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Juan Hernández Luna (1962-2010)

(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)

Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna

Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones “de género” y en especial de novelas policiacas. Continuar leyendo ‘Juan Hernández Luna (1962-2010)’

La teoría de la fisura

Además de todo lo demás (un par de libros; textos por obligación y placer; anotaciones para esta bitácora y para la sufrida cuenta de Tuiter), estoy preparando un par de cursos: ambos serán de novela y se repartirán entre revisar textos de los asistentes y hablar de la teoría (si es que es posible: si hay una sola, o varias ideas que pudieran ensamblarse para parecer una sola) de la novela.
      Entre otras referencias, está la del pasaje siguiente, que proviene de Pietr el letón (1931), la primera de la larga serie de novelas del inspector Maigret escritas por Georges Simenon. Maigret está vigilando desde afuera, y en tiempo tormentoso y desagradable, la casa del sospechoso, y sus pensamientos vagan hacia estas ideas sobre el descubrimiento y la detección:

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Presentación: Asesinos

Reproduzco este boletín, que me fue enviado por Karina Franco, con la invitación correspondiente.

Distribuidora Akrópolys y Adriana Hidalgo Editora se complacen en invitarle a la primera presentación en México de un libro del catálago de Adriana Hidalgo editora:

Asesinos de Álvaro Abós (compilador)

Con los comentarios de Eduardo Antonio Parra, Hugo César Moreno e Ignacio Prado

La cita es el 7 de mayo de 2010 en el Colegio de Saberes (Berlín 39, colonia Juárez) a las 20:00 horas.

Vino de honor.

Sobre la antología:
Ningún gran escritor se ha privado de narrar un crimen aun cuando su intereses temáticos estuvieran muy lejos de lo criminal. Pero, al mismo tiempo, todo gran escritor, al contar un crimen, preserva su mundo más genuino.
      Este libro pasea por todos las formas posibles de narrar el crimen: a veces por la voz de un testigo que puede ser la voz de un narrador impersonal, a veces por la voz de la víctima, a veces por la voz del asesino, sin excluir una experiencia notable: en uno de los cuentos que integran esta antología,la víctima será… el propio lector.
      Los relatos sobre crímenes revelan algunas lecciones sobre la literatura, como por ejemplo que casi toda narración tiene un argumento a la vista y otro escondido. Y a veces, lección segunda, los criminales no son los que empuñan la daga o aprietan el gatillo.
      En varias de las historias aquí reunidas, la angustia y el temblor de los escritores enfrenta a uno de los asesinos más temibles, ese que no tiene cara ni nombre, ni conciencia: el Estado.
      En otros cuentos, el crimen pareciera estar ausente y habrá que esperar a la última línea para que él estalle como una granada escondida, y sus esquirlas contaminen retrospectivamente el relato, que el lector deberá entonces releer.
En ciertos casos el crimen está tan incrustado en las conciencias de los protagonistas que no sólo hay que esperarlo sino reconstruirlo.

Sobre el compilador:
Álvaro Abós, nacido en Buenos Aires, es narrador y ensayista. Ha publicado novelas como “Restos humanos”, “El simulacro”, “El crimen de Clorinda Sarracán” y “Cinco balas para Augusto Vandor”. Sus cuentos, que han obtenido premios en México, Cuba y España, están reunidos en los libros “De mala muerte” (1986) y “La baraja trece” (Adriana Hidalgo Editora). Es autor de “Al pie de la letra. Guía literaria de Buenos Aires.” Entre sus ensayos se cuentan “La columna vertebral”, “El poder carnívoro”, “Delitos ejemplares”, y el “Cautivo”, sobre el mural pintado por David Alfaro Siqueiros en Buenos Aires y Eichmann en Argentina.

Tres más de la Feria de Minería

Tres novedades más en la Feria del Libro del Palacio de Minería:

1. En el stand de la editorial Almadía puede encontrarse ya el nuevo número, el cuarto, de la revista Número 0, dirigida por Pablo Raphael y Guadalupe Nettel. El tema del número es la fama, y en él aparece un nuevo cuento mío, “La llegada del reino”. La premisa de la historia es simple: ¿quién sería, si lo deseara, el junior más famoso de todos, el galán verdaderamente imbatible, la única celebridad auténticamente inmortal?

Ilustración de "La llegada del reino" (clic para ampliar)

Ilustración de "La llegada del reino"
(clic para ampliar)

También hay muchos otros textos, claro, y de autores como Bret Easton Ellis (!), Enrique Serna, Daniela Tarazona, Gonzalo Viñao, Alejandro Robles, Eloy Urroz, Wendy Guerra, Sandra Lorenzano y Lolita Bosch.

2. En quince minutos (y no podré ir, lo que lamento mucho) se presentará en la Feria (en el Salón de Actos del Palacio de Minería) la antología Negras intenciones, reunión de cuentos policiacos compilada por Rodolfo JM y publicada por la editorial Jus. El libro, por otra parte, estará a la venta a partir de hoy y (desde luego) incluso después de que la Feria termine. La colección (uno de los mejores testimonios de la salud del género negro entre nosotros, y la primera antología de un escritor excelente) incluye cuentos de F.G. Haghenbeck, Paul Medrano, Orlando Ortiz, Yolanda de la Torre, Gerardo Sifuentes, Alfonso Morcillo, Ricardo Guzmán Wolffer, J.M. Servín, Bernardo Fernández BEF, Antonio Malpica, Mauricio Alvarado, Rodolfo J.M., Edgar Omar Avilés, Vicente Alfonso y Benito Taibo.

Negras intenciones

3. Y otra novedad de Jus: este domingo, a las 17:00 horas, la editorial presenta en el auditorio 3 de la Feria el libro Lenta turbulencia, colectivo de cuatro de los autores jóvenes más talentosos de Michoacán: Luis Miguel Estrada, Alfredo Carrera, Atahualpa Espinosa Magaña y Edgar Omar Avilés. Espero poder ir a ésta, y desde ya queda la recomendación.

Lenta turbulencia

El camino de regreso

 
Dashiell Hammett
 

Este breve cuento es de Dashiell Hammett (1894-1961), uno de los grandes de la narrativa negra, creador de figuras tan famosas como el detective Sam Spade. Su escenario es inusual: permite ver el carácter de los personajes de Hammett, “duros como un huevo que se ha cocido demasiado” (éste es el significado del término hard boiled) en circunstancias extraordinarias.

“El camino de regreso” (“The Road Home”) se publicó por primera vez en 1922 en la legendaria revista Black Mask bajo el seudónimo de Peter Collinson.

EL CAMINO DE REGRESO
Dashiell Hammett

—¡Está loco si deja pasar esta oportunidad! Le concederán el mismo mérito y la misma recompensa por llevar las pruebas de mi muerte que por llevarme a mí. Le daré los documentos y las cosas que tengo encerrados cerca de la frontera de Yunnan para respaldar su historia, y le aseguro que jamás apareceré para estropearle el juego.
      El hombre vestido de caqui frunció el ceño con paciente fastidio y desvió la mirada de los inflamados ojos pardos que tenía frente a sí para posarlos más allá de la borda del jahaz, donde el arrugado hocico de un muggar agitaba la superficie del rio. Cuando el pequeño cocodrilo volvió a sumergirse, los grises ojos de Hagerdorn se clavaron nuevamente en los del hombre que le suplicaba, y habló con cansancio, como alguien que ha contestado a los mismos argumentos una y otra vez.
      —No puedo hacerlo, Barnes. Salí de Nueva York hace dos años con el fin de atraparle, y durante dos años he estado en este maldito país, aquí en Yunnan, siguiendo sus huellas. Prometí a los míos que me quedaría hasta encontrarle, y he mantenido mi palabra. ¡Vamos, hombre! —añadió, con una pizca de exasperación— Después de todo lo que he pasado, no esperará que ahora lo eche todo a rodar… ¡ahora que el trabajo ya está casi terminado!
      El hombre moreno, ataviado como un nativo, esbozó una sonrisa untuosa y zalamera y restó importancia a las palabras de su captor con un ademán de la mano.
      —No le estoy ofreciendo un par de miles de dólares; le ofrezco una parte de uno de los yacimientos de piedras preciosas más ricos de Asia, un yacimiento que el Mran-ma ocultó cuando los británicos invadieron el país. Acompáñeme hasta allí y le enseñaré unos rubíes, zafiros y topacios que le dejarán boquiabierto. Lo único que le pido es que me acompañe hasta allí y les dé un vistazo. Si no le gustaran, siempre estaría a tiempo de llevarme a Nueva York.
      Hagedorn meneó lentamente la cabeza.
      —Volverá a Nueva York conmigo. Es posible que cazar hombres no sea el mejor oficio del mundo, pero es el único que tengo, y ese yacimiento de piedras preciosas me suena a engaño. No le culpo por no querer volver… pero le llevaré de todos modos.
      Barnes dirigió al detective una mirada de exasperación.
      —¡Es usted un imbécil! ¡Por su culpa perderé miles de dólares! ¡Maldita sea!
      Escupió con rabia por encima de la borda, como un nativo, y se acomodó en su esquina de la alfombrilla de bambú.
      Hagedorn miraba más allá de la vela latina, río abajo: el principio del camino a Nueva York, a lo largo del cual una brisa pestilente impulsaba al barco de quince metros con asombrosa velocidad. Al cabo de cuatro días estarían a bordo de un vapor con destino a Rangún; otro vapor les llevaría a Calcuta, y finalmente, otro a Nueva York… a casa, ¡después de dos años!.
      Dos años en un país desconocido, persiguiendo lo que hasta el mismo día de la captura no había sido más que una sombra. A través de Yunnan y Birmania, batiendo la selva con minuciosidad microscópica, jugando al escondite por los ríos, las colinas y las junglas, a veces un año, a veces dos meses y a veces seis detrás de su presa. ¡Y ahora volvería triunfalmente a casa! Betty tendría quince años… toda una señorita.
Barnes se inclinó hacia adelante y reanudó sus súplicas con voz lastimera.
      —Vamos, Hagedorn, ¿por qué no escucha a la razón? Es absurdo que perdamos todo ese dinero por algo que ocurrió hace más de dos años. De todos modos, yo no quería matar a aquel tipo. Ya sabe lo que pasa; yo era joven y alocado, pero no malo, y me mezclé con gente poco recomendable. Aquel atraco me pareció una simple travesura cuando lo planeamos. Y después aquel hombre gritó y supongo que yo estaba excitado, y disparé sin darme cuenta. No quería matarlo y a él no le servirá de nada que usted me lleve a Nueva York y me cuelguen por aquello. La compañía de transportes no perdió ni un centavo. ¿Por qué me persiguen de este modo? Yo he hecho todo lo posible para olvidarlo.
El detective contestó con bastante calma, pero toda la benevolencia anterior había desaparecido de su voz.
      —Ya sé…, ¡la vieja historia! Y las contusiones de la mujer birmana con la que estaba viviendo también demuestran que no es malo, ¿verdad? Basta ya, Barnes; afróntelo de una vez: usted y yo volvemos a Nueva York.
      —¡Ni hablar de eso!
      Barnes se puso lentamente en pie y dio un paso atrás.
      —¡Preferiría morirme…!
      Hagedorn desenfundó la automática una fracción de segundo demasiado tarde. Su prisionero había saltado por la borda y nadaba hacia la orilla. El detective cogió el rifle que había dejado a su espalda y se lanzó hacia la barandilla. La cabeza de Barnes apareció un momento y después volvió a sumergirse, emergiendo de nuevo unos cinco metros más cerca de la orilla. Río arriba, el hombre del barco vio los arrugados hocicos de tres muggars que se dirigían hacía el fugitivo. Se apoyó en la barandilla de teca y evaluó la situación.
      «Parece ser que, después de todo, no podré llevarmelo con vida…, pero he hecho mi trabajo. Puedo disparar cuando vuelva a aparecer, o dejarlo en paz y esperar a que los muggars acaben con él.»
      Después, el súbito pero lógico instinto de solidaridad con el miembro de su propia especie contra enemigos de otra borró todas las demás consideraciones, y se echó el rifle al hombro para enviar una andanada de proyectiles contra los muggars.
      Barnes se encaramó a la orilla del río, agitó una mano por encima de la cabeza sin mirar hacia atrás, y se internó en la jungla.
      Hagedorn se volvió hacia el barbudo propietario del jahaz, que había acudido a su lado, y le habló en su chapurreado birmano.
      —Lléveme a la orilla —yu nga apau mye— y espere —thaing— hasta que le traiga: thu yughe.
      El capitán meneó la negra barba en señal de protesta.
      —Mahok! En esta jungla, sahib, un hombre es como una hoja. Veinte hombres podrían tardar una semana o un mes en encontrarle. Quizá tardaran cinco años. No puedo esperar tanto.
      El hombre blanco se mordió el labio inferior y miró río abajo… el camino a Nueva York.
      —Dos años… —dijo para sí, en voz alta—. Me costó dos años encontrarle cuando no sabía que le perseguía. Ahora… ¡Oh, demonios! Quizá tarde cinco. Me preguntó que hay de cierto en eso de las joyas.
      Se volvió hacia el barquero.
—Iré tras él. Usted espere tres horas —señaló al cielo—. Hasta el mediodía, ne apomha. Si entonces no he vuelto, márchese: malotu thaing, thwa. Thi?
      El capitán asintió.
      —Hokhe!
      El capitán aguardó cinco horas en el jahaz anclado, y después, cuando la sombra de los árboles de la orilla oeste empezó a cernirse sobre el río, ordenó que izaran la vela latina y la embarcación de teca se desvaneció tras un recodo del río.

© Dashiell Hammett, 1922

De descubrimientos


Georges Simenon, Maigret. Barcelona, Tusquets, 2004. 170 pp.

Este año se cumplirán veinte de la muerte del narrador belga Georges Simenon (1903-1989), autor de más de doscientas novelas publicadas con su nombre o con uno de 27 seudónimos. Gran maestro de la novela negra, desdeñado por algún tiempo debido a su popularidad (y hasta que no sólo le llegó el reconocimiento de escritores consagrados, sino que demostró su talento en una gran cantidad de novelas alejadas de lo policial: los llamados libros duros que escribió para la editorial Gallimard), resulta un escritor muy capaz de atraer todavía hoy, cuando tantos de sus contemporáneos –y varios muy ilustres entre ellos– han sido olvidados.

Sus libros centrales son los del inspector Maigret, uno de los grandes detectives de la literatura de occidente, que comenzaron a publicarse en 1931. Maigret, de 1934, es de los libros más notables de la serie no sólo porque, en su momento, fue escrito por Simenon para cerrarla, pues el creador estaba harto de la creatura y deseaba probar suerte con otros proyectos literarios (al final, luego de unos pocos años Simenon regresó a Maigret y siguió escribiendo sus aventuras hasta 1972). Además, la situación inicial elegida por Simenon en esta historia particular da para algunas variaciones interesantísimas de las convenciones de la narración policiaca.

Éste es un detective que, al contrario de la mayoría, está casi inerme: con ya un par de años de retiro, y separado de sus antiguos subordinados en la policía de París, el ex-inspector Maigret se entera de que un sobrino suyo, más bien inexperto y estúpido, está acusado de un asesinato. Para peor, el sobrino es policía y obtuvo el puesto gracias a Maigret. Éste viaja a París y busca el modo de limpiar el nombre del sobrino, y encontrar al verdadero culpable, sin más ayudas que su inteligencia, su conocimiento del mundo criminal y la poca influencia y buena voluntad que le quedan en el departamento de policía. Éste no es el agente del orden de las series de televisión, con presupuesto ilimitado, la gallardía de la juventud y todos los recursos existentes a su disposición. Tampoco es un hombre absolutamente seguro de sí mismo: duda de su capacidad, por momentos se desespera, está a punto de llorar cuando un testigo se le escapa después de que él le ha salvado la vida…

Las fantasías de poder que estamos acostumbrados a mamar de los medios masivos intentan hacernos olvidar las debilidades y hasta la misma materialidad de nuestros cuerpos: este Maigret, en cambio, no sólo es un héroe de catadura dudosa, y bastante lejos de su plenitud, sino además un hombre que necesita esforzarse: resopla, se cansa, tiene dificultades para recorrer una porción de su ciudad que en otra época habría podido atravesar corriendo. Allá quienes crean que éstas son limitaciones o defectos del personaje; sin que Simenon intente acercar su escritura a la de los grandes realistas del siglo XIX (no le hace ninguna falta), sus personajes y ambientes logran, y en un espacio relativamente muy breve, la misma “ilusión de verdad”, la misma impresión de verosimilitud, y además una impresión centrada no en los objetos o los ambientes sino en los personajes, en sus sensaciones, sus pensamientos, su aspecto y (si se puede decir de este modo) el lugar que ocupan en el espacio: el papel que cada uno juega en la intriga de la novela y en el mundo que Simenon construye. Esto significa que el libro puede “atraparnos” (ese efecto tan sobrevaluado), pero lo hace de un modo distinto, con una seguridad y una audacia pasmosas. Por ejemplo, en la mayoría de los “manuales modernos” de escritura leeremos que está “mal” saltar bruscamente de un punto de vista a otro, y que aún un narrador omnisciente en tercera persona debe reducir al mínimo el número de puntos de vista que elige, a riesgo de caer en el cliché de los bestsellers de Arthur Hailey y otros por el estilo, siempre repletos de subtramas inútiles pero sensacionales; en cambio, Simenon, cuyo talento es anterior además de superior, no sólo introduce muchísimos saltos de un personaje a otro, y a veces tan breves como uno o dos renglones de texto, sino que se mete en cualquier personaje, sin importar lo pequeño o insignificante que sea, cuando juzga necesario comunicar una impresión particular que sólo ese personaje puede tener.

Por último, las dos escenas más llamativas del libro son episodios apasionantes y a la vez grandes lecciones de escritura. En el primero, Maigret va y se sienta en un rincón de un café durante un día entero, y desde su mesa, con su sola presencia y un par de trucos simplísimos, consigue inquietar, enervar y al fin poner en seria crisis a los criminales a quienes persigue. En el segundo, cuando ha logrado meterse en el departamento del autor intelectual del crimen, no tiene idea de cuál fue su papel en el asesinato y por un tiempo se dedica sólo a incordiarlo, haciendo vagas acusaciones que son como palos de ciego…, pero de pronto, en el intercambio de frases, Maigret comprende a su adversario: descubre cómo piensa, quién es, qué pudo haber hecho y qué no el día del crimen, y en ese momento el esclarecimiento del asesinato (nos dice la voz de Simenon, que preside los hechos) se vuelve menos importante que el descubrimiento del hombre: del ser humano, o por lo menos de la representación de lo humano que es un personaje.

Crear un personaje novelesco es exactamente ese proceso de descubrimiento: exactamente esa averguación azarosa, descontrolada, incierta, que de pronto (si se tienen la suerte y el empeño de Maigret y de Simenon) lleva a la revelación. De modo que la metáfora es perfecta. Pocas veces se puede decir eso de la obra de nadie: sin exageración, es una de las marcas del genio.

Convocatoria: Poe 2009

[ACTUALIZACIÓN del 22/12/09: el proyecto Poe ha concluido, pero su página principal sigue manteniendo los enlaces y textos reunidos durante el año. Gracias a todos los lectores y amigos que colaboraron en este esfuerzo durante 2009]

Las Historias convoca, desde ahora y para todo el año 2009, a una celebración virtual de la obra y la vida de Edgar Allan Poe (1809-1849), el escritor estadounidense, autor de cuentos clásicos como “El pozo y el péndulo” o “William Wilson” y poemas como “El cuervo” y “Annabel Lee”, además de gran iniciador de la literatura de horror contemporánea, la ciencia ficción y la narrativa policial.

Retrato de Poe por Oscar Halling, copiado del daguerrotipo «Thompson», uno de los últimos retratos del escritor (1849)

Retrato de Poe por Oscar Halling, copiado del daguerrotipo «Thompson», uno de los últimos retratos del escritor (1849)

La idea es reunir un gran depósito de textos, noticias y materiales diversos en castellano en torno al escritor y su obra: los archivos en inglés son bastante buenos pero no los de nuestro propio idioma. La invitación es para a todos los interesados a participar con trabajos propios o con los hallazgos que hayan hecho en la red. Se puede hacer de este modo:

1. Todo lo que ya esté publicado en la red se enlazará desde una página especial. Se aceptan propuestas de todo tipo de publicaciones: traducciones de los textos de Poe, reproducciones de textos de otros autores alrededor de Poe, cuentos, ensayos o poemas inspirados en el trabajo del escritor, video, animación, instalaciones virtuales…

2. Se podrán publicar también textos originales. Las historias ofrece espacio para un máximo de dos publicaciones por mes aquí mismo, también en páginas especiales, con los créditos correspondientes y respetando los derechos de cada autor. Se vale cualquier tipo de texto: ensayos, cuentos, poemas, lo que se quiera.

3. Para proponer enlaces a otros sitios en la red, basta dejarlos en la sección de comentarios de esta nota. Para proponer textos nuevos, se puede enviar un mensaje de correo electrónico mediante esta forma de contacto.

Antes de fin de año aparecerá aquí mismo la primera contribución: un par de traducciones nuevas de textos poco conocidos de Poe.

Se agradece desde ya toda la ayuda que pueda haber para difundir esta convocatoria.


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Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



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