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Chamanes y nahuales en el Museo del Estanquillo

Los invito: este jueves 19, a las 19:00 horas, presentaremos la novela Chamanes vs Nahuales de Alejandro Colina en el Museo del Estanquillo (Isabel la Católica 26, esquina con Avenida Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México). Comentaremos el libro Nadir Chacín y yo, presentados por Karol García.
Chamanes vs Nahuales es una novela breve con una propuesta inusitada de por sí y más en este tiempo: a partir de personajes, historias, ideas estrictamente mexicanos, crear no un relato histórico ni de actualidad sino una trama fantástica. Si nos acompañan, o si leen la novela, se enterarán de cómo se logra semejante proyecto. Allá nos vemos.

Chamanes vs Nahuales
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Juan Hernández Luna (1962-2010)

(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)

Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna

Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones “de género” y en especial de novelas policiacas. Continuar leyendo ‘Juan Hernández Luna (1962-2010)’

Monsiváis y Saramago

Carlos Monsiváis

Nota del 23/6/2010: he modificado un poco el texto para aclarar algunos pasajes.

1
Con un día de diferencia, la semana pasada, murieron José Saramago y Carlos Monsiváis.

2
Saramago tenía, tiene, fama mundial desde que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1998: es el único escritor de Portugal que lo ha ganado hasta ahora. Monsiváis, por su parte, era –como se dice de otros con excesiva ligereza– una institución en México: sin exagerar, el intelectual más influyente y admirado tanto en las élites (que en este país son el campo natural de los intelectuales) como fuera de ellas; una hazaña que no logró ni Octavio Paz.

3
Muchas personas se han dedicado a dar testimonios personales sobre su contacto con uno u otro de estos escritores. De hecho, por un par de días abundaron en periódicos, medios masivos y redes sociales como si se tratara de una competencia: perdía quien no pudiera afirmar que estuvo cerca de ellos, que los tocó, les dirigió la palabra, les pidió un autógrafo. Mi propio caso es el siguiente: Continuar leyendo ‘Monsiváis y Saramago’

Seudónimos

Dos seudónimos

Hay muchas circunstancias en las que se llega a adoptar un nombre supuesto, diferente de aquel que se utiliza “normalmente”: una máscara hecha de palabras. Los seudónimos de artistas (y los literarios entre ellos) sólo son más famosos: objeto de más anécdotas.
      Ejemplos: Continuar leyendo ‘Seudónimos’

Cuento mutante

Una persona me dijo que mis cuentos le parecían excelentes. Inmediatamente después comentó que por otro lado, bueno, el cuento es un género muerto, que nadie lee y a nadie interesa. Un arte obsoleto y un desperdicio de tiempo y dinero. ¿Yo no escribía novelas por terquedad?, me preguntó. ¿O más bien era que lo había intentado y no me salían?
Continuar leyendo ‘Cuento mutante’

La grieta en el aire

(Por alguna razón, este texto, publicado hace ya tiempo, se perdió en la base de datos del sitio. Lo vuelvo a publicar. El libro al que se refiere merece leerse.)

El espíritu de esta época parece justo lo contrario del espíritu romántico: Continuar leyendo ‘La grieta en el aire’

Un ensayo, dos décadas, tres partes

En el nuevo número de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (#137 abril-mayo de 2010), ha aparecido un ensayo mío: “Lo fantástico y Gabriel García Márquez”. Es una versión mejorada de un texto que leí el año pasado en una mesa redonda sobre Gabo; también es mi opinión sobre varios lugares comunes alrededor del realismo mágico, las posibilidades futuras de ese subgénero (debo decir que no le veo muchas) y la idea de “realidad” que parece defender. La revista se puede conseguir en los proverbiales locales cerrados…

Crítica 137

… y el texto comienza así:

Tengo que empezar con una anécdota de mi propia vida. Descubrí la obra de Gabriel García Márquez en la infancia –primero una edición de sus cuentos; más tarde Cien años de soledad– y entendí que él escribía literatura fantástica.
Así es el azar de las lecturas sin guía, que por lo demás son casi todas: sin que nadie se lo propusiera, los más de mis primeros libros e historias podían etiquetarse como de ese “subgénero” –que sigue siendo un bicho raro y ligeramente apestoso entre nosotros– y nadie me dijo que García Márquez fuera radicalmente distinto. Tampoco lo parecía: para mí estaba entre Jorge Luis Borges y Philip K. Dick, y el conjunto de sus historias se me figuraba uno más de los tratados mitológicos, como mi primera versión de la tragedia de los nibelungos (que venía con unas ilustraciones preciosas) o la obra de H. P. Lovecraft. Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, se me hacía pariente lejano de Urashima, el pescador que se fue a vivir al fondo del mar, donde el tiempo pasa más rápido; el ascenso al cielo en cuerpo y alma de Remedios la Bella, que pone a la belleza física por encima de la virtud en el orden del universo, me pareció la expresión de una injusticia no menos grande que la de la serpiente que se come la planta mágica de la juventud en la historia de Gilgamesh. Y así sucesivamente.
Más tarde he seguido pensando lo mismo incluso contra el desdén y las malas lecturas habituales, que hacen más o menos ruido pero no desaparecen: las grandes obras de imaginación me siguen pareciendo más interesantes que las que se limitan a repetir el mundo y, desde luego, que las historias ñoñas y confortables que habitualmente se etiquetan como “fantasía”. Pero comencé a entender las dificultades que tiene lo fantástico justamente a partir de mi primer encuentro con García Márquez. Por años me intrigó que, profundizando en aquellos autores y aquellos libros, era posible encontrar trazas, influencias, de muchos autores cruciales de siglos pasados y aun del XX en otros posteriores…, pero no de Gabo. Emiliano González le debía a Lovecraft, a los modernistas, a Borges; el gran Mario Levrero soñaba como Kafka; John Crowley hacía malabares con Carroll y Nabokov; Angélica Gorodischer retomaba a Calvino; José Luis Zárate jugaba con Stoker y las películas del Santo; Neil Gaiman reescribía la obra de James Branch Cabell, etcétera. ¿Dónde estaban los sucesores de García Márquez? ¿Dónde estaba la obra fantástica que buscara las alturas de su modo de contar, de su capacidad de invención?
La respuesta fue desalentadora (…)

* * *

En estos días se cumplen veinte años de que terminé La luna y 37’000,000 de libras, un librito que usted no conoce y no leerá nunca. Lo publicó en Toluca, en 1990, el Centro Toluqueño de Escritores; sin ese apoyo temprano, y tal vez injustificado, no habría continuado escribiendo.
La estructura alocada del libro (no exactamente cuento, ni novela; no de una sola trama, no sin fragmentos contradictorios) le debe todo a Mario Levrero; el título es una caricatura de La luna y seis peniques de Somerset Maugham y la imaginación era la mía, para bien o mal: me sigue dando risa que algunos de sus lectores de entonces (no todos) hayan comprendido solamente sus defectos y se hayan indignado, por ejemplo, con la idea de que una compañía de focos destruyera la luna sólo para cambiarla por una bombilla gigante
–No puede pasar, es físicamente imposible –dijeron–. Y es injusto burlarse así de una empresa que genera fuentes de trabajo…
Una caricatura de lo que pasó entonces (no: un cuento basado muy vagamente en aquel tiempo, y a la vez una especie de pesadilla/fantasía masoquista) se puede leer aquí. Pero no pienso en nada de eso al recordar ese libro. Al contrario, pienso que sigo escribiendo. Y pienso en lo por venir: en que si tengo suerte será tan libre como fue aquello, y tan raro, y habrá alguien a quien interese.

La musa de 1990

* * *

Quería completar esta nota con un documental en tres partes sobre Jan Svankmajer, quien será familiar para algunos lectores de esta bitácora. Está en inglés pero las imágenes, al menos, son impagables… Entonces descubrí que el audio de la tercera parte fue borrado por YouTube, el servicio donde los videos se alojan. En la página dice, escuetamente, “Este vídeo contiene una pista de audio que no ha sido autorizada por WMG. El audio se ha desactivado”. WMG es Warner Music Group, una de las empresas discográficas más poderosas del mundo.
Esto me hace pensar que las formas actuales (y las por venir) de protección de los derechos autorales no sólo favorecen más a las grandes empresas (como ya sabíamos), sino que tienen enormes fallas en su concepción, en sus alcances. Es simplemente esto: si todos respetamos (o somos obligados a respetar) sus reclamaciones, ¿WMG –o cualquier otra corporación– estaría dispuesta a hacer que circularan de manera legal todos los “contenidos” bajo su control? Estos videos, a juzgar por el número de visitas que han tenido, no son de lo más popular en YouTube: nadie se ha hecho rico con ellos, y sin embargo son valiosos. ¿Irá a contar ese valor más allá del monetario?
Supongamos que de verdad se llega a la distribución de video pagado por internet que varios proponen: yo pagaría por ver un documental como éste, pero ¿estaría disponible? ¿O sólo se me ofrecerían, como en la tele por cable, los estrenos del mes (por tiempo limitado) y unas pocas películas basura? ¿Todo lo que no venda rápido y grandes cantidades estará condenado al olvido cuando seamos expulsados de la publicación en la red?

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Dos más para el Día Mundial del Libro

Por supuesto, siguen en pie las invitaciones de la nota anterior para conocer los libros gratuitos de la Biblioteca Alas y Raíces y participar en la escritura del cuento colectivo que se hará mañana, celebrando el Día del Libro. Pero hay más:

1. La UNAM celebrará mañana la Fiesta del Libro y la Rosa en el Centro Cultural Universitario (todos los datos de ubicación y la cartelera completa están en el enlace). Habrá muchas actividades, incluyendo venta y trueque de libros, intercambios, conferencias, talleres, entrevistas y más desde las 9:30 de la mañana. Si tienen ocasión de ir (o de sintonizar la transmisión por radio o web, vía Radio UNAM, 96.1 de FM), me encontrarán a eso de las 12:30 conversando de libros con Rosa Beltrán.

2. En la explanada del Museo de Antropología (sobre el Paseo de la Reforma), junton con las actividades que ya mencióné y muchas otras, habrá a las 20:00 horas una proyección al aire libre de Blade Runner (1982), la gran película de Ridley Scott a partir del libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick. Antes de la función tendré el gusto (realmente enorme) de dar un breve comentario inicial sobre el autor y el director…, pero lo importante, en todo caso, es que no se pierdan la oportunidad de ver un filme excelente. Si no lo conocen, estoy seguro de que los sorprenderá. Y si sí, también.

Un fotograma de Blade Runner

Dos para el Día Mundial del Libro

Una invitación. Para celebrar el Día Mundial del Libro, el próximo viernes 23 de abril habrá diversas actividades y yo estaré en dos organizadas por la Dirección de Publicaciones de Conaculta (cuyo programa completo para el Distrito Federal se puede leer aquí).
      La primera será la escritura de un cuento colectivo que tendrá lugar durante todo el día a partir de las 10:00 de la mañana y en la que todos los interesados podrán participar. El escritor Xavier Velasco empezará la historia y cualquiera que lo desee podrá ir agregando a ese comienzo. La cita es en el Sendero Reforma (Paseo de la Reforma, a la altura del Museo Nacional de Antropología).
      La segunda será la presentación de la Biblioteca Alas y Raíces, dedicada a ofrecer textos “clásicos contemporáneos” totalmente gratis. Entre otros que estarán disponibles (y que van desde ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick hasta El guardián entre el centeno de J. D. Salinger y Cuentos por teléfono del gran Gianni Rodari), se publicará también una edición conmemorativa de La tumba de José Agustín, celebrando los 45 años de su publicación original, y él mismo estará allí para comentar el libro. Todo esto será en la explanada del Museo de Antropología a las 18:00 horas.
      El programa que enlacé arriba contiene, además, muchas otras presentaciones así como talleres, lecturas para niños y más. Ojalá se animen a ir.

Una edición de La tumba

Una edición de La tumba

De la madurez

Uno de mis propósitos para este año es dejar de buscar disculpas para el cuento. No las necesita, y si hay lectores que no se le acercan, peor para ellos. Que se vayan a leer la novela de moda y que nos dejen en paz. Que la forma del cuento es más antigua que la de la novela, dicen: muy bien. Que es más extraña: quién sabe cómo definen “extraño”, pero de acuerdo. Que es más exigente, menos reconfortante, más arriesgada y peligrosa: sí, lo es, cuando se trata de cuentos que valen la pena. Son pocos, pero el encontrarlos es el encontrar una parte de lo verdaderamente valioso de la literatura, que no depende de su género –de hecho, incluso lo podemos encontrar en alguna que otra novela– y que rara vez podemos ver cuando está demasiado cerca: cuando acaba de aparecer o lo ha escrito alguien de nuestros contemporáneos.

Sospecho que Edificio de Ana García Bergua será reconocido, cuando podamos leerlo bien y con calma, como uno de esos libros escasos: de los que compensan meses y años de búsqueda entre novedades huecas y mal hechas. De momento, para celebrar su aparición, quedémonos con lo que se ve más inmediatamente: las quince historias que componen este volumen –fragmentos de las vidas de otros tantos personajes que son vecinos en un conjunto imaginario de departamentos– son apasionantes.
      Ahora que nos encontramos con los cuentos más bien en colecciones que en revistas o periódicos, los mejores cuentistas buscan formas nuevas de justificar la existencia de sus libros. La intención, en general, es que las historias sugieran una unidad que les dé otro sentido más allá del que pudieran tener individualmente: que los textos se hablen, como ha escrito el crítico Gabriel Wolfson, a la vez que nos hablan a nosotros. Edificio se propone este objetivo de un modo claro e ingenioso: algunos personajes aparecen en más de un texto, de manera que todos parecen suceder en el mismo mundo inventado. No es un artificio muy distinto del entrelacement: la técnica por la cual los precursores de la novela en la edad media comenzaron a reunir tradiciones dispersas y a convertirlas en largos ciclos narrativos, aunque aquí los personajes reunidos poco a poco, por medio de referencias sueltas que el lector va reuniendo aun sin darse cuenta, no son caballeros y reyes sino hombres y mujeres de clase media y de mediana edad, que se enfrentan con sus propias vidas huecas y con el extrañamiento que les inspira el hecho de que el tiempo los va dejando atrás: que el destino del ser humano es la irrelevancia y el olvido y casi todos llegamos a esa meta mucho antes de la muerte. Las semillas de esta visión se plantan en el primer cuento, “La carta”, y dan fruto en el último, “Los tormentos de Aristarco”; este último incluso se las arregla para reinterpretar, sutilmente, varias de las narraciones precedentes.
      Por otra parte, lo que apasiona de los cuentos de Edificio –o lo que a mí me apasiona– no es el dibujo de su realidad general y desoladora, por elegante que pueda ser, sino las historias individuales: los sucesos concretos de cada vida imaginada. En esto Edificio tiene raíces más antiguas: al contrario del grueso de nuestra tradición realista, que lleva cincuenta años escribiendo los mismos tedios de las mismas formas tediosas, Ana García Bergua toma lo mejor de la más antigua tradición de la narrativa –el impulso de la trama, la curiosidad por “lo que va a pasar después”– y en muchas ocasiones nos fuerza, efectivamente, a preguntarnos qué puede pasar luego con sus personajes. Esto no es poca cosa: sin aspavientos, cada texto sorprende con vueltas impredecibles, con sucesos que tienen perfecto sentido cuando ocurren pero no se ven venir y no necesitan ser imposibles ni estrambóticos. La contención no se tiene por una virtud entre nosotros y en verdad lo es muy raramente, pero aquí se le emplea para producir muchas veces un efecto devastador: incluso las vidas más anodinas, las más alejadas de lo que ofrecen los sueños y hasta los hechos improbables, de pronto pueden dar a quienes las viven una sorpresa. Nuestras formas de pensar, por sólidas y tercas que puedan parecer, pueden llevarnos a acciones y encuentros inusitados; nuestra rutina puede desembocar en transformaciones radicales; todo lo anterior puede trastocarnos, y hasta destruirnos.
      Si somos como los personajes de este libro, todo esto significa que ni siquiera la desolación puede ofrecernos una estabilidad verdadera, el consuelo de lo que no cambia. Y, sin embargo, tal vez sea para bien que nuestras certidumbres sean tan engañosas y nuestras existencias tan frágiles. Nunca hay en Edificio el gusto por la superficie del sufrimiento que está de moda en tantos de esos libros malos que mencioné al comienzo: al contrario, hay una perplejidad que me cuesta describir porque no es resignada pero tampoco frívola. Tal vez, parece decir, incluso quienes estamos encerrados en nuestras vidas estamos más expuestos de lo que deseamos. Y tal vez sea para bien aunque no sea para nuestro bien, como dicen que dijo Kafka.
      Para acabar, permítanme una cita rara: es de Santiago Auserón, cantautor y rocanrolero español, quien habló en una de tantas entrevistas de los problemas de la música popular de su país. “Cada vez que está a punto de madurar una generación”, dijo, “la industria y los medios la abandonan a su suerte: los chavales se mueren de estrellato antes de tiempo. (…) No se produce con naturalidad el paso del estado de adolescente alucinado a humilde artesano con capacidad de aguante”. Ahora se podría usar lo dicho por Auserón para declarar muchas obviedades. Mejor hacer una analogía a partir de la cuestión del aguante: aquí no hay industria ni medios que se desentiendan de los escritores (porque tampoco dan el paso inicial de interesarse por ellos), pero de todas formas son muy pocos quienes apuestan por el refinamiento complicado, doloroso, incierto del trabajo propio más allá de los primeros pasos, del primer golpe que casi nadie consigue dar y que tantos viven buscando mucho más allá de toda medida. Ana García Bergua es una de esas escasas afortunadas que ha sido consecuente con su evolución como escritora, que ha aceptado la madurez de su vida y la ha convertido en madurez de su trabajo.

(Esta nota se leyó el mes pasado en la presentación de Edificio, libro de cuentos de Ana García Bergua publicado por la editorial Páginas de Espuma.)


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