Un pasaje de Jinetes del salario púrpura, una novela corta de Philip J. Farmer, incluye esta imagen memorable de un personaje: Continuar leyendo ‘Operaciones y reducciones’
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Además de todo lo demás (un par de libros; textos por obligación y placer; anotaciones para esta bitácora y para la sufrida cuenta de Tuiter), estoy preparando un par de cursos: ambos serán de novela y se repartirán entre revisar textos de los asistentes y hablar de la teoría (si es que es posible: si hay una sola, o varias ideas que pudieran ensamblarse para parecer una sola) de la novela.
Entre otras referencias, está la del pasaje siguiente, que proviene de Pietr el letón (1931), la primera de la larga serie de novelas del inspector Maigret escritas por Georges Simenon. Maigret está vigilando desde afuera, y en tiempo tormentoso y desagradable, la casa del sospechoso, y sus pensamientos vagan hacia estas ideas sobre el descubrimiento y la detección:
En “Tesis sobre el cuento”, un ensayo famoso de Ricardo Piglia, se resume así un argumento que Antón Chéjov anotó pero jamás llegó a desarrollar:
Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida.
La propuesta es simple: escribir el cuento (o al menos el resumen del cuento) que Chéjov no escribió y en el que, desde luego, el desafío está en inventar un personaje y unas circunstancias que vuelvan creíble el comportamiento del personaje. El ensayo de Piglia contiene pistas útiles para intentar el ejercicio. Los comentarios de esta nota están, como siempre, abiertos para quienes quieran compartir sus textos.

Anton Chejov
[La sección "Taller literario" de Las Historias alterna propuestas de ejercicios y juegos literarios con comentarios y sugerencias sobre escritura.]
En 1964, el cineasta francés Henri-Georges Clouzot intentó realizar la que iba a ser su película más ambiciosa: L’enfer (El infierno). El filme trataría de los celos enfermizos de un hombre (Serge Reggiani) por su esposa (Romy Schneider); a tal punto llegaría el trastorno del personaje que su percepción de la realidad comenzaría a cambiar y esto se reflejaría en imágenes extrañas como éstas:
La película nunca se realizó por numerosos problemas durante el rodaje, incluyendo la renuncia del actor principal y un infarto sufrido por el propio Clouzot. Hasta este año, 45 después de que el proyecto fuese abortado, se estrenó un documental sobre lo que L’enfer podría haber sido, dirigido por Serge Bromberg y Ruxandra Medea, que incluye el pietaje que coloqué arriba y mucho más. Pero todo esto viene a cuento aquí por lo siguiente.
Se puede sospechar que lo que se ve en las imágenes es lo que el marido percibe: por medio de las luces cambiantes se sugiere, tal vez, o la desesperación, o la paranoia, o la incapacidad del hombre para asir a su esposa, para comprenderla o hacerse una idea precisa o firme de ella. La propuesta del ejercicio: ¿cómo lograr esta misma impresión delirante exclusivamente por escrito? ¿Cómo sugerir este trastorno, profundo, de un hombre celoso?
El espacio de comentarios queda abierto, como siempre, para quien quiera dejar alguna propuesta.
(Nota: el video utilizado en esta ocasión y los datos sobre L’enfer los encontré en Day-book, la bitácora de Stuart Heath.)
He aquí un ejercicio de caracterización con detalles interesantes (es decir, cierta complicación adicional).
1. Imaginar tan claramente como sea posible a dos personajes: A y B, muy diferentes entre sí; su edad, carácter, forma de hablar deben ser notablemente distintas.
2. Escribir, en forma de diálogo, una conversación telefónica en la que A, hablando con un personaje secundario C, intente hacerse pasar por B.
Como lo más probable es que A cometa algún error, sus equivocaciones deben reflejar detalles adicionales de su carácter (y mejor todavía si dejan ver algo de cómo percibe a B con base en su propia forma de pensar).

La sección de comentarios queda abierta, como siempre, para quienes deseen realizar el ejercicio.
La siguiente es la propuesta de un juego creativo. Tiene su origen en una anécdota real: un día, en una tienda de baratijas y objetos de adorno encontré tantos que me parecieron horribles que comencé a tomarles fotos. He aquí al primero de los peores:

La etiqueta dice: "Escultura de vidrio diseño ojo"
Y aquí esta otro:

"Alce tamaño real"
Y he aquí otro más:

"Candelero ángel"
La parte más interesante de la creación de personajes es imaginar a individuos que no se nos parecen: no sólo de aspecto diferente, sino que piensan distinto, que tienen diferentes convicciones y diferentes gustos. La propuesta es imaginar y escribir tres biografías brevísimas: cada una debe ser la de un personaje para quien uno de los objetos mostrados arriba sea la más preciada posesión (es decir, un personaje por objeto, y cada personaje debe preferir un solo objeto). Los interesados pueden (como siempre) dejar sus biografías imaginadas en la sección de comentarios de esta nota.
Una variación de la propuesta previa para escribir sobre el suspenso, en dos partes:
1. Contar en un párrafo, a manera de resumen tan escueto como sea posible, un suceso importantísimo para un personaje dado: la alternativa obvia es la muerte, desde luego, pero también podría ser que lo rechazara la persona que le gusta, que reprobara un examen… Lo necesario sería dejar clara a los lectores la importancia que el hecho, sea cual fuere, tendrá para el propio personaje.
2. Contar, con la extensión que sea necesaria, la historia de las 24 horas previas al suceso de la parte 1, mencionando todos los hechos que pudieran haber servido al personaje para prever lo que le iba a pasar… y señalando cómo el personaje no se dio cuenta de absolutamente nada.

A ver qué sale…
Los apodos que se dan a muchas personas tienen su base, con frecuencia, en alguna característica física. Por ejemplo, alguien puede ser llamado “el Patas” por el tamaño de sus pies, “Narices” por lo notable que resulta su nariz, etcétera. Con base en estos dos ejemplos se puede suponer que lo más común, en casos así, es singularizar un detalle visiblemente inusual en el físico de la persona que va a recibir el apodo. (Y, por supuesto, el repertorio de los apodos obscenos es el que más se aprovecha de esto).
La propuesta ahora es darle la vuelta a esta idea e inventar breves descripciones (o mejor aún, biografías) de personajes cuyos apodos se refieran a partes menos obvias de sus cuerpos. ¿Por qué alguien sería llamado “el Páncreas”, por ejemplo? ¿O “la Falangina”?
En uno de los incontables casos insólitos recogidos por Robert Ripley, un corresponsal describía su vida por medio de negaciones: nunca había conducido un coche, nunca había bebido, nunca había peleado con nadie, nunca había viajado en avión, nunca había viajado en barco, nunca había viajado en tren, nunca había salido de su estado natal, nunca había montado un caballo, nunca se había casado, nunca había tenido una novia, nunca había tocado un instrumento musical, nunca había vestido de etiqueta, nunca había ido a un baile, nunca había sufrido la pérdida de un ser querido… La lista (que yo encontré en este número de la revista Luna Córnea) era larguísima y sugería una vida terriblemente mediocre, o más aún: monótona hasta un grado increíble.
La propuesta es describir a una persona real cualquiera por medio de una lista semejante: la de todo lo que no ha hecho. En este caso la idea es que no se trate necesariamente de un individuo mediocre. Como cualquier lista de este tipo es potencialmente infinita (la princesa Diana, digamos, no vivió en 1635; no vivió en 1634; no vivió en 1633, etcétera), hay que seleccionar negaciones que sean significativas para el lector. Si se quiere hacer más complicado, se puede proponer como una “adivinanza” y no revelar de inmediato quién es el personaje descrito.
Parte del trabajo a la hora de inventar personajes y ponerlos a actuar en una historia tiene que ver (sobre todo en nuestra época) con lograr que su comportamiento resulte verosímil, es decir, creíble. Pero también, en ocasiones, hace falta justificar comportamientos inusitados: actos de un personaje enloquecido o separado, por alguna razón, de la lógica que se ha establecido en el mundo ficcional que habita.
Una solución particular de este problema es la que emplea Nabokov al final de Lolita, cuando Humbert Humbert, tras haber cometido un crimen y haber perdido todo lo que le importaba en la vida (no: no estoy contando el final), comete la siguiente locura, del siguiente modo:
La carretera se extendía ahora por el campo abierto, y se me ocurrió –no como una protesta, no como un símbolo, ni nada parecido, sino simplemente como una experiencia nueva– que, puesto que ya había despreciado todas las leyes de la humanidad, podía también despreciar las reglas de tránsito. De modo que crucé al carril izquierdo de la carretera, y comprobé qué se sentía, y se sentía bien. Había un agradable calor en el diafragma, con elementos de tacto difuso, y todo reforzado por el pensamiento de que nada podía estar más cerca de la eliminación de las leyes físicas que conducir deliberadamente del lado equivocado del camino. En cierto modo era una comezón muy espiritual. Gentilmente, como en sueños, sin exceder las veinte millas por hora, conduje allí, en aquel raro carril del otro lado del espejo. El tráfico era ligero. Los coches que de tanto en tanto me rebasaban por el carril que yo les había dejado me tocaban brutalmente el claxon. Los que venían hacia mí temblaban y se desviaban, gritando de miedo. Pronto me encontré cerca de áreas pobladas. Pasarme una luz roja fue como un sorbo prohibido de vino de Borgoña, cuando era niño. Entretanto comenzaba a haber complicaciones. Me seguían y me escoltaban. Luego vi ante mí dos autos que se colocaban de tal manera que bloqueaban por completo mi ruta. Con un gracioso movimiento viré y salí de la carretera, y después de dos o tres grandes saltos empecé a subir una loma cubierta de pasto, entre vacas sorprendidas, y allí hice un alto gentil y estremecido [...]
La estrategia, desde luego, pasa por impedir que el personaje se sorprenda de lo que hace, y en cambio hacer que lo “explique” de un modo lo suficientemente llamativo. Los lectores quedan invitados a imaginar parecidos comportamientos alocados y su respectiva explicación: la propuesta es que, al modo de Humbert Humbert, el propio personaje trastornado describa y explique los sucesos.












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