluyen las dos avenidas que mencioné. Pero apenas puede prestar atención porque debía subir a la mesa de presentadores, que ya estaban allí: eran el doctor Fernando Curiel, académico de la UNAM, y Pablo Soler Frost, quien de hecho ya había comenzado su comentario y hablaba de Blade Runner, de las visiones del futuro que ponen en él lo peor del presente, de la facultad visionaria de la ciencia ficción.

Luego me tocó a mí y dije… algo distinto de lo que aparecerá en esta nota, por razones que explicaré. Pero estuve de acuerdo en que el libro mostraba una visión terrible de un futuro oprimido por la desinformación y la estupidez, y agregué que la mejor cualidad de la literatura fantástica (en la que se puede incluir, por supuesto, a la ciencia ficción, como una rama particular y riquísima) es obligarnos a ver más allá de las ideas sobre la realidad con las que intentamos reducirla a nuestra estatura humana.

Entonces el doctor Curiel empezó a leer su propio comentario, escrito en forma de carta: como es el padre del autor (creo que fue la primera vez que he estado en una presentación donde padre e hijo compartieran la mesa), el tono era cálido y el texto saltaba de un tema a otro como sugiriendo una gran familiaridad. A la mitad de la carta empezó a sonar un celular; resultó que era el del propio doctor Curiel, quien no sólo contestó sino que se embarcó en un diálogo rápido con quien lo llamaba; “Estoy en una presentación”, dijo, y entre otras cosas, también, lo siguiente:

–Sí… ¿El que se mató fue el secretario de Gobernación? Ah…

Dijo algo más, se despidió, colgó y yo pude ver, en el público, una colección de rostros asombrados que no olvidaré. Al término de la presentación, las conversaciones eran nerviosas: por supuesto, la noticia (que llamadas de otras personas confirmaban rápidamente) tenía algo de irreal. Alguien dijo:

–Como siempre, esto demuestra que la realidad supera a la ficción.

Como siempre, me pareció que la frase no tiene sentido, y pensé en responder, pero en el momento no pude hacerlo: me estorbaban recuerdos como el de los primeros días de 1994 (cuando el EZLN hizo su espectacular aparición pública) o el de julio de 2006 (cuando se separaron las aguas). Pero ahora que las cosas se han calmado un tanto: que se ha nombrado a un nuevo secretario de gobernación, que al muerto famoso se le ha perdonado todo, que las teorías conspiratorias agonizan en la abulia y la resignación, que ya hemos olvidado a los otros que murieron alrededor de Juan Camilo Mouriño y en realidad ni siquiera llegamos a enterarnos de quiénes fueron, y que (como siempre) llegan otras noticias a los titulares y las dudas se diluyen en imprecisiones y aplazamientos (11 meses para conocer análisis del avionazo; innumerables artículos-basura que dicen tantas cosas distintas que nos quedamos peor que antes), ahora es el momento de responder a esa afirmación, y también de hacerlo modificando un poco, sólo un poco, lo que leí en la presentación.

2. Lo que hubiera dicho si lo hubiera sabido en aquel momento lo que estaba pasando en Reforma y Periférico y que sucedería más tarde en relación con dicho asunto

[texto especulativo de presentación]

Adrián Curiel Rivera, A bocajarro. México, Conaculta, 2008

Las palabras ciencia ficción conjuran numerosas imágenes, sugieren numerosas ideas, inspiran numerosas opiniones. Y son una mala traducción del inglés science fiction, que en castellano, con toda propiedad, debería ser “ficción científica” o, mejor aún, “narrativa científica”, o todavía más (atendiendo al espíritu más que a la letra): literatura especulativa, como proponía en el siglo XX el escritor Harlan Ellison; literatura dedicada a imaginar otras posibilidades de la vida humana a partir de lo que existe hoy. Esta categoría de historias es una rama, pequeña si se quiere, pero a la vez influyente y poderosa, de la literatura fantástica, que a su vez es parte –incomprendida a veces, pero siempre presente: desde el comienzo mismo del lenguaje– de la literatura a secas.

El nombre incorrecto se ha quedado, como sabemos, y algunos han llegado a contraerlo hasta “ficción”, solamente, como si el resto de la literatura fuera “realidad” o como si la realidad fuera tan inmediatamente asible: como si el avionazo de aquí junto –por ejemplo– no estuviera a punto de ser tema de innumerables teorías conspiratorias, sospechas paranoicas y versiones contradictorias que destruirán cualquier seguridad de que algún día sabremos qué pasó.

Pero con todo esto quiero decir que la ciencia ficción, pese a que algunos sostengan lo contrario, no es una sucursal de la divulgación científica, una herramienta didáctica, un conjunto de tramas simplistas para uso exclusivo de la industria del entretenimiento ni, mucho menos, un conjunto de posibilidades indignas de la imaginación. Muchas veces, casi siempre, se le ha reducido a eso. Pero la ciencia ficción (la mejor) ha sido la literatura visionaria de nuestro tiempo. No se trata de lo que va a pasar sino de lo que está pasando: de lo que entendemos o no podemos entender del mismo presente.

Aquí en México, sospecho, el que provengamos de la fusión violenta de dos culturas autoritarias y la dominante –es decir la española– haya continuado aquí el proceso largo y represivo de afirmación de la ortodoxia católica y castellana que había comenzado en el siglo XV, ha causado cierta atrofia de la imaginación. Pero aquí, como en el resto de occidente, la relación de la cultura con la literatura especulativa ha sido de amor y odio a la vez. Por un lado, como todo el mundo, hemos deseado creer en las visiones de un futuro sorprendente, de las maravillas que todavía podrían estar, gracias a la ciencia, disponibles para todos en un mundo cada vez mejor cartografiado, más despojado de misterios (ésta es, todavía, la base casi invisible del discurso triunfal y simplista de la mayoría de los políticos). Por el otro lado, ninguna maravilla en el papel ha podido con los horrores de la historia, que en los últimos cien años se han acumulado hasta el punto de hacernos descreer de toda idea de progreso y modificar nuestras especulaciones para convertirlas en pesadillas (ésta es una de las raíces del discurso de la abulia y la resignación actuales, de los millones que han visto cualquier posibilidad de futuro –y de participación en el futuro– retiradas de su alcance, luego de décadas de promesas).

Además: ahora se dice que la ciencia ficción, como el resto de la literatura, está de capa caída, en retirada y decadencia, a punto de ser suplantada por el reportaje, la autobiografía, todos los posibles relatos de la simple realidad. Sin embargo, basta que los medios se dediquen sistemáticamente a destruir la comprensión de un hecho cualquiera, como sin duda sucede ya mismo entre los despojos y los muertos al oeste de aquí: cuando ocurre, nos damos cuenta de que nuestra idea de lo que es real es fabricada –maquillada y rehecha, falsificada, censurada, regida por los poderes fácticos de la política, los medios y el crimen– y nos damos cuenta de lo que sucede en verdad: occidente, aturdido aún por los sucesos traumáticos y las desilusiones acumuladas durante décadas, ha preferido retraerse: ha perdido la confianza en su poder sobre lo real y se encierra en lo virtual para librar una lucha que sí cree, todavía, poder ganar, aunque sea a costa de todas las promesas de bienestar y enaltecimiento en las que había creído desde la época de la Ilustración. México es uno de los grandes laboratorio de falsificación (o de simulacro, para usar esa palabra famosa) que existen en el mundo: aquí todos los días se comprueba que si la existencia es terca, la percepción es dócil.

Todo esto se muestra en A bocajarro, que en cierto sentido es una novela fuertemente afincada en la vida tal cual es; como además es una novela especulativa, pura ciencia ficción en la estela de varios de sus autores emblemáticos, puede llevar “lo que es” todavía más lejos y colocarlo en un entorno que parece ajeno hasta que se observan todas sus semejanzas con nuestros miedos y preocupaciones. Basta decir que, en la novela, la nación ficticia de Urbarat vive a merced de una casta de comunicadores que nublan la comprensión de todo y mantienen embrutecida a una vasta población, que de pronto parece atrapada en un delirio circular más allá de toda memoria. ¿Se debe repetir el cliché de que “cualquier semejanza con la realidad…”?

El nombre del más destacado de los precursores de esta novela aparece en ella: Philip K. Dick, el gran autor estadounidense, cuyas novelas –Tiempo de Marte, Ubik y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?– sufren, como casi todos los libros en la nación totalitaria donde se desarrolla la acción, la purga de todo el conocimiento, la inteligencia, la reflexión y hasta las fechas precisas que lleva a cabo el Animador, la última versión del dictador absoluto. Para acentuar la ironía, en este mundo donde la imaginación está prohibida y la verdad es imposible de descubrir el protagonista es un detective: Vicente Diamante, encargado de resolver un crimen desconcertante. Desde luego, no todo saldrá bien, pero aunque no diré qué sale mal, y qué vueltas reserva su creador a sus criaturas, sí puedo adelantar que la investigación del detective tiene tanto que ver con el muerto como con su propia naturaleza humana, y la de su propio mundo, consagrado no sólo a la opresión y la frivolidad sino también al simulacro: la destrucción de todo asidero con lo que llamamos la realidad es una metáfora de todas las formas en las que elegimos no ver cuanto está a su alrededor. En una época en la que toda la literatura parece, en ocasiones, condenada a ser sólo un producto de consumo, a sólo repetir las ideas confortables, una novela como ésta es una sorpresa estremecedora.

3. El fin

Tras salir de la Casa del Lago tomé un taxi. El conductor y yo hablamos del avionazo, y de pronto él sacó su celular y me contó que un pasajero le había transmitido, mediante Bluetooth, un video que había tomado muy cerca del sitio del ¿accidente? Luego transmitió a mi propio celular el mismo video, en el que no se ve ni se oye mucho: gritos, bocinas y motores acompañan a una mancha negra salpicada de luces amarillas y anaranjadas.

El hombre estaba feliz y pensaba que tal vez el video podría venderse a alguna televisora. Yo pensé que apenas había relación entre aquellas imágenes y lo que había pasado, lo que estaría pasando todavía por algún tiempo, y de lo que él y yo y todos ya estábamos infinitamente separados.

Pero brevemente me sentí, adoctrinado que estoy, en una de esas escenas que abundan en las películas y los libros futuristas: emocionado por el aparatito y sus humildes poderes.

[Posdata: además del enlace al texto de Edgar Clement sobre el avionazo, que se pierde un poco en un párrafo anterior, agrego otro más: este texto de Sergio J. Monreal es excelente porque se refiere lúcidamente a lo importante que no vemos, que tan alegremente elegimos no ver.]

La bitácora de Balzac

 



Jorge Harmodio,
Musofobia. México, Mondadori, 2008. 216 pp.

1
En México, que tiene a TV Azteca y a Televisa, no ha aparecido aún una blogonovela. Pero la palabra se usa en diversos contextos para nombrar a los libros impresos que transcriben historias publicada inicialmente en bitácoras virtuales, con el fin de explotar comercialmente la popularidad que éstas hayan logrado en Internet. En otros países ya hay muchos ejemplos de libros semejantes, que utilizan la publicación en red como medio para imitar la publicación por entregas al modo de los folletines del siglo XIX y luego siguen el mismo camino hacia el papel. Los ejemplos en español van de Apocalipsis Z de Manel Loureiro, una encantadora novela de catástrofes, a la muy sobrevaluada Más respeto que soy tu madre de Hernán Casciari; hasta el momento, todas coinciden en ser de lo más convencional en su forma y sus temas: la única novedad es el “canal” que emplean para su distribución, y ninguna lo aprovecha para lograr algo más de lo que se podía lograr ya, aunque con menos eficiencia, en los tiempos de Dickens o Víctor Hugo.
      Justamente lo contario pasa con Musofobia, que para seguir con el juego tendría que llamarse no blogonovela, sino novela blog: la primera que consigue, al menos en castellano, traer realmente a la página impresa el mundo de la escritura virtual.
      La historia es la de Jorge, ingeniero mexicano y aspirante a cuentista radicado en París, sujeto a los vaivenes de su trabajo y al desastre de su vida amorosa (un ratón entra en su departamento –de ahí el título– cuando su pareja lo abandona por un novelista y su mundo entero se trastrueca). Y todo se presenta en efecto como blog, diario en línea con enlaces a otros sitios, comentarios y hasta basura electrónica, pero aparece primero como un libro, paralelo a la verdadera bitácora de Harmodio (malversando.wordpress.com) y sin repetir nada de lo publicado en ella. Además, entre los hechos de la trama novelesca, fechada y fragmentada como un diario, se atraviesan cuentos atribuidos al Jorge personaje, que aparecen sin fechas, no siempre son anunciados por el propio diario y en ocasiones, incluso, pueden leerse como un comentario humorístico o terrible de los hechos de su presunto autor. ¿Quién decide la colocación de estos materiales adicionales? No la criatura ficticia, desde luego, sino el escritor que le da su nombre y algunos hechos de su propia vida, deformados según conviene a las necesidades de la historia. No faltará quien crea, ingenuamente, que esto es un diario de verdad, una autobiografía a la que juzgar de acuerdo con las reglas del culto moderno a las celebridades, pero diré más sobre este problema en la sección 3 de la presente nota.

2
Sin mencionar aún a cierto gran precursor de Musofobia (véase para esto la sección 4), que prefigura varias de sus propuestas para alivio de los lectores más calmosos, baste decir que este libro se vale de la estructura discontinua del blog para aludir a la fragmentación de nuestra propia conciencia, de nuestros modos de estar en el mundo y comprenderlo, en el temprano siglo XXI, cuando ya la idea de los Grandes Relatos está definitivamente muerta y, al menos mientras llegan las primeras grandes conmociones tras del “Fin de la Historia”, sólo podemos terminar de lidiar con el trauma: limpiar lo que quedó tras los derrumbes que todos conocemos y explorar un mundo que se ha vuelto distinto. Como también muestra la comunicación por Internet, señas de identidad que eran cruciales hace unas décadas han perdido todo sentido para muy grandes poblaciones, y los deseos de éstas –por sumisión o por impotencia o por mero desconocimiento– tampoco tienen que ver con las aspiraciones y los valores de antes, que se mantienen por inercia salvo entre sectas y fanáticos. La experiencia parisina del Jorge personaje no tiene que ver con las que aparecen en Rayuela de Julio Cortázar y otros libros escritos por latinoamericanos “exiliados” en Europa durante los años sesenta, pero tampoco con la descrita en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, que hace una década puso en crisis a aquellas otras novelas. No hay en Musofobia la angustia por un origen perdido ni el deseo de correr hacia el futuro, de agotar sus posibilidades, que viene del descubrimiento de que ningún retorno es posible. Los personajes viven, aman, odian, se enferman y se alivian, se acercan y se alejan aislados en su propio mundo virtual, que existe suspendido, aislado del otro pero sujeto a sus vaivenes y siempre en peligro de desaparecer, como desaparece el “nidito.de.amor” que es el primer escenario de la novela (Harmodio juega todo el tiempo con la sintaxis mecánica de las direcciones de Internet y la traslada al mundo tangible).
      Por lo demás las existencias de estos seres artificiales también se parecen a las nuestras en que están hechas de trozos desiguales, reunidos y ensamblados con grandes esfuerzos para “personalizar”, como se dice ahora, la superficie de una vida en que la libertad de acción cuenta muy poco. Las alternativas de ahora, parecen decir estas aventuras, son ilusorias, tan profundas como el cristal de una pantalla.

3
Hay algo más que decir sobre la idea de la autobiografía. Este año se ha puesto de moda condenar (de plano) la ficción, juzgarla agotada e impropia para estos tiempos y abogar por la crónica, el reportaje y la autobiografía: “la directa, precisa y temeraria escritura del yo”, escribió el español Vicente Verdú en uno de tantos textos sobre el asunto. Extraña un poco que se pase por alto el hecho de que ya vivimos saturados de imágenes de la realidad, debidamente editadas (o fabricadas) y empacadas para el consumo pero vendidas como verdad…, pero Musofobia, en todo caso, propone un juego distinto: el yo del autor se transforma y se convierte en parte de una figura literaria, independiente de los vaivenes “reales” de quien la creó. Peor para nosotros si esta intención precisa del texto nos parece una novedad.

4
La novedad está aquí: entre los grandes precursores de Musofobia –es decir: entre los libros que mejor se transforman y se matizan tras leer Musofobia–, no hay ningún autor mexicano ni tampoco, al contrario de lo que exige otra de nuestras modas, ninguno de habla inglesa. El más visible de quienes sí están es Enrique Vila-Matas, cuyas autoficciones no necesitan ninguna justificación y quien sólo en una novela: El mal de Montano, engaña y desengaña para la eternidad tanto a quienes buscan a “los seres reales y la historia real” como a los enemigos de la imaginación y del lenguaje. En el fondo, la tradición a la que pertenece y con la que se mide Jorge Harmodio es larga y venerable: su gran santo es Honoré de Balzac, a quien Harmodio lee devotamente y con quien se atreve a jugar tanto en Musofobia como en otros textos (véase su “BalSac”, publicado en la antología Grandes hits vol. 1 de Tryno Maldonado).
      No es tarde para admirar a las más prodigiosas máquinas de contar –las imaginaciones verdaderamente capaces de meter la realidad en la escritura y no al contrario– y Jorge Harmodio nos lo recuerda con una novela legible ahora, digna de aprecio ahora.

[Esta nota apareció hace poco en la revista Siempre! Es la segunda de este mes para compensar la ausencia de "libro del mes" en octubre. Gracias.]

El viaje del cuentista

Luis Jorge Boone, La noche caníbal. México, FCE, 2008

Sin ironía ni doblez, es verdad lo que muchas personas dicen al comentar primeros libros: siempre es una alegría llegar a ellos, observar el camino que un escritor empieza a trazarse y especular sobre lo que vendrá a partir de lo que ya existe.

Ahora bien, este de Luis Jorge Boone no sólo está lejos de ser de verdad su primer libro, porque viene precedido por varias (y premiadas) colecciones de poesía. Además, es rarísimo: no se conforma con prometer —con sugerir, por ejemplo, que sus textos posteriores estarán mejor trabajados, que es como termina la mayor parte de los autores primerizos— y tampoco es una mera declaración de su poética como narrador, de unos principios que se suponen inamovibles y que por lo general acaban por cambiar, por desecharse o perfeccionarse. Sin permiso ni validación del autor, creo que La noche caníbal puede leerse incluso como la representación de un proceso: el de un escritor mexicano que busca su sitio dentro de lo que se escribe a su alrededor, no termina de encontrarlo y decide por fin que eso es lo mejor que podría pasarle. Ya sé que jugar a que un libro de cuentos es una novela es un truco de los más sucios de la posmodernidad, pero lo haré de todos modos. Aquí va:

El primero de los cuentos reunidos, “Siempre habrá alguien detrás de ti”, sugiere en principio el horror rancio de incontables textos de la llamada generación X, aquellos por los que sabemos incesantemente nuestra evisceración y nuestro tedio. “Llevas un cuchillo en la mano izquierda, en la otra el control remoto de la televisión”, dice el narrador a su protagonista, y el resto es truenos que conocemos bien aunque están representados con gran habilidad.

Sin embargo, en la siguiente historia, “El invierno en Devonshire”, la voz del personaje se apropia de la narración como para anticipar que todos los seres inventados del libro se volverán más complejos y extraños a medida que la colección avance…, y al mismo tiempo la trama deja muy atrás todo discurso encorajinado y falsamente nihilista, llega más lejos que el personaje del primer cuento en la locura, cae más bajo… y encuentra, en el fondo, algo muy extraño: “Un día me negué a salir: me encontré hastiado, sin ánimo de perdición (…) Reconocí aquella vida sin límite, en la euforia de la autodestrucción, como otro engaño, otra apariencia que se derrumbaba al primer torpe intento de justificarla, de encontrar sus anclas.”

¿Qué hay más allá del agotamiento terminal? En este caso, la búsqueda del mal más allá de los límites del mundo, en un guiño que tiene más que ver con Lovecraft que con cualquier influencia de nuestra maltrecha literatura local. Pero al dejar atrás los escenarios y modos habituales, al colocarnos en un cuento que contradice y refina lo dicho por el anterior, el autor, oculto en la voluntad de orden de los textos, abre el libro a varios otros lados a la vez y sugiere —al menos a mí— que los cuentos son etapas de una búsqueda, pruebas que deben cumplirse para encontrar una voz propia: la vertiente fantástica del tercer cuento, “Laberintos circulares”, se deja ver en su personaje descolocado, sus imágenes y sus ilustraciones —como tomadas de una enciclopedia de minucias borgesianas…— pero precede a “Oblivion”, cuyo protagonista es una mujer a la que se mira desde muy cerca, en una intimidad dolorosa que no se había visto antes en el libro y que nada tiene de sobrenatural a pesar de su relación, cercanísima, con la muerte. Lo que está a la vista es el contacto con lo que la narración llama las “paredes” de la memoria: el extravío en la simple realidad después de una pérdida tremenda, y la conclusión de la historia, al no apuntar a ninguna resolución, la vuelve más urgente, más entrañable.

Y luego, los tres cuentos que cierran el libro resultan ser los más logrados porque todos los temas de los anteriores se suman en ellos, se encuentran y se combinan en variaciones inusitadas. Éstos no son los tanteos de un principiante porque hay varias coordenadas fundamentales: la muerte, el recuerdo, la agitación de la conciencia que puede llevar a la locura, la curiosidad o el horror que puede inspirar la profusión del mundo están presentes siempre. Pero la caída aparentemente verosímil que se cuenta en “Telarañas” es eficaz porque no es realista, el catálogo fantástico de “Mandrágula” se perfecciona al no sugerir de modo enfático la ruptura de lo real y en el último cuento, que da título al libro entero, hay una ilusión de verdad tan fuerte que vuelve más convincentes, incluso, los momentos en los que la historia se acerca al naturalismo tradicional de la literatura mexicana. Sutilmente, estos tres cuentos cumplen la promesa que todos los primeros libros quisieran al menos hacer: apuntan a nuevas formas de decir.

Dado que el esoterismo está más de moda que Hegel, ahora tendría que hablar no de un proceso dialéctico sino, por ejemplo, del tarot como representación de un camino iniciático universal; ahora tendría que decir que el auténtico protagonista de La noche caníbal debe ser Luis Jorge Boone, quien muestra sus descubrimientos narrativos de manera análoga a las transformaciones de la figura del Loco, el primer arcano mayor, que crece y se eleva a medida avanza por el mazo y se metamorfosea en todos los otros personajes representados en las cartas.

Pero no creo en el tarot, o al menos no de ese modo, y en cambio pienso en las cartas como en los libros: depósitos de símbolos, articulados entre sí pero siempre dependientes de la percepción humana, capaces de ser leídos de infinitas formas…, y eso, por lo demás, sólo si valen algo: si contienen las semillas de esas formas. La noche caníbal es un libro extraño y notable como un instigador de lecturas múltiples e inusitadas; además de contar, lo repito: describe su propio alejamiento gradual de las rutinas de lo peor de nuestra narrativa hasta llegar a algo distinto, un espacio mágico donde la imaginación del autor encuentra compañías más propicias y sugiere, como otro puñado de libros recientes, que no todo es el excremento y la vanidad que fascina a varios.

[la revista Siempre! publicó esta reseña hace algunas semanas]

¿Qué son esas “notas recomendadas”?

A lo mejor han visto, en la parte inferior derecha de la página principal de esta bitácora, una sección con el encabezado “notas recomendadas”: es una lista con enlaces a los que me parecen los mejores textos publicados aquí, y está pensada para subvertir un poco el esquema habitual de publicación cronológica en un blog y señalar textos que no necesariamente tienen la misma fecha de caducidad que una convocatoria o un aviso ocasional. En la lista hay notas de los últimos tres años, entre artículos, reseñas y otros de forma más extraña o más suelta.

[Tengo la idea de que con el paso de las primeras páginas web a los blogs y ahora a los servicios de redes sociales, se ha ganado mucho en facilidad de uso pero se ha perdido más en flexibilidad, en posibilidades de experimentación con el código y con los mecanismos para publicar. El diseño nuevo de este sitio tiene la intención de ser menos "blogueril" justamente para sugerir otras posibilidades de recorrerlo: me gustaría que, en futuros refinamientos, terminara pareciéndose más a una cámara de maravillas, un espacio menos jerárquico todavía y más abierto al azar o la curiosidad.]

Sólo porque sí, mientras aparecen otras notas que van a aparecer, dejo aquí una lista de textos que ya no aparecen en la página principal, y que podrían interesar a algún visitante curioso y con un poco de tiempo para leer:

1. “El escritor y el silencio”: ideas muy breves sobre la escritura, y en especial sobre la posibilidad o la necesidad de abandonarla, a partir de textos de Samuel R. Delany y Neil Gaiman.

2. “Escritura y tecnología”: varias ideas sobre el mito del escritor, sus actualizaciones recientes y el uso de la red, colocadas en un ensayo que ha tomado varias formas en el transcurso de los años (cualquier día cambia otra vez, así que léanlo mientras se encuentra estable).

3. “La señorita Arquitectura”: un comentario sobre la obra de Achilles G. Rizzoli, un misterioso artista marginal que creó una cosmogonía entera alrededor de planos y alzados arquitectónicos (las personas buenas se convierten en edificios celestiales).

4. “La fuga/crítica de N. K.“: una reseña de Memorias de una madame americana de Nell Kimball, una extraordinaria novela (o autobiografía) publicada en México por la editorial Sexto Piso.

5. “Tres de nosotros: WE3“: un comentario sobre la novela gráfica de Grant Morrison y Frank Quitely, con observaciones sobre la Nueva Carne y la forma en la que los seres humanos usamos a los animales para contar(nos) historias.

6. “El bibliotecario”: un artículo de curiosidades cervantinas de una serie comenzada en 2005, en el cuarto centenario del Quijote de Cervantes.

Radio Macabro 2008

Ya de vuelta de Canadá, y en lo que redacto un texto más extenso sobre ciertos hechos, ciertos libros, ciertas ideas y también ciertas personas que encontré en el viaje (y por todos los cuales los últimos 11 días fueron una gran experiencia), dejo el siguiente aviso: está por comenzar la edición 2008 del Festival Radio Macabro, y el programa completo se encuentra a continuación. A ver si pueden ir y así coincidimos; la cita es en el Centro Cultural de España en la ciudad de México, y en especial recomiendo que todos los interesados vayan a ver al maestro Vicente Morales, el gran creador mexicano de efectos sonoros, y a Lorenzo León, uno de los escritores más interesantes y menos conocidos de nuestro país.

Cartelera de actividades
IV FESTIVAL RADIO MACABRO

¿Tú, sientes miedo?

Inauguración:
Viernes 31 de octubre
20:00 horas

Terraza del Centro Cultural de España

HOMENAJE AL MAESTRO VICENTE MORALES, musicalizador y efectista de la radio en México (Kalimán, El monje loco, Apague la luz y escuche, Ahí viene Martín Corona, etc.), con un recorrido lleno de recuerdos, sonidos y efectos especiales en: “LO SONADO DE ULTRATUMBA.” Del más allá radiofónico regresa Lo Sonado para jugar con la palabra SENTIDO. Tanya Huntington, Arturo Delgado y Tania Negrete, acompañados de la escritora Rose Mary Espinosa y la sonora presencia de Vicente Morales, hablarán con renegrido sentido del humor de acontecimientos sin sentido, de la razón y de aquellos trágicos momentos cuando la vida pierde todo sentido. Se dramatizará un cuento con música y efectos físicos a cargo del Maestro Morales.

21:30 horas
Terraza del Centro Cultural de España
Mención de los trabajos ganadores dentro de la Convocatoria del 4º Festival Radio Macabro: Guión Radiofónico, Composición Musical y Postal Sonora.

22:00 horas
Terraza del Centro Cultural de España
Fiesta de máscaras con mucho humor macabro. ¡Ven con tu máscara del personaje más macabro que conozcas!

Sábado 1 de noviembre
17:00 a 18:20 horas
Terraza del Centro Cultural de España

“EL FIN JUSTIFICA A LOS MIEDOS”. Fernando Rivera Calderón, músico, escritor y conductor de radio (Monocordio y El Palomazo Informativo. La Noche W y El Weso, ambos por W Radio 96.9 de F.M.), acompañado de su guitarra, dará muestra de su creatividad e ingenio instantáneo para tratar el miedo con un sentido musical y alegre.

www.myspace.com/fernandoriveracalderon

18:30 a 19:45 horas
Terraza del Centro Cultural de España
“BOLAVSKY TOCA DISCOS”. Juan Carlos García Álvarez, mejor conocido como EL DR. BOLAVSKY, es un personaje de Radio y Televisión que asegura ser Consejero Sentimental, Licenciado en Letras Tropicales, y Astrólogo Corrupto. Escritor, poeta y critico de arte (Radio UNAM, Radio Educación, W Radio 96.9, Tele Hit, TV Azteca y Televisa) Mostrara como se produce un programa de radio partiendo de un catálogo musical ca(r)gado de humor.
www.myspace.com/bolavsky

20:00 a 21:30 horas
Terraza del Centro Cultural de España
LOS 5 SENTIDOS EN UNO SOLO: EL SENTIDO DEL MIEDO. El reconocido escritor Alberto Chimal moderará una mesa con una selección de los más destacados escritores mexicanos del género de la fantasía, el horror y la ciencia ficción: Omar Nieto, Édgar Avilés, Lorenzo León, Bernardo Fernández (Bef) y Roberto Coria. Cada uno representará un sentido y hablaran de como estos se vinculan para generar miedo en los medios de comunicación.

22:00 a 22:30 horas
Terraza del Centro Cultural de España
CABARET GUTENBERG. Ricardo Nicolayevsky, Arturo Delgado y Adriana Moles, presentarán un espectáculo macabro que transita de la sátira musical al teatro experimental.

22:30 horas
Continúa la Fiesta en la Terraza

Sábado 1 y domingo 2 de noviembre
A partir de las 12:00 de la tarde del sábado y hasta las 15:00 horas del domingo.
Centro Cultural de España

Ciclo de Cine presentado por MÓRBIDO, Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror. www.myspace.com/morbidofest

Del 15 de octubre al 7 de noviembre REACCIÓN el programa de investigación de Reactor en el 105.7 de F.M. Lunes a viernes a las 11:30 A.M. Y en repetición 15:30 de la tarde. Presentará una selección de temas semanales dedicados al Festival Radio Macabro. www.myspace.com/areaccion y www.myspace.com/festivalradiomacabro

Mantente pendiente de la programación de las estaciones de IMER donde habrá transmisiones especiales con los trabajos ganadores de la Convocatoria de Composición Musical, Guión Radiofónico y Postal Sonora. www.imer.gob.mx

CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA:

Guatemala 18 Centro Histórico

México D.F.

Detrás de Catedral

Metro Zócalo

ENTRADA LIBRE

Programación sujeta a cambios

www.imer.gob.mx

www.myspace.com/festivalradiomacabro

Dos escritoras y dos libros

a) Carmen Simón, El mundo de lo apagado. Querétaro, Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2006
b) Eve Gil, La reina baila hasta morir. México, Fósforo, 2008

En los últimos meses he encontrado varios artículos y ensayos –en su mayoría publicados en los Estados Unidos o en el espacio más difuso de la red en lengua inglesa– que ponderan la enfermedad y la muy probable agonía y muerte próxima del cuento como género literario. Simplemente porque no tiene lectores: porque los libros de cuentos no se venden y las revistas especializadas que todavía publican cuentos tienen como público sólo a escritores de cuentos, quienes las leen sólo para averiguar qué le gusta publicar a los editores de las mismas.
Aquí en México, la periferia del Occidente, bien podemos suponer que la situación está peor, como siempre que comparamos la periferia con el centro: Continuar leyendo ‘Dos escritoras y dos libros’


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