Archivo para la categoría 'El cuento del mes'

Declaración de Randolph Carter

Hoy, precisamente hoy, cumpliría 120 años H. P. Lovecraft, otro de los grandes reclusos de la literatura de occidente y el creador de una parte de la mejor literatura fantástica de los últimos cien años. Sus cuentos no son difíciles de hallar en la red pero, de todos modos, dejo aquí uno de ellos, como un homenaje: una de sus historias tempranas, en la que aparece uno de los más conocidos entre sus exploradores e investigadores de lo extraño.
      Este personaje, con diferentes nombres, aparece muchas veces en la obra de Lovecraft: el hombre que se acerca a lo terrible, lo que está más allá de lo humano, y sólo por azar (o por las limitaciones de nuestro pobre espíritu) consigue escapar a todo lo que es peor que la locura y la muerte.

H. P. Lovecraft

“The Statement of Randolph Carter” fue escrito en 1919 y se publicó en mayo de 1920 en The Vagrant. He revisado un poco esta traducción que no he podido situar y que se encuentra en muchos sitios de internet.
      (Un detalle. Muchas veces se ha criticado el estilo de Lovecraft, calificándolo de recargado; si bien la calidad de sus textos no siempre es la misma, y el texto que sigue no es el que me parece su mejor obra –ésta sería, creo, “El que murmuraba en las tinieblas”, un cuento de 1931–, es necesario considerar la personalidad que el escritor crea con esta habla nerviosa y repleta de adjetivos: como la de algunos personajes de Poe, empezando con el narrador de “El corazón delator”, lo voz que escuchamos aquí es la de un hombre en su estado de mayor debilidad, cuando acaba de encontrarse con algo que lo sobrepasa por mucho y que reduce a nada la estatura humana.)

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Rudisbroeck o los autómatas

Para que este mes de dos cuentos fuera realmente especial hacia falta algo como esto: una de las narraciones fundamentales de la literatura fantástica mexicana, que es una veta invisible (o más bien ninguneada, hecha a un lado por una tradición literaria que en muchos aspectos no ha llegado aún al siglo XXI) pero que no deja de existir y de crecer incluso ahora.
      Su autor, Emiliano González, nació en 1955; precoz, ha sido la persona más joven en ganar el prestigioso premio Xavier Villaurrutia: lo obtuvo a los 23 años, en 1978, justamente por Los sueños de la bella durmiente, colección mutante de cuentos y poemas que comienza con “Rudisbroeck o los autómatas” y fue publicada por la desaparecida editorial Joaquín Mortiz en su famosa Serie del Volador. (Una reedición de los cuentos del libro, con el mismo título, fue publicada por Conaculta en su colección La Centena y aún se encuentra disponible.)

Los sueños de la bella durmiente. Clic para ampliar

En Fatal Espejo, el sitio cultural fundado por mi querida Raquel Castro y en el que varios amigos y cómplices colaboramos a principios de siglo, escribí un ensayo entusiasta sobre González en el que sigo creyendo y que menciona, además, su obra posterior. Como aquel sitio está inactivo por el momento, espero colocar ese texto aquí próximamente. Hasta que pueda hacerlo no diré más sobre “Rudisbroeck o los autómatas”. Mejor, léanlo.

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¿Dónde está mi cabeza?

Esta bitácora publica un cuento al mes, pero en esta ocasión publicará dos. El motivo es este hallazgo, que me recomendó Alberto Buzali: un cuento fantástico de Benito Pérez Galdós (1843-1920). Es probablemente un capricho de su autor, cuyo prestigio entero se basa en sus novelas realistas y a quien muchos lectores posteriores han mirado con cierta desconfianza; de todas formas, el texto tiene más de un punto de contacto con “La nariz” de Nikolai Gogol, una de las narraciones clásicas de lo fantástico del siglo XIX.
      ”¿Dónde está mi cabeza?” se publicó en el diario El Imparcial de Madrid, España, en 1892.

Benito Pérez Galdós. Retrato por Joaquín Sorolla

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El problema de la señora Blynn, el problema del mundo

Este mes, un cuento poco conocido de Patricia Highsmith (1921-1995), la gran narradora de origen estadounidense que se volvió famosa como escritora de novelas policiacas y demostró en ellas un talento excepcional para crear personajes y situaciones. Los lectores del resto de su obra no encontrarán aquí mucha violencia, pero sí la misma visión de lo más sombrío y terrible del ser humano: sólo cambia el escenario, como el título del cuento sugiere.

Patricia Highsmith

“The Trouble With Mrs. Blynn, The Trouble With the World” fue encontrado entre los papeles de Highsmith después de su muerte y se publicó en la antología póstuma Nothing That Meets the Eye (2003). Ignoro quién tradujo al español la presente versión.

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Los pájaros

La película clásica de Alfred Hitchcock (1963) es una adaptación, sumamente libre, del cuento que sigue. Daphne du Maurier (1907-1989), inglesa, fue autora de numerosos libros entre novelas, colecciones de cuentos, crónicas y memorias, aunque se le recuerda en especial por las adaptaciones fílmicas que se han hecho de varios de sus textos (además de Los pájaros, por ejemplo, otras dos películas de Hitchcock: Rebeca y Posada Jamaica, parten de trabajos suyos). Como no intentó innovaciones formales a la manera de otros autores de la época, y su prosa se acerca más a la de sus precursores en el siglo XIX, a veces se le tiene como una autora de escaso interés; sin embargo, era una excelente creadora de tramas de suspenso y sus atmósferas inquietantes sorprenden por la parquedad de los recursos que emplea para crearlas.

Daphne du Maurier

“The Birds” se publicó primero en el libro The Apple Tree (1952; la presente traducción es de Adolfo Martín). Es una narración bastante extensa, y con un final abierto, pero conserva la unidad de efecto y trama de un cuento con forma clásica. Esto, sin duda, debe haber atraído a Hitchcock, quien estaba en desacuerdo con la opinión general y consideraba que los largometrajes eran más afines al cuento que a la novela. Por lo demás, tenía razón.

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La oración de guerra

Mañana, 21 de abril, se cumple un siglo de la muerte de Mark Twain (1835-1910), el escritor estadounidense que inventó a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. El aniversario no parece estar llamando mucho la atención. No importa:
      ”The War Prayer” fue publicado en el número de noviembre de 1916 de la revista Harper’s Monthly. Twain dictó este breve cuento en algún momento entre 1904 y 1905, como una reacción ante la guerra entre Estados Unidos y Filipinas (1899-1902), e intentó publicarlo pero fue rechazado por su editor habitual. Twain decidió entonces –se cuenta– que se mantuviera inédita hasta después de su muerte. Su visión desoladora de la humanidad es lo que la hace pertinente ahora. Pilar Hortelano es la autora de la presente traducción.

LA ORACIÓN DE GUERRA
Mark Twain

Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.
      De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
      Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».
      Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
      Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
      El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».
      El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un sismo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».
      «Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».
      «Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: ‘Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios’. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».
      «Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».
      (Una pausa)
      «Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».
      Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.

Después de veinte años

Al escritor estadounidense William Sydney Porter (1862-1910) se le recuerda por el seudónimo con el que firmaba sus cuentos: O. Henry. Durante las últimas dos décadas de su vida, y por algunas más después de ésta, se le consideró uno de los grandes maestros de la literatura de su país, a la vez en la línea de Edgar Allan Poe y de Mark Twain pues, si bien sus escenarios eran casi siempre los de la vida cotidiana en entornos rurales y urbanos, su tratamiento de personajes y ambientes se acercaba a lo gótico. También se admiraba mucho la construcción de las llamadas trick-stories, en las que Porter se especializó: cuentos con un final sorpresivo, muy contundente, en los últimos renglones.
      Posteriormente la reputación de O. Henry ha disminuido, al ponerse en boga otros estilos de contar y al señalarse el carácter mecánico, manipulador, de muchos de sus textos. Pero otros son auténticas obras maestras y por ellos aún se le tiene en alta estima; por ejemplo, todavía hoy se entrega el O. Henry Memorial Award, un premio instituido en 1919 que se da anualmente a los mejores cuentos que se publican en los Estados Unidos.

O. Henry

“After Twenty Years” fue publicado en el libro Los cuatro millones (1906). Por si a alguien le interesa, este enlace lleva a una grabación de la versión original en inglés del cuento, leído por Dave Ranson.

DESPUÉS DE VEINTE AÑOS
O. Henry

El policía tenía un aspecto imponente mientras efectuaba su ronda por la avenida. Esa imponencia era lo habitual en él, y no para presumir, pues los espectadores escaseaban. Aunque apenas eran las 10 de la noche, las heladas ráfagas de viento, con regusto a lluvia, habían despoblado las calles, o poco menos.
      El agente probaba puertas al pasar, haciendo girar su porra con movimientos artísticos e intrincados; de vez en vez se volvía para recorrer el distrito con una mirada alerta. Con su silueta robusta y su leve contoneo, representaba dignamente a los guardianes de la paz. El vecindario era de los que se ponen en movimiento a hora temprana. Aquí y allá se veían las luces de alguna tabaquería o de un bar abierto durante toda la noche, pero la mayoría de las puertas correspondían a locales comerciales que llevaban unas cuantas horas cerrados.
      Hacia la mitad de una cuadra, el policía aminoró súbitamente el paso. En el portal de una ferretería oscura había un hombre, apoyado contra la pared y con un cigarro sin encender en la boca. Al acercarse él, el hombre se apresuró a decirle, tranquilizador:
      —No hay problema, agente. Estoy esperando a un amigo, nada más. Se trata de una cita convenida hace 20 años. A usted le parecerá extraño, ¿no? Bueno, se lo voy a explicar, para hacerle ver que no hay nada malo en esto. Hace más o menos ese tiempo, en este lugar había un restaurante, el Big Joe Brady.
      —Sí, lo derribaron hace cinco años —dijo el policía.
      El hombre del portal encendió un fósforo y lo acercó a su cigarro. La llama reveló un rostro pálido, de mandíbula cuadrada y ojos perspicaces, con una pequeña cicatriz blanca junto a la ceja derecha. El alfiler de corbata era un gran diamante, engarzado de un modo extraño.
      —Esta noche se cumplen 20 años del día en que cené aquí, en el Big Joe Brady, con Jimmy Wells, mi mejor amigo, la persona más buena del mundo. Él y yo nos criamos aquí, en Nueva York, como si fuéramos hermanos. El tenía 20 años y yo, 18. A la mañana siguiente me iba al Oeste para hacer fortuna. A Jimmy no se le podía arrancar de Nueva York; para él no había otro lugar en la tierra. Bueno, esa noche acordamos encontrarnos nuevamente aquí, a 20 años exactos de esa fecha y esa hora, cualquiera fuese nuestra condición y la distancia a recorrer para llegar. Suponíamos que, después de 20 años, cada uno tendría ya la vida hecha y la fortuna conseguida.
      —Parece muy interesante —dijo el agente—. Pero se me ocurre que es mucho tiempo entre una cita y otra. ¿No ha sabido nada de su amigo desde que se fue?
      —Bueno, sí. Nos escribimos por un tiempo —respondió el otro—. Pero al cabo de un año o dos nos perdimos la pista. Usted sabe, el Oeste es muy grande y yo vivía mudándome de un lado a otro. Pero estoy seguro de que Jimmy, si está con vida, vendrá a la cita; siempre fue el tipo más recto y digno de confianza del mundo, y no se va a olvidar. Ya viajé mil quinientos kilómetros para venir a este sitio, pero habrá valido la pena si él aparece.
      El hombre sacó un hermoso reloj, con pequeños diamantes incrustados en las tapas.
      —Faltan tres minutos —anunció—. Cuando nos separamos, a la puerta del restaurante, eran las 10 en punto.
      —A usted le fue bastante bien en el Oeste, ¿no? —preguntó el policía.
      —¡A no dudarlo! Espero que Jimmy haya tenido la mitad de mi suerte. Bueno, muy inteligente no era; trabajador sí, y muy buen tipo. Yo he tenido que vérmelas con gente muy avispada para llenarme el bolsillo. Aquí, en Nueva York, la gente se estanca. Hay que ir al Oeste para ponerse en forma.
      El policía balanceó la porra y dio un paso o dos.
      —Tengo que seguir la ronda —dijo—. Espero que su amigo no le falle. ¿No piensa darle unos minutos de tolerancia?
      —¡Por supuesto! —afirmó el otro—. Le daré cuanto menos media hora. Por entonces Jimmy tendrá que estar aquí, si está con vida. Hasta luego, agente.
      —Buenas noches, señor —saludó el policía.
      Y prosiguió su ronda, probando los picaportes al pasar.
      Había empezado a caer una llovizna helada; las ráfagas inciertas se transformaron en un viento constante. Los pocos peatones se apresuraban, incómodos y silenciosos, con los cuellos vueltos hacia arriba y las manos en los bolsillos. Y en la puerta de la ferretería, el hombre que había viajado mil quinientos kilómetros para cumplir con una cita, insegura hasta lo absurdo, con su amigo de la juventud, fumaba su cigarro y seguía esperando.
      Esperó unos 20 minutos. Al cabo, un hombre alto, de sobretodo largo y cuello subido hasta las orejas, cruzó apresuradamente desde la vereda opuesta para acercarse al hombre que esperaba.
      —¿Eres tú, Bob? —preguntó, vacilando.
      —¿Jimmy Wells? —gritó el hombre de la puerta.
      —¡Bendito sea Dios! —exclamó el recién llegado, aferrando al otro por los dos brazos—. ¡Claro que eres Bob, qué duda cabe! Estaba seguro de encontrarte aquí, si vivías. Bueno, bueno, bueno… Veinte años es mucho tiempo. El viejo restaurante ya no existe, Bob; ojalá no lo hubieran derribado, así habríamos podido cenar otra vez aquí. Y dime, viejo, ¿cómo te ha tratado el Oeste?
      —Fantásticamente. Me dio todo lo que le pedí. Pero has cambiado muchísimo, Jimmy. Te hacía cinco o seis centímetros más bajo.
      —Bueno, crecí un poco después de los 20 años.
      —¿Te va bien en Nueva York, Jimmy?
      —Más o menos. Tengo un puesto en uno de los departamentos de la Municipalidad. Vamos, Bob; iremos a un sitio que conozco para charlar largo y tendido sobre los viejos tiempos.
      Los dos echaron a andar por la calle, del brazo. El hombre del Oeste, aumentado su egotismo por el éxito, empezó a esbozar un relato de su carrera. El otro, inmerso en su sobretodo, escuchaba con interés.
      Cuando llegaron a la esquina, donde las luces eléctricas de una farmacia iluminaban la calle, cada uno de ellos se volvió para mirar la cara de su compañero.
      El hombre del Oeste se detuvo bruscamente, apartando el brazo.
      —Usted no es Jimmy Wells —dijo de pronto—. Veinte años son mucho tiempo, pero no tanto como para que a uno le cambie la nariz de recta a respingada.
      —A veces es bastante para transformar a un hombre bueno en malo —dijo el desconocido—. Estás arrestado desde hace diez minutos, Bob, alias “el Sedoso”. A los de Chicago se les ocurrió que podías andar por aquí y enviaron un cable diciendo que querían charlar contigo. No te vas a resistir, ¿verdad? Así me gusta. Ahora bien, antes de llevarte a la comisaría te daré esta nota que me entregaron para ti. La puedes leer aquí, a la luz de la ventana. Es del agente Wells.
      El hombre del Oeste desplegó el pedacito de papel que acababa de recibir. Cuando empezó a leer su mano estaba serena, pero al terminar le temblaba un poquito. La nota era bastante breve.

Bob: Llegué a nuestra cita a la hora justa. Cuando encendiste el fósforo te reconocí como el hombre que buscaban en Chicago. Como no pude hacerlo personalmente, fui en busca de un agente de civil para que se hiciera cargo.

JIMMY

Un día perfecto para el pez banana

Ésta es una de las escasas narraciones breves publicadas en vida por J. D. Salinger. Apareció por primera vez en 1948, en el número de enero de la revista The New Yorker: es la primera en la “serie” de la familia Glass y gira, como se verá, alrededor de Seymour, el personaje salingeriano más famoso después de Holden Caulfield y (tal vez) una figura todavía más fascinante. El cuento, que cimentó la reputación de Salinger incluso antes de la publicación de El guardián entre el centeno, fue publicado después en la colección Nueve cuentos (1953).
      Dos notas: primera, la frase con la que empieza la segunda sección del texto contiene, en inglés, una referencia velada a Seymour (cuyo apellido, Glass, significa “vidrio”); segunda, después del cuento hay un “extra” que tal vez pueda interesarles.

Salinger el apropiadamente misterioso

UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA
J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
      No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
      Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
      —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
      —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
      —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
      A través del auricular llegó una voz de mujer:
      —¿Muriel? ¿Eres tú?
      La chica alejó un poco el auricular del oído.
      —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
      —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
      —Traté de telefonear anoche y antenoche. Los teléfonos aquí han…
      —¿Estás bien, Muriel?
      La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
      —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
      —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
      —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
      —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
      —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
      —¿Cuándo llegasteis?
      —No sé… el miércoles, de madrugada.
      —¿Quién condujo?
      —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
      —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
      —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
      —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
      —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
      —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
      —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
      —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
      —Muy bien—dijo la chica.
      —¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
      —No. Ahora tiene uno nuevo
      —¿Cuál?
      —Mamá… ¿qué importancia tiene?
      —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
      —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
      —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
      —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
      —Lo tienes tú.
      —¿Estás segura?—dijo la chica.
      —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
      —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
      —¡Pero está en alemán!
      —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos.. .
      —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
      —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
      —Muriel, mira, escúchame.
      —Te estoy escuchando.
      —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
      —¿Sí?—dijo la chica.
      —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
      —¿Y…?—dijo la chica.
      —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
      —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
      —¿Quién? ¿Cómo se llama?
      —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
      —Nunca lo he oído nombrar.
      —De todos modos, dicen que es muy bueno.
      —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
      —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
      —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
      —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
      —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está…
      —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
      —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
      —Me he quemado toda, mamá, toda.
      —¡Qué horror!
      —No me voy a morir.
      —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
      —Bueno… sí… más o menos…—dijo la chica.
      —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
      —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
      —Bueno, ¿qué dijo?
      —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
      —¿Por que te hizo esa pregunta?
      —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
      —¿El verde?
      —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
      —Pero ¿qué dijo él? El médico.
      —Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
      —Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
      —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
      —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
      —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
      —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
      —Bien. Le subí un poco las hombreras.
      —¿Cómo es la ropa este año?
      —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
      —¿Y tu habitación?
      —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
      —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
      —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
      —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
      —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
      —¿Y no quieres volver a casa?
      —No, mamá.
      —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
      —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una for…
      —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…
      —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
      —¿Dónde está?
      —En la playa.
      —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
      —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
      —No he dicho nada de eso, Muriel.
      —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
      —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
      —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
      —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
      —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
      —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
      —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
      —Muriel, hazme caso.
      —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
      —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
      —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
      —Muriel, quiero que me lo prometas.
      —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

* * *

—Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
      —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
      La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
      —No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
      —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
      —Estáte quieta, Sybil, cariño…
      —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
      La señora Carpenter suspiró.
      —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
      Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
      Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
      —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
      El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
      —¡Ah!, hola, Sybil.
      —¿Vas a ir al agua?
      —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
      —¿Qué?—dijo Sybil.
      —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
      —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
      —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
      —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
      —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
      Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
      —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
      Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
      —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
      —¿En serio? Acércate un poco más.
      Sybil dio un paso adelante.
      —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
      —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
      —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
      Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
      —Necesita aire—dijo.
      —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
      —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
      —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
      Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
      —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
      —Sí que podías.
      —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
      —¿Qué?
      —Me imaginé que eras tú.
      Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
      —Vayamos al agua—dijo.
      —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
      —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
      —¿Que eche a quién?
      —A Sharon Lipschutz.
      —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.
      —¿Un qué?
      —Un pez banana—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
      Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
      Los dos echaron a andar hacia el mar.
      —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el joven.
      Sybil negó con la cabeza.
      —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
      —No sé—dijo Sybil.
      —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
      Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
      —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
      —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
      Sybil lo miró:
      —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
      Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
      —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
      Sybil soltó el pie:
      —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
      —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
      —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
      —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
      —No eran más que seis—dijo Sybil.
      —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
      —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
      —¿Si me gusta qué?
      —La cera.
      —Mucho. ¿A ti no?
      Sybil asintió con la cabeza:
      —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
      —¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
      —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
      —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
      Sybil no dijo nada.
      —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
      —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
      Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
      —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
      —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
      —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.
      —No veo ninguno—dijo Sybil.
      —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
      Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
      —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
      Ella negó con la cabeza.
      —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
      —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
      —¿Qué pasa con quiénes?
      —Con los peces banana.
      —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
      —Sí—dijo Sybil.
      —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
      —¿Por qué?—preguntó Sybil.
      —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
      —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
      —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
      Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
      Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
      —Acabo de ver uno.
      —¿Un qué, amor mío?
      —Un pez banana.
      —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
      —Sí—dijo Sybil—. Seis.
      De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
      —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
      —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
      —¡No!
      —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
      —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
      El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
      En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
      —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
      —¿Cómo dice?—dijo la mujer.
      —Dije que veo que me está mirando los pies.
      —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
      —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
      —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
      Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
      —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
      Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
      Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
      Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

El “extra” es el siguiente: “Hapworth 16, 1924″, el último cuento publicado por Salinger, apareció en 1965, cuando el escritor ya se había retirado a su “exilio” en Cornish, New Hampshire. Después de eso, ninguna otra publicación hasta hoy, que se especula sobre sus posibles textos póstumos pero aún no se ha visto nada. “Hapworth 16″ se refiere a la infancia de Seymour Glass, quien resulta ser sobrenaturalmente precoz. Salinger nunca permitió que la historia se reeditara ni se tradujera después de su primera aparición…, pero alguien la tradujo anónimamente (la versión está firmada por “Ghetta Life”) y lo colocó en este sitio en 2005. (Yo lo supe gracias al blog Puente Aéreo de Gustavo Faverón.)

La primera página del cuento en la edición original

Todos ustedes, zombis…

Robert A. Heinlein (1907-1988), estadounidense, fue uno de los escritores de ciencia ficción más notorios y celebrados de su tiempo. Causó polémicas por la temática de algunos de sus libros, que fueron acusados de defender un conservadurismo radical, no muy encubierto y que a veces lindaba con el fascismo; por otro lado, en sus mejores obras hay espacio para una ambigüedad interesante y problemática; esto lo vio claramente Paul Verhoeven, quien basó su película Invasión (1997) en la novela Tropas del espacio (1959) de Heinlein, una apología del militarismo que también (según resultó) podía leerse como una sátira.
      Heinlein fue mejor cuentista que novelista y, utilizando los postulados de lo fantástico, creó un puñado de historias cortas de gran complejidad y elegancia. La mejor de todas es ésta: “–All You Zombies–”, publicada originalmente en 1959 en la revista
Fantasy and Science Fiction. Su primera versión en español (que aquí se presenta muy revisada) es de Daniel Hernández y fue publicada en 1965.

Robert Anson Heinlein

Cuatro detalles: primero, la palabra “zombis” se usa sólo en sentido figurado (pero es crucial para comprender el cuento); segundo, “Old Underwear” es una parodia de las marcas de ciertas bebidas y Heinlein la usa para sugerir algo de pésima calidad; tercero, las referencias y el tono misóginos (incluyendo las siglas traducidas) buscan retener los del original; cuarto, las “confesiones” (“confession stories”) que uno de los personajes escribe para ganarse la vida son historias de mujeres con amores contrariados y todo tipo de sufrimientos que se vendían como verídicas en revistas; eran una falsificación semejante a los “casos de la vida real” de la televisión actual.

TODOS USTEDES, ZOMBIS
Robert A. Heinlein

2217 ZONA TEMPORAL V. 7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma.
      La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y mal carácter. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Era mi muchacho. Le obsequié mi mejor sonrisa de cantinero.
      Tal vez soy demasiado severo. No era maricón ni nada parecido. Lo llamaban así por lo que contestaba cuando algún entrometido quería saber a qué se dedicaba: –Soy una madre soltera –decía, y si no tenía ganas de pegarle a alguien continuaba: –A cuatro centavos por palabra. Escribo confesiones.
      Si estaba de mal humor se quedaba esperando que alguien hiciese un chiste. Tenía un estilo letal para la pelea cuerpo a cuerpo, como el de una mujer policía…, razón por la cual yo lo lo buscaba. Y no la única.
      Hoy estaba ya bastante servido y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Le serví en silencio una ración doble de Old Underwear y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
      Yo pasé el trapo por el mostrador.
      –¿Cómo va el negocio de la Madre Soltera?
      Sus dedos apretaron el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara y tanteé bajo del mostrador en busca de la cachiporra. En la manipulación temporal uno trata de planearlo todo, pero hay tantos factores que uno no debe correr riesgos innecesarios.
      Vi que se relajaba en ese grado pequeñísimo que nos enseñan a detectar en la escuela del Buró.
      –Perdón –dije–. Sólo preguntaba cómo iba el negocio. Haga de cuenta que le pregunté cómo está el clima.
      Se veía amargado. –El negocio va bien. Yo escribo, ellos publican, yo como.
      Me serví un trago y me incliné hacia él.
      –De hecho –le comenté–, usted escribe bien. He leído algunas de sus historias. Le sale de maravilla el punto de vista femenino.
      Éste era un desliz al que debía arriesgarme: él nunca había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan enojado como para sólo oír lo último.
      –¡El punto de vista femenino! –repitió, bufando–. Ah, sí, yo me sé el punto de vista femenino. Claro que me lo sé.
      –¿Sí? –dije, como dudando– ¿Hermanas?
      –No. Si se lo cuento no me lo cree.
      –Bueno –repuse suavemente–, los psiquiatras y los cantineros aprenden que nada es más extraño que la verdad. Mire, joven, si usted oyera las historias que yo oigo, bueno, se haría rico. Increíble.
      –Usted no sabe qué es “increíble”.
      –¿De veras? A mí no me asombra nada. Ya todo lo he oído.
      La Madre Soltera volvió a resoplar.
      –¿Le apuesto el resto de la botella?
      –Le apuesto otra botella entera –dije, y la puse en el mostrador.
      –Bueno…
      Le hice señas al otro barman para que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo tenía como refugio privado; para bloquearlo ponía sobre el mostrador frascos con huevos en conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos viendo el box en la televisión y alguien hacía sonar la rocola. Estábamos tan en privado como en una cama.
      –Muy bien –dijo la Madre Soltera–. Para empezar, soy un bastardo.
      –Eso no es una ninguna distinción aquí –le contesté.
      –Lo digo en serio –replicó–. Mis padres no estaban casados.
      –Es no es raro –insistí–. Los míos tampoco.
      –Cuando… –se interrumpió y, por primera vez desde que lo conocía, me miró con alguna calidez–. ¿En serio?
      –Claro. Bastardo cien por ciento. De hecho –agregué– nadie se casa en mi familia. Puro bastardo.
      –¿Y eso?
      –Ah, esto –se lo mostré–. Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres –era una vieja sortija que le compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta pre-cristiana–. La serpiente Uroboros –expliqué–; la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.
      Él apenas la miró.
      –Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una niña pequeña…
      –¡Momento! –lo interrumpí– ¿Lo oí bien?
      –¿Quién está contando la historia? Cuando yo era una niña pequeña… Mire, ¿nunca ha oído hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?
      –¿Cambios de sexo? ¿Me está tratando de decir…?
      –Si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. De chica envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a saber de sexo…, y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato…
      –Lo sé.
      –… juré solemnemente que si tenía un hijo, tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo “pura’, cosa que era una hazaña en ese medio… Tuve que aprender a pelear. Después fui creciendo y entendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme…, por lo mismo por lo que nadie me había adoptado –hizo una mueca–. Tenía cara de caballo, dientes de conejo, pecho plano, pelo de cepillo…
      –No está mucho peor que yo.
      -¿A quién le importa cómo se ve un cantinero? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar elige a los tarados de ojos azules y cabellos de oro. Y luego los hombres quieren pechos grandes, caras lindas y esa actitud de “oh, qué hombre” –se encogió de hombros–. Yo no podía competir. Por eso decidí meterme a R.A.M.E.R.A.S.
      –¿A dónde?
      –Red Astronáutica Múltiple Especializada en Relajación y Atención Sanitaria. Lo que ahora llaman “Ángeles del Espacio”: Auxiliares Navales, Grupo de Enfermería Lenitiva.
      Reconocí ambas siglas cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla, la del grupo de élite: Patrulla Unificada de Tareas de Animación y Solaz. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo. ¿Sabían ustedes que las “estaciones de servicio” servían gasolina en un tiempo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: “Lo espero en la estación de servicio de junto”, pero las estaciones de servicio (en ese entonces) no tenían camas.
      La Madre Soltera continuó:
      –Entonces fue cuando admitieron que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años sin aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo chillaron los puritanos? Yo aproveché porque no había muchas voluntarias. Una debía ser respetable, de preferencia virgen (querían adiestrarlas desde cero), mentalmente por arriba del promedio y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran prostitutas viejas o neuróticas que habrían acabado locas diez días después de salir de la Tierra. Así que no hacía falta que yo fuera bonita; si me aceptaban me arreglarían los dientes, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás… sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. De ser necesario hasta me harían la cirugía estética… Nada era demasiado bueno para Nuestros Muchachos.
      ”Y lo mejor de todo era que se aseguraban de que una no quedara embarazada…, y, casi seguro, una se casaba al terminar el tiempo del contrato. Igual que ahora con las A.N.G.E.L.es, que se casan con los astronautas. Hablan el mismo idioma.
      ”A los dieciocho me pusieron como auxiliar de casa de familia. La familia sólo quería una sirvienta barata, pero a mí no me importaba. No podía alistarme antes de cumplir veintiuno. Hacía las labores de la casa y luego iba a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y mecanografía, pero en realidad iba a una clase de encanto, para que fuera más fácil que me reclutaran.
      ”Fue entonces cuando conocí a este tipo con sus billetes de cien dólares –la Madre Soltera torció la cara–. Un imbécil, pero realmente tenía un fajo de billetes de cien… Una vez me los enseñó y me dijo que tomara lo que quisiera.
      ”Pero yo no quise. Me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar ninguna otra cosa. Dejé la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.
      “Hasta que una noche, en el parque, empezaron las otras cosas.
      La Madre Soltera calló.
      –¿Y luego? –pregunté.
      –¡Luego nada! Nunca lo volví a ver. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, me dio un beso de buenas noches y nunca volvió –tenía una cara lugubre–. Si pudiera encontrarlo, lo mataría.
      –Bueno –le dije, en tono de condolencia–, sé cómo se siente. Pero matarlo…, sólo por haber hecho lo más natural… ¿Usted se resistió?
      –¿Qué? ¿Eso qué importa?
      –Mucho. Tal vez se merezca que le rompan los brazos por irse así, pero…
      –¡Merece algo peor! Espere a que termine. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé pensando que había sido para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querría a nadie… Y estaba más ansiosa que nunca por ingresar en R.A.M.E.R.A.S. No estaba descalificada porque no se insistía mucho en lo de la virginidad. Al fin me reanimé.
      ”Sólo entendí hasta que las faldas empezaron a quedarme chicas.
      –¿Embarazada?
      –¡Como una vaca! Los tacaños con los que vivía se hicieron tontos mientras pude trabajar, y entonces me echaron a patadas. El orfanato no quiso recibirme otra vez. Acabé en un hospital de caridad, rodeada de otras gordas y limpiando bacinicas hasta que llegó la hora.
      ”Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: “Relájese. Ahora respire hondo…”
      ”Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Llega el cirujano y me pregunta muy contento:
      ”–¿Qué tal, cómo se siente?
      ”–Como una momia.
      ”–Es natural. Está envuelta como una momia, y llena de anestésico para que no sienta. Va a salir bien, pero una cesárea no es un cualquier cosa.
      ”–Una cesárea –dije–… Doctor, ¿perdí al bebé?
      ”–No, su bebé está bien.
      ”–¿Fue niño o niña?
      ”–Niña. Totalmente sana. Cinco libras, tres onzas.
      ”Me tranquilicé. Ya era algo haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte, pensé, me pondría ‘señora de’ en el apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto. Mi hija no iba a acabar en un orfanato.
      ”Pero el cirujano seguía hablando:
      ”–Dígame, este… –no dijo mi nombre–. ¿Alguna vez pensó que su sistema glandular era… raro?
      ”Yo dije: –¿Qué? Claro que no. ¿A qué se refiere?
      ”Él, primero, se quedó callado. –Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios. Le va a hacer falta.
      ”–¿Nervios? ¿Por qué? –le dije.
      ”–¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Hasta se casó. Todo perfecto.
      ”–¿Eso qué tiene que ver conmigo?
      ”–Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.
      ”Me quise enderezar. –¿Qué?
      ”–Cálmese. Cuando la abrí, encontré un revoltijo. Mientras sacaba al bebé llamé al jefe de cirugía; lo consulté con usted todavía en la mesa, y trabajamos varias horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos juegos completos de órganos sexuales, ambos inmaduros, pero el femenino estaba lo bastante desarrollado como para permitirle tener un bebé. Ya no le iban a servir, así que los extirpamos y dejamos todo puesto para que usted pueda desarrollarse adecuadamente como hombre –me puso una mano en el hombro– No se preocupe. Es usted joven, los huesos se ajustarán, cuidaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre.
      ”Me eché a llorar. –¿Y qué va a pasar con mi hija?
      –Bueno, no va a poder amamantarla… No tiene leche ni para un gatito. Si yo fuera usted ni siquiera la vería: la pondría en adopción…
      ”–¡No!
      ”A él no le importó. –Usted decide. Es la madre…, es decir… Usted la engendró. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es que se ponga bien.
      ”Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola a diario. Trataba de acostumbrarme a ella. Nunca había visto un recién nacido, y no tenía idea de qué horribles son… Mi hija parecía un monito anaranjado. Eso sí, mis sentimientos se volvieron una decisión firme de hacer todo por ella. Pero cuatro semanas después, todo eso dio lo mismo.
      –¿Cómo?
      –La secuestraron.
      –¿La secuestraron?
      La Madre Soltera estuvo a punto de tirar la botella.
      –La raptaron. ¡La robaron de la enfermería del hospital! –la Madre Soltera respiraba con fuerza– ¿Qué le parece cómo le pueden quitar a un hombre la única razón que tiene para vivir?
      –Qué feo –admití–. Tómese otro. ¿No hubo pistas?
      –Nada que le sirviera a la policía. Alguien fue a verla diciendo que era el tío. Cuando la enfermera le dio la espalda, se la llevó.
      –¿Cómo era?
      –Un tipo cualquiera, con una cara en forma de cara, como la de usted o la mía –frunció el ceño–. Ha de haber sido el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, pero seguro se maquilló. ¿Quién más se iba a llevar a mi bebé? Las mujeres sin hijos hacen esas cosas, pero ¿quién iba a decir que un hombre…?
      –¿Qué pasó después?
      –Once meses más en ese lugar horrible y tres operaciones. A los cuatro meses empezó a crecerme la barba. Antes de salir ya me rasuraba todos los días…, y sin duda era hombre –sonrió ácidamente–. Ya empezaba a mirarle el busto a las enfermeras.
      –Bueno –le dije–, me parece al final le fue bien. Helo aquí, un hombre normal que gana bastante dinero y que no tiene problemas.Y la vida de la mujer no es fácil.
      La Madre Soltera me miró con furia.
      –¡Usted no tiene idea!
      –¿Por qué?
      –¿Alguna vez oyó esa expresion, “una mujer arruinada”?
      –Huy, hace años. Ya no tiene mucho sentido.
      –Yo estaba tan arruinado como puede estarlo una mujer. Ese maldito realmente me arruinó la vida. Yo ya no era una mujer y no sabía cómo ser un hombre.
      –Habrá tomado tiempo acostumbrarse…
      –Usted no tiene la menor idea. No me refiero a aprender a vestirme, o de no equivocarme de baño. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero cómo iba a vivir? ¿En qué iba a trabajar? Carajo, ni siquiera sabía manejar. No sabía ningún oficio y no podía hacer trabajo manual: tenía demasiadas cicatrices, demasiado tejido blando…
      ”Además, yo odiaba a aquel tipo por haberme quitado esa posibilidad de entrar en R.A.M.E.R.A.S, pero fue peor cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Con verme el abdomen me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico me dedicó un buen rato por pura curiosidad. Ya había leído acerca de mi caso.
      ”Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Trabajé friendo cosas en un restaurante. Después renté una máquina de escribir y quise ser escribano público…. ¡Qué risa! En cuatro meses escribí cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era para Casos de la Vida Real y era puro desperdicio de papel, pero el idiota que lo escribió pudo venderlo.
      Eso me dio una idea. Compré un montón de revistas para mujeres y las estudié… –ahora tenía una cara cínica–, y ahora ya sabe cómo puedo escribir el punto de vista femenino en mis cuentos sobre madres solteras. Gracias a la única versión que no he vendido: la verdadera. ¿Me gané la botella?
      La empujé hacia él. Yo mismo me sentía bastante trastornado, pero había trabajo que hacer.
      Le dije:
      –Joven, ¿todavía le gustaría agarrar a ese tal por cual?
      Sus ojos se encendieron con un brillo de fiera.
      -¡Momento! –dije– No lo mataría, ¿o sí?
      Soltó una risa maligna.
      –Póngame a prueba.
      –Calma. Sé más de este asunto de lo que usted piensa. Lo puedo ayudar. Sé dónde está.
      Él pasó un brazo sobre el mostrador. –¿Dónde está?
      –Suélteme la camisa, joven, o va acabar en el callejón y le tendré que decir a la policía que desmayó.
      La Madre Soltera me soltó.
      –Perdón. Pero ¿dónde está? –me miró– ¿Y cómo sabe tanto?
      –Todo a su tiempo. Hay registros: del hospital, del orfanato, de los médicos. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿verdad? Y después vino la señora Gruenstein, ¿verdad? Y cuando usted era niña su nombre era Jane, ¿verdad? Y usted no me dijo nada de esto, ¿verdad?
      Había logrado desconcertarlo, tal vez asustarlo.
      –¿De qué se trata? ¿Quiere meterme en problemas?
      –Claro que no. Me interesa su bienestar. Puedo poner al tipo junto a usted. Usted hace con él lo que quiera…, y le garantizo que no le pasará nada. Eso sí, creo que no va a matarlo. Tendría que estar loco para matarlo… y usted no está loco. No mucho.
      No me hizo mucho caso.
      –Menos habladas. ¿Dónde está?
      Le serví un trago, chico. Seguía borracho, pero no se notaba por la ira.
      –No tan rápido. Yo le hago un favor, usted me hace un favor.
      –¿Cuál?
      –A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué me diría si yo le ofrezco otro, bien pagado, permanente, gastos ilimitados, con usted de su propio jefe, y un montón de diversión y aventuras?
      Se me quedó mirando.
      –Le diría que me contara otro cuento. Ya basta, Pop. Ese empleo no existe.
      –Hagámoslo de otro modo: yo le entrego el hombre, usted se arregla con él y luego prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como le digo, no pasa nada.
      Él vacilaba, pero se decidió con el último trago.
      –¿Cuándo me lo entrega? — dijo con voz pastosa.
      –Sí está de acuerdo…, ¡ahora mismo!
      Él extendió la mano. –¡Trato hecho!
      Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora –23.00– y cuando me agachaba para cruzar la puertita bajo el mostrador, la rocola empezó a sonar con “¡Soy mi propio abuelo!”. El encargado tenía la orden de poner sólo clásicos y Americano, porque yo no aguanto la “música” de 1970, pero yo no sabía que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:
      –¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! –y agregué: –Voy al almacén. No tardo.
      Y allá fui, seguido por la Madre Soltera.
      El almacén estaba al fondo del pasillo, del otro lado de los baños. Una puerta de acero de la que sólo el encargado de día y yo teníamos llave. Adentro, había otra puerta que llevaba a un cuarto del que sólo yo tenía llave. Entramos ahí.
      La madre soltera miró, confundido, las paredes sin ventanas.
      –¿Dónde está?
      –Ahora mismo viene.
      No había nada en el cuarto salvo un estuche. Lo abrí. Era un Equipo de Campo Transformador de Coordenadas de la U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una belleza, sin partes móviles, 23 kilos de peso a plena carga y diseñado para parecer una maleta. Lo había ajustado con precisión desde temprano. Todo lo que había que hacer era desplegar la red metalica que limita el campo de transformación. Cosa que hice.
      –¿Qué es eso? –preguntó.
      –Una máquina del tiempo –respondí, y eché la red sobre nosotros.
      –¡Oiga! –gritó la Madre Soltera, y dio un paso atrás. Hay una técnica para hacer esto: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la malla de metal, y entonces acabar de cerrar la red para que los dos quedemos adentro. Si no, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie, o bien llevarse un trozo del suelo. Pero no hace falta más. Algunos agentes engañan al sujeto para que se meta en la red; yo digo la verdad y uso ese momento de asombro total para mover el interruptor. Cosa que hice.

1030-VI-3 ABR 1963. Cleveland, Ohio. Edificio Apex

–¡Oiga! –volvió a decir él–. ¡Quíteme esta porquería de encima!
      –Lo siento –me disculpé, plegué la red y la guardé en la maleta–. Usted me dijo que quería encontrarlo.
      – Pero… ¡usted dijo que eso era una máquina del tiempo!
      Le señalé una ventana.
      –¿Le parece que estamos en noviembre? ¿O en Nueva York?
      Mientras él veía, estupefacto, los capullos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien y comprobé que la numeración y la firma fueran compatibles con 1963. Al Buró del Tiempo no le importa lo que uno gaste (no cuesta), pero tampoco le gustan los anacronismos innecesarios. Si comete muchos errores, una corte marcial lo puede exiliar por un año a algún periodo especialmente malo, 1974 por ejemplo, con su racionamiento estricto y sus trabajos forzados. Yo nunca cometo esos errores. El dinero era perfecto.
      La Madre Soltera dio media vuelta y preguntó:
      –¿Qué pasó?
      –El tipo está aquí. Salga y vaya por él. Aquí tiene dinero para sus gastos –le empujé el fajo y añadí: –Arréglese con él y después yo lo recojo.
      Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con cara de no poder creerlo, cuando lo empujé al vestíbulo y cerré por dentro. El siguiente salto fue fácil: un pequeño desplazamiento en la misma era.

1700-VI. 10 MAR 1964. Cleveland. Edificio Apex

Habían echado un aviso por debajo de la puerta: el contrato de mi renta expiraba la semana próxima. Salvo ese detalle, el cuarto se veía como un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados y parecía que iba a nevar. Me apuré, con sólo una pausa para recoger dinero contemporáneo y saco, sombrero y un abrigo que había dejado allí al rentar el cuarto. Pedí un taxi y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera como para llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Los ajustes fueron más complicados ahora pues el edificio no existía aún en 1945. Pero ya lo había calculado.

0100-VI-20 SEP 1945. Cleveland. Motel Skyview

El equipo, el bebé y yo llegamos a un hotel en las afueras de la ciudad. Previamente me había registrado como “Gregory Johnson, de Warren, Ohio”, así que aparecimos en un cuarto con cortinas corridas, ventanas cerradas, puertas atrancadas y el piso libre de obstáculos, como precaución contra oscilaciones mientras la máquina se orientara. Uno puede darse un mal golpe por una silla en el lugar equivocado…, no por la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.
      No hubo problemas. Jane dormía profundamente. La llevé afuera, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había rentado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalera de la entrada, recorrí dos cuadras hasta llegar a una “estación de servicio” (de las que vendían gasolina) y llamé por teléfono al orfanato. Después regresé, a tiempo para ver cómo metían la caja de cartón, seguí avanzando, dejé el coche cerca del motel, caminé hasta la entrada y salté hasta adelante, hasta el edificio Apex en 1963.

2200-VI-24 ABR 1963. Cleveland. Edificio Apex

Yo no me había dejado mucho margen. La exactitud en el salto del tiempo depende de cuánto se salta, salvo cuando se regresa a cero. Si no me había equivocado, Jane estaría descubriendo ahora, en el parque, en esa noche perfumada de primavera, que no era una chica tan decente como había creído. Tomé un taxi a la casa de los tacaños y le ordené al chofer que esperara a la vuelta de la esquina, mientras yo me observaba en lo oscuro.
      De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche y le dio un largo beso de buenas noches: mucho más largo de lo que yo creía. Ella entró y él se alejó por la vereda. Lo alcancé y lo tomé por el brazo.
      –Eso es todo, joven –le anuncié en voz baja–. Ya vine a recogerlo.
      –¡Usted! –dijo, sin aliento.
      –Sí, yo. Y ahora ya sabe quién es él, y si lo piensa sabrá quién es usted…, y si lo piensa más sabrá quien es el bebé… y quién soy yo.
      No me contestó. La sacudida había sido grande. Es un choque el que le prueben a uno que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y saltamos otra vez.

2300-VII-12 AGO 1985. Base Sub-Rocallosas

Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación y le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una pastilla y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento se veía de mal humor, pero el rango es el rango en cualquier época. Hizo lo que le dije, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en el Buró.
      –¿Qué nombre? –preguntó.
      Se lo escribí. Él enarcó las cejas.
–Conque sí, ¿eh?
–Sólo haga su trabajo, sargento –me volví a mi acompañante–. Joven, ya se acabaron sus problemas. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y le irá bien. Yo sé.
–¡Claro que sí! –se me unió el sargento–. Míreme a mí: nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.
      Regresé al cuarto de saltos y ajusté todo para ir al cero preseleccionado.

2301-V-7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el cliente que quería oír “¡Soy mi propio abuelo!”. Le dije:
      –Déjalo que lo escuche. Después desconecta la rocola.
      Estaba muy cansado.
      El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo, y luego del Error de 1972 es difícil reclutar en los años tardíos. ¿Puede haber una fuente mejor que seleccionar a gente más en la ruina, estén donde estén, y ofrecerle un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso) para una buena causa? Todo el mundo sabe ahora por qué falló la Guerra del Fallo de 1963: la bomba que iba para Nueva York no explotó jamás, y otras mil cosas no ocurrieron como habían sido planeadas…, todo gracias a gente como yo.
      Pero no el Error de 1972. Ese no fue nuestra culpa, y ya no tiene arreglo. No hay ninguna paradoja. Una cosa o es, o no es, ahora y para siempre. Amén. Pero nunca habrá otro error así: una orden fechada 1992 tiene prioridad en cualquier año.
      Cerré el bar cinco minutos antes de la hora, y dejé en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, porque yo me iba a tomar unas largas vacaciones. El Buró podía cobrarle o no cobrarle, pero quiere que no se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito en el almacén y salté a 1993.

2200-VII-12 ENE 1993. Anexo Sub-Rocallosas, Cuartel del Buró del Tiempo

Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, me la había ganado) y tomé un trago antes de escribir mi informe. Sabía horrible y me pregunté cómo me había gustado alguna vez el Old Underwear. Pero era mejor que nada: no me gusta estar totalmente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco le doy de verdad a la botella. Otras personas ven serpientes…, yo veo personas.
      Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos aprobados por el Departamento de Psico, incluyendo el mío, que ya sabía que aprobarían. Porque yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una solicitud para que me pasaran a operaciones: estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y fui hacia la cama.
      Me quedé mirando las “Leyes del Tiempo” sobre mi cabecera:

No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana
Si al final tienes éxito no vuelvas a intentarlo
Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones
Una paradoja puede ser pararreglada
Es más temprano cuando piensas
Los antepasados son sólo gente
El mismo Júpiter cabecea

Ya no me inspiraban como cuando era recluta; treinta años subjetivos de saltos en el tiempo lo cansan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Las cesáreas dejan grandes cicatrices, pero tengo tanto pelo ahora que no veo la mía a menos que la busque.
      Le eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.
      La serpiente que se muerde la cola, por siempre y para siempre. Yo sé de dónde he venido…, pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zombis?
      Sentí que me venía un dolor de cabeza, pero yo no tomo analgésicos. Una vez tomé… y todos ustedes se fueron.
      Así que me metí en la cama y apagué la luz.
      En realidad ustedes no están ahí. No hay nadie más que yo –Jane–, a solas, aquí en la oscuridad.
      ¡Los extraño tanto!

Kuakú Baboní

El que sigue, para terminar el año, es un cuento africano tradicional (proveniente de la misma colección virtual que otro que publiqué hace algún tiempo); lo más que he podido averiguar es que probablemente procede de Ghana. Sería un gusto si se aclimata en otras regiones del mundo… Para los posibles interesados dejo la referencia a esta página, que contiene muchas historias tradicionales africanas.

KUAKÚ BABONÍ
(la más terrible de todas las criaturas)

Anónimo

Griot senegalés. 1890

Griot senegalés. 1890.
Fuente: http://www.answers.com/topic/griot

Hubo una vez un matrimonio. El marido había emprendido un largo viaje y, durante su ausencia, la mujer dio a luz a un niño.
      La madre del recién nacido aguardaba, impaciente, el regreso del marido para mostrarle el pequeñuelo, que era un negrito encantador, de ojos risueños y picarescos. Una monada de criatura.
      Y he aquí que, a los pocos días del nacimiento del lindo negrito, cuando la madre se preguntaba qué nombre daría al retoño, pasmada de asombro, oyó que el hijito exclamaba:
      –¡Mi nombre es Kuakú Baboní!
      Mas al siguiente día aumentó su asombro. La mujer gruñía porque, debido a la ausencia del marido, no podía ir al bosque a recoger leña, cuando el precoz negrito, que no contaba más que de siete a ocho días de edad, dijo:
      –Yo iré al bosque.
      Y así lo hizo. Se fue a recoger leña y regresó con medio bosque a cuestas.
      Tendría mes y medio tan sólo cuando su madre tuvo que ir hasta el río a lavar ropa y dejó al prodigioso negrito en casa, durmiendo en su cuna.
      De regreso encontró en la puerta a todo un ejército de negritos que armaban un formidable escándalo.
      –¡Tu hijo nos ha pegado! –le dijeron lloriqueando.
      –¡Mi hijo! –exclamó la madre, estupefacta–. ¡Si es mi pequeño un niño de teta y vosotros sois ya unos grandulones! Además, está en la cuna, donde lo dejé hace poco, durmiendo como un bendito.
      Y para convencerlos, los hizo entrar.
      Pero, ¡oh desencanto!, por más que buscaron, no pudieron encontrarlo por ninguna parte. Y la madre tuvo que presentar excusas a los muchachos para que le perdonaran, pues era muy pequeño y no sabía lo que hacía.
      Y para mayor burla, al cabo de un rato, el niño llegó con mucho sigilo y, sin que nadie lo advirtiera, subióse él mismo a la cuna.
      Tantas y tantas fueron las travesuras y fechorías del precoz negrito, que sus padres, espantados, creyendo tener en su casa a un verdadero diablillo y lo echaron de la choza, prohibiéndole que pusiera nuevamente los pies en ella.
      Y el negrito, en vez de entristecerse, partió silbando alegremente.
      Anda que te anda, al anochecer divisó una linda casita. Vivían en ella, juntos y en franca armonía, muy felices, un león, un tigre, un lobo, una cabra y un elefante.
He de advertir que, en aquel tiempo, los animales hablaban y se querían como hermanos. Jamás se peleaban y se ayudaban mutuamente.
      Los animales de nuestra historia: el lobo, la cabra y el elefante que vivían fraternalmente, estaban sentados aquel atardecer alrededor del fuego, fumando en pipa y contándose leyendas heroicas y cuentos de hadas, de los que mucho gustaban.
      Cuando llegó el pequeño negrito, saludó cortésmente a la familia de animales y les pidió permiso para permanecer entre ellos, ofreciendo servirles como criado, pues agregó ser huérfano de padre y madre.
      La Cabra, que, por ser la más joven de la familia, estaba encargada del trabajo doméstico, dijo:
      –Aceptemos sus servicios. Así tendré quien me ayude en la pesada labor de la casa, ya que, mientras vosotros os paseáis o tomáis el sol, tengo que atender a todas los cosas.
Los animales conferenciaron y accedieron. Luego le invitaron a cenar. El negrito aceptó complacido y engulló cuantos manjares le presentaron; parecía no haber comido en su vida, de tal modo lo devoraba todo.
      Los cinco animales acostumbraban llegarse, por riguroso turno, a una finca que poseían a unos kilómetros de distancia, en busca de provisiones para el sostén de la casa; era ésta una labor de todas las mañanas.
      Y como a la mañana siguiente a la llegada de nuestro negrito le tocaba a la Cabra, ésta pidió que el negrito la acompañase para ayudarla a traer el cesto.
      Y así se acordó. Entregaron el cesto a Kuakú Baboní, y éste, muy contento, echó a andar tras la Cabra.
      Cuando llegaron a la finca propiedad de los cinco animales, el negrito dejó en el suelo el cesto y echó a correr de un lado a otro, jugando y curioseándolo todo.
Fue inútil que la Cabra le llamara la atención y que le amonestara para que fuese en su ayuda; él proseguía en sus juegos y en sus fisgonerías. Tanto, que ya la Cabra se enfadó, y, llevada de los nervios, dióle unos tirones de orejas con la consabida reprimenda.
      Mas ¡cuál no sería su estupefacción, al ver que Kuakú Baboní le propinaba un formidable puñetazo que la tiraba al suelo, rodando! Y hubo más: lanzándose sobre ella, le dio una paliza soberana, hasta que la Cabra, extenuada, pidió gracia.
      Pero Kuakú Baboní siguió aporreándola hasta que ella juró terminar el trabajo, dejándole en paz con sus diversiones, llevar el cesto lleno de provisiones y no decir a nadie ni una sola palabra de lo ocurrido.
      Sólo entonces Kuakú Baboní permitió que la Cabra se levantara del suelo, donde la tenía acorralada. Estaba llena de contusiones y tenía un ojo hinchado y el labio partido; lo que vulgarmente se dice, una verdadera calamidad.
      Llegado el momento del retorno, la Cabra cargó, sobre su cabeza, con el cesto lleno de provisiones y emprendieron la marcha.
      Al llegar cerca de la choza, Kuakú Baboní tomó el cesto, aparentando la ayuda que no había prestado. Y así llegó con la Cabra.
      Extrañados los animales del lastimoso aspecto que presentaba su compañera, preguntáronle qué le había ocurrido.
      –Tuve la desgracia –explicó la Cabra– de tropezar con un enjambre de abejas cuando estaba recogiendo las provisiones. Me aguijonearon y dejáronme en el deplorable estado en que me veis.
      A la mañana siguiente le tocó al Lobo, y fuése a la finca acompañado de Kuakú Baboní. También aquél regresó con el rostro hinchado y el cuerpo lleno de contusiones.
La Cabra, adivinando lo ocurrido, oyó las explicaciones que dio el Lobo sin poder contener una sonrisa harto significativa.
      Luego, la Cabra y el Lobo hablaron de lo sucedido, extrañando que una criatura tan chiquitina como Kuakú Baboní tuviese fuerza tan enorme y osadía tan singular.
      Todos los días, por la mañana, uno de los animales, el que le correspondía, iba a la finca e, infaliblemente, regresaba hecho un desastre. Por fin, habiendo corrido todos la misma suerte y no habiendo motivos para disimular, celebraron concilio con el único y exclusivo objeto de estudiar el modo de desembarazarse de Kuakú Baboní, la más terrible de todas las criaturas.
      Acordaron abandonar la choza y dejar en ella a Kuakú Baboní como solo propietario.
      Antes de emprender la fuga para librarse de aquella terrible criatura, prepararon, con gran reserva, un cesto lleno de provisiones, a las que agregaron los utensilios indispensables de cocina: un jarro para la leche, una cacerola, cinco calabazas que les servían de platos, una gran cafetera y las diferentes pipas de la cuadrilla.
      Desgraciadamente para ellos, Kuakú Baboní se enteró de sus proyectos. Y, sin que ellos ni siquiera lo sospecharan, cogió una hoja de árbol, muy grande, se introdujo en el cesto y se envolvió en aquélla, cosa muy factible para Kuakú Baboní, porque ya sabéis que era muy chiquitín.
Al amanecer, sin el menor ruido por temor a despertar al terrible Kuakú Baboní, la pandilla emprendió la fuga. Sentían ganas e saltar, de brincar, de cantar y de reír, al verse libres del terrible negrito.
      Y cuando ya habían andado algunos kilómetros de su antigua morada la Cabra, que llevaba el cesto de provisiones sobre la cabeza, sintiéndose fatigada, se detuvo un instante a descansar.
      Entre tanto, sus compañeros proseguían el camino y perdióles de vista; acordóse de los manjares que llevaba y entróle deseos de comerse un bocadillo, sin que ellos lo vieran; la Cabra era muy glotona. ¡Cuál no sería su sorpresa y asombro! Al levantar la tapa del cesto, recibió una formidable trompada al mismo tiempo que oía una voz que le decía:
      –¡Cierra el cesto y a callar se ha dicho!
      Faltóle tiempo a la Cabra para obedecer y echó a correr tras de sus compañeros, aterrada por aquella terrible criatura.
      Y así que los divisó los llamó y exclamó luego:
      –¡Lobo, ahora te toca a ti cargar con el cesto! ¡Yo estoy muy cansada!
      El Lobo tomó la carga. Pero, al poco, recordando también las sabrosas provisiones que contenía la cesta, fingiendo estar fatigado, se detuvo a descansar un instante. Y cuando sus compañeros se hubieron distanciado un largo trecho, abrió el cesto. Y recibió un formidable puñetazo, como el que la Cabra había recibido antes. Dejó caer la tapa del cesto y reanudó la marcha muy ligero para alcanzar a sus compañeros.
      El León y el Tigre, uno tras otro, llevaron el cesto. Y los dos, a cual más glotón, levantaron la tapa del cesto de provisiones para engullirse alguna golosina. Y los dos, respectivamente, recibieron un puñetazo soberano.
      Le tocó el turno al Elefante, que también recibió una trompada. Cuando se reunió con los demás y pidió que le librasen de la carga, todos exclamaron:
      –¡Si no quieres seguir llevando el cesto, tíralo; nosotros, ya estamos cansados de cargar con él!
      El Elefante, al oír estas palabras, tiró precipitadamente el cesto y echó a correr como alma que lleva el diablo, en dirección al bosque.
      Sus compañeros echaron una mirada al cesto y apretaron a correr tras el Elefante, también hacia el bosque.
      Continuaron así corriendo todo el día y toda la noche, sin descansar, hasta que se internaron en el bosque. Rendidos de fatiga se echaron a descansar junto a un baobab, gigante entre los árboles.
      Pero el terrible Kuakú, al caer el cesto, salió y echó a correr a campo traviesa, en dirección al bosque. Sabía que los fugitivos descansarían a la sombra del gigantesco baobab. Trepó a una rama y se ocultó entre el follaje.
      Los animales, rendidos de cansancio, y tendidos al pie del baobab se enzarzaron en una violenta discusión. Todos censuraban a la Cabra por haberles propuesto que tomasen a su servicio aquella terrible criatura.
      La Cabra, indignada, replicó:
      –¡Fue de común acuerdo el tomarle a nuestro servicio!
      Y añadía:
      –¡Yo no tengo la culpa! ¡Si ese diablillo estuviera presente me daría la razón! Es más: os culparía a vosotros.
      Al oír estas palabras, Kuakú se dejó caer entre los animales que allí discutían. Poseídos de terror, los cinco animales huyeron en direcciones distintas.
      El Lobo corrió hacia la estepa; el Tigre se escondió en el bosque; el León no paró hasta llegar al desierto arenoso; el Elefante huyó hacia la región del Níger, y la Cabra fue a pedir protección a las regiones habitadas por los hombres.
      Y desde entonces, viven separados y en lugares tan diferentes; su vida es muy otra a la que observaban cuando, bajo el mismo techo, vivían fraternalmente.
      En cuanto a Kuakú Baboní, la más terrible de todas las criaturas, continúa vagando por el mundo para terror y espanto de todos los animales, que temen su presencia en cualquier instante.
      Pues habéis de saber que el Lobo, el León, el Elefante, el Tigre y la Cabra advirtieron a sus hijos que se cuidaran muy mucho de tener el menor trato con la más terrible de las criaturas de la creación, Kuakú Baboní.
      Por esto, por haber sido advertidos, muchos de los descendientes de aquellos animales, como tienen buena memoria, huyen, desconfiados, en cuanto divisan o huelen la presencia del hombre.


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