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Ignatius en Ecatepec

El protagonista de La ira del filósofo, primera novela de Eduardo Parra Ramírez, es un misántropo. Como es de esperar, el libro se dedica largamente a mostrar los juicios sumarios que ese personaje formula y con los que se come enteras a la historia, las sociedades y la misma naturaleza humana. Pero el personaje, miserable él mismo, infinitamente patético y desagradable, está metido no sólo en una trama inesperada –de aventuras, nada menos– sino en un entorno muy distinto de los habituales.

La ira del filósofo

El profesor Teófilo Mondragón –Teo para él mismo y su pobre gato– parece el sobrino mexicano de aquel gran Ignatius Reilly, el gordo sarcástico y fastidioso que protagoniza La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Como Ignatius, además de gordo y fastidioso, Teo es un ejemplo de la decadencia humana que él mismo desprecia y es apropiadamente ciego a sus propias deficiencias mientras se lanza, por las razones más mezquinas, a una empresa absurda: trabajar sin título ni estudios formales como maestro en una escuela patito, similar a tantos otros depósitos de analfabetos y rechazados sin futuro que pasan por “instituciones educativas privadas” en nuestro pobre país.
      Teo habría descrito su lugar de trabajo (lo hace, en realidad) exactamente como se dice arriba: ya de “profesor” encuentra y muestra sin fallar el lado flaco de quien se le pone delante con la ayuda de sus muchas lecturas, su aspecto estrafalario y su desprecio por todo. No se le escapan los burócratas, los corruptos ni los entusiastas con moral pero sin cerebro: todos terminan expuestos en su miseria y su pequeñez. Para que no haya ninguna duda de lo que esto implica, en relación con el mundo y con la vida, todo transcurre en medio de un olor espantoso: un hedor a mierda y podredumbre que se pega a las cosas y los cuerpos, que sigue ahí cuando todo desaparece y que es, se diría, el fondo secreto de las cosas: algo que está ahí no para proponernos un misterio o una revelación sino, simplemente, para darnos asco. El hedor, de hecho, está allí durante toda la novela, desde la primera página hasta la última, más fuerte que la trama y que todo lo demás.
      Hace años esto habría sido el material de una novela sin acción, dedicada a lamentar la inmovilidad de todo. Aquí, el tiempo de Teo como maestro de la escuela es el pasado de la acción, y ésta abunda en el presente: “mucho tiempo después”, como se dice, de haber dejado la escuela, Teo hace una vez más el viaje interminable en autobús hasta el edificio, ya abandonado, en busca de un objeto que dejó allí. El objeto (que al principio parece un mero distractor, un MacGuffin como los de las películas de Hitchcock) resulta ser la prueba de que todo es aún peor, aún más bestial y terrible de lo que parecía…, pero mientras el lector lo descubre están las aventuras: Teo debe saltar una barda, esconderse de un guarda, buscar el tesoro entre las ruinas…
      Lo mejor de la trama de la novela es que se las arregla para crear, una tras otra, escenas de gran suspenso a partir de materiales aparentemente inútiles. ¿Quién es el hombre que se acerca a Teo con esa expresión en la cara? ¿Se hará daño el hombre al caer de la barda? ¿Lo descubrirán en la escuela clausurada? ¿Se quedará prendado de la profesora panista y perderá con eso la única dignidad que tiene, que es la de su odio…? No es posible no reírse, o condolerse, porque así como las peripecias tienen lugar en un sitio sin importancia, entre personajes descastados y lejanos de todo poder, Teo está (evidentemente) muy lejos de ser un héroe indestructible: se lastima, calcula mal y se tropieza, jadea y suda copiosamente…, además, por supuesto, de que nunca deja de ser un pedante, absolutamente insufrible: su rectitud y su sinceridad, que nunca fallan, lo vuelven todavía peor.
      El carácter de Teo se vuelve tan fuerte que la narración sólo tropieza en los momentos, bastante breves, en los que se aparta de él y nos muestra el punto de vista de algún otro personaje. Dicho esto, también hay que decir que, como criatura literaria, Teo tiene precedentes, pero se vuelve distinto de sus posibles modelos porque el mundo que habita, como ya dije, se ha explorado poco y es de lo más apropiado para poner a prueba (o para vindicar) el cinismo y el desencanto: ésta es, después de todo, una novela de las “ciudades-dormitorio”, esas grandes zonas residenciales en las periferias –como Ecatepec o Neza, como tantos otros antiguos pueblos incorporados a la mancha urbana de la ciudad de México– que sólo existen para alojar a millones de personas que viajan cada día a trabajar a algún otro sitio, más afortunado. La ira del filósofo llama la atención a un escenario distinto, menos glamoroso que otros, de la interminable caída nacional.
      El libro fue publicado por Conaculta en 2009 y ganó el Premio “Juan Rulfo” de Primera Novela del Instituto Nacional de Bellas Artes en 2008.

Mi crimen favorito

Esta vez, un cuento de Ambrose Bierce (1842-1914?), el escritor y periodista estadounidense que escribió el Diccionario del diablo y hasta hoy es recordado por su gran influencia en el cuento estadounidense y en la literatura fantástica del siglo XX, por su humor ácido e irónico y por sus descripciones duras y amargas, exactas, de los males de la naturaleza humana.

Por haber desaparecido en México –acaso fue muerto en Ojinaga, Chihuahua, durante una batalla entre los ejércitos de Pancho Villa y Victoriano Huerta– es parte de más de una leyenda local; una novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo, trata de imaginar las circunstancias precisas de su muerte.

“My Favorite Murder” se publicó por primera vez en el diario San Francisco Examiner, el 16 de septiembre de 1888. Posteriormente se incluyó en el libro de cuentos Can Such Things Be? (1893).

Caricatura de Ambrose Bierce

Caricatura de Ambrose Bierce

MI CRIMEN FAVORITO
Ambrose Bierce

Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y tuve que hacer frente a un juicio que duraría siete años. El juez del tribunal de Absolución, el encomendar al jurado su tarea, señaló que mi crimen era uno de los más espantosos que le había tocado resolver en su vida.
      En ese momento, mi abogado se levantó y dijo:
      –Con la venia de su señoría, los crímenes son horribles o agradables sólo cuando se los compara. Si usted conociera los detalles del anterior asesinato que mi cliente cometió, el de su tío, apreciaría en su último delito (si es que así puede denominarse) una cierta compasión paciente y consideración filial hacia los sentimientos de la víctima. De la espantosa crueldad que acompaña al primer crimen no podía deducirse, si se quería ser consecuente, más que un veredicto de culpabilidad. De no haber sido porque el magistrado presidente del tribunal dirigía una compañía de seguros que aceptaba pólizas contra el ahorcamiento (una de las cuales había sido suscrita por mi cliente) no sé de qué otra manera decente podría haber sido absuelto. Si su señoría fuera tan amable de escuchar, a título de ilustración y asesoramiento, el relato de los hechos, mi desdichado cliente accedería a exponerlos bajo juramento a pesar del gran dolor que le causa.
      El fiscal intervino:
–Protesto, su señoría. Tal declaración sería considerada como prueba testimonial y éstas ya han sido cerradas. El relato del acusado debía haber sido expuesto hace tres años, en la primavera de 1881.
      –De acuerdo con el procedimiento –dijo el juez–, tiene usted toda la razón, y en un tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos el fallo sería a su favor. Pero no en uno de Absolución. Por tanto no se acepta la protesta.
      –Entonces, disiento –replicó el fiscal.
      –No puede –continuó el juez–. Debe tener en cuenta que para disentir primero ha de conseguir que este caso sea transferido al tribunal de Disensiones presentando una moción formal debidamente acompañada de declaraciones juradas. Le recuerdo que a su predecesor en el cargo le denegué una moción similar durante el primer año de este juicio. Oficial, tome juramento al acusado.
      Una vez cumplida esta formalidad habitual, hice mi declaración, tras lo cual el juez se sintió tan impresionado al ver la trivialidad del delito que se me imputaba que no tuvo necesidad de buscar más circunstancias atenuantes y solicitó al jurado mi absolución. Después, abandoné la sala con mi reputación limpia de toda mancha:

«Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan. Mis padres (a uno de los cuales aún conservo, gracias a Dios, para consuelo de mis últimos años) eran personas honradas y cumplidoras. En 1867 nos trasladamos a California y nos establecimos cerca de Nigger Head, donde mi padre abrió un albergue para caminantes con el que prosperó más de lo que codiciosamente esperaba. Aunque era un hombre reservado y taciturno, su austeridad se ha relajado un poco con el paso de los años; creo que es únicamente el recuerdo del triste acontecimiento por el que se me juzga el que le impide manifestar auténtica alegría.
      » Cuatro años después de abrir aquel negocio, apareció un predicador ambulante que, al no tener mejor forma de pagar su alojamiento nocturno, nos obsequió con un sermón de gran categoría. Inmediatamente mi padre envió a buscar a su hermano, el honorable William Ridley de Stockon, a quien cedió el albergue sin cobrarle nada por el traspaso ni por los útiles que en él había, esto es, un Winchester, una escopeta de cañones recortados y un conjunto de máscaras hechas con sacos de harina. Entonces nos mudamos a Ghost Rock y abrimos un salón de baile. Se llamaba El Reposo de los Santos. El espectáculo comenzaba cada noche con una oración y fue allí donde mi santa madre se ganó, por su gracia en el baile, el sobrenombre de “La morsa saltarina”.
      » En el otoño de 1875 tomé la diligencia en Ghost Rock para ir a Coyote, que está en el camino de Mahala. Iba con otros cuatro pasajeros. Tres millas más allá de Nigger Head, unos individuos, a los que identifiqué como el tío William y sus dos hijos, nos asaltaron y, al no encontrar nada en la saca del correo, decidieron registrarnos. Mi actuación fue de lo más honrosa: me puse en fila con los demás, levanté las manos y me dejé robar cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie pudo sospechar por mi comportamiento que conocía a los caballeros que organizaban el espectáculo. Al cabo de unos días fui a Nigger Head a reclamar la devolución de lo robado. Mi tío y sus hijos me juraron que no sabían nada del asunto y aparentaron creer que habíamos sido mi padre y yo los que, con el ánimo de violar la buena fe por la que el comercio ha de regirse, habíamos cometido el asalto. El tío William llegó a amenazarme con la apertura de otro salón de baile en Ghost Rock como venganza. Me di cuenta enseguida de que esta operación, que parecía ventajosa, iba a ser nuestra ruina, pues El Reposo de los Santos había perdido mucho prestigio. Entonces le dije a mi tío que si me aceptaba en su proyecto y no le hacía ningún comentario sobre ello a mi padre, estaba dispuesto a olvidar lo ocurrido. Pero rechazó mi razonable oferta y fue entonces cuando empecé a pensar que las cosas irían mejor y serían más agradables cuando mi tio estuviera muerto.
      » Al cabo de cierto tiempo dedicado a perfeccionar los planes para acabar con él, se los comuniqué a mis padres y tuve la gran alegría de contar con su aprobación. Papá dijo que estaba orgulloso de mí y mamá me prometió que, aunque su religión prohibía colaborar en la destrucción de una vida humana, rezaría para que todo saliera bien. Lo primero que hice, para evitar ser descubierto y como medida cautelar, fue solicitar mi ingreso en la poderosa orden de los Caballeros del Crimen. A su debido tiempo fui nombrado miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día que mi periodo de prueba terminó, tuve acceso, por primera vez, a los archivos de la orden y pude conocer quiénes eran sus miembros (hasta entonces los ritos de iniciación habían sido dirigidos por individuos enmascarados). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al examinar la lista, descubrí que el vicecanciller segundo de la orden era mi propio tío, cuyo nombre aparecía en tercer lugar. Era algo que superaba todas mis ansias de grandilocuencia: al asesinato podría añadir la insubordinación y la traición. Mi madre lo habría llamado «un capricho especial de la providencia».
      » Por esos días se produjo un acontecimiento que hizo que mi alegría desembocara en una vorágine de felicidad: arrestaron a tres forasteros por el asalto a la diligencia. Se les juzgó y, a pesar de mis esfuerzos por salvarles e inculpar a tres de los ciudadanos más dignos y respetables de Ghost Rock, fueron condenados con las mínimas pruebas. Desde aquel momento, mi cri-men podría ser todo lo infundado y disparatado que yo quisiera.
      » Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío. Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y le pegué un tiro a un chino que pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Sin embargo, tras indicarme que podía encontrarle en el redil, al otro lado del río, se despidió de mí diciendo que esperaba que ganara el mejor.
      » Desde luego, la tía Mary era una de las personas más ecuánimes que he conocido.
      » Encontré al tío William arrodillado, enfrascado en la tarea de esquilar a una oveja. Estaba desarmado y no tuve el valor de dispararle. Me acerqué, le saludé amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza. Como suelo golpear bastante bien, le dejé tirado sobre un costado. Después, se dio la vuelta, desentumeció los dedos y se encrespó. Antes de que recuperara la posesión de sus miembros, agarré el cuchillo que había estado utilizando y le corté los tendones. Como usted sabrá, cuando se rompe el tendón de Aquiles, el paciente ya no puede usar la pierna, es como si no la tuviera. Bien, pues le corté los dos, y cuando quiso recobrarse, estaba totalmente bajo mi voluntad. En cuanto se percató de la situación dijo:
      » –Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar.
      » Le contesté que su petición me parecía razonable y que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía si me dejaba meterle en un costal de trigo: sería más fácil transportarle y llamaríamos menos la atención si nos cruzábamos con algún vecino. Una vez que hubo aceptado, me fui al granero a por el saco. Pero no era fácil meterle dentro, pues mi tío era grueso y bastante alto. Decidí doblarle las piernas con las rodillas contra el pecho y embutirle dentro, tras lo cual hice un nudo sobre su cabeza. Aunque empleé todas mis fuerzas para llevarlo sobre la espalda, me resultaba bastante pesado. Fui dando trompicones hasta llegar a un columpio que unos niños habían colgado de la rama de un roble. Le puse encima y me senté sobre él a descansar. Al ver la cuerda se me ocurrió una feliz idea. Veinte minutos después, mi tío, aún en el saco, se balanceaba a merced del viento.
      » Había bajado la cuerda, y tras atar uno de sus extremos a la boca del saco y pasar el otro por encima de la rama, levanté el fardo a una altura de unos cinco pies. Amarré el último cabo de nuevo en el saco y tuve el placer de ver a mi pariente convertido en un pesado y hermoso péndulo. No parecía muy consciente del cambio que había sufrido, aunque, para ser justo con su recuerdo, debo decir que no creo que me hubiera hecho perder mucho tiempo con sus vanas protestas.
      » Mi tío tenía un carnero que era famoso en la región por sus dotes para la lucha. El animal estaba en un constante estado de indignación crónica: algún profundo desengaño durante sus primeros años de vida había amargado su carácter y le había llevado a declarar la guerra a todo ser viviente. Decir que siempre estaba dándose topetazos contra cualquier objeto no sería más que dar una ligera idea de la naturaleza y alcance de su actividad bélica. Todo el universo era su enemigo y sus métodos eran los de un proyectil. Peleaba como lo hacen los ángeles contra los demonios, a media altura; surcaba el aire como un pájaro, describiendo una parábola tras la que descendía sobre su víctima justo sobre el ángulo exacto de incidencia en el que mejor aprovechaba su fuerza y velocidad. Su impulso, calculado en kilográmetros, era algo increíble. Se le había visto destrozar a un toro de cuatro años con un simple impacto sobre su frente rugosa. No se conocía una sola pared de piedra que aguantara su embestida, ni había árboles suficientemente duros para soportarla: los hacía astillas y arrastraba sus frondosos galardones por el suelo. Esa bestia irascible y despiadada, esa personificación del rayo, estaba echada a la sombra de un árbol cercano, ansiosa de conquista y gloria. Y precisamente se me ocurrió colgar a su dueño tal y como he descrito con la idea de citarla más adelante en el campo del honor.
      » Una vez terminados los preparativos, transmití al péndulo avuncular un suave balanceo, y tras buscar protección en una roca cercana, solté un largo y agudo grito cuya débil nota final fue ahogada por un chillido que, procedente del saco, recordaba al de un gato furioso. Inmediatamente, aquel formidable morueco se puso en pie y comprendió la situación bélica de un solo vistazo. Tras un breve instante, se acercó piafando hasta unas cincuenta yardas del bamboleante adversario quien, con su avance y retroceso, parecía invitar al combate. Vi que el animal de repente doblaba la testuz como si le pesara la enorme cornamenta: desde aquel lugar, como una ondulante franja blanca apenas perceptible, se arrancó en dirección horizontal hasta llegar a poco menos de cuatro yardas del punto sobre el que se encontraba el enemigo. Entonces asestó una fuerte cornada hacia arriba y, antes de que pudiera percibir con claridad el lugar en el que había comenzado el movimiento, oí un golpe terrible seguido de un profundo alarido. Mi pobre tío salió disparado hacia adelante y la cuerda se elevó por encima de la rama a la que estaba sujeta. Al caer, se tensó de golpe y el vuelo se detuvo. Entonces comenzó a balancearse de nuevo lentamente hacia el otro extremo del arco descrito. El carnero había caído de bruces y apenas se distinguía más que una amalgama de lana, cuernos y patas; pero se recobró y, una vez esquivada la caída de su antagonista, se retiró sacudiendo la cabeza y dando patadas contra el suelo. Retrocedió más o menos hasta el mismo punto desde el que había lanzado el primer ataque y se detuvo; como si estuviera rezando para conseguir la victoria, agachó la cabeza y salió de nuevo disparado. Esta vez tampoco le pude ver con claridad: sólo capté la misma franja blanca que tras extenderse en monstruosas ondulaciones, terminaba en una brusca elevación. Su trayectoria formaba ángulo recto con la anterior y su impaciencia era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste hubiera alcanzado el punto más bajo del arco. Esto hizo que el fardo empezara a dar vueltas y más vueltas en sentido horizontal con un radio de unos diez pies, la mitad de la longitud total de la cuerda. Los alaridos de mi tío, crescendo cuando se acercaba y diminuendo al alejarse, hacían que la rapidez del giro fuera más perceptible con el oído que con la vista. Debido a la postura que tenía y a la distancia del suelo a la que estaba, recibía los golpes en las extremidades inferiores y en los riñones: se moría lentamente de abajo a arriba, como una planta que da con sus raíces en terreno ponzoñoso.
      » Tras este segundo golpe el animal no se retiró. La fiebre de la batalla hervía en su corazón y su cerebro estaba ebrio de sangre. Como un púgil que llevado por la rabia olvida lo mejor de su destreza y lucha cuerpo a cuerpo, intentaba alcanzar, con torpes saltos verticales, al fugaz enemigo que le pasaba por encima. Aunque a veces conseguía golpearle débilmente, casi siempre acababa en el suelo, pues su ardor iba mal encauzado. Cuando empezaba a agotarse, los círculos que el fardo describía se estrecharon y la velocidad de giro se redujo. Todo ello, unido al escaso trecho que había entre el saco y el suelo, hizo que su táctica produjera mejores resultados y se consiguiera una calidad de alarido superior. Yo disfrutaba con placer.
      » De repente, como si hubieran tocado retirada, el carnero suspendió las hostilidades y se alejó resoplando. Arrancó unas cuantas briznas de hierba y las masticó lentamente. Parecía cansado del fragor de la batalla y decidido a cambiar la espada por el arado y a cultivar las artes de la paz. Desde el campo de la fama avanzó con paso firme hasta una distancia de un cuarto de milla. Entonces, de espaldas al enemigo, se detuvo y continuó rumiando, medio dormido. Sin embargo, aprecié que de vez en cuando volvía ligeramente la cabeza, como si su apatía fuera más fingida que real.
      » Mientras tanto los gritos del tío William, y su movimiento, habían disminuido: no se oían más que unos largos y débiles lamentos junto a los que aparecía mi nombre pronunciado en un tono suplicante que resultaba de lo más agradable. Evidentemente mi tío no tenía la menor idea de lo que ocurría y estaba aterrorizado; ciertamente, cuando la muerte se acerca rodeada de misterio resulta terrible. Poco a poco el balanceo fue reduciéndose hasta que se detuvo. Cuando me iba acercando al fardo para darle el golpe de gracia, sentí una sucesión de rápidos temblores que sacudían la tierra, algo así como un pequeño terremoto. Me volví hacia donde estaba el carnero y vi una nube de polvo que se aproximaba a una velocidad tan inusitada que resultaba alarmante. Como a unas treinta yardas, se plantó bruscamente y me pareció ver que un enorme pájaro blanco se elevaba por los aires. Su ascenso fue tan suave, sencillo y regular que, admirado de su donaire, apenas pude captar su extraordinaria celeridad. Recuerdo que su movimiento era lento, intencionado. El morueco, pues no era otro que él, se elevaba con una fuerza distinta a la de su propio ímpetu y parecía ser sostenido en el aire con una ternura y cuidado infinitos. Su ascensión producía un gran placer, igual que antes había resultado aterrador verle aproximarse por tierra. El noble animal surcaba los cielos con la cabeza entre las rodillas y las pezuñas inclinadas hacia atrás como si fuera una garza en vertiginoso ascenso.
      » A los cuarenta o cincuenta pies, según recuerdo con ternura, alcanzó su cenit y se quedó inmóvil por un instante; entonces, sesgó el cuerpo hacia adelante y, sin variar la posición de sus miembros, salió disparado hacia abajo con una trayectoria cada vez más oblicua y una velocidad frenética. Pasó por encima de mí con el estruendo de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío exactamente en el centro de la cabeza. Tan espantoso fue el impacto que no sólo le partió el cuello sino que incluso la cuerda se rompió. El cuerpo del difunto se estrelló contra el suelo y fue deshecho por las cornadas del meteórico musmón. La sacudida detuvo todos los relojes entre Lone Hand y Dutch Dan y el profesor Davidson, que andaba por el lugar y era una autoridad en temas sísmicos explicó que las vibraciones iban de norte a sudoeste.
      » En resumen, creo que, en lo que a atrocidad artística se refiere, el asesinato del tío William ha sido superado en muy contadas ocasiones.»

Noches sin rumbo

No sólo me entero tarde de que la revista Generación tiene ya un blog: además, apenas ahora (por andar de ermitaño, ya se sabe) he podido ver la portada del número 74, el más reciente:

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Misa de gallo

Joaquim Maria Machado de Assis

El brasileño Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908; otro aniversario para este año) está considerado como “el padre del realismo” en la narrativa de su país. Pero esta descripción es injusta: por un lado, además de narrador, Machado de Assis fue traductor, articulista, crítico y, de hecho, el mayor intelectual brasileño de todo su siglo; por el otro, sus mejores obras, a pesar de ser en efecto estudios agudos de personajes y costumbres, van mucho más allá de la mera reproducción y a veces resultan imposibles de clasificar. Además del ejemplo sutil de esta “Misa de gallo” (y de otros de sus grandes cuentos, como “El alienista”) hay que leer Memorias póstumas de Blas Cubas (1881), su novela central, efectivamente contada en primera persona por un difunto.
En un texto sobre ese libro, la escritora estadounidense Susan Sontag declaró a Machado de Assis el mejor escritor latinoamericano que haya existido, con Borges en segundo lugar; aun si no se quiere poner a competir a nuestros escritores (y es realmente una tarea inútil, al menos como se emprende aquí por estos días), vale la pena acercarse siquiera un poco a la obra de este autor extraordinario.

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El río

O'Connor

Un cuento de Flannery O’Connor (1925-1964), quien según creo sigue siendo la gran maestra del relato corto en los Estados Unidos. Quienes recuerden la discusión sobre el “realismo sucio” y otros asuntos aledaños de hace un mes o dos en esta bitácora encontrarán aquí algo interesante: un enfoque distinto, pero no menos brutal, de los horrores de la vida humana, aparejado con una obsesión por lo trascendente que no está de moda, con todo y nuestros numerosos mercachifles de la fe.

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Narcsexpunkpop: Tiempo de alacranes

Tiempo de alacranes

Bernardo Fernández, Tiempo de alacranes.
México, Joaquín Mortiz, 2005.

(Nota: esta reseña fue publicada en La Jornada Semanal. Mientras continúo peleando a brazo partido contra T. H. White, Thomas Malory y Monty Python, va este texto, con un abrazo al amigo Bef.)

He leído en algunos lugares que Tiempo de alacranes, primera novela del narrador y monero Bef (Bernardo Fernández) es un texto político: un análisis del narcotráfico, su violencia, sus colusiones con el poder; una imagen del ahora.
Me alegra que Bef, un viejo practicante y defensor de “subgéneros” desdeñados por su escaso realismo, desde la ciencia ficción hasta los cuentos para niños, comience a ser apreciado por lectores fuera de esos círculos. Pero el riesgo que corre ahora es el de ser leído mal: Continuar leyendo ‘Narcsexpunkpop: Tiempo de alacranes’


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Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



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