Del amor por los libros

Publiqué este texto en Arena hará unos tres años; luego lo puse en La materia no existe. No hay relación directa entre lo que se dice aquí y lo que se discute alrededor, por otras notas de esta bitácora, en estos momentos.
En su día, por cierto, esta reseña no apareció con la dedicatoria debida a Flavio y Cinthya, amigos entrañables, por quienes conocí el libro de Fadiman.

Algún lector de Ex Libris. Confessions of a Common Reader de Anne Fadiman (Farrar, Strauss & Giroux, 1998) podría sentirse extrañado o a disgusto: la serie de anécdotas, ensayos y divagaciones de Hadiman gira alrededor de su afición a la lectura y de los hallazgos de una vida entera de leer. Todos los textos celebran, de una forma u otra, el hábito y el gusto el de los libros, como objetos materiales y como parte central (todavía lo son, o pueden serlo) de la existencia.
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La imaginación en México: Jaque perpetuo

Jaque perpetuo

Gonzalo Lizardo, Jaque perpetuo.
México, Era, 2005.

En los años noventa, daba la impresión de que iba a producirse un cambio interesante en la literatura local. Por primera vez desde principios de siglo, la narrativa mexicana no parecía obsesionada con la “realidad nacional” como valor supremo y algunas novedades (La mano derecha de Pablo Soler Frost, Auliya de Verónica Murguía, La catedral de los ahogados de Ignacio Padilla, La ruta del hielo y la sal de José Luis Zárate, entre muchos otros) lograban ser apreciadas a pesar de tener preocupaciones distintas a las del realismo más rutinario. Continúa leyendo La imaginación en México: Jaque perpetuo

Fragmentos de Hans Christian Andersen

Escribí este ensayo para la revista Biblioteca de México, a propósito del bicentenario de Andersen en 2005:

La estatua de HCA en el Parque Central de Nueva York

El impulso (primera versión)
Se cuenta que Hans Andersen, zapatero, lloró en una ocasión al conocer a un estudiante joven y vivaz. A Hans Christian, su hijo, le explicó que él “debía haber sido” como aquel muchacho, en vez de un artesano humilde y mísero en Odense, el pueblo donde vivía la familia. Pero Dinamarca entera estaba en crisis –eran los últimos años de las Guerras Napoleónicas– y Andersen padre terminó, en 1815, por dejar hasta su oficio y enrolarse en el ejército: el hijo de un granjero le pagó para que tomara su sitio y lo librara así del servicio militar.
      La compañía de Andersen padre no tuvo tiempo de pelear de veras, pues Napoleón fue derrotado ese mismo año, pero el hombre volvió a Odense quebrantado por las privaciones de la vida en campaña y murió luego de una enfermedad prolongada. La madre –Anne Marie Andersdatter, iletrada y carente de recursos– se esforzó por mantenerse junto con su hijo: se dedicó a lavar ajeno, volvió a casarse y, decepcionada por las pobres calificaciones de Hans en la escuela, lo puso a trabajar. Él, por su parte, intentó una fuga como la que nunca logró su padre.
      Era, en cierto modo, su herencia: el zapatero, autodidacta, había procurado instruirlo mediante la lectura de la Biblia, de Las mil y una noches, de las comedias de Ludvig Holberg; también le había ayudado a construir un teatrino, para jugar con marionetas (Anne Marie pensó por un tiempo en volverlo aprendiz de sastre, por su habilidad para hacer los vestidos de sus muñecos), y lo había llevado a ver actores de verdad: nada menos que el Teatro Real de Dinamarca, llegado al escenario de Odense, el único en todo el país fuera de la capital.
      Todo esto había fascinado al pequeño Hans, cuyo talante era imaginativo y muy impresionable, y quien se decidió por las artes y por el camino que le conocemos: su partida a Copenhague, las intentonas sobre el escenario, las privaciones y las humillaciones sufridas por su fealdad y su afeminamiento, el modo milagroso en el que logró abrirse paso en la burguesía de la ciudad y obtener patrocinios para su educación, la busca constante de favores y conocencias que le permitieran continuar su trabajo literario. Pero a esa historia sabida –al ascenso social y la incomodidad del descastado, que también son las de la Sirenita y el Patito Feo y muchos otros personajes del escritor– debe agregársele este matiz:
      El primer libro publicado de Andersen, Intentos juveniles (1822), fue un arranque en falso como los de muchos otros autores. Era una serie de textos que homenajeaban –o plagiaban– a B. S. Ingemann y otros escritores de la naciente “Edad de Oro” de las letras danesas, pero estaba firmado con el seudónimo William Christian Walter, que era nombre de pretensiones elevadísimas. William en honor de Shakespeare y Walter por Walter Scott: dos descubrimientos literarios que Andersen no habría podido hacer nunca sin el impulso, rencoroso y frustrado, de su padre, quien por el contrario había desaparecido por entero del “nombre artístico” de su hijo. Una posible interpretación es que éste debía (re) descubrirse por medio del muerto, como le ocurre a la protagonista de El niño en la tumba, una de sus ficciones más sentidas y perturbadoras. El origen no podía separarse del destino y Hans Christian Andersen sería siempre, aun en sus momentos de mayor vanidad, aun en los salones de los reyes y los notables, el habitante de Odense.

Un retrato de los muchos que Andersen se hizo tomar

La vida literaria
En El cuento de mi vida (1855), Andersen recuerda su proyecto de ir a buscar fortuna en Copenhague y relata:

—¿Qué será de ti allá? —preguntó mi madre.
—Me volveré famoso —respondí, y le dije lo que había leído sobre hombres notables venidos de hogares pobres—. Primero, tienes que pasar por una cantidad terrible de adversidades —le dije— y entonces te vuelves famoso.
El que me conducía era un impulso inexplicable. Lloré, supliqué, y finalmente mi madre cedió, pero primero mandó a buscar a (…) una supuesta “mujer sabia” (…) y la puso a leerme el futuro en un mazo de cartas y en restos de café.
—Tu hijo será un gran hombre —dijo la vieja gitana—, y en su honor todo Odense quedará iluminado algún día.
Mi madre lloró al oír esto, y ya no tuvo nada en contra de que yo me fuera de la casa.

La estampa podría ser el otro lado de la historia, tan fértil para el psicoanálisis, del niño pobre que triunfa en el mundo de la riqueza y los adultos. ¿Qué habría pasado si la gitana hubiese desaconsejado la partida? ¿Lo habrían dejado ir su madre y lo que quedaba de su familia? ¿Hasta dónde será éste, como la llegada del Teatro Real a Odense, un aviso providencial para la vida de Andersen y para la literatura de occidente?
      Por otro lado, lo más razonable es dudar de la historia entera y atribuirla al narcisismo del escritor, quien dependió casi toda su vida del favor de otros y no perdía ocasión de promover su trabajo, su figura de literato y lo extraordinario de ambas. Pero esta cualidad agradará también a los psicoanalistas, porque es un atisbo de una personalidad más compleja que la del mero entertainer (Harold Bloom, en un ensayo, da a esta imagen falsa la cara de Danny Kaye, quien interpretó a Andersen en una blanda película de Hollywood) dedicado a distraer a los niños y contar mentiras inocuas.
      Por ejemplo, un rasgo de los estudios andersenianos del que aún se habla poco –y menos entre nosotros– tiene que ver con el trajinar del escritor en la vida literaria de Dinamarca, no menos cosmopolita, díscola ni maldiciente que la de cualquier otro lugar de Europa. En ella hay, como es de suponer, no sólo sinsabores de melodrama, sino también otros conflictos. Obsérvese, digamos, el fragmento que sigue: proviene de “Reseña”, un poema que Andersen escribió en 1830, cuando tenía 25 años y debía, como el resto de su generación, “romper lanzas” contra autores y comentaristas adversos:

El sol de la tarde colorea tierra y mar con tonos de rosa,
pero ¡ah!, la monotonía llega de inmediato, al igual que mi cólera.
Sea lo que sea, el sol no es muy original:
todo el tiempo sale por el este, se pone en el oeste, ¡por favor!
Entonces aparecen las estrellas de la noche, pero ¡demonios!,
brillan pero son frías, no dan calor ni tienen vienen coloreadas.
Canta un ruiseñor, diestramente (…)
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Las olas crecen pero demasiado: necesitan moderación;
la escena tiene un toque de genio pero le falta mi aprobación.

Andersen no vio, no podía ver, que aquellos comentarios que tanto le disgustaban serían los más interesantes de cuantos se han escrito sobre él. A partir de 1840 (como ha dicho el andersenista Johan de Mylius) “los críticos hacen fila para alabar el trabajo del poeta, quien ya ha establecido su nombre y probado su habilidad” con textos muy superiores a “Reseña”, pero Andersen persistió en su obsesión por el reconocimiento hasta el final de su vida. Hay muchas anécdotas sobre su búsqueda de los famosos y su contagio: Andersen escribió sobre su encuentro de iguales con Dickens, pero no sobre las cinco semanas que pasó en la casa del escritor inglés, interpretando muy libremente un ofrecimiento de hospitalidad.

Recorte de papel hecho por Andersen

El impulso (segunda versión)
El romanticismo, que en el resto de Europa marcó de forma incontestable la literatura al comienzo del siglo XIX, está disminuido en Dinamarca –al menos, desde el punto de vista de nosotros, lectores abúlicos del siglo XXI– por el mismo Andersen y por Søren Kierkegaard, tal vez los dos daneses más eminentes; gracias al trabajo de ambos, la “Edad de Oro” es más un signo de sus propias originalidades que de acuerdo con cualquier otra de las grandes figuras y escuelas de su tiempo. Pero hay, como en el episodio que antecede, una raíz común y más antigua de Andersen y los románticos: su mundo no es cristiano (al contrario del de Kierkegaard), y no está subordinado a las pretensiones y apetencias del racionalismo.
      Sus imágenes centrales –sus mitos– son paganas y animistas; sobre todo, de una forma de animismo popular entre los hombres y mujeres de la Europa del medievo y de épocas aún más tempranas. Para Andersen, al contrario de lo que creyeron los escritores y filósofos de la Ilustración, el universo y la naturaleza no pueden ser patrimonio de lo humano; no le pertenecen, no pueden controlarse ni domarse, porque la especie humana es sólo una más en un cosmos donde todas las cosas están provistas de conciencia, de voluntad y de instinto. Por esto, en los cuentos, hablan los animales y también los objetos de uso diario, conspiran los adornos de porcelana, aguantan y mueren los imperturbables soldaditos de plomo.
      Hay ángeles, hay devoción por el Niño Jesús, hay un cielo en ocasiones, pero los juicios de las potencias celestiales son tan contundentes y terribles como los de los antiguos dioses del rayo y de las aguas, y no siempre tienen justificación desde el punto de vista de la moral de su tiempo (ni del nuestro), que les queda chica o que no los alcanza cuando sus personajes y sus tramas se hunden en lo desconocido. Así, en Las zapatillas rojas la redención sólo puede llegar después de que la niña, condenada por su trato con el mal, paga dejándose cortar ambos pies, que se quedan bailando dentro de los zapatos mágicos. Así, El corazón de una madre plantea un dilema ético que no puede resolverse sin pérdida ni sufrimiento (¿puede el hijo muerto regresar, si el único modo de hacerlo es que la madre se sacrifique en su lugar, dejándolo vivo pero huérfano y desamparado?), y aun en las historias más famosamente amables se asoma lo siniestro: la cara de los poderes que aguardan más allá del círculo de luz de las hogueras.
      En esto podría verse, tal vez, la otra parte de la experiencia formativa de Andersen, quien conoció textos clásicos pero también las consejas populares, y muchas veces terroríficas, de los habitantes más humildes de Odense, y quien tuvo incluso su propio contacto, directo, con la locura en su abuelo paterno, un alelado que vagaba por las calles del pueblo y era, para los suyos, una fuente de pena y de vergüenza. Para el escritor, todos los hombres son como ese loco, o tal vez como niños, atados al vaivén de fuerzas que no comprenden y a las que tampoco importan demasiado; en eso, tal vez, está lo mejor y lo más perdurable de su recuperación del mundo de la infancia, que sólo cuando somos adultos podemos imaginar como un sitio de ignorancia y de pureza. Andersen no es, por supuesto, un escritor para niños en el sentido estrecho que damos hoy al término: está más cerca de Gogol que de Edward Lear y de Víctor Hugo que de J. K. Rowling.
      Por otra parte, también hay bondad en el misterio: una dulzura extraña, a veces de un esplendor intolerable por deslumbrante, que Andersen descubre en quienes sufren y que los dioses ven también, aquí y allá. El hada del saúco entra y sale del cuento que el viejo escritor refiere al niño, y en el que se ve el transcurrir sereno, gustoso, levemente aburrido, de la vida del pequeño, o de los dos, o de millones. En El compañero de viaje, el joven Juan, pobre como tantos otros héroes andersenianos, entrega sus últimas monedas para que dos ladrones no profanen una tumba, y la recompensa por su generosidad es el afecto de un amigo casi omnipotente, que actúa sin que Juan lo sepa y le procura el bien enfrentándose contra fuerzas tremendas que nada tienen que ver con el Antiguo ni con el Nuevo Testamento. ¿Quiénes son estos seres que Andersen jamás justifica? ¿Por qué otorgan protección y conocimiento aquí y no en otros cuentos? Quién sabe. Éstas son las dos palabras que Andersen parece pronunciar con más variadas entonaciones, desde alivio hasta horror, mientras sus personajes avanzan por un universo vivo, eterno como lo humano nunca podrá serlo.

Ilustración de Axel Mathiesen

Los cuentos (enumeración)

  1. Un total de 212 cuentos, de los que 156 se publicaron durante su vida, son la obra conocida de Hans Christian Andersen.
  2. De ellos, un puñado ha trascendido la propia autoría de quien los escribió, y se recuerdan como parte de la cultura de occidente (o del inconsciente colectivo) y aun como frases hechas, verdades de forma ya inapelable:
    1. a todos nos satisface que el emperador esté desnudo, y
    2. nadie ignora que el patito puede ser, en verdad, un cisne.
  3. El resto se encuentra en antologías de acceso más o menos difícil, en las que casi nunca se encontrarán las cartas, los poemas, los libros de viaje y teatro: el trabajo olvidado de uno de los escritores más prolíficos de su tiempo, y uno que siempre deseó ser conocido como novelista y dramaturgo “serio”.
  4. A esta ironía primera (Andersen dedicó mucho más tiempo a la escritura de esos textos menores que a sus cuentos) debe agregarse la del azar de su difusión por el mundo: el danés es una lengua de pocos hablantes, reconocida precisamente por Andersen y muy pocos más, y así resulta que las traducciones de El ruiseñor, Nicolasín y Nicolasón o La reina de las nieves son la única posibilidad de su conocimiento para la mayoría de sus lectores.
  5. Y un examen siquiera superficial de esas traducciones es pasmoso: aún más numerosas que las discrepancias entre los manuscritos del Rey Lear, o que los errores en las primeras ediciones del Paradiso de Lezama Lima, las adiciones, supresiones, interpolaciones, malas lecturas, transposiciones de sentido y hasta de palabras y párrafos son el único rasgo constante de los Andersen en todas las lenguas y formatos.
  6. Unas veces los personajes o el narrador hablan de más para satisfacer apetencias de un momento o de una cultura (o de un estudio de mercado), o cambian los matices o pasan sobre ellos; otras, las más, hablan menos de lo que su autor original pretendía que hablaran.
  7. Si algún día se pierden los archivos y las bibliotecas de la propia Dinamarca, los paleógrafos del futuro tendrán mil versiones diferentes de donde escoger, y
    1. se pasarán la vida en la busca de una sola voluntad entre todas ellas o, por el contrario,
    2. llegarán a la conclusión de que nunca hubo ningún Andersen: que, como Homero o como Vyasa, fue tan sólo el nombre que un momento de la historia eligió para su tradición oral, informe y mutable.
  8. Evidentemente, la belleza del texto en danés, que quienes lo leen consideran signo de una maestría sin igual, se perderá tras semejante catástrofe.
  9. Es un peligro que corren todos los escritores (o una certeza que deben aceptar): los resúmenes y las adaptaciones tardan siempre más en llegar al olvido.

Niños y adultos
En este año, que se cumplió el bicentenario de su nacimiento, Andersen llega hasta nosotros en un estado triste. Por un lado, sus cuentos nunca han sido más recortados, adaptados, endulzados para subordinarlos a un gusto ñoño, según la cual los niños son criaturas incapaces de comprender sino una fracción de lo que está al alcance de un ser humano “normal”, adulto y productivo. El problema es, en el fondo, insoluble: la popularidad de Andersen en el pasado es signo de que algo decía para lectores de todas las edades, y la popularidad actual de textos mucho más simples, mucho menos profundos –incluyendo las versiones innumerables de Andersen “para niños”, con viñetas y bisílabos en 18 puntos–, es signo de que la situación es distinta ahora y aun los seres más productivos tienen dificultades con El trompo y la pelota, o La sirenita.
      Hay otro hábito aún peor: las “conclusiones espeluznantes” que se extraen sobre la vida de cualquiera, siempre que sea célebre, y que en el caso de Andersen ha llevado a muchos de sus comentaristas –en el fondo, menos interesados en el escritor que en su aniversario cerrado, y en aprovecharlo– a las mismas estaciones: la madre acaso prostituta, el padre acaso putativo, el niño acaso homosexual, el adulto también: miles de palabras sobre las decepciones amorosas y ninguna sobre los textos, salvo como fuente de pistas sobre la sordidez habitual, que nos permita reducir al creador a nuestra propia condición miserable, para mejor negar la existencia de sus dones.
      El que éstos puedan advertirse incluso así: incluso en resúmenes morosos e interesados, aun a pesar de las lecturas ineptas y morbosas, es una prueba más del milagro constante y casi siempre ignorado. Hans Christian Andersen bien podría trascendernos y encontrar, en otro momento, lectores más dignos.

Hans Christian Andersen retratado por Constantin Hansen (1836).
Hans Christian Andersen retratado por Constantin Hansen (1836).
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De nuevo: la bienvenida

Muchas gracias a todos los que llegan por primera vez a estos lares electrónicos. Muchas gracias, también, a todas las personas que se animaron, en los primeros días del sitio, a visitarlo para probarlo y dejar sus comentarios y críticas. Los invito al concurso de la nota que sigue y les envío muchos saludos. Espero que este sitio pueda interesarles. (Gracias, también, a los amigos de Fatal Espejo).

Concurso #2

(Nota del 7 de diciembre: olvidé agregar un detalle, como me lo hizo ver Felipe Bachomo. La fecha límite para proponer textos al concurso será el día 24 de cada mes, y en este caso, por tanto, el 24 de diciembre. Muchas gracias a quienes han participado ya. Los demás, anímense…)

A partir de hoy, esta bitácora convoca mensualmente a un concurso. Los interesados pueden comenzar observando esta imagen:

Instrucciones:
1) Suponer que esta imagen ilustra una historia.
2) Imaginar cuál es esa historia: qué está pasando allí, qué momento se anuncia, por qué, quiénes están allí, qué hacen.
3) Escribir la sinopsis de la historia, su resumen, en los comentarios de la nota correspondiente.

El ganador de cada mes será elegido tomando en cuenta la opinión de quienes decidan opinar, y recibirá un trofeo virtual. (Los concursantes deben dejar una dirección válida de correo electrónico, para poder recibir su premio.)

Quedan invitados…

La camisa mágica

Un cuento popular ruso, que traduje de la edición inglesa (1945) de la antología Cuentos rusos de hadas de Aleksandr Afanas’ev. Traducir una traducción (en este caso, la versión en inglés era de Norbert Guterman) siempre es arriesgado; espero no haber dado al traste con la belleza de la historia.
(Ah, y
kasha es un plato ruso: un pudín hecho a base de leche, trigo, avena y sémola, que se come –o se comía– en el desayuno.)

LA CAMISA MÁGICA
cuento popular ruso

Mientras estaba de servicio con su regimiento, un bravo soldado recibió cien rublos que le enviaba su familia. El sargento se enteró y le pidió el dinero prestado. Pero cuando llegó la hora de pagar, en vez de rublos, el sargento dio al soldado cien golpes en la espalda con un palo y le dijo: “Yo nunca vi tu dinero. ¡Estás inventando!” El soldado se enfureció y salió corriendo a un espeso bosque; iba tenderse bajo un árbol a descansar cuando vio a un dragón de seis cabezas que volaba hacia él. El dragón se detuvo junto al soldado, le preguntó sobre su vida y le dijo: “No te quedes a vagar en estos bosques. Mejor ven conmigo y sé mi empleado por tres años.” “Con mucho gusto”, dijo el soldado. “Sube entonces, que yo te llevaré”, dijo el dragón, y el soldado comenzó a ponerle encima todas sus pertenencias. “Oye, veterano, ¿te vas a traer toda esta basura?” “¿Cómo te atreves, dragón? A los soldados nos dan de latigazos si perdemos aunque sea un botón, ¡y tú quieres que yo tire todas mis cosas!”
El dragón llevó al soldado a su palacio y le ordenó: “¡Siéntate junto a la olla por tres años, mantén el fuego encendido y prepara mi kasha!” El propio dragón se fue de viaje por el mundo durante ese tiempo, pero el trabajo del soldado no era difícil: ponía madera bajo la olla, y se sentaba a un lado tomando vodka y comiendo bocadillos (y el vodka del dragón no era como el de nosotros, todo aguado, sino muy fuerte). Luego de tres años el dragón regresó volando. “Muy bien, veterano, ¿ya está listo el kasha?” “Debe estar, porque en estos tres años mi fuego no se apagó nunca.” El dragón se comió la olla entera de kasha en una sola sentada, alabó al soldado por su fiel servicio y le ofreció empleo por otros tres años.
Pasaron los tres años, el dragón se comió otra vez su kasha y dejó al soldado en su casa por tres años más. Durante los dos primeros el soldado cocinó el kasha, y hacia el fin del tercero pensó: “Aquí estoy, a punto de cumplir nueve años de vivir con el dragón, todo el tiempo cocinándole su kasha, y ni siquiera sé qué tal sabe. Lo voy a probar.” Levantó la tapa y se encontró a su sargento, sentado dentro de la olla. “Huy, amigo”, pensó el soldado, “ahora te voy dar una buena; te haré pagar los golpes que me diste.” Y llevó toda la madera que pudo conseguir, y la puso bajo la olla, e hizo un fuego tal que no sólo cocinó la carne del sargento sino hasta los huesos, que quedaron hechos pulpa. Regresó el dragón, comió el kasha y alabó al soldado: “Bueno, veterano, el kasha estaba bueno antes, pero esta vez estuvo aún mejor. Escoge lo que quieras como tu recompensa.” El soldado miró a su alrededor y eligió un fuerte corcel y una camisa de tela gruesa. La camisa no era ordinaria, sino mágica: quien la usaba se convertía en un poderoso campeón.
El soldado fue con un rey, lo ayudó en una guerra cruenta y se casó con su bella hija. Pero a la princesa le disgustaba estar casada con un simple soldado, de modo que intrigó con el príncipe de un reino vecino, y para saber de dónde venía el enorme poder del soldado, lo aduló y lo presionó. Tras descubrir lo que deseaba, esperó a que su esposo estuviese dormido para quitarle la camisa y dársela al príncipe. Éste se puso la camisa, tomó una espada, cortó al soldado en pedacitos, los puso todos en un costal de cáñamo y ordenó a los mozos de la cuadra: “tomen este costal, lo amarran a cualquier jamelgo y luego los echan al campo abierto”. Los mozos fueron a cumplir la orden, pero entretanto el fuerte corcel del soldado se transformó en jamelgo y se puso en el camino de los sirvientes. Éstos lo tomaron, le ataron el saco y lo echaron al campo abierto. El brioso caballo echó a correr más rápido que un ave, llegó al castillo del dragón, se detuvo allí, y por tres noches y tres días relinchó sin descanso.
El dragón dormía profundamente, pero al fin lo despertó el relinchar y el pisotear del corcel, y salió de su palacio. Miró el interior del saco ¡y vaya que resopló! Tomó los pedazos del soldado, los juntó y los lavó con agua de la muerte, y el cuerpo del soldado estuvo otra vez completo. Entonces lo roció con agua de la vida, y el soldado despertó. “¡Caray!”, dijo. “¡He dormido mucho tiempo!” “Hubieras dormido mucho más sin tu buen caballo!”, respondió el dragón, y enseñó al soldado la compleja ciencia de tomar diferentes formas. El soldado se transformó en una paloma, voló a donde el príncipe con quien vivía ahora su esposa infiel, y se posó en el pretil de la ventana de la cocina. La joven cocinera lo vio. “¡Ah!”, dijo, “qué bonita palomita.” Abrió la ventana y lo dejó entrar en la cocina. La paloma tocó el suelo y se convirtió en un joven hermoso. “Hazme un favor, hermosa doncella”, le dijo, “y me casaré contigo.” “¿Qué deseas que haga?” “Consigue la camisa de tela gruesa del príncipe.” “Pero él nunca se la quita, salvo cuando se baña en el mar.”
El soldado averiguó a qué horas se bañaba el príncipe, salió al camino y tomó la forma de una flor. Pronto aparecieron, con rumbo a la playa, el príncipe y la princesa, acompañados por la cocinera, que llevaba ropa limpia. El príncipe vio la flor y la admiró, pero la princesa adivinó al instante quién era: “¡Ah, debe ser ese maldito soldado!” Cortó la flor y empezó a aplastarla y arrancarle los pétalos, pero la flor se convirtió en una mosca pequeñita y sin que la vieran se escondió en el pecho de la cocinera. En cuanto el príncipe se desvistió y se metió en el agua, la mosca salió y se convirtió en un raudo halcón. El halcón tomó la camisa y se la llevó lejos, luego se convirtió en un joven hermoso y se la puso. Entonces el soldado tomó una espada, mató al amante y a la esposa traidora, y se casó con la joven y adorable cocinera.