O: 20 robots, 2 entrevistas, una antología, libro y medio, radio a deshoras…
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Los invito: este jueves 19, a las 19:00 horas, presentaremos la novela Chamanes vs Nahuales de Alejandro Colina en el Museo del Estanquillo (Isabel la Católica 26, esquina con Avenida Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México). Comentaremos el libro Nadir Chacín y yo, presentados por Karol García.
Chamanes vs Nahuales es una novela breve con una propuesta inusitada de por sí y más en este tiempo: a partir de personajes, historias, ideas estrictamente mexicanos, crear no un relato histórico ni de actualidad sino una trama fantástica. Si nos acompañan, o si leen la novela, se enterarán de cómo se logra semejante proyecto. Allá nos vemos.
Otra invitación, pero más especial. Este domingo primero de agosto, a las 12:00 del día, habrá en el Palacio de Bellas Artes una lectura del ciclo “Nuevas voces de la literatura mexicana” que organiza la Coordinación Nacional de Literatura. Este ciclo tiene como fin dar a conocer a autores noveles, que leen un fragmento de su trabajo y conversan con el público, y en esta ocasión presentará a Orfa Alarcón, autora de la novela Perra brava, de gran éxito reciente; Edilberto Aldán, narrador, ensayista y editor del suplemento Guardagujas, uno de los más interesantes del momento; Ruy Feben, narrador, editor y articulista prolífico, y Eugenia Robleda, de las autoras que se han dedicado con más constancia a la literatura fantástica en las últimas generaciones. Los presentará la excelente narradora Ana García Bergua. La cita es en la sala Adamo Boari del Palacio; éste se encuentra en Juárez y Eje Central, en el centro histórico de la Ciudad de México, cerca de la estación Bellas Artes del Metro. La entrada será libre. Si van, allá nos vemos.
Para que este mes de dos cuentos fuera realmente especial hacia falta algo como esto: una de las narraciones fundamentales de la literatura fantástica mexicana, que es una veta invisible (o más bien ninguneada, hecha a un lado por una tradición literaria que en muchos aspectos no ha llegado aún al siglo XXI) pero que no deja de existir y de crecer incluso ahora.
Su autor, Emiliano González, nació en 1955; precoz, ha sido la persona más joven en ganar el prestigioso premio Xavier Villaurrutia: lo obtuvo a los 23 años, en 1978, justamente por Los sueños de la bella durmiente, colección mutante de cuentos y poemas que comienza con “Rudisbroeck o los autómatas” y fue publicada por la desaparecida editorial Joaquín Mortiz en su famosa Serie del Volador. (Una reedición de los cuentos del libro, con el mismo título, fue publicada por Conaculta en su colección La Centena y aún se encuentra disponible.)
En Fatal Espejo, el sitio cultural fundado por mi querida Raquel Castro y en el que varios amigos y cómplices colaboramos a principios de siglo, escribí un ensayo entusiasta sobre González en el que sigo creyendo y que menciona, además, su obra posterior. Como aquel sitio está inactivo por el momento, espero colocar ese texto aquí próximamente. Hasta que pueda hacerlo no diré más sobre “Rudisbroeck o los autómatas”. Mejor, léanlo.
(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)
Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna
Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones “de género” y en especial de novelas policiacas. Continuar leyendo ‘Juan Hernández Luna (1962-2010)’
Una noticia que no había podido publicar: este lunes se inaugura, en la ciudad de Toluca, el séptimo Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura que organiza la Facultad de Humanidades de la UAEM (Universidad Autónoma del Estado de México). El CONEL se llevará a cabo del 3 al 7 de mayo y tendrá conferencias, mesas redondas, lecturas de obra de escritores jóvenes, cine y hasta un par de toquines. El programa completo del Congreso se encuentra en este archivo PDF e incluirá (lo que me alegra mucho) la presentación del libro Estética Unisex de Marco Aurelio Chávezmaya, amigo muy querido y escritor admirado desde hace años y años.
En cuanto a mí, participaré el día inaugural, lunes 3 de mayo, con una conferencia magistral (no sé, claro, qué tan magistral podrá ser: puedo decir, eso sí, que llevo rato preparándola) cuyo título será “Mexicanos secretos” y tiene que ver, entre otras cosas, con el tiempo, la memoria, la desconexión entre literatura y lectores y la primera extinción en masa de escritores del siglo XXI: la de mi propia generación. La cita para esta conferencia es el lunes 3, a las 13:00 horas, en la sala de usos múltiples “José Blanco Regueira” de la Facultad de Humanidad de la UAEM, situada en Paseo Universidad esquina con Paseo Tollocan, Ciudad Universitaria, Toluca, Estado de México. Los invito.

Una invitación. Para celebrar el Día Mundial del Libro, el próximo viernes 23 de abril habrá diversas actividades y yo estaré en dos organizadas por la Dirección de Publicaciones de Conaculta (cuyo programa completo para el Distrito Federal se puede leer aquí).
La primera será la escritura de un cuento colectivo que tendrá lugar durante todo el día a partir de las 10:00 de la mañana y en la que todos los interesados podrán participar. El escritor Xavier Velasco empezará la historia y cualquiera que lo desee podrá ir agregando a ese comienzo. La cita es en el Sendero Reforma (Paseo de la Reforma, a la altura del Museo Nacional de Antropología).
La segunda será la presentación de la Biblioteca Alas y Raíces, dedicada a ofrecer textos “clásicos contemporáneos” totalmente gratis. Entre otros que estarán disponibles (y que van desde ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick hasta El guardián entre el centeno de J. D. Salinger y Cuentos por teléfono del gran Gianni Rodari), se publicará también una edición conmemorativa de La tumba de José Agustín, celebrando los 45 años de su publicación original, y él mismo estará allí para comentar el libro. Todo esto será en la explanada del Museo de Antropología a las 18:00 horas.
El programa que enlacé arriba contiene, además, muchas otras presentaciones así como talleres, lecturas para niños y más. Ojalá se animen a ir.
Uno de mis propósitos para este año es dejar de buscar disculpas para el cuento. No las necesita, y si hay lectores que no se le acercan, peor para ellos. Que se vayan a leer la novela de moda y que nos dejen en paz. Que la forma del cuento es más antigua que la de la novela, dicen: muy bien. Que es más extraña: quién sabe cómo definen “extraño”, pero de acuerdo. Que es más exigente, menos reconfortante, más arriesgada y peligrosa: sí, lo es, cuando se trata de cuentos que valen la pena. Son pocos, pero el encontrarlos es el encontrar una parte de lo verdaderamente valioso de la literatura, que no depende de su género –de hecho, incluso lo podemos encontrar en alguna que otra novela– y que rara vez podemos ver cuando está demasiado cerca: cuando acaba de aparecer o lo ha escrito alguien de nuestros contemporáneos.
Sospecho que Edificio de Ana García Bergua será reconocido, cuando podamos leerlo bien y con calma, como uno de esos libros escasos: de los que compensan meses y años de búsqueda entre novedades huecas y mal hechas. De momento, para celebrar su aparición, quedémonos con lo que se ve más inmediatamente: las quince historias que componen este volumen –fragmentos de las vidas de otros tantos personajes que son vecinos en un conjunto imaginario de departamentos– son apasionantes.
Ahora que nos encontramos con los cuentos más bien en colecciones que en revistas o periódicos, los mejores cuentistas buscan formas nuevas de justificar la existencia de sus libros. La intención, en general, es que las historias sugieran una unidad que les dé otro sentido más allá del que pudieran tener individualmente: que los textos se hablen, como ha escrito el crítico Gabriel Wolfson, a la vez que nos hablan a nosotros. Edificio se propone este objetivo de un modo claro e ingenioso: algunos personajes aparecen en más de un texto, de manera que todos parecen suceder en el mismo mundo inventado. No es un artificio muy distinto del entrelacement: la técnica por la cual los precursores de la novela en la edad media comenzaron a reunir tradiciones dispersas y a convertirlas en largos ciclos narrativos, aunque aquí los personajes reunidos poco a poco, por medio de referencias sueltas que el lector va reuniendo aun sin darse cuenta, no son caballeros y reyes sino hombres y mujeres de clase media y de mediana edad, que se enfrentan con sus propias vidas huecas y con el extrañamiento que les inspira el hecho de que el tiempo los va dejando atrás: que el destino del ser humano es la irrelevancia y el olvido y casi todos llegamos a esa meta mucho antes de la muerte. Las semillas de esta visión se plantan en el primer cuento, “La carta”, y dan fruto en el último, “Los tormentos de Aristarco”; este último incluso se las arregla para reinterpretar, sutilmente, varias de las narraciones precedentes.
Por otra parte, lo que apasiona de los cuentos de Edificio –o lo que a mí me apasiona– no es el dibujo de su realidad general y desoladora, por elegante que pueda ser, sino las historias individuales: los sucesos concretos de cada vida imaginada. En esto Edificio tiene raíces más antiguas: al contrario del grueso de nuestra tradición realista, que lleva cincuenta años escribiendo los mismos tedios de las mismas formas tediosas, Ana García Bergua toma lo mejor de la más antigua tradición de la narrativa –el impulso de la trama, la curiosidad por “lo que va a pasar después”– y en muchas ocasiones nos fuerza, efectivamente, a preguntarnos qué puede pasar luego con sus personajes. Esto no es poca cosa: sin aspavientos, cada texto sorprende con vueltas impredecibles, con sucesos que tienen perfecto sentido cuando ocurren pero no se ven venir y no necesitan ser imposibles ni estrambóticos. La contención no se tiene por una virtud entre nosotros y en verdad lo es muy raramente, pero aquí se le emplea para producir muchas veces un efecto devastador: incluso las vidas más anodinas, las más alejadas de lo que ofrecen los sueños y hasta los hechos improbables, de pronto pueden dar a quienes las viven una sorpresa. Nuestras formas de pensar, por sólidas y tercas que puedan parecer, pueden llevarnos a acciones y encuentros inusitados; nuestra rutina puede desembocar en transformaciones radicales; todo lo anterior puede trastocarnos, y hasta destruirnos.
Si somos como los personajes de este libro, todo esto significa que ni siquiera la desolación puede ofrecernos una estabilidad verdadera, el consuelo de lo que no cambia. Y, sin embargo, tal vez sea para bien que nuestras certidumbres sean tan engañosas y nuestras existencias tan frágiles. Nunca hay en Edificio el gusto por la superficie del sufrimiento que está de moda en tantos de esos libros malos que mencioné al comienzo: al contrario, hay una perplejidad que me cuesta describir porque no es resignada pero tampoco frívola. Tal vez, parece decir, incluso quienes estamos encerrados en nuestras vidas estamos más expuestos de lo que deseamos. Y tal vez sea para bien aunque no sea para nuestro bien, como dicen que dijo Kafka.
Para acabar, permítanme una cita rara: es de Santiago Auserón, cantautor y rocanrolero español, quien habló en una de tantas entrevistas de los problemas de la música popular de su país. “Cada vez que está a punto de madurar una generación”, dijo, “la industria y los medios la abandonan a su suerte: los chavales se mueren de estrellato antes de tiempo. (…) No se produce con naturalidad el paso del estado de adolescente alucinado a humilde artesano con capacidad de aguante”. Ahora se podría usar lo dicho por Auserón para declarar muchas obviedades. Mejor hacer una analogía a partir de la cuestión del aguante: aquí no hay industria ni medios que se desentiendan de los escritores (porque tampoco dan el paso inicial de interesarse por ellos), pero de todas formas son muy pocos quienes apuestan por el refinamiento complicado, doloroso, incierto del trabajo propio más allá de los primeros pasos, del primer golpe que casi nadie consigue dar y que tantos viven buscando mucho más allá de toda medida. Ana García Bergua es una de esas escasas afortunadas que ha sido consecuente con su evolución como escritora, que ha aceptado la madurez de su vida y la ha convertido en madurez de su trabajo.
(Esta nota se leyó el mes pasado en la presentación de Edificio, libro de cuentos de Ana García Bergua publicado por la editorial Páginas de Espuma.)
Aurelio Asiain ha traducido y publicado en internet Un puñado de poemas de Ikkyu Sojun, poeta japonés del siglo XV; “una de las figuras más interesantes del budismo zen”, escribe Asiain. “Célebre por sus excentricidades, sus excesos y sus escándalos (…) calígrafo mayor del Japón, legendario flautista itinerante, artífice de la ceremonia del té y poeta originalísimo”. Los textos fueron publicados originalmente en su blog Margen del Yodo, y no cito aquí ninguno, aunque muchos me parecen excelentes, para que vayan a leerlos; por supuesto es gratis.
(Una dirección alterna, donde pueden leerse más fácilmente, es ésta, del Internet Archive.)

Ikkyu Sojun (fuente: Un puñado de poemas)
* * *
Los poemas de Ikkyu Sojun han llamado la atención en días recientes, pero ha resultado más comentada aún la nota de Asiain –publicada en su bitácora de Tumblr Nada que ver– en la que parte de una nota de Twitter en la cuenta del programa Final de Partida, del recién nacido canal Foro TV: “Con ediciones de mil ejemplares en el mejor de los casos y un público cada vez más reducido, ¿puede sobrevivir la poesía?”.
Asiain dice que la pregunta es “un lugar común y una tontería” y escribe en Twitter catorce notas sobre la cuestión que aquí reproduzco:
1. La poesía siempre se ha editado en tirajes mínimos y su público no es cada vez más reducido, todo lo contrario. Paren de decir memeces.
2. Pero hoy, además, se imprimen más ejemplares que nunca antes. Tiraje de Sarada Kinenbi de Tawara Machi: 2,600,000 ejemplares.
3. Un poema publicado en internet tiene en pocas horas muchos más lectores que impreso en papel. También un libro de poemas.
4. El librito de Ikkyu que puse en Internet tuvo en siete días más de mil lectores. Ninguno de mis libros de poesía impresos los tuvo en años.
5. Las publicaciones impresas se leen menos, pero reducir al papel el mundo editorial y la vida literaria es ciego. La creación está hoy aquí.
6. El prestigio de la letra impresa intimida a muchos buenos escritores, que no se reconocen como tales porque sólo publican en sus blogs.
7. La literatura que se escribe, publica y lee en los blogs tiene más lectores que los medios impresos, y sólo el prejuicio la juzga inferior.
8. Sólo por prejuicio, también, consideramos alta literatura un haiku de Basho o una copla de Lorca y no tantos tuits que no lo son menos.
9. En Japón las novelas de mayor venta en los últimos años se han escrito y publicado primero en teléfonos celulares en millones de ejemplares.
10. Hace dos días un memo ironizaba porque escribí que a mí, en Twitter, me interesa descubrir escritores. Pero los encuentro todos los días.
11. En unas horas de lectura atenta en Twitter, siguiendo a la gente adecuada, se encuentra más y mejor poesía que en cualquier revista impresa.
12. “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre” dijo Cardoza y Aragón. Dicho de otro modo: no hay humanidad sin poesía.
13. La poesía no es un género literario. Es un fenómeno lingüístico y no sólo lingüístico. Es una forma particular de la producción de sentido.
14. La poesía existe desde mucho antes que los libros, el papel y la escritura. Sobrevivirá a los libros impresos, la televisión y la internet.
Esto es una invitación a debatir. ¿Qué opinan ustedes?
* * *
Nota: leí primero los textos de Asiain en la cuenta de Facebook de Guillemo Vega Zaragoza, quien también tiene blog y cuenta de Twitter.
Se verá que blogs, Twitter, Tumblr, Facebook (e Internet Archive, que preserva tantos sitios activos y tantos más desaparecidos) son realmente lugares nuevos, como se viene diciendo desde hace tanto. Lo que no se ve con tanta frecuencia es que la red, además de un espacio vastísimo en el que es posible perderse (cliché horrible), es uno en el que podemos no saber: perdernos de mucho, pasar de largo, ignorar. La erudición de internet (por la que, supuestamente, “todos sabemos todo”) no es más que una metáfora o una posibilidad irrealizable: la información que nos satura es irrelevante, por lo general, pero incompleta siempre.
Hay que dejar la pasividad para intentarlo pero la red sí devuelve –aunque sea sólo de manera relativa, individual: la propia de la época– la posibilidad de descubrir.
Según creemos saber, la literatura es reflejo de la realidad. Es verdad pero eso no significa que toda la literatura hable de lo mismo real del mismo modo. Toda ficción, por extraña que sea, nace en el mundo y nace del mundo. Si no podemos verlo, o si sólo aceptamos las formas más literales y más serviles del lenguaje, peor para nosotros.
Edilberto Aldán ofrece una prueba de esto en su libro de cuentos Rápidas variaciones de naturaleza desconocida: más de una persona quedará desconcertada por los cuentos iniciales de la colección y en especial con el primero, “Interpósita persona”, que juega a ser autobiográfico y escrito por una persona real que desea ganar un premio real en el concurso real en el que Aldán, precisamente con el libro que leemos, obtuvo un segundo lugar y una cantidad apreciable de dinero.* Pero si usted se fascina con la idea de una frontera difusa entre lo cierto y lo inventado, o peor todavía: si sigue leyendo a la busca del chisme y de la confesión supuestamente sincera, se perderá lo que en verdad importa. Porque Edilberto Aldán ofrece una prueba en otro sentido también: su libro nos examina.
Explico:
Dentro de su trama curiosa, “Interpósita persona” anuncia que describirá la estructura del libro entero: las relaciones entre los cuentos y la estructura del conjunto. Más aún, el texto habla de claves explícitas para identificar al autor, de que su número telefónico aparece en alguna página… y también afirma que el libro va a ostentar una escritura correcta y poco problemática, pensada para agradar a jurados profesionales.
Y nada de esto sucede: los datos no están, el libro tiene otra forma, los cuentos no usan las estrategias ramplonas que se describen. Los textos no van entrelazados unos con otros al modo que ahora está de moda, y que tiene como fin hacer que una colección de historias parezca una novela aunque no lo sea; tampoco se pone en juego ninguna de las estrategias ni de los temas que servirían para que los textos se cuadraran a los prejuicios en boga y parecieran “relevantes”, “representativos”, “pertinentes”…
Nuestra prueba como lectores es, dado que el texto nos miente y nos desorienta, orientarnos solos: encontrar esa clave de la que he hablado, preguntarnos por qué los textos siguen su ruta precisa; por qué los que tratan la identidad y la escritura dan paso a los eróticos, luego a las remembranzas inventadas y por fin a las viñetas presuntamente históricas. Por qué caminamos del escritor equívoco al acostón indescifrable al padre posible a Glenn Gould y las Variaciones Goldberg.
Cierta idea de cuál es esa clavedebe estar en el texto final de la colección de Aldán, cuyo título es “Arte poética”:
No deja de sonreír mientras escribe la última palabra.
Aspira profundamente antes de colocar el punto final. Con un gesto suave deja reposar, al fin, el centenar de hojas. Exhala satisfecho.
Escribió la obra perfecta. Resta un último paso: las cenizas se elevan con el vuelo de los pájaros al atardecer cuando prende fuego al manuscrito.
Está listo para comenzar de nuevo.
La prosa de Edilberto Aldán se resiste a las normas actuales de la eficacia: no está fascinada con la sequedad de los escritores estadounidenses, no lo deja todo por “avanzar la trama” y juega con una sintaxis que me recuerda a Julio Cortázar y a más de un autor latinoamericano de esos que empezamos a negar por deporte (y para bien, porque sus imitadores son todos pésimos) hace quince o veinte años. Pero lo importante –la clave– no está en el texto en sí ni siquiera en la imagen dramática, conocida, de la destrucción. Al contrario, este texto es el único que se enlaza directamente con otros del libro: nos devuelve a las frustraciones y engaños de los primeros cuentos, donde un puñado de personajes se queda perplejo ante el poder de la escritura o ante sus reflejos en el mundo, pero en lugar de exaltar la idea de la literatura como arte de trepar, como farsa y búsqueda de prestigio, hace exactamente lo contrario: su escritor destruye lo que crea. No le interesan las consecuencias ni los premios de su creación más allá del acto mismo de haber creado.
Al hacer esto Aldán sugiere (creo) que estas Rápidas variaciones son el trayecto de un escritor que sabe otro modo en el que la escritura, que es parte siempre de la realidad, se engrana en ella. La escritura puede ser pasatiempo, catarsis, fuente de trabajo, herramienta para buscar el poder, pero también puede ser búsqueda: indagación en el interior de quien crea. Puede ser un camino, pues, en el que la meta sólo cuente como un alto y en el que se pueda, como el narrador de “Arte poética”, volver a comenzar siempre desde cero.

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida
* (Este libro fue publicado por el Gobierno del Estado de México, dentro de su Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Ganó, en efecto, el segundo premio en la especialidad de cuento del Concurso Internacional “Letras del Bicentenario”, convocado por el estado de México en 2009.)

















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