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Un ensayo, dos décadas, tres partes

En el nuevo número de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (#137 abril-mayo de 2010), ha aparecido un ensayo mío: “Lo fantástico y Gabriel García Márquez”. Es una versión mejorada de un texto que leí el año pasado en una mesa redonda sobre Gabo; también es mi opinión sobre varios lugares comunes alrededor del realismo mágico, las posibilidades futuras de ese subgénero (debo decir que no le veo muchas) y la idea de “realidad” que parece defender. La revista se puede conseguir en los proverbiales locales cerrados…

Crítica 137

… y el texto comienza así:

Tengo que empezar con una anécdota de mi propia vida. Descubrí la obra de Gabriel García Márquez en la infancia –primero una edición de sus cuentos; más tarde Cien años de soledad– y entendí que él escribía literatura fantástica.
Así es el azar de las lecturas sin guía, que por lo demás son casi todas: sin que nadie se lo propusiera, los más de mis primeros libros e historias podían etiquetarse como de ese “subgénero” –que sigue siendo un bicho raro y ligeramente apestoso entre nosotros– y nadie me dijo que García Márquez fuera radicalmente distinto. Tampoco lo parecía: para mí estaba entre Jorge Luis Borges y Philip K. Dick, y el conjunto de sus historias se me figuraba uno más de los tratados mitológicos, como mi primera versión de la tragedia de los nibelungos (que venía con unas ilustraciones preciosas) o la obra de H. P. Lovecraft. Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, se me hacía pariente lejano de Urashima, el pescador que se fue a vivir al fondo del mar, donde el tiempo pasa más rápido; el ascenso al cielo en cuerpo y alma de Remedios la Bella, que pone a la belleza física por encima de la virtud en el orden del universo, me pareció la expresión de una injusticia no menos grande que la de la serpiente que se come la planta mágica de la juventud en la historia de Gilgamesh. Y así sucesivamente.
Más tarde he seguido pensando lo mismo incluso contra el desdén y las malas lecturas habituales, que hacen más o menos ruido pero no desaparecen: las grandes obras de imaginación me siguen pareciendo más interesantes que las que se limitan a repetir el mundo y, desde luego, que las historias ñoñas y confortables que habitualmente se etiquetan como “fantasía”. Pero comencé a entender las dificultades que tiene lo fantástico justamente a partir de mi primer encuentro con García Márquez. Por años me intrigó que, profundizando en aquellos autores y aquellos libros, era posible encontrar trazas, influencias, de muchos autores cruciales de siglos pasados y aun del XX en otros posteriores…, pero no de Gabo. Emiliano González le debía a Lovecraft, a los modernistas, a Borges; el gran Mario Levrero soñaba como Kafka; John Crowley hacía malabares con Carroll y Nabokov; Angélica Gorodischer retomaba a Calvino; José Luis Zárate jugaba con Stoker y las películas del Santo; Neil Gaiman reescribía la obra de James Branch Cabell, etcétera. ¿Dónde estaban los sucesores de García Márquez? ¿Dónde estaba la obra fantástica que buscara las alturas de su modo de contar, de su capacidad de invención?
La respuesta fue desalentadora (…)

* * *

En estos días se cumplen veinte años de que terminé La luna y 37’000,000 de libras, un librito que usted no conoce y no leerá nunca. Lo publicó en Toluca, en 1990, el Centro Toluqueño de Escritores; sin ese apoyo temprano, y tal vez injustificado, no habría continuado escribiendo.
La estructura alocada del libro (no exactamente cuento, ni novela; no de una sola trama, no sin fragmentos contradictorios) le debe todo a Mario Levrero; el título es una caricatura de La luna y seis peniques de Somerset Maugham y la imaginación era la mía, para bien o mal: me sigue dando risa que algunos de sus lectores de entonces (no todos) hayan comprendido solamente sus defectos y se hayan indignado, por ejemplo, con la idea de que una compañía de focos destruyera la luna sólo para cambiarla por una bombilla gigante
–No puede pasar, es físicamente imposible –dijeron–. Y es injusto burlarse así de una empresa que genera fuentes de trabajo…
Una caricatura de lo que pasó entonces (no: un cuento basado muy vagamente en aquel tiempo, y a la vez una especie de pesadilla/fantasía masoquista) se puede leer aquí. Pero no pienso en nada de eso al recordar ese libro. Al contrario, pienso que sigo escribiendo. Y pienso en lo por venir: en que si tengo suerte será tan libre como fue aquello, y tan raro, y habrá alguien a quien interese.

La musa de 1990

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Quería completar esta nota con un documental en tres partes sobre Jan Svankmajer, quien será familiar para algunos lectores de esta bitácora. Está en inglés pero las imágenes, al menos, son impagables… Entonces descubrí que el audio de la tercera parte fue borrado por YouTube, el servicio donde los videos se alojan. En la página dice, escuetamente, “Este vídeo contiene una pista de audio que no ha sido autorizada por WMG. El audio se ha desactivado”. WMG es Warner Music Group, una de las empresas discográficas más poderosas del mundo.
Esto me hace pensar que las formas actuales (y las por venir) de protección de los derechos autorales no sólo favorecen más a las grandes empresas (como ya sabíamos), sino que tienen enormes fallas en su concepción, en sus alcances. Es simplemente esto: si todos respetamos (o somos obligados a respetar) sus reclamaciones, ¿WMG –o cualquier otra corporación– estaría dispuesta a hacer que circularan de manera legal todos los “contenidos” bajo su control? Estos videos, a juzgar por el número de visitas que han tenido, no son de lo más popular en YouTube: nadie se ha hecho rico con ellos, y sin embargo son valiosos. ¿Irá a contar ese valor más allá del monetario?
Supongamos que de verdad se llega a la distribución de video pagado por internet que varios proponen: yo pagaría por ver un documental como éste, pero ¿estaría disponible? ¿O sólo se me ofrecerían, como en la tele por cable, los estrenos del mes (por tiempo limitado) y unas pocas películas basura? ¿Todo lo que no venda rápido y grandes cantidades estará condenado al olvido cuando seamos expulsados de la publicación en la red?

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Retazos del 25 de octubre

 

Se ha perdido una niña

Ésta es la portada de Se ha perdido una niña de Galina Demikina (1982), traducción del original ruso (1977) publicada por la Editorial Progreso de la URSS. Haciendo clic en la imagen se ampliará. Éste es el libro que Roberto regala a Ilse en “Se ha perdido una niña”.

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Reviso el texto sobre García Márquez. Su centro va a ser la idea siguiente: aquel cliché de que “la realidad siempre supera a la ficción” (al igual que la versión de G. G. M.: “la realidad siempre rebasa a la imaginación”) es de hecho una idea fantástica. No tiene sentido sino como metáfora. La vieja historia del balazo en el pie…, aunque tantas personas repitan y repitan las frases como si fueran prueba de algo.

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Ayer, en Metepec, me dijeron que el extracto de Los esclavos que apareció en la antología Grandes Hits no se lee tan bien como lo que aparece en la novela. Es verdad, dije, porque es una versión previa. Pero luego debí ser sincero y lo seré ahora: esa versión inicial realmente no estaba tan bien. Un año de revisiones y los consejos de varias personas (entre ellas varios amigos, y uno que parecía serlo) median entre ella y lo que apareció en el libro. No es la primera vez que esto me sucede cuando me piden textos para una antología. Tal vez debo dejar por completo de publicar textos tan deprisa: aceptar que a mí me salen más o menos bien con mucha más lentitud de lo habitual (eso sí, los “genios instantáneos” me siguen pareciendo patéticos).

* * *

Ayer, en Metepec, también, tuve mi primera lectura de cuentos en años. ¿Cómo pude dejar pasar tanto tiempo? Puedo decirlo: los escuchas, que llenaron el bar 2 de abril, se la pasaron muy bien, y yo igualmente.
      De verdad, ¿cómo pude dejar pasar tanto tiempo? En parte es que no tenía textos nuevos para presentar… y que Los esclavos no es tan divertido para leer en voz alta (es una novela, después de todo, y las novelas están hechas para leerse en silencio, individualmente). Pero ahora habrá ocasión de retomar aquella buena costumbre.

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Una mala costumbre: hasta el momento, he tenido el gusto de que todas las reseñas totalmente desfavorables que he leído sobre Los esclavos son también a) o despreciativas o malévolas y b) escritas por personas que no entendieron nada: que ignoraron por completo diversos aspectos del libro que otros, incluso para hacer reparos, no pasaron por alto.
      Ahora, me entero, hay un par más de esas reseñas que no he leído aún…, pero como el gusto ya mencionado decrece con el tiempo (tampoco es para tanto), probablemente no las leeré. De todas maneras, una vez publicado el libro ya no pertenece a quien lo hizo, como se dice con frecuencia.

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Esto no es un intento de escribir un diario. Para empezar, no sucederá todos los días, ni mucho menos. Pero tal vez sirva para que esta bitácora se vuelva más flexible. Además, tal vez así quede más clara aquella idea de la cámara de maravillas… Sobre la que habrá más, pero más tarde.

* * *

Fantasmagorie (1908), de Émile Cohl (hallado por Aurelio Asiain):

Gabo en Bellas Artes, Los esclavos en Monterrey

Dos invitaciones para días consecutivos: una mesa redonda sobre Gabriel García Márquez el sábado en la ciudad de México, y una presentación de mi novela Los esclavos el domingo, en Monterrey. Van los detalles:

1. La Coordinación de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, dentro de una serie de homenajes a Gabriel García Márquez, ha organizado una mesa redonda: “El otoño del Patriarca. Conversaciones sobre García Márquez”, en la que tendré el gusto de participar junto con Ana Clavel, Álvaro Enrigue y Fabrizio Mejía Madrid; moderará Gastón García Marinozzi y hablaremos no sólo sobre los libros del autor de Cien años de soledad, sino sobre su legado: la influencia que ejerce en la literatura actual. La cita es en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes (Eje Central y Juárez, Centro Histórico de la ciudad de México) este sábado 17 a las 12:00 horas.

Gabriel García Márquez

2. Unas veintisiete horas después, es decir, a las 15:00 horas del domingo 18, estaré presentando mi novela Los esclavos en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, Nuevo León. La cita es en la Sala A de la Feria, que se encuentra en elCentro Internacional de Negocios de Monterrey / CINTERMEX (avenida Fundidora #501, colonia Obrera, Parque Fundidora, Monterrey). Si se animan, nos vemos en cualquiera de estas ocasiones.

Portada de Los esclavos

Los sueños de Michael Jackson

(Nota del 4 de agosto: he hecho algunas modificaciones en el texto.)

Con su permiso, una nota un poco alejada de los temas habituales de esta bitácora:

 
Funeral de Michael Jackson. (Foto: agencia EFE)

Funeral de Michael Jackson. (Foto: agencia EFE)

1. Los_funerales_de_la_Mamá_Grande.García_Márquez.AC.wiki

Ahora que el mundo sacudido en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que las sanguijuelas de Hollywood, los abogados de Neverland, los pensionados de Indiana, las madres sustitutas de Beverly Hills, los cantantes y los deportistas, los cirujanos plásticos y los doctores siniestros, los productores y los promotores, los testigos profesionales y los fans from hell han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus heredades los presidentes de las compañías disqueras y sus ministros y todos aquellos que representaron a los poderes privados y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales de la última semana: ahora que Wacko Jacko ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en la red a causa de los mensajes huecos, las frases hechas, las mismas imágenes monstruosas repetidas millones de veces, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que no fue al entierro pero lo reportó infinitamente, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción universal, antes de que lleguen la semana próxima y la nueva noticia sensacional e imbécil.

2. Uno de los pormenores

es que no está tan mal que la presente nota comience con un texto remasticado (o más precisamente, wikificado) y que en un año, si no es que en una semana, será ininteligible. El culto de Michael Jackson fue (será, todavía por un tiempo) el culto de lo reciclado: lo resucitado, alterado, comprado y vendido mucho más allá de su propio tiempo.
      Esto no es ninguna novedad, por supuesto. No sólo su obra (sus canciones, sus videos, sus presentaciones en vivo) es un conjunto de objetos de consumo rapidísimo salidos de la fábrica de la música pop y que, en lugar de ser echados al tiradero y olvidados deprisa, como era su propósito, resultaron, gracias a su éxito enorme, materia de incontables versiones, parodias, referencias, chistes y, por supuesto, nuevas obras pop; además, su obra subalterna (su imagen pública, sus locuras y sus escándalos, todo aquello de lo que vivieron por décadas las sanguijuelas de Hollywood y de todas partes) fue a nutrir sus propios caldos de cultivo; además, el propio trabajo de Jackson tuvo sus fuentes y precursores, y muchos de ellos descendían del legendario Tin Pan Alley, el conjunto de creadores de música estrictamente comercial que dominó la escena estadounidense a principios del siglo XX. Hablar del legado musical de Michael Jackson como algo distinto o “más elevado” que el pop no tiene sentido.
      Ahora bien: la obra de Jackson es lo que es, pero Irving Berlin, Hoagy Carmichael, George Gershwin y muchos otros que ahora juzgamos grandes pertenecieron al Tin Pan Alley. La fama de Jackson se debió en buena parte a la publicidad, desde luego, así como a la buena suerte de sus proyectos y otras muchas circunstancias ajenas a éstos, pero también a su talento, que existía y era grande, como Joe, su padre abusivo y violento, supo desde que Jackson era un niño. Y el problema de conciliar el talento innegable con los usos y el destino del talento, así como con el monstruo en el que Jackson se convirtió, está lejos de ser nuevo en la historia humana y no debería ser motivo de tanta risa ni escarnio por parte nuestra. No finjamos: los monigotes sin talento nos dan esperanza o nos dan pena, los talentos bellos nos causan envidia, los discretos –los desprovistos de una “imagen pública”– nos causan extrañeza…, pero los monstruos talentosos nos fascinan: en lugar de sólo mostrarnos lo que no tenemos, nos permiten creer que nuestra mediocridad es mejor, que somos más “normales”, más “humanos”, simplemente porque no somos como ellos.
      Por lo tanto, “ellos” nos definen a “nosotros”: se convierten en imágenes de nuestros propios males y nuestra propia locura.

3. Los sueños

Imposible conocerlos, desde luego: los que verdaderamente eran suyos eran intransferibles, como los de cualquiera, monstruo o no. Pero pasa que la parte más interesante de la obra de Michael Jackson no es la música (realmente no lo es), sino sus interpretaciones, y en especial sus videos, que son extensiones de sus actuaciones en vivo en las que el lenguaje del cine permite a su imagen hacer (decir) mucho más de lo que podría en un escenario. En especial esto se logra mediante los números de baile, siempre en el “centro” del video, siempre complicados y espectaculares. Quién sabe cuántas personas tuvieron injerencia en cada uno de estos trabajos; no puede negarse, creo, el interés y la influencia del mismo Jackson en la mayoría de ellos (y en especial en los largos, que de hecho son cortometrajes y mediometrajes que se proponen como tales, incluyendo títulos y créditos), simplemente porque todos son tan semejantes y dejan ver, a lo largo de tramas más bien tenues y formulaicas, una serie constante de intereses y apetencias.
      Lo más llamativo en todos, además del regodeo en las coreografías, es desde luego una visión infantil –o ingenua, para decirlo con más justicia– de la vida, que se va acentuando con los años pero que está allí desde el comienzo: se ve en la trama idealista de Beat it (1983), en la que una guerra entre pandillas rivales puede impedirse simplemente con la aparición de Jackson en el papel de joven bueno y decente (está en su casa mientras todos los delincuentes están en la calle), que media unos pocos segundos entre ambos bandos y luego pone a todos a bailar.

Está también en Bad (1987), en el que otro buen joven arquetípico vuelve de la preparatoria y se enfrenta a sus antiguos amigos del barrio, con quienes ya no se identifica. Ellos quieren obligarlo a ser un delincuente y él se resiste. Martin Scorsese, quien dirigió el corto, logra sacar una actuación decorosa de Jackson y también que las partes actuadas, rodadas en blanco y negro –y en las que destaca Wesley Snipes como el antagonista–, tengan una sobriedad y una elegancia notables…

      Pero en el video, por otra parte, se ve más clara una constante que con el tiempo será cada vez más importante: una división entre dos mundos de cada historia, uno “real” y lleno de dificultades (o bien aburrido y convencional) y otro idealizado, en el que el personaje central –Jackson, siempre– tiene mayor capacidad para expresarse y cambia de aspecto para volver visibles, tangibles, sus pensamientos, o bien para actuar con más facilidad, o bien para convencer de algo a otros. Cuando el joven decente de Bad discute con sus viejos amigos, lo hace cantando y bailando: la película pasa del blanco y negro al color y Jackson cambia de vestimenta bruscamente y sin ninguna explicación para verse como una suerte de pandillero muy estilizado, que además aparece rodeado de otros muchos “pandilleros”: un cuerpo de baile que imita invariablemente sus pasos y, si bien parece amenazador, no hace nada salvo colaborar en coreografías espectaculares y corear, al final, una admonición que el personaje hace a los amigos. Cuando éstos aceptan dejarlo en paz y se retiran, la imagen vuelve al blanco y negro y muestra al joven vestido como al comienzo, y solo; el número da la impresión de haber sido una metáfora de una discusión “real”, pero lo “real” está en blanco y negro: el otro mundo es más real todavía.

      Este paso de un mundo a otro ya está en Thriller (1983), el video más famoso de Jackson, pero resulta un poco más oscuro porque ocurre aparte del contraste entre el hombre lobo de la película que los personajes ven (y que es un pastiche del cine de serie B de los años cincuenta) y los monstruos que luego los persiguen y que provienen de La noche de los muertos vivientes de George A. Romero. Los zombies serán luego el cuerpo de baile de Jackson, lo que sugiere que son parte del juego que el personaje quiere jugar, y que consiste simplemente en asustar, de manera inocente, a su “novia”, tal como lo sugiere la letra de la canción. Es una mirada infantil de la experiencia del cine de horror y, de hecho, la película es mucho menos violenta de lo que parece: lo más tremendo está siempre fuera de cuadro y, como en Hollywood, el acento está en las reacciones de los personajes.

      Jackson parece más bien asexuado cuando presuntamente quiere enamorar a su chica (interpretada por Ola Ray), sea en la película o en el mundo “fuera” del cine. Pero esta ausencia de sexualidad es otro rasgo frecuente. Algunos comentaristas han observado que la imagen heterosexual y dominante que parece obligatoria para tantos cantantes pop, y que Jackson siempre procuró mantener, resultaba cada vez más endeble, como si el cantante no se sintiera especialmente interesado en ella. Videos como Billy Jean (1983) y Remember the Time (1992), aunque la sugieren, también y en cambio proponen la idea narcisista (puesta en imágenes de un lugar común, de hecho) de los personajes de Jackson como criaturas mágicas –más que sexuadas– que ocasionan efectos inusitados en su entorno incluso sin proponérselo. Sus aspiraciones son sólo escapar de sus perseguidores y burlarse de ellos un poco: jugar; tal vez es como dicen todos y Jackson, en efecto, “extrañaba” la infancia normal que no tuvo jamás, la idealizaba, jugaba a ser un niño y con el tiempo sus verdaderos intereses y obsesiones fueron volviéndose más y mas notorios…
      Con esto, por cierto, no me refiero estrictamente a sus transformaciones físicas. Como sabemos, Jackson mantuvo su delgadez y su fragilidad con los años, pero también, gracias a las famosas cirugías plásticas, fue adquiriendo la pinta cada vez más terrible que lo volvió un freak, objeto de irrisión y miedo más que de simpatía para el grueso de la opinión pública global; sin embargo, es mucho más interesante el preguntarse por las causas de esta metamorfosis, más que por los efectos. Aquí entra el complejo de Peter Pan, otro lugar común, y también la noción incomodísima, políticamente incorrecta, del blanqueo de su piel: aunque Jackson siempre estuvo encuadrado como intérprete de música negra, y su estilo como entertainer continúa con brillantez los logros de una doble estirpe de grandes músicos y bailarines afroamericanos, lo que Jackson eligió hacer con la fortuna que amasó fue intentar separarse de su origen de manera radical y sorprendente. ¿Estaría buscando –de manera absoluta, dolorosamente literal– el ideal racista de belleza y libertad que todavía defienden tantas porciones de la cultura estadounidense?

      La insistencia de Jackson en el mundo de la infancia parece correr paralela a sus modificaciones corporales, pero, por supuesto, muchos creyeron que intentaba contrapesar las decepciones de la adicción quirúrgica, que nunca le dio (por lo que parece) una cara con la que pudiese estar en paz. En todo caso, el discurso de los videos de Jackson se vuelve más y más infantil a medida que éste aleja de su momento de máxima popularidad, a mediados de los ochenta, y se vale de cada vez más caricaturas, chistes y juegos (incluyendo la presencia cada vez más frecuente de niños, siempre en actitud de encontrarse a gusto y felices alrededor de Jackson) que contradicen incluso la presunta gravedad de algunas letras y temas.

      (Esta contradicción se da de modo notable en Smooth Criminal (1988), en el que varios niños observan el baile complejísimo de Jackson y los suyos por las ventanas del burdel; no hay impresión alguna de peligro ni de urgencia; todos están disfrazados, parecen decir las imágenes, y sólo están jugando. Jackson, incluso, ataca a un bailarín como parte de su coreografía, y los movimientos estilizados están muy lejos del combate escénico que se ve en el cine de acción e incluso del slapstick.)

      Con el tiempo, los personajes se sitúan en entornos cada vez más extraños y poco familiares: escenarios abstractos en vez de calles, altas torres en vez de habitaciones comunes: en cierto modo el mundo ideal tiene cada vez más preeminencia o su relación con la “realidad” importa menos. A partir de los años noventa, además, empieza a cobrar importancia en los videos la discusión de la idea del “fenómeno” en el que Jackson se transforma, de su aislamiento creciente y de su resentimiento para con quienes no lo comprenden. En los noventa, cuatro videos son la cúspide de esta tendencia. Black or White (1991) fue objeto de muchas críticas por su excentricidad pero es, de hecho, una serie de asociaciones libres, literalmente un sueño puesto en la pantalla que argumentalmente no tiene ningún sentido pero, en realidad, no necesita tenerlo. Entre diversos números de baile, se representa una vez más el rechazo a la violencia (y en especial a la discriminación racial), pero sólo de manera momentánea y superficial, en algunos momentos de la letra y en la secuencia final, en la que Jackson, curiosamente, destruye un automóvil y varios objetos en una calle, todos marcados con lemas racistas; aunque esta escena es sumamente violenta, queda la impresión de que se trata de una rabieta: un gesto de frustración o de enojo que no se podría traducir a un ataque verdadero. Otras partes del video lidian con la idea de la transformación física, que se tiene por positiva (un ser o muchos hombres y mujeres de muchos aspectos y razas cambian de forma, y todos sonríen, en una secuencia técnicamente muy brillante); la mayor parte del tiempo se dedica sólo a juegos con efectos especiales, guiños presuntamente humorísticos, caprichos: el video es un muestrario de lo mejor que podía hacer la tecnología digital de la época y tiene la misma capacidad de atención, el mismo interés por lo brillante y lo inmediato, que un niño pequeño.

      En Scream (1996), un dueto con su hermana Janet, Jackson no sólo protagoniza el video más caro de la historia hasta aquel momento (7 millones de dólares) sino que muestra su imagen ideal de un entorno seguro, protegido de las críticas y presiones que ya eran parte de su vida gracias al deterioro de su reputación: en una nave espacial entre la Luna y la Tierra, sólo están él y su hermana, que pueden dedicarse a entretenimientos simples, a lidiar con el tedio y a sobrellevar, de vez en cuando, las voces remotas que los hacen sentirse “presionados” y “con ganas de gritar”. El grito, por supuesto, es de rabia y hartazgo, aunque la letra sugiere la necesidad del fortalecimiento interior contra la adversidad y el desahogo de la ira de formas que evitan la confrontación directa.

      Aunque Scream anunció una serie de posibilidades interesantes (Michael Jackson abordando de manera directa e imaginativa su nuevo estatus de estrella, ya no asimilada sino enfrentada a la sociedad del espectáculo), éstas no fueron cultivadas en la obra posterior del artista. Childhood (1997), uno de sus escasos videos sin números de baile, es la expresión más pura de lo que vino después y es una imagen más amarga e impotente de aislamiento. No hay nada salvo un mundo soñado, cursi pero sugerido con toda seriedad, y Jackson no puede entrar en él: no puede elevarse como los niños de verdad que viajan en barco hacia la luna, y si bien la letra sólo sugiere la incomprensión general de alguien que sólo añora los placeres inocentes de la infancia, la cara de Jackson –que ya no puede calificarse de bella, como aún podía suceder tras las cirugías de la época del álbum Bad (1987) y aun de las efectuadas alrededor del Dangerous (1991)– resulta inquietante y turbadora. El rostro se ha vuelto en contra del alma.

      Por último, Ghosts (1996), el más largo video de Michael Jackson (39 minutos de duración), es todavía más significativo, pues Jackson abandona en él toda pretensión de normalidad e interpreta a un descastado: el Maestro, un supuesto hechicero que, dicen los habitantes de un pueblo pequeño, asusta a los niños; éstos lo niegan pero un grupo numeroso encabezado por el alcalde va a tratar de expulsarlo. Siguen varios números de baile, que una vez más emplean la mejor tecnología disponible, en los que el Maestro y su ballet de fantasmas asustan a los adultos menos para darles una lección, se diría, que para contrastar sus actitudes con las de los niños, que se muestran siempre fascinados por el personaje de Jackson. La insistencia en la complejidad de los movimientos llega a ser tediosa; también, los cortes entre los bailarines y los personajes humanos, pero este video es otro tipo de sueño: una repetición constante del mismo mensaje simplísimo: los niños entienden a Michael Jackson aunque los demás no lo hagan.

      Todo es un juego de espejos sumamente retorcido. Alrededor del minuto 28, el alcalde, poseído por el Maestro, no sólo baila igual que Michael Jackson sino que se transforma en un ser monstruoso y se burla de sí mismo: “¿Quién da miedo ahora? ¿Quién es fenómeno? ¿Quién es el niño fenómeno?” Pero esto es un soliloquio en más de un sentido: el alcalde del pueblo es… también Michael Jackson, maquillado hasta quedar irreconocible. El creador de toda la historia, el responsable último de su realización dispendiosa y exagerada, no estaba seguro, tal vez, de no ser un fenómeno, y tenía que insistir en una discusión ya no con rivales ni con extraños, sino consigo mismo.
      Esta duda se vuelve más urgente y desesperada en el último video largo de Jackson, You Rock My World (2001), en el que se repiten muchos gestos de antaño (baile como metáfora de una pelea, presencia de bailarines como signo del paso a “otro” mundo…, incluso se repite la búsqueda de algún prestigio fílmico al modo de Bad, con una brevísima actuación de Marlon Brando), pero no sólo Jackson oculta su cara, vuelta ya una máscara horrible, tanto tiempo como puede. Cuando un gángster lo reta (“Tú no tienes nada, tú no eres nada”), Jackson, intentando regresar al papel de ligador de sus primeros videos, pero más improbable que nunca, renuncia por primera vez al baile, recurre a la violencia directa y explícita y tira al gángster de un puñetazo. Pero el gesto del niño que nunca había querido pelear es leve y llega tarde: no puede dar la cara -literalmente- y la cámara está más con Chris Tucker, con Brando, con quien sea, que con la propia estrella, que ya no puede verse. La infancia desaparece pero nada ocupa su lugar.

* * *

La vida no ofrece moralejas: el universo es una plenitud de sucesos aleatorios en los que la conciencia humana apenas puede ejercer influencia, y la razón por la que intentamos (y decimos) hallar patrones y simetrías en lo que nos rodea es simplemente que reconocer nuestro ínfimo tamaño nos parece intolerable. De manera que no hay una moraleja de la historia de Michael Jackson, ni siquiera si se deja confinada a sus actuaciones en video. Cuando mucho, tengo la certeza de que la rareza del artista no es tan inusitada ni tan inexplicable en una cultura donde los adultos se llaman “niño” y “niña” con frecuencia, donde “la juventud” es un valor de cambio (la condescendencia de quienes llaman viejitos a los ancianos me parece repugnante) y donde lo más que pueden lograr las clases ilustradas ante casi cualquier problema es asumir una serie de poses, repetir una serie de chistes, salir por la tangente con una serie (la misma serie, siempre) de frivolidades. Michael Jackson es el resumen y el epítome de nuestro propio infantilismo.

Un amor disparejo (y otras opiniones)

He aquí el resto de los apuntes que debía sobre el viaje a Canadá que hice en octubre pasado. Se podría titular también “Inocentes en el extranjero”, como aquel libro de Mark Twain, de no ser porque los hallazgos que mencionaré a continuación podrían hacerse (al menos en teoría) sin salir en absoluto de este país, sólo aplicando un poco de imaginación y rechazando la idea, tan confortable, de que en todas partes las cosas son como aquí.

0
–No me gusta lo de los blogs –me dijo un autor canadiense– porque es dar gratis el trabajo de uno.

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Una de las actividades del Wordfest en las que participé en la ciudad de Calgary fue una mesa redonda sobre blogs y medios alternativos; fuimos ponentes Tish Cohen, una escritora de allá, y yo mismo. La conversación fue una de las pruebas más notorias de que Canadá, en lo que concierne a su literatura y sus escritores, es otro planeta: hablé de Las historias, Caza de Letras y otros proyectos basados en la red y lo que dije fue recibido con interés, pero estaba (noté, demasiado tarde) fuera de foco: la idea era más bien discutir el modo en el que se puede usar el blog u otros medios alternativos para promover autores y lanzamientos editoriales, complementando lo que ya hacen casas editoras y agentes literarios.

La mayoría de las editoriales de México –incluso las grandes, a las que no puede acusarse de falta de recursos pero en muchos casos prefieren publicar a quien ya sea famoso: no están interesadas en crear ellas mismas el reconocimiento público de sus autores– promueve sus novedades y catálogo en una escala que allá parecería minúscula. Y va a ser peor en el futuro inmediato, cuando menos, debido a la crisis económica mundial. Y no hay manera de que un agente literario se gane la vida promoviendo la publicación de libros y autores en México: no sólo no existe la costumbre, sino que el mercado editorial es, como sabemos, pequeñísimo: la decadencia de nuestro sistema educativo (que no se queda, por cierto, en las escuelas públicas) tiene la culpa de que la lectura sea para nosotros una actividad desagradable, que se lleva a cabo sólo para obtener información útil y de empleo inmediato: para pasar un examen.

En Calgary dije justamente todo esto; hubo comentarios genuinamente amables sobre la precariedad de la situación de los escritores en México y Tish Cohen tuvo la gentileza de recomendarme a su propio agente; tal vez lo busque cuando no sólo tenga completa la nueva novela (por suerte, la que viene para febrero será promovida por la propia editorial: yo carezco de cualquier don de gentes) sino pueda traducir al inglés las cinco primeras páginas de la misma, que son las que el agente pide –ya investigué– para decidir si le interesa o no encargarse del libro y el autor en cuestión.

2
Algunos días más tarde, en Banff, fui invitado a un par de mesas de trabajo con invitados al Wordfest, artistas residentes en el Banff Centre y otros escritores vinculados con el mismo: todo fue organizado por Steven Ross Smith, director de actividades literarias del centro. Las conversaciones tuvieron que ver con dos temas: “¿Es la literatura la más conservadora de las artes?” y otra vez “Nuevos medios y literatura”.

Desde luego, la definición de “conservadurismo” no podía tener relación con la política; desde luego, inseguro que es uno, me preparé para explicar, si hacía falta, que no sabía cómo sería en Canadá pero, si de algo servía comparar, es verdad que muchos artistas de por aquí sólo crean para poder vivir del presupuesto del Estado e insertarse en grupos de poder, pero llamarlos conservadores implica un falseo: no sólo el antónimo más próximo (“liberales”) carece de sentido en el contexto, sino que los autores que trabajan de esta manera tienen las más diversas inclinaciones políticas…, y en cualquier caso la práctica va ya de salida, pues los gobiernos actuales están cada vez menos interesados en el favor de los intelectuales: los opinadores con influencia que estuvieron tan cerca del régimen del PRI durante buena parte del siglo XX.

Pero no debí molestarme. Supe que todos mis preparativos eran inútiles cuando comenzó la discusión y entendí que el conservadurismo del que se hablaba era conservadurismo de primer mundo, es decir, el problema era intentar comprender cómo es afectada la libertad creativa de los escritores por el hecho de tener que producir para nichos definidos de mercado, de los que una vez que se ha entrado no se sale tan fácil (o de que el Gran Elector de los libros canadienses, el que más influye en qué se publica y qué no, es el encargado de decidir qué se vende y qué no en las librerías de la cadena Chapters, la más grande del país).

Las diferencias entre la situación de Canadá y la de aquí produjeron algún interés también, pero en esta ocasión hablé de eso nada más de pasada. Ocurrió de este modo: alguno de los escritores participantes observó que, después de todo, el hecho de que en la literatura siempre tiene que haber historias con planteamiento, desarrollo y desenlace es una restricción invencible que limita enormemente las posibilidades de innovación, acaso más que en cualquiera de las otras artes.

–Aunque, bueno –agregó–, está la poesía.

–Que también es literatura –agregó una poeta–. Aunque no venda.

–No tener la presión del mercado –dijo una escritora de non fiction– debe ser una experiencia muy distinta.

–Es que –dije yo, más o menos– a lo mejor la situación de aquí y las restricciones particulares que hay impiden verlo, pero –y una parrafada muy larga y vacilante que se puede resumir así: tal vez no se puede ver tan fácilmente, pero hay que recordar que el potencial del lenguaje es enorme. Me extraña un poco que no se recuerde. Por ejemplo (obsérvese mi amabilidad de buen salvaje), en aquellos países pequeños y arruinados como el mío, en los que simplemente no hay ninguna posibilidad de vivir de la escritura, hay muchas personas buscando y encontrando cosas distintas que decir, y maneras distintas de decirlas, y se atreven a explorarlas, a experimentar, aunque sólo sea porque no hay ninguna presión para conformarse a un mercado. Estos lugares (y sobre todo, sus espacios más marginales: editoriales pequeñas, blogs, etcétera) son laboratorios donde todavía se pueden realizar estas búsquedas, pero si se pueden realizar allá se podrían realizar, en potencia, en cualquier lugar donde se practicara la literatura…

Alguien más pidió: –¿Podemos no decir “literatura”?

La propuesta puede sonar muy mal leída en otro contexto, pero en el momento fue claro que la persona que hablaba se sentía insegura: la “literatura” era distinta de la “narrativa” (fiction…, y ni hablar de la non-fiction, esa categoría que acá hemos importado tan sin pensar) porque la primera palabra se refiere a algo con pretensiones artísticas. En su gran mayoría, éstos eran escritores que, muy razonablemente, podían pensar en vender su trabajo y ganarse la vida con él y que en muchos casos no habían tenido que pasar jamás por ninguna de las consideraciones sobre el trabajo artístico que en América Latina siguen siendo (al menos para algunas personas) tan importantes.

Esto último quedó aún más claro cuando uno más de los escritores participantes se lanzó, un poco agriamente, a recordar a todos que todos ellos estaban en un negocio y agregó que él despreciaba todas esas discusiones pretenciosas (arty-farty; como se puede inferir el término es despectivo de otra manera). Él estaba interesado en crear un producto, hallar un nicho de mercado, promover eficazmente y al costo más barato posible, ver cómo maximizar el número de unidades del mismo que podía “mover”, etcétera.

3
La poeta a la que cité poco antes dijo también, en otro momento:

–El problema con los poetas canadienses es que sólo leen a otros poetas canadienses.

Hay que agregar a esta afirmación la impresión que se tiene al visitar una librería Chapters y encontrar que no hay un solo libro escrito por un mexicano (ni siquiera del grupo de Crack, a quienes llegué a ver por ahí en un viaje anterior; ni siquiera de Carlos Fuentes), nada de Roberto Bolaño pese a su fama creciente como el nuevo autor latinoamericano, y apenas dos o tres tomos de García Márquez o Isabel Allende. Hay que agregar también la constatación de que, pese a su escasa presencia, los dos o tres tomos que he mencionado bastaban para dar la impresión de que había representada una “literatura latinoamericana” y de que, del mismo modo, había al menos unos pocos ejemplares de absolutamente todos los géneros y subgéneros que puedan citarse.

Hace un par de años leí esta nota en el primer Monorama, en la que mi querido Bernardo Fernández (Bef) reproduce y elogia opiniones de Bruce Sterling contra la ignorancia y la insularidad (el chauvinismo, o más precisamente el mirarse el ombligo, como se dice aquí y allá: navel gazing) de escritores de América Latina que intentan abrirse paso en el mercado internacional. En ese entonces me chocaron ideas como éstas:

Esos escritores no se sientan y dicen “Hoy voy a escribir algo que un extranjero tendría que leer… algo que realmente les importe a esos extranjeros, algo que sea crucial para su bienestar”. Si intentaran hacerlo, tendrían que “entender” a esos extranjeros cabalmente, leer sus libros, mirar sus películas, incluso hasta casarse con alguno de ellos. Hay muy pocos escritores con esa ambición. Quieren que el mundo repare en ellos y en lo maravilloso que hacen. No quieren perjudicar su ecuanimidad y enterarse de que el mundo está lleno de miles de millones de personas que no tienen ningún buen motivo para leerlos.

… y ahora me parece que su consejo suena muy bien pero no es nada más que una ilusión: hay casos, desde luego, de autores de lenguas ajenas a la inglesa que logran ser traducidos y hasta tener éxito en ese ámbito distinto, pero creer en la posibilidad de la asimilación masiva, incluso sacrificándolo todo a ella, es una tontería: el mercado editorial en lengua inglesa no necesita a nadie, se basta a sí mismo y produce básicamente todo lo que sus lectores piden. Es posible que algo no pedido tenga éxito, claro, pero lo tendrá a contracorriente del mercado, que siempre se irá por la ruta del menor esfuerzo y el menor riesgo…, y esto es particularmente cierto en el caso de los subgéneros, en los que el “producto” se crea de entrada a partir de ciertas reglas y estándares. ¿A quién le va a interesar una novela de vampiros hecha en México, por ejemplo, si los libros de Stephanie Meyer ya existen y se puede distribuir globalmente? ¿Quién querrá tomarse la molestia de siquiera leerlo, si en el propio mundo de lengua inglesa, sin tener que pasar por una traducción, ahora mismo se están escribiendo al menos diez años de imitaciones de Crepúsculo?

El paso que la mayoría de los escritores “internacionales” de aquí intentan dar es el de México a España, desde luego. Pero, a pesar de que los problemas son ligeramente menores, son en el fondo los mismos: el camino de acercarse al idioma y las preocupaciones de allá no garantiza nada.

4
La afirmación pesimista: qué equivocados están todos quienes, acá, salpican todo lo que dicen de palabras inglesas. Su acercamiento es ilusorio: su amor (amor de conquistado, además) no será correspondido nunca.

La afirmación optimista: con todo, se podría lograr mucho entre los artistas mexicanos y los canadienses, que en el fondo habitamos dos patios traseros (distintos, pero patios al fin) de los Estados Unidos y, de diferentes formas, debemos enfrentarnos a esa relación y resentimos las desventajas en las que nos coloca.

–¿Por qué estaremos tan separados? –me preguntó una escritora canadiense, en algún momento de aquellos días.

La nueva flor de Coleridge (2/3)

En una nota de Timothy Callahan, aficionado y estudioso del cómic, descubrí la existencia del número 113 de la revista Batman (publicado en febrero de 1958): una ilustración inusual del problema de la flor de Coleridge.

La historia, con guión de Ed Herron y dibujos de Dick Sprang, es como sigue. Una noche, Batman sale de su casa en un curioso estado mental: no sabe exactamente para qué sale, por qué sin Robin, hacia dónde se dirige. Ya en el aire, en su batiplano, tiene una experiencia de lo más extraño: la cabeza le da vueltas y de pronto ya no está más en el interior del avión:

El estado de disociación en el que Batman parecía encontrarse era sólo el comienzo: ha sido transportado, por medio de una tecnología muy avanzada, al planeta Zur-En-Arrh, en el que un imitador y fanático (el científico Tlano) desempeña el papel de héroe justiciero al modo de Batman. Tlano ha traído a su ídolo y para pedirle socorro: necesita repeler una invasión extraterrestre y sólo el Batman original puede ayudarlo.

La razón: en Zur-En-Arrh Batman tiene poderes sobrehumanos semejantes a los de Supermán: es invulnerable y muy fuerte, puede volar… Estos poderes serán el complemento perfecto de la tecnología muy avanzada que posee Tlano, y de la que el aparato más llamativo es el Bat-Radia: una versión seudocientífica de la caja mágica, cuya utilidad y funcionamiento se explican con un discurso sin mucho sentido pero salpicado de términos que suenan a técnico (una estrategia habitual de la ciencia ficción y el cómic de superhéroes de la época). Por supuesto, la invasión es repelida por Tlano y Batman, y al final éste es enviado de regreso a la Tierra, pero no sin que su admirador le dé un regalo de despedida: el Bat-Radia, que “no funcionará en la atmósfera terrestre” pero será, reconoce Batman, “el constante recordatorio de una de mis más extrañas aventuras”.

El cuadro más importante de toda la historia es el último. Ya de vuelta en su avión, sin que hayan pasado más que unos instantes desde el momento de su partida, “Sería mucho más fácil considerar esto un sueño…”, dice Batman; “pero ¿cómo podría? ¡Porque en mi mano tengo el Bat-Radia!”

(la imagen se puede ampliar haciendo clic sobre ella)

Como el soñador en el fragmento de Coleridge, al que el escritor hace despertar con una flor que cortó en un sueño, Batman recibe una evidencia de su paso por un mundo del que él mismo parece dudar. Pero al contrario de lo que sucede en Coleridge, el guión de Herron no se detiene a considerar si en efecto el viaje pudo haber sido sólo un sueño, y en cambio permite que el personaje se limite a aceptar lo sucedido con una sonrisa.

La historia comienza mostrando a Batman en una especie de trance, y su aturdimiento al ir al planeta misterioso y al volver de él está sugerido con una curva que parte de su cabeza: uno de muchos signos de “taquigrafía” visual que sugieren lo invisible –como las largas líneas que indican la velocidad del movimiento en el manga clásico–, pero que, acompañada por la “irradiación” o aura que rodea al personaje, podría sugerirnos ahora gran cantidad de sobreinterpretaciones (un estado místico, una alteración semejante a las que se representan en el arte psicótico). Sin embargo, ni la historia ni el personaje sugieren tampoco que éste pudiera estar trastornado. Su concepto de lo “real” es distinto.

Historias como ésta abundaban en los años cincuenta: un signo más de la paranoia de la época (éste fue el tiempo de la “caza de brujas” anticomunista, por ejemplo) fue la campaña contra las historietas se superhéroes, muy populares durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente después, iniciada por el psiquiatra Fredric Wertham (1895-1981), discípulo de Freud y Kraepelin y emigrado a los Estados Unidos desde su Alemania natal. Wertham publicó un libro: La seducción de los inocentes (1954), en donde denunciaba al cómic existente en su tiempo por considerarlo inmoral e incitador de violencia. La reacción pública de rechazo y hostilidad hacia las revistas de historietas fue tal que las propias editoriales crearon el “Comic Code”, un sistema de autocensura que existe (aunque modificado y menos estricto) hasta hoy.  En su momento, apartarse de las normas del Comic Code era imposible, y las historietas de Batman y personajes semejantes se hallaban fuertemente sujetas; en lugar de recurrir a temas de la literatura policial, como en los comienzos del personaje, los guionistas se veían forzados a buscar historias menos “inapropiadas” que contar y frecuentemente acababan en lo más escapista de los subgéneros de lo fantástico.

Ahora bien, esos argumentos, aunque casi siempre ingenuos, eran también enormemente imaginativos. Hoy estaremos más acostumbrados al cliché del Batman “oscuro”, el justiciero torturado y violento que apareció en la película de Christopher Nolan y, previamente, en el trabajo de historietistas como Neal Adams y Frank Miller; sin embargo, antes de ellos (y de la serie televisiva contra la que se rebelaban, y que ahora podría leerse como una parodia de la versión de Nolan) el personaje fue el aventurero luminoso e impredecible de Herron, Sprang y otros creadores obligados a superar las mismas restricciones: el Batman de los cincuenta es un héroe que, a falta de una realidad tangible sobre la que actuar o comentar, se adentra en numerosas experiencias interiores, alegóricas, de la simple imaginación. De hecho, la aventura del héroe convocado por medios ignotos y transportado, en una especie de rapto que no puede explicarse, a un mundo lejano, para pelear junto a un extraño doble de sí mismo y volver casi en el mismo momento de su partida, como si sólo hubiera soñado, es bastante sencilla y hasta rutinaria si se se le ve en el contexto del “repertorio de bizarrías” (la frase es de Emiliano González)  en el que fue concebida: el personaje no era en aquel tiempo un concentrador de los temores sociales y el ánimo justiciero y puritano de los Estados Unidos, como lo es ahora, sino una sonda: un explorador de las posibilidades de la mente en una era abiertamente represiva. Más flexible que otras versiones de sí mismo: menos atado por convenciones “realistas”, este Batman puede aceptar simplemente la existencia del aparato mágico que está en su mano e integrar esta aventura a todas las demás sin que su cordura corra peligro. Habita en un mundo de lo maravilloso –que no es como el nuestro y donde lo que sucede, por extraño que nos parezca, es rutinario para quienes lo habitan, como el Macondo de García Márquez o la Tierra Media de Tolkien– donde los exraterrestres existen, pueden ser admiradores de los héroes terrícolas e imitar sus vestimentas; donde el toda exploración, incluyendo la de los mundos más terribles, termina siendo gozosa, porque refleja una plenitud mayor que la que está a nuestro alcance.

Los superhéroes estadounidenses no han vuelto a recuperar esta capacidad y riqueza creativas, a pesar del interés renovado por los cincuentas (en consonancia con las modas retro) que se ha dado a partir de los años noventa. Sólo hay un Batman actual: el escrito por el guionista escocés Grant Morrison, que se acerque tanto a examinar, más que el ánimo social o las coyunturas del momento, esta ruptura de lo real.

[concluirá dentro de poco, en una tercera entrega]

Primera lista de libros de cuentos

Roberto Bolaño
El más popular (hasta hoy): Roberto Bolaño

Hola a todos… Como prometí hace poco, he aquí los primeros resultados preliminares de la encuesta que se abrió hace algún tiempo en esta bitácora para buscar los mejores libros de cuentos latinoamericanos de los últimos treinta años (1978-2007). Agradezco a todos los interesados que han dejado sus propuestas hasta el momento y los invito a seguir recomendando sus títulos y autores predilectos aquí mismo, o bien en la sección de comentarios de la nota original. Por supuesto, esta lista que estamos armando es arbitraria y subjetiva…, pero de eso se trata. Y estoy seguro de que muchos de nosotros hemos encontrado sugerencias muy interesantes y que no conocíamos.

Les recuerdo una vez más: la idea es proponer libros de los últimos treinta años, hechos por escritores de nuestros países. Cuando se mencione más de una vez el mismo libro, se consignará cada propuesta como un “voto” (lo que no implica que el libro más votado sea necesariamente “el mejor”).

Y los resultados, hasta el momento, son:

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Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

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Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

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Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



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