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	<title>Las historias</title>
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	<description>Bitácora y sitio personal de Alberto Chimal, escritor</description>
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		<title>Libros que son viajes (parte 1: Tres mensajes y una advertencia)</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 02:01:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En estos días empiezan a abrirse paso dos libros con los que tengo que ver: ambos son viajes, o por lo menos viajan a lugares muy raros: a otra lengua y otro continente.</p>
<p>El primero de estos libros es <em><a href="http://smallbeerpress.com/books/2012/01/24/three-messages-and-a-warning/">Three Messages and a Warning</a></em> es una antología de literatura fantástica mexicana traducida al inglés: historias de una treintena de autores seleccionadas por Chris Brown y Eduardo Jiménez Mayo. Publicada por <a href="http://smallbeerpress.com/">Small Beer Press</a>, incluye textos de autores que nos hemos interesado de manera constante en las ramas de lo &#8220;fantástico&#8221; (como Bernardo Fernández Bef, Karen Chacek, <a href="http://naipesdeopalo.blogsome.com/2012/01/26/221/">Gabriela Damián</a>, Cecilia Eudave, José Luis Zárate, Pepe Rojo, Gerardo Sifuentes y la gran Amparo Dávila) y también de &#8220;incursores&#8221;, colegas conocidos por su trabajo en otras especialidades (como Agustín Cadena, Claudia Guillén, Yussel Dardón, Bruno Estañol, Liliana Blum, Beatriz Escalante y Óscar de la Borbolla, entre otros).</p>
<div align="center"><a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/20120128-185452.jpg"><img class="alignnone size-full" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/20120128-185452.jpg" alt="20120128-185452.jpg" /></a></div>
<p>En esta entrevista, Brown (quien junto con <a href="http://monorama.blogspot.com/2012/01/la-noche-del-jueves-27-de-enero-por-la.html">Bef</a> y Pepe Rojo fue un gran animador de incluir en la antología un conjunto tan diverso de autores como fuera posible) dice:<span id="more-8750"></span></p>
<blockquote><p>La ciencia ficción mexicana trata lo fantástico como un componente esencial para representar la vida contemporánea [...] Los escritores que hemos reunido vienen de tantas castas culturales que jamás aparecerían juntos en el mismo libro en México. Pero leídos desde la distancia del otro lado de la frontera, creo que es claro que comparten una sensibilidad común.</p></blockquote>
<p>La palabra <em>casta</em> está traducida literalmente (<em>caste</em>), pero hacerlo así no es impropio: la verdad es que Brown tiene razón y un índice como el de <em>Three Messages and a Warning</em> sería absolutamente impensable entre nosotros. Los prejuicios de nuestra cultura literaria no sólo marginan a la literatura de imaginación, como se sabe, sino que acotan y reducen las posibilidades de reconocimiento de quienes la practican. Realmente hay una sensibilidad común que une a los textos de, por ejemplo, Zárate o Dávila con los de otros antologados (Ana Clavel o Mauricio Montiel Figueiras, por mencionar a dos) a quienes nunca se ha colocado en el gueto de los autores &#8220;de subgénero&#8221;; pero Zárate sigue siendo más reconocido fuera de México que aquí y Dávila sigue siendo mirada como &#8220;marginal&#8221; o &#8220;rara&#8221;. Sólo por esta razón <em>Three Messages and a Warning</em> es una antología importante: da una oportunidad muy valiosa a varios autores talentosos que no la han tenido de su propia cultura y su propio país.<br />
Las notas que han empezado a aparecer sobre el libro (como ésta de <a href="http://www.wired.com/beyond_the_beyond/2012/01/trip-the-mexican-fantastic/">Bruce Sterling en Wired</a>, o esta <a href="http://www.rochester.edu/College/translation/threepercent/index.php?id=3566">reseña de Sara Cohen</a> en Three Percent) discuten los textos sin atender a las jerarquías nacionales, y creo que hay que alegrarse de eso.<br />
Y una alegría adicional, al menos para mí, es que como parte de la promoción del libro tuve la oportunidad de ser grabado en video mientras leo mi cuento &#8220;Variación sobre un tema de Coleridge&#8221;, que ahora da vueltas por internet con subtítulos, tal como se puede ver a continuación:</p>
<p><iframe src="http://player.vimeo.com/video/34914275?title=0&amp;byline=0&amp;portrait=0" width="400" height="225" frameborder="0" webkitAllowFullScreen mozallowfullscreen allowFullScreen></iframe>
<p><a href="http://vimeo.com/34914275">&#8220;Variation on a Theme of Coleridge&#8221; by Alberto Chimal</a> from <a href="http://vimeo.com/user9959319">Chris Brown</a> on <a href="http://vimeo.com">Vimeo</a>.</p>
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		<title>Nuevas batallas</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Jan 2012 04:27:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La generación de autores mexicanos que está ahora alrededor de los cuarenta –la mía– tuvo un gran proyecto colectivo en los años noventa. El grueso de los autores que la conformaban entonces se propuso escribir sus primeros libros importantes: los que debían definirla en relación con el momento de su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/formasdevolveracasa.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-8743" title="Formas de volver a casa" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/formasdevolveracasa.jpg" alt="" width="298" height="467" /></a>La generación de autores mexicanos que está ahora alrededor de los cuarenta –la mía– tuvo un gran proyecto colectivo en los años noventa. El grueso de los autores que la conformaban entonces se propuso escribir sus primeros libros importantes: los que debían definirla en relación con el momento de su primera juventud.</p>
<p><a href="http://revistacritica.com/ensayo-literario/generacion-z-por-alberto-chimal">Este proyecto fracasó</a>, como se sabe: no hubo ninguna obra que hablara de la época de forma realmente memorable, y casi todos los que intentaron ese tipo de testimonio se agotaron en la tarea y dejaron de escribir por completo: al final, si algo protagonizó esa mayoría –el grueso de mi generación– fue una extinción en masa, silenciosa, apenas documentada hasta hoy, alrededor del año 2000.</p>
<p>Creo sinceramente que fue mala suerte: el tema generacional parecía ser el desencanto de la época, entre el fin de las utopías del siglo XX y las últimas convulsiones de la política mexicana de entonces, y nadie podría haber previsto que el cambio de siglo iba a barrer con esa nostalgia y ese malestar tan precisos y, en el fondo, tan insignificantes. Tampoco podría haberse previsto el auge de internet, que ha cambiado la cultura global de forma mucho más profunda y vasta que cualquier otro suceso histórico de las últimas décadas, y que forzó una transición difícil que las generaciones posteriores no comprenderán. En ese pasmo doble se perdió mucho.</p>
<p>Quizá ahora, cuando los libros importantes de mi generación empiezan despacio a aparecer, podrá ser posible que algunos sobrevivientes de entonces retomen aquel proyecto. Quizá pronto haya un gran libro mexicano sobre el tema del pasado, sobre cómo se pierde o se recobra, sobre cómo sobrevivir a semejantes catástrofes, capaz de medirse con <em>Las batallas en el desierto </em>de José Emilio Pacheco (1981), que en los noventa fue el modelo secreto de muchos.</p>
<p>Entretanto, Alejandro Zambra ha escrito <em>Formas de volver a casa</em>. El escritor chileno puede no haber leído a Pacheco pero su novela –publicada por Anagrama– dialoga con la de éste, la actualiza y la reta: es una visión de la lucha con el pasado en el siglo XXI.</p>
<p style="text-align: center;"><span id="more-8741"></span>***</p>
<p>El personaje de Zambra es un niño de nueve años que vive en Chile en 1985. El país está todavía bajo la dictadura de Augusto Pinochet, pero el niño apenas sabe nada de política, no comprende todas las tensiones entre los adultos a su alrededor y tampoco puede ver del todo cómo influyen en su vida hechos tremendos que sucedieron antes de que naciera. Forma parte de un capítulo importante de la historia de su país pero, como dice el texto en varias ocasiones, sólo es un personaje secundario: llegó tarde, no estaba allí el 11 de septiembre del 73 y no entiende todavía los horrores, los miedos y los conflictos que el golpe de estado provocó. La estabilidad familiar, aparente, se contrasta con lo desconocido: lo que no se dice. Como en <em>Las batallas en el desierto</em>, una serie de encuentros ambiguos con otra familia &#8211;aquí son un hombre y sus dos sobrinas, y el secreto de los tres&#8211; precipita el descubrimiento del pasado y el paso a un mundo adulto, más terrible y más amargo.</p>
<p>Antes de la mitad, sin embargo, el libro da un viraje extraño: la historia del niño en 1985 se revela como una ficción, obra de un escritor que es y no es Alejandro Zambra, quien intenta completar una narración sobre ese momento del pasado. Él tiene su propio (des)encuentro con lo que le sucedió en los años ochenta, con la sensación de estar a destiempo, con las dificultades de escribir, con la historia de Chile; también, con una mujer que lo confronta de otras maneras.</p>
<p>Como para dar la impresión de una dificultad mayor que la que sugiere <em>Las batallas en el desierto</em>: para proponernos a un memorialista que desea recontar su propia vida pero no cree del todo en sus recuerdos, o bien que duda de su capacidad para evocarlos y darles su valor, la novela da otros dos saltos entre el escritor y su creación. La segunda mitad de cada historia es un reflejo de la otra. Las compañeras del narrador y el personaje (las sobrinas, crecidas, enfrentadas) se asemejan; en ambos niveles de la historia la reconciliación con el pasado &#8211;y con la culpa vaga de no haber estado a la altura de lo que sucedió&#8211; se revela imposible. El inevitable ajuste de cuentas llega brevemente y no para el escritor, sino para su personaje, quien oye del padre un elogio díscolo pero monstruoso de la dictadura. Más tarde el terremoto de Chile en 1985, con el que comenzó la trama &#8220;inventada&#8221;, se enlaza con el terremoto de Chile en 2010 y en el mundo &#8220;real&#8221; y ambos permiten, al menos, comprobar que la estatura individual es siempre insuficiente: que los sucesos que nos marcan son siempre inaprehensibles.</p>
<p style="text-align: center;"> ***</p>
<p><em>Formas de volver a casa </em>es un libro es muy sentencioso y se convertirá en fuente de máximas y aforismos para citar fuera de contexto. Transcribo algunos encontrados al azar:</p>
<blockquote><p> Queremos ser actores que esperan con paciencia el momento de salir al escenario. Y el público hace rato que se fue.</p>
<p>Pero no es amor lo que nos une. O es amor, pero amor al recuerdo.</p>
<p>Para eso sirven estos álbumes, pienso: para hacernos creer que fuimos felices cuando niños. Para demostrarnos que no queremos aceptar lo felices que fuimos.</p>
<p>&#8230;este oficio extraño, humilde y altivo, necesario e insuficiente: pasarse la vida mirando, escribiendo.</p></blockquote>
<p>Pero la virtud de la novela no es el ingenio, ni mucho menos la concreción, aunque Alejandro Zambra se haya hecho famoso, principalmente, por dos novelas muy breves: <em>Bonsái </em>y <em>La vida privada de los árboles</em>. Leer así su nueva novela sería no leerla: no ver que su centro está en la <em>historia </em>que cuenta, y que ésta no es la del pasado (como en Pacheco) sino la de cómo se <em>cuenta </em>al pasado. La interposición del escritor entre nosotros y la historia del niño no es la busca de mayor &#8220;verdad&#8221; o &#8220;realidad&#8221; (el libro no es <em>autoficción</em>, como se dice ahora) sino una forma de observar que el pasado es irrecuperable: que el acto de la memoria es siempre un acto presente, sujeto a la misma inestabilidad y la misma angustia que el resto de lo presente.</p>
<p style="text-align: center;"> ***</p>
<p>Releo lo que escribí arriba y encuentro esta frase: &#8220;la culpa vaga de no haber estado a la altura de lo que sucedió&#8221;. Esta es una culpa que padecen muchas personas que están cerca de mi edad. A quienes escriben entre ellas, y más aún a quienes <em>escribían:</em> a quienes ya no lo hacen más, <em>Formas de volver a casa </em>podría servirles. Podría probarles que la lucha con el pasado está condenada, y es sólo una posibilidad de la literatura, pero no es imposible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">[este texto se publicó en la revista <em>Posdata</em>]
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		<title>Esporas</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jan 2012 15:35:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento del mes]]></category>
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		<category><![CDATA[escritores en lengua inglesa]]></category>
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		<category><![CDATA[Jeff Noon]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Por una vez, el cuento del mes es varios cuentos: para ser exactos, 27. Una serie de minificciones de <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Jeff_Noon">Jeff Noon</a> (1957), narrador británico conocido en especial (al menos en el mundo de habla española) por la serie <em>Vurt</em>, cuatro novelas que crean un mundo alucinante a medio camino entre el<em> cyberpunk</em> y la tradición surrealista/transgresora de Lewis Carroll. Su imaginación extraordinaria lo hace <a href="http://www.themodernword.com/scriptorium/noon.html">un narrador interesantísimo</a>.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En cuanto a sus  <em>Esporas</em>, son especiales por partida es doble: por un lado son parte de una serie que ahora mismo el autor escribe  en <a href="http://twitter.com/jeffnoon">Twitter</a> (así que también son parte de la llamada <em>tuiteratura</em>) y por el otro, aunque pueden leerse como historias  independientes, también están planteadas como gérmenes de <em>otras</em> historias. Con esto hacen explícito ese efecto de las mejores minificciones, que son semillas que germinan (o bombas que explotan) tan sólo un poco después de ser leídas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La selección de los textos es mía, así como las traducciones, que fueron realizadas  con autorización del autor. Además de los libros y los escritos mínimos de Noon, recomiendo su sitio personal, muy original en su diseño y sus propuestas: <a href="http://www.metamorphiction.com/">Metamorphiction</a>.</p>
<div align=center><div id="attachment_8723" class="wp-caption aligncenter" style="width: 259px"><a href="http://www.zone-sf.com/jeffnoon.html"><img class="size-full wp-image-8723" title="Jeff Noon (fuente: http://www.zone-sf.com/jeffnoon.html)" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/jeffnoon.jpg" alt="" width="249" height="249" /></a><p class="wp-caption-text">Jeff Noon<br />(fuente: http://www.zone-sf.com/jeffnoon.html)</p></div></div>
<p><span id="more-8721"></span><strong>ESPORAS</strong></p>
<p><strong>Jeff Noon</strong></p>
<p>Cualquier parecido con personas vivas, muertas, hechas a máquina, amplificadas, moldeadas en vapor o distribuidas en mente comunal es pura coincidencia.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Tom despertó inquieto. Su dormitorio se veía como siempre. Entonces notó que cada cosa se había movido 5 cm a la izquierda.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Estaba atrapado en la caja de música, forzado a bailar con la bailarina siempre que se abría la tapa y los niños gigantes reían con deleite.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>.odamot rebah óibed euq avitanretla ase rallah  odnarepse, opmeit le ne edecorter arohA .adiv us arap ASREVER ed nótob nu órpmoc ylliB</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El Museo del Rojo y Brillante Botón de Emergencia cerró tan sólo un día después de inaugurado. Los visitantes no dejaban de tocar las piezas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La imagen de la estrella pop se lanzó como solista y dejó atrás al cuerpo. Se mencionaron diferencias musicales pero los rumores hablan de repugnancia mutua y extrema.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La sustancia ilegal 21279 ha escapado de un laboratorio de alta seguridad. No se le debe tocar, ingerir, interpelar o besar.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Sus recuerdos fueron extraídos, desarmados, partidos en tiras, cortados con imágenes más baratas, pulverizados y vendidos en las calles a 15 dólares la dosis.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Nuevas estaciones del Viacrucis: programa de talentos, producto, éxito, ventas declinantes, retorno en reality show, video sexual, “mi infierno con las drogas”, tour de la nostalgia.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Los parecientes son replicantes baratos, a medio terminar, que sólo se parecen un poco a la gente real. A los blade runners les pagan la mitad por matarlos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Glenda vendió su sombra a una empresa de mercadotecnia. Le imprimieron anuncios. Ahora gana dinero de mañana y de tarde pero no al mediodía.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Los científicos descubrieron que las lágrimas no tienen que ver con la tristeza. Son cápsulas líquidas de escape, que permiten a las imágenes dolorosas dejar los ojos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Usted entrará por los orificios de la carne de Lady Diana y viajará por el tiempo para salir por la cabeza de JFK. ¡Boletos a la venta!</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Finalmente se acuerdan las fronteras del nuevo país. Existirán dentro del cuerpo de la primera ministra, Emma Novak…</p>
<p>…La exprimera ministra Emma Novak ha sido arrestada por contrabando de drogas a través de sus fronteras internas.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La luna pasó tan cerca de la Tierra que su gravedad fue tan fuerte como para acariciar teclas de piano. La luna tocó a Chopin. Luego a Lady Gaga.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La policía no pudo encontrar una sola persona que hubiera conocido al actor en la vida real. Ni uno, nunca: sólo existía en TV, sólo en la pantalla.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>El gusano inspirador trabajó toda la noche, arrastrándose por la piel del escritor dormido, secretando letras, palabras y frases por la glándula de su cola.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La compañía entregó cinco latas de realidad en la casa de la señora Green. Al parecer no fue suficiente: ella sigue con los bordes difuminados.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Graham hizo 12 copias de ayer en la mañana con la máquina Chronox de la oficina. Ahora el viernes es jueves y el plazo todavía no se cumple.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Contenido de un metro cúbico de aire: N, O, Ar, CO2, Ne, He, otros gases, polvo, fragmentos de hojas, un frente ondas sonoras, una bala en vuelo.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>A lo largo de 12 años, cada parte del cuerpo de Maddie fue reemplazada por un equivalente artificial. Los jueces deciden hoy si es humana o producto.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Vendo un par de alas de pluma y cuero, apropiadas para humano adulto. Sólo un vuelo. Ligeramente dañadas por el sol.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Síndrome de Pixelación Imaginada: creer que tu cara se parte en pequeños cuadrados y la gente ya no te reconoce.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>¿Ha sido lesionado en un accidente temporal? ¿Le falta un brazo porque alguien pisó una mosca en un viaje al pasado? ¡Llame ahora!</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Villagoma: casas y negocios vacíos, libros en blanco, espejos y carteles en blanco, ropas sin cuerpos caminando por Calle Nula con pasos silenciosos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>A Escher se le ocurrió un cuento que empezaba “A Escher se le ocurrió un cuento que empezaba “A Escher se le ocurrió un cuento que empezaba “A Escher…”””</p>
<p style="text-align: right;"><em>© Jeff Noon</em></p>
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		<title>El Viajero del Tiempo aterriza en México</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jan 2012 01:32:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una vez más invito: mi libro nuevo, El Viajero del Tiempo, se presentará este martes 31 de enero. La cita es en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (Juárez y Eje Central, en el Centro Histórico de la ciudad de México) a las 19:00 horas. La [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/11/EVdT.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-8569" title="El Viajero del Tiempo" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/11/EVdT-229x300.jpg" alt="" width="229" height="300" /></a>Una vez más invito: mi libro nuevo, <em>El Viajero del Tiempo</em>, se presentará este martes 31 de enero. La cita es en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (Juárez y Eje Central, en el Centro Histórico de la ciudad de México) a las 19:00 horas. La entrada será gratuita.</p>
<p>El hecho de que se trate de la Sala Ponce es una alegría particular, porque nunca antes he presentado un libro mío allí. Otra alegría: <em>El Viajero del Tiempo</em> es publicado por la editorial <a href="http://www.posdataeditores.com/">Posdata</a>, y (junto con una hermosa reedición de <em>Casa de geishas</em> de Ana María Shua) es la punta de lanza de una nueva colección: Hormiga Iracunda, la primera en México dedicada expresamente a la minificción.</p>
<p>Los textos, todos brevísimos, juegan con un personaje clásico de la ciencia ficción: el protagonista de la novela <em>La máquina del tiempo</em> de H. G. Wells. El personaje, desaparecido al final del libro original, regresa en pequeñísimas aventuras y estampas que lo llevan por todo el tiempo y el espacio. Una muestra del libro se puede leer en <a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/textos/el-viajero-del-tiempo/">esta página</a>; si están en Facebook, pueden ver la página de la presentación <a href="http://www.facebook.com/events/169030383202392/">aquí</a>.</p>
<p>Presentarán el libro José Luis Zárate, uno de los maestros de la minificción nacional, y la escritora y crítica Lucila Herrera. Ojalá puedan acompañarnos.</p>
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		<title>La identidad</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 08:26:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[36 toneladas]]></category>
		<category><![CDATA[Iris García]]></category>
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		<description><![CDATA[1. Obviamente, la narrativa del narcotráfico y la violencia está de moda en México, y una novela como 36 toneladas de Iris García, publicada por Ediciones B, va a ser recibida como parte de esa corriente mayoritaria y leída con más interés y más simpatía que una novela sobre cualquier [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-8657" title="36 toneladas" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2012/01/36t.jpg" alt="" width="250" height="400" />1.<br />
Obviamente, la narrativa del narcotráfico y la violencia está de moda en México, y una novela como <em>36 toneladas</em> de Iris García, publicada por Ediciones B, va a ser recibida como parte de esa corriente mayoritaria y leída con más interés y más simpatía que una novela sobre cualquier otro tema. Pero lo más probable es que reciba elogios por las razones equivocadas: las mismas por las que se alaba a todos los libros sobre el tema en estos días, sin importar su calidad.</p>
<p><em>2. Razones equivocadas para elogiar una novela del narco</em></p>
<p>&#8220;Leer novelas del narco le permite a uno informarse de lo que pasa&#8221;. Sólo de manera muy ineficiente: aun si llegan a referirse a acontecimientos y personajes reales (y casi ninguna lo hace), las novelas suelen tardar meses y hasta años en escribirse y ser publicadas. Si fueran nuestra única fuente de información sobre el tema sabríamos de los hechos con enorme retraso. Para ese fin particular, realmente es mucho mejor confiarse a lo que los periódicos o internet nos cuentan todos los días a todas horas, de manera casi instantánea.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8221;La novela del narco muestra la existencia cotidiana en México tal como es&#8221;. No toda. Se refiere a parte de esa existencia, y de hecho a una parte importante: una serie de acontecimientos que actualmente nos afectan y por cuya causa miles de personas han muerto y muchas más viven amenazadas. Pero la mayoría de las novelas sobre el tema son también novelas negras, enfocadas en la descripción directa del mundo del crimen, y además se concentran en lo más llamativo: balaceras, torturas, cargamentos de droga, etcétera. Falta una gran novela del narco donde no haya un solo narco ni un solo hecho de violencia criminal, por ejemplo: una con personajes que vivan conscientes de la existencia de los criminales pero no los vean de cerca ni a todas horas, y que se refiera, por tanto, a la inquietud cotidiana de la mayor parte de las personas del país. Se podría decir que una novela así no sería muy entretenida: tanto peor para las vidas a las que podría referirse y que no tienen lugar en la literatura mexicana actual. (¿Serán menos importantes? ¿Habrá quien sea capaz de decir algo así?)<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8221;La novela del narco muestra la capacidad humana para el mal y la violencia tal como es&#8221;. A veces: en otras ocasiones magnifica los sucesos para volverlos más espectaculares y casi siempre ignora, minimiza o reduce a lugares comunes (porque tampoco resultan muy llamativas, supongo) las dificultades, los antecedentes y las consecuencias, las repercusiones internas de los actos violentos.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&#8221;En la novela realista y de actualidad —representada hoy por la del narco— se analizan y se proponen alternativas a las circunstancias presentes&#8221;. Esto no era verdad ni en el siglo XIX, cuando apareció la figura del escritor/opinador, ni en el XX, cuando México, como otros países, construyó su cultura literaria alrededor de la figura del intelectual, el escritor dedicado a hablar con el poder acerca de los &#8220;asuntos importantes&#8221;. La novela no siempre retrata de manera fiel porque puede estar subordinada a las convenciones de un subgénero, no siempre analiza aunque retrate, y casi nunca llega a proponer (y menos todavía en una cultura sumisa como la nuestra, creyente de que &#8220;las cosas son como son&#8221;).</p>
<p><em>3.</em> 36 toneladas</p>
<p>Ninguna de las razones anteriores me convence por lo que ya he escrito, y porque en ellas creo ver cierto desprecio de la literatura: cierto deseo de justificar lo que se lee asignándole deberes o virtudes que están más allá de lo literario y, de hecho, de lo que los novelistas quieren (o pueden) hacer.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nada de lo anterior, por otra parte, le quita ningún mérito a una buena novela negra, ni a una buena novela sobre el narco y la violencia. Y <em>36 toneladas</em> (2011) de Iris García —como otros, muy pocos libros de la corriente a la que pertenece— es una buena novela, y una que puede leerse de otras maneras: sin partir necesariamente de lo que lo acerca a todos los demás.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Más que como una historia negra, esta novela empieza como un misterio. Un hombre se despierta y descubre que no recuerda su propio nombre ni nada de su pasado: no reconoce su propia cara en el espejo. Angustiado, amenazado por un enemigo impreciso que lo persigue y parece haberlo conocido antes, comienza a investigar quién es, o quién fue; esto lo pone en contacto con el mundo del narcotráfico y lo conduce (o lo devuelve) a una conjura para ocultar el dinero de la venta de las 36 toneladas de droga del título: un plan en el que se involucran traficantes, policías, periodistas, militares y hasta un grupo de juniors dedicados a matar por diversión. Cada capítulo lleva a una nueva hipótesis sobre quién es el personaje, pero ninguna, hasta justo el final, resulta ser verdadera. Aunque no deja de haber violencia, corrupción, sexo y todo lo que se espera (o se exige) de una novela del narco, lo importante nunca es esa superficie, ni mucho menos la exactitud con la que podría referirse a sucesos descritos o silenciados por los noticieros. Su tema es la identidad, y su pérdida: el problema de un hombre que en cierto modo ha vuelto a nacer pero está en un mundo todavía más hostil que el que enfrenta un recién nacido, pues debe lidiar con las consecuencias de un pasado de adulto, y terrible, que no lo abandona aunque ya no pueda comprenderlo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Otro rasgo original del libro es su estructura narrativa, pues la búsqueda de la identidad del protagonista, contada en segunda persona, se va alternando con capítulos en primera persona donde personajes secundarios cuentan sus partes de la historia y matizan, contradicen, reinterpretan lo que va hallando el personaje central. Algunos de estos personajes son figuras típicas (el militar corrupto, la periodista) pero otros no, y probablemente el más logrado de todos es el más inusual: un profesor anciano que habla de historias de detectives con el protagonista, y al que su creadora —en un momento muy extraño de metaficción— llega a imaginar en la posición de decidir entre seguir leyendo El sabueso de los Baskerville de Conan Doyle o dejarlo por la historia que quizás escriba para él el protagonista: su propia historia, el libro titulado <em>36 toneladas</em>. Muchos escritores de las nuevas generaciones cultivan la arrogancia como parte de una pose o &#8220;imagen pública&#8221;, pero ninguno ha llegado en lo que va del siglo a la audacia de este descaro, a su potencia en las páginas de un libro ni, mucho menos, a convertirlo en parte crucial de una novela hecha para lectores y no sólo para colegas o especialistas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Iris García llamó la atención de sus colegas y muchos críticos con su primer libro: la colección de cuentos <em>Ojos que no ven, corazón desierto</em> (2009). Como <em>36 toneladas</em>, esas historias dejan ver una mirada desapasionada de lo brutal, una gran inteligencia literaria y, a la vez, una capacidad notable para sondear las pasiones humanas. Tal vez García está en camino de ser una autora reconocida (reconocible) por esas tres habilidades: tal vez va a ser nuestra propia Patricia Highsmith.</p>
[Esta nota se publicó originalmente el año pasado en la revista <em>Posdata</em>]
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		<title>Concurso #75</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jan 2012 00:15:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Concurso]]></category>
		<category><![CDATA[Minificción]]></category>

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		<description><![CDATA[Empezando 2012, esta bitácora convoca una vez más a su concurso mensual. Los interesados pueden comenzar observando esta imagen: Instrucciones: 1) Suponer que esta imagen representa un instante de una historia. 2) Imaginar cuál es esa historia: qué está pasando allí, qué momento se anuncia, por qué, quiénes están presentes, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Empezando 2012, esta bitácora convoca una vez más a su concurso mensual. Los interesados pueden comenzar observando esta imagen:</p>
<div align=center><div id="attachment_8638" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/171.jpg"><img src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/171-300x300.jpg" alt="" title="Concurso #75" width="300" height="300" class="size-medium wp-image-8638" /></a><p class="wp-caption-text">(clic para ampliar)</p></div></div>
<p>Instrucciones:<br />
1) Suponer que esta imagen representa un instante de una historia.<br />
2) Imaginar cuál es esa historia: qué está pasando allí, qué momento se anuncia, por qué, quiénes están presentes, qué hacen. No se trata de explicar la imagen, ni de escribirle un pie de foto, sino de tomarla como punto de partida para imaginar una historia propia.<br />
3) Escribir la historia, en forma de cuento brevísimo (minificción), en los comentarios de esta misma nota.</p>
<p>El o los textos ganadores recibirán un trofeo virtual y serán seleccionados considerando la opinión de quienes decidan opinar. La fecha límite para participar es el <strong>27 de enero</strong>. Quedan invitados.</p>
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		<title>Ganadores del concurso #74</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 23:02:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Concurso]]></category>
		<category><![CDATA[Minificción]]></category>

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		<description><![CDATA[Buenas tardes y feliz comienzo de año. Sin más preámbulo, hay dos ganadores del concurso del mes pasado: el cuento sin título de Roñas, por su humor y su juego con el absurdo, y &#8220;La consentida&#8221; de JC, por la naturalidad con la que vuelve siniestro un argumento aparentemente banal. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Buenas tardes y feliz comienzo de año. Sin más preámbulo, hay dos ganadores del concurso del mes pasado: el <a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/concurso-74/#comment-15072">cuento sin título</em> de Roñas, por su humor y su juego con el absurdo, y <a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/concurso-74/#comment-15085">&#8220;La consentida&#8221;</a> de JC, por la naturalidad con la que vuelve siniestro un argumento aparentemente banal. Además obtiene mención el cuento <a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/concurso-74/#comment-15084">&#8220;Bellísimas personas&#8221;</a>, también de Roñas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En un momento, la convocatoria al concurso de enero. Gracias a todos los participantes y felicidades a los ganadores.</p>
<div align=center>
<a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/20111203-194434.jpg"><img src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/20111203-194434.jpg" alt="Concurso 74" class="alignnone size-full" /></a>
</div>
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		<title>Notas en el borde del año</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 05:22:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuaderno]]></category>
		<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[antologías]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace una par de días propuse en Twitter esta pregunta ociosa: Si pudieran traer de entre los muertos a un solo autor admirado (o autora, claro), ¿quién sería? Un par de decenas de personas respondieron, lo que no da tal vez para una encuesta científica pero sí me permite ofrecer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace una par de días propuse en Twitter esta pregunta ociosa:</p>
<blockquote><p>Si pudieran traer de entre los muertos a un solo autor admirado (o autora, claro), ¿quién sería?</p></blockquote>
<p>Un par de decenas de personas respondieron, lo que no da tal vez para una encuesta científica pero sí me permite ofrecer los siguientes resultados: Proust, Chateaubriand, Baudelaire, Aristóteles, Lovecraft, Shakespeare y varios otros recibieron un voto; Roberto Bolaño y Jorge Luis Borges recibieron dos; Julio Cortázar recibió 23. Qué misteriosa personalidad la de Cortázar (la de la idea popular de Julio Cortázar) que sigue seduciendo. Qué ausentes están (con poquísimas excepciones) los muertos recientes. ¿Cuánto tiempo deberemos estar muertos para empezar a ser añorados por quienes no nos conocieron (si es que nos toca semejante destino)? Esto dará para un cuento, algún día.</p>
<div align=center>* * *</div>
<p>Como &#8220;tarjeta navideña&#8221; para el año 2011, publiqué <a href="http://www.lashistorias.com.mx/index.php/textos/navidades-alrededor-del-mundo/">un breve texto</a>, último de una serie que no está escrita aún pero podría llegar a estarlo.</p>
<div align=center>* * *</div>
<p>Y para acabar&#8230; A estas alturas preferiría no tener esperanza de nada, nunca, pero el año 2012 empezará, para mí, con esto, que saldrá de España a algunos otros países:</p>
<div align=center><a href="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/20111227-134914.jpg"><img src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/20111227-134914.jpg" alt="Portada de SIETE. Antología de cuentos de Alberto Chimal con prólogo de Antonio Jiménez Morato. Editorial Salto de Página" class="alignnone size-full" /></a></p>
<p>* * *
</p></div>
<p>Mañana aparecerán los resultados del concurso de diciembre. Entretanto, como decían los jázaros, que no existieron: que la felicidad se digne aparecer. Que ocurra en el futuro por venir.</p>
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		<title>Los Sin-Cara</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Dec 2011 19:55:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[El cuento del mes]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores franceses]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Marcel Schwob]]></category>

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		<description><![CDATA[Para terminar el año, este cuento de Marcel Schwob (1867-1905), escritor francés que influyó en muchos de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX. Más de uno de ellos dará la impresión de asomarse en &#8220;Los Sin-Cara&#8221;, historia macabra que se acerca a lo sobrenatural sin tocarlo de veras (y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para terminar el año, este cuento de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Marcel_Schwob">Marcel Schwob</a> (1867-1905), escritor francés que influyó en muchos de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX. Más de uno de ellos dará la impresión de asomarse en &#8220;Los Sin-Cara&#8221;, historia macabra que se acerca a lo sobrenatural sin tocarlo de veras (y sin dejar por eso de ser inquietante y extraña). El cuento se publicó primero en el libro <em>Corazón doble</em> (1891). Esta traducción es de Amanda Fons de Gioia.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8613" title="Marcel Schwob" src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/marcel-schwob2.jpg" alt="" width="312" height="383" /></p>
<p><span id="more-8611"></span></p>
<blockquote><p><strong>LOS SIN-CARA<br />
Marcel Schwob</strong></p>
<p>Los recogieron a los dos, el uno junto al otro, sobre la hierba quemada. Sus ropas habían volado hechas jirones; la detonación de la pólvora borró el color de los números; las placas de latón se pulverizaron. Se los podría haber tomado por dos trozos de pulpa humana. El mismo frag­mento afilado de chapa de acero, silbando oblicuamente, les llevó el rostro, de modo que yacían sobre las matas de pasto como un doble tronco de roja cabeza. El ayudante del mayor que los apiló en el coche los recogió más que nada por curiosidad. En efecto, la herida era muy rara. No les quedaba ni nariz, ni pómulos, ni labios; los ojos sobresalían fuera de las órbitas destruidas, la boca se abría como un embudo, sangrante agujero con la lengua cortada que vibraba, estremecida. Es posible imaginar qué extraño resultaba ver dos seres de la misma altura y <em>sin rostro. </em>Ambos cráneos, cubiertos de pelo corto, ostenta­ban dos placas rojas, cortadas igual y simultáneamente, con huecos en las órbitas y tres agujeros como nariz y boca.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En el hospital se les dio el nombre de Sin-Cara N° 1 y Sin-Cara N° 2. Un cirujano inglés, que hacía el servi­cio ad-honorem, se sorprendió ante este caso interesán­dose en él. Cuidó y vendó las heridas, las suturó, extrajo las esquirlas, modeló esa pulpa de carne dando forma a dos casquetes cóncavos y rojos, igualmente perforados en el fondo, como hornillos de exóticas pipas. Ubicados en dos camas, el uno junto al otro, los dos Sin-Cara mancha­ban las sábanas con doble cicatriz redonda, gigantesca y sin sentido. La eterna inmovilidad de esa Haga tenía un mudo dolor: los músculos tronchados no reaccionaban ni con las suturas; el terrible golpe había aniquilado el sen­tido del oído, a tal punto que en ellos la vida sólo se mani­festaba por el movimiento de sus miembros y por el doble grito ronco que emergía a intervalos de entre los abiertos paladares y los temblorosos muñones de lengua. Sin em­bargo, ambos se curaron. Lenta, pero seguramente, apren­dieron a dominar sus gestos, a extender los brazos, a doblar las piernas para sentarse, a mover las encías endure­cidas que ahora cubrían sus mandíbulas soldadas. Cono­cieron un placer, manifestado por sonidos agudos y modu­lados, mas sin poder silábico: fue el de fumar sus pipas, a cuyas boquillas se habían adosado unas piezas ovales de goma que llegaban a los bordes de la herida que eran sus bocas. En cuclillas bajo las mantas, aspiraban el ta­baco; y los chorros de humo salían por los orificios de sus cabezas: por el doble agujero de la nariz, por los pozos gemelos de sus órbitas, por las comisuras de las mandí­bulas, entre el esqueleto de sus dientes. Y cada escape de bruma gris que se exhalaba por entre las grietas de esas masas rojas, era saludado por una risa sobrehumana, clo­queo de la campanilla que temblaba, mientras el resto de sus lenguas chasqueaba débilmente.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Se produjo una conmoción en el hospital, cuando el interno de guardia llevó hasta la cabecera de los Sin-Cara a una mujercita en cabeza, quien miró al uno, luego al otro, con rostro aterrorizado, prorrumpiendo luego en llanto. Ante el escritorio del jefe médico del hospital, explicó, en­tre sollozos, que creía que uno de ellos era su marido. Figuraba entre los desaparecidos; pero como esos dos he­ridos carecían de toda señal de identidad se hallaban en una categoría especial. Y tanto la altura, como el ancho de espaldas, y la forma de las manos, le recordaban sin lugar a dudas al hombre perdido. Mas se hallaba extremada­mente indecisa: de los dos Sin-Cara ¿cuál era su marido?<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Esta mujercita era realmente encantadora; su peinador barato le moldeaba el seno, sus cabellos levantados a la usanza china, le conferían un dulce aspecto infantil. Su inocente dolor y una incertidumbre casi risible, se auna­ban en su expresión, contrayendo sus rasgos como los de una niñita que acabara de romper un juguete. De modo que el jefe médico del hospital no pudo contener una son­risa y, como hablaba con mucha claridad, dijo a la mujercita que lo miraba: &#8220;Llévatelos a tus Sin-Cara; los reco­nocerás probándolos.&#8221; Al principio ella se escandalizó y dio vuelta la cabeza con rubor de niña avergonzada; luego bajó los ojos mirando a una y otra cama. Los dos tajos rojos, suturados, continuaban descansando sobre las almohadas, con esa misma ausencia del sentido que los con­vertía en un doble enigma. Se inclinó sobre ellos; habló al oído de uno, luego del otro. Las cabezas no demostraban reacción alguna, pero las cuatro manos experimentaron una especie de vibración, tal vez porque esos dos pobres cuerpos sin alma sentían vagamente que junto a ellos ha­bía una mujercita encantadora, de suave perfume y exqui­sitas y absurdas maneras de bebé.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ella vaciló durante algunos momentos todavía, y ter­minó pidiendo que tuvieran a bien confiarle a los dos Sin-Cara durante un mes. Los llevaron, siempre uno al lado del otro, a un grande y mullido coche; la mujercita, sen­tada frente a ellos, lloraba sin cesar con lágrimas ardientes. Y cuando llegaron a la casa, comenzó para los tres una vida singular. Ella iba eternamente de un lado al otro, es­piando una indicación, esperando una señal. Observaba sus superficies rojas que nunca más se moverían. Miraba an­siosamente esas enormes cicatrices cuyos costurones iba conociendo gradualmente, como se conocen los rasgos del rostro bienamado. Las examinaba una a una, como prue­bas de fotografías, sin decidirse a elegir.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y poco a poco, la enorme pena que le angustiaba el corazón cuando, al principio, pensaba en su marido des­aparecido, se fue convirtiendo en una calma indecisa. Vi­vió a la manera de alguien que ha renunciado a todo, mas que sigue viviendo por costumbre. Las dos mitades limi­tadas que representaban al ser querido, nunca podrían reu­nirse en su cariño; pero sus pensamientos iban constante­mente de uno al otro, como si su alma oscilara cual un péndulo. Veía en ambos a sus &#8220;rojos maniquíes&#8221;, a insul­sos muñecos que fueron llenando, poco a poco, su existen­cia. Fumando sus pipas, sentados en el lecho en la misma actitud, exhalando las mismas volutas de humo, y profi­riendo simultáneamente los mismos gritos inarticulados, más se asemejaban a enormes fantoches orientales, a máscaras sangrientas venidas de ultramar, que a seres animados de vida consciente, que antes fueran hombres.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Eran sus &#8220;dos monos&#8221;, sus muñecos rojos, sus dos mariditos, sus quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cráneos sin cerebro, sus rostros de sangre; ella los arreglaba uno después del otro, hacía sus mantas, bordaba sus sábanas, servía su vino, cortaban su pan; los hacía caminar por el centro de la habi­tación, uno a cada lado, y saltar sobre el piso; jugaba con ellos y si se enojaban, los empujaba afuera con la palma de la mano. Si los acariciaba, andaban junto a ella como perros retozones; si hacía un gesto duro, permanecían doblados en dos, como bestias temerosas. Se le acercaban cariñosamente pidiéndole dulces; ambos poseían escudillas de madera en las que periódicamente hundían sus máscaras rojas con alegres gritos.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya las dos cabezas no irritaban a la mujercita como antes, no la intrigaban cual dos antifaces rojos colocados sobre rostros conocidos. Los quería por igual, con infantil mohín. Decía, refiriéndose a ellos: &#8220;Mis fantoches duermen.&#8221; &#8220;Mis hombres están paseando.&#8221; Le pareció incomprensible que vi­nieran del hospital a preguntar con cuál de los dos se que­daba. Era una pregunta absurda, como si le exigieran que cortase a su marido en dos. Los castigaba a veces como los niños lo hacen con sus muñecos malos. Decía a uno de ellos: &#8220;¿Viste, mi pequeño antifaz, qué malo es tu hermano? Es malo como un mono. Lo he puesto de cara a la pared; sólo lo dejaré volverse si me pide perdón.&#8221; Luego con una sonrisa, hacía girar al pobre cuerno, dulcemente sometido a la penitencia, y le besaba las manos. A veces también besaba sus horribles costurones, enjugándose la boca inme­diatamente, frunciendo los labios, a escondidas. Y luego se reía a carcajadas.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero insensiblemente se fue acostumbrando más a uno de ellos porque era más suave. Fue algo inconsciente, es cierto, ya que había perdido toda esperanza de reconocerlos. Lo prefirió, como se prefiere a un animal favorito que se aca­ricia con mayor placer. Lo mismo más que al otro y lo besó con más ternura. Y el otro Sin-Cara se tornó triste, tam­bién gradualmente, sintiendo que faltaba junto a él la pre­sencia femenina. Permaneció replegado en sí mismo fre­cuentemente acurrucado en su lecho, con la cabeza entre los brazos, como pájaro enfermo; se negó a fumar, mientras el otro, ignorando su dolor, continuaba aspirando el humo gris que exhalaba con agudos gritos por todas las grietas de su máscara purpúrea.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Entonces la mujercita cuidó a su marido triste, pero sin comprenderlo mucho. El reclinaba la cabeza en su seno y sollozaba con el pecho, en una especie de ronco gruñido que le recorría el torso. Fue una lucha de celos en ese co­razón negro de sombras; unos celos animales, nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, tal vez de una vida anterior. Ella le cantó canciones de cuna como a un niño, y lo calmó posando sus frescas manos sobre su cabeza ar­diente. Cuando lo vio muy enfermo, gruesas lágrimas caye­ron de sus alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Pero pronto sintió ella una angustia atenazante al tenor la vaga sensación de gestos ya vistos en otra antigua enfer­medad. Creyó reconocer movimientos antaño familiares; y la posición de las manos demacradas le recordaba confusa­mente otras manos semejantes, anteriormente amadas, que acariciaran sus ropas antes del enorme abismo que se abrie­ra en su vida.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Y los lamentos del pobre ser abandonado le laceraron el alma; entonces, en anhelante incertidumbre, volvió a obser­var las dos cabezas sin rostro. Ya no fueron dos muñecos purpúreos; uno fue el extraño y el otro, tal vez, la mitad de sí misma. Cuando el enfermo murió, renació su gran do­lor. Creyó haber perdido verdaderamente a su marido; co­rrió temerosa hacia el otro Sin-Cara y se detuvo, presa de infantil piedad, ante el miserable maniquí escarlata que fu­maba alegremente, modulando sus gritos.</p></blockquote>
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		<title>10 sugerencias para elegir títulos</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Dec 2011 23:16:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Taller literario]]></category>
		<category><![CDATA[Apostillas a El nombre de la rosa]]></category>
		<category><![CDATA[creatividad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En un taller reciente me preguntaron por sugerencias para poner títulos a los textos: alguna orientación sobre cómo elegirlos. Tengo varias ideas al respecto y he hecho, en efecto, una lista. Pero antes de la lista vale la pena reproducir el siguiente pasaje, que me parece ejemplar, de <em>Apostillas a El nombre de la rosa</em> (1985), un pequeño ensayo que Umberto Eco escribió para &#8220;explicar&#8221; aquella novela suya, de título tan intrigante:</p>
<blockquote><p>El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan <em>Rojo y negro</em> o <em>Guerra y paz</em>. Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como <em>David Copperfield</em> o <em>Robinson Crusoe</em>, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor. <em>Le Pére Goriot</em> centra la atención del lector en la figura del viejo padre, mientras que la novela también es la epopeya de Rastignac o de Vautrin, alias Collin. Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que <em>Los tres mosqueteros</em> es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi novela tenía otro título provisional: <em>La abadía del crimen</em>. Lo descarté porque fija la atención del lector exclusivamente en la intriga policíaca, y podía engañar al infortunado comprador ávido de historias de acción, induciéndolo a arrojarse sobre<br />
un libro que lo hubiera decepcionado. Mi sueño era titularlo <em>Adso de Melk</em>. Un título muy neutro, porque Adso no pasaba de ser el narrador. Pero nuestros editores aborrecen los nombres propios (&#8230;)<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La idea de <em>El nombre de la rosa</em> se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.</p></blockquote>
<div align=center><img src="http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2011/12/elnombredelarosa.jpg" alt="El nombre de la rosa" title="El nombre de la rosa" width="363" height="500" class="alignnone size-full wp-image-8596" /></div>
<p><span id="more-8594"></span>Eco no dice, porque en el contexto de su ensayo no hace falta, que las ideas que confundirá un título como los que le gustan son las ideas engendradas por el propio texto. Conviene aclararlo porque muchas personas piensan que la única función del título es servir de reclamo, de incitación &#8220;a comprar el libro&#8221; sin importar lo que realmente diga; por mi parte creo que, incluso sin ignorar el propósito de incitar a la gente a que lea &#8211;es lícito a fin de cuentas&#8211;, hay bastante más que se puede considerar, incluyendo la posibilidad de que el título, que identifica al texto, le ayude a ser recordado: a sobrevivir a su primera lectura, y no sólo a ser consumido en ella.<br />
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mi lista tiene que ver con todo esto. Dos advertencias: <em>1)</em> como todo en esta bitácora, las sugerencias se refieren sobre todo a textos narrativos, y <em>2)</em> todas las recomendaciones podrían comenzar con las palabras &#8220;en general&#8221; pues siempre, en cualquier aproximación a una serie de &#8220;reglas&#8221; de escritura, habrá excepciones.</p>
<p>1. El título puede (e idealmente <em>debería</em>) cumplir al mismo tiempo todos los objetivos que puede tener: en particular, sí es posible que incite interpretaciones sin llegar a forzarlas, que resulte atractivo y que, pasada una primera lectura, sea memorable. Por otra parte, qué tan en equilibrio pueden estar esos tres fines &#8211;qué tanto pesa más uno u otro&#8211; depende del texto. Un ensayo académico tendrá que ser más formal y seco que uno literario, por ejemplo, pues tendrá que declarar su tema de manera explícita y clara; una novela policiaca que quiera entrar sin muchos problemas en un mercado bien establecido tendrá que ajustar su título a lo que ese mercado espera, lo que probablemente incluirá referencias a armas, crímenes y cosas parecidas. (Una excepción notable es una novela hermosa y terrible de Horace McCoy: <em>¿Acaso no matan a los caballos?</em>)</p>
<p>2. Incluso en los proyectos menos ambiciosos, el título es <em>invariablemente</em> una clave de interpretación, como dice Eco, y podrá sugerir ideas, asociaciones, referencias a todo posible lector. Esto es inevitable; por lo tanto, conviene lograr que al menos las referencias más evidentes queden bajo el control de quien escribe y vayan a donde él o ella desea. Un caso ejemplar de una referencia fuera de control &#8211;es decir, un ejemplo ridículo&#8211; es la novela <em>Dildo Cay</em> de Nelson Hayes, sobre la que puede leerse <a href="http://theworstever.typepad.com/blog/2010/03/dildo-cay.html">aquí</a>.</p>
<p>3. Algo más para considerar, por otro lado, es que no todos los sentidos de un título serán captados por todos los posibles lectores. Un título difícil o impenetrable puede ser también muy rico en sugerencias y proponer muchas lecturas pero, si no se tiene cuidado, puede resultar incomprensible para todos salvo unas pocas personas. </p>
<p>4. Los títulos más llamativos en un momento dado no lo son necesariamente <em>siempre</em>. Un título que se refiera a un acontecimiento de actualidad, por ejemplo, puede ser útil mientras ese hecho sigue siendo recordado y comentado, pero más tarde puede resultar no sólo torpe sino indescifrable. (Habrá, claro, quien considere que esto no es un problema si su aspiración es solamente aprovechar una coyuntura, como por ejemplo hacen muchos autores de reportaje político.)</p>
<p>5. Hay que evitar los títulos que se refieran demasiado directamente a una obra previa, pues pueden subordinar el texto nuevo al preexistente y forzarlo a una lectura condicionada o incluso errónea. Un libro que se salva apenas de este problema (y hay quienes creen que no se salva) es <em>Ulises</em>, de James Joyce, que por supuesto hace referencia a la <em>Odisea</em> de Homero pero también se distancia de ese texto de muchas maneras. Varios de los peores títulos que he encontrado, porque además anteceden a textos realmente malos, son los de las parodias más ingenuas: &#8220;La verdadera historia de Romeo y Julieta&#8221; y otros por el estilo.</p>
<p>6. Sobre todo en un texto narrativo, hay que evitar referencias demasiado explícitas a su argumento, y no sólo para no &#8220;vender&#8221; el final sino porque lo que cuenta no suele ser qué pasa sino <em>cómo</em>: por ejemplo, el título de la novela <em>El marino que perdió la gracia del mar</em> de Yukio Mishima resulta sugerir, al menos, bastante de lo que sucede en sus páginas, pero desde luego no lo hace de manera directa: es necesario leer para averiguar qué significa exactamente &#8220;perder la gracia del mar&#8221; y entender hasta dónde es figurado el sentido de la frase.</p>
<p>7. Un truco habitual con los títulos es que el sentido literal esconda, como en el caso anterior, otro más oculto pero más importante. También es común que un solo sentido de un título pueda entenderse de dos o más maneras. (Por ejemplo, el cuento &#8220;Los muertos&#8221;, también de Joyce, podría referirse a todos los muertos, a ciertos muertos cercanos a los personajes o a algunos personajes vivos que no lo parecen.) Esta también es una estrategia válida, aunque más complicada de lo que parece.</p>
<p>8. No es cierto que los títulos más sencillos y cortos vayan mejor con los textos simples ni, al contrario, que los textos complejos requieran títulos largos, intrincados o con mucho trabajo verbal. Ejemplos: <em>Lolita</em> de Vladimir Nabokov, novela sumamente compleja, y <em>Donde viven los monstruos</em> de Maurice Sendak (es mejor el título original: <em>Where the Wild Things Are</em>, &#8220;Donde están las cosas salvajes&#8221; o &#8220;Dónde están las criaturas salvajes&#8221;, porque omite decir directamente la palabra <em>monstruos</em>), un cuento para niños que no pasa de un puñado de oraciones.</p>
<p>9. Hay que evitar los títulos excesivamente abstractos, en especial cuando la abstracción es una imagen poética que intenta explicar o resumir un estado de ánimo o una situación, pues es muy difícil evitar que el título se convierta en una imagen torpe y a la vez opaca, que no diga nada al lector. (Es el mismo problema que tienen muchos textos narrativos cuando no ofrecen un asidero a nada visible, es decir, perceptible u objetivamente real dentro del mundo narrado que proponen.)</p>
<p>10. Para terminar, una propuesta práctica: a la hora de elegir un título, y sobre todo uno para un texto extenso como una novela, sirve probar con varios y no decidirse deprisa por uno solo. Se puede hacer una lista, por ejemplo, partiendo de las alternativas más obvias como la conclusión &#8211;velada&#8211; de una trama, su incidente central, el nombre del protagonista, el objeto u objetivo central de la acción, y continuar luego con metáforas y otras alternativas más alejadas de lo literal. Un criterio que casi siempre es útil es que el título, por sí mismo, debe ser expresivo, es decir, no sólo sonar buen sino buscar deliberadamente esas asociaciones de las que he escrito, y que van más allá lo obvio.</p>
<p>Esto no es todo lo que hay que decir sobre el tema, por supuesto. Pero quizá pueda servir a alguien.</p>
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