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Monsiváis y Saramago

Carlos Monsiváis

Nota del 23/6/2010: he modificado un poco el texto para aclarar algunos pasajes.

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Con un día de diferencia, la semana pasada, murieron José Saramago y Carlos Monsiváis.

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Saramago tenía, tiene, fama mundial desde que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1998: es el único escritor de Portugal que lo ha ganado hasta ahora. Monsiváis, por su parte, era –como se dice de otros con excesiva ligereza– una institución en México: sin exagerar, el intelectual más influyente y admirado tanto en las élites (que en este país son el campo natural de los intelectuales) como fuera de ellas; una hazaña que no logró ni Octavio Paz.

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Muchas personas se han dedicado a dar testimonios personales sobre su contacto con uno u otro de estos escritores. De hecho, por un par de días abundaron en periódicos, medios masivos y redes sociales como si se tratara de una competencia: perdía quien no pudiera afirmar que estuvo cerca de ellos, que los tocó, les dirigió la palabra, les pidió un autógrafo. Mi propio caso es el siguiente: Continuar leyendo ‘Monsiváis y Saramago’

Retazos del 18 de noviembre

Pepe Rojo está preparando, para la Universidad Autónoma de Baja California, una colección de minilibros de ciencia ficción mexicana: 18 cuentos que serán editados individualmente y distribuidos sin costo en la ciudad de Tijuana. No sólo la selección es muy variada sino que las portadas de cada minilibro fueron hechas por Bef y me parecen magníficas. He aquí algunas de ellas (tomadas del blog Monorama, del propio Bef): las portadas completas pueden verse haciendo clic en las miniaturas.

El que llegó al metro Pino SuárezLa pequeña guerraLos motivos de Medusa
Se ha perdido una niña(e)La mujer de nadie
El dueloInstantáneas F&DLa columna
Y el ovni cayóTrece ficciones apocalípticasNarración interplanetaria (1810)

Una de las portadas, desde luego, me resulta sumamente entrañable, pero todas me hicieron pensar en la primera fascinación, la más inocente y poderosa, que produce la fantasía. También recordé las portadas de la colección de ciencia ficción de Penguin Books (hay que ver en especial las de David Pelham); su “propósito” es hacer que los posibles lectores compren el libro, sí, pero el reclamo comercial es lo menos importante. Eso otro que es más importante está también en los minilibros, que se regalarán y se crean en condiciones difíciles y que no darán beneficio económico a nadie. Ojalá sus lectores (los que ya los están esperando, aunque no lo sepan) los encuentren.

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Rogelio Guedea ha escrito ya varios artículos, breves y furiosos, acerca la gestión actual de la Universidad de Colima. Éste resume su diagnóstico y su crítica contra el rector actual de esa universidad, apoyadas ambas en un reportaje desolador de la revista Proceso.
      Yo sólo agrego una opinión al margen: ayer se recortó enormemente el presupuesto de las universidades públicas del país, debido a la crisis pero entre los jaloneos que todos conocemos (y si no, basta leer cualquier periódico o fuente de noticias razonablemente legible). ¿Es justo que estemos forzados a comparar los desatinos de diversas autoridades y tratar de elegir cuál es el peor?

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Aviso a la comunidad: esto sigue sin ser un diario, aunque a continuación enlazará a un texto sobre la memoria (la memoria y el olvido, de hecho: también de vez en cuando hace falta jugar con los clásicos) que puede leerse aquí, en la revista virtual Los noveles. La historia contada es totalmente verídica, así como existen de veras esos libros.

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Por si alguien se acuerda, ésta es la Sor Juana en versión chibi

Por si alguien se acuerda, ésta es la Sor Juana en versión chibi

Varias respuestas (4)

Con esta nota se reanuda una serie que empecé hace tiempo, a partir de ciertas preguntas de Rafael Tiburcio. Las primeras tres partes están aquí, aquí y aquí. El tema es cómo publicar en un país como éste.

Esta vez seré breve. Terminé una nota anterior con la pregunta de para qué se escribe. Como no hace falta discutir las respuestas obvias (dinero, prestigio, etcétera) sólo agrego esto: escribir no es sólo una actividad de escasas recompensas inmediatas, sino además, y sobre todo, una actividad solitaria. Puede ser muy placentera, puede no serlo, puede tener éxito o puede fracasar, pero si al escribir se intenta hacer una creación propia –no escribir los textos que firmará alguien más; no crear copy o contenidos de acuerdo con las directrices de un editor o un comité–, resulta que esa forma de estar a solas es una de los pocos actos de libertad que todavía están al alcance de quien tenga los humildes conocimientos básicos que hacen falta. Porque escribir así es una forma de introspección, de estar a solas con uno mismo, sin más árbitros ni jueces que los propios demonios; la idea es repelente para muchas personas porque aprendemos a igualar la felicidad con la inconsciencia, pero lo que se obtiene con esa reflexión, es decir, ese reflejo: esa lectura de nosotros mismos en lo que escribimos, es a su modo algo mejor, más raro y más precioso. Y, ni modo, quien lo ha hecho lo sabe: escribir así es también una experiencia intransferible, jugar con el lenguaje es llegar a un límite del lenguaje. A veces lo escrito deja ver ese límite, a veces no; a veces quien escribe ni siquiera se da cuenta. Pero el contacto se da, invariablemente: la ventana se abre aunque sólo sea por un segundo.
      Podemos, desde luego, tener el deseo de que la escritura no se quede sólo en la introspección o el trabajo solitario: de que se publique y llegue a otro. Podemos tener la idea de que ningún texto termina de existir mientras no es leído, o bien la de que quien practica un oficio como éste (porque la escritura es un oficio; ciertamente no es un pase automático a la divinidad, como parecen creer algunos, ni al poder político) merece una adecuada remuneración por su trabajo, como la reciben los practicantes de otros oficios. Ambas ideas son perfectamente razonables. Pero hay que insistir otra vez: escribir no es lo mismo que publicar (en otras de las notas de esta serie hay varias consideraciones sobre dónde, cómo, qué, de qué manera intentar la publicación) y, para el caso, tampoco es lo mismo que destacarse, que obtener la gloria, que cualquiera de esas recompensas.
      En efecto, como tantas personas intuyen o saben o aceptan rencorosamente, “escribir bien” (sin importar cómo se defina la palabra) no es el único camino para lograr la notoriedad y está lejos de ser el más sencillo o el más rápido. En efecto, puede echarse mano de ventajas heredadas como la riqueza o la belleza física; en efecto puede incurrirse en los pequeños actos de corrupción (de venalidad, de degradación, de alevosía) que son posibles no sólo entre escritores y mexicanos, sino entre personas de cualquier disciplina y de cualquier lugar. Es posible fingir, simular, mentir, asombrar a otros con desplantes y poses. Es posible engañar con actividades aledañas a esa escritura de la que estoy hablando como la farándula, la política, la opinología. Pero nada de eso es escribir. Los legendarios (pero no inexistentes) negros o ghost writers, que redactan los textos que luego firman otros más famosos o más encumbrados, no entran en absoluto en la experiencia que he tratado de describir: ni sus jefes ni ellos mismos pertenecen al terreno de la creación, sino al del poder, que sin duda es fascinante pero también es distinto. Tampoco entran los socialites a quienes de pronto da por sacar libros, ni las celebridades “que todo el mundo conoce” aunque no hayan escrito nunca una página (ni mucho menos una página memorable)…
      En este pobre país en crisis (terminal, ya sin remedio, lo llamó hace poco un colega, Heriberto Yépez) la distinción que mencioné arriba puede parecer inútil: no lo es. Puede que no le importe mucho a algunas personas, pero la supervivencia de la especie, así como de las diferentes culturas que se ha organizado, no se ha debido nunca a la docilidad ni a la ignorancia, a la incapacidad de pensar. Y el proceso de la escritura –que puede ser frío y cerebral, o apasionado, o melancólico, o de todas las otras formas; que puede dejar ver todos los matices e inclinaciones, todos los motivos explícitos y todos los insondables– es una forma de enfrentarnos con nuestro propio pensamiento: de no hacerlo a un lado, de centrarlo al menos por un momento en nuestra propia conciencia. Y esto nos urge.

Más adelante, más sobre estos asuntos. Ahora, sólo porque sí (y para no ilustrar esta nota con libros y plumas de ganso), La isla de los muertos (1880) de Arnold Böcklin:

La isla de los muertos

Mi primer José Emilio Pacheco

Reproduzco un texto que escribí y se publicó hoy en La Jornada, a propósito de la obra de José Emilio Pacheco y de los homenajes que ha estado recibiendo en su cumpleaños número setenta.

Totenbuch (clic para ampliar)

"Totenbuch" (clic para ampliar)

Nunca he conocido en persona a José Emilio Pacheco, pero no olvidaré que supe de él, primero, en su faceta más extraña: como autor de historias de terror. Hace muchos años, una antología que llegó a mi casa quién sabe cómo (Miedo en castellano, de Emiliano González) traía lo primero que leí de él: “Totenbuch”, un cuento suyo, aterrador, sobre los campos de exterminio nazis.

Tardé mucho en enterarme de que ese texto era un fragmento de su novela Morirás lejos, y ya para entonces había leído sus historias más fantásticas, más inquietantes (“La fiesta brava”, “Tenga para que se entretenga”…), y era tarde: Pacheco, para mí, estaba al lado de Arthur Machen, de Francisco Tario, de Borges y todos los grandes soñadores.

Con el tiempo he descubierto al otro Pacheco, o mejor dicho a todos los otros: el poeta, el ensayista, el cronista, el narrador de la realidad y no de los sueños. Pero siempre sentiré más cercano al que conocí primero, por puro azar: al que leí sin que nadie me lo indicara y sin que fuera parte de las obligaciones escolares o signo de prestigio por su carácter de clásico (y de clásico vivo).

No siempre se toma en cuenta, pero los lectores tenemos todo el derecho de elegir a nuestros autores favoritos simplemente porque nos son entrañables: porque nos emocionan y nos asombran. Con José Emilio Pacheco me sucedió eso, antes de que supiera de su estatura y de sus logros: leer esas historias fue leer una voz poderosa pero cómplice, los cuentos de un amigo experto en el arte de contar (y además tremebundo) pero amigo al fin.

Miedo en castellano (1973; clic para ampliar)

Miedo en castellano
(1973; clic para ampliar)

* * *

En otras noticias: hay violencia contra civiles en Irán y ha pasado prácticamente inadvertida entre nosotros. Ha habido un golpe de estado en Honduras, criticado tibiamente por nuestro gobierno. Acá, se avecinan elecciones y lo más llamativo no está en las ofertas pobrísimas de los políticos sino en la campaña por el voto nulo, que (lamento decirlo) no servirá de nada en absoluto si no se prolonga en acciones de los cuidadanos más allá del día de ir a votar, lo cual todavía está por verse…

Menciono todo esto porque al menos una de las notas por venir se referirá (es inevitable) a estas cuestiones. Y también me disculpo por el silencio de los últimos días; el mundo puede estar poniéndose muy interesante pero el trabajo no cesa.

Por otro lado, también aparecerán pronto los resultados del concurso de este mes, un dibujo que se quedó en el tintero y, tal vez, algunas notas de frivolidad y espectáculo. Saludos a todos.

Memín y el Golliwog (2/2)

Siguen estas palabras sobre (o a partir de) imágenes racistas.

Cuando una imagen (o un icono, o un personaje) queda ligado en la memoria a una idea inaceptable, una reacción habitual es, como decía, suprimir la imagen: hacer como si nunca hubiera existido. Esto iba a pasar con Memín Pinguín y pasó con la propaganda antijaponesa que empleaba a personajes como Superman o el Pato Donald (véase, en la primera parte de esta nota, la imagen de Superman imprimiendo carteles). Pero ¿sería posible rehabilitar las imágenes “malditas”, despojarlas de sus connotaciones negativas?

El año pasado, Alan Moore, el gran escritor británico de comics, lo intentó en la tercera entrega de su serie The League of Extraordinary Gentlemen (conocida acá como La liga extraordinaria por la pésima adaptación cinematográfica de su primera parte).

The League of Extraordinary Gentlemen - Black Dossier

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Memín y el Golliwog (1/2)

La última entrega de la columna de Heriberto Yépez en el suplemento Laberinto se refiere al racismo de la cultura mexicana (la idea de que no existe es tan extendida como hipócrita), a propósito del retiro de una edición de Memín Pinguín de varias tiendas Wal-Mart de Texas y recordando la polémica levantada en 2005, cuando el gobierno mexicano lanzó una serie de sellos postales en la que se incluía uno con la imagen del personaje creado por Yolanda Vargas Dulché en 1945. Revisando la cuestión, descubrí un texto que escribí sobre el mismo tema y que se había perdido al cerrar Ánima dispersa, la bitácora que tenía entonces. En esta nueva nota viene otra vez aquel texto y algún comentario tres años después de los hechos. (Y mañana, en la segunda parte, algo sobre otra figura, menos conocida aquí pero igualmente problemática.)

El Golliwogg y las tres muñecas holandesas. El personaje fue creado por Florence Kate Upton

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Sobre el compromiso

Y ahora un texto que debía desde hace algunas semanas; los antecedentes se encuentran en un debate ya no tan reciente sobre el compromiso de los escritores (y en especial de los escritores mexicanos), motivado por esta carta abierta de Ira Franco, publicada en su blog El taza.

He aquí lo que pienso:

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La palabra mórbida: sobre Ramón López Velarde

Este proyecto de bitácora(s) está pensado para la narrativa y no para la poesía, pero he aquí un texto que falta por una vez a la regla: lo leí el sábado pasado en el Museo de la Ciudad de México, en un homenaje a Ramón López Velarde en el aniversario 120 de su nacimiento.

Ramón López Velarde

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Discusiones, averiguaciones

Comunicados varios:

1. No había visto esta anotación de Ira Franco en su blog El taza, pero ahora que la veo me parece de lo más interesante: discutiendo sus ideas sobre el estado de la literatura mexicana y la responsabilidad de los escritores, ha dado lugar a un debate que se propagó a esta nota en Never Neutral, el blog de Ernesto Priego, y también a otras bitácoras (un ejemplo está aquí, en el blog de Andrei Vázquez). Como verán, todo partió de Grandes Hits, la antología de narradores de los setenta publicada por Almadía. Mientras puedo darme tiempo para agregar algo bien razonado a esa discusión (que lo merece), dejo al menos la constancia de lo ya dicho.

2. Lo que antecede puede servir para un fin noble: recientemente, María y Areúsa han reactivado los comentarios de la nota “Primera lista de libros de cuentos”, en la que aparecen, justamente, los libros que los lectores de esta bitácora propusieron hará algunos meses como los mejores hechos en Latinoamérica durante los últimos treinta años. A más de invitarlos nuevamente a ver la lista y agregar cualesquiera libros que deseen agregar, con el fin de continuar con el acopio de títulos y autores, tal vez valdría la pena probar a promover esto que hemos estado haciendo…

Gracias a todos. Saludos y hasta pronto.

Como si fuera una novela: La victoria

La victoria

Jaime Sánchez Susarrey, La victoria.
México, Planeta, 2006.

Como en muchos otros lugares, en México se publican constantemente libros de ocasión alrededor de la política: reportajes, crónicas, especulaciones –hechas de prisa, pensadas para causar grandes impresiones y no grandes debates– sobre los vaivenes del poder y sus “protagonistas”. Y siempre sucede: lo que más rápido se olvida de esos libros son los nombres célebres y los grandiosos pormenores. Como todos piden, en el fondo, lo mismo (“¡Lea, imagine, indígnese con todos los detalles!”), la devoción por lo momentáneo es al mismo tiempo su fortaleza y su debilidad. Continuar leyendo ‘Como si fuera una novela: La victoria’


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