Archivo de etiquetas para 'escritores en lengua inglesa'

Declaración de Randolph Carter

Hoy, precisamente hoy, cumpliría 120 años H. P. Lovecraft, otro de los grandes reclusos de la literatura de occidente y el creador de una parte de la mejor literatura fantástica de los últimos cien años. Sus cuentos no son difíciles de hallar en la red pero, de todos modos, dejo aquí uno de ellos, como un homenaje: una de sus historias tempranas, en la que aparece uno de los más conocidos entre sus exploradores e investigadores de lo extraño.
      Este personaje, con diferentes nombres, aparece muchas veces en la obra de Lovecraft: el hombre que se acerca a lo terrible, lo que está más allá de lo humano, y sólo por azar (o por las limitaciones de nuestro pobre espíritu) consigue escapar a todo lo que es peor que la locura y la muerte.

H. P. Lovecraft

“The Statement of Randolph Carter” fue escrito en 1919 y se publicó en mayo de 1920 en The Vagrant. He revisado un poco esta traducción que no he podido situar y que se encuentra en muchos sitios de internet.
      (Un detalle. Muchas veces se ha criticado el estilo de Lovecraft, calificándolo de recargado; si bien la calidad de sus textos no siempre es la misma, y el texto que sigue no es el que me parece su mejor obra –ésta sería, creo, “El que murmuraba en las tinieblas”, un cuento de 1931–, es necesario considerar la personalidad que el escritor crea con esta habla nerviosa y repleta de adjetivos: como la de algunos personajes de Poe, empezando con el narrador de “El corazón delator”, lo voz que escuchamos aquí es la de un hombre en su estado de mayor debilidad, cuando acaba de encontrarse con algo que lo sobrepasa por mucho y que reduce a nada la estatura humana.)

Continuar leyendo ‘Declaración de Randolph Carter’

El problema de la señora Blynn, el problema del mundo

Este mes, un cuento poco conocido de Patricia Highsmith (1921-1995), la gran narradora de origen estadounidense que se volvió famosa como escritora de novelas policiacas y demostró en ellas un talento excepcional para crear personajes y situaciones. Los lectores del resto de su obra no encontrarán aquí mucha violencia, pero sí la misma visión de lo más sombrío y terrible del ser humano: sólo cambia el escenario, como el título del cuento sugiere.

Patricia Highsmith

“The Trouble With Mrs. Blynn, The Trouble With the World” fue encontrado entre los papeles de Highsmith después de su muerte y se publicó en la antología póstuma Nothing That Meets the Eye (2003). Ignoro quién tradujo al español la presente versión.

Continuar leyendo ‘El problema de la señora Blynn, el problema del mundo’

Los pájaros

La película clásica de Alfred Hitchcock (1963) es una adaptación, sumamente libre, del cuento que sigue. Daphne du Maurier (1907-1989), inglesa, fue autora de numerosos libros entre novelas, colecciones de cuentos, crónicas y memorias, aunque se le recuerda en especial por las adaptaciones fílmicas que se han hecho de varios de sus textos (además de Los pájaros, por ejemplo, otras dos películas de Hitchcock: Rebeca y Posada Jamaica, parten de trabajos suyos). Como no intentó innovaciones formales a la manera de otros autores de la época, y su prosa se acerca más a la de sus precursores en el siglo XIX, a veces se le tiene como una autora de escaso interés; sin embargo, era una excelente creadora de tramas de suspenso y sus atmósferas inquietantes sorprenden por la parquedad de los recursos que emplea para crearlas.

Daphne du Maurier

“The Birds” se publicó primero en el libro The Apple Tree (1952; la presente traducción es de Adolfo Martín). Es una narración bastante extensa, y con un final abierto, pero conserva la unidad de efecto y trama de un cuento con forma clásica. Esto, sin duda, debe haber atraído a Hitchcock, quien estaba en desacuerdo con la opinión general y consideraba que los largometrajes eran más afines al cuento que a la novela. Por lo demás, tenía razón.

Continuar leyendo ‘Los pájaros’

La oración de guerra

Mañana, 21 de abril, se cumple un siglo de la muerte de Mark Twain (1835-1910), el escritor estadounidense que inventó a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. El aniversario no parece estar llamando mucho la atención. No importa:
      ”The War Prayer” fue publicado en el número de noviembre de 1916 de la revista Harper’s Monthly. Twain dictó este breve cuento en algún momento entre 1904 y 1905, como una reacción ante la guerra entre Estados Unidos y Filipinas (1899-1902), e intentó publicarlo pero fue rechazado por su editor habitual. Twain decidió entonces –se cuenta– que se mantuviera inédita hasta después de su muerte. Su visión desoladora de la humanidad es lo que la hace pertinente ahora. Pilar Hortelano es la autora de la presente traducción.

LA ORACIÓN DE GUERRA
Mark Twain

Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.
      De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
      Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».
      Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
      Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
      El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».
      El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un sismo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».
      «Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».
      «Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: ‘Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios’. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».
      «Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».
      (Una pausa)
      «Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».
      Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.

Después de veinte años

Al escritor estadounidense William Sydney Porter (1862-1910) se le recuerda por el seudónimo con el que firmaba sus cuentos: O. Henry. Durante las últimas dos décadas de su vida, y por algunas más después de ésta, se le consideró uno de los grandes maestros de la literatura de su país, a la vez en la línea de Edgar Allan Poe y de Mark Twain pues, si bien sus escenarios eran casi siempre los de la vida cotidiana en entornos rurales y urbanos, su tratamiento de personajes y ambientes se acercaba a lo gótico. También se admiraba mucho la construcción de las llamadas trick-stories, en las que Porter se especializó: cuentos con un final sorpresivo, muy contundente, en los últimos renglones.
      Posteriormente la reputación de O. Henry ha disminuido, al ponerse en boga otros estilos de contar y al señalarse el carácter mecánico, manipulador, de muchos de sus textos. Pero otros son auténticas obras maestras y por ellos aún se le tiene en alta estima; por ejemplo, todavía hoy se entrega el O. Henry Memorial Award, un premio instituido en 1919 que se da anualmente a los mejores cuentos que se publican en los Estados Unidos.

O. Henry

“After Twenty Years” fue publicado en el libro Los cuatro millones (1906). Por si a alguien le interesa, este enlace lleva a una grabación de la versión original en inglés del cuento, leído por Dave Ranson.

DESPUÉS DE VEINTE AÑOS
O. Henry

El policía tenía un aspecto imponente mientras efectuaba su ronda por la avenida. Esa imponencia era lo habitual en él, y no para presumir, pues los espectadores escaseaban. Aunque apenas eran las 10 de la noche, las heladas ráfagas de viento, con regusto a lluvia, habían despoblado las calles, o poco menos.
      El agente probaba puertas al pasar, haciendo girar su porra con movimientos artísticos e intrincados; de vez en vez se volvía para recorrer el distrito con una mirada alerta. Con su silueta robusta y su leve contoneo, representaba dignamente a los guardianes de la paz. El vecindario era de los que se ponen en movimiento a hora temprana. Aquí y allá se veían las luces de alguna tabaquería o de un bar abierto durante toda la noche, pero la mayoría de las puertas correspondían a locales comerciales que llevaban unas cuantas horas cerrados.
      Hacia la mitad de una cuadra, el policía aminoró súbitamente el paso. En el portal de una ferretería oscura había un hombre, apoyado contra la pared y con un cigarro sin encender en la boca. Al acercarse él, el hombre se apresuró a decirle, tranquilizador:
      —No hay problema, agente. Estoy esperando a un amigo, nada más. Se trata de una cita convenida hace 20 años. A usted le parecerá extraño, ¿no? Bueno, se lo voy a explicar, para hacerle ver que no hay nada malo en esto. Hace más o menos ese tiempo, en este lugar había un restaurante, el Big Joe Brady.
      —Sí, lo derribaron hace cinco años —dijo el policía.
      El hombre del portal encendió un fósforo y lo acercó a su cigarro. La llama reveló un rostro pálido, de mandíbula cuadrada y ojos perspicaces, con una pequeña cicatriz blanca junto a la ceja derecha. El alfiler de corbata era un gran diamante, engarzado de un modo extraño.
      —Esta noche se cumplen 20 años del día en que cené aquí, en el Big Joe Brady, con Jimmy Wells, mi mejor amigo, la persona más buena del mundo. Él y yo nos criamos aquí, en Nueva York, como si fuéramos hermanos. El tenía 20 años y yo, 18. A la mañana siguiente me iba al Oeste para hacer fortuna. A Jimmy no se le podía arrancar de Nueva York; para él no había otro lugar en la tierra. Bueno, esa noche acordamos encontrarnos nuevamente aquí, a 20 años exactos de esa fecha y esa hora, cualquiera fuese nuestra condición y la distancia a recorrer para llegar. Suponíamos que, después de 20 años, cada uno tendría ya la vida hecha y la fortuna conseguida.
      —Parece muy interesante —dijo el agente—. Pero se me ocurre que es mucho tiempo entre una cita y otra. ¿No ha sabido nada de su amigo desde que se fue?
      —Bueno, sí. Nos escribimos por un tiempo —respondió el otro—. Pero al cabo de un año o dos nos perdimos la pista. Usted sabe, el Oeste es muy grande y yo vivía mudándome de un lado a otro. Pero estoy seguro de que Jimmy, si está con vida, vendrá a la cita; siempre fue el tipo más recto y digno de confianza del mundo, y no se va a olvidar. Ya viajé mil quinientos kilómetros para venir a este sitio, pero habrá valido la pena si él aparece.
      El hombre sacó un hermoso reloj, con pequeños diamantes incrustados en las tapas.
      —Faltan tres minutos —anunció—. Cuando nos separamos, a la puerta del restaurante, eran las 10 en punto.
      —A usted le fue bastante bien en el Oeste, ¿no? —preguntó el policía.
      —¡A no dudarlo! Espero que Jimmy haya tenido la mitad de mi suerte. Bueno, muy inteligente no era; trabajador sí, y muy buen tipo. Yo he tenido que vérmelas con gente muy avispada para llenarme el bolsillo. Aquí, en Nueva York, la gente se estanca. Hay que ir al Oeste para ponerse en forma.
      El policía balanceó la porra y dio un paso o dos.
      —Tengo que seguir la ronda —dijo—. Espero que su amigo no le falle. ¿No piensa darle unos minutos de tolerancia?
      —¡Por supuesto! —afirmó el otro—. Le daré cuanto menos media hora. Por entonces Jimmy tendrá que estar aquí, si está con vida. Hasta luego, agente.
      —Buenas noches, señor —saludó el policía.
      Y prosiguió su ronda, probando los picaportes al pasar.
      Había empezado a caer una llovizna helada; las ráfagas inciertas se transformaron en un viento constante. Los pocos peatones se apresuraban, incómodos y silenciosos, con los cuellos vueltos hacia arriba y las manos en los bolsillos. Y en la puerta de la ferretería, el hombre que había viajado mil quinientos kilómetros para cumplir con una cita, insegura hasta lo absurdo, con su amigo de la juventud, fumaba su cigarro y seguía esperando.
      Esperó unos 20 minutos. Al cabo, un hombre alto, de sobretodo largo y cuello subido hasta las orejas, cruzó apresuradamente desde la vereda opuesta para acercarse al hombre que esperaba.
      —¿Eres tú, Bob? —preguntó, vacilando.
      —¿Jimmy Wells? —gritó el hombre de la puerta.
      —¡Bendito sea Dios! —exclamó el recién llegado, aferrando al otro por los dos brazos—. ¡Claro que eres Bob, qué duda cabe! Estaba seguro de encontrarte aquí, si vivías. Bueno, bueno, bueno… Veinte años es mucho tiempo. El viejo restaurante ya no existe, Bob; ojalá no lo hubieran derribado, así habríamos podido cenar otra vez aquí. Y dime, viejo, ¿cómo te ha tratado el Oeste?
      —Fantásticamente. Me dio todo lo que le pedí. Pero has cambiado muchísimo, Jimmy. Te hacía cinco o seis centímetros más bajo.
      —Bueno, crecí un poco después de los 20 años.
      —¿Te va bien en Nueva York, Jimmy?
      —Más o menos. Tengo un puesto en uno de los departamentos de la Municipalidad. Vamos, Bob; iremos a un sitio que conozco para charlar largo y tendido sobre los viejos tiempos.
      Los dos echaron a andar por la calle, del brazo. El hombre del Oeste, aumentado su egotismo por el éxito, empezó a esbozar un relato de su carrera. El otro, inmerso en su sobretodo, escuchaba con interés.
      Cuando llegaron a la esquina, donde las luces eléctricas de una farmacia iluminaban la calle, cada uno de ellos se volvió para mirar la cara de su compañero.
      El hombre del Oeste se detuvo bruscamente, apartando el brazo.
      —Usted no es Jimmy Wells —dijo de pronto—. Veinte años son mucho tiempo, pero no tanto como para que a uno le cambie la nariz de recta a respingada.
      —A veces es bastante para transformar a un hombre bueno en malo —dijo el desconocido—. Estás arrestado desde hace diez minutos, Bob, alias “el Sedoso”. A los de Chicago se les ocurrió que podías andar por aquí y enviaron un cable diciendo que querían charlar contigo. No te vas a resistir, ¿verdad? Así me gusta. Ahora bien, antes de llevarte a la comisaría te daré esta nota que me entregaron para ti. La puedes leer aquí, a la luz de la ventana. Es del agente Wells.
      El hombre del Oeste desplegó el pedacito de papel que acababa de recibir. Cuando empezó a leer su mano estaba serena, pero al terminar le temblaba un poquito. La nota era bastante breve.

Bob: Llegué a nuestra cita a la hora justa. Cuando encendiste el fósforo te reconocí como el hombre que buscaban en Chicago. Como no pude hacerlo personalmente, fui en busca de un agente de civil para que se hiciera cargo.

JIMMY

Un día perfecto para el pez banana

Ésta es una de las escasas narraciones breves publicadas en vida por J. D. Salinger. Apareció por primera vez en 1948, en el número de enero de la revista The New Yorker: es la primera en la “serie” de la familia Glass y gira, como se verá, alrededor de Seymour, el personaje salingeriano más famoso después de Holden Caulfield y (tal vez) una figura todavía más fascinante. El cuento, que cimentó la reputación de Salinger incluso antes de la publicación de El guardián entre el centeno, fue publicado después en la colección Nueve cuentos (1953).
      Dos notas: primera, la frase con la que empieza la segunda sección del texto contiene, en inglés, una referencia velada a Seymour (cuyo apellido, Glass, significa “vidrio”); segunda, después del cuento hay un “extra” que tal vez pueda interesarles.

Salinger el apropiadamente misterioso

UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA
J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
      No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
      Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
      —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
      —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
      —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
      A través del auricular llegó una voz de mujer:
      —¿Muriel? ¿Eres tú?
      La chica alejó un poco el auricular del oído.
      —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
      —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
      —Traté de telefonear anoche y antenoche. Los teléfonos aquí han…
      —¿Estás bien, Muriel?
      La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
      —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
      —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
      —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
      —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
      —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
      —¿Cuándo llegasteis?
      —No sé… el miércoles, de madrugada.
      —¿Quién condujo?
      —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
      —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
      —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
      —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
      —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
      —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
      —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
      —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
      —Muy bien—dijo la chica.
      —¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
      —No. Ahora tiene uno nuevo
      —¿Cuál?
      —Mamá… ¿qué importancia tiene?
      —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
      —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
      —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
      —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
      —Lo tienes tú.
      —¿Estás segura?—dijo la chica.
      —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
      —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
      —¡Pero está en alemán!
      —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos.. .
      —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
      —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
      —Muriel, mira, escúchame.
      —Te estoy escuchando.
      —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
      —¿Sí?—dijo la chica.
      —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
      —¿Y…?—dijo la chica.
      —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
      —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
      —¿Quién? ¿Cómo se llama?
      —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
      —Nunca lo he oído nombrar.
      —De todos modos, dicen que es muy bueno.
      —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
      —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
      —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
      —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
      —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está…
      —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
      —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
      —Me he quemado toda, mamá, toda.
      —¡Qué horror!
      —No me voy a morir.
      —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
      —Bueno… sí… más o menos…—dijo la chica.
      —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
      —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
      —Bueno, ¿qué dijo?
      —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
      —¿Por que te hizo esa pregunta?
      —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
      —¿El verde?
      —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
      —Pero ¿qué dijo él? El médico.
      —Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
      —Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
      —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
      —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
      —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
      —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
      —Bien. Le subí un poco las hombreras.
      —¿Cómo es la ropa este año?
      —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
      —¿Y tu habitación?
      —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
      —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
      —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
      —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
      —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
      —¿Y no quieres volver a casa?
      —No, mamá.
      —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
      —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una for…
      —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…
      —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
      —¿Dónde está?
      —En la playa.
      —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
      —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
      —No he dicho nada de eso, Muriel.
      —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
      —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
      —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
      —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
      —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
      —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
      —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
      —Muriel, hazme caso.
      —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
      —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
      —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
      —Muriel, quiero que me lo prometas.
      —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

* * *

—Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
      —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
      La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
      —No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
      —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
      —Estáte quieta, Sybil, cariño…
      —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
      La señora Carpenter suspiró.
      —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
      Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
      Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
      —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
      El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
      —¡Ah!, hola, Sybil.
      —¿Vas a ir al agua?
      —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
      —¿Qué?—dijo Sybil.
      —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
      —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
      —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
      —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
      —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
      Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
      —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
      Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
      —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
      —¿En serio? Acércate un poco más.
      Sybil dio un paso adelante.
      —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
      —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
      —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
      Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
      —Necesita aire—dijo.
      —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
      —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
      —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
      Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
      —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
      —Sí que podías.
      —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
      —¿Qué?
      —Me imaginé que eras tú.
      Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
      —Vayamos al agua—dijo.
      —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
      —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
      —¿Que eche a quién?
      —A Sharon Lipschutz.
      —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.
      —¿Un qué?
      —Un pez banana—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
      Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
      Los dos echaron a andar hacia el mar.
      —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el joven.
      Sybil negó con la cabeza.
      —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
      —No sé—dijo Sybil.
      —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
      Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
      —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
      —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
      Sybil lo miró:
      —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
      Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
      —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
      Sybil soltó el pie:
      —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
      —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
      —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
      —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
      —No eran más que seis—dijo Sybil.
      —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
      —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
      —¿Si me gusta qué?
      —La cera.
      —Mucho. ¿A ti no?
      Sybil asintió con la cabeza:
      —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
      —¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
      —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
      —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
      Sybil no dijo nada.
      —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
      —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
      Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
      —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
      —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
      —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.
      —No veo ninguno—dijo Sybil.
      —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
      Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
      —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
      Ella negó con la cabeza.
      —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
      —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
      —¿Qué pasa con quiénes?
      —Con los peces banana.
      —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
      —Sí—dijo Sybil.
      —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
      —¿Por qué?—preguntó Sybil.
      —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
      —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
      —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
      Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
      Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
      —Acabo de ver uno.
      —¿Un qué, amor mío?
      —Un pez banana.
      —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
      —Sí—dijo Sybil—. Seis.
      De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
      —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
      —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
      —¡No!
      —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
      —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
      El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
      En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
      —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
      —¿Cómo dice?—dijo la mujer.
      —Dije que veo que me está mirando los pies.
      —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
      —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
      —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
      Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
      —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
      Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
      Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
      Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

El “extra” es el siguiente: “Hapworth 16, 1924″, el último cuento publicado por Salinger, apareció en 1965, cuando el escritor ya se había retirado a su “exilio” en Cornish, New Hampshire. Después de eso, ninguna otra publicación hasta hoy, que se especula sobre sus posibles textos póstumos pero aún no se ha visto nada. “Hapworth 16″ se refiere a la infancia de Seymour Glass, quien resulta ser sobrenaturalmente precoz. Salinger nunca permitió que la historia se reeditara ni se tradujera después de su primera aparición…, pero alguien la tradujo anónimamente (la versión está firmada por “Ghetta Life”) y lo colocó en este sitio en 2005. (Yo lo supe gracias al blog Puente Aéreo de Gustavo Faverón.)

La primera página del cuento en la edición original

Todos ustedes, zombis…

Robert A. Heinlein (1907-1988), estadounidense, fue uno de los escritores de ciencia ficción más notorios y celebrados de su tiempo. Causó polémicas por la temática de algunos de sus libros, que fueron acusados de defender un conservadurismo radical, no muy encubierto y que a veces lindaba con el fascismo; por otro lado, en sus mejores obras hay espacio para una ambigüedad interesante y problemática; esto lo vio claramente Paul Verhoeven, quien basó su película Invasión (1997) en la novela Tropas del espacio (1959) de Heinlein, una apología del militarismo que también (según resultó) podía leerse como una sátira.
      Heinlein fue mejor cuentista que novelista y, utilizando los postulados de lo fantástico, creó un puñado de historias cortas de gran complejidad y elegancia. La mejor de todas es ésta: “–All You Zombies–”, publicada originalmente en 1959 en la revista
Fantasy and Science Fiction. Su primera versión en español (que aquí se presenta muy revisada) es de Daniel Hernández y fue publicada en 1965.

Robert Anson Heinlein

Cuatro detalles: primero, la palabra “zombis” se usa sólo en sentido figurado (pero es crucial para comprender el cuento); segundo, “Old Underwear” es una parodia de las marcas de ciertas bebidas y Heinlein la usa para sugerir algo de pésima calidad; tercero, las referencias y el tono misóginos (incluyendo las siglas traducidas) buscan retener los del original; cuarto, las “confesiones” (“confession stories”) que uno de los personajes escribe para ganarse la vida son historias de mujeres con amores contrariados y todo tipo de sufrimientos que se vendían como verídicas en revistas; eran una falsificación semejante a los “casos de la vida real” de la televisión actual.

TODOS USTEDES, ZOMBIS
Robert A. Heinlein

2217 ZONA TEMPORAL V. 7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma.
      La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y mal carácter. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Era mi muchacho. Le obsequié mi mejor sonrisa de cantinero.
      Tal vez soy demasiado severo. No era maricón ni nada parecido. Lo llamaban así por lo que contestaba cuando algún entrometido quería saber a qué se dedicaba: –Soy una madre soltera –decía, y si no tenía ganas de pegarle a alguien continuaba: –A cuatro centavos por palabra. Escribo confesiones.
      Si estaba de mal humor se quedaba esperando que alguien hiciese un chiste. Tenía un estilo letal para la pelea cuerpo a cuerpo, como el de una mujer policía…, razón por la cual yo lo lo buscaba. Y no la única.
      Hoy estaba ya bastante servido y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Le serví en silencio una ración doble de Old Underwear y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
      Yo pasé el trapo por el mostrador.
      –¿Cómo va el negocio de la Madre Soltera?
      Sus dedos apretaron el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara y tanteé bajo del mostrador en busca de la cachiporra. En la manipulación temporal uno trata de planearlo todo, pero hay tantos factores que uno no debe correr riesgos innecesarios.
      Vi que se relajaba en ese grado pequeñísimo que nos enseñan a detectar en la escuela del Buró.
      –Perdón –dije–. Sólo preguntaba cómo iba el negocio. Haga de cuenta que le pregunté cómo está el clima.
      Se veía amargado. –El negocio va bien. Yo escribo, ellos publican, yo como.
      Me serví un trago y me incliné hacia él.
      –De hecho –le comenté–, usted escribe bien. He leído algunas de sus historias. Le sale de maravilla el punto de vista femenino.
      Éste era un desliz al que debía arriesgarme: él nunca había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan enojado como para sólo oír lo último.
      –¡El punto de vista femenino! –repitió, bufando–. Ah, sí, yo me sé el punto de vista femenino. Claro que me lo sé.
      –¿Sí? –dije, como dudando– ¿Hermanas?
      –No. Si se lo cuento no me lo cree.
      –Bueno –repuse suavemente–, los psiquiatras y los cantineros aprenden que nada es más extraño que la verdad. Mire, joven, si usted oyera las historias que yo oigo, bueno, se haría rico. Increíble.
      –Usted no sabe qué es “increíble”.
      –¿De veras? A mí no me asombra nada. Ya todo lo he oído.
      La Madre Soltera volvió a resoplar.
      –¿Le apuesto el resto de la botella?
      –Le apuesto otra botella entera –dije, y la puse en el mostrador.
      –Bueno…
      Le hice señas al otro barman para que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo tenía como refugio privado; para bloquearlo ponía sobre el mostrador frascos con huevos en conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos viendo el box en la televisión y alguien hacía sonar la rocola. Estábamos tan en privado como en una cama.
      –Muy bien –dijo la Madre Soltera–. Para empezar, soy un bastardo.
      –Eso no es una ninguna distinción aquí –le contesté.
      –Lo digo en serio –replicó–. Mis padres no estaban casados.
      –Es no es raro –insistí–. Los míos tampoco.
      –Cuando… –se interrumpió y, por primera vez desde que lo conocía, me miró con alguna calidez–. ¿En serio?
      –Claro. Bastardo cien por ciento. De hecho –agregué– nadie se casa en mi familia. Puro bastardo.
      –¿Y eso?
      –Ah, esto –se lo mostré–. Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres –era una vieja sortija que le compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta pre-cristiana–. La serpiente Uroboros –expliqué–; la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.
      Él apenas la miró.
      –Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una niña pequeña…
      –¡Momento! –lo interrumpí– ¿Lo oí bien?
      –¿Quién está contando la historia? Cuando yo era una niña pequeña… Mire, ¿nunca ha oído hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?
      –¿Cambios de sexo? ¿Me está tratando de decir…?
      –Si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. De chica envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a saber de sexo…, y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato…
      –Lo sé.
      –… juré solemnemente que si tenía un hijo, tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo “pura’, cosa que era una hazaña en ese medio… Tuve que aprender a pelear. Después fui creciendo y entendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme…, por lo mismo por lo que nadie me había adoptado –hizo una mueca–. Tenía cara de caballo, dientes de conejo, pecho plano, pelo de cepillo…
      –No está mucho peor que yo.
      -¿A quién le importa cómo se ve un cantinero? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar elige a los tarados de ojos azules y cabellos de oro. Y luego los hombres quieren pechos grandes, caras lindas y esa actitud de “oh, qué hombre” –se encogió de hombros–. Yo no podía competir. Por eso decidí meterme a R.A.M.E.R.A.S.
      –¿A dónde?
      –Red Astronáutica Múltiple Especializada en Relajación y Atención Sanitaria. Lo que ahora llaman “Ángeles del Espacio”: Auxiliares Navales, Grupo de Enfermería Lenitiva.
      Reconocí ambas siglas cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla, la del grupo de élite: Patrulla Unificada de Tareas de Animación y Solaz. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo. ¿Sabían ustedes que las “estaciones de servicio” servían gasolina en un tiempo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: “Lo espero en la estación de servicio de junto”, pero las estaciones de servicio (en ese entonces) no tenían camas.
      La Madre Soltera continuó:
      –Entonces fue cuando admitieron que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años sin aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo chillaron los puritanos? Yo aproveché porque no había muchas voluntarias. Una debía ser respetable, de preferencia virgen (querían adiestrarlas desde cero), mentalmente por arriba del promedio y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran prostitutas viejas o neuróticas que habrían acabado locas diez días después de salir de la Tierra. Así que no hacía falta que yo fuera bonita; si me aceptaban me arreglarían los dientes, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás… sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. De ser necesario hasta me harían la cirugía estética… Nada era demasiado bueno para Nuestros Muchachos.
      ”Y lo mejor de todo era que se aseguraban de que una no quedara embarazada…, y, casi seguro, una se casaba al terminar el tiempo del contrato. Igual que ahora con las A.N.G.E.L.es, que se casan con los astronautas. Hablan el mismo idioma.
      ”A los dieciocho me pusieron como auxiliar de casa de familia. La familia sólo quería una sirvienta barata, pero a mí no me importaba. No podía alistarme antes de cumplir veintiuno. Hacía las labores de la casa y luego iba a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y mecanografía, pero en realidad iba a una clase de encanto, para que fuera más fácil que me reclutaran.
      ”Fue entonces cuando conocí a este tipo con sus billetes de cien dólares –la Madre Soltera torció la cara–. Un imbécil, pero realmente tenía un fajo de billetes de cien… Una vez me los enseñó y me dijo que tomara lo que quisiera.
      ”Pero yo no quise. Me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar ninguna otra cosa. Dejé la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.
      “Hasta que una noche, en el parque, empezaron las otras cosas.
      La Madre Soltera calló.
      –¿Y luego? –pregunté.
      –¡Luego nada! Nunca lo volví a ver. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, me dio un beso de buenas noches y nunca volvió –tenía una cara lugubre–. Si pudiera encontrarlo, lo mataría.
      –Bueno –le dije, en tono de condolencia–, sé cómo se siente. Pero matarlo…, sólo por haber hecho lo más natural… ¿Usted se resistió?
      –¿Qué? ¿Eso qué importa?
      –Mucho. Tal vez se merezca que le rompan los brazos por irse así, pero…
      –¡Merece algo peor! Espere a que termine. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé pensando que había sido para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querría a nadie… Y estaba más ansiosa que nunca por ingresar en R.A.M.E.R.A.S. No estaba descalificada porque no se insistía mucho en lo de la virginidad. Al fin me reanimé.
      ”Sólo entendí hasta que las faldas empezaron a quedarme chicas.
      –¿Embarazada?
      –¡Como una vaca! Los tacaños con los que vivía se hicieron tontos mientras pude trabajar, y entonces me echaron a patadas. El orfanato no quiso recibirme otra vez. Acabé en un hospital de caridad, rodeada de otras gordas y limpiando bacinicas hasta que llegó la hora.
      ”Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: “Relájese. Ahora respire hondo…”
      ”Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Llega el cirujano y me pregunta muy contento:
      ”–¿Qué tal, cómo se siente?
      ”–Como una momia.
      ”–Es natural. Está envuelta como una momia, y llena de anestésico para que no sienta. Va a salir bien, pero una cesárea no es un cualquier cosa.
      ”–Una cesárea –dije–… Doctor, ¿perdí al bebé?
      ”–No, su bebé está bien.
      ”–¿Fue niño o niña?
      ”–Niña. Totalmente sana. Cinco libras, tres onzas.
      ”Me tranquilicé. Ya era algo haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte, pensé, me pondría ‘señora de’ en el apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto. Mi hija no iba a acabar en un orfanato.
      ”Pero el cirujano seguía hablando:
      ”–Dígame, este… –no dijo mi nombre–. ¿Alguna vez pensó que su sistema glandular era… raro?
      ”Yo dije: –¿Qué? Claro que no. ¿A qué se refiere?
      ”Él, primero, se quedó callado. –Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios. Le va a hacer falta.
      ”–¿Nervios? ¿Por qué? –le dije.
      ”–¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Hasta se casó. Todo perfecto.
      ”–¿Eso qué tiene que ver conmigo?
      ”–Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.
      ”Me quise enderezar. –¿Qué?
      ”–Cálmese. Cuando la abrí, encontré un revoltijo. Mientras sacaba al bebé llamé al jefe de cirugía; lo consulté con usted todavía en la mesa, y trabajamos varias horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos juegos completos de órganos sexuales, ambos inmaduros, pero el femenino estaba lo bastante desarrollado como para permitirle tener un bebé. Ya no le iban a servir, así que los extirpamos y dejamos todo puesto para que usted pueda desarrollarse adecuadamente como hombre –me puso una mano en el hombro– No se preocupe. Es usted joven, los huesos se ajustarán, cuidaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre.
      ”Me eché a llorar. –¿Y qué va a pasar con mi hija?
      –Bueno, no va a poder amamantarla… No tiene leche ni para un gatito. Si yo fuera usted ni siquiera la vería: la pondría en adopción…
      ”–¡No!
      ”A él no le importó. –Usted decide. Es la madre…, es decir… Usted la engendró. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es que se ponga bien.
      ”Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola a diario. Trataba de acostumbrarme a ella. Nunca había visto un recién nacido, y no tenía idea de qué horribles son… Mi hija parecía un monito anaranjado. Eso sí, mis sentimientos se volvieron una decisión firme de hacer todo por ella. Pero cuatro semanas después, todo eso dio lo mismo.
      –¿Cómo?
      –La secuestraron.
      –¿La secuestraron?
      La Madre Soltera estuvo a punto de tirar la botella.
      –La raptaron. ¡La robaron de la enfermería del hospital! –la Madre Soltera respiraba con fuerza– ¿Qué le parece cómo le pueden quitar a un hombre la única razón que tiene para vivir?
      –Qué feo –admití–. Tómese otro. ¿No hubo pistas?
      –Nada que le sirviera a la policía. Alguien fue a verla diciendo que era el tío. Cuando la enfermera le dio la espalda, se la llevó.
      –¿Cómo era?
      –Un tipo cualquiera, con una cara en forma de cara, como la de usted o la mía –frunció el ceño–. Ha de haber sido el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, pero seguro se maquilló. ¿Quién más se iba a llevar a mi bebé? Las mujeres sin hijos hacen esas cosas, pero ¿quién iba a decir que un hombre…?
      –¿Qué pasó después?
      –Once meses más en ese lugar horrible y tres operaciones. A los cuatro meses empezó a crecerme la barba. Antes de salir ya me rasuraba todos los días…, y sin duda era hombre –sonrió ácidamente–. Ya empezaba a mirarle el busto a las enfermeras.
      –Bueno –le dije–, me parece al final le fue bien. Helo aquí, un hombre normal que gana bastante dinero y que no tiene problemas.Y la vida de la mujer no es fácil.
      La Madre Soltera me miró con furia.
      –¡Usted no tiene idea!
      –¿Por qué?
      –¿Alguna vez oyó esa expresion, “una mujer arruinada”?
      –Huy, hace años. Ya no tiene mucho sentido.
      –Yo estaba tan arruinado como puede estarlo una mujer. Ese maldito realmente me arruinó la vida. Yo ya no era una mujer y no sabía cómo ser un hombre.
      –Habrá tomado tiempo acostumbrarse…
      –Usted no tiene la menor idea. No me refiero a aprender a vestirme, o de no equivocarme de baño. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero cómo iba a vivir? ¿En qué iba a trabajar? Carajo, ni siquiera sabía manejar. No sabía ningún oficio y no podía hacer trabajo manual: tenía demasiadas cicatrices, demasiado tejido blando…
      ”Además, yo odiaba a aquel tipo por haberme quitado esa posibilidad de entrar en R.A.M.E.R.A.S, pero fue peor cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Con verme el abdomen me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico me dedicó un buen rato por pura curiosidad. Ya había leído acerca de mi caso.
      ”Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Trabajé friendo cosas en un restaurante. Después renté una máquina de escribir y quise ser escribano público…. ¡Qué risa! En cuatro meses escribí cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era para Casos de la Vida Real y era puro desperdicio de papel, pero el idiota que lo escribió pudo venderlo.
      Eso me dio una idea. Compré un montón de revistas para mujeres y las estudié… –ahora tenía una cara cínica–, y ahora ya sabe cómo puedo escribir el punto de vista femenino en mis cuentos sobre madres solteras. Gracias a la única versión que no he vendido: la verdadera. ¿Me gané la botella?
      La empujé hacia él. Yo mismo me sentía bastante trastornado, pero había trabajo que hacer.
      Le dije:
      –Joven, ¿todavía le gustaría agarrar a ese tal por cual?
      Sus ojos se encendieron con un brillo de fiera.
      -¡Momento! –dije– No lo mataría, ¿o sí?
      Soltó una risa maligna.
      –Póngame a prueba.
      –Calma. Sé más de este asunto de lo que usted piensa. Lo puedo ayudar. Sé dónde está.
      Él pasó un brazo sobre el mostrador. –¿Dónde está?
      –Suélteme la camisa, joven, o va acabar en el callejón y le tendré que decir a la policía que desmayó.
      La Madre Soltera me soltó.
      –Perdón. Pero ¿dónde está? –me miró– ¿Y cómo sabe tanto?
      –Todo a su tiempo. Hay registros: del hospital, del orfanato, de los médicos. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿verdad? Y después vino la señora Gruenstein, ¿verdad? Y cuando usted era niña su nombre era Jane, ¿verdad? Y usted no me dijo nada de esto, ¿verdad?
      Había logrado desconcertarlo, tal vez asustarlo.
      –¿De qué se trata? ¿Quiere meterme en problemas?
      –Claro que no. Me interesa su bienestar. Puedo poner al tipo junto a usted. Usted hace con él lo que quiera…, y le garantizo que no le pasará nada. Eso sí, creo que no va a matarlo. Tendría que estar loco para matarlo… y usted no está loco. No mucho.
      No me hizo mucho caso.
      –Menos habladas. ¿Dónde está?
      Le serví un trago, chico. Seguía borracho, pero no se notaba por la ira.
      –No tan rápido. Yo le hago un favor, usted me hace un favor.
      –¿Cuál?
      –A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué me diría si yo le ofrezco otro, bien pagado, permanente, gastos ilimitados, con usted de su propio jefe, y un montón de diversión y aventuras?
      Se me quedó mirando.
      –Le diría que me contara otro cuento. Ya basta, Pop. Ese empleo no existe.
      –Hagámoslo de otro modo: yo le entrego el hombre, usted se arregla con él y luego prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como le digo, no pasa nada.
      Él vacilaba, pero se decidió con el último trago.
      –¿Cuándo me lo entrega? — dijo con voz pastosa.
      –Sí está de acuerdo…, ¡ahora mismo!
      Él extendió la mano. –¡Trato hecho!
      Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora –23.00– y cuando me agachaba para cruzar la puertita bajo el mostrador, la rocola empezó a sonar con “¡Soy mi propio abuelo!”. El encargado tenía la orden de poner sólo clásicos y Americano, porque yo no aguanto la “música” de 1970, pero yo no sabía que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:
      –¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! –y agregué: –Voy al almacén. No tardo.
      Y allá fui, seguido por la Madre Soltera.
      El almacén estaba al fondo del pasillo, del otro lado de los baños. Una puerta de acero de la que sólo el encargado de día y yo teníamos llave. Adentro, había otra puerta que llevaba a un cuarto del que sólo yo tenía llave. Entramos ahí.
      La madre soltera miró, confundido, las paredes sin ventanas.
      –¿Dónde está?
      –Ahora mismo viene.
      No había nada en el cuarto salvo un estuche. Lo abrí. Era un Equipo de Campo Transformador de Coordenadas de la U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una belleza, sin partes móviles, 23 kilos de peso a plena carga y diseñado para parecer una maleta. Lo había ajustado con precisión desde temprano. Todo lo que había que hacer era desplegar la red metalica que limita el campo de transformación. Cosa que hice.
      –¿Qué es eso? –preguntó.
      –Una máquina del tiempo –respondí, y eché la red sobre nosotros.
      –¡Oiga! –gritó la Madre Soltera, y dio un paso atrás. Hay una técnica para hacer esto: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la malla de metal, y entonces acabar de cerrar la red para que los dos quedemos adentro. Si no, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie, o bien llevarse un trozo del suelo. Pero no hace falta más. Algunos agentes engañan al sujeto para que se meta en la red; yo digo la verdad y uso ese momento de asombro total para mover el interruptor. Cosa que hice.

1030-VI-3 ABR 1963. Cleveland, Ohio. Edificio Apex

–¡Oiga! –volvió a decir él–. ¡Quíteme esta porquería de encima!
      –Lo siento –me disculpé, plegué la red y la guardé en la maleta–. Usted me dijo que quería encontrarlo.
      – Pero… ¡usted dijo que eso era una máquina del tiempo!
      Le señalé una ventana.
      –¿Le parece que estamos en noviembre? ¿O en Nueva York?
      Mientras él veía, estupefacto, los capullos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien y comprobé que la numeración y la firma fueran compatibles con 1963. Al Buró del Tiempo no le importa lo que uno gaste (no cuesta), pero tampoco le gustan los anacronismos innecesarios. Si comete muchos errores, una corte marcial lo puede exiliar por un año a algún periodo especialmente malo, 1974 por ejemplo, con su racionamiento estricto y sus trabajos forzados. Yo nunca cometo esos errores. El dinero era perfecto.
      La Madre Soltera dio media vuelta y preguntó:
      –¿Qué pasó?
      –El tipo está aquí. Salga y vaya por él. Aquí tiene dinero para sus gastos –le empujé el fajo y añadí: –Arréglese con él y después yo lo recojo.
      Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con cara de no poder creerlo, cuando lo empujé al vestíbulo y cerré por dentro. El siguiente salto fue fácil: un pequeño desplazamiento en la misma era.

1700-VI. 10 MAR 1964. Cleveland. Edificio Apex

Habían echado un aviso por debajo de la puerta: el contrato de mi renta expiraba la semana próxima. Salvo ese detalle, el cuarto se veía como un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados y parecía que iba a nevar. Me apuré, con sólo una pausa para recoger dinero contemporáneo y saco, sombrero y un abrigo que había dejado allí al rentar el cuarto. Pedí un taxi y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera como para llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Los ajustes fueron más complicados ahora pues el edificio no existía aún en 1945. Pero ya lo había calculado.

0100-VI-20 SEP 1945. Cleveland. Motel Skyview

El equipo, el bebé y yo llegamos a un hotel en las afueras de la ciudad. Previamente me había registrado como “Gregory Johnson, de Warren, Ohio”, así que aparecimos en un cuarto con cortinas corridas, ventanas cerradas, puertas atrancadas y el piso libre de obstáculos, como precaución contra oscilaciones mientras la máquina se orientara. Uno puede darse un mal golpe por una silla en el lugar equivocado…, no por la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.
      No hubo problemas. Jane dormía profundamente. La llevé afuera, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había rentado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalera de la entrada, recorrí dos cuadras hasta llegar a una “estación de servicio” (de las que vendían gasolina) y llamé por teléfono al orfanato. Después regresé, a tiempo para ver cómo metían la caja de cartón, seguí avanzando, dejé el coche cerca del motel, caminé hasta la entrada y salté hasta adelante, hasta el edificio Apex en 1963.

2200-VI-24 ABR 1963. Cleveland. Edificio Apex

Yo no me había dejado mucho margen. La exactitud en el salto del tiempo depende de cuánto se salta, salvo cuando se regresa a cero. Si no me había equivocado, Jane estaría descubriendo ahora, en el parque, en esa noche perfumada de primavera, que no era una chica tan decente como había creído. Tomé un taxi a la casa de los tacaños y le ordené al chofer que esperara a la vuelta de la esquina, mientras yo me observaba en lo oscuro.
      De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche y le dio un largo beso de buenas noches: mucho más largo de lo que yo creía. Ella entró y él se alejó por la vereda. Lo alcancé y lo tomé por el brazo.
      –Eso es todo, joven –le anuncié en voz baja–. Ya vine a recogerlo.
      –¡Usted! –dijo, sin aliento.
      –Sí, yo. Y ahora ya sabe quién es él, y si lo piensa sabrá quién es usted…, y si lo piensa más sabrá quien es el bebé… y quién soy yo.
      No me contestó. La sacudida había sido grande. Es un choque el que le prueben a uno que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y saltamos otra vez.

2300-VII-12 AGO 1985. Base Sub-Rocallosas

Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación y le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una pastilla y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento se veía de mal humor, pero el rango es el rango en cualquier época. Hizo lo que le dije, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en el Buró.
      –¿Qué nombre? –preguntó.
      Se lo escribí. Él enarcó las cejas.
–Conque sí, ¿eh?
–Sólo haga su trabajo, sargento –me volví a mi acompañante–. Joven, ya se acabaron sus problemas. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y le irá bien. Yo sé.
–¡Claro que sí! –se me unió el sargento–. Míreme a mí: nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.
      Regresé al cuarto de saltos y ajusté todo para ir al cero preseleccionado.

2301-V-7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el cliente que quería oír “¡Soy mi propio abuelo!”. Le dije:
      –Déjalo que lo escuche. Después desconecta la rocola.
      Estaba muy cansado.
      El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo, y luego del Error de 1972 es difícil reclutar en los años tardíos. ¿Puede haber una fuente mejor que seleccionar a gente más en la ruina, estén donde estén, y ofrecerle un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso) para una buena causa? Todo el mundo sabe ahora por qué falló la Guerra del Fallo de 1963: la bomba que iba para Nueva York no explotó jamás, y otras mil cosas no ocurrieron como habían sido planeadas…, todo gracias a gente como yo.
      Pero no el Error de 1972. Ese no fue nuestra culpa, y ya no tiene arreglo. No hay ninguna paradoja. Una cosa o es, o no es, ahora y para siempre. Amén. Pero nunca habrá otro error así: una orden fechada 1992 tiene prioridad en cualquier año.
      Cerré el bar cinco minutos antes de la hora, y dejé en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, porque yo me iba a tomar unas largas vacaciones. El Buró podía cobrarle o no cobrarle, pero quiere que no se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito en el almacén y salté a 1993.

2200-VII-12 ENE 1993. Anexo Sub-Rocallosas, Cuartel del Buró del Tiempo

Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, me la había ganado) y tomé un trago antes de escribir mi informe. Sabía horrible y me pregunté cómo me había gustado alguna vez el Old Underwear. Pero era mejor que nada: no me gusta estar totalmente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco le doy de verdad a la botella. Otras personas ven serpientes…, yo veo personas.
      Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos aprobados por el Departamento de Psico, incluyendo el mío, que ya sabía que aprobarían. Porque yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una solicitud para que me pasaran a operaciones: estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y fui hacia la cama.
      Me quedé mirando las “Leyes del Tiempo” sobre mi cabecera:

No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana
Si al final tienes éxito no vuelvas a intentarlo
Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones
Una paradoja puede ser pararreglada
Es más temprano cuando piensas
Los antepasados son sólo gente
El mismo Júpiter cabecea

Ya no me inspiraban como cuando era recluta; treinta años subjetivos de saltos en el tiempo lo cansan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Las cesáreas dejan grandes cicatrices, pero tengo tanto pelo ahora que no veo la mía a menos que la busque.
      Le eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.
      La serpiente que se muerde la cola, por siempre y para siempre. Yo sé de dónde he venido…, pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zombis?
      Sentí que me venía un dolor de cabeza, pero yo no tomo analgésicos. Una vez tomé… y todos ustedes se fueron.
      Así que me metí en la cama y apagué la luz.
      En realidad ustedes no están ahí. No hay nadie más que yo –Jane–, a solas, aquí en la oscuridad.
      ¡Los extraño tanto!

La fe de nuestros padres

He aquí, de nuevo, “Faith of Our Fathers”, el cuento con el que el enorme Philip K. Dick (1928-1982) contribuyó a la famosa antología Visiones peligrosas (1967-69) de Harlan Ellison. Visto desde el siglo XXI, el libro de Ellison fracasó en su proyecto de renovar la ciencia ficción de forma perdurable y radical, pero no importa: es una reunión espectacular de historias provocadoras, casi siempre inteligentes y, en algunos casos, auténticas obras maestras de sus autores. Sobre todo, éste es el caso del cuento de Dick, que reúne la mayoría de sus obsesiones fundamentales en una trama deslumbrante; su protagonista, Chien, no sólo está enfrentado a transformaciones indescifrables de la realidad, sino que además se ve obligado a intentar leerlas, encontrarles algún sentido desde su estatura mínima de hombre, como a los poemas presuntamente subversivos con los que empiezan sus dificultades. Encima, por supuesto, está el gran estado totalitario que alcanza (¿o tenía desde el principio?) la estatura y el poder terrible de la divinidad…
      (En cierto modo, el texto es todavía más inquietante porque resulta una premonición de la propia experiencia de ruptura de la realidad que Philip K. Dick tuvo en 1974, que es el núcleo de sus novelas tardías y que, en cierto modo, destruyó al escritor al mismo tiempo que lo invitaba a contemplar y aprehender una plenitud abrumadora y distinta.)
      Hace cuatro años, cuando comencé este blog, el primer cuento que se publicó en el sitio fue éste. Pero en alguna de las mudanzas y los reajustes el texto se perdió. Aquí está otra vez, repito, en una versión revisada de la traducción de Domingo Santos y Francisco Blanco.

La cabeza de PKD

LA FE DE NUESTROS PADRES
Philip K. Dick

En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que iba sobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chien disminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de Artefactos Culturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lo rodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, era como si el vendedor sin piernas no existiera.
      —Camarada —lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito, propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales y testimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.
      —Está bien—dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.
      ”Excepto—pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: el oportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de toda posición oficial, incluyendo la mía.”
      —Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas—canturreó el vendedor ambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedo hacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo que podríamos llamar cánceres negros.—Alzando una bandeja de botellas, pequeños recipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedor canturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática, puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxina increíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial a alguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólares inflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero en realidad no valen mucho más que el papel higiénico.
      —Vete al infierno—dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire que pasaba en ese momento.
      Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en el Ministerio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidas anotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aún mayor.
      El vendedor dijo con calma:
      —Pero, camarada, debes comprarme.
      —¿Por qué?—preguntó Chien. Sentía indignación.
      —Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final de Liberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas. Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco —ahora su tono era triunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por un veterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de la deshonra.
      Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
      —Concedido—dijo—. Está bien, debo comprarte.—Dio un rápido vistazo a la pobre exhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste—decidió, señalando un paquetito de la última hilera y envuelto en papel.
      El vendedor ambulante se rió.
      —Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirar a La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil, porque eres un caballero.
      —La ley no exige que te compre algo útil—dijo Chien en tono cortante—. Sólo que debo comprarte algo. Me llevaré ése.
      Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por los billetes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, en su calidad de servidor del gobierno.
      —Cuéntame tus problemas—dijo el vendedor.
      Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien que no era del gobierno.
      —Está bien, camarada—dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé. Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo lo posible.—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión mucho más de lo normal?—preguntó de pronto.
      Tomado por sorpresa, Chien dijo:
      —Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace de novillos, ese arte esotérico importado del Oeste.
      Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividades del Partido.
      El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
      —Sesenta dólares de intercambio—declaró—. Con garantía total. Si no cumple con los efectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sin rencor.
      —¿Y cuáles son los efectos prometidos?—dijo Chien, sarcástico.
      —Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales—dijo el vendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a los secos y extensos sermones de costumbre que…
      Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. “La ordenanza que ha establecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia—pensó—. Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.”
      El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba al imponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propia oficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.

En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de seda Hong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba su propio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés, un dialecto que dominaba bastante mal.
      —Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el director de un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco, California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha del pueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización de instrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.
      Se estrecharon la mano.
      —¿Té?—le preguntó Chien.
Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear en el adornado recipiente de cerámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio, vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre el camarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.
      —El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señor Pethel, y confía en él—dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de San Francisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, en realidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector joven intelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. El enrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado en forma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
      —Gracias—murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.
      Tso-pin prosiguió:
      —Aunque el señor Pethel supervisará la confección de los cursos educativos presentados por la escuela a su cuerpo de estudiantes, todos los exámenes escritos serán enviados a su oficina para que usted efectúe un estudio experto, cuidadoso, ideológico de ellos. En otras palabras, señor Chien, determinará cuál de los dos mil estudiantes es confiable, quiénes responden realmente a la programación y quiénes no.
      —Ahora serviré el té—dijo Chien, haciéndolo ceremoniosamente.
      —Hay algo de lo que debemos darnos cuenta—dijo Pethel en un cantonés retumbante aún peor que el de Tso-pin—. Una vez perdida la guerra contra nosotros, la juventud norteamericana ha desarrollado una aptitud notable para disimular.
      Dijo la última palabra en inglés. Como no la entendía, Chien se volvió interrogante hacia su superior.
      —Mentir—explicó Tso-pin.
      —Pronunciar las consignas correctas en lo superficial, pero creerlas falsas interiormente—dijo Pethel. Los exámenes escritos de este grupo se parecerán mucho a los de los auténticos…
      —¿Quiere decir que los exámenes escritos de dos mil estudiantes pasarán por mi oficina?—preguntó Chien. No podía creerlo—. Eso es un trabajo absorbente; no tengo tiempo para nada que se parezca.—Estaba espantado—. Dar aprobación o negativa crítica oficial a un grupo astuto como el que usted prevé…—gesticuló—. Me cago en…—comenzó en inglés.
      Parpadeando ante el brutal insulto occidental, Tso-pin dijo:
      —Usted tiene un equipo. Además, puede incorporar otros ayudantes. El presupuesto del Ministerio, aumentado este año, lo permitirá. Y recuerde: el mismo Benefactor Absoluto del Pueblo eligió al señor Pethel.
      Ahora su tono era ominoso, aunque sólo sutilmente. Lo necesario para penetrar en la histeria de Chien y debilitarla hasta que se transformara en sumisión. Al menos momentánea. Para subrayar su afirmación, Tso-pin caminó hasta el fondo de la oficina; se detuvo ante el tridi-retrato tamaño natural del Benefactor Absoluto. Luego puso en funcionamiento el pasacinta montado tras el retrato. El rostro del Benefactor Absoluto se movió y brotó de él una homilía familiar, modulada en acentos más que familiares.
      —Luchen por la paz, hijos míos—entonó con suavidad, con firmeza.
      —Ajá—dijo Chien, aún perturbado, pero ocultándolo.
      Era posible que una de las computadoras del Ministerio pudiese clasificar los exámenes escritos; podía emplearse una estructura de sí-no-quizá, junto a un preanálisis del esquema de corrección (o incorrección) ideológica. El asunto podía transformarse en rutina. Probablemente.
      —He traído cierto material y me gustaría que usted lo analice, señor Chien—dijo Darius Pethel. Corrió el cierre de un desagradable y anticuado portafolio de plástico—. Dos ensayos de examen —dijo mientras le pasaba los documentos a Chien—. Esto nos permitirá saber si usted está capacitado para el trabajo.—Se volvió hacia Tso-pin. Sus miradas se encontraron—. Tengo entendido que si usted tiene éxito en la empresa será nombrado viceconsejero del Ministerio, y su Excelencia el Benefactor Absoluto del Pueblo le otorgará personalmente la medalla Kisterigian.
      Pethel y Tso-pin le brindaron una sonrisa de cauteloso acuerdo.
      —La medalla Kisterigian—repitió Chien como un eco. Aceptó los exámenes escritos, les dio un vistazo mostrando una tranquila indiferencia. Pero en su interior el corazón vibraba con tensión mal disimulada—. ¿Por qué estos dos? Quiero decir: ¿qué tengo que buscar en ellos, señor?
      —Uno es obra de un progresista dedicado, un miembro leal del partido, cuyas convicciones han sido investigadas a fondo—dijo Pethel—. El otro es un joven stilyagi de quien se sospecha que sostiene degeneradas criptoideas imperialistas de pequeño burgués. Le corresponde decidir, señor, a quién pertenece cada trabajo.
      Leyó el título del primer ensayo:

DOCTRINAS DEL BENEFACTOR ABSOLUTO ANTICIPADAS EN LA POESÍA DE BAHA AD-DIN ZUHAYR. DEL SIGLO TRECE. ARABIA.

Al hojear las primeras páginas, Chien vio una estrofa que le era familiar; se llamaba Muerte y la había conocido durante la mayor parte de su vida adulta, educada.

Fallará una vez, fallará dos veces,
sólo elige una entre muchas horas;
para él no hay profundidad ni altura,
es todo una llanura en donde busca flores.

—Poderoso—dijo Chien—. Este poema.
      —El autor utiliza el poema para referirse a la sabiduría ancestral desplegada por el Benefactor Absoluto en nuestras vidas cotidianas, de modo que ningún individuo esté seguro—dijo Pethel al notar que los labios de Chien se movían releyendo la estrofa—. Todo somos mortales, y sólo la causa suprapersonal, históricamente esencial, sobrevive. Y así debe ser. ¿Estaría usted de acuerdo con él? ¿Con este estudiante, quiero decir? O…—Pethel hizo una pausa— ¿Quizás esté, en realidad, satirizando las proclamas de nuestro Benefactor Absoluto?
      Precavido, Chien dijo:
      —Permítame examinar el otro texto.
      —No necesita más información. Decida.
      Vacilante, Chien dijo:
      —Yo… nunca había pensado en este poema de ese modo —se sentía irritado—. De todos modos, no es de Baha ad-Din Zuhayl: forma parte de la recopilación Las mil y una noches. Sin embargo, es del siglo trece; lo admito.
      Leyó con rapidez el texto que acompañaba al poema. Parecía ser un párrafo rutinario, poco inspirado, de clisés partidistas que él sabía de memoria. El ciego monstruo imperialista que segaba y absorbía (metáfora mixta) la aspiración humana, los cálculos del grupo anti-Partido aún en existencia en los Estados Unidos del Este… Se sentía sordamente aburrido, y tan poco inspirado como el estudiante del examen. Debemos perseverar, declaraba el texto. Eliminar los restos del Pentágono en las montañas Catskills, dominar a Tennessee y sobre todo el bolsón de reaccionarios empecinados de las colinas rojas de Oklahoma. Suspiró.
      —Creo que debemos permitir que el señor Chien pueda considerar este difícil material cómodamente—dijo Tso-pin. Luego se dirigió a Chien—: Tiene permiso para llevarlo a su departamento, esta noche, y juzgarlos en sus horas libres.
      Efectuó una reverencia entre burlona y solícita. Fuera o no un insulto, había librado a Chien del anzuelo, y Chien se lo agradecía.
      —Son ustedes muy bondadosos al permitirme cumplir con esta nueva y estimulante labor en mis horas libres. De estar vivo, Mikoyan los aprobaría—murmuró.
      ”Bastardos—se dijo, incluyendo en el insulto tanto a su superior como al caucásico Pethel—. Arrojándome un clavo ardiente como éste, y en mis horas libres. Es obvio que el PC de Estados Unidos tiene problemas. Sus academias de adoctrinamiento no cumplen su trabajo con la excéntrica y muy terca juventud yanqui. Y se han ido pasando este clavo ardiente de uno a otro hasta que llegó a mí.”
      ”Gracias por nada”, pensó con amargura.

Aquella noche, en su departamento pequeño pero bien equipado, leyó el otro examen, escrito esta vez por una tal Marion Culper, y descubrió que también tenía que ver con la poesía. Era obvio que se trataba de un curso de poesía. Siempre le había resultado desagradable la utilización de la poesía (o de cualquier arte) con propósitos sociales. De todos modos, sentado en su cómodo sillón especial enderezador de columna, imitación de cuero, encendió un enorme cigarro corona Cuesta Rey Número Uno del Mercado Inglés y empezó a leer.
La autora del ensayo, la señorita Culper, había elegido como texto las líneas finales de la famosa Canción para el día de Santa Cecilia, de un poema de John Dryden, poeta inglés del siglo XVII:

… Así, cuando la última y temible hora
esta gastada procesión devore,
la trompeta se oirá en lo alto,
los muertos vivirán, los vivos morirán,
y la Música destemplará el cielo.

Bueno, esto es increíble, pensó Chien, cáusticamente. ¡Se supone que debemos creer que Dryden anticipó la caída del capitalismo? ¿Eso quiso decir al escribir “gastada procesión”?
      Se inclinó para tomar el cigarro y descubrió que se había apagado. Tanteó en los bolsillos buscando su encendedor japonés, se detuvo…
      ¡Tuuiiii! se oyó por el televisor al otro lado de la sala de estar.
      —Ajá—dijo Chien—. El Líder va a hablarnos. El Benefactor Absoluto del Pueblo. Lo hará desde Pekín, donde ha vivido durante los últimos noventa años. ¿O cien? O, como a veces nos gusta pensar en él, el Asno…
      —Que los diez mil capullos de la abyecta pobreza autoasumida florezcan en vuestro jardín espiritual—dijo el locutor del canal televisivo.
      Chien se detuvo con un gruñido y ejecutó la reverencia de respuesta obligatoria. Cada televisor estaba equipado con mecanismos de control que informaban a la Polseg, la Policía de Seguridad, si el propietario estaba haciendo la reverencia y/o mirando.
      Un rostro claramente definido se manifestó en la pantalla: los rasgos amplios, lisos, saludables del líder del PC oriental, de ciento veinte años de edad, gobernante desde muchos…, demasiados años. Chien le sacó la lengua mentalmente y volvió a sentarse en el sillón de imitación de cuero, ahora frente al televisor.
      —Mis pensamientos están concentrados en ustedes, hijos míos —dijo el Benefactor Absoluto con sus tonos ricos y lentos—. Y sobre todo en el señor Tung Chien, de Hanoi, que tiene una difícil tarea por delante, una tarea que enriquece al pueblo del Oriente Democrático, además de la Costa Oeste Americana. Debemos pensar todos juntos en este hombre noble y dedicado, y en el trabajo que enfrenta, y yo mismo he decidido emplear algunos momentos de mi tiempo para honrarlo y alentarlo. ¿Me está oyendo, señor Chien?
      —Sí, Su Excelencia—dijo Chien, y consideró las posibilidades de que el Líder del Partido lo hubiera elegido a él en esta noche en especial.
      Las posibilidades eran tan escasas que experimentó un cinismo anormal en un camarada. Le sonaba poco convincente. Lo más probable era que la transmisión se emitiera sólo a su edificio de departamentos… o al menos sólo a aquella ciudad. También podría ser un trabajo de sincronización labial hecho en la TV de Hanoi. Incorporado. Sea como fuere, se le exigía que escuchara y mirara… y absorbiera. Lo hizo, gracias a toda una vida de práctica. Exteriormente parecía prestar una atención inflexible. En su fuero interno aún cavilaba sobre los dos exámenes escritos, preguntándose cuál era el correcto: ¿dónde terminaba el devoto entusiasmo por el Partido y comenzaba la sátira sardónica? Era difícil determinarlo…, lo cual explicaba, desde luego, por qué habían descargado la labor en su regazo.
      Volvió a tantear los bolsillos en busca del encendedor… y encontró el sobrecito gris que le había vendido el mercachifle veterano de guerra. Recordó lo que le había costado. Dinero tirado, pensó. ¿Y qué era lo que hacía este remedio? Nada. Dio vuelta al envoltorio y vio, en la parte de atrás, un texto en letras muy pequeñas. Comenzó a desdoblar el paquete con cuidado. Las palabras lo habían atrapado… para eso estaban preparadas, por supuesto.

¿Fracasando como miembro del Partido y ser humano? ¿Temeroso de volverse obsoleto y ser arrojado al montón de cenizas de la historia por

Paseó la vista con rapidez sobre el texto, ignorando sus afirmaciones, buscando datos para saber qué había comprado.
      Entretanto, la voz del Benefactor Absoluto seguía zumbando.
      Rapé. El paquetito contenía rapé. Innumerables granitos negros, como pólvora, de los que subía un atrayente aroma que le cosquilleó la nariz. Descubrió que el nombre de esa mezcla en particular era Princess Special. Y era muy agradable. En una época había tomado rapé (durante un tiempo, fumar tabaco había estado prohibido por razones sanitarias) en sus días de estudiante en la Universidad de Pekín; estaba de moda, sobre todo las mezclas afrodisíacas preparadas en Chungking. ¿Sería ésta como aquéllas? Al rapé se le podía agregar casi cualquier sustancia aromática, desde esencia de naranja hasta excremento de bebé pulverizado…, o al menos eso parecían algunas, sobre todo una mezcla inglesa llamada High Dry Toast que por sí sola habría bastado para poner punto final a su costumbre de inhalar tabaco.
      En la pantalla televisiva el Benefactor Absoluto seguía retumbando monótono, mientras Chien aspiraba el polvo con cautela y leía el prospecto: curaba todo, desde llegar tarde al trabajo hasta enamorarse de mujeres con pasado político dudoso. Interesante. Pero típico de los prospectos…
      Sonó el timbre.
      Se levantó y caminó hasta la puerta, sabiendo perfectamente lo que iba a encontrar. Como no podía ser de otra manera, allí estaba Mou Kuei, el guardia del edificio, pequeño y torvo y dispuesto a cumplir con su deber; se había colocado la faja en el brazo y el casco metálico, para mostrar que estaba de servicio.
      —Señor Chien, camarada trabajador del Partido. He recibido una llamada de la autoridad televisiva. Usted no está mirando su pantalla y en vez de eso juguetea con un paquete de contenido dudoso —extrajo un anotador y un bolígrafo—. Dos marcas rojas, y se le ordena en forma sumaria que a partir de ese momento descanse en una posición cómoda y sin tensiones ante su pantalla, y brinde al Líder su excelsa atención. Esta noche sus palabras se dirigen a usted en especial, señor. A usted.
      —Lo dudo—se oyó decir Chien.
      Parpadeando, Kuei dijo:
      —¿Qué quiere usted decir?
      —El Líder gobierna ocho mil millones de camaradas. No va a elegirme a mí.
      Se sentía furioso; la exactitud del reproche del guardia lo fastidiaba.
Kuei dijo:
      —Lo oí claramente con mis propios oídos. Usted fue mencionado.
      Acercándose al televisor, Chien aumentó el volumen.
      —¡Pero ahora está hablando sobre el fracaso de las cosechas en la India Popular! Eso no tiene importancia para mí.
      —Todo lo que el Líder expone es importante —Mou Kuei garabateó una marca en la hoja de su anotador, se inclinó ceremoniosamente y se giró—. La orden de venir aquí para que usted enfrentara su negligencia procedía del Departamento Central. Es obvio que consideran importante su atención; debo ordenarle que ponga en marcha el circuito de grabación automática y vuelva a pasar las partes anteriores del discurso del Líder.
      Chien hizo un sonido obsceno con la lengua. Y cerró la puerta.
Caminó hasta el televisor, empezó a apagarlo; una luz roja parpadeó de inmediato, informándole que no tenía permiso para hacerlo: en realidad, no podía terminar con la perorata y la imagen, ni siquiera desenchufándolo.
      ”Los discursos obligatorios nos van a matar —pensó—. Nos van a enterrar a todos; si pudiera librarme del ruido de los discursos, librarme del alboroto del Partido cuando ladra para azuzar a la humanidad…”
      Sin embargo, no había ordenanza conocida que le impidiera tomar rapé mientras contemplara al Líder. Así que abrió el paquetito gris y derramó una porción de gránulos negros sobre el dorso de su mano izquierda. Luego alzó la mano con gesto profesional hasta su nariz e inhaló profundamente, haciendo que el polvo le penetrase bien en las fosas nasales. Pensó en la antigua superstición. Que las fosas nasales están conectadas con el cerebro, y en consecuencia la inhalación de rapé afectaba en forma directa la corteza cerebral. Sonrió, otra vez sentado, con la vista fija en la pantalla y en el individuo gesticulante tan conocido por todos.
      El rostro se fue achicando, desapareció. El sonido cesó. Estaba ante un vacío, una superficie lisa. La pantalla, frente a él, era blanca y pálida, y en el altavoz sonaba un débil zumbido.
      Inhaló golosamente el polvo que quedaba sobre la mano, haciéndolo subir con avidez hacia la nariz, hacia las fosas nasales y—o al menos así lo sentía—hacia el cerebro; se hundió en el rapé, absorbiéndolo con júbilo.
      La pantalla permaneció vacía y luego, en forma gradual, una imagen fue tomando forma. No era el Líder. No era el Benefactor Absoluto del Pueblo; a decir verdad, no era nada que se pareciera a una figura humana.
      Ante él había un muerto aparato metálico, construido con circuitos impresos, seudópodos giratorios, lentes y una caja chirriante. Y la caja empezó a arengarlo con un clamor zumbante y monótono.
      Sin poder apartar los ojos de la imagen pensó: “¿Qué es esto? ,¿La realidad? Una alucinación —decidió—. El vendedor ambulante ha hallado alguna de las drogas psicodélicas utilizadas durante la Guerra de Liberación… ¡La está vendiendo y yo tomé un poco, tomé una porción completa!”
      Caminó dificultosamente hasta el videófono y marcó el número de la seccional Polseg más cercana al edificio.
      —Quiero informar sobre un traficante de drogas alucinógenas —dijo en el receptor.
      —¿Podría decirme su nombre, señor, y la ubicación de su departamento?
      Era un burócrata oficial eficiente, enérgico e impersonal.
      Le dio la información, luego volvió tambaleando a su sillón a imitación de cuero, para presenciar una vez más la aparición sobre la pantalla televisiva. “Esto es mortal —se dijo—. Debe de ser un producto desarrollado en Washington D. C., o en Londres: más fuerte y más extraño que el LSD-25 que vertieron con tanta eficacia en nuestros depósitos de agua. Y yo creía que iba a aliviarme de la carga de los discursos del Líder… esto es mucho peor, esta monstruosidad electrónica, de plástico y acero, farfullando, contorsionándose, parloteando: es algo terrorífico.”
      ”Tener que enfrentarme a esto por el resto de mis días…”
      El equipo de dos hombres de la Polseg llegó en diez minutos. Y para entonces la imagen familiar del Líder había vuelto a entrar en foco en una serie de pasos sucesivos, reemplazando la horrible construcción artificial que agitaba sus tentáculos y chirriaba sin fin. Temblando, Chien hizo entrar a los dos agentes y los condujo hasta la mesa donde había dejado el paquete con el resto de rapé.
      —Toxina psicodélica—dijo con voz apagada—. Efectos de corta duración. La corriente sanguínea la absorbe en forma directa, a través de los capilares nasales. Les daré detalles acerca de cómo la conseguí, quién me la vendió, y demás.
      Aspiró con fuerza, tembloroso; la presencia de la policía era reconfortante.
      Con los boligrafos listos, los dos oficiales esperaban. Y durante todo ese tiempo sonaba como fondo el discurso interminable del Líder. Como había ocurrido mil veces antes en la vida de Tung Chien. “Pero nunca volverá a ser igual—pensó—, al menos para mí. No después de inhalar ese rapé casi tóxico.”
      ”¿Eso es lo que ellos pretendían?”, se preguntó.
      Le pareció extraño pensar en ellos. Curioso… pero de algún modo correcto. Vaciló un instante, sin dar a la policía los detalles necesarios para encontrar al hombre. Un vendedor ambulante, empezó a decir. No sé dónde; no puedo recordar.
      Pero recordaba la intersección exacta de las calles. Así que, con una resistencia inexplicable, se lo dijo.
      —Gracias, camarada Chien —el agente de mayor graduación tomó con cuidado lo que quedaba de rapé (quedaba la mayor parte) y lo colocó en el bolsillo de su uniforme severo, elegante—. Le informaremos de inmediato en caso de que tenga que tomar medidas médicas. Algunas de las antiguas sustancias psicodélicas de la guerra eran fatales, como sin duda usted habrá leído.
      —He leído—asintió.
      Justamente en eso había estado pensando.
      —Buena suerte y gracias por avisarnos —dijeron los dos agentes, y partieron.
      El informe del laboratorio llegó con rapidez sorprendente, teniendo en cuenta la burocracia estatal. Se lo pasaron por el videófono antes de que el Líder hubiese terminado su discurso televisivo.
      —No es un alucinógeno—le informó el técnico del laboratorio Polseg.
      —¿No?—dijo perplejo y, extrañamente, sin sentir alivio en ningún sentido.
      —Todo lo contrario. Es una fenotiacina, que como usted sin duda sabe es antialucinógena. Una fuerte dosis por cada gramo de mezcla, pero inofensiva. Puede bajarle la presión arterial o darle sueño. Es probable que la hayan robado de algún escondite de provisiones médicas de la guerra abandonado durante la retirada. Yo en su caso no me preocuparía.
      Chien colgó el videófono lentamente, abstraído. Y luego caminó hasta la ventana del departamento, la ventana que daba sobre la espléndida vista de otros edificios horizontales de Hanoi.
      Sonó el timbre. Cruzó la sala alfombrada para contestar, como en un trance.

La muchacha que estaba allí de pie, vestida con un impermeable y un pañuelo atado sobre su cabello oscuro, brillante y muy largo, dijo con una tímida vocecita:
      —Eh… ¿Camarada Chien? ¿Tung Chien? Del Ministerio de…
      —Han estado controlando mi videófono—le dijo; era un disparo al azar, pero una certeza muda le indicaba que era cierto.
      —¿Ellos… se llevaron lo que quedaba de rapé?—Miró a su alrededor—. Oh, espero que no; es tan difícil conseguirlo en estos días.
      —El rapé es fácil de conseguir —dijo él—. La fenotiacina, no. ¿Es eso lo que quiere usted decir?
      La muchacha alzó la cabeza y lo estudió con sus amplios y oscuros ojos lunares.
      —Sí, señor Chien… —vaciló, con una indecisión tan obvia como la seguridad de los agentes de la Polseg— Cuénteme lo que vio; para nosotros es muy importante estar seguros.
      —¿Acaso puedo elegir?—dijo él, irónico.
      —S… sí, ya lo creo. Eso es lo que nos confundió; eso es lo que se salió de los planes. No comprendemos; no se adapta a ninguna teoría —sus ojos se hicieron aún más oscuros y profundos—. ¿Tomó la forma del horror acuático? ¿O de la cosa con fango y dientes, la forma de vida extraterrestre? Por favor, dígamelo; necesitamos saberlo.
      Su respiración era irregular, forzada, el impermeable subía y bajaba; Chien se descubrió contemplando el ritmo con que lo hacía.
      —Una máquina—dijo.
      —¡Oh!—ella sacudió la cabeza, asintiendo con vigor—. Sí, entiendo; un organismo mecánico que no se parece en nada a un hombre. No es un simulacro, algo construido para parecerse a un hombre.
      —Este no parecía un hombre—dijo Tung Chien, y agregó para sí: “y no podía, no pretendía hablar como un hombre”.
      —Usted comprende que no era una alucinación.
      —Oficialmente me informaron que lo que tomé era fenotiacina. Eso es todo lo que sé.
      Decía lo mínimo posible, no quería hablar ni oír. Oír lo que la muchacha pudiera decirle.
      —Bien, señor Chien… —lanzó un suspiro hondo, inseguro— Si no era una alucinación, entonces ¿qué era? ¿Qué es lo que nos queda? Lo que llamamos “super-conciencia”, ¿puede ser esto?
      Él no contestó; dándole la espalda, tomó con lentitud los dos exámenes escritos, los hojeó, ignorándola. Esperando la próxima tentativa de la muchacha.
      Apareció por sobre su hombro, exhalando un aroma a lluvia primaveral, a dulzura y agitación; su olor era hermoso, y su aspecto, y su modo de hablar. “Tan distinto de los ásperos discursos esquemáticos que oímos en la televisión y que he oído desde que nací.”
      —Algunos de los que toman la estelacina, y lo que usted tomó era estelacina, ven una aparición, algunos, otra. Pero han surgido distintas categorías; no hay una variedad infinita. Unos ven lo que usted vio, que llamamos el Chirriante. Otros ven el horror acuático, el Tragón. Y luego están el Pájaro, y el Tubo Trepador, y… —se interrumpió— Pero otras reacciones nos dicen muy poco —vaciló, luego siguió adelante—. Ahora que le ha ocurrido esto, señor Chien, nos gustaría que se uniera a nuestra agrupación y que se unan a su grupo particular los que ven lo que usted ve. El Grupo Rojo. Queremos saber qué es eso realmente… —hizo un gesto con sus dedos delgados, suaves como la cera—. No puede ser todas esas manifestaciones a la vez.
      Su tono era conmovedor, ingenuo. Chien sintió que su tensión se relajaba… un poco.
      —¿Qué ve usted?—dijo— Usted en particular.
      —Formo parte del Grupo Amarillo. Veo… una tormenta. Un remolino quejumbroso, maligno. Que lo arranca todo de raíz, tritura edificios horizontales construidos para durar un siglo —sobre su rostro apareció una sonrisa melancólica—. El Triturador. Son doce grupos en total, señor Chien. Doce experiencias absolutamente distintas, todas provocadas por las mismas fenotiacinas, todas del Líder cuando habla por televisión. Cuando eso habla, mejor dicho.
      Sonrió hacia él, con sus largas pestañas (probablemente artificiales) y su mirada atractiva e incluso confiada. Como si creyera que él sabía algo o podía hacer algo.
      —Como ciudadano debería hacerla arrestar—dijo él un momento después.
      —No hay leyes acerca de esto. Estudiamos los escritos jurídicos soviéticos antes de… encontrar gente que distribuyera la estelacina. No tenemos mucha; debemos elegir cuidadosamente a quién se la damos. Nos pareció que usted era alguien adecuado…, un joven profesional de posguerra en ascenso, muy conocido, dedicado a su trabajo.—Tomó los exámenes escritos que él tenía en la mano—. ¿Le ordenaron hacer Lectu-pol?—preguntó.
      —¿Lectu-pol?
      No conocía el término.
      —Analizar algo dicho o escrito para ver si se adecua a la visión del mundo actual del Partido. En su nivel jerárquico lo llaman sencillamente “leer”, ¿verdad? —volvió a sonreír— Cuando suba un escalón más, y esté junto al señor Tso-pin, conocerá esa expresión —agregó sombría—; y al señor Pethel. Él ha llegado muy alto. No hay escuela ideológica en San Francisco; estos son exámenes fraguados, concebidos para que puedan reflejar un análisis cabal de su ideología política, señor Chien. ¿Y fue capaz de distinguir cuál texto es ortodoxo y cuál herético? —su voz era como la de un duende. Se burlaba de él con divertida malicia— Elija el equivocado y su carrera en flor morirá, se detendrá en seco. Elija el correcto…
      —¿Usted sabe cuál es el correcto?—preguntó Chien.
      —Sí —asintió ella con sobriedad—. Tenemos micrófonos ocultos en las oficinas internas del señor Tso-pin; controlamos su conversación con el señor Pethel…, que no es el señor Pethel sino el Inspector Mayor de la Polseg, Judd Craine. Posiblemente haya oído hablar de él; actuó como asistente en jefe del juez Vorlawsky en los tribunales para crímenes de guerra de Zurich, en el noventa y ocho.
      —Ya… veo —dijo él con dificultad.
      Bueno, aquello lo explicaba todo.
      —Me llamo Tanya Lee —dijo la muchacha.
      Chien no dijo nada; sólo asintió, demasiado aturdido como para hacer funcionar su cerebro.
      —Técnicamente soy un empleado sin importancia en su Ministerio —dijo la señorita Lee—. Nunca nos hemos encontrado, al menos que yo recuerde. Tratamos de obtener puestos en todos los lugares que podamos. Los más altos posible. Mi propio jefe…
      —¿Le parece correcto que me lo cuente?—señaló el televisor, que seguía encendido—. ¿No lo estarán registrando?
      —Instalamos un factor de interferaencia en la recepción visual y auditiva de este edificio—dijo Tanya Lee—. Les llevará casi una hora localizarlo. Así que tenemos…—se fijó en el reloj de pulsera de su delgada muñeca—quince minutos más. Y aún estaremos seguros.
      —Dígame cuál de los escritos es el ortodoxo.
      —¿Eso es lo que le importa? ¿Realmente?
      —¿Y qué es lo que debería importarme?—dijo él.
      —¿No entiende, señor Chien? Usted ha aprendido algo. El Líder no es el Líder; es otra cosa, pero no podemos saber qué. Aún no. Señor Chien, con el debido respeto, ¿alguna vez hizo analizar su agua corriente? Sé que suena paranoico, ¿pero lo hizo?
      —No—dijo Chien—. Por supuesto que no—sabiendo lo que iba a decir la muchacha.
      La señorita Lee dijo con rapidez:
      —Nuestros análisis demuestran que está saturada de alucinógenos. Lo está, lo estuvo y lo seguirá estando. No del tipo utilizado durante la guerra; no son los desorientadores, sino un derivado sintético, casi un alcaloide, llamado Datrox-3. Usted lo bebe en el edificio desde que se levanta; lo bebe en los restaurantes y en los departamentos que visita. Lo bebe en el Ministerio; llega por las cañerías desde una sola fuente central —su tono era frío y feroz—. Resolvimos el problema; apenas efectuamos el descubrimiento supimos que cualquier fenotiacina podía contrarrestarlo. Lo que no sabíamos, por supuesto, era esto: una variedad de experiencias auténticas; desde un punto de vista racional, eso no tiene sentido. Lo que debería cambiar de una persona a otra es la alucinación, y la experiencia de lo real debería ser omnipresente: está dado al revés. Ni siquiera hemos logrado elaborar una teoría adecuada que pueda explicarlo, y Dios sabe que lo hemos intentado. Doce alucinaciones que se excluyen entre sí: eso sería fácil de comprender. Pero no una alucinación y doce realidades —dejó de hablar y observó los dos exámenes escritos—. El del poema árabe es el ortodoxo —afirmó—. Si les dice eso confiarán en usted y le otorgarán un cargo más alto. Será un paso adelante en la jerarquía de la oficialidad del Partido —Sus dientes eran perfectos y adorables. Sonriendo, terminó: —Su carrera está asegurada por un tiempo. Y gracias a nosotros.
      —No le creo—dijo Chien.
      Instintivamente, la cautela actuaba en su interior, la cautela de toda una vida vivida entre los duros hombres de la rama Hanoi del PC Oriental. Conocían una infinidad de métodos para dejar a un rival fuera de combate: había empleado algunos él mismo. Había visto otros utilizados contra él o contra los demás. Este podía ser un nuevo método, uno que no le resultaba familiar. Siempre era posible.
      —En el discurso de esta noche, el Líder se dirigió a usted en especial —dijo la señorita Lee—. ¿No le sonó extraño? ¿Usted entre todos? Un funcionario menor de un pobre Ministerio.
      —Lo admito —dijo él—. Me dio esa impresión, sí.
      —Era auténtico. Su Excelencia está preparando una élite de hombres jóvenes, de posguerra; espera que infunda nueva vida a la jerarquía fanática y moribunda de vejestorios y mercenarios del Partido. Su Excelencia lo eligió a usted por la misma razón que nosotros: si prosigue su carrera en forma correcta, ésta lo llevará a la cúspide. Al menos por un tiempo…, por lo que sabemos. Esas son las perspectivas.
      ”Así que prácticamente todos confían en mí —pensó Chien—. Salvo yo mismo; y mucho menos después de la experiencia con el rapé antialucinógeno.” Eso había sacudido años de confianza. Sin embargo, empezaba a recuperar la serenidad; al principio lentamente, luego de golpe.
      Fue hasta el videófono, alzó el receptor y comenzó a marcar el número de la Policía de Seguridad de Hanoi, por segunda vez en esa noche.
      —Entregarme sería la segunda decisión regresiva que usted puede hacer —dijo la señorita Lee—. Les diré que me trajo aquí para sobornarme; usted pensaba que por mi posición en el Ministerio yo sabría qué examen escrito elegir.
      —¿Y cuál fue mi primera decisión regresiva?—preguntó él.
      —No tomar una dosis mayor de fenotiacina—dijo llanamente la señorita Lee.
      Mientras colgaba el videófono, Chien pensó: “No entiendo lo que me está pasando. Hay dos fuerzas: por un lado el Partido y Su Excelencia… por el otro esta muchacha con su supuesto grupo. Uno quiere hacerme ascender lo más posible dentro de la jerarquía del partido; el otro…” ¿Qué quería Tanya Lee? Por debajo de las palabras, dentro de una membrana de desdén casi trivial por el Partido, el Líder, los esquemas éticos del Frente Democrático Unido del pueblo: ¿qué pretendía ella respecto a él?
      —¿Es usted anti-Partido?—preguntó con curiosidad.
      —No.
      —Pero… —hizo un gesto— Eso es todo lo que existe: Partido y anti-Partido. Usted debe de ser del Partido, entonces —la miró a los ojos, perplejo; ella le sostuvo la mirada con serenidad—. Ustedes tienen una organización y se reúnen. ¿Qué pretenden destruir? ¿El funcionamiento normal del gobierno? Son como los estudiantes desleales de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, cuando detenían a los trenes de tropas, hacían marchas…
      —No era así—dijo la señorita Lee con tono cansado—. Pero olvídelo; ese no es el tema. Lo que queremos saber es esto: ¿quién qué nos está dirigiendo? Debemos avanzar lo suficiente como para enrolar a alguien, un joven técnico en ascenso del Partido, que pueda llegar a ser invitado a una entrevista personal con el Líder, ¿comprende? —su voz se hizo apremiante; consultó el reloj, era obvio que estaba ansiosa por partir: casi habían pasado los quince minutos—. En realidad, hay muy pocas personas que ven al Líder. Quiero decir verlo verdaderamente.
      —Está recluido —dijo él—. Por su avanzada edad.
      —Tenemos esperanzas de que si usted pasa la prueba fraguada que le han preparado, y con mi ayuda lo hará, será invitado a una de las reuniones que el Líder convoca de vez en cuando, de las que por supuesto no informan los periódicos. ¿Entiende ahora? —su voz se hizó aguda, en un frenesí de desesperación— Entonces sabríamos. Si usted puede entrar bajo la influencia de la droga antialucinógena, podrá enfrentar cara a cara lo que él es realmente…
      Pensando en voz alta, Chien dijo:
      —Y terminar con mi carrera como servidor público. Y quizá también con mi vida.
      —Usted nos debe algo —estalló Tanya Lee, con las mejillas blancas—. Si yo no le hubiera dicho qué texto escoger habría elegido el equivocado y su carrera de servidor público habría terminado de cualquier manera. Habría fallado…, ¡fallado en una prueba de la que ni siquiera sabía el propósito!
      —Tenía un cincuenta por ciento de posibilidades a mi favor —dijo él con suavidad.
      —No —la muchacha sacudió la cabeza con furia—. El texto herético está adulterado con un montón de jerga partidista; elaboraron los dos escritos deliberadamente para atraparlo. ¡Quieren que usted falle!
      Chien examinó otra vez los textos, confundido. “¿Tenía ella razón? Era posible. Probable. Conociendo como conocía a los funcionarios, y en particular a Tso-pin, su superior, aquello sonaba convincente. Se sintió cansado. Derrotado. Luego dijo a la muchacha:
      —Lo que están tratando de obtener de mí es un quid pro quo. Ustedes hicieron algo por mí: consiguieron, o pretenden haber conseguido, la respuesta para esta consulta del partido. Pero ya cumplieron con su parte. ¿Qué puede impedirme que la eche de aquí de mal modo? No estoy obligado a hacer absolutamente nada.
      Oyó su propia voz, monótona, con la pobreza de énfasis emocional típica de los círculos del Partido.
      La señorita Lee dijo:
      —Mientras usted siga subiendo en la escala jerárquica, habrá otras consultas. Y las controlaremos también para usted en esos casos.
      Estaba tranquila, serena; era obvio que había previsto su reacción.
      —¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
      —Ahora me voy. No tenemos prisa; usted no va a recibir una invitación a la villa del Río Amarillo del Líder ni la semana próxima ni el mes próximo —mientras se dirigía a la puerta y la abría, hizo una pausa—. Nos pondremos en contacto con usted a medida que le den las pruebas de clasificación camufladas; le suministraremos las respuestas: se encontrará con uno o más de nosotros en esas ocasiones. Lo más probable es que no sea yo; ese veterano de guerra incapacitado le venderá las hojas con las respuestas correctas cuando usted salga del edificio del Ministerio —le brindó una sonrisa breve, como una vela que se apaga—. Pero uno de estos días, seguramente en forma inesperada, recibirá una invitación formal, elegante y oficial para ir a la villa del Líder, y cuando lo haga irá bien sedado con estelacina… quizá la última dosis de nuestra ya escasa provisión. Buenas noches.
      La puerta se cerró tras ella: había partido.
      ”Pueden chantajearme por lo que he hecho —pensó—. Y ni siquiera se molestó en mencionarlo; visto y considerando en lo que están implicados, no valía la pena hacerlo. Ya había informado a la patrulla de la Polseg que le habían dado una droga que resultó ser una fenotiacina. Así que ellos lo saben. Me vigilarán; estarán alerta. Técnicamente, no he violado ninguna ley, pero… estarán vigilando… Sin embargo, siempre vigilan, de un modo u otro.”
      Se relajó un poco pensando en eso. Con el paso de los años se había acostumbrado, como todos.
      ”Veré al Benefactor Absoluto del Pueblo como es—se dijo—.Cosa que posiblemente nadie haya hecho. ¿Qué será? ¿Cuál de las subclases de imágenes no alucinatorias? Clases que ni siquiera conozco… una visión que puede abrumarme por completo. ¿Cómo voy a mantener la calma y el equilibrio durante esa noche, si es como la forma que vi en la pantalla del televisor? El Triturador, el Chirriante, el Pájaro, el Tubo Trepador, el Tragón… o algo peor.”
      Se preguntó en qué consistinan algunas de las otras visiones… y luego abandonó ese tipo de especulación; era improductiva. Y provocaba ansiedad.

A la mañana siguiente, el señor Tso-pin y el señor Darius Pethel lo encontraron en su oficina, ambos tranquilos pero expectantes. Sin decir una palabra, les tendió uno de los dos “exámenes escritos”. El ortodoxo, con su breve y angustioso poema árabe.
      —Este es obra de un dedicado miembro o candidato a miembro del Partido—dijo con firmeza—. El otro…—arrojó las hojas restantes sobre el escritorio—. Basura reaccionaria —se sentía furioso—. A pesar de una superficial…
      —Está bien, señor Chien—dijo Pethel, asintiendo—. No necesitamos explorar todas y cada una de las ramificaciones; su análisis es correcto. ¿Oyó que anoche el Líder lo mencionó en su discurso televisivo?
      —Por supuesto que sí—dijo Chien.
      —Entonces sin duda habrá deducido que hay algo muy importante implicado en lo que estamos intentando —dijo Pethel—. El Líder está interesado en usted; eso es evidente. Para ser más precisos, se ha comunicado conmigo al respecto —abrió su atestado portafolios y revolvió en su interior—. Extravié el maldito asunto. De todos modos… —miró a Tso-pin, que asintió levemente— A Su Excelencia le agradaría verlo en la cena que ofrecerá el próximo jueves por la noche en la villa del Río Yangtsé. Sobre todo, la señora Fletcher aprecia…
      —¿La señora Fletcher?—dijo Chien—. ¿Quién es la señora Fletcher?
      Luego de una pausa Tso-pin dijo con voz seca:
      —La esposa del Benefactor Absoluto. El verdadero nombre de Su Excelencia, que sin duda usted no habrá oído nunca, es Thomas Fletcher.
      —Es un caucásico—explicó Pethel—. Procede del Partido Comunista Neozelandés; participó en la difícil lucha por el poder en ese país. Esta información no es secreta en sentido estricto, pero por otra parte no se ha divulgado —titubeó, jugueteando con cadena de su reloj—. Probablemente sea mejor que la olvide. Desde luego, apenas se encuentre con él cara a cara lo advertirá, se dará cuenta de que es un caucásico. Como yo. Como muchos de nosotros.
      —La raza no tiene nada que ver con la lealtad hacia el Líder y el Partido—señaló Tso-pin—. El señor Pethel es un ejemplo.
      ”Su Excelencia engaña —pensó Chien—. En la pantalla de televisión no parecía ser occidental.”
      —En la televisión…—comenzó a decir.
      —La imagen es sometida a una complicada serie de retoques habilidosos —interrumpió Tso-pin—. Por motivos ideológicos. La mayor parte de las personas que ocupan altos puestos lo saben.
      Y clavó en Chien una mirada de dura crítica.
      ”Así que todos están de acuerdo—pensó Chien—. Lo que vemos todas las noches no es real. La cuestión es: ¿hasta qué punto es irreal? ¿Parcialmente? ¿O completamente?”
      —Estaré preparado—dijo con rigidez.
      ”Ha habido un fallo—pensó—. El grupo que representa Tanya Lee no esperaba que yo consiguiera entrar tan pronto. ¿Dónde está el antialucinógeno? ¿Podrán alcanzármelo o no? Es probable que no, con tan poco tiempo. ”
      Extrañamente, se sintió aliviado. Iba a presentarse ante Su Excelencia en una situación que le permitiría verlo como ser humano, verlo como él (y todos los demás) lo veían en la televisión. Sería una cena partidista estimulante y alegre, con algunos de los miembros más influyentes del Partido en Asia. “Creo que podremos pasarlo bien sin las fenotiacinas”, se dijo. Y su sensación de alivio aumentó.
      —Por fin la encontré —dijo Pethel de pronto, extrayendo un sobre blanco del portafolios—. Su tarjeta de entrada. Usted viajará en sino-cohete hasta la villa del Líder el jueves por la mañana; allí el oficial de protocolo lo instruirá acerca de cómo debe comportarse. Se trata de una cena de etiqueta, con corbata blanca y frac, pero la atmósfera será cordial. Siempre hay brindis en abundancia. He asistido a dos reuniones semejantes —emitió una sonrisa chillona—. El señor Tso-pin no ha sido honrado de la misma forma. Pero como dicen, todo llega para quien sabe esperar. Ben Franklin lo dijo.
      —Para el señor Chien la ocasión ha llegado de modo bastante prematuro —dijo Tso-pin. Se encogió de hombros filosóficamente—. Pero nunca solicitaron mi opinión.
      —Otra cosa—le dijo Pethel a Chien—. Es posible que cuando vea a Su Excelencia en persona se sienta desilusionado en ciertos aspectos. Esté atento para que no se note, si esos son sus sentimientos. Siempre nos hemos inclinado, y hemos sido educados para eso, a considerarlo como algo más que un hombre. Pero en la mesa es… un tonto malicioso. En algún sentido, como nosotros mismos. Por ejemplo, puede dar rienda suelta a un aspecto moderadamente humano de actividad oral agresiva y pasiva; quizá cuente una broma fuera de lugar o beba demasiado… Para ser francos, nadie sabe por anticipado cómo terminarán esas reuniones, pero por lo general duran hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Así que sería sensato que acepte la dosis de anfetaminas que le ofrecerá el oficial de protocolo.
      —¿Cómo?—dijo Chien.
Aquello era algo nuevo e interesante.
      —Para la tensión nerviosa. Y para equilibrar los efectos de la bebida. Su Excelencia tiene un poder de resistencia admirable; a menudo sigue en pie y ansioso por continuar cuando todos los demás han abandonado.
      —Un hombre notable—intervino Tso-pin—. Creo que sus… excesos sólo demuestran que es un compañero magnífico. Y completo; es como el hombre ideal del Renacimiento: como Lorenzo de Médicis, por ejemplo.
      —Sí, eso es lo que uno piensa—confirmó Pethel.
      Escrutó a Chien con tanta intensidad, que éste volvió a sentir el temor de la noche pasada. “¿Me están llevando de trampa en trampa?—se preguntó—. Aquella muchacha; ¿era en realidad un agente de la Polseg, poniéndome a prueba, buscando en mí una veta desleal, antipartidista?”
      Se las arregló para esquivar al vendedor sin piernas de remedios vegetales al salir del trabajo; volvió al departamento por un camino totalmente distinto.
      Tuvo éxito. Evitó al vendedor ese día, y también al día siguiente, y así hasta el jueves.
      El jueves por la mañana, el vendedor ambulante salió como un bala de abajo de un camión estacionado y le obstruyó el camino enfrentándolo.
      —¿Mi medicina?—preguntó el vendedor—. ¿Le sirvió? Sé que lo hizo; la fórmula viene de la dinastía Sung… podría asegurar que surtió efecto. ¿No es así?
      —Déjeme—dijo Chien.
      —¿Tendría la bondad de contestarme?—El tono no era el lloriqueo esperado, clásico de un vendedor callejero operando en forma marginal; y ese tono llegó con fuerza a Chien; lo oyó alto y claro… según el dicho proverbial de las tropas títeres imperialistas.
      —Sé lo que me dio —dijo Chien—. Y no quiero más. Si cambio de idea puedo comprarlo en una farmacia. Gracias.
      Empezó a caminar, pero el carrito, con su ocupante sin piernas, lo persiguió.
      —La señorita Lee estuvo hablando conmigo —dijo el vendedor en voz alta.
      —Ajá —dijo Chien, y aumentó en forma automática la marcha. Distinguió un taxi y empezó a hacerle señas.
      —Esta noche va a asistir a la cena de la villa del Río Yang —dijo el vendedor, jadeando por el esfuerzo de mantener el ritmo de marcha—. ¡Tome la medicina… ahora!—Iimplorante, tendió un envoltorio— Por favor, Miembro del Partido Chien por su propio bien, por el de todos nosotros. Así podremos saber contra qué luchamos. Buen Dios, podría ser algo extraterrestre; ese es nuestro principal temor. ¿No comprende, Chien? ¿Qué es su maldita carrera comparada con eso? Si no podemos averiguarlo…
      El taxi frenó sobre el pavimento; su puerta se abrió. Chien empezó a abordarlo.
      El paquete pasó junto a él, aterrizó sobre el borde inferior de la puerta, luego se deslizó hacia la alcantarilla, mojada por la lluvia reciente.
      —Por favor—dijo el vendedor—. Y no le costará nada; hoy es gratis. Sólo agárrelo, úselo antes de la cena. Y no utilice las anfetaminas; son un estimulante talámico, contraindicado cuando se toma un depresivo de las adrenales como la fenotiacina…
      La puerta del taxi se cerró tras Chien, y éste se sentó.
      —¿Adónde vamos, camarada?—preguntó el mecanismo robot de conducción.
      Le dio la chapa con el número que indicaba su departamento.
      —Ese mercachifle imbécil se las arregló para introducir su mugrienta mercancía en mi inmaculado interior —dijo el taxi—. Fíjese. Está junto a su zapato.
      Chien vio el paquete; era sólo un sobre de aspecto común. “Supongo que es así como las drogas llegan a uno”, pensó; de pronto estaba allí. Se quedó inmóvil por un momento. Luego lo levantó.
      Como en la primera vez, un papel escrito acompañaba al producto, pero vio que ahora estaba escrito a mano. Una letra femenina: de la señorita Lee:

Nos sorprendió por lo repentino. Pero gracias al cielo estábamos preparados. ¿Dónde se encontraba el martes y el miércoles? De todos modos, aquí lo tiene y buena suerte. Me pondré en contacto con usted durante la semana; no quiero que trate de localizarme.

Le prendió fuego a la nota y la hizo arder en el cenicero del taxi. Y se quedó con los gránulos negros.
      ”Durante todo este tiempo—pensó—. Alucinógenos en nuestra agua corriente. Año tras año. Décadas. Y no en tiempo de guerra sino de paz. Y no de parte del enemigo sino de nuestro propio campo. Quizá debiera tomar esto; quizá debiera averiguar qué es él o eso y dejar que el grupo de Tanya Lee lo sepa.”
      Lo haré, decidió. Y además… tenía curiosidad.
      Una emoción perniciosa, lo sabía. Sobre todo en las actividades del Partido la curiosidad era un estado de ánimo que podía poner punto final a su carrera.
      Un estado de ánimo que por el momento lo invadía por completo. Se preguntó si duraría hasta la noche, si inhalaría en realidad la droga cuando llegara el instante preciso.
      El tiempo lo diría. Eso y todo lo demás. Como lo expresaba el poema árabe, “somos capullos en flor sobre la llanura, donde los elige la muerte”. Trató de recordar el resto del poema, pero no pudo. Tal vez no tuviera importancia.

El oficial de protocolo de la villa, un japonés llamado Kimo Okubara, alto y fornido, sin duda un ex luchador, lo examinó con hostilidad innata, incluso luego de haberle presentado su invitación grabada y demostrarle en forma fehaciente su identidad.
      —Me sorprende que se haya molestado en venir —murmuró Okubara—. ¿Por qué no quedarse en casa y mirar la TV? Nadie le echa de menos. Hasta ahora lo pasamos bien sin usted.
      —Ya he mirado la televisión—dijo Chien, envarado.
      Y, de todos modos, rara vez se televisaban las cenas del Partido; eran demasiado indecentes.
      La pandilla de Okubara lo cacheó dos veces en busca de armas incluyendo la posibilidad de un supositorio anal, y luego le devolvieron la ropa. Sin embargo, no encontraron la fenotiacina. Porque ya la había tomado. Sabía que los efectos de dicha droga duraban unas cuatro horas. Era más que suficiente. Y tal como Tanya le había dicho, era una dosis fuerte. Se sentía perezoso, inepto y mareado, la lengua se le movía en espasmos, en un falso mal de Parkinson, un efecto secundario desagradable que no había previsto.
      A su lado pasó una muchacha, desnuda a partir del pecho, con largo cabello cobrizo cayéndole sobre los hombros y la espalda. Interesante.
Una muchacha desnuda a partir de las nalgas apareció en sentido opuesto. Interesante, también. Las dos parecían desocupadas y aburridas, y completamente dueñas de sí mismas.
      —Usted también debe entrar así—informó Okubara a Chien.
      Alarmado, Chien dijo:
      —Tenía entendido que debía llevar corbata blanca y frac.
      —Es broma —dijo Okubara—. Sólo las muchachas van desnudas. Hasta puede llegar a disfrutarlo, a menos que sea homosexual.
      ”Bueno —pensó Chien—, supongo que será mejor que me guste.” Comenzó a vagar entre los demás invitados. Usaban corbata blanca y frac, como él, y las mujeres vestidos largos de noche, y se sintió ansioso, a pesar del efecto tranquilizante de la estelacina. “¿Por qué estoy aquí?”, se preguntó. No se le escapaba la ambigüedad de su situación. Estaba allí para adelantar en su carrera dentro del aparato del Partido, para obtener el gesto de aprobación íntimo y personal de Su Excelencia… Y por otro lado estaba allí para demostrar que Su Excelencia era un engaño. No sabía qué tipo de engaño, pero lo era: un engaño contra el Partido, contra todos los pueblos democráticos y amantes de la paz de la Tierra. Siguió mezclándose con la gente.
      Una muchacha de pechos pequeños, brillantes, iluminados, se acercó a pedirle fuego. Sacó el encendedor con gesto abstraído.
      —¿Qué es lo que hace resplandecer sus pechos?—le preguntó—. ¿Inyecciones radiactivas?
      La muchacha se encogió de hombros y no dijo nada. Pasó por su lado, dejándole solo. Sin duda había actuado en forma incorrecta.
      Quizá se tratase de una mutación de la época de la guerra, estimó.
      —¿Una copa, señor?
      Un sirviente le tendió una bandeja con elegancia. Aceptó un martini (que era el trago de moda entre las clases altas del Partido en China Popular) y probó el sabor seco y helado. Un buen gin inglés. O posiblemente la mezcla original holandesa; con enebro o algo así. No estaba mal. Siguió avanzando, sintiéndose mejor. En realidad, la atmósfera del lugar le resultaba agradable. Aquí la gente tenía confianza en sí misma. Habían triunfado y ahora podían relajarse. Evidentemente, era un mito que estar cerca de Su Excelencia producía ansiedad neurótica: al menos allí no veía el menor indicio, y él mismo apenas la sentía.
      Un hombre calvo, maduro y fornido lo detuvo por el simple procedimiento de apoyar su copa contra el pecho de Chien.
      —La pequeña que le pidió fuego —dijo el hombre, y resopló—. La tipa con los pechos como adornos navideños… era un muchacho, de compañía —soltó una risita—. Aquí hay que tener cuidado.
      —¿Y dónde puedo encontrar mujeres auténticas, si es que las hay? —preguntó Chien—. ¿Entre las corbatas blancas y los fracs?
      —Muy cerca—dijo el hombre, y partió con un tropel de invitados hiperactivos, dejando a Chien a solas con su martini.
      Una mujer alta, elegante, bien vestida, que estaba de pie cerca de Chien, le agarró de pronto el brazo con la mano; Chien sintió que los dedos de la mujer se tensaban y ella le decía:
      —Ahí viene Su Excelencia. Es la primera vez que lo veo. Estoy un poco asustada. ¿Tengo bien el pelo?
      —Espléndido —dijo Chien, pensativo, y siguió la mirada de la mujer para ver por primera vez al Benefactor Absoluto.
      Lo que cruzaba la habitación hacia la mesa del centro no era un hombre.

Y Chien advirtió que tampoco se trataba de un aparato mecánico. No era lo que había visto en la televisión. Evidentemente, aquello era un sencillo dispositivo para emitir discursos, así como Mussolini había utilizado un brazo artificial para saludar los desfiles largos y tediosos.
      ”Dios —pensó, y se sintió enfermo—. ¿Era esto lo que Tanya Lee llamaba el “horror acuático”?” No tenía forma. Ni pseudópodos de carne o metal. En cierto sentido no estaba allí. Cuando lograba mirarlo de frente, la forma se desvanecía. Veía a través de ella, veía la gente al otro lado: pero no la forma en sí misma. Su embargo, si giraba un poco la cabeza y la miraba de lado, la captaba y podía determinar sus limites.
      Era terrible; lo abrumó de horror. A medida que avanzaba absorbía la vida de cada persona; devoró a la gente allí reunida, siguió su camino, volvió a comer, siguió comiendo con un apetito insaciable. Aquello odiaba. Chien sentía su odio. Aquello aborrecía. Chien sentía cómo aborrecía a todos los presentes: en realidad, él compartía su aborrecimiento. De repente, Chien y todos los que estaban en la enorme villa eran cada uno una babosa retorcida, y por encima de los caparazones de babosa caídos, la criatura saboreaba, se demoraba, pero siempre yendo hacia él: ¿o era una ilusión? “Si esto es una alucinación—pensó Chien—, es la peor que he tenido en mi vida. Si no lo es, entonces es una realidad maligna. Es algo maligno que mata y lastima.” Vio el rastro de sobras de hombres y mujeres pisoteados, amasados que el ser dejaba a su paso; los vio tratando de reponerse, de actuar con sus cuerpos tullidos: oyó cómo trataban de hablar.
      ”Sé quién eres —pensó Tung Chien—. Tú, el caudillo supremo de la estructura mundial del Partido. Tú, que destruyes cuanto objeto viviente tocas. Comprendo aquel poema árabe, la búsqueda de las flores de la vida para comerlas: te veo montado a horcajadas sobre la llanura que para ti es la Tierra, una llanura sin profundidades ni alturas. Vas a todas partes, apareces en cualquier momento, devoras todo. Edificas la vida y luego la engulles, y disfrutas al hacerlo. Eres Dios.”
      —Señor Chien —dijo la voz que venía del interior de su cráneo y no del espíritu sin boca que se iba formando directamente ante él—. Me alegra volver a verle. Usted no sabe nada. Váyase. Usted no me interesa. ¿Por qué tendría que importarme el barro? Barro. Estoy atascado en él. Debo excretarlo, y así lo hago. Puedo destrozarlo, señor Chien. Incluso puedo destrozarme a mí mismo. Debajo de mí hay rocas filosas. Desparramo objetos con puntas agudas por encima del pantano. Hago que los sitios ocultos, profundos, hiervan como en una marmita. Para mí el mar es como un pote de ungüento. Las partículas de mi carne están unidas a todo. Usted es yo. Yo soy usted. No importa, como no importa si la criatura de pechos encendidos era una muchacha o un muchacho. Uno puede aprender a disfrutar de cualquiera de los dos.
      Se rió.
      Chien no podía creer que le estuviera hablando. No podía imaginar —era demasiado terrible— que lo hubiera elegido a él.
      —Los he elegido a todos—dijo aquello—. Nadie es demasiado pequeño. Cada uno cae y muere y yo estoy allí para contemplarlo. Sólo necesito contemplar. Es automático. Fue dispuesto de ese modo.
      Y entonces dejó de hablarle. Se autodisgregó. Pero Chien lo seguía viendo. Sentía su presencia múltiple. Era un globo que colgaba en la habitación, con cincuenta mil ojos, con un millón de ojos…, miles de millones. Un ojo para cada ser viviente mientras esperaba que cada ser cayera, y luego lo pisoteaba cuando yacía debilitado. Había creado los seres para eso, y Chien lo sabía. Lo comprendía. Lo que en el poema árabe parecía ser la muerte no era la muerte sino Dios. O, mejor dicho, Dios estaba muerto, aquello era una fuerza, un cazador, una entidad caníbal, y fallaba una y otra vez, pero como tenía toda la eternidad por delante podía permitirse fallar. Advirtió que era como en los dos poemas. También el de Dryden. La gastada procesión. Eso es nuestro mundo y tú lo estás fabricando. Urdiéndolo para que así sea. Amarrándonos.
      ”Pero al menos me queda mi dignidad”, pensó.
      Con dignidad abandonó su copa, se dio vuelta, caminó hacia las puertas del salón y pasó a través de ellas. Caminó por un largo vestíbulo alfombrado. Un sirviente de la mansión, vestido de púrpura, le abrió una puerta. Se encontró de pie afuera, en la oscuridad de la noche, en una galería, solo.
      Pero no estaba solo.
      El ser lo había seguido. O ya estaba allí antes de que él llegara. Sí, lo había estado esperando. En realidad no había terminado con él.
      —Allá voy —dijo Chien, y se precipitó sobre la baranda.
      Estaba en un sexto piso, y abajo brillaba el río, y la muerte, la verdadera muerte, no lo que había vislumbrado el poema árabe.
      Mientras trataba de saltar, aquello apoyó una extensión de sí mismo sobre su hombro.
      —¿Por qué? —dijo Chien.
      Pero se detuvo, intrigado y sin comprender nada.
      —No caigas por mí —dijo.
      Chien no podía verlo porque se había colocado detrás de él. Pero lo que estaba apoyado sobre su hombro… había comenzado a parecerse a una mano humana.
      Y entonces el ser rió.
      —¿Qué hay de gracioso? —preguntó Chien, mientras se balanceaba sobre la baranda, sostenido por la falsa mano.
      —Estás haciendo mi trabajo —dijo—. No estás esperando. ¿No tienes tiempo para esperar? Te escogeré entre los demás. No necesitas acelerar el proceso.
      —¿Y qué pasa si lo hago por repulsión a ti?
      El ser rió y no contestó.
      —Ni siquiera me lo vas a decir—dijo Chien.
      Tampoco esta vez hubo respuesta. Comenzó a deslizarse hacia atrás, hacia la galería. Y la presión de la falsa mano se aflojó de inmediato.
      —¿Tú fundaste el Partido? —preguntó Chien.
      —Fundé todo. Fundé el anti-Partido y el Partido que no es un partido, y los que están a favor de él y los que están en contra, los que tú llamarías Yanquis Imperialistas, los del campo reaccionario, y así hasta el infinito. Fundé todo. Como si fueran hojas de hierba.
      —¿Y estás aquí para disfrutarlo?
      —Lo que quiero es que me veas como soy, como me has visto, y que luego confíes en mí —dijo el ser.
      —¿Qué? ¿Confiar en ti para qué? —preguntó Chien temblando.
      —¿Crees en mí?
      —Sí. Puedo verte.
      —Entonces vuelve a tu empleo en el Ministerio. Cuéntale a Tanya Lee que soy un anciano gastado, obeso, que bebe mucho y pellizca el trasero de las muchachas.
      —Oh, Cristo —dijo Chien.
      —Mientras sigas viviendo, incapaz de detenerte, te atormentaré —dijo aquello.— Te quitaré partícula por partícula todo lo que posees o deseas. Y cuando estés destrozado hasta la muerte te revelaré un misterio.
      —¿Cuál es el misterio?
      —Los muertos vivirán, los vivos morirán. Yo mato lo que vive, salvo lo que ha muerto. Y te diré esto: hay cosas peores que yo. Pero no te encontrarás con ellas porque para entonces te habré matado. Ahora regresa al salón y prepárate para la cena. No cuestiones lo que estoy haciendo. Hacía lo mismo antes de que existiera alguien llamado Tung Chien y lo seguiré haciendo mucho después de que deje de existir.
      Chien lo golpeó con la máxima fuerza posible.
      Y experimentó un intenso dolor en la cabeza.
      Y oscuridad, con una sensación de caída.
      Luego, otra vez oscuridad.
      ”Te alcanzaré —pensó—. Me ocuparé de que tú también mueras. De que sufras. Vas a sufrir, como nosotros, exactamente del mismo modo. Volveré a enfrentarte, y te sujetaré con clavos. Juro por Dios que te crucificaré contra algo. Y dolerá. Tanto como me duele a mí ahora.”
      Cerró los ojos.
      Lo sacudían con rudeza. Y oía la voz de Kimo Okubara.
      —Deténgase, borracho. ¡Vamos!
      Sin abrir los ojos, dijo:
      —Necesito un taxi.
      —El taxi ya espera. Váyase a casa. Desastre. Hacer el ridículo ante todos.
      Poniéndose temblorosamente en pie, abrió lo ojos, se examinó.
      ”El Líder a quien seguimos—pensó—es el Unico Dios Verdadero. Y el enemigo contra el que luchamos y hemos luchado también es Dios. Tienen razón: está en todas partes. Pero no entiendo lo que eso significa.” Clavó la mirada en el oficial de protocolo y pensó: “Tú también eres Dios. Así que no hay escapatoria, quizá ni siquiera saltando. Como yo empecé a hacerlo, instintivamente.”
      Se estremeció.
      —Mezclar copas con drogas—dijo Okubara con tono ofendido—. Arruinar la carrera. Lo he visto muchas veces. Desaparezca.
      Vacilante, caminó hacia la gran puerta central de la villa del Río Yangtsé. Dos criados, vestidos como caballeros medievales, con penachos de plumas, le abrieron ceremoniosamente la puerta. Uno de ellos dijo:
      —Buenas noches, señor.
      —Para usted —dijo Chien, y entró en la noche.

A las tres menos cuatro de la mañana, mientras estaba sentado e insomne en la sala de estar de su departamento, fumando un Cuesta Rey Astoria tras otro, sonó un golpe en la puerta.
      Cuando abrió se encontró frente a Tanya Lee, con su impermeable y el rostro marchito de frío. Sus ojos ardían, interrogantes.
      —No me mires así —dijo él ásperamente. Su cigarro se había apagado. Volvió a encenderlo—. Ya me han mirado lo suficiente.
      —Lo viste —dijo ella.
      El asintió.
      La muchacha se sentó en el brazo del sillón y tras un momento dijo:
      —¿Quieres contármelo?
      —Vete lo más lejos posible —dijo Chien—. Bien lejos.
      Y luego recordó. No había camino que se alejara bastante. Recordó haber leído también eso.
      —Olvídalo—dijo.
      Poniéndose en pie, fue con paso torpe hasta la cocina y empezó a preparar café.
      Siguiéndolo, Tanya dijo:
      —¿Fue… tan malo?
      —No podemos ganar —dijo él—. Ustedes no pueden ganar. No quise incluirme. Yo no entro en eso. Sólo quiero seguir haciendo mi trabajo en el Ministerio y olvidarme. Olvidarme de todo el maldito asunto.
      —¿Es extraterrestre?
      —Sí.
      —¿Es hostil a nosotros?
      —Sí —dijo Chien—. No. Las dos cosas. Sobre todo hostil.
      —Entonces tenemos que…
      —Vete a casa y acuéstate —la escrutó con cuidado. Había permanecido sentado un largo rato y había pensado mucho acerca de muchas cosas—. ¿Estás casada?—preguntó.
      —No. Ahora no. Lo estuve.
      —Quédate conmigo esta noche —dijo él—. Por lo menos el resto de la noche. Hasta que salga el sol. Durante la noche es horrible.
      —Me quedaré —dijo Tanya, desabrochándose el cinturón del impermeable—, pero necesito algunas respuestas.
      —¿Qué quería decir Dryden con eso de que la música destemplaría el cielo? —dijo Chien—. ¿Qué puede hacer la música al cielo?
      —Que todo el orden celestial del universo termina—dijo la muchacha mientras colgaba el impermeable en el armario del dormitorio. Debajo llevaba un suéter anaranjado a rayas y pantalones elásticos.
      —Eso es lo malo —dijo Chien.
      La muchacha hizo una pausa, reflexionando.
      —No sé. Supongo que sí.
      —Es concederle mucho poder a la música.
      —Bueno, ya conoces la antigua idea pitagórica acerca de la “música de las esferas”.
      Con gestos precisos se sentó en el borde de la cama y se quitó sus zapatos livianos como pantuflas.
      —¿Crees en eso? —dijo Chien— ¿O crees en Dios?
      —¡Dios! —rió la muchacha—. Eso desapareció junto con la caldera a vapor. ¿De qué estás hablando? ¿De Dios o de dios?
      Se acercó a él, mirándole a los ojos.
      —No me mires tan de cerca —dijo Chien con voz aguda, retrocediendo—. No quiero que me vuelvan a mirar así.
      Se apartó, irritado.
      —Creo que si hay un Dios le importan muy poco los asuntos humanos —dijo Tanya—. Bueno, esa es mi teoría. Quiero decir que a Él no parece importarle que triunfe el mal o que la gente y los animales sean heridos y mueran. Francamente, no veo Su presencia a mi alrededor. Y el Partido siempre ha negado cualquier forma de…
      —¿Alguna vez lo viste a Él? —preguntó Chien—. ¿Cuándo eras niña?
      —Oh, desde luego, cuando niña. Pero también creía…
      —¿Alguna vez se te ocurrió que el mal y el bien son nombres que designan la misma cosa? ¿Que Dios podría ser al mismo tiempo bueno y malo?
      —Te prepararé un trago —dijo Tanya, y entró descalza a la cocina.
      —El Triturador, el Chirriante, el Tragón y el Pájaro y el Tubo Trepador… —dijo Chien—, más otros nombres, otras formas. No sé. Tuve una alucinación. En la cena. Una alucinación enorme. Terrible.
      —Pero la estelacina…
      —Provocó una peor—dijo él.
      —¿Hay algún modo de luchar contra lo que viste? —dijo Tanya sombríamente—. ¿Contra ese fantasma al que llamas alucinación pero que sin duda no lo era?
      —Creer en él—dijo Chien.
      —¿Qué lograremos con eso?
      —Nada —dijo él, agotado—. Absolutamente nada. Estoy cansado. No quiero un trago… Acostémonos.
      —Está bien —regresó silenciosa al dormitorio y comenzó a quitarse el suéter a rayas por encima de la cabeza—. Lo discutiremos a fondo más tarde.
      —Una alucinación es algo misericordioso —dijo Chien—. Me gustaría haberla tenido. Quiero que vuelva la mía. Quiero estar antes de que tu vendedor ambulante me encuentre con aquella fenotiacina.
      —Ahora ven a la cama. Seré amable. Toda calor y ternura.
      Chien se quitó la corbata, la camisa… y vio, sobre su hombro derecho, la marca, el estigma que le había dejado aquello cuando le impidió saltar. Marcas lívidas que parecían estar allí para siempre. Entonces se puso la chaqueta del pijama: ocultaba las marcas.
      —De todos modos tu carrera ha adelantado muchísimo—dijo Tanya cuando él entró en la cama—. ¿No estás contento?
      —Por supuesto—dijo él, asintiendo invisible en la oscuridad—.
Muy contento.
      —Ven, acércate a mí—dijo Tanya, rodeándolo con los brazos—. Y olvídate de todo lo demás. Al menos por ahora.
      Entonces Chien la atrajo hacia él, haciendo lo que ella pedía y él quería hacer. La muchacha fue limpia; se movió con eficacia, con rapidez y cumplió su parte. No se molestaron en hablar hasta que por fin Tanya dijo “¡Oh!”, y se relajó.
      —Me gustaría que pudiéramos seguir para siempre —dijo Chien.
      —Lo hicimos —dijo Tanya—. Es algo fuera del tiempo. No tiene límites, como un océano. Así éramos en la época cámbrica, antes de que emigráramos a la tierra. Es como las antiguas aguas primordiales. El único momento en que retrocedemos es cuando lo hacemos. Por eso es tan importante para nosotros. Y en aquellos días no estábamos separados: era como una gran gelatina, como esas burbujas que flotan hasta la playa.
      —Que flotan y allí se quedan, a morir —dijo Chien.
      —¿Puedes alcanzarme una toalla? —preguntó Tanya— ¿O un trapo? Lo necesito.
      Chien caminó descalzo hasta el baño, y entró a buscar una toalla. Allí, y ahora completamente desnudo, vio por segunda vez su hombro, vio el sitio donde el ser lo había aferrado y lo había sostenido, tirándolo hacia atrás, quizá para juguetear con él un poco más.
      Las marcas, inexplicablemente, sangraban.
      Se limpió la sangre. En seguida brotó más, y al verla se preguntó cuánto tiempo le quedaba. Era probable que sólo unas horas.
      Volviendo a la cama, dijo:
      —¿Puedes seguir?
      —Por supuesto. Si te queda energía. Tú decides.
      La muchacha lo miraba sin pestañear, apenas visible en la difusa luz nocturna.
      —Me queda—dijo Chien.
      Y la atrajo con fuerza hacia él.

© The Estate of P. K. D.

Mi crimen favorito

Esta vez, un cuento de Ambrose Bierce (1842-1914?), el escritor y periodista estadounidense que escribió el Diccionario del diablo y hasta hoy es recordado por su gran influencia en el cuento estadounidense y en la literatura fantástica del siglo XX, por su humor ácido e irónico y por sus descripciones duras y amargas, exactas, de los males de la naturaleza humana.

Por haber desaparecido en México –acaso fue muerto en Ojinaga, Chihuahua, durante una batalla entre los ejércitos de Pancho Villa y Victoriano Huerta– es parte de más de una leyenda local; una novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo, trata de imaginar las circunstancias precisas de su muerte.

“My Favorite Murder” se publicó por primera vez en el diario San Francisco Examiner, el 16 de septiembre de 1888. Posteriormente se incluyó en el libro de cuentos Can Such Things Be? (1893).

Caricatura de Ambrose Bierce

Caricatura de Ambrose Bierce

MI CRIMEN FAVORITO
Ambrose Bierce

Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y tuve que hacer frente a un juicio que duraría siete años. El juez del tribunal de Absolución, el encomendar al jurado su tarea, señaló que mi crimen era uno de los más espantosos que le había tocado resolver en su vida.
      En ese momento, mi abogado se levantó y dijo:
      –Con la venia de su señoría, los crímenes son horribles o agradables sólo cuando se los compara. Si usted conociera los detalles del anterior asesinato que mi cliente cometió, el de su tío, apreciaría en su último delito (si es que así puede denominarse) una cierta compasión paciente y consideración filial hacia los sentimientos de la víctima. De la espantosa crueldad que acompaña al primer crimen no podía deducirse, si se quería ser consecuente, más que un veredicto de culpabilidad. De no haber sido porque el magistrado presidente del tribunal dirigía una compañía de seguros que aceptaba pólizas contra el ahorcamiento (una de las cuales había sido suscrita por mi cliente) no sé de qué otra manera decente podría haber sido absuelto. Si su señoría fuera tan amable de escuchar, a título de ilustración y asesoramiento, el relato de los hechos, mi desdichado cliente accedería a exponerlos bajo juramento a pesar del gran dolor que le causa.
      El fiscal intervino:
–Protesto, su señoría. Tal declaración sería considerada como prueba testimonial y éstas ya han sido cerradas. El relato del acusado debía haber sido expuesto hace tres años, en la primavera de 1881.
      –De acuerdo con el procedimiento –dijo el juez–, tiene usted toda la razón, y en un tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos el fallo sería a su favor. Pero no en uno de Absolución. Por tanto no se acepta la protesta.
      –Entonces, disiento –replicó el fiscal.
      –No puede –continuó el juez–. Debe tener en cuenta que para disentir primero ha de conseguir que este caso sea transferido al tribunal de Disensiones presentando una moción formal debidamente acompañada de declaraciones juradas. Le recuerdo que a su predecesor en el cargo le denegué una moción similar durante el primer año de este juicio. Oficial, tome juramento al acusado.
      Una vez cumplida esta formalidad habitual, hice mi declaración, tras lo cual el juez se sintió tan impresionado al ver la trivialidad del delito que se me imputaba que no tuvo necesidad de buscar más circunstancias atenuantes y solicitó al jurado mi absolución. Después, abandoné la sala con mi reputación limpia de toda mancha:

«Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan. Mis padres (a uno de los cuales aún conservo, gracias a Dios, para consuelo de mis últimos años) eran personas honradas y cumplidoras. En 1867 nos trasladamos a California y nos establecimos cerca de Nigger Head, donde mi padre abrió un albergue para caminantes con el que prosperó más de lo que codiciosamente esperaba. Aunque era un hombre reservado y taciturno, su austeridad se ha relajado un poco con el paso de los años; creo que es únicamente el recuerdo del triste acontecimiento por el que se me juzga el que le impide manifestar auténtica alegría.
      » Cuatro años después de abrir aquel negocio, apareció un predicador ambulante que, al no tener mejor forma de pagar su alojamiento nocturno, nos obsequió con un sermón de gran categoría. Inmediatamente mi padre envió a buscar a su hermano, el honorable William Ridley de Stockon, a quien cedió el albergue sin cobrarle nada por el traspaso ni por los útiles que en él había, esto es, un Winchester, una escopeta de cañones recortados y un conjunto de máscaras hechas con sacos de harina. Entonces nos mudamos a Ghost Rock y abrimos un salón de baile. Se llamaba El Reposo de los Santos. El espectáculo comenzaba cada noche con una oración y fue allí donde mi santa madre se ganó, por su gracia en el baile, el sobrenombre de “La morsa saltarina”.
      » En el otoño de 1875 tomé la diligencia en Ghost Rock para ir a Coyote, que está en el camino de Mahala. Iba con otros cuatro pasajeros. Tres millas más allá de Nigger Head, unos individuos, a los que identifiqué como el tío William y sus dos hijos, nos asaltaron y, al no encontrar nada en la saca del correo, decidieron registrarnos. Mi actuación fue de lo más honrosa: me puse en fila con los demás, levanté las manos y me dejé robar cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie pudo sospechar por mi comportamiento que conocía a los caballeros que organizaban el espectáculo. Al cabo de unos días fui a Nigger Head a reclamar la devolución de lo robado. Mi tío y sus hijos me juraron que no sabían nada del asunto y aparentaron creer que habíamos sido mi padre y yo los que, con el ánimo de violar la buena fe por la que el comercio ha de regirse, habíamos cometido el asalto. El tío William llegó a amenazarme con la apertura de otro salón de baile en Ghost Rock como venganza. Me di cuenta enseguida de que esta operación, que parecía ventajosa, iba a ser nuestra ruina, pues El Reposo de los Santos había perdido mucho prestigio. Entonces le dije a mi tío que si me aceptaba en su proyecto y no le hacía ningún comentario sobre ello a mi padre, estaba dispuesto a olvidar lo ocurrido. Pero rechazó mi razonable oferta y fue entonces cuando empecé a pensar que las cosas irían mejor y serían más agradables cuando mi tio estuviera muerto.
      » Al cabo de cierto tiempo dedicado a perfeccionar los planes para acabar con él, se los comuniqué a mis padres y tuve la gran alegría de contar con su aprobación. Papá dijo que estaba orgulloso de mí y mamá me prometió que, aunque su religión prohibía colaborar en la destrucción de una vida humana, rezaría para que todo saliera bien. Lo primero que hice, para evitar ser descubierto y como medida cautelar, fue solicitar mi ingreso en la poderosa orden de los Caballeros del Crimen. A su debido tiempo fui nombrado miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día que mi periodo de prueba terminó, tuve acceso, por primera vez, a los archivos de la orden y pude conocer quiénes eran sus miembros (hasta entonces los ritos de iniciación habían sido dirigidos por individuos enmascarados). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al examinar la lista, descubrí que el vicecanciller segundo de la orden era mi propio tío, cuyo nombre aparecía en tercer lugar. Era algo que superaba todas mis ansias de grandilocuencia: al asesinato podría añadir la insubordinación y la traición. Mi madre lo habría llamado «un capricho especial de la providencia».
      » Por esos días se produjo un acontecimiento que hizo que mi alegría desembocara en una vorágine de felicidad: arrestaron a tres forasteros por el asalto a la diligencia. Se les juzgó y, a pesar de mis esfuerzos por salvarles e inculpar a tres de los ciudadanos más dignos y respetables de Ghost Rock, fueron condenados con las mínimas pruebas. Desde aquel momento, mi cri-men podría ser todo lo infundado y disparatado que yo quisiera.
      » Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío. Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y le pegué un tiro a un chino que pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Sin embargo, tras indicarme que podía encontrarle en el redil, al otro lado del río, se despidió de mí diciendo que esperaba que ganara el mejor.
      » Desde luego, la tía Mary era una de las personas más ecuánimes que he conocido.
      » Encontré al tío William arrodillado, enfrascado en la tarea de esquilar a una oveja. Estaba desarmado y no tuve el valor de dispararle. Me acerqué, le saludé amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza. Como suelo golpear bastante bien, le dejé tirado sobre un costado. Después, se dio la vuelta, desentumeció los dedos y se encrespó. Antes de que recuperara la posesión de sus miembros, agarré el cuchillo que había estado utilizando y le corté los tendones. Como usted sabrá, cuando se rompe el tendón de Aquiles, el paciente ya no puede usar la pierna, es como si no la tuviera. Bien, pues le corté los dos, y cuando quiso recobrarse, estaba totalmente bajo mi voluntad. En cuanto se percató de la situación dijo:
      » –Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar.
      » Le contesté que su petición me parecía razonable y que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía si me dejaba meterle en un costal de trigo: sería más fácil transportarle y llamaríamos menos la atención si nos cruzábamos con algún vecino. Una vez que hubo aceptado, me fui al granero a por el saco. Pero no era fácil meterle dentro, pues mi tío era grueso y bastante alto. Decidí doblarle las piernas con las rodillas contra el pecho y embutirle dentro, tras lo cual hice un nudo sobre su cabeza. Aunque empleé todas mis fuerzas para llevarlo sobre la espalda, me resultaba bastante pesado. Fui dando trompicones hasta llegar a un columpio que unos niños habían colgado de la rama de un roble. Le puse encima y me senté sobre él a descansar. Al ver la cuerda se me ocurrió una feliz idea. Veinte minutos después, mi tío, aún en el saco, se balanceaba a merced del viento.
      » Había bajado la cuerda, y tras atar uno de sus extremos a la boca del saco y pasar el otro por encima de la rama, levanté el fardo a una altura de unos cinco pies. Amarré el último cabo de nuevo en el saco y tuve el placer de ver a mi pariente convertido en un pesado y hermoso péndulo. No parecía muy consciente del cambio que había sufrido, aunque, para ser justo con su recuerdo, debo decir que no creo que me hubiera hecho perder mucho tiempo con sus vanas protestas.
      » Mi tío tenía un carnero que era famoso en la región por sus dotes para la lucha. El animal estaba en un constante estado de indignación crónica: algún profundo desengaño durante sus primeros años de vida había amargado su carácter y le había llevado a declarar la guerra a todo ser viviente. Decir que siempre estaba dándose topetazos contra cualquier objeto no sería más que dar una ligera idea de la naturaleza y alcance de su actividad bélica. Todo el universo era su enemigo y sus métodos eran los de un proyectil. Peleaba como lo hacen los ángeles contra los demonios, a media altura; surcaba el aire como un pájaro, describiendo una parábola tras la que descendía sobre su víctima justo sobre el ángulo exacto de incidencia en el que mejor aprovechaba su fuerza y velocidad. Su impulso, calculado en kilográmetros, era algo increíble. Se le había visto destrozar a un toro de cuatro años con un simple impacto sobre su frente rugosa. No se conocía una sola pared de piedra que aguantara su embestida, ni había árboles suficientemente duros para soportarla: los hacía astillas y arrastraba sus frondosos galardones por el suelo. Esa bestia irascible y despiadada, esa personificación del rayo, estaba echada a la sombra de un árbol cercano, ansiosa de conquista y gloria. Y precisamente se me ocurrió colgar a su dueño tal y como he descrito con la idea de citarla más adelante en el campo del honor.
      » Una vez terminados los preparativos, transmití al péndulo avuncular un suave balanceo, y tras buscar protección en una roca cercana, solté un largo y agudo grito cuya débil nota final fue ahogada por un chillido que, procedente del saco, recordaba al de un gato furioso. Inmediatamente, aquel formidable morueco se puso en pie y comprendió la situación bélica de un solo vistazo. Tras un breve instante, se acercó piafando hasta unas cincuenta yardas del bamboleante adversario quien, con su avance y retroceso, parecía invitar al combate. Vi que el animal de repente doblaba la testuz como si le pesara la enorme cornamenta: desde aquel lugar, como una ondulante franja blanca apenas perceptible, se arrancó en dirección horizontal hasta llegar a poco menos de cuatro yardas del punto sobre el que se encontraba el enemigo. Entonces asestó una fuerte cornada hacia arriba y, antes de que pudiera percibir con claridad el lugar en el que había comenzado el movimiento, oí un golpe terrible seguido de un profundo alarido. Mi pobre tío salió disparado hacia adelante y la cuerda se elevó por encima de la rama a la que estaba sujeta. Al caer, se tensó de golpe y el vuelo se detuvo. Entonces comenzó a balancearse de nuevo lentamente hacia el otro extremo del arco descrito. El carnero había caído de bruces y apenas se distinguía más que una amalgama de lana, cuernos y patas; pero se recobró y, una vez esquivada la caída de su antagonista, se retiró sacudiendo la cabeza y dando patadas contra el suelo. Retrocedió más o menos hasta el mismo punto desde el que había lanzado el primer ataque y se detuvo; como si estuviera rezando para conseguir la victoria, agachó la cabeza y salió de nuevo disparado. Esta vez tampoco le pude ver con claridad: sólo capté la misma franja blanca que tras extenderse en monstruosas ondulaciones, terminaba en una brusca elevación. Su trayectoria formaba ángulo recto con la anterior y su impaciencia era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste hubiera alcanzado el punto más bajo del arco. Esto hizo que el fardo empezara a dar vueltas y más vueltas en sentido horizontal con un radio de unos diez pies, la mitad de la longitud total de la cuerda. Los alaridos de mi tío, crescendo cuando se acercaba y diminuendo al alejarse, hacían que la rapidez del giro fuera más perceptible con el oído que con la vista. Debido a la postura que tenía y a la distancia del suelo a la que estaba, recibía los golpes en las extremidades inferiores y en los riñones: se moría lentamente de abajo a arriba, como una planta que da con sus raíces en terreno ponzoñoso.
      » Tras este segundo golpe el animal no se retiró. La fiebre de la batalla hervía en su corazón y su cerebro estaba ebrio de sangre. Como un púgil que llevado por la rabia olvida lo mejor de su destreza y lucha cuerpo a cuerpo, intentaba alcanzar, con torpes saltos verticales, al fugaz enemigo que le pasaba por encima. Aunque a veces conseguía golpearle débilmente, casi siempre acababa en el suelo, pues su ardor iba mal encauzado. Cuando empezaba a agotarse, los círculos que el fardo describía se estrecharon y la velocidad de giro se redujo. Todo ello, unido al escaso trecho que había entre el saco y el suelo, hizo que su táctica produjera mejores resultados y se consiguiera una calidad de alarido superior. Yo disfrutaba con placer.
      » De repente, como si hubieran tocado retirada, el carnero suspendió las hostilidades y se alejó resoplando. Arrancó unas cuantas briznas de hierba y las masticó lentamente. Parecía cansado del fragor de la batalla y decidido a cambiar la espada por el arado y a cultivar las artes de la paz. Desde el campo de la fama avanzó con paso firme hasta una distancia de un cuarto de milla. Entonces, de espaldas al enemigo, se detuvo y continuó rumiando, medio dormido. Sin embargo, aprecié que de vez en cuando volvía ligeramente la cabeza, como si su apatía fuera más fingida que real.
      » Mientras tanto los gritos del tío William, y su movimiento, habían disminuido: no se oían más que unos largos y débiles lamentos junto a los que aparecía mi nombre pronunciado en un tono suplicante que resultaba de lo más agradable. Evidentemente mi tío no tenía la menor idea de lo que ocurría y estaba aterrorizado; ciertamente, cuando la muerte se acerca rodeada de misterio resulta terrible. Poco a poco el balanceo fue reduciéndose hasta que se detuvo. Cuando me iba acercando al fardo para darle el golpe de gracia, sentí una sucesión de rápidos temblores que sacudían la tierra, algo así como un pequeño terremoto. Me volví hacia donde estaba el carnero y vi una nube de polvo que se aproximaba a una velocidad tan inusitada que resultaba alarmante. Como a unas treinta yardas, se plantó bruscamente y me pareció ver que un enorme pájaro blanco se elevaba por los aires. Su ascenso fue tan suave, sencillo y regular que, admirado de su donaire, apenas pude captar su extraordinaria celeridad. Recuerdo que su movimiento era lento, intencionado. El morueco, pues no era otro que él, se elevaba con una fuerza distinta a la de su propio ímpetu y parecía ser sostenido en el aire con una ternura y cuidado infinitos. Su ascensión producía un gran placer, igual que antes había resultado aterrador verle aproximarse por tierra. El noble animal surcaba los cielos con la cabeza entre las rodillas y las pezuñas inclinadas hacia atrás como si fuera una garza en vertiginoso ascenso.
      » A los cuarenta o cincuenta pies, según recuerdo con ternura, alcanzó su cenit y se quedó inmóvil por un instante; entonces, sesgó el cuerpo hacia adelante y, sin variar la posición de sus miembros, salió disparado hacia abajo con una trayectoria cada vez más oblicua y una velocidad frenética. Pasó por encima de mí con el estruendo de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío exactamente en el centro de la cabeza. Tan espantoso fue el impacto que no sólo le partió el cuello sino que incluso la cuerda se rompió. El cuerpo del difunto se estrelló contra el suelo y fue deshecho por las cornadas del meteórico musmón. La sacudida detuvo todos los relojes entre Lone Hand y Dutch Dan y el profesor Davidson, que andaba por el lugar y era una autoridad en temas sísmicos explicó que las vibraciones iban de norte a sudoeste.
      » En resumen, creo que, en lo que a atrocidad artística se refiere, el asesinato del tío William ha sido superado en muy contadas ocasiones.»

Un cuento de J. G. Ballard

Hoy, hace poco más de medio día, murió James Graham Ballard, autor británico nacido en 1930. La noticia está dando ahora mismo la vuelta al mundo: muchos lo conocieron por primera vez gracias a Imperio del sol, la película de Steven Spielberg basada en su novela del mismo título (la historia de los tres años que –de niño, durante la Segunda Guerra Mundial– Ballard pasó en un campo de concentración japonés) y muchos más lo recordaremos por el conjunto de su obra, una de las más visionarias escritas durante los últimos cincuenta años.

J. G. Ballard [tomada de colourofmemory.wordpress.com]

J. G. Ballard (tomada de colourofmemory.wordpress.com)

Pocos autores crean una obra tan inconfundible que sus propios nombres llegan a identificar un estilo, un estado de ánimo, un conjunto de preocupaciones o de ideas: lo ballardiano es, desde hace muchos años, una categoría perfectamente reconocible. Varias de sus novelas (entre ellas, además de Imperio del sol, destacan Rascacielos, El mundo sumergido, Crash, La isla de cemento, La exhibición de atrocidades, Noches de cocaína…) son ya imprescindibles: reflexiones certeras y agudísimas, sin ninguna concesión, sobre el mundo occidental de la posguerra, y en particular sobre nuestras obsesiones con la tecnología, la evolución de nuestra sexualidad, nuestro culto cada vez más feroz a la fama y al dinero.

Este cuento, junto con otros del autor, es también de esas visiones tremendas, en especial porque no se trata de una “advertencia”, de una prédica como las habituales en muchos autores de ficción especulativa. No juzga: muestra, y el mundo que muestra, en apariencia “distinto”, termina por reflejar nuestra vida actual con mucha más precisión de la que, muchas veces, estamos dispuestos a aceptar de un texto literario. Como muchos otros de sus personajes, los de esta historia pueden parecernos habitantes de un infierno tecnológico (de una distopía o antiutopía al modo de Un mundo feliz o 1984)…, pero hay que prestar atención al tono del narrador: ninguno de ellos se da cuenta.

“Unidad de cuidados intensivos” (“Intensive Care Unit”), proviene del libro Mitos del futuro próximo (1982).

UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS
J. G. Ballard

Dentro de unos pocos minutos comenzará el próximo ataque. Ahora que por primera vez me rodean todos los miembros de mi familia parece muy indicado que se realice una grabación completa de un hecho tan único. Aquí tendido –pudiendo apenas respirar, la boca llena de sangre y cada temblor de mis manos reflejado en el atento ojo de la cámara que está a dos metros de distancia–, comprendo que a muchos les parecerá curioso el tema que he elegido. Esta película será, en todos los sentidos, el producto último del cine doméstico, y sólo espero que quien lo vea reciba una idea del inmenso afecto que siento por mi esposa, y por mi hijo y mi hija, y del afecto que ellos, a su manera única, sienten por mí. Ha pasado media hora desde la explosión, y en esta sala antes tan elegante reina el silencio. Yo estoy tendido en el suelo, al lado del sofá, mirando la cámara instalada fuera de mi alcance en el cielo raso, sobre mi cabeza. En esta inquietante calma, interrumpida sólo por la suave respiración de mi esposa y por el movimiento irregular de mi hijo sobre la alfombra, veo que casi todo lo que he armado con tanto cariño durante los últimos años ha sido destruido. Mi Sèvres está en la chimenea, roto en mil pedazos, los rollos de Hokusai perforados en una docena de sitios. Pero a pesar del extenso daño todavía se puede reconocer a esta escena como la escena de una reunión familiar, aunque de características un tanto especiales.
      Mi hijo David se agazapa a los pies de la madre y apoya la barbilla en la alfombra persa despedazada; una serie de manchas, las huellas que ha dejado con las manos, señala su lento avance. De tanto en tanto, cuando levanta la cabeza, veo que sigue vivo. Sus ojos me miran, calculando la distancia que nos separa y el tiempo que tardará en llegar a mí. Su hermana Karen está a poco más de un brazo de distancia, tendida al lado de la caída lámpara de pie entre el sofá y la chimenea, pero no le presta atención. A pesar del miedo, siento que me colma de orgullo el hecho de que haya dejado a la madre y haya emprendido ese inmenso viaje hasta mí. Preferiría, por su propio bien, que se quedase quieto y conservase las pocas fuerzas y tiempo que le quedan, pero avanza con toda la determinación que puede mostrar su cuerpo de siete años.
      Mi esposa Margaret, sentada en el sillón que mira hacia donde estoy yo, levanta la mano como para hacer una confusa advertencia y luego la deja caer fláccidamente en el embadurnado apoyabrazo color damasco. Distorsionada por la mancha de lápiz labial, la breve sonrisa que me otorga podría parecerle irónica y hasta amenazadora al espectador casual de esta película, pero yo simplemente vuelvo a quedar impresionado por su notable belleza. Mientras la miro, aliviado de que probablemente no vuelva a levantarse nunca más del sillón, pienso en nuestro primer encuentro diez años atrás, también, como ahora, bajo la mirada benévola de la cámara de televisión.

La idea insólita, por no decir ilícita, de encontrarme efectivamente en persona con mi mujer y con mis hijos se me había ocurrido tres meses antes, durante uno de nuestros prolongados desayunos familiares. Desde los primeros días de nuestro matrimonio las mañanas de domingo siempre habían sido especialmente gratas. Estaban los placeres del desayuno en la cama, de comentar los periódicos y todo lo que había ocurrido durante la semana. Después de sintonizar nuestro canal privado, Margaret y yo hacíamos el amor, celebrando la profunda paz de nuestros lechos conyugales. Luego llámabamos a los niños y mirábamos como jugaban en sus cuartos, y quizá los sorprendíamos con la promesa de una visita al parque o al circo.
      Todas esas actividades, desde luego, al igual que nuestra propia vida familiar, se las debíamos a la televisión. En esa época ni yo ni nadie había soñado con la posibilidad de encontrarse con otro personalmente. En realidad existían todavía, aunque casi nunca se las invocaba, ordenanzas antiquísimas que lo impedían: encontrarse cara a cara con otro ser humano era un delito punible (ante todo, y por razones que entonces no pude entender, encontrarse con un miembro de la propia familia, tal vez como parte de un antiguo sistema de tabúes de incesto). Mi propia crianza, mi educación y mi ejercicio de la medicina, mi noviazgo con Margaret y nuestro feliz matrimonio, todo ocurrió dentro del generoso rectángulo de la pantalla del televisor. Naturalmente, de la inseminacion de Margaret se ocupó AID y, como todos los niños, el único contacto que David y Karen tuvieron con su madre fue durante su breve vida uterina. Eso, no hace falta decirlo, enriquecía inmensamente, en todo sentido, la experiencia humana. De niño me había criado en el jardín de infantes del hospital, ahorrándome así todos los peligros psicológicos de una vida familiar físicamente íntima (para no mencionar los riesgos, estéticos y no estéticos, de una higiene doméstica compartida). Pero lejos de estar aislado, me encontraba rodeado de compañía. En la televisión nunca estaba solo. En mi cuarto me entretenía durante horas jugando alegremente con mis padres, que me miraban desde la comodidad de sus casas y alimentaban mi pantalla con un sinnúmero de juegos de video, dibujos animados, documentales sobre la vida silvestre y seriales de sagas familiares que en conjunto me abrieron el mundo. Mis cinco años de estudiante de medicina pasaron sin que necesitase nunca ver a un paciente en persona. Adquirí mi experiencia sobre anatomía y fisiología en la pantalla del ordenador. Técnicas avanzadas de diagnóstico y de cirugía eliminaban toda necesidad de contacto directo con una enfermedad orgánica. La cámara, con sus exploradores de rayos infrarrojos y de rayos X, sus instrumentos de diagnóstico computerizados, descubrían mucho más que cualquier ojo humano solo.
      Quizá yo fuese especialmente experto en el manejo de esos complejos teclados y sistemas –una sensibilidad en la punta de los dedos que era el equivalente moderno de las habilidades operatorias del cirujano clásico– pero al llegar a los treinta años ya ejercía la medicina clínica con notable prosperidad. Liberados de la necesidad de visitar mi quirófano en persona, mis pacientes simplemente discaban el número de mi pantalla de televisión. La selección de esas llamadas que recibía –el tacto para despedirme de un ama de casa menopáusica y atender a continuación a un niño disentérico, sin olvidarme de recibir por separado la consulta de los angustiados padres– demandaba una considerable dosis de talento, ante todo porque los propios pacientes compartían esas habilidades. Por lo general los pacientes más neuróticos los superaban ampliamente, presentándose con técnicas de montaje desarticulado, efectos agresivos de cámaras y pantallas de imagen múltiple que iban mucho más allá de los peores excesos del cine experimental. Mi primer encuentro con Margaret tuvo lugar cuando ella me llamó durante una atareada mañana de operaciones. Al echar una mirada a lo que todavía se conocía con nostalgia como “sala de espera” –la muestra visual donde se proyectaban breves perfiles fílmicos de los pacientes del día– habría comúnmente postergado para el día siguiente a cualquier paciente que se hubiese presentado sin una cita. Pero me sentí inmediatamente impresionado, primero por la edad de esa joven –parecía andar cerca de los treinta– y luego por su notable palidez. Bajo un pelo rubio cortado casi al rape, los ojos pocos brillantes y la boca delgada ocupaban un rostro casi ceniciento. Comprendí que, a diferencia de lo que ocurría conmigo y con todos los demás, ella no usaba maquillaje para las cámaras. Eso explicaba tanto sus frígidos tonos cutáneos como su apariencia poco juvenil: en la televisión, gracias al maquillaje, se habían desterrado para siempre las crueles divisiones cronológicas, y todo el mundo tenía veintidós años, fuera cual fuese su edad verdadera. Debe haber sido esa ausencia de maquillaje lo que sembró la idea de conocer a Margaret en persona, una idea que florecería diez años más tarde con consecuencias tan devastadoras. Intrigado por su apariencia inclasificable, deseché a los otros pacientes e inicié nuestra consulta. Me dijo que era masajista, y luego de un peámbulo cortés me planteó su problema. Hacía meses que andaba preocupada por un pequeño bulto en el pecho izquierdo que, sospechaba, podía ser canceroso.
      Ensayé una respuesta tranquilizadora, y le dije que la examinaría. En ese momento, sin advertencia, se inclinó hacia adelante, desabotonó la camisa y mostró el pecho. Sobresaltado, miré ese órgano inmenso, de por lo menos sesenta centímetros de diámetro, que ocupaba toda la pantalla de mi televisor. Un código casi victoriano de ética visual gobernaba la relación médico/paciente, lo mismo que todo otro vínculo social. Ningún médico veía jamás a sus pacientes desnudos, y el sitio de cualquier dolencia íntima era siempre indicado por el paciente mediante diagramas. Hasta entre las parejas casadas la exposición parcial de los cuerpos era una relativa rareza, y los órganos sexuales permanecían velados detrás de los filtros más vaporosos, o se aludía a ellos tímidamente mediante el intercambio de dibujos. Desde luego, funcionaba un canal pornográfico clandestino, y prostitutas de ambos sexos ofrecían su mercadería, pero ni siquiera las más caras aparecerían en vivo, sino que se cambiaban por una tira de película pregrabada que las mostraba en el momento del clímax.
      Esas admirables convenciones eliminaban todos los peligros del enredo personal, y esa liberadora ausencia de afecto permitía a todos los que así lo deseasen explorar el espectro más completo de posibilidades sexuales, y preparaba el terreno para el día en que todos pudiesen disfrutar sin culpa de las perversidades y hasta de las psicopatologías sexuales.
Mientras miraba el pecho y el pezón enormes, con sus geometrías inexorables, decidí que la mejor manera de tratar a esa joven de franqueza tan excéntrica era pasar por alto el hecho de que se hubiese apartado de la convención. Después que el examen infrarrojo confirmó que el nódulo que se sospechaba canceroso era en realidad un quiste benigno se abotonó la camisa y dijo:
      –Es un alivio. Llámeme, doctor, si alguna vez necesita un curso de masajes. Me encantaría devolverle el favor.
      Aunque ella todavía me intrigaba, yo ya iba a pasar los créditos dando por concluida esa extraña consulta cuando su oferta casual anidó en mi cabeza. Curioso por verla de nuevo, arreglé una entrevista para la semana siguiente.
      Sin darme cuenta, yo ya había empezado a cortejar a esa joven insólita. La noche de la cita casi sospeché que era una especie de prostituta novicia. Sin embargo, mientras estaba tendido en el canapé de mi sauna, discretamente vestido, manipulando mi cuerpo según las instrucciones de Margaret, no hubo el menor indicio de lascivia. Durante las noches siguientes nunca detecté un solo rastro de conciencia sexual, aunque a veces, mientras hacíamos juntos los ejercicios, mostrábamos al otro bastante más de nuestros cuerpos que muchas parejas casadas. Margaret, comprendí, era una mujer impúdica, una de esas raras personas sin sentido de la timidez y con poca conciencia de las emociones lujuriosas que pueden despertar en los demás.
Nuestro cortejo entró en una fase más formal. Comenzamos a salir juntos… quiero decir que compartíamos las mismas películas en la televisión, visitábamos los mismos teatros y las mismas salas de concierto, mirábamos las mismas comidas preparadas en restaurantes, todo dentro de la comodidad de nuestras respectivas casas. En realidad, a esa altura yo no tenía la menor idea de dónde vivía Margaret, si a diez o a mil kilómetros de donde yo estaba. Disimuladamente al principio, intercambiamos viejas películas de nosotros mismos, de la infancia y de la escuela, de nuestros sitios de temporada favoritos en el extranjero.
      Seis meses más tarde nos casamos, en una espléndida ceremonia realizada en la capilla más exclusiva de los estudios. Asistieron más de doscientos invitados, y condujo la ceremonia un sacerdote famoso por su dominio de la técnica de la pantalla de imagen múltiple. Se proyectaron contra el interior de una catedral películas pregrabadas de Margaret y de mí tomadas por separado en nuestras propias salas de estar, y se nos mostró caminando juntos por un inmenso pasillo.
      Para la luna de miel fuimos a Venecia. Compartimos con alegría las vistas panorámicas de las multitudes en la Plaza San Marcos, y miramos los Tintorettos en la Escuela de la Academia. Nuestra noche de bodas fue un triunfo del arte de la dirección de cámaras. Acostados en nuestras respectivas camas (Margaret estaba en realidad unos cincuenta kilómetros al sur de donde estaba yo, en un complejo de enormes edificios de departamentos), cortejé a Margaret con una serie de movimientos de cámara cada vez más atrevidos, que ella contestaba de un modo dulcemente provocativo disolviendo y borrando tímidamente la imagen. Cuando nos desvestimos y nos mostramos el uno al otro las pantallas se fundieron en un último y amnésico primer plano…

Desde el principio hicimos una hermosa pareja, compartiendo todos nuestros intereses, pasando más tiempo juntos en la pantalla que ninguna pareja conocida. A su debido tiempo, mediante AID, fue concebida y nació Karen, y poco después de su segundo cumpleaños en al jardín de infantes residencial se le agregó David.
      Siguieron otros siete años de felicidad doméstica. Durante ese período me labré una notable reputación como pediatra de ideas avanzadas por mi defensa de la vida familiar: esa unidad fundamental, como yo decía, de cuidados intensivos. Insistía reiteradamente en que se instalasen más cámaras en las casas de integrantes de familias, y provoqué una vigorosa polémica al sugerir que las familias debían bañarse juntas, andar desnudas sin vergüenza por sus respectivos dormitorios, y hasta que los padres deberían asistir (aunque no en primer plano) al nacimiento de sus hijos.
      Fue durante un agradable desayuno familiar compartido que se me ocurrió la extraordinaria idea que cambiaría tan dramáticamente nuestras vidas. Yo miraba la imagen de Margaret en la pantalla, disfrutando de la belleza de la máscara cosmética que usaba ahora; esa máscara, que se volvía más gruesa y más trabajada a medida que pasaban los años, la hacía parecer cada vez más joven. Yo gozaba de la manera elegantemente estilizada en que nos presentábamos ahora al otro: por fortuna habíamos pasado de la seriedad de Bergman y de los amaneramientos fáciles de Fellini y Hitchcock a la serenidad clásica y a la sutileza de René Clair y Max Ophuls, aunque los niños, con su pasión por la cámara de mano, se parecían a otras tantas miniaturas de Godard.
Recordando la manera brusca en que Margaret se me había mostrado la primera vez, comprendí que la prolongación lógica de esa franqueza –sobre la que yo efectivamente había edificado mi carrera– era que todos nos encontrásemos en persona. Durante toda mi vida, reflexioné, yo nunca había visto, y mucho menos tocado, otro ser humano. ¿Quiénes mejor, para empezar, que mi propia mujer e hijos?
Le propuse la idea a Margaret con vacilación, y me encantó que aceptase.
      –¡Qué idea extraña, y maravillosa! ¿Por qué diablos no se le habrá ocurrido a nadie antes?
Decidimos instantáneamente que la arcaica prohibición de encontrarse con otro ser humano sólo merecía que no se le hiciese caso.

Desdichadamente, por razones que no entendí en el momento, nuestro primer encuentro no fue un éxito. Para no confundir a los niños, limitamos deliberadamente el primer encuentro a nosotros dos. Recuerdo los días de espera mientras hacíamos los preparativos para el viaje de Margaret, una empresa bastante complicada dado que la gente casi nunca viajaba si no era a la velocidad de la señal de televisión.
      Una hora antes que ella llegase desconecté las complejas precauciones de seguridad que sellaban mi casa protegiéndola del mundo exterior, las señales de alarma electrónicas, las rejas de acero y las puertas herméticas.
Por fin sonó el timbre. Desde la puerta interior de la sala de entrada solté los pestillos magnéticos de la puerta principal. Unos segundos más tarde entró en la sala la figura de una mujer pequeña, de hombros estrechos. Aunque estaba a más de ocho metros de distancia la vi con claridad, pero casi no logré darme cuenta de que ésa era la mujer con la que había estado casado durante diez años.
Ninguno de nosotros llevaba maquillaje. Sin la máscara cosmética, el rostro de Margaret parecía pálido y enfermizo, y los movimientos de sus manos blancas eran nerviosos e inseguros. Me impresionó lo avanzado de su edad y, ante todo, su pequeñez. Durante años había conocido a Margaret como un inmenso primer plano en una u otra de las enormes pantallas de televisión de la casa. Hasta en las tomas de cierta distancia solía ser más grande que esa mujer encorvada y diminuta que vacilaba en el extremo de la sala. Me costaba creer que alguna vez me hubiesen excitado esos pechos vacíos y esos muslos estrechos.
      Avergonzados el uno del otro, nos quedamos sin hablar en los dos extremos de la sala. Sabía por la expresión de Margaret que ella estaba tan sorprendida de mi aspecto como yo del de ella. Por añadidura, había en su mirada un aire curiosamente penetrante, un elemento casi de hostilidad que yo no había visto nunca antes.
      Sin pensar, busqué con la mano el picaporte de la puerta interior. Margaret ya había regresado a la entrada, como si temiera que yo fuese a encerrarla para siempre en la sala. Antes que yo pudiese hablarle ella había dado media vuelta y desaparecido.
      Después que ella se fue probé con cuidado las cerraduras de la puerta principal. Alrededor de la entrada flotaba un olor suave y no del todo agradable.

Luego de ese primer encuentro frustrado Margaret y yo volvimos a la pacífica felicidad de la vida conyugal. Tanto me alivió verla en la pantalla que me costó creer que de verdad nos habíamos encontrado. Ninguno de los dos habló del desastre, ni de las desagradables emociones que nuestro breve encuentro había inspirado.
      Durante los días siguientes reflexioné dolorosamente sobre la experiencia. Lejos de unirnos, el encuentro nos había separado. Ahora sabía que la auténtica proximidad era la proximidad de la televisión: la intimidad de la lente que nos acercaba, el micrófono de corbata, el mismo primer plano. En la pantalla del televisor no había olores corporales ni respiración forzada, no había contracciones de la pupila ni reflejos faciales, no había juicios mutuos sobre las emociones ni superioridades, no había desconfianza ni inseguridad. El afecto y la compasión exigían distancia. Sólo a la distancia podía uno encontrar esa verdadera cercanía con otro ser humano que, con buena voluntad, quizá llegase a transformarse en amor.

Sin embargo, arreglamos un inevitable segundo encuentro. Todavía no entiendo por qué lo hicimos, pero a ambos parecían empujarnos esos mismos motivos de curiosidad y desconfianza que aparentemente más temíamos. Hablando todo tranquilamente con Margaret me enteré de que ella había sentido hacia mí la misma aversión que yo había sentido hacia ella, la misma oscura hostilidad.
      Decidimos que al siguiente encuentro llevaríamos a los niños, y que usaríamos todos maquillaje e imitaríamos lo más fielmente posible nuestro comportamiento de la pantalla. Así que tres meses más tarde Margaret y yo, David y Karen, esa unidad de cuidados intensivos, nos juntamos por primera vez en mi sala de estar.

Karen se está moviendo. Ha girado sobre el soporte de la lámpara de pie y ahora tengo su cuerpo de frente, sobre la alfombra manchada de sangre, tan desnudo como cuando se desvistió delante de mí. Ese acto provocativo, quizá destinado a despertar alguna fantasía incestuosa enterrada en la mente del padre, desató la explosión de violencia que nos ha dejado ensangrentados y exhaustos en las ruinas de mi sala de estar. A pesar de las heridas que tiene en el cuerpo, las magulladuras que le deforman los pechos diminutos, me recuerda la Olympia de Manet, tal vez pintada unas horas después de la visita de un cliente psicótico.
      Margaret también observa a su hija. Sentada, inclinada hacia adelante, enfrenta a Karen con una mirada que es a la vez posesiva y amenazadora. Fuera de una breve embestida a mis testículos, no me ha prestado atención. Por algún motivo las dos mujeres se han elegido mutuamente como blanco principal, así como David ha volcado toda su hostilidad sobre mí. No esperaba que tuviese las tijeras en la mano la primera vez que lo abofeteé. Ahora lo tengo a sólo unos pocos centímetros de distancia, dispuesto a lanzar el ataque final. Por alguna causa pareció indignarlo especialmente la exhibición de ositos de felpa que había montado para él con tanto cuidado, y por todo el piso se ven jirones de esos animales despedazados.
      Afortunadamente ahora puedo respirar con un poco más de libertad. Muevo la cabeza para observar la cámara del cielo raso y a mis concombatientes. En conjunto presentamos un aspecto grotesco. El grueso maquillaje de televisión que todos decidimos usar se ha disuelto formando una serie de extravagantes máscaras de carnaval.
      De todos modos estamos juntos al fin, y mi afecto hacia ellos supera esos pequeños problemas de acomodamiento mutuo. En cuanto llegaron, la magulladura en la cabeza de mi hijo y los oídos sangrantes de mi mujer denunciaron el estallido de una refriega potencialmente mortal. Sabía que sería un tiempo de prueba. Pero al menos estamos empezando, sentando modestamente la posibilidad de una nueva clase de vida familiar.
      Todo el mundo respira con más fuerza, y no hay duda de que el ataque comenzará dentro de un minuto. Veo las tijeras ensangrentadas en la mano de mi hijo, y recuerdo el dolor de cuando me las clavó. Me acomodo contra el sofá, preparado para patearlo en la cara. En el brazo derecho quizá tengo fuerzas suficientes para vérmelas con quien sobreviva del enfrentamiento final entre mi mujer y mi hija. Sonriéndoles cariñosamente, con la rabia espesándome la sangre en la garganta, sólo soy consciente de mis sentimientos de infinito amor.

copyright © J. G. Ballard, 1982
[Traducción de Marcial Souto]


Fuente RSS Seguir en Twitter Página en Facebook

Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



Blog Widget by LinkWithin