Se dice que los escritores escuchan con frecuencia esa pregunta. Es verdad que sucede, aunque quizá no tanto como podría parecer.
Lo curioso es que, a la hora de ponerse a trabajar, el escritor no necesariamente se plantea la cuestión de “buscar” una idea para poder comenzar a escribir; de hecho es muy probable que la idea, el germen de lo que quiere hace, ya esté allí: que ya tenga la intención de comenzar y algo de lo que asirse. He aquí otra frase hecha, pero verdadera: las ideas están por todas partes y lo más inesperado, lo más trivial, puede inspirar un proyecto de escritura que se emprenda con entusiasmo y se concluya satisfactoriamente.
Hay que considerar que “idea” no significa necesariamente “resumen de una historia” ni mucho menos storyline (que es el término que se emplea en el guionismo, y que implica además la intención de resumir clara y sucintamente para hacer que el proyecto se entienda y, de hecho, que el productor se interese en financiarlo). Hay textos que no pueden plantearse como historias, desde luego, pero incluso los que sí son historias pueden, a veces, empezar a crearse sin conocer del todo cuál va a ser su planteamiento, desarrollo y desenlace. Una imagen, unas pocas palabras, un episodio aislado o un vistazo del carácter o el aspecto de un personaje pueden llegar antes que un resumen. Julio Cortázar, por dar un solo ejemplo, Continuar leyendo ‘Frases habituales (1): “¿De dónde saca usted sus ideas?”’
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Aviso 1:
Ha aparecido la nueva entrega de mi columna “La materia no existe” en la revista Los noveles. Es acerca de la identidad, la poesía (buena y de la otra) y los problemas de mi cuerpo y yo y mi otro cuerpo.
Como siempre, agradezco a Salvador Luis, editor (y escritor sumamente interesante; pronto aparecerá aquí algo sobre su trabajo).
Aviso 2:
Del jueves 22 de julio al viernes 20 de agosto, la estación por internet Radio Efímera transmitirá una serie de programas e intervenciones sonoras desde el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México. Junto con Rodolfo J. M. (a quien, si no conocen, deberían leer pronto), tendré el gusto de cerrar un ciclo de maratones radiofónicos nocturnos. Si están despiertos entre las 4:00 y las 6:00 de la mañana –hora de la ciudad de México– el viernes 20 de agosto, ojalá se animen a escuchar.

Carlos Monsiváis
Nota del 23/6/2010: he modificado un poco el texto para aclarar algunos pasajes.
1
Con un día de diferencia, la semana pasada, murieron José Saramago y Carlos Monsiváis.
2
Saramago tenía, tiene, fama mundial desde que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1998: es el único escritor de Portugal que lo ha ganado hasta ahora. Monsiváis, por su parte, era –como se dice de otros con excesiva ligereza– una institución en México: sin exagerar, el intelectual más influyente y admirado tanto en las élites (que en este país son el campo natural de los intelectuales) como fuera de ellas; una hazaña que no logró ni Octavio Paz.
3
Muchas personas se han dedicado a dar testimonios personales sobre su contacto con uno u otro de estos escritores. De hecho, por un par de días abundaron en periódicos, medios masivos y redes sociales como si se tratara de una competencia: perdía quien no pudiera afirmar que estuvo cerca de ellos, que los tocó, les dirigió la palabra, les pidió un autógrafo. Mi propio caso es el siguiente: Continuar leyendo ‘Monsiváis y Saramago’
Hay muchas circunstancias en las que se llega a adoptar un nombre supuesto, diferente de aquel que se utiliza “normalmente”: una máscara hecha de palabras. Los seudónimos de artistas (y los literarios entre ellos) sólo son más famosos: objeto de más anécdotas.
Ejemplos: Continuar leyendo ‘Seudónimos’
Recuerdo una nota que leí en el blog de una exprofesora de secundaria: “Nadie puede enseñar ni aprender nada”, escribió, y daba la impresión (por las muchas frases impostadas y graves que rodeaban a la que he citado) de que creía haber hallado una Gran Verdad: una de esas frases citables que tanto abundan en la radio mañanera y las malas novelas.
No era para tanto, desde luego: Continuar leyendo ‘La vanidad’
En 2003 me propusieron dar un curso en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ese año vi, en el espejo de un baño de la escuela, esa calavera blanca y negra, como de una estación del metro de la línea de los muertos.
Siempre que he vuelto a la escuela he vuelto a ver la calavera, impresa en su calcomanía. La idea es rara: Subterráneo, de la editorial Los Insanos, parece proponerse como una especie de “revista” adherible, para ser colocada donde bien se pueda, pero nunca la ha visto en ningún otro sitio ni hubo, hasta donde sé, más que esos dos “números”: un párrafo de Juan Miguel de Mora y un poema de Eduardo Lizalde.
No sé por qué, pero durante mucho tiempo no pensé en las personas que deben haber estado detrás de ese proyecto. ¿Habrán sido alumnos de la propia escuela? No sería imposible: Juan Miguel de Mora, un profesor muy erudito y comprometido, fue de los más populares entre los maestros de la escuela durante muchos años. Y en las escuelas de escritura, como es natural, se dan constantemente proyectos de revistas y demás.
El que la mayor parte de los proyectos no deje siquiera la huella que ha dejado Subterráneo también es común. Pensando en esto, pensé también que éste podría ser el único rastro que cierto número de escritores –o de aspirantes a escritor– va a dejar en el mundo. ¿Se podrían convertir en personajes legendarios –como los poetas de Los detectives salvajes, basados en personas reales y en el propio autor de la novela, Roberto Bolaño– con evidencia tan escasa, tan poco arrogante como dos homenajes a dos autores que no eran ellos mismos?
Pensé que no, y de inmediato escribí al correo electrónico citado en las calcomanías. Tenía que saber. Por supuesto, lo único que obtuve fue un mensaje de error del servidor de correo, avisándome que la cuenta ya no existía.
Hay que mirarse en ese espejo, pensé.
Leí parte del texto que sigue ayer, en la presentación de Nona Fernández y Marcelo Mellado, escritores chilenos, en la última mesa del Encuentro Regeneración, dedicado a promover en México a autores y editoriales de ese país. Terminé de escribir a las tres y media del viernes, mientras se abrían paso –estrictamente al margen de los grandes medios– las noticias de la balacera de Monterrey. Para mal, los hechos no dejan de atravesársenos.
El texto incluye algunos enlaces al trabajo de Fernández y de Mellado, que les recomiendo. Ambos merecen más lectores fuera de su país y, mientras sus libros se reeditan acá, estas muestras pueden resultar interesantes. Ambos, como el resto de sus compañeros en el encuentro, son representantes de una literatura de lo más vivo.

Según se nos dice, “lo real” es una categoría cada vez más elusiva. Ya estaría para siempre un poco más allá de todo lo que intentamos para aprehenderla. En cuanto a la ficción, la simple narrativa, sería un arte burgués en franca decadencia, ya habría demostrado que no puede más y estaría condenada a ceder terreno a la escritura hacia adentro: la indagación en el yo, y en la lectura desde el yo, como maneras de aceptar esta derrota del lenguaje: de repensar o acotar lo real y dejarlo como la percepción de esos pocos fragmentos.
Por desgracia, todavía se nos atraviesan los hechos: hoy, por ejemplo, podremos escuchar aquí algo del trabajo de dos narradores chilenos que siguen hablando de la realidad, tal cual, sin tantos asegunes y vacilaciones. No es para indignarse: algo que convencionalmente llamábamos lo real sigue tocándonos, sacudiéndonos, cayéndonos encima, disparándonos. Eso real sigue pesando. Por otra parte nosotros podemos seguir pesándolo: pensándolo. Tal vez hasta es inútil el esfuerzo general de contagiarlo de nuestra esquizofrenia y dividirlo en compartimientos: el yo por un lado, el otro por otro, lo artificial aquí, lo tangible y lo intangible en ninguna parte. Todas esas otras etiquetas son invenciones que mantienen a raya algo todavía más enorme y más tremendo. Eso más tremendo se entrevé en la obra de estos dos escritores.
Las ciudades –donde se tocan las ideas universales y los fluidos corporales, la arquitectura y el caos, etcétera– son un territorio en el que se puede aún bastante bien la que Marcelo Mellado ha llamado, en algún texto, “la medición de los otros pulsos de la vida despierta”: la de todo lo que el otro extremo de la discusión, que es el del circo de los medios y de los políticos, nos hace pasar por alto. Mellado y Nona Fernández abordan la ciudad de diferentes formas.
La ciudad de Nona Fernández es Santiago, transfigurada en un territorio que linda con el horror inexpresable de lo que se vive de veras pero también con lo fantástico. Por ejemplo, en su novela Av. 10 de julio Huamachuco, Fernández muestra algo del presente y de la historia de Chile en las últimas décadas mediante un puñado de personajes, sus recuerdos comunes y privados y sus actos nimios: ninguno es providencial, ninguno influye en casi nada y, si alguno llega a verse envuelto en los “grandes acontecimientos”, siempre termina dejándolos atrás. La trama del libro no parece muy distinta, al comienzo, de la de muchas novelas de melancolía y desencanto que se han escrito durante los últimos veinte años, pero poco a poco se convierte en otra cosa. Sus claves no son la decepción y el tedio sino la violencia y la memoria: la forma en la que los recuerdos de lo más terrible nos hacen gestos desde todas partes y son los que impulsan nuestros esfuerzos por comprender el mundo y continuar en él. En el Santiago de esta novela resulta haber un limbo, un lugar donde habitan los muertos antes de tiempo pero también los vivos que no saben que lo están; luego de leer, tal vez, nos damos cuenta de que al menos pertenecemos a uno de esos dos grupos.
Por su parte, Marcelo Mellado parece haber escrito toda su obra como para describirla con el título de su libro Armas arrojadizas: sus textos son siempre proyectiles, hechos para perforar la realidad más que para describirla, y más aún para perforarnos a nosotros. Casi todos apuntan a los absurdos cotidianos de la vida urbana, a la tontería de los que mandan y de los que no, y destruyen toda seguridad y toda complacencia. Agresivo, crítico, incapaz de creerse los rituales de la cultura oficial y muy capaz de denunciarlos con humor, Mellado es uno de esos autores incómodos que siempre hacen falta, y además uno que sigue proponiendo una resistencia total: no sólo una mirada sino una acción sobre el mundo, que en sus escritos está bien cerca y no deja nunca de tocar, de sacudir, de disparar, de caernos encima.

Según creemos saber, la literatura es reflejo de la realidad. Es verdad pero eso no significa que toda la literatura hable de lo mismo real del mismo modo. Toda ficción, por extraña que sea, nace en el mundo y nace del mundo. Si no podemos verlo, o si sólo aceptamos las formas más literales y más serviles del lenguaje, peor para nosotros.
Edilberto Aldán ofrece una prueba de esto en su libro de cuentos Rápidas variaciones de naturaleza desconocida: más de una persona quedará desconcertada por los cuentos iniciales de la colección y en especial con el primero, “Interpósita persona”, que juega a ser autobiográfico y escrito por una persona real que desea ganar un premio real en el concurso real en el que Aldán, precisamente con el libro que leemos, obtuvo un segundo lugar y una cantidad apreciable de dinero.* Pero si usted se fascina con la idea de una frontera difusa entre lo cierto y lo inventado, o peor todavía: si sigue leyendo a la busca del chisme y de la confesión supuestamente sincera, se perderá lo que en verdad importa. Porque Edilberto Aldán ofrece una prueba en otro sentido también: su libro nos examina.
Explico:
Dentro de su trama curiosa, “Interpósita persona” anuncia que describirá la estructura del libro entero: las relaciones entre los cuentos y la estructura del conjunto. Más aún, el texto habla de claves explícitas para identificar al autor, de que su número telefónico aparece en alguna página… y también afirma que el libro va a ostentar una escritura correcta y poco problemática, pensada para agradar a jurados profesionales.
Y nada de esto sucede: los datos no están, el libro tiene otra forma, los cuentos no usan las estrategias ramplonas que se describen. Los textos no van entrelazados unos con otros al modo que ahora está de moda, y que tiene como fin hacer que una colección de historias parezca una novela aunque no lo sea; tampoco se pone en juego ninguna de las estrategias ni de los temas que servirían para que los textos se cuadraran a los prejuicios en boga y parecieran “relevantes”, “representativos”, “pertinentes”…
Nuestra prueba como lectores es, dado que el texto nos miente y nos desorienta, orientarnos solos: encontrar esa clave de la que he hablado, preguntarnos por qué los textos siguen su ruta precisa; por qué los que tratan la identidad y la escritura dan paso a los eróticos, luego a las remembranzas inventadas y por fin a las viñetas presuntamente históricas. Por qué caminamos del escritor equívoco al acostón indescifrable al padre posible a Glenn Gould y las Variaciones Goldberg.
Cierta idea de cuál es esa clavedebe estar en el texto final de la colección de Aldán, cuyo título es “Arte poética”:
No deja de sonreír mientras escribe la última palabra.
Aspira profundamente antes de colocar el punto final. Con un gesto suave deja reposar, al fin, el centenar de hojas. Exhala satisfecho.
Escribió la obra perfecta. Resta un último paso: las cenizas se elevan con el vuelo de los pájaros al atardecer cuando prende fuego al manuscrito.
Está listo para comenzar de nuevo.
La prosa de Edilberto Aldán se resiste a las normas actuales de la eficacia: no está fascinada con la sequedad de los escritores estadounidenses, no lo deja todo por “avanzar la trama” y juega con una sintaxis que me recuerda a Julio Cortázar y a más de un autor latinoamericano de esos que empezamos a negar por deporte (y para bien, porque sus imitadores son todos pésimos) hace quince o veinte años. Pero lo importante –la clave– no está en el texto en sí ni siquiera en la imagen dramática, conocida, de la destrucción. Al contrario, este texto es el único que se enlaza directamente con otros del libro: nos devuelve a las frustraciones y engaños de los primeros cuentos, donde un puñado de personajes se queda perplejo ante el poder de la escritura o ante sus reflejos en el mundo, pero en lugar de exaltar la idea de la literatura como arte de trepar, como farsa y búsqueda de prestigio, hace exactamente lo contrario: su escritor destruye lo que crea. No le interesan las consecuencias ni los premios de su creación más allá del acto mismo de haber creado.
Al hacer esto Aldán sugiere (creo) que estas Rápidas variaciones son el trayecto de un escritor que sabe otro modo en el que la escritura, que es parte siempre de la realidad, se engrana en ella. La escritura puede ser pasatiempo, catarsis, fuente de trabajo, herramienta para buscar el poder, pero también puede ser búsqueda: indagación en el interior de quien crea. Puede ser un camino, pues, en el que la meta sólo cuente como un alto y en el que se pueda, como el narrador de “Arte poética”, volver a comenzar siempre desde cero.

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida
* (Este libro fue publicado por el Gobierno del Estado de México, dentro de su Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Ganó, en efecto, el segundo premio en la especialidad de cuento del Concurso Internacional “Letras del Bicentenario”, convocado por el estado de México en 2009.)
Iván Salinas me envía la noticia del nuevo número de la revista Retors.net, dedicada a ofrecer al lector francés traducciones de textos previamente inéditos; la revista ofrece ahora un dossier sobre nueva literatura hispanoamericana con textos en edición bilingüe: español/francés. Ya sabemos de los cuellos de botella, la insularidad, el aislamiento de nuestros países: mientras otra cosa pasa, bien podemos leer allá lo que sucede acá… y varios de los textos son de lo más interesante.
(Creo que esto no lo había dicho: hace tiempo, Iván tradujo (mejoró) mi novela corta “Shanté”, que apareció también en Retors en dos partes: 1 y 2).

Fuente: The Mid Century Modernist
Raquel heredó de su madre la Enciclopedia Femenina Nauta, publicada en 1969 por la editorial del mismo nombre. Está dividida en seis tomos: “La decoración”, “La belleza femenina”, “La vida sexual”, “El bebé y el niño”, “La casa” y “La cocina”. Del último hemos sacado varias recetas de lo más sabroso, pero teníamos la impresión de que el resto de los tomos serían conservadores y moralizantes. Qué sorpresa descubrir que el título del primero es realmente La decoración y que se trata de un libro independiente, sólo integrado en el paquete de la enciclopedia. Qué sorpresa descubrir que la autora, Mercedes Salisachs, es una escritora todavía en activo a sus 94 años y que desarrolló el grueso de su carrera literaria (con muchos conflictos contra la censura y los prejuicios de la época) en la España de Franco. Qué sorpresa, a pesar de los argumentos que la descalifican en muchos lugares (Wikipedia la llama “la gran narradora de la burguesía profranquista de la segunda mitad del siglo XX”, lo que desde luego es para salir huyendo), encontrarle pasajes como los que siguen, dedicados a “las casas perversas”.
Leyéndolos pensé en Neil Gaiman en su etapa mejor, en el ensayo sobre la jardinería que escribió Joseph Conrad o en los textos de Malcolm de Chazal. Su aliento es mágico en ese sentido dificilísimo: eleva lo trivial y lo transforma:
La perversidad de las casas suele venir condicionada casi en su totalidad a la falta de ayuda en la evolución de las mismas. Su perversidad es una pura reacción contra el abandono o el desdén del que han sido objeto.
Por lo común las casas perversas tuvieron un origen glorioso: la mayoría de ellas fueron exponentes directos de los adelantos de su época. Cuando las construyeron se les contemplaba con orgullo, se procuraba cuidarlas y se les concedía categoría de monumento.
De ahí que, a mayor abundancia de lujo y comodidades anteriores, mayor sea su perversidad posterior. Es cosa sabida que lo que damos por hecho, cuesta más de realizar que aquello que de antemano sabemos que ha quedado por hacer.
Por tal motivo, cuando las casas que se realizaron gloriosamente entran en la fase de desastre, son mucho más desastrosas que las casas realizadas sin pena ni gloria. (…)
Cuando alguien penetra en una de esas casas, lo primero que percibe es un cuadro torcido. Discretamente lo endereza, pero a la salida comprende que el asunto no dependía de su buena voluntad sino de la descentralización del clavo. En realidad casi todos los cuadros de las casas perversas están torcidos. Es el común denominador que mejor las unifica. (…)
Las pantallas, torcidas por la rotura del eje, cubren la bombilla a medias y deslumbran al que se sienta frente a ellas. Los ceniceros jamás se encuentran al alcance de la mano, y las mesitas auxiliares sirven para encaramarse en ellas cuando hay que cerrar los ventanales.
En este tipo de casas es muy frecuente abrir una puerta y quedarnos con el pomo en la mano, impulsar un cajón hacia adelante y comprobar que la madera se ha hinchado, y si queremos cerrarnos en un lugar excusado, descubrir que el pestillo no funciona. (…)
En suma: las casas que, tras un largo periodo de gloria, se convierten en casas perversas, existen principalmente para torturar. Porque, aunque conserven su aureola de casas magníficas, se las abandonó a su arbitrio y evolucionaron solas. Nadie les quiso echar una mano. Fiados en su prestigio, los herederos consideraron que sus cualidades iban a ser eternas, pero las saturaron de desgana y las convirtieron en casas rencorosas, vengativas y malhumoradas.
Los buenos sentimientos de sus habitantes resbalaron por ellas sin contagio.
En fin, una nueva autora problemática para el catálogo de rarezas.
Qué maravilla el trabajo de 9000vs0006:

Este otro enlace lleva a una serie larga de imágenes suyas.
Varios amigos y conocidos de alrededor de treinta me han comentado recientemente sus deslumbramientos literarios. Todos dicen más o menos lo mismo: “Qué más se puede decir si X ya lo dijo todo”, “La novela de Y marca un antes y un después”, “Con el libro de Z me hubiera bastado para el año entero” y así por el estilo. Yo escuchaba sin opinar (cuando mucho, con cierta pesadumbre). Entonces recordé que yo decía lo mismo (de otros autores, claro; probablemente, incluso, de autores menos brillantes, menos celebrados, hasta menos buenos) a los quince o los dieciséis. Ahora sigo sin opinar. Opine usted si quiere.
Pero antes, escuche: Clara Rockmore interpreta a Saint-Saëns en su theremin:
Por todas partes han aparecido ya notas sobre la muerte de J. D. Salinger a los 91 años, más de 50 después de que se se recluyera en una casa de Cornish, New Hampshire, y a 45 de la aparición de su última obra, el cuento “Hapworth 16, 1924″, remate de la serie extraña (tal vez no es una serie, en absoluto) sobre los sensibles, los extraños hermanos Glass.
Ninguna nota deja de mencionar el hecho de que Salinger huyó de la fama para convertirse en el ermitaño más famoso de la literatura del siglo XX. Ninguna deja de lado sus excentricidades ni los detalles incómodos revelados por su hija Margaret en una autobiografía de 2000. Como en esos lugares también se pueden encontrar fácilmente todos los otros datos “duros” del caso, no digo más aquí y sólo enlazo este obituario, escrito por el peruano Iván Thays.
Lo que vale la pena decir aquí es esto: no sé qué va a pasar ahora con la obra de Salinger, sumamente escasa y que para muchos se reduce a su novela El guardián entre el centeno (1951).
La historia de Holden Caulfield, el adolescente inadaptado que se busca a sí mismo en una sociedad a la que rechaza, tuvo un éxito enorme en su momento y durante las décadas inmediatamente posteriores en los Estados Unidos y el resto del mundo; después se convirtió en un texto “clásico”, recomendado con frecuencia pero leído con menos pasión (desde muy pronto se vio a su autor como un especialista en un campo muy estrecho: “su truco”, dice una reseña adversa de los años sesenta, “es volver glamorosa la autocompasión”)…, y ahora puede haber quedado sumamente lejos de los intereses y el modo de pensar de los adolescentes actuales de su propio país y de los otros. Esta nota del New York Times puede ser representativa de las nuevas opiniones sobre el tema: según su autora, Jennifer Schuessler, los adolescentes de ahora no encuentran mucho de interés en Salinger porque desean integrarse más que distinguirse de su sociedad, competir y ganar más que embarcarse en búsquedas interiores. Además, al contrario de lo que sucedía a mediados del siglo XX, buena parte de la economía global (sobre todo en los países desarrollados) gira alrededor de los adolescentes y les vende espacios, moda, signos de identidad que Holden, para bien o mal, nunca habría podido tener.
Schuessler cita a un quinceañero de Long Island quejándose: “Todos odiamos a Holden en mi clase. Todos queríamos decirle ‘Cállate y toma tu Prozac’”. A lo mejor es cierto: a lo mejor la serie de Harry Potter y programas como Glee muestran con mayor exactitud las aspiraciones y las neurosis (la vida real no, seguro que no: no todo el mundo tiene poderes mágicos, no todo el mundo canta tan bien) de los adolescentes. No habría que espantarse: todos los libros envejecen, se secan, se olvidan, aunque unos pocos lo hagan más despacio que el resto; la “pertinencia” de un texto, su “representatividad”, es una ilusión que sólo puede mantenerse durante cierto tiempo, si es que se da.
Por otra parte, el alboroto acerca de la vida extraña de Salinger y sus diversas manías y locuras apenas ha dejado ver a nadie lo realmente importante: Salinger no dejó de escribir durante sus años de reclusión. “Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer”, dijo el escritor en una entrevista de 1974, y yo sospecho que una vez que haya quedado atrás la noticia de la muerte, y se haya hecho el reparto de dineros y herencias, llegaremos a leer siquiera una parte de esos escritos.
Lo más probable es que sean borradores decepcionantes; pero no habría que espantarse, tampoco, si fueran textos todavía más extraños de lo que resultan ahora los que Salinger sí publicó, testimonios de una experiencia humana alocada, introvertida y (sobre todo) totalmente contraria a los impulsos actuales: a lo que se supone que debe ser la vida en la época de Facebook. Una búsqueda espiritual cuando no queremos ninguna: una bofetada, o un escupitajo, en la cara que creemos tener.
Un puñado de autores secretos, encerrados, que escriben mientras viven en dificultades con el mundo y que no quieren publicar –Franz Kafka sería el ejemplo obvio; hay otros–, puede hablar con más fuerza que las legiones de los integrados, los sensatos, los oportunos y constantes. Si tiene suerte, tal vez J. D. Salinger termine por ser entendido no como un autor canónico, de programa escolar, sino como un auténtico “raro”; habrá que esperar a que esos textos salgan a la luz…



















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