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J. D. Salinger

Por todas partes han aparecido ya notas sobre la muerte de J. D. Salinger a los 91 años, más de 50 después de que se se recluyera en una casa de Cornish, New Hampshire, y a 45 de la aparición de su última obra, el cuento “Hapworth 16, 1924″, remate de la serie extraña (tal vez no es una serie, en absoluto) sobre los sensibles, los extraños hermanos Glass.
      Ninguna nota deja de mencionar el hecho de que Salinger huyó de la fama para convertirse en el ermitaño más famoso de la literatura del siglo XX. Ninguna deja de lado sus excentricidades ni los detalles incómodos revelados por su hija Margaret en una autobiografía de 2000. Como en esos lugares también se pueden encontrar fácilmente todos los otros datos “duros” del caso, no digo más aquí y sólo enlazo este obituario, escrito por el peruano Iván Thays.

Lo que vale la pena decir aquí es esto: no sé qué va a pasar ahora con la obra de Salinger, sumamente escasa y que para muchos se reduce a su novela El guardián entre el centeno (1951).

Portada de The Catcher in the Rye

La historia de Holden Caulfield, el adolescente inadaptado que se busca a sí mismo en una sociedad a la que rechaza, tuvo un éxito enorme en su momento y durante las décadas inmediatamente posteriores en los Estados Unidos y el resto del mundo; después se convirtió en un texto “clásico”, recomendado con frecuencia pero leído con menos pasión (desde muy pronto se vio a su autor como un especialista en un campo muy estrecho: “su truco”, dice una reseña adversa de los años sesenta, “es volver glamorosa la autocompasión”)…, y ahora puede haber quedado sumamente lejos de los intereses y el modo de pensar de los adolescentes actuales de su propio país y de los otros. Esta nota del New York Times puede ser representativa de las nuevas opiniones sobre el tema: según su autora, Jennifer Schuessler, los adolescentes de ahora no encuentran mucho de interés en Salinger porque desean integrarse más que distinguirse de su sociedad, competir y ganar más que embarcarse en búsquedas interiores. Además, al contrario de lo que sucedía a mediados del siglo XX, buena parte de la economía global (sobre todo en los países desarrollados) gira alrededor de los adolescentes y les vende espacios, moda, signos de identidad que Holden, para bien o mal, nunca habría podido tener.
      Schuessler cita a un quinceañero de Long Island quejándose: “Todos odiamos a Holden en mi clase. Todos queríamos decirle ‘Cállate y toma tu Prozac’”. A lo mejor es cierto: a lo mejor la serie de Harry Potter y programas como Glee muestran con mayor exactitud las aspiraciones y las neurosis (la vida real no, seguro que no: no todo el mundo tiene poderes mágicos, no todo el mundo canta tan bien) de los adolescentes. No habría que espantarse: todos los libros envejecen, se secan, se olvidan, aunque unos pocos lo hagan más despacio que el resto; la “pertinencia” de un texto, su “representatividad”, es una ilusión que sólo puede mantenerse durante cierto tiempo, si es que se da.
      Por otra parte, el alboroto acerca de la vida extraña de Salinger y sus diversas manías y locuras apenas ha dejado ver a nadie lo realmente importante: Salinger no dejó de escribir durante sus años de reclusión. “Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer”, dijo el escritor en una entrevista de 1974, y yo sospecho que una vez que haya quedado atrás la noticia de la muerte, y se haya hecho el reparto de dineros y herencias, llegaremos a leer siquiera una parte de esos escritos.
      Lo más probable es que sean borradores decepcionantes; pero no habría que espantarse, tampoco, si fueran textos todavía más extraños de lo que resultan ahora los que Salinger sí publicó, testimonios de una experiencia humana alocada, introvertida y (sobre todo) totalmente contraria a los impulsos actuales: a lo que se supone que debe ser la vida en la época de Facebook. Una búsqueda espiritual cuando no queremos ninguna: una bofetada, o un escupitajo, en la cara que creemos tener.
      Un puñado de autores secretos, encerrados, que escriben mientras viven en dificultades con el mundo y que no quieren publicar –Franz Kafka sería el ejemplo obvio; hay otros–, puede hablar con más fuerza que las legiones de los integrados, los sensatos, los oportunos y constantes. Si tiene suerte, tal vez J. D. Salinger termine por ser entendido no como un autor canónico, de programa escolar, sino como un auténtico “raro”; habrá que esperar a que esos textos salgan a la luz…

Milorad Pavic

1. El 30 de noviembre murió en Belgrado, por complicaciones posteriores a un infarto, Milorad Pavic. Tenía 80 años. Será enterrado hoy en el cementerio de Novo Groblje.

Milorad Pavic

 
2. Limitaciones de este blog ocasionan que el nombre del escritor no se pueda mostrar correctamente en su transliteración a caracteres latinos:

El nombre en caracteres latinos

y menos en su forma original:

El nombre en serbio

… pero sus lectores lo conocen. Éste es el novelista que, solo y sin ayuda, desde una lengua y una cultura de la que nos separa bastante más que las diferencias entre los alfabetos, demostró durante un cuarto de siglo poseer una parte deslumbrante, insustituible, de la imaginación del mundo.

 
3. “Imaginación” es un término problemático y del que se abusa por todas partes. En el sentido que le daban los antiguos románticos, define la operación de colocar en el mundo algo –al menos una idea– que no existiera previamente en él. Si nos atenemos a ese sentido, el más riguroso de todos, la mayor parte de los artistas, incluyendo aquellos que dicen dedicarse a lo fantástico, no imaginan: mezclan objetos preexistentes de una forma tal vez novedosa (y en realidad, casi siempre, ni siquiera eso).

Dictionary of the Khazars

El europeo anónimo que habló por primera vez del unicornio, acaso por haber visto un rinoceronte y no haber sabido cómo interpretar lo que veía, imaginó, porque la criatura resultante fue distinta al rinoceronte y al caballo y pronto se llenó de su propio sentido. H. G. Wells imaginó al enunciar un concepto imposible –”viajar por el tiempo”– de modo tan evocador y convincente (tan falsamente plausible) que la idea está con nosotros desde entonces y es fuente de ficciones innumerables. Milorad Pavic imaginó de una manera más sutil, pero no menos poderosa: sus libros, y en especial el más famoso de todos, su Diccionario jázaro (1984), propusieron que la novela era, podía ser, muchas cosas distintas de lo que hasta entonces se había llamado “novela”.

 
4. El ejemplo más obvio es el más llamativo: el Diccionario, subtitulado, “novela léxico”, es un hipertexto total, dividido en entradas de diversa extensión ordenadas alfabéticamente y en el que se puede empezar a leer desde cualquier página; siguiendo los enlaces –referencias cruzadas– de una entrada a otra se puede elegir entre incontables órdenes posibles de lectura. La novela deja de ser una línea de principio a fin –de planteamiento claro a desenlace contundente– y explota: se lanza a sí misma en todas direcciones a la vez y desconcierta para siempre nuestras costumbres milenarias de lectores. Además, los textos juegan a enmascarar de mil y un formas la “realidad” novelada –el mundo inventado en el que nos dejamos “atrapar” dócilmente cuando nos vemos ante un texto convencional– y volverlo elusivo, inasible.
      ¿Existieron los jázaros, o no? (respuesta: sí, pero no como dice ninguno de los libros dentro del libro) ¿Dónde están los demonios y los cazadores de sueños? (respuesta: depende de la versión que se quiera leer) ¿Cuál es el secreto: el sentido de los hechos extraños que enlazan épocas remotas y destinos fatales? (respuesta: no se sabrá nunca) Si tenemos suerte, nos daremos cuenta de que no puede haber una conclusión satisfactoria ni una explicación completa: si tenemos un poco más de suerte, entenderemos que también nuestra visión de la realidad, como la del mundo inventado de Pavic y la de la forma de su libro, puede estallar y expandirse. El Diccionario jázaro es la primera visión definitiva de la novela como paso a lo otro, la hiperrealidad, lo sublime múltiple y gigantesco, desde el Hiperión de Hölderlin (que es un poema).

Pieza única

Hay más de un precursor de esto –la doble novela que es Rayuela de Cortázar; la falsa edición crítica en Pálido fuego de Nabokov, etcétera–, pero Pavic es el primero que convierte en el centro de su obra esta transformación constante de la realidad a partir de la transformación constante de la novela. Todas sus grandes obras ensayan diferentes estructuras alocadas y argumentos delirantes: irrupciones de lo otro en el mundo. Paisaje pintado con té (1988) mezcla la forma de la novela con la del crucigrama; La cara interna del viento (1991) cuenta dos versiones de la misma historia –la de Hero y Leandro– en un libro bifronte, que se acaba en el centro; Pieza única (2004) propone un misterio policiaco minuciosamente ramificado, en vez de dirigido a una única solución, en el que cada lector puede arribar a la conclusión que más le apetezca…

 
5. Hace muchos años, por recomendación de Verónica Murguía y Ricardo Chávez Castañeda, leí el Diccionario jázaro. Su forma, su libertad, su profundidad humana, sus metáforas extrañas, todo llegó hasta mí a la vez como una explosión. (Tal vez como esa explosión.) Rompí todos los escritos que tenía en marcha en el momento, incluyendo una primera novela. Desde entonces he desesperado muchas veces, me he desviado, pero siempre he sabido que el camino, al menos para mí, está señalado por ese libro, como por algunos otros. No son los de moda, no son los apropiados al ánimo de la época, pero son los que me tocan.

Pavic

Como Borges, Levrero, Calvino, Dick, Lem, Arreola; como todos lo otros: Milorad Pavic ya es de mis grandes muertos, mis otros padres inalcanzables.

Mario Benedetti (1920-2009)

Ha muerto, hoy domingo, Mario Benedetti. Nacido en 1920, tenía 88 años y una historia ya larga de padecimientos.

Y ahora mismo, muchas personas desentierran sus versos más famosos y le hacen pequeños homenajes por toda la red: durante décadas (quién sabe si seguirá pasando ahora, que la poesía está tan maltrecha), Benedetti perteneció a la extraña categoría de los escritores verdaderamente populares, y sus textos amorosos y políticos sirvieron a millones de jóvenes de habla española para articular y declarar sus afectos y aversiones o hasta para cantarlos, siguiendo las versiones de Nacha Guevara y otros numerosos intérpretes.

Esta fama dio a Bendetti, como a Jaime Sabines, la recompensa de ser un escritor que no necesitó de la validación de los críticos, pero también lo volvió sospechoso de excesiva complacencia, de sentimentalismo, de simplismo. Y fue culpable con una frecuencia alarmante. Peor aún, su obra poética, que se fue recogiendo en ediciones sucesivas llamadas siempre Inventario, deja ver cada vez menos poesía a medida que pasan los años y cada vez más fórmulas, más lugares comunes, más prédicas a admiradores ya convencidos. El padre espiritual de sus poemas pudo haber sido, entre otros, Bertolt Brecht, pero tiene entre sus hijos a Ricardo Arjona y otros todavía peores.

A esto se suma el desgaste de sus ideas políticas, que en su día también fueron popularísimas pero no sólo se atoraron en lo sentimental, sino también en lo dogmático, a medida que se diluían las luchas ideológicas que le inspiraron sus mejores trabajos.

Por otro lado, aun si la totalidad de su poesía termina por ser olvidada o reducida a los equivalentes actuales del cancionero (las cadenas de correo electrónico y los videos de cantautores aficionados en YouTube, tal vez), tarde o temprano habrá que volver, para darle su justo valor, a esa parte mejor de su obra, que está –sospecho– en la narrativa, y concretamente en un puñado de sus cuentos y en dos novelas: La tregua y Gracias por el fuego. La primera es una extensión más dolorosa y melancólica de los temas de su poesía amorosa, centrada en un hombre mayor y (además) lejos de la imagen idealizada del “hombre libre” que el propio Bendetti ayudó a construir en el ideario latinoamericano del siglo pasado. La segunda es su obra más arriesgada: la narración de la vida y la muerte de un uruguayo aplastado a la vez por el poder político que oprime a su país y por los conflictos, imposibles de resolver, con su padre. Una y otra pelea, con el telón de fondo de la crisis moral de un país que no supo oponerse al poder (el libro estuvo censurado en los años setenta, durante lo peor de las dictaduras sudamericanas), compiten en el texto y terminan, literalmente, por destruir al personaje que intenta librarlas y fracasa en las dos.

Tal vez el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor como Benedetti, que tantas veces se dejó llevar por lo simple y lo cursi, es recordar sus textos menos sentimentales y más difíciles. Los mejores momentos de Gracias por el fuego, por ejemplo, son los que muestran a los personajes abandonando su pose de víctimas inocentes y examinando su responsabilidad en los males (íntimos y sociales) que lamentan. La mayoría de nosotros no realiza nunca, en toda su vida, un acto de sinceridad semejante.

mariobenedetti

(Entre paréntesis: es muy fácil criticar a quien confunde saberse una canción de amor con tener conciencia política –o una verdadera idea del amor–, pero son peores quienes utilizan la canción para recordar sus “tiempos de rojillos” mientras practican todo lo contrario de lo que su autor favorito defendía.)

Un cuento de J. G. Ballard

Hoy, hace poco más de medio día, murió James Graham Ballard, autor británico nacido en 1930. La noticia está dando ahora mismo la vuelta al mundo: muchos lo conocieron por primera vez gracias a Imperio del sol, la película de Steven Spielberg basada en su novela del mismo título (la historia de los tres años que –de niño, durante la Segunda Guerra Mundial– Ballard pasó en un campo de concentración japonés) y muchos más lo recordaremos por el conjunto de su obra, una de las más visionarias escritas durante los últimos cincuenta años.

J. G. Ballard [tomada de colourofmemory.wordpress.com]

J. G. Ballard (tomada de colourofmemory.wordpress.com)

Pocos autores crean una obra tan inconfundible que sus propios nombres llegan a identificar un estilo, un estado de ánimo, un conjunto de preocupaciones o de ideas: lo ballardiano es, desde hace muchos años, una categoría perfectamente reconocible. Varias de sus novelas (entre ellas, además de Imperio del sol, destacan Rascacielos, El mundo sumergido, Crash, La isla de cemento, La exhibición de atrocidades, Noches de cocaína…) son ya imprescindibles: reflexiones certeras y agudísimas, sin ninguna concesión, sobre el mundo occidental de la posguerra, y en particular sobre nuestras obsesiones con la tecnología, la evolución de nuestra sexualidad, nuestro culto cada vez más feroz a la fama y al dinero.

Este cuento, junto con otros del autor, es también de esas visiones tremendas, en especial porque no se trata de una “advertencia”, de una prédica como las habituales en muchos autores de ficción especulativa. No juzga: muestra, y el mundo que muestra, en apariencia “distinto”, termina por reflejar nuestra vida actual con mucha más precisión de la que, muchas veces, estamos dispuestos a aceptar de un texto literario. Como muchos otros de sus personajes, los de esta historia pueden parecernos habitantes de un infierno tecnológico (de una distopía o antiutopía al modo de Un mundo feliz o 1984)…, pero hay que prestar atención al tono del narrador: ninguno de ellos se da cuenta.

“Unidad de cuidados intensivos” (“Intensive Care Unit”), proviene del libro Mitos del futuro próximo (1982).

UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS
J. G. Ballard

Dentro de unos pocos minutos comenzará el próximo ataque. Ahora que por primera vez me rodean todos los miembros de mi familia parece muy indicado que se realice una grabación completa de un hecho tan único. Aquí tendido –pudiendo apenas respirar, la boca llena de sangre y cada temblor de mis manos reflejado en el atento ojo de la cámara que está a dos metros de distancia–, comprendo que a muchos les parecerá curioso el tema que he elegido. Esta película será, en todos los sentidos, el producto último del cine doméstico, y sólo espero que quien lo vea reciba una idea del inmenso afecto que siento por mi esposa, y por mi hijo y mi hija, y del afecto que ellos, a su manera única, sienten por mí. Ha pasado media hora desde la explosión, y en esta sala antes tan elegante reina el silencio. Yo estoy tendido en el suelo, al lado del sofá, mirando la cámara instalada fuera de mi alcance en el cielo raso, sobre mi cabeza. En esta inquietante calma, interrumpida sólo por la suave respiración de mi esposa y por el movimiento irregular de mi hijo sobre la alfombra, veo que casi todo lo que he armado con tanto cariño durante los últimos años ha sido destruido. Mi Sèvres está en la chimenea, roto en mil pedazos, los rollos de Hokusai perforados en una docena de sitios. Pero a pesar del extenso daño todavía se puede reconocer a esta escena como la escena de una reunión familiar, aunque de características un tanto especiales.
      Mi hijo David se agazapa a los pies de la madre y apoya la barbilla en la alfombra persa despedazada; una serie de manchas, las huellas que ha dejado con las manos, señala su lento avance. De tanto en tanto, cuando levanta la cabeza, veo que sigue vivo. Sus ojos me miran, calculando la distancia que nos separa y el tiempo que tardará en llegar a mí. Su hermana Karen está a poco más de un brazo de distancia, tendida al lado de la caída lámpara de pie entre el sofá y la chimenea, pero no le presta atención. A pesar del miedo, siento que me colma de orgullo el hecho de que haya dejado a la madre y haya emprendido ese inmenso viaje hasta mí. Preferiría, por su propio bien, que se quedase quieto y conservase las pocas fuerzas y tiempo que le quedan, pero avanza con toda la determinación que puede mostrar su cuerpo de siete años.
      Mi esposa Margaret, sentada en el sillón que mira hacia donde estoy yo, levanta la mano como para hacer una confusa advertencia y luego la deja caer fláccidamente en el embadurnado apoyabrazo color damasco. Distorsionada por la mancha de lápiz labial, la breve sonrisa que me otorga podría parecerle irónica y hasta amenazadora al espectador casual de esta película, pero yo simplemente vuelvo a quedar impresionado por su notable belleza. Mientras la miro, aliviado de que probablemente no vuelva a levantarse nunca más del sillón, pienso en nuestro primer encuentro diez años atrás, también, como ahora, bajo la mirada benévola de la cámara de televisión.

La idea insólita, por no decir ilícita, de encontrarme efectivamente en persona con mi mujer y con mis hijos se me había ocurrido tres meses antes, durante uno de nuestros prolongados desayunos familiares. Desde los primeros días de nuestro matrimonio las mañanas de domingo siempre habían sido especialmente gratas. Estaban los placeres del desayuno en la cama, de comentar los periódicos y todo lo que había ocurrido durante la semana. Después de sintonizar nuestro canal privado, Margaret y yo hacíamos el amor, celebrando la profunda paz de nuestros lechos conyugales. Luego llámabamos a los niños y mirábamos como jugaban en sus cuartos, y quizá los sorprendíamos con la promesa de una visita al parque o al circo.
      Todas esas actividades, desde luego, al igual que nuestra propia vida familiar, se las debíamos a la televisión. En esa época ni yo ni nadie había soñado con la posibilidad de encontrarse con otro personalmente. En realidad existían todavía, aunque casi nunca se las invocaba, ordenanzas antiquísimas que lo impedían: encontrarse cara a cara con otro ser humano era un delito punible (ante todo, y por razones que entonces no pude entender, encontrarse con un miembro de la propia familia, tal vez como parte de un antiguo sistema de tabúes de incesto). Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor. Naturalmente, de la inseminacion de Margaret se ocupó AID y, como todos los niños, el único contacto que David y Karen tuvieron con su madre fue durante su breve vida uterina. Eso, no hace falta decirlo, enriquecía inmensamente, en todo sentido, la experiencia humana. De niño me había criado en el jardín de infantes del hospital, ahorrándome así todos los peligros psicológicos de una vida familiar físicamente íntima (para no mencionar los riesgos, estéticos y no estéticos, de una higiene doméstica compartida). Pero lejos de estar aislado, me encontraba rodeado de compañía. En la televisión nunca estaba solo. En mi cuarto me entretenía durante horas jugando alegremente con mis padres, que me miraban desde la comodidad de sus casas y alimentaban mi pantalla con un sinnúmero de juegos de video, dibujos animados, documentales sobre la vida silvestre y seriales de sagas familiares que en conjunto me abrieron el mundo. Mis cinco años de estudiante de medicina pasaron sin que necesitase nunca ver a un paciente en persona. Adquirí mi experiencia sobre anatomía y fisiología en la pantalla del ordenador. Técnicas avanzadas de diagnóstico y de cirugía eliminaban toda necesidad de contacto directo con una enfermedad orgánica. La cámara, con sus exploradores de rayos infrarrojos y de rayos X, sus instrumentos de diagnóstico computerizados, descubrían mucho más que cualquier ojo humano solo.
      Quizá yo fuese especialmente experto en el manejo de esos complejos teclados y sistemas –una sensibilidad en la punta de los dedos que era el equivalente moderno de las habilidades operatorias del cirujano clásico– pero al llegar a los treinta años ya ejercía la medicina clínica con notable prosperidad. Liberados de la necesidad de visitar mi quirófano en persona, mis pacientes simplemente discaban el número de mi pantalla de televisión. La selección de esas llamadas que recibía –el tacto para despedirme de un ama de casa menopáusica y atender a continuación a un niño disentérico, sin olvidarme de recibir por separado la consulta de los angustiados padres– demandaba una considerable dosis de talento, ante todo porque los propios pacientes compartían esas habilidades. Por lo general los pacientes más neuróticos los superaban ampliamente, presentándose con técnicas de montaje desarticulado, efectos agresivos de cámaras y pantallas de imagen múltiple que iban mucho más allá de los peores excesos del cine experimental. Mi primer encuentro con Margaret tuvo lugar cuando ella me llamó durante una atareada mañana de operaciones. Al echar una mirada a lo que todavía se conocía con nostalgia como “sala de espera” –la muestra visual donde se proyectaban breves perfiles fílmicos de los pacientes del día– habría comúnmente postergado para el día siguiente a cualquier paciente que se hubiese presentado sin una cita. Pero me sentí inmediatamente impresionado, primero por la edad de esa joven –parecía andar cerca de los treinta– y luego por su notable palidez. Bajo un pelo rubio cortado casi al rape, los ojos pocos brillantes y la boca delgada ocupaban un rostro casi ceniciento. Comprendí que, a diferencia de lo que ocurría conmigo y con todos los demás, ella no usaba maquillaje para las cámaras. Eso explicaba tanto sus frígidos tonos cutáneos como su apariencia poco juvenil: en la televisión, gracias al maquillaje, se habían desterrado para siempre las crueles divisiones cronológicas, y todo el mundo tenía veintidós años, fuera cual fuese su edad verdadera. Debe haber sido esa ausencia de maquillaje lo que sembró la idea de conocer a Margaret en persona, una idea que florecería diez años más tarde con consecuencias tan devastadoras. Intrigado por su apariencia inclasificable, deseché a los otros pacientes e inicié nuestra consulta. Me dijo que era masajista, y luego de un peámbulo cortés me planteó su problema. Hacía meses que andaba preocupada por un pequeño bulto en el pecho izquierdo que, sospechaba, podía ser canceroso.
      Ensayé una respuesta tranquilizadora, y le dije que la examinaría. En ese momento, sin advertencia, se inclinó hacia adelante, desabotonó la camisa y mostró el pecho. Sobresaltado, miré ese órgano inmenso, de por lo menos sesenta centímetros de diámetro, que ocupaba toda la pantalla de mi televisor. Un código casi victoriano de ética visual gobernaba la relación médico/paciente, lo mismo que todo otro vínculo social. Ningún médico veía jamás a sus pacientes desnudos, y el sitio de cualquier dolencia íntima era siempre indicado por el paciente mediante diagramas. Hasta entre las parejas casadas la exposición parcial de los cuerpos era una relativa rareza, y los órganos sexuales permanecían velados detrás de los filtros más vaporosos, o se aludía a ellos tímidamente mediante el intercambio de dibujos. Desde luego, funcionaba un canal pornográfico clandestino, y prostitutas de ambos sexos ofrecían su mercadería, pero ni siquiera las más caras aparecerían en vivo, sino que se cambiaban por una tira de película pregrabada que las mostraba en el momento del clímax.
      Esas admirables convenciones eliminaban todos los peligros del enredo personal, y esa liberadora ausencia de afecto permitía a todos los que así lo deseasen explorar el espectro más completo de posibilidades sexuales, y preparaba el terreno para el día en que todos pudiesen disfrutar sin culpa de las perversidades y hasta de las psicopatologías sexuales.
Mientras miraba el pecho y el pezón enormes, con sus geometrías inexorables, decidí que la mejor manera de tratar a esa joven de franqueza tan excéntrica era pasar por alto el hecho de que se hubiese apartado de la convención. Después que el examen infrarrojo confirmó que el nódulo que se sospechaba canceroso era en realidad un quiste benigno se abotonó la camisa y dijo:
      –Es un alivio. Llámeme, doctor, si alguna vez necesita un curso de masajes. Me encantaría devolverle el favor.
      Aunque ella todavía me intrigaba, yo ya iba a pasar los créditos dando por concluida esa extraña consulta cuando su oferta casual anidó en mi cabeza. Curioso por verla de nuevo, arreglé una entrevista para la semana siguiente.
      Sin darme cuenta, yo ya había empezado a cortejar a esa joven insólita. La noche de la cita casi sospeché que era una especie de prostituta novicia. Sin embargo, mientras estaba tendido en el canapé de mi sauna, discretamente vestido, manipulando mi cuerpo según las instrucciones de Margaret, no hubo el menor indicio de lascivia. Durante las noches siguientes nunca detecté un solo rastro de conciencia sexual, aunque a veces, mientras hacíamos juntos los ejercicios, mostrábamos al otro bastante más de nuestros cuerpos que muchas parejas casadas. Margaret, comprendí, era una mujer impúdica, una de esas raras personas sin sentido de la timidez y con poca conciencia de las emociones lujuriosas que pueden despertar en los demás.
Nuestro cortejo entró en una fase más formal. Comenzamos a salir juntos… quiero decir que compartíamos las mismas películas en la televisión, visitábamos los mismos teatros y las mismas salas de concierto, mirábamos las mismas comidas preparadas en restaurantes, todo dentro de la comodidad de nuestras respectivas casas. En realidad, a esa altura yo no tenía la menor idea de dónde vivía Margaret, si a diez o a mil kilómetros de donde yo estaba. Disimuladamente al principio, intercambiamos viejas películas de nosotros mismos, de la infancia y de la escuela, de nuestros sitios de temporada favoritos en el extranjero.
      Seis meses más tarde nos casamos, en una espléndida ceremonia realizada en la capilla más exclusiva de los estudios. Asistieron más de doscientos invitados, y condujo la ceremonia un sacerdote famoso por su dominio de la técnica de la pantalla de imagen múltiple. Se proyectaron contra el interior de una catedral películas pregrabadas de Margaret y de mí tomadas por separado en nuestras propias salas de estar, y se nos mostró caminando juntos por un inmenso pasillo.
      Para la luna de miel fuimos a Venecia. Compartimos con alegría las vistas panorámicas de las multitudes en la Plaza San Marcos, y miramos los Tintorettos en la Escuela de la Academia. Nuestra noche de bodas fue un triunfo del arte de la dirección de cámaras. Acostados en nuestras respectivas camas (Margaret estaba en realidad unos cincuenta kilómetros al sur de donde estaba yo, en un complejo de enormes edificios de departamentos), cortejé a Margaret con una serie de movimientos de cámara cada vez más atrevidos, que ella contestaba de un modo dulcemente provocativo disolviendo y borrando tímidamente la imagen. Cuando nos desvestimos y nos mostramos el uno al otro las pantallas se fundieron en un último y amnésico primer plano…

Desde el principio hicimos una hermosa pareja, compartiendo todos nuestros intereses, pasando más tiempo juntos en la pantalla que ninguna pareja conocida. A su debido tiempo, mediante AID, fue concebida y nació Karen, y poco después de su segundo cumpleaños en al jardín de infantes residencial se le agregó David.
      Siguieron otros siete años de felicidad doméstica. Durante ese período me labré una notable reputación como pediatra de ideas avanzadas por mi defensa de la vida familiar: esa unidad fundamental, como yo decía, de cuidados intensivos. Insistía reiteradamente en que se instalasen más cámaras en las casas de integrantes de familias, y provoqué una vigorosa polémica al sugerir que las familias debían bañarse juntas, andar desnudas sin vergüenza por sus respectivos dormitorios, y hasta que los padres deberían asistir (aunque no en primer plano) al nacimiento de sus hijos.
      Fue durante un agradable desayuno familiar compartido que se me ocurrió la extraordinaria idea que cambiaría tan dramáticamente nuestras vidas. Yo miraba la imagen de Margaret en la pantalla, disfrutando de la belleza de la máscara cosmética que usaba ahora; esa máscara, que se volvía más gruesa y más trabajada a medida que pasaban los años, la hacía parecer cada vez más joven. Yo gozaba de la manera elegantemente estilizada en que nos presentábamos ahora al otro: por fortuna habíamos pasado de la seriedad de Bergman y de los amaneramientos fáciles de Fellini y Hitchcock a la serenidad clásica y a la sutileza de René Clair y Max Ophuls, aunque los niños, con su pasión por la cámara de mano, se parecían a otras tantas miniaturas de Godard.
Recordando la manera brusca en que Margaret se me había mostrado la primera vez, comprendí que la prolongación lógica de esa franqueza –sobre la que yo efectivamente había edificado mi carrera– era que todos nos encontrásemos en persona. Durante toda mi vida, reflexioné, yo nunca había visto, y mucho menos tocado, otro ser humano. ¿Quiénes mejor, para empezar, que mi propia mujer e hijos?
Le propuse la idea a Margaret con vacilación, y me encantó que aceptase.
      –¡Qué idea extraña, y maravillosa! ¿Por qué diablos no se le habrá ocurrido a nadie antes?
Decidimos instantáneamente que la arcaica prohibición de encontrarse con otro ser humano sólo merecía que no se le hiciese caso.

Desdichadamente, por razones que no entendí en el momento, nuestro primer encuentro no fue un éxito. Para no confundir a los niños, limitamos deliberadamente el primer encuentro a nosotros dos. Recuerdo los días de espera mientras hacíamos los preparativos para el viaje de Margaret, una empresa bastante complicada dado que la gente casi nunca viajaba si no era a la velocidad de la señal de televisión.
      Una hora antes que ella llegase desconecté las complejas precauciones de seguridad que sellaban mi casa protegiéndola del mundo exterior, las señales de alarma electrónicas, las rejas de acero y las puertas herméticas.
Por fin sonó el timbre. Desde la puerta interior de la sala de entrada solté los pestillos magnéticos de la puerta principal. Unos segundos más tarde entró en la sala la figura de una mujer pequeña, de hombros estrechos. Aunque estaba a más de ocho metros de distancia la vi con claridad, pero casi no logré darme cuenta de que ésa era la mujer con la que había estado casado durante diez años.
Ninguno de nosotros llevaba maquillaje. Sin la máscara cosmética, el rostro de Margaret parecía pálido y enfermizo, y los movimientos de sus manos blancas eran nerviosos e inseguros. Me impresionó lo avanzado de su edad y, ante todo, su pequeñez. Durante años había conocido a Margaret como un inmenso primer plano en una u otra de las enormes pantallas de televisión de la casa. Hasta en las tomas de cierta distancia solía ser más grande que esa mujer encorvada y diminuta que vacilaba en el extremo de la sala. Me costaba creer que alguna vez me hubiesen excitado esos pechos vacíos y esos muslos estrechos.
      Avergonzados el uno del otro, nos quedamos sin hablar en los dos extremos de la sala. Sabía por la expresión de Margaret que ella estaba tan sorprendida de mi aspecto como yo del de ella. Por añadidura, había en su mirada un aire curiosamente penetrante, un elemento casi de hostilidad que yo no había visto nunca antes.
      Sin pensar, busqué con la mano el picaporte de la puerta interior. Margaret ya había regresado a la entrada, como si temiera que yo fuese a encerrarla para siempre en la sala. Antes que yo pudiese hablarle ella había dado media vuelta y desaparecido.
      Después que ella se fue probé con cuidado las cerraduras de la puerta principal. Alrededor de la entrada flotaba un olor suave y no del todo agradable.

Luego de ese primer encuentro frustrado Margaret y yo volvimos a la pacífica felicidad de la vida conyugal. Tanto me alivió verla en la pantalla que me costó creer que de verdad nos habíamos encontrado. Ninguno de los dos habló del desastre, ni de las desagradables emociones que nuestro breve encuentro había inspirado.
      Durante los días siguientes reflexioné dolorosamente sobre la experiencia. Lejos de unirnos, el encuentro nos había separado. Ahora sabía que la auténtica proximidad era la proximidad de la televisión: la intimidad de la lente que nos acercaba, el micrófono de corbata, el mismo primer plano. En la pantalla del televisor no había olores corporales ni respiración forzada, no había contracciones de la pupila ni reflejos faciales, no había juicios mutuos sobre las emociones ni superioridades, no había desconfianza ni inseguridad. El afecto y la compasión exigían distancia. Sólo a la distancia podía uno encontrar esa verdadera cercanía con otro ser humano que, con buena voluntad, quizá llegase a transformarse en amor.

Sin embargo, arreglamos un inevitable segundo encuentro. Todavía no entiendo por qué lo hicimos, pero a ambos parecían empujarnos esos mismos motivos de curiosidad y desconfianza que aparentemente más temíamos. Hablando todo tranquilamente con Margaret me enteré de que ella había sentido hacia mí la misma aversión que yo había sentido hacia ella, la misma oscura hostilidad.
      Decidimos que al siguiente encuentro llevaríamos a los niños, y que usaríamos todos maquillaje e imitaríamos lo más fielmente posible nuestro comportamiento de la pantalla. Así que tres meses más tarde Margaret y yo, David y Karen, esa unidad de cuidados intensivos, nos juntamos por primera vez en mi sala de estar.

Karen se está moviendo. Ha girado sobre el soporte de la lámpara de pie y ahora tengo su cuerpo de frente, sobre la alfombra manchada de sangre, tan desnudo como cuando se desvistió delante de mí. Ese acto provocativo, quizá destinado a despertar alguna fantasía incestuosa enterrada en la mente del padre, desató la explosión de violencia que nos ha dejado ensangrentados y exhaustos en las ruinas de mi sala de estar. A pesar de las heridas que tiene en el cuerpo, las magulladuras que le deforman los pechos diminutos, me recuerda la Olympia de Manet, tal vez pintada unas horas después de la visita de un cliente psicótico.
      Margaret también observa a su hija. Sentada, inclinada hacia adelante, enfrenta a Karen con una mirada que es a la vez posesiva y amenazadora. Fuera de una breve embestida a mis testículos, no me ha prestado atención. Por algún motivo las dos mujeres se han elegido mutuamente como blanco principal, así como David ha volcado toda su hostilidad sobre mí. No esperaba que tuviese las tijeras en la mano la primera vez que lo abofeteé. Ahora lo tengo a sólo unos pocos centímetros de distancia, dispuesto a lanzar el ataque final. Por alguna causa pareció indignarlo especialmente la exhibición de ositos de felpa que había montado para él con tanto cuidado, y por todo el piso se ven jirones de esos animales despedazados.
      Afortunadamente ahora puedo respirar con un poco más de libertad. Muevo la cabeza para observar la cámara del cielo raso y a mis concombatientes. En conjunto presentamos un aspecto grotesco. El grueso maquillaje de televisión que todos decidimos usar se ha disuelto formando una serie de extravagantes máscaras de carnaval.
      De todos modos estamos juntos al fin, y mi afecto hacia ellos supera esos pequeños problemas de acomodamiento mutuo. En cuanto llegaron, la magulladura en la cabeza de mi hijo y los oídos sangrantes de mi mujer denunciaron el estallido de una refriega potencialmente mortal. Sabía que sería un tiempo de prueba. Pero al menos estamos empezando, sentando modestamente la posibilidad de una nueva clase de vida familiar.
      Todo el mundo respira con más fuerza, y no hay duda de que el ataque comenzará dentro de un minuto. Veo las tijeras ensangrentadas en la mano de mi hijo, y recuerdo el dolor de cuando me las clavó. Me acomodo contra el sofá, preparado para patearlo en la cara. En el brazo derecho quizá tengo fuerzas suficientes para vérmelas con quien sobreviva del enfrentamiento final entre mi mujer y mi hija. Sonriéndoles cariñosamente, con la rabia espesándome la sangre en la garganta, sólo soy consciente de mis sentimientos de infinito amor.

copyright © J. G. Ballard, 1982
[Traducción de Marcial Souto]

Philip José Farmer (1918-2009)

Ayer murió en Peoria, Illinois, Philip José Farmer, escritor de ciencia ficción y larguísima carrera: nació antes de los “clásicos” estadounidenses de los años cuarenta y tuvo su periodo más prolífico y visionario en los sesenta y setenta, cuando ya tenía nietos. Sus trabajos más conocidos lo son, sobre todo, entre aficionados y especialistas, pero varios de ellos merecen (ojalá la consigan) atención de más lectores.

Autor de larguísimas series, Farmer no siempre sabía terminarlas, y en más de una ocasión pecó de escribir largo sólo porque sí, al modo de tanto autor de bestsellers que parece cobrar por kilo de papel. Sin embargo, su simple imaginación, capaz de pisotear numerosos tabúes y nutrida por una amplísima cultura, no tenía paralelo entre los escritores de su tiempo. Éste fue el autor que además de su propia obra escribió la de varios seudónimos, incluyendo a Kilgore Trout, el escritor inventado por Kurt Vonnegut; el fabulador que reescribió a Tarzán a la manera de William Burroughs y resolvió los “casos inconclusos” de Sherlock Holmes; el creador del Mundo del Río, escenario vastísimo de una historia épica en la que interviene literalmente toda la humanidad; el inventor de las historias de Wold Newton, que unifican en un solo “universo” a innumerables personajes de la ficción popular y prefiguran la Liga Extraordinaria (los libros, no la horrible película) de Alan Moore…

Una de sus novelas cortas, Jinetes del Salario Púrpura (Riders of the Purple Wage), es una de las grandes obras maestras de la ciencia ficción y, acaso, un clásico de los sesentas a la altura de los de Philip K. Dick; no todo el mundo se ha enterado porque estos textos acostumbran, ya sabemos, acabar olvidados después de cierto tiempo, víctimas de su mala reputación de objetos de consumo rápido (y de muchos lectores que no desean sino objetos de consumo rápido, y rechazan cualquier intención de experimentar o alejarse de los clichés), y peor todavía en el mundo de habla española, donde la norma son las traducciones pésimas. No estaría mal que se intentara alguna mejor que las disponibles.

Descanse en paz, pues, el autor. Ojalá sus textos no descansen.

Philip José Farmer. Fuente: locusmag.com

Philip José Farmer. Fuente: locusmag.com

David Foster Wallace (1962-2008)

Acabo de saberlo (estaba fuera): a la edad de 46 años, ha muerto el escritor David Foster Wallace; el pasado viernes 12 se suicidó en su departamento de Claremont, California, luego de haber trabajado varios años como profesor de creación literaria en el Pomona College y de haberse consagrado como uno de los mejores narradores estadounidenses de, por lo menos, los últimos cincuenta años.

Foster Wallace, promisorio y premiado desde muy joven, comenzó su carrera en 1987 y se volvió mundialmente famoso con su novela Infinite Jest (el título shakespeareano se tradujo, no del todo bien, como La broma infinita), de 1996: un libro no sólo impresionante por su longitud (más de mil páginas en letra pequeña) sino también por su erudición, por sus juegos con el lector, el texto y la cultura occidental (esta novela perfeccionó la definición de lo que entendemos por literatura posmoderna), por su rechazo del realismo más rutinario y por su retrato de una cultura estadounidense, y global al fin, sujeta a numerosas adicciones; las más tiránicas, como hemos terminado por ver en la misma realidad, no son a las drogas, sino al dinero, al consumo y al entretenimiento.

Las excentricidades de su estilo, como el uso de notas (que iban mucho más allá del texto que decían acompañar y a veces terminaban por avasallarlo), se convirtieron en parte de su imagen; pero además de un gran acróbata formal (y el poseedor de una voz rarísima, irreverente) era un pensador lúcido, que escribió numerosos ensayos y artículos sobre temas de actualidad; por ejemplo, criticó la pérdida de libertades que provocó en su país la “guerra contra el terrorismo” de la administración de George W. Bush, y tuvo entre sus temas más constantes el modo en que la ironía, en nuestra cultura contemporánea, muchas veces termina no por afilar la percepción de aquello de lo que se burla sino por mellarla.

Además, era un gran maestro del cuento, y escribió varias historias que pueden considerarse obras maestras, a la vez profundas y penetrantes y capaces de proponer renovaciones en esa forma añeja. Una de las mejores es “Adult World” (“Mundo adulto”), incluido en Brief Interviews With Hideous Men (Entrevistas breves con hombres repulsivos, 1999): a la vez un ejemplo de pericia técnica y la mejor descripción moderna que he encontrado de la epifanía: el descubrimiento crucial, el instante que cambia una vida humana.

No solamente yo llego con retraso a esto: al parecer, hundidos como estamos en nuestros horrores recientes y el letargo de las fiestas, en México no nos hemos enterado, o por lo menos no se ha publicado casi nada, acerca de la muerte de Foster Wallace (justo es decirlo, yo lo supe por esta nota del portal de Bellas Artes, pero no tiene más referencias que boletines de periódicos).

[Actualización: hallo más tarde breves notas sobre el tema en los blogs de Jaime Mesa, Tryno Maldonado y David Miklos.]

La necrológica de El País es excelente. Esta nota de La vanguardia ofrece varios enlaces interesantes (y las típicas especulaciones sobre cómo el escritor suicida habría “prefigurado” su muerte). En The Paris Review se han enlazado dos cuentos (en inglés) del escritor: “Little Expressionles Animals” (“Pequeños animales Inexpresivos”) y el #6 de la serie “Brief Interviews With Hideous Men”. Acá nos queda preguntarnos las razones de final semejante (de nuevo: lo típico) y seguir leyendo (Foster Wallace, por suerte, nunca fue típico).

Tarde: no se atina a qué hacer cuando estas nuevas llegan

Mi pésame a la querida María Elena Aura por la muerte de su hermano, el poeta Alejandro Aura. Y a todos los amigos y familiares del dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda. Dos minutos de silencio, o más aún.

Thomas M. Disch (1940-2008)

El 4 de julio se suicidó Thomas M. Disch, uno de los más interesantes escritores estadounidenses. Fue narrador, poeta y crítico literario y tiene la distinción de haber sido favorito tanto de Stephen King como de Harold Bloom (en cuyo Canon occidental figura En alas de la canción, una de sus mejores novelas). En sus últimos años, según declaraba, sus editores le habían rechazado numerosos proyectos y su situación se volvía cada vez más precaria, lo que agravaba una depresión que padecía desde la muerte de su pareja de treinta años, el poeta Charles Naylor, en 2004.

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El centinela

El cuento del mes llega un día antes: ha muerto en Colombo, Sri Lanka, el escritor Arthur C. Clarke.
Nacido en la ciudad de Minehead, en Inglaterra, en 1917, Clarke fue, además de un célebre autor de ciencia ficción, un científico, un gran divulgador y un pionero de varios avances tecnológicos importantes (entre ellos destaca el satélite de comunicaciones, cuyos principios básicos fueron propuestos por Clarke en 1945). Nunca se le consideró uno de los grandes estilistas de su especialidad, y en muchos casos su capacidad imaginativa y especulativa rebasaba con mucho a la hechura de sus personajes o sus tramas. Sin embargo, tuvo la fidelidad de millones de lectores y creó una obra que siempre buscó provocar el asombro y alentar con él la investigación y la reflexión (que es el mejor de los efectos que puede lograr la ciencia ficción tradicional). Por último, debe considerarse el hecho de que escribió la historia que sigue, y de la que partió el proyecto de la película 2001: una odisea del espacio de Stanley Kubrick.
Por supuesto, el guión de la película (en el que Kubrick y Clarke colaboraron) es muy diferente del texto original, y dedica a la trama completa de “El centinela” (publicado originalmente en 1948) sólo unos pocos minutos. Pero el cineasta se sintió atraído a la historia por la forma en la que trata dos temas centrales de la mejor literatura especulativa: la pequeñez de la especie humana y la vastedad del universo en la que existe. Con todo lo “retro” que podría parecer ahora el ambiente del cuento, sus sugerencias más audaces no han perdido la vigencia que tenían hace sesenta años.

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Stanislaw Lem (1921-2006)

Stanislaw Lem en 1966

La noticia ha empezado a dar la vuelta al mundo: hace algunas horas murió Stanislaw Lem, escritor polaco, gran maestro de la ficción especulativa y, no lo dudo, el único autor contemporáneo que podría haberse comparado al mismo tiempo con H. G. Wells y Jonathan Swift. Su tema central era la insignificancia (o el absurdo) de la condición humana, y Lem lo abordó desde la perspectiva de la ciencia; esta elección o este destino lo convirtió en un artista visionario, el más grande de quienes comprendieron –nunca fueron muchos– tanto la belleza como la insidia de la idea del progreso: de la creencia en la perfectibilidad de nuestra especie.
Sus libros “más conocidos” forman una lista que resulta no ser breve. En ella están colecciones de cuentos como Fábulas de robots (1964) o Diarios de la estrellas (1957), inclasificables como Vacío perfecto (1971) y Un valor imaginario (1973), y novelas como El invencible (1964) y Solaris (1961). Ésta fue llevada al cine en dos ocasiones, por Andrei Tarkovsky (1972) y por Steven Soderbergh (2002); la segunda versión es muy inferior a la primera, y ambas son muy distintas del libro, que demuele con finura y dolor la idea de que el ser humano puede –o desea– comprender o comprenderse en el cosmos.
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