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Juan Hernández Luna (1962-2010)

(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)

Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna

Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones “de género” y en especial de novelas policiacas. Continuar leyendo ‘Juan Hernández Luna (1962-2010)’

De Rápidas variaciones…

Según creemos saber, la literatura es reflejo de la realidad. Es verdad pero eso no significa que toda la literatura hable de lo mismo real del mismo modo. Toda ficción, por extraña que sea, nace en el mundo y nace del mundo. Si no podemos verlo, o si sólo aceptamos las formas más literales y más serviles del lenguaje, peor para nosotros.
      Edilberto Aldán ofrece una prueba de esto en su libro de cuentos Rápidas variaciones de naturaleza desconocida: más de una persona quedará desconcertada por los cuentos iniciales de la colección y en especial con el primero, “Interpósita persona”, que juega a ser autobiográfico y escrito por una persona real que desea ganar un premio real en el concurso real en el que Aldán, precisamente con el libro que leemos, obtuvo un segundo lugar y una cantidad apreciable de dinero.* Pero si usted se fascina con la idea de una frontera difusa entre lo cierto y lo inventado, o peor todavía: si sigue leyendo a la busca del chisme y de la confesión supuestamente sincera, se perderá lo que en verdad importa. Porque Edilberto Aldán ofrece una prueba en otro sentido también: su libro nos examina.
      Explico:
      Dentro de su trama curiosa, “Interpósita persona” anuncia que describirá la estructura del libro entero: las relaciones entre los cuentos y la estructura del conjunto. Más aún, el texto habla de claves explícitas para identificar al autor, de que su número telefónico aparece en alguna página… y también afirma que el libro va a ostentar una escritura correcta y poco problemática, pensada para agradar a jurados profesionales.
      Y nada de esto sucede: los datos no están, el libro tiene otra forma, los cuentos no usan las estrategias ramplonas que se describen. Los textos no van entrelazados unos con otros al modo que ahora está de moda, y que tiene como fin hacer que una colección de historias parezca una novela aunque no lo sea; tampoco se pone en juego ninguna de las estrategias ni de los temas que servirían para que los textos se cuadraran a los prejuicios en boga y parecieran “relevantes”, “representativos”, “pertinentes”…
      Nuestra prueba como lectores es, dado que el texto nos miente y nos desorienta, orientarnos solos: encontrar esa clave de la que he hablado, preguntarnos por qué los textos siguen su ruta precisa; por qué los que tratan la identidad y la escritura dan paso a los eróticos, luego a las remembranzas inventadas y por fin a las viñetas presuntamente históricas. Por qué caminamos del escritor equívoco al acostón indescifrable al padre posible a Glenn Gould y las Variaciones Goldberg.
      Cierta idea de cuál es esa clavedebe estar en el texto final de la colección de Aldán, cuyo título es “Arte poética”:

No deja de sonreír mientras escribe la última palabra.
      Aspira profundamente antes de colocar el punto final. Con un gesto suave deja reposar, al fin, el centenar de hojas. Exhala satisfecho.
      Escribió la obra perfecta. Resta un último paso: las cenizas se elevan con el vuelo de los pájaros al atardecer cuando prende fuego al manuscrito.
      Está listo para comenzar de nuevo.

La prosa de Edilberto Aldán se resiste a las normas actuales de la eficacia: no está fascinada con la sequedad de los escritores estadounidenses, no lo deja todo por “avanzar la trama” y juega con una sintaxis que me recuerda a Julio Cortázar y a más de un autor latinoamericano de esos que empezamos a negar por deporte (y para bien, porque sus imitadores son todos pésimos) hace quince o veinte años. Pero lo importante –la clave– no está en el texto en sí ni siquiera en la imagen dramática, conocida, de la destrucción. Al contrario, este texto es el único que se enlaza directamente con otros del libro: nos devuelve a las frustraciones y engaños de los primeros cuentos, donde un puñado de personajes se queda perplejo ante el poder de la escritura o ante sus reflejos en el mundo, pero en lugar de exaltar la idea de la literatura como arte de trepar, como farsa y búsqueda de prestigio, hace exactamente lo contrario: su escritor destruye lo que crea. No le interesan las consecuencias ni los premios de su creación más allá del acto mismo de haber creado.
      Al hacer esto Aldán sugiere (creo) que estas Rápidas variaciones son el trayecto de un escritor que sabe otro modo en el que la escritura, que es parte siempre de la realidad, se engrana en ella. La escritura puede ser pasatiempo, catarsis, fuente de trabajo, herramienta para buscar el poder, pero también puede ser búsqueda: indagación en el interior de quien crea. Puede ser un camino, pues, en el que la meta sólo cuente como un alto y en el que se pueda, como el narrador de “Arte poética”, volver a comenzar siempre desde cero.

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida

Rápidas variaciones de naturaleza desconocida

* (Este libro fue publicado por el Gobierno del Estado de México, dentro de su Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Ganó, en efecto, el segundo premio en la especialidad de cuento del Concurso Internacional “Letras del Bicentenario”, convocado por el estado de México en 2009.)

Sobre Amparo Dávila: la vía del oscurecimiento

Para celebrar la aparición de sus Cuentos completos, publicados por el Fondo de Cultura Económica, un texto sobre la escritora mexicana Amparo Dávila, autora del cuento clásico “El huésped” y de muchos otros.

1
La relación de la cultura occidental con el lenguaje es equívoca: a la vez le niega y le concede poderes enormes. Por un lado, creemos que es una herramienta, un medio, una forma sencilla y sin complicaciones de representar el mundo sensible y nuestro propio interior: un mero utensilio que dominamos sin esfuerzo y no oculta secretos ni trampas. Por otra parte, esta noción nos lleva a creer en la fidelidad y la suficiencia de nuestras propias palabras: nos persuadimos de que los nombres de las cosas son las cosas mismas, sin distorsión ni ambigüedad, como si el lenguaje y el universo se correspondieran perfectamente y sólo hiciera falta encontrar las voces precisas para rellenar cualquier hueco en nuestra percepción del mundo.
      Al pensar así no sólo olvidamos que el lenguaje está lejos de ser nuestro sirviente: que al ser nuestra única manera de aprehender y figurarnos el mundo, sin él quedaríamos desamparados, incapaces de cualquier comprensión y memoria más allá del instinto. Además, pasamos por alto el hecho de que el lenguaje es, en el mejor de los casos, imperfecto: no deja fuera al error o a la duda, a los misterios de la resonancia y la imagen poética, ni a las oscuridades: los momentos en que lo indecible se aparece ante nosotros y sólo puede declararse lo infranqueable del obstáculo, lo imposible de trasponer a las palabras como límites de la conciencia.
      La porción más extraña y paradójica de la literatura, como del resto de las manifestaciones del pensamiento, es la que se atreve a sondear estos límites del propio lenguaje. No es una tarea fácil ni popular, y probablemente lo es menos todavía ahora que en otras épocas. Aquí, en el ámbito díscolo de la literatura mexicana, siempre ha sido la marca de escritores visionarios, que experimentan en su trabajo o hasta en su propia vida la disolución de las certidumbres que ofrecen las palabras y, en vez de rehuirla, la enfrentan y procuran traerla hasta nosotros. Tampoco pueden llegar más allá, arañar siquiera lo que está del otro lado, pero sí pueden llamar nuestra atención y llevarla al enigma, que reduce nuestra estatura humana pero, tal vez, nos vuelve un poco más lúcidos y no menos.
      Una de esos autores no siempre secretos, pero no siempre tenidos como centrales a pesar de la mera belleza de su obra, es Amparo Dávila, una de nuestras cuentistas más sutiles y más extraordinarias.

2
Presencias que invaden vidas y casas; seres sin nombre empeñados en actos nimios o terribles; portadores de emblemas que están más allá de toda lectura; visiones de melancolía terrible… Las historias de Amparo Dávila, esbozadas siempre con muy pocas palabras, no utilizan la capacidad alusiva del cuento para el lector complete y dé forma a los mundos y las tramas que se le proponen sino para que, llevado por ese impulso rutinario, descubra las ausencias: las preguntas que adquieren su poder en el acto de no ser respondidas.
      Muchos de los que nos hemos acercado a esta obra breve y espaciada en el tiempo lo hemos hecho a partir de una idea inexacta: desde muy temprano en su carrera, y cada vez con más fuerza a medida que ha pasado el tiempo, a Amparo Dávila se le considerado una escritora de literatura fantástica. Ésta no es una categoría problemática sólo por los prejuicios que existen en su contra: además, si se entiende lo fantástico solamente como la descripción de “cosas imposibles” o “sobrenaturales”, no se podrá comprender ni el sentido profundo de los textos de Dávila ni siquiera su origen.
      En repetidas ocasiones, la escritora ha declarado que sus historias provienen de lo real y difieren de textos más convencionales porque, si bien tienen su origen en vivencias, pensamientos y percepciones auténticos, no se detienen en la representación sino que pasan a la realidad interna, el mundo de lo abstracto y lo íntimo que la narrativa más convencional subordina a las descripciones del mundo sensible o emplea sólo como depósito de causas y efectos. En las historias de Dávila nunca hay la ruptura violenta de una imagen del mundo para que otra más extraña o caprichosa se revele; lo presuntamente objetivo está en contacto permanente con lo presuntamente subjetivo, y con ello el texto puede librarse de repetir lo que el lector cree saber sobre “lo real”… pero también de suplir lo “real” con una invención –una “irrealidad”– que se cierre sobre sí misma y se deje leer como una mera distracción, incapaz de afectar las certidumbres que nos permiten una existencia sosegada.
      Antes de sus cuentos, Amparo Dávila publicó tres libros de poemas emparentados con la búsqueda mística: la aspiración de re-ligar la conciencia humana con lo numinoso, trascendiendo las limitaciones humanas. Para 1954, el año en que aparece Tiempo destrozado, esta indagación ya no puede entenderse como un recorrido por la vía de la iluminación. La idea de la revelación súbita, de que la plenitud del conocimiento puede alcanzarse además de nombrarse, implica la distorsión tradicional de las capacidades y las debilidades del lenguaje; más humilde, pero también más afilada y escéptica, Dávila opta por una vía de oscuridad: por dar un paso atrás en la búsqueda del sentido del mundo para intentar, desde más lejos, desde más abajo, entrever al menos la plenitud de lo que no comprendemos.
      Este proceso es más arduo y meritorio de lo que parece. En 1965, todavía un año después de la publicación del segundo libro de historias de Amparo Dávila, Música concreta, el mismísimo Elias Canetti escribía con optimismo sobre los efectos de la aceleración del occidente y la percibía como causa de un “crecimiento de la realidad”: un flujo creciente de conocimiento y de percepciones cada vez más exactas, que si bien empequeñecía a los seres individuales les ofrecía también la posibilidad de realizaciones más grandes y, en verdad, una vida más venturosa. Ahora, todos sabemos o creemos saber que no es así: que nos reducimos precisamente por esas informaciones cada vez más copiosas, exactas e inabarcables que nos sepultan y sobre las que no tenemos poder alguno. Pero nuestra reacción, como cultura o culturas sumergidas definitivamente en el mismo proceso febril, ha sido aceptar la imposición de la velocidad y tratar de avanzar cada vez más deprisa, saturarnos cada vez más de cada vez menos, constreñir nuestra idea de realidad en vez de amplificarla.
      Al proponer un modo distinto de acercarse al mundo, y de hacerlo con la parquedad del cuento y del poema en prosa, los textos Amparo Dávila proponen una alternativa difícil y de resultado incierto, pero necesaria.

3
Si fuera posible situarlos en un mapa de la imaginación, los pueblos y las ciudades, los campos de Amparo Dávila quedarían sólo un poco al sur de la Quinta de Landor o el Dominio de Arnheim, en los que Edgar Allan Poe describió más sutilmente sus experiencias de la inquietud y la soledad. No es difícil reconocer la afinidad, que proviene de una misma actitud ante la mirada del artista, una misma conciencia reflexiva y alerta a los cambios de su propio movimiento. Sin embargo, también están cerca las habitaciones y las caras hoscas, que el visitante siempre percibe con la lentitud de la revelación, de Carson McCullers, y las burocracias infinitas de Franz Kafka, y los hombres y mujeres de Albert Camus, con sus aplazamientos infinitos. En estos autores, y en los otros que podrían verse como la estirpe de Amparo Dávila en la rica literatura de los últimos dos siglos, el terror de la conciencia enfrentada a cuanto la sobrepasa no desaparece con las promesas del entendimiento pero tampoco se abandona a la nada: en cambio, insiste en señalar el lado de la sombra, que nos acompaña siempre, para que estemos alertas.

Cuentos Reunidos, Amparo Dávila

Mario Benedetti (1920-2009)

Ha muerto, hoy domingo, Mario Benedetti. Nacido en 1920, tenía 88 años y una historia ya larga de padecimientos.

Y ahora mismo, muchas personas desentierran sus versos más famosos y le hacen pequeños homenajes por toda la red: durante décadas (quién sabe si seguirá pasando ahora, que la poesía está tan maltrecha), Benedetti perteneció a la extraña categoría de los escritores verdaderamente populares, y sus textos amorosos y políticos sirvieron a millones de jóvenes de habla española para articular y declarar sus afectos y aversiones o hasta para cantarlos, siguiendo las versiones de Nacha Guevara y otros numerosos intérpretes.

Esta fama dio a Bendetti, como a Jaime Sabines, la recompensa de ser un escritor que no necesitó de la validación de los críticos, pero también lo volvió sospechoso de excesiva complacencia, de sentimentalismo, de simplismo. Y fue culpable con una frecuencia alarmante. Peor aún, su obra poética, que se fue recogiendo en ediciones sucesivas llamadas siempre Inventario, deja ver cada vez menos poesía a medida que pasan los años y cada vez más fórmulas, más lugares comunes, más prédicas a admiradores ya convencidos. El padre espiritual de sus poemas pudo haber sido, entre otros, Bertolt Brecht, pero tiene entre sus hijos a Ricardo Arjona y otros todavía peores.

A esto se suma el desgaste de sus ideas políticas, que en su día también fueron popularísimas pero no sólo se atoraron en lo sentimental, sino también en lo dogmático, a medida que se diluían las luchas ideológicas que le inspiraron sus mejores trabajos.

Por otro lado, aun si la totalidad de su poesía termina por ser olvidada o reducida a los equivalentes actuales del cancionero (las cadenas de correo electrónico y los videos de cantautores aficionados en YouTube, tal vez), tarde o temprano habrá que volver, para darle su justo valor, a esa parte mejor de su obra, que está –sospecho– en la narrativa, y concretamente en un puñado de sus cuentos y en dos novelas: La tregua y Gracias por el fuego. La primera es una extensión más dolorosa y melancólica de los temas de su poesía amorosa, centrada en un hombre mayor y (además) lejos de la imagen idealizada del “hombre libre” que el propio Bendetti ayudó a construir en el ideario latinoamericano del siglo pasado. La segunda es su obra más arriesgada: la narración de la vida y la muerte de un uruguayo aplastado a la vez por el poder político que oprime a su país y por los conflictos, imposibles de resolver, con su padre. Una y otra pelea, con el telón de fondo de la crisis moral de un país que no supo oponerse al poder (el libro estuvo censurado en los años setenta, durante lo peor de las dictaduras sudamericanas), compiten en el texto y terminan, literalmente, por destruir al personaje que intenta librarlas y fracasa en las dos.

Tal vez el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor como Benedetti, que tantas veces se dejó llevar por lo simple y lo cursi, es recordar sus textos menos sentimentales y más difíciles. Los mejores momentos de Gracias por el fuego, por ejemplo, son los que muestran a los personajes abandonando su pose de víctimas inocentes y examinando su responsabilidad en los males (íntimos y sociales) que lamentan. La mayoría de nosotros no realiza nunca, en toda su vida, un acto de sinceridad semejante.

mariobenedetti

(Entre paréntesis: es muy fácil criticar a quien confunde saberse una canción de amor con tener conciencia política –o una verdadera idea del amor–, pero son peores quienes utilizan la canción para recordar sus “tiempos de rojillos” mientras practican todo lo contrario de lo que su autor favorito defendía.)

Primera lista de libros de cuentos

Roberto Bolaño
El más popular (hasta hoy): Roberto Bolaño

Hola a todos… Como prometí hace poco, he aquí los primeros resultados preliminares de la encuesta que se abrió hace algún tiempo en esta bitácora para buscar los mejores libros de cuentos latinoamericanos de los últimos treinta años (1978-2007). Agradezco a todos los interesados que han dejado sus propuestas hasta el momento y los invito a seguir recomendando sus títulos y autores predilectos aquí mismo, o bien en la sección de comentarios de la nota original. Por supuesto, esta lista que estamos armando es arbitraria y subjetiva…, pero de eso se trata. Y estoy seguro de que muchos de nosotros hemos encontrado sugerencias muy interesantes y que no conocíamos.

Les recuerdo una vez más: la idea es proponer libros de los últimos treinta años, hechos por escritores de nuestros países. Cuando se mencione más de una vez el mismo libro, se consignará cada propuesta como un “voto” (lo que no implica que el libro más votado sea necesariamente “el mejor”).

Y los resultados, hasta el momento, son:

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Otra lista más

Hace algún tiempo ya apareció el resultado de una encuesta de la revista mexicana Nexos, que preguntó a más de un centenar de escritores destacados cuáles eran las tres mejores novelas publicadas en México en los últimos treinta años. Los libros con más votos en la lista fueron, en orden, Noticias del Imperio de Fernando del Paso, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco y Crónica de la intervención de Juan García Ponce.

Se podría discutir mucho todavía en relación con la lista: precisamente animar la discusión era el objetivo declarado de Nexos, pero los temas más socorridos fueron (como acostumbra suceder) los más triviales: quiénes votaron, quién los seleccionó, por qué está tal o cual novela y no tal otra, con qué “derecho” Nexos hacía la encuesta, etcétera: lo normal en un país retrasado como el nuestro, en el que muchas personas creen que “artista” es sinónimo de “pretencioso” o “despreciable”, muchos escritores (por cierto: son personas también) no se acostumbran aún a no contar más con los afectos del poder político y éste, por lo demás, exhibe una ignorancia y un desinterés sumamente notables: no pasamos de las artes como “sano entretenimiento”, entre el pasmo general y el abandono aparente de cualquier propósito de mejorar el sistema educativo nacional.

porta_colina.jpgHace algún tiempo también, Miguel Ángel Muñoz, en su excelente bitácora El síndrome Chéjov, invitó a votar para hacer una lista de los mejores libros de cuentos de los últimos 25 años. (Los detalles, por supuesto, allá.)
Por mi parte, más limitado, y tardísimo, propongo de todas formas la siguiente pregunta: ¿cuáles serán (cuáles les parecen a ustedes) los mejores libros de cuentos escritos por autores de América Latina en los últimos treinta años? Creo que tiene sentido plantear la cuestión, más específica: sobre todo en México, como se sabe, la peor novela llama más la atención que el mejor libro de narraciones breves, y sospecho que la lista que podría compilarse incluiría más de una sorpresa. Propongo, de entrada, una adición recientísima: Portarrelatos de José de la Colina, publicado por Ficticia. Los comentarios de esta nota está abiertos para quien quiera proponer otros títulos, y se agradecerá, además, cualquier justificación o comentario de los textos elegidos.

Nota de las 2 de la tarde: a pedido de Hernán, propongo una precisión: elijamos aquellos libros que consideremos mejores, que nos “lleguen”, que nos parezcan de calidad innegable; digamos por qué. Yo iré creando una lista con lo que digan aquí. Saludos…

Nota del 19 de octubre: una primera lista preliminar de los libros sugeridos hasta ahora está en esta nota.


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Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

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Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

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Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



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