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Juan Hernández Luna (1962-2010)

(Agregado del 3 de agosto: se invita a un homenaje a Juan Hernández Luna para el día 19.)

Apenas en el último par de horas he sabido la noticia: hoy en la mañana, en el Hospital General de la ciudad de México, murió Juan Hernández Luna, escritor.

Juan Hernández Luna

Nacido en 1962, Juan se crió en Nezahualcóyotl, en la interminable zona conurbada de la ciudad de México; como muchos de su generación se abrió paso con esfuerzo, intentando compaginar la búsqueda de un trabajo rentable con la ambición de dedicarse a la literatura, y aunque escribió de todo se dio a conocer como autor de narraciones “de género” y en especial de novelas policiacas. Continuar leyendo ‘Juan Hernández Luna (1962-2010)’

Más en Minería: ciencia ficción y lecturas

Agrego estas invitaciones a las de hace un par de días, que siguen en pie.
      La Feria del Libro del Palacio de Minería sigue en el mismo sitio: Tacuba 5, en el Centro Histórico del Distrito Federal. Si van, en el primer piso, tomando a la izquierda una vez que se han subido las escaleras, pueden llegar al Pabellón Estado de México, que ocupa el espacio inmediatamente anterior a varios de los auditorios pequeños. Y si entran allí, podrán encontrar el número 38 de la revista Castálida, publicada por el Instituto Mexiquense de Cultura, que es un monográfico dedicado a la ciencia ficción y, en menor medida, a la literatura fantástica en general. El índice es largo y habrá algo para todos los gustos (hay hasta un texto mío); de entrada recomiendo los ensayos de Pepe Rojo y Chris Nakashima-Brown, las recomendaciones de Bef, los cuentos del cubano Yoss y los mexicanos Miguel Cane y José Luis Zárate y, muy especialmente, el ensayo de Gabriela Damián sobre escritoras mexicanas dedicadas a lo fantástico: una crítica a la doble ceguera (machista y “realista”) del canon literario nacional.

Castálida 38

En ese mismo lugar se llevan a cabo diversas presentaciones de libros (allí será, por ejemplo, la de Rápidas variaciones de naturaleza desconocida de Edilberto Aldán, de la que escribí en la nota previa); allí será también una lectura imprevista a la que los invito. El martes 23, a las 12 del día, el Centro Toluqueño de Escritores ofrecerá una lectura de textos recientes de varios escritores del estado de México. Ésta es una actividad no anunciada en el programa de la Feria, porque entra en lugar de otra (la presentación del libro Fragmentaciones de José Falconi, que debió cancelarse por causas de fuerza mayor), así que no la hallarán en el programa. Pero si van nos hallarán a varios, leyendo textos. Están invitados, pues.

Diplomado de literatura fantástica y ciencia ficción 2010

Como cada año, una vez más se abren inscripciones para este diplomado en la Universidad del Claustro de Sor Juana. La información:

El objetivo de este diplomado es dar a conocer los orígenes, evolución y principales corrientes de la literatura fantástica así como sus obras y autores más importantes. Está dirigido a escritores, estudiantes, maestros de literatura y cualquier lector interesado en estos géneros.

Horario: sábados, de 10:00 a 14:00 horas
Inicio: 20 de febrero de 2010
Duración: 128 horas (8 meses)

Informes e inscripciones: Universidad del Claustro de Sor Juana. Izazaga 92, Centro Histórico. Ciudad de México.
Teléfonos: 51 30 33 30 al 32

http://www.ucsj.edu.mx/diplomados/fantastica.html

ballena

MÓDULOS TEMÁTICOS

Introducción
LECCIONES DE TEORÍA LITERARIA.
COSMOGONÍAS MITOLÓGICAS DE ORIENTE Y OCCIDENTE.
LA LITERATURA FANTÁSTICA: DEFINICIONES Y CRITERIOS DE CLASIFICACIÓN.

Módulo I
EL MONSTRUO EN LA LITERATURA.
LA NOVELA GÓTICA: de Horace Walpole a Charles Maturin. La figura de Caín durante el romanticismo. Frankenstein a través de los tiempos.
EDGAR ALLAN POE.
EVOLUCIÓN DEL GÉNERO NEGRO: Conan Doyle, Agatha Christie, Raymond Chandler, Jim Thompson, Thomas Harris. El asesino serial como antihéroe.
DRÁCULA Y OTROS VAMPIROS.
EL HORROR EN LA INGLATERRA VICTORIANA: Robert L. Stevenson, Henry James, Oscar Wilde. M. R. James.
MAESTROS DEL HORROR CÓSMICO: William Hope Hogdson, Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lord Dunsany.
H. P. LOVECRAFT Y LOS MITOS DE CTHULHU.
LOS DISCÍPULOS: Robert Bloch, Brian Lumley, Richard Matheson.
EL HORROR A PARTIR DE LOS 70’S: Stephen King, William Peter Blatty, Peter Straub, Ramsey Campbell, Richard Laymon.
CLIVE BARKER Y LA FANTASÍA SINIESTRA.
LA ESTÉTICA GORE EN LA LITERATURA Y EL CINE.
UN REPASO AL CINE DE HORROR.

Módulo II
UTOPÍAS Y MUNDOS IMAGINARIOS.
LEWIS CARROL: FANTASÍA Y MATEMÁTICAS.
LA LITERATURA DEL MAL: del Marqués de Sade a Los cantos de Maldoror.
LAS NOVELAS DE HECHICERÍA Y ESPADA: Los Mitos Artúricos y otros antecedentes legendarios.
LA ESCUELA DE TOLKIEN: Fritz Leiber, Terry Pratchett, Robert Holdstock. Las historias de Dragonlance.
LA MITOLOGÍA MONSTRUOSA DE JEAN RAY.
HISTORIA DE LA LITERATURA PARA NIÑOS.
BORGES Y SUS PRECURSORES: Franz Kafka. Nathaniel Hawthorne. G. K. Chesterton.
CREADORES DE UNIVERSOS: Boris Vian, Italo Calvino, Stanislaw Lem, Michael Ende, John Crowley.
LA LITERATURA FANTÁSTICA EN MÉXICO: Bernardo Couto, Francisco Tario, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Emiliano González, Lorenzo León, etc.
LOS CUENTOS DE JULIO CORTÁZAR.
CARLOS CASTANEDA: Una fantasía aparte.

Módulo III
CIENCIA Y LITERATURA.
EL INICIO: JULIO VERNE Y H. G. WELLS.
LOS GRANDES TEMAS DE LA CIENCIA FICCIÓN: viajes por el tiempo y el espacio. Las civilizaciones extraterrestres. Universos paralelos. Dioses, máquinas y robots. El futuro de la raza humana.
LA VIEJA ESCUELA: Olaf Stapledon. Jack Williamson, Robert Heinlein, Clifford Simak, Alfred Bester Theodore Sturgeon, Fredric Brown, Frederick Pohl.
EL UNIVERSO POÉTICO DE RAY BRADBURY.
MAESTROS DE LA SPACE OPERA: Jack Vance, Poul Anderson, Iain Banks.
LA CIENCIA FICCIÓN DURA: Arthur Clarke, Isaac Asimov, Larry Niven
LOS PREMIOS HUGO, LA NUEVA OLA Y EL CIBERPUNK: Robert Silverberg, Ursula Le Guin, Philip Farmer, J.G. Ballard, Frank Herbert, Orson Scott Card, Charles Sheffield, John Varley, William Gibson.
LAS PESADILLAS DE PHILIP K. DICK.
LA CIENCIA FICCIÓN EN MÉXICO.
EL CINE DE CIENCIA FICCIÓN.
CIENCIA FICCIÓN Y VIDEOJUEGOS.

Coordina: Ricardo Bernal

Claustro de profesores: Doris Camarena, Libia Brenda Castro, Roberto Coria, Alberto Chimal, Víctor Grovas Hajj, Jorge Llaguno, Mario Abraham Mancilla, Erika Mergruen, Raúl Ojanguren, Carlos Rodríguez de Alba, José Manuel Ruiz Regil, Mónica Sánchez Escuer, Eutimio Sosa y Celso Santajuliana.

Todos ustedes, zombis…

Robert A. Heinlein (1907-1988), estadounidense, fue uno de los escritores de ciencia ficción más notorios y celebrados de su tiempo. Causó polémicas por la temática de algunos de sus libros, que fueron acusados de defender un conservadurismo radical, no muy encubierto y que a veces lindaba con el fascismo; por otro lado, en sus mejores obras hay espacio para una ambigüedad interesante y problemática; esto lo vio claramente Paul Verhoeven, quien basó su película Invasión (1997) en la novela Tropas del espacio (1959) de Heinlein, una apología del militarismo que también (según resultó) podía leerse como una sátira.
      Heinlein fue mejor cuentista que novelista y, utilizando los postulados de lo fantástico, creó un puñado de historias cortas de gran complejidad y elegancia. La mejor de todas es ésta: “–All You Zombies–”, publicada originalmente en 1959 en la revista
Fantasy and Science Fiction. Su primera versión en español (que aquí se presenta muy revisada) es de Daniel Hernández y fue publicada en 1965.

Robert Anson Heinlein

Cuatro detalles: primero, la palabra “zombis” se usa sólo en sentido figurado (pero es crucial para comprender el cuento); segundo, “Old Underwear” es una parodia de las marcas de ciertas bebidas y Heinlein la usa para sugerir algo de pésima calidad; tercero, las referencias y el tono misóginos (incluyendo las siglas traducidas) buscan retener los del original; cuarto, las “confesiones” (“confession stories”) que uno de los personajes escribe para ganarse la vida son historias de mujeres con amores contrariados y todo tipo de sufrimientos que se vendían como verídicas en revistas; eran una falsificación semejante a los “casos de la vida real” de la televisión actual.

TODOS USTEDES, ZOMBIS
Robert A. Heinlein

2217 ZONA TEMPORAL V. 7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma.
      La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y mal carácter. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Era mi muchacho. Le obsequié mi mejor sonrisa de cantinero.
      Tal vez soy demasiado severo. No era maricón ni nada parecido. Lo llamaban así por lo que contestaba cuando algún entrometido quería saber a qué se dedicaba: –Soy una madre soltera –decía, y si no tenía ganas de pegarle a alguien continuaba: –A cuatro centavos por palabra. Escribo confesiones.
      Si estaba de mal humor se quedaba esperando que alguien hiciese un chiste. Tenía un estilo letal para la pelea cuerpo a cuerpo, como el de una mujer policía…, razón por la cual yo lo lo buscaba. Y no la única.
      Hoy estaba ya bastante servido y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Le serví en silencio una ración doble de Old Underwear y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
      Yo pasé el trapo por el mostrador.
      –¿Cómo va el negocio de la Madre Soltera?
      Sus dedos apretaron el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara y tanteé bajo del mostrador en busca de la cachiporra. En la manipulación temporal uno trata de planearlo todo, pero hay tantos factores que uno no debe correr riesgos innecesarios.
      Vi que se relajaba en ese grado pequeñísimo que nos enseñan a detectar en la escuela del Buró.
      –Perdón –dije–. Sólo preguntaba cómo iba el negocio. Haga de cuenta que le pregunté cómo está el clima.
      Se veía amargado. –El negocio va bien. Yo escribo, ellos publican, yo como.
      Me serví un trago y me incliné hacia él.
      –De hecho –le comenté–, usted escribe bien. He leído algunas de sus historias. Le sale de maravilla el punto de vista femenino.
      Éste era un desliz al que debía arriesgarme: él nunca había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan enojado como para sólo oír lo último.
      –¡El punto de vista femenino! –repitió, bufando–. Ah, sí, yo me sé el punto de vista femenino. Claro que me lo sé.
      –¿Sí? –dije, como dudando– ¿Hermanas?
      –No. Si se lo cuento no me lo cree.
      –Bueno –repuse suavemente–, los psiquiatras y los cantineros aprenden que nada es más extraño que la verdad. Mire, joven, si usted oyera las historias que yo oigo, bueno, se haría rico. Increíble.
      –Usted no sabe qué es “increíble”.
      –¿De veras? A mí no me asombra nada. Ya todo lo he oído.
      La Madre Soltera volvió a resoplar.
      –¿Le apuesto el resto de la botella?
      –Le apuesto otra botella entera –dije, y la puse en el mostrador.
      –Bueno…
      Le hice señas al otro barman para que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo tenía como refugio privado; para bloquearlo ponía sobre el mostrador frascos con huevos en conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos viendo el box en la televisión y alguien hacía sonar la rocola. Estábamos tan en privado como en una cama.
      –Muy bien –dijo la Madre Soltera–. Para empezar, soy un bastardo.
      –Eso no es una ninguna distinción aquí –le contesté.
      –Lo digo en serio –replicó–. Mis padres no estaban casados.
      –Es no es raro –insistí–. Los míos tampoco.
      –Cuando… –se interrumpió y, por primera vez desde que lo conocía, me miró con alguna calidez–. ¿En serio?
      –Claro. Bastardo cien por ciento. De hecho –agregué– nadie se casa en mi familia. Puro bastardo.
      –¿Y eso?
      –Ah, esto –se lo mostré–. Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres –era una vieja sortija que le compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta pre-cristiana–. La serpiente Uroboros –expliqué–; la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.
      Él apenas la miró.
      –Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una niña pequeña…
      –¡Momento! –lo interrumpí– ¿Lo oí bien?
      –¿Quién está contando la historia? Cuando yo era una niña pequeña… Mire, ¿nunca ha oído hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?
      –¿Cambios de sexo? ¿Me está tratando de decir…?
      –Si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. De chica envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a saber de sexo…, y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato…
      –Lo sé.
      –… juré solemnemente que si tenía un hijo, tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo “pura’, cosa que era una hazaña en ese medio… Tuve que aprender a pelear. Después fui creciendo y entendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme…, por lo mismo por lo que nadie me había adoptado –hizo una mueca–. Tenía cara de caballo, dientes de conejo, pecho plano, pelo de cepillo…
      –No está mucho peor que yo.
      -¿A quién le importa cómo se ve un cantinero? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar elige a los tarados de ojos azules y cabellos de oro. Y luego los hombres quieren pechos grandes, caras lindas y esa actitud de “oh, qué hombre” –se encogió de hombros–. Yo no podía competir. Por eso decidí meterme a R.A.M.E.R.A.S.
      –¿A dónde?
      –Red Astronáutica Múltiple Especializada en Relajación y Atención Sanitaria. Lo que ahora llaman “Ángeles del Espacio”: Auxiliares Navales, Grupo de Enfermería Lenitiva.
      Reconocí ambas siglas cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla, la del grupo de élite: Patrulla Unificada de Tareas de Animación y Solaz. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo. ¿Sabían ustedes que las “estaciones de servicio” servían gasolina en un tiempo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: “Lo espero en la estación de servicio de junto”, pero las estaciones de servicio (en ese entonces) no tenían camas.
      La Madre Soltera continuó:
      –Entonces fue cuando admitieron que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años sin aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo chillaron los puritanos? Yo aproveché porque no había muchas voluntarias. Una debía ser respetable, de preferencia virgen (querían adiestrarlas desde cero), mentalmente por arriba del promedio y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran prostitutas viejas o neuróticas que habrían acabado locas diez días después de salir de la Tierra. Así que no hacía falta que yo fuera bonita; si me aceptaban me arreglarían los dientes, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás… sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. De ser necesario hasta me harían la cirugía estética… Nada era demasiado bueno para Nuestros Muchachos.
      ”Y lo mejor de todo era que se aseguraban de que una no quedara embarazada…, y, casi seguro, una se casaba al terminar el tiempo del contrato. Igual que ahora con las A.N.G.E.L.es, que se casan con los astronautas. Hablan el mismo idioma.
      ”A los dieciocho me pusieron como auxiliar de casa de familia. La familia sólo quería una sirvienta barata, pero a mí no me importaba. No podía alistarme antes de cumplir veintiuno. Hacía las labores de la casa y luego iba a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y mecanografía, pero en realidad iba a una clase de encanto, para que fuera más fácil que me reclutaran.
      ”Fue entonces cuando conocí a este tipo con sus billetes de cien dólares –la Madre Soltera torció la cara–. Un imbécil, pero realmente tenía un fajo de billetes de cien… Una vez me los enseñó y me dijo que tomara lo que quisiera.
      ”Pero yo no quise. Me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar ninguna otra cosa. Dejé la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.
      “Hasta que una noche, en el parque, empezaron las otras cosas.
      La Madre Soltera calló.
      –¿Y luego? –pregunté.
      –¡Luego nada! Nunca lo volví a ver. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, me dio un beso de buenas noches y nunca volvió –tenía una cara lugubre–. Si pudiera encontrarlo, lo mataría.
      –Bueno –le dije, en tono de condolencia–, sé cómo se siente. Pero matarlo…, sólo por haber hecho lo más natural… ¿Usted se resistió?
      –¿Qué? ¿Eso qué importa?
      –Mucho. Tal vez se merezca que le rompan los brazos por irse así, pero…
      –¡Merece algo peor! Espere a que termine. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé pensando que había sido para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querría a nadie… Y estaba más ansiosa que nunca por ingresar en R.A.M.E.R.A.S. No estaba descalificada porque no se insistía mucho en lo de la virginidad. Al fin me reanimé.
      ”Sólo entendí hasta que las faldas empezaron a quedarme chicas.
      –¿Embarazada?
      –¡Como una vaca! Los tacaños con los que vivía se hicieron tontos mientras pude trabajar, y entonces me echaron a patadas. El orfanato no quiso recibirme otra vez. Acabé en un hospital de caridad, rodeada de otras gordas y limpiando bacinicas hasta que llegó la hora.
      ”Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: “Relájese. Ahora respire hondo…”
      ”Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Llega el cirujano y me pregunta muy contento:
      ”–¿Qué tal, cómo se siente?
      ”–Como una momia.
      ”–Es natural. Está envuelta como una momia, y llena de anestésico para que no sienta. Va a salir bien, pero una cesárea no es un cualquier cosa.
      ”–Una cesárea –dije–… Doctor, ¿perdí al bebé?
      ”–No, su bebé está bien.
      ”–¿Fue niño o niña?
      ”–Niña. Totalmente sana. Cinco libras, tres onzas.
      ”Me tranquilicé. Ya era algo haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte, pensé, me pondría ‘señora de’ en el apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto. Mi hija no iba a acabar en un orfanato.
      ”Pero el cirujano seguía hablando:
      ”–Dígame, este… –no dijo mi nombre–. ¿Alguna vez pensó que su sistema glandular era… raro?
      ”Yo dije: –¿Qué? Claro que no. ¿A qué se refiere?
      ”Él, primero, se quedó callado. –Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios. Le va a hacer falta.
      ”–¿Nervios? ¿Por qué? –le dije.
      ”–¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Hasta se casó. Todo perfecto.
      ”–¿Eso qué tiene que ver conmigo?
      ”–Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.
      ”Me quise enderezar. –¿Qué?
      ”–Cálmese. Cuando la abrí, encontré un revoltijo. Mientras sacaba al bebé llamé al jefe de cirugía; lo consulté con usted todavía en la mesa, y trabajamos varias horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos juegos completos de órganos sexuales, ambos inmaduros, pero el femenino estaba lo bastante desarrollado como para permitirle tener un bebé. Ya no le iban a servir, así que los extirpamos y dejamos todo puesto para que usted pueda desarrollarse adecuadamente como hombre –me puso una mano en el hombro– No se preocupe. Es usted joven, los huesos se ajustarán, cuidaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre.
      ”Me eché a llorar. –¿Y qué va a pasar con mi hija?
      –Bueno, no va a poder amamantarla… No tiene leche ni para un gatito. Si yo fuera usted ni siquiera la vería: la pondría en adopción…
      ”–¡No!
      ”A él no le importó. –Usted decide. Es la madre…, es decir… Usted la engendró. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es que se ponga bien.
      ”Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola a diario. Trataba de acostumbrarme a ella. Nunca había visto un recién nacido, y no tenía idea de qué horribles son… Mi hija parecía un monito anaranjado. Eso sí, mis sentimientos se volvieron una decisión firme de hacer todo por ella. Pero cuatro semanas después, todo eso dio lo mismo.
      –¿Cómo?
      –La secuestraron.
      –¿La secuestraron?
      La Madre Soltera estuvo a punto de tirar la botella.
      –La raptaron. ¡La robaron de la enfermería del hospital! –la Madre Soltera respiraba con fuerza– ¿Qué le parece cómo le pueden quitar a un hombre la única razón que tiene para vivir?
      –Qué feo –admití–. Tómese otro. ¿No hubo pistas?
      –Nada que le sirviera a la policía. Alguien fue a verla diciendo que era el tío. Cuando la enfermera le dio la espalda, se la llevó.
      –¿Cómo era?
      –Un tipo cualquiera, con una cara en forma de cara, como la de usted o la mía –frunció el ceño–. Ha de haber sido el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, pero seguro se maquilló. ¿Quién más se iba a llevar a mi bebé? Las mujeres sin hijos hacen esas cosas, pero ¿quién iba a decir que un hombre…?
      –¿Qué pasó después?
      –Once meses más en ese lugar horrible y tres operaciones. A los cuatro meses empezó a crecerme la barba. Antes de salir ya me rasuraba todos los días…, y sin duda era hombre –sonrió ácidamente–. Ya empezaba a mirarle el busto a las enfermeras.
      –Bueno –le dije–, me parece al final le fue bien. Helo aquí, un hombre normal que gana bastante dinero y que no tiene problemas.Y la vida de la mujer no es fácil.
      La Madre Soltera me miró con furia.
      –¡Usted no tiene idea!
      –¿Por qué?
      –¿Alguna vez oyó esa expresion, “una mujer arruinada”?
      –Huy, hace años. Ya no tiene mucho sentido.
      –Yo estaba tan arruinado como puede estarlo una mujer. Ese maldito realmente me arruinó la vida. Yo ya no era una mujer y no sabía cómo ser un hombre.
      –Habrá tomado tiempo acostumbrarse…
      –Usted no tiene la menor idea. No me refiero a aprender a vestirme, o de no equivocarme de baño. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero cómo iba a vivir? ¿En qué iba a trabajar? Carajo, ni siquiera sabía manejar. No sabía ningún oficio y no podía hacer trabajo manual: tenía demasiadas cicatrices, demasiado tejido blando…
      ”Además, yo odiaba a aquel tipo por haberme quitado esa posibilidad de entrar en R.A.M.E.R.A.S, pero fue peor cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Con verme el abdomen me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico me dedicó un buen rato por pura curiosidad. Ya había leído acerca de mi caso.
      ”Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Trabajé friendo cosas en un restaurante. Después renté una máquina de escribir y quise ser escribano público…. ¡Qué risa! En cuatro meses escribí cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era para Casos de la Vida Real y era puro desperdicio de papel, pero el idiota que lo escribió pudo venderlo.
      Eso me dio una idea. Compré un montón de revistas para mujeres y las estudié… –ahora tenía una cara cínica–, y ahora ya sabe cómo puedo escribir el punto de vista femenino en mis cuentos sobre madres solteras. Gracias a la única versión que no he vendido: la verdadera. ¿Me gané la botella?
      La empujé hacia él. Yo mismo me sentía bastante trastornado, pero había trabajo que hacer.
      Le dije:
      –Joven, ¿todavía le gustaría agarrar a ese tal por cual?
      Sus ojos se encendieron con un brillo de fiera.
      -¡Momento! –dije– No lo mataría, ¿o sí?
      Soltó una risa maligna.
      –Póngame a prueba.
      –Calma. Sé más de este asunto de lo que usted piensa. Lo puedo ayudar. Sé dónde está.
      Él pasó un brazo sobre el mostrador. –¿Dónde está?
      –Suélteme la camisa, joven, o va acabar en el callejón y le tendré que decir a la policía que desmayó.
      La Madre Soltera me soltó.
      –Perdón. Pero ¿dónde está? –me miró– ¿Y cómo sabe tanto?
      –Todo a su tiempo. Hay registros: del hospital, del orfanato, de los médicos. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿verdad? Y después vino la señora Gruenstein, ¿verdad? Y cuando usted era niña su nombre era Jane, ¿verdad? Y usted no me dijo nada de esto, ¿verdad?
      Había logrado desconcertarlo, tal vez asustarlo.
      –¿De qué se trata? ¿Quiere meterme en problemas?
      –Claro que no. Me interesa su bienestar. Puedo poner al tipo junto a usted. Usted hace con él lo que quiera…, y le garantizo que no le pasará nada. Eso sí, creo que no va a matarlo. Tendría que estar loco para matarlo… y usted no está loco. No mucho.
      No me hizo mucho caso.
      –Menos habladas. ¿Dónde está?
      Le serví un trago, chico. Seguía borracho, pero no se notaba por la ira.
      –No tan rápido. Yo le hago un favor, usted me hace un favor.
      –¿Cuál?
      –A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué me diría si yo le ofrezco otro, bien pagado, permanente, gastos ilimitados, con usted de su propio jefe, y un montón de diversión y aventuras?
      Se me quedó mirando.
      –Le diría que me contara otro cuento. Ya basta, Pop. Ese empleo no existe.
      –Hagámoslo de otro modo: yo le entrego el hombre, usted se arregla con él y luego prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como le digo, no pasa nada.
      Él vacilaba, pero se decidió con el último trago.
      –¿Cuándo me lo entrega? — dijo con voz pastosa.
      –Sí está de acuerdo…, ¡ahora mismo!
      Él extendió la mano. –¡Trato hecho!
      Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora –23.00– y cuando me agachaba para cruzar la puertita bajo el mostrador, la rocola empezó a sonar con “¡Soy mi propio abuelo!”. El encargado tenía la orden de poner sólo clásicos y Americano, porque yo no aguanto la “música” de 1970, pero yo no sabía que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:
      –¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! –y agregué: –Voy al almacén. No tardo.
      Y allá fui, seguido por la Madre Soltera.
      El almacén estaba al fondo del pasillo, del otro lado de los baños. Una puerta de acero de la que sólo el encargado de día y yo teníamos llave. Adentro, había otra puerta que llevaba a un cuarto del que sólo yo tenía llave. Entramos ahí.
      La madre soltera miró, confundido, las paredes sin ventanas.
      –¿Dónde está?
      –Ahora mismo viene.
      No había nada en el cuarto salvo un estuche. Lo abrí. Era un Equipo de Campo Transformador de Coordenadas de la U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una belleza, sin partes móviles, 23 kilos de peso a plena carga y diseñado para parecer una maleta. Lo había ajustado con precisión desde temprano. Todo lo que había que hacer era desplegar la red metalica que limita el campo de transformación. Cosa que hice.
      –¿Qué es eso? –preguntó.
      –Una máquina del tiempo –respondí, y eché la red sobre nosotros.
      –¡Oiga! –gritó la Madre Soltera, y dio un paso atrás. Hay una técnica para hacer esto: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la malla de metal, y entonces acabar de cerrar la red para que los dos quedemos adentro. Si no, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie, o bien llevarse un trozo del suelo. Pero no hace falta más. Algunos agentes engañan al sujeto para que se meta en la red; yo digo la verdad y uso ese momento de asombro total para mover el interruptor. Cosa que hice.

1030-VI-3 ABR 1963. Cleveland, Ohio. Edificio Apex

–¡Oiga! –volvió a decir él–. ¡Quíteme esta porquería de encima!
      –Lo siento –me disculpé, plegué la red y la guardé en la maleta–. Usted me dijo que quería encontrarlo.
      – Pero… ¡usted dijo que eso era una máquina del tiempo!
      Le señalé una ventana.
      –¿Le parece que estamos en noviembre? ¿O en Nueva York?
      Mientras él veía, estupefacto, los capullos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien y comprobé que la numeración y la firma fueran compatibles con 1963. Al Buró del Tiempo no le importa lo que uno gaste (no cuesta), pero tampoco le gustan los anacronismos innecesarios. Si comete muchos errores, una corte marcial lo puede exiliar por un año a algún periodo especialmente malo, 1974 por ejemplo, con su racionamiento estricto y sus trabajos forzados. Yo nunca cometo esos errores. El dinero era perfecto.
      La Madre Soltera dio media vuelta y preguntó:
      –¿Qué pasó?
      –El tipo está aquí. Salga y vaya por él. Aquí tiene dinero para sus gastos –le empujé el fajo y añadí: –Arréglese con él y después yo lo recojo.
      Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con cara de no poder creerlo, cuando lo empujé al vestíbulo y cerré por dentro. El siguiente salto fue fácil: un pequeño desplazamiento en la misma era.

1700-VI. 10 MAR 1964. Cleveland. Edificio Apex

Habían echado un aviso por debajo de la puerta: el contrato de mi renta expiraba la semana próxima. Salvo ese detalle, el cuarto se veía como un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados y parecía que iba a nevar. Me apuré, con sólo una pausa para recoger dinero contemporáneo y saco, sombrero y un abrigo que había dejado allí al rentar el cuarto. Pedí un taxi y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera como para llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Los ajustes fueron más complicados ahora pues el edificio no existía aún en 1945. Pero ya lo había calculado.

0100-VI-20 SEP 1945. Cleveland. Motel Skyview

El equipo, el bebé y yo llegamos a un hotel en las afueras de la ciudad. Previamente me había registrado como “Gregory Johnson, de Warren, Ohio”, así que aparecimos en un cuarto con cortinas corridas, ventanas cerradas, puertas atrancadas y el piso libre de obstáculos, como precaución contra oscilaciones mientras la máquina se orientara. Uno puede darse un mal golpe por una silla en el lugar equivocado…, no por la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.
      No hubo problemas. Jane dormía profundamente. La llevé afuera, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había rentado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalera de la entrada, recorrí dos cuadras hasta llegar a una “estación de servicio” (de las que vendían gasolina) y llamé por teléfono al orfanato. Después regresé, a tiempo para ver cómo metían la caja de cartón, seguí avanzando, dejé el coche cerca del motel, caminé hasta la entrada y salté hasta adelante, hasta el edificio Apex en 1963.

2200-VI-24 ABR 1963. Cleveland. Edificio Apex

Yo no me había dejado mucho margen. La exactitud en el salto del tiempo depende de cuánto se salta, salvo cuando se regresa a cero. Si no me había equivocado, Jane estaría descubriendo ahora, en el parque, en esa noche perfumada de primavera, que no era una chica tan decente como había creído. Tomé un taxi a la casa de los tacaños y le ordené al chofer que esperara a la vuelta de la esquina, mientras yo me observaba en lo oscuro.
      De pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche y le dio un largo beso de buenas noches: mucho más largo de lo que yo creía. Ella entró y él se alejó por la vereda. Lo alcancé y lo tomé por el brazo.
      –Eso es todo, joven –le anuncié en voz baja–. Ya vine a recogerlo.
      –¡Usted! –dijo, sin aliento.
      –Sí, yo. Y ahora ya sabe quién es él, y si lo piensa sabrá quién es usted…, y si lo piensa más sabrá quien es el bebé… y quién soy yo.
      No me contestó. La sacudida había sido grande. Es un choque el que le prueben a uno que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y saltamos otra vez.

2300-VII-12 AGO 1985. Base Sub-Rocallosas

Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación y le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una pastilla y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento se veía de mal humor, pero el rango es el rango en cualquier época. Hizo lo que le dije, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en el Buró.
      –¿Qué nombre? –preguntó.
      Se lo escribí. Él enarcó las cejas.
–Conque sí, ¿eh?
–Sólo haga su trabajo, sargento –me volví a mi acompañante–. Joven, ya se acabaron sus problemas. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener Y le irá bien. Yo sé.
–¡Claro que sí! –se me unió el sargento–. Míreme a mí: nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.
      Regresé al cuarto de saltos y ajusté todo para ir al cero preseleccionado.

2301-V-7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el cliente que quería oír “¡Soy mi propio abuelo!”. Le dije:
      –Déjalo que lo escuche. Después desconecta la rocola.
      Estaba muy cansado.
      El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo, y luego del Error de 1972 es difícil reclutar en los años tardíos. ¿Puede haber una fuente mejor que seleccionar a gente más en la ruina, estén donde estén, y ofrecerle un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso) para una buena causa? Todo el mundo sabe ahora por qué falló la Guerra del Fallo de 1963: la bomba que iba para Nueva York no explotó jamás, y otras mil cosas no ocurrieron como habían sido planeadas…, todo gracias a gente como yo.
      Pero no el Error de 1972. Ese no fue nuestra culpa, y ya no tiene arreglo. No hay ninguna paradoja. Una cosa o es, o no es, ahora y para siempre. Amén. Pero nunca habrá otro error así: una orden fechada 1992 tiene prioridad en cualquier año.
      Cerré el bar cinco minutos antes de la hora, y dejé en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, porque yo me iba a tomar unas largas vacaciones. El Buró podía cobrarle o no cobrarle, pero quiere que no se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito en el almacén y salté a 1993.

2200-VII-12 ENE 1993. Anexo Sub-Rocallosas, Cuartel del Buró del Tiempo

Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, me la había ganado) y tomé un trago antes de escribir mi informe. Sabía horrible y me pregunté cómo me había gustado alguna vez el Old Underwear. Pero era mejor que nada: no me gusta estar totalmente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco le doy de verdad a la botella. Otras personas ven serpientes…, yo veo personas.
      Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos aprobados por el Departamento de Psico, incluyendo el mío, que ya sabía que aprobarían. Porque yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una solicitud para que me pasaran a operaciones: estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y fui hacia la cama.
      Me quedé mirando las “Leyes del Tiempo” sobre mi cabecera:

No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana
Si al final tienes éxito no vuelvas a intentarlo
Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones
Una paradoja puede ser pararreglada
Es más temprano cuando piensas
Los antepasados son sólo gente
El mismo Júpiter cabecea

Ya no me inspiraban como cuando era recluta; treinta años subjetivos de saltos en el tiempo lo cansan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Las cesáreas dejan grandes cicatrices, pero tengo tanto pelo ahora que no veo la mía a menos que la busque.
      Le eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.
      La serpiente que se muerde la cola, por siempre y para siempre. Yo sé de dónde he venido…, pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zombis?
      Sentí que me venía un dolor de cabeza, pero yo no tomo analgésicos. Una vez tomé… y todos ustedes se fueron.
      Así que me metí en la cama y apagué la luz.
      En realidad ustedes no están ahí. No hay nadie más que yo –Jane–, a solas, aquí en la oscuridad.
      ¡Los extraño tanto!

Retazos del 18 de noviembre

Pepe Rojo está preparando, para la Universidad Autónoma de Baja California, una colección de minilibros de ciencia ficción mexicana: 18 cuentos que serán editados individualmente y distribuidos sin costo en la ciudad de Tijuana. No sólo la selección es muy variada sino que las portadas de cada minilibro fueron hechas por Bef y me parecen magníficas. He aquí algunas de ellas (tomadas del blog Monorama, del propio Bef): las portadas completas pueden verse haciendo clic en las miniaturas.

El que llegó al metro Pino SuárezLa pequeña guerraLos motivos de Medusa
Se ha perdido una niña(e)La mujer de nadie
El dueloInstantáneas F&DLa columna
Y el ovni cayóTrece ficciones apocalípticasNarración interplanetaria (1810)

Una de las portadas, desde luego, me resulta sumamente entrañable, pero todas me hicieron pensar en la primera fascinación, la más inocente y poderosa, que produce la fantasía. También recordé las portadas de la colección de ciencia ficción de Penguin Books (hay que ver en especial las de David Pelham); su “propósito” es hacer que los posibles lectores compren el libro, sí, pero el reclamo comercial es lo menos importante. Eso otro que es más importante está también en los minilibros, que se regalarán y se crean en condiciones difíciles y que no darán beneficio económico a nadie. Ojalá sus lectores (los que ya los están esperando, aunque no lo sepan) los encuentren.

* * *

Rogelio Guedea ha escrito ya varios artículos, breves y furiosos, acerca la gestión actual de la Universidad de Colima. Éste resume su diagnóstico y su crítica contra el rector actual de esa universidad, apoyadas ambas en un reportaje desolador de la revista Proceso.
      Yo sólo agrego una opinión al margen: ayer se recortó enormemente el presupuesto de las universidades públicas del país, debido a la crisis pero entre los jaloneos que todos conocemos (y si no, basta leer cualquier periódico o fuente de noticias razonablemente legible). ¿Es justo que estemos forzados a comparar los desatinos de diversas autoridades y tratar de elegir cuál es el peor?

* * *

Aviso a la comunidad: esto sigue sin ser un diario, aunque a continuación enlazará a un texto sobre la memoria (la memoria y el olvido, de hecho: también de vez en cuando hace falta jugar con los clásicos) que puede leerse aquí, en la revista virtual Los noveles. La historia contada es totalmente verídica, así como existen de veras esos libros.

* * *

Por si alguien se acuerda, ésta es la Sor Juana en versión chibi

Por si alguien se acuerda, ésta es la Sor Juana en versión chibi

La fe de nuestros padres

He aquí, de nuevo, “Faith of Our Fathers”, el cuento con el que el enorme Philip K. Dick (1928-1982) contribuyó a la famosa antología Visiones peligrosas (1967-69) de Harlan Ellison. Visto desde el siglo XXI, el libro de Ellison fracasó en su proyecto de renovar la ciencia ficción de forma perdurable y radical, pero no importa: es una reunión espectacular de historias provocadoras, casi siempre inteligentes y, en algunos casos, auténticas obras maestras de sus autores. Sobre todo, éste es el caso del cuento de Dick, que reúne la mayoría de sus obsesiones fundamentales en una trama deslumbrante; su protagonista, Chien, no sólo está enfrentado a transformaciones indescifrables de la realidad, sino que además se ve obligado a intentar leerlas, encontrarles algún sentido desde su estatura mínima de hombre, como a los poemas presuntamente subversivos con los que empiezan sus dificultades. Encima, por supuesto, está el gran estado totalitario que alcanza (¿o tenía desde el principio?) la estatura y el poder terrible de la divinidad…
      (En cierto modo, el texto es todavía más inquietante porque resulta una premonición de la propia experiencia de ruptura de la realidad que Philip K. Dick tuvo en 1974, que es el núcleo de sus novelas tardías y que, en cierto modo, destruyó al escritor al mismo tiempo que lo invitaba a contemplar y aprehender una plenitud abrumadora y distinta.)
      Hace cuatro años, cuando comencé este blog, el primer cuento que se publicó en el sitio fue éste. Pero en alguna de las mudanzas y los reajustes el texto se perdió. Aquí está otra vez, repito, en una versión revisada de la traducción de Domingo Santos y Francisco Blanco.

La cabeza de PKD

LA FE DE NUESTROS PADRES
Philip K. Dick

En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que iba sobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chien disminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de Artefactos Culturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lo rodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, era como si el vendedor sin piernas no existiera.
      —Camarada —lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito, propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales y testimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.
      —Está bien—dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.
      ”Excepto—pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: el oportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de toda posición oficial, incluyendo la mía.”
      —Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas—canturreó el vendedor ambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedo hacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo que podríamos llamar cánceres negros.—Alzando una bandeja de botellas, pequeños recipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedor canturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática, puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxina increíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial a alguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólares inflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero en realidad no valen mucho más que el papel higiénico.
      —Vete al infierno—dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire que pasaba en ese momento.
      Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en el Ministerio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidas anotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aún mayor.
      El vendedor dijo con calma:
      —Pero, camarada, debes comprarme.
      —¿Por qué?—preguntó Chien. Sentía indignación.
      —Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final de Liberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas. Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco —ahora su tono era triunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por un veterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de la deshonra.
      Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
      —Concedido—dijo—. Está bien, debo comprarte.—Dio un rápido vistazo a la pobre exhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste—decidió, señalando un paquetito de la última hilera y envuelto en papel.
      El vendedor ambulante se rió.
      —Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirar a La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil, porque eres un caballero.
      —La ley no exige que te compre algo útil—dijo Chien en tono cortante—. Sólo que debo comprarte algo. Me llevaré ése.
      Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por los billetes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, en su calidad de servidor del gobierno.
      —Cuéntame tus problemas—dijo el vendedor.
      Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien que no era del gobierno.
      —Está bien, camarada—dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé. Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo lo posible.—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión mucho más de lo normal?—preguntó de pronto.
      Tomado por sorpresa, Chien dijo:
      —Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace de novillos, ese arte esotérico importado del Oeste.
      Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividades del Partido.
      El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
      —Sesenta dólares de intercambio—declaró—. Con garantía total. Si no cumple con los efectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sin rencor.
      —¿Y cuáles son los efectos prometidos?—dijo Chien, sarcástico.
      —Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales—dijo el vendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a los secos y extensos sermones de costumbre que…
      Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. “La ordenanza que ha establecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia—pensó—. Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.”
      El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba al imponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propia oficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.

En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de seda Hong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba su propio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés, un dialecto que dominaba bastante mal.
      —Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el director de un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco, California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha del pueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización de instrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.
      Se estrecharon la mano.
      —¿Té?—le preguntó Chien.
Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear en el adornado recipiente de cerámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio, vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre el camarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.
      —El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señor Pethel, y confía en él—dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de San Francisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, en realidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector joven intelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. El enrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado en forma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
      —Gracias—murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.
      Tso-pin prosiguió:
      —Aunque el señor Pethel supervisará la confección de los cursos educativos presentados por la escuela a su cuerpo de estudiantes, todos los exámenes escritos serán enviados a su oficina para que usted efectúe un estudio experto, cuidadoso, ideológico de ellos. En otras palabras, señor Chien, determinará cuál de los dos mil estudiantes es confiable, quiénes responden realmente a la programación y quiénes no.
      —Ahora serviré el té—dijo Chien, haciéndolo ceremoniosamente.
      —Hay algo de lo que debemos darnos cuenta—dijo Pethel en un cantonés retumbante aún peor que el de Tso-pin—. Una vez perdida la guerra contra nosotros, la juventud norteamericana ha desarrollado una aptitud notable para disimular.
      Dijo la última palabra en inglés. Como no la entendía, Chien se volvió interrogante hacia su superior.
      —Mentir—explicó Tso-pin.
      —Pronunciar las consignas correctas en lo superficial, pero creerlas falsas interiormente—dijo Pethel. Los exámenes escritos de este grupo se parecerán mucho a los de los auténticos…
      —¿Quiere decir que los exámenes escritos de dos mil estudiantes pasarán por mi oficina?—preguntó Chien. No podía creerlo—. Eso es un trabajo absorbente; no tengo tiempo para nada que se parezca.—Estaba espantado—. Dar aprobación o negativa crítica oficial a un grupo astuto como el que usted prevé…—gesticuló—. Me cago en…—comenzó en inglés.
      Parpadeando ante el brutal insulto occidental, Tso-pin dijo:
      —Usted tiene un equipo. Además, puede incorporar otros ayudantes. El presupuesto del Ministerio, aumentado este año, lo permitirá. Y recuerde: el mismo Benefactor Absoluto del Pueblo eligió al señor Pethel.
      Ahora su tono era ominoso, aunque sólo sutilmente. Lo necesario para penetrar en la histeria de Chien y debilitarla hasta que se transformara en sumisión. Al menos momentánea. Para subrayar su afirmación, Tso-pin caminó hasta el fondo de la oficina; se detuvo ante el tridi-retrato tamaño natural del Benefactor Absoluto. Luego puso en funcionamiento el pasacinta montado tras el retrato. El rostro del Benefactor Absoluto se movió y brotó de él una homilía familiar, modulada en acentos más que familiares.
      —Luchen por la paz, hijos míos—entonó con suavidad, con firmeza.
      —Ajá—dijo Chien, aún perturbado, pero ocultándolo.
      Era posible que una de las computadoras del Ministerio pudiese clasificar los exámenes escritos; podía emplearse una estructura de sí-no-quizá, junto a un preanálisis del esquema de corrección (o incorrección) ideológica. El asunto podía transformarse en rutina. Probablemente.
      —He traído cierto material y me gustaría que usted lo analice, señor Chien—dijo Darius Pethel. Corrió el cierre de un desagradable y anticuado portafolio de plástico—. Dos ensayos de examen —dijo mientras le pasaba los documentos a Chien—. Esto nos permitirá saber si usted está capacitado para el trabajo.—Se volvió hacia Tso-pin. Sus miradas se encontraron—. Tengo entendido que si usted tiene éxito en la empresa será nombrado viceconsejero del Ministerio, y su Excelencia el Benefactor Absoluto del Pueblo le otorgará personalmente la medalla Kisterigian.
      Pethel y Tso-pin le brindaron una sonrisa de cauteloso acuerdo.
      —La medalla Kisterigian—repitió Chien como un eco. Aceptó los exámenes escritos, les dio un vistazo mostrando una tranquila indiferencia. Pero en su interior el corazón vibraba con tensión mal disimulada—. ¿Por qué estos dos? Quiero decir: ¿qué tengo que buscar en ellos, señor?
      —Uno es obra de un progresista dedicado, un miembro leal del partido, cuyas convicciones han sido investigadas a fondo—dijo Pethel—. El otro es un joven stilyagi de quien se sospecha que sostiene degeneradas criptoideas imperialistas de pequeño burgués. Le corresponde decidir, señor, a quién pertenece cada trabajo.
      Leyó el título del primer ensayo:

DOCTRINAS DEL BENEFACTOR ABSOLUTO ANTICIPADAS EN LA POESÍA DE BAHA AD-DIN ZUHAYR. DEL SIGLO TRECE. ARABIA.

Al hojear las primeras páginas, Chien vio una estrofa que le era familiar; se llamaba Muerte y la había conocido durante la mayor parte de su vida adulta, educada.

Fallará una vez, fallará dos veces,
sólo elige una entre muchas horas;
para él no hay profundidad ni altura,
es todo una llanura en donde busca flores.

—Poderoso—dijo Chien—. Este poema.
      —El autor utiliza el poema para referirse a la sabiduría ancestral desplegada por el Benefactor Absoluto en nuestras vidas cotidianas, de modo que ningún individuo esté seguro—dijo Pethel al notar que los labios de Chien se movían releyendo la estrofa—. Todo somos mortales, y sólo la causa suprapersonal, históricamente esencial, sobrevive. Y así debe ser. ¿Estaría usted de acuerdo con él? ¿Con este estudiante, quiero decir? O…—Pethel hizo una pausa— ¿Quizás esté, en realidad, satirizando las proclamas de nuestro Benefactor Absoluto?
      Precavido, Chien dijo:
      —Permítame examinar el otro texto.
      —No necesita más información. Decida.
      Vacilante, Chien dijo:
      —Yo… nunca había pensado en este poema de ese modo —se sentía irritado—. De todos modos, no es de Baha ad-Din Zuhayl: forma parte de la recopilación Las mil y una noches. Sin embargo, es del siglo trece; lo admito.
      Leyó con rapidez el texto que acompañaba al poema. Parecía ser un párrafo rutinario, poco inspirado, de clisés partidistas que él sabía de memoria. El ciego monstruo imperialista que segaba y absorbía (metáfora mixta) la aspiración humana, los cálculos del grupo anti-Partido aún en existencia en los Estados Unidos del Este… Se sentía sordamente aburrido, y tan poco inspirado como el estudiante del examen. Debemos perseverar, declaraba el texto. Eliminar los restos del Pentágono en las montañas Catskills, dominar a Tennessee y sobre todo el bolsón de reaccionarios empecinados de las colinas rojas de Oklahoma. Suspiró.
      —Creo que debemos permitir que el señor Chien pueda considerar este difícil material cómodamente—dijo Tso-pin. Luego se dirigió a Chien—: Tiene permiso para llevarlo a su departamento, esta noche, y juzgarlos en sus horas libres.
      Efectuó una reverencia entre burlona y solícita. Fuera o no un insulto, había librado a Chien del anzuelo, y Chien se lo agradecía.
      —Son ustedes muy bondadosos al permitirme cumplir con esta nueva y estimulante labor en mis horas libres. De estar vivo, Mikoyan los aprobaría—murmuró.
      ”Bastardos—se dijo, incluyendo en el insulto tanto a su superior como al caucásico Pethel—. Arrojándome un clavo ardiente como éste, y en mis horas libres. Es obvio que el PC de Estados Unidos tiene problemas. Sus academias de adoctrinamiento no cumplen su trabajo con la excéntrica y muy terca juventud yanqui. Y se han ido pasando este clavo ardiente de uno a otro hasta que llegó a mí.”
      ”Gracias por nada”, pensó con amargura.

Aquella noche, en su departamento pequeño pero bien equipado, leyó el otro examen, escrito esta vez por una tal Marion Culper, y descubrió que también tenía que ver con la poesía. Era obvio que se trataba de un curso de poesía. Siempre le había resultado desagradable la utilización de la poesía (o de cualquier arte) con propósitos sociales. De todos modos, sentado en su cómodo sillón especial enderezador de columna, imitación de cuero, encendió un enorme cigarro corona Cuesta Rey Número Uno del Mercado Inglés y empezó a leer.
La autora del ensayo, la señorita Culper, había elegido como texto las líneas finales de la famosa Canción para el día de Santa Cecilia, de un poema de John Dryden, poeta inglés del siglo XVII:

… Así, cuando la última y temible hora
esta gastada procesión devore,
la trompeta se oirá en lo alto,
los muertos vivirán, los vivos morirán,
y la Música destemplará el cielo.

Bueno, esto es increíble, pensó Chien, cáusticamente. ¡Se supone que debemos creer que Dryden anticipó la caída del capitalismo? ¿Eso quiso decir al escribir “gastada procesión”?
      Se inclinó para tomar el cigarro y descubrió que se había apagado. Tanteó en los bolsillos buscando su encendedor japonés, se detuvo…
      ¡Tuuiiii! se oyó por el televisor al otro lado de la sala de estar.
      —Ajá—dijo Chien—. El Líder va a hablarnos. El Benefactor Absoluto del Pueblo. Lo hará desde Pekín, donde ha vivido durante los últimos noventa años. ¿O cien? O, como a veces nos gusta pensar en él, el Asno…
      —Que los diez mil capullos de la abyecta pobreza autoasumida florezcan en vuestro jardín espiritual—dijo el locutor del canal televisivo.
      Chien se detuvo con un gruñido y ejecutó la reverencia de respuesta obligatoria. Cada televisor estaba equipado con mecanismos de control que informaban a la Polseg, la Policía de Seguridad, si el propietario estaba haciendo la reverencia y/o mirando.
      Un rostro claramente definido se manifestó en la pantalla: los rasgos amplios, lisos, saludables del líder del PC oriental, de ciento veinte años de edad, gobernante desde muchos…, demasiados años. Chien le sacó la lengua mentalmente y volvió a sentarse en el sillón de imitación de cuero, ahora frente al televisor.
      —Mis pensamientos están concentrados en ustedes, hijos míos —dijo el Benefactor Absoluto con sus tonos ricos y lentos—. Y sobre todo en el señor Tung Chien, de Hanoi, que tiene una difícil tarea por delante, una tarea que enriquece al pueblo del Oriente Democrático, además de la Costa Oeste Americana. Debemos pensar todos juntos en este hombre noble y dedicado, y en el trabajo que enfrenta, y yo mismo he decidido emplear algunos momentos de mi tiempo para honrarlo y alentarlo. ¿Me está oyendo, señor Chien?
      —Sí, Su Excelencia—dijo Chien, y consideró las posibilidades de que el Líder del Partido lo hubiera elegido a él en esta noche en especial.
      Las posibilidades eran tan escasas que experimentó un cinismo anormal en un camarada. Le sonaba poco convincente. Lo más probable era que la transmisión se emitiera sólo a su edificio de departamentos… o al menos sólo a aquella ciudad. También podría ser un trabajo de sincronización labial hecho en la TV de Hanoi. Incorporado. Sea como fuere, se le exigía que escuchara y mirara… y absorbiera. Lo hizo, gracias a toda una vida de práctica. Exteriormente parecía prestar una atención inflexible. En su fuero interno aún cavilaba sobre los dos exámenes escritos, preguntándose cuál era el correcto: ¿dónde terminaba el devoto entusiasmo por el Partido y comenzaba la sátira sardónica? Era difícil determinarlo…, lo cual explicaba, desde luego, por qué habían descargado la labor en su regazo.
      Volvió a tantear los bolsillos en busca del encendedor… y encontró el sobrecito gris que le había vendido el mercachifle veterano de guerra. Recordó lo que le había costado. Dinero tirado, pensó. ¿Y qué era lo que hacía este remedio? Nada. Dio vuelta al envoltorio y vio, en la parte de atrás, un texto en letras muy pequeñas. Comenzó a desdoblar el paquete con cuidado. Las palabras lo habían atrapado… para eso estaban preparadas, por supuesto.

¿Fracasando como miembro del Partido y ser humano? ¿Temeroso de volverse obsoleto y ser arrojado al montón de cenizas de la historia por

Paseó la vista con rapidez sobre el texto, ignorando sus afirmaciones, buscando datos para saber qué había comprado.
      Entretanto, la voz del Benefactor Absoluto seguía zumbando.
      Rapé. El paquetito contenía rapé. Innumerables granitos negros, como pólvora, de los que subía un atrayente aroma que le cosquilleó la nariz. Descubrió que el nombre de esa mezcla en particular era Princess Special. Y era muy agradable. En una época había tomado rapé (durante un tiempo, fumar tabaco había estado prohibido por razones sanitarias) en sus días de estudiante en la Universidad de Pekín; estaba de moda, sobre todo las mezclas afrodisíacas preparadas en Chungking. ¿Sería ésta como aquéllas? Al rapé se le podía agregar casi cualquier sustancia aromática, desde esencia de naranja hasta excremento de bebé pulverizado…, o al menos eso parecían algunas, sobre todo una mezcla inglesa llamada High Dry Toast que por sí sola habría bastado para poner punto final a su costumbre de inhalar tabaco.
      En la pantalla televisiva el Benefactor Absoluto seguía retumbando monótono, mientras Chien aspiraba el polvo con cautela y leía el prospecto: curaba todo, desde llegar tarde al trabajo hasta enamorarse de mujeres con pasado político dudoso. Interesante. Pero típico de los prospectos…
      Sonó el timbre.
      Se levantó y caminó hasta la puerta, sabiendo perfectamente lo que iba a encontrar. Como no podía ser de otra manera, allí estaba Mou Kuei, el guardia del edificio, pequeño y torvo y dispuesto a cumplir con su deber; se había colocado la faja en el brazo y el casco metálico, para mostrar que estaba de servicio.
      —Señor Chien, camarada trabajador del Partido. He recibido una llamada de la autoridad televisiva. Usted no está mirando su pantalla y en vez de eso juguetea con un paquete de contenido dudoso —extrajo un anotador y un bolígrafo—. Dos marcas rojas, y se le ordena en forma sumaria que a partir de ese momento descanse en una posición cómoda y sin tensiones ante su pantalla, y brinde al Líder su excelsa atención. Esta noche sus palabras se dirigen a usted en especial, señor. A usted.
      —Lo dudo—se oyó decir Chien.
      Parpadeando, Kuei dijo:
      —¿Qué quiere usted decir?
      —El Líder gobierna ocho mil millones de camaradas. No va a elegirme a mí.
      Se sentía furioso; la exactitud del reproche del guardia lo fastidiaba.
Kuei dijo:
      —Lo oí claramente con mis propios oídos. Usted fue mencionado.
      Acercándose al televisor, Chien aumentó el volumen.
      —¡Pero ahora está hablando sobre el fracaso de las cosechas en la India Popular! Eso no tiene importancia para mí.
      —Todo lo que el Líder expone es importante —Mou Kuei garabateó una marca en la hoja de su anotador, se inclinó ceremoniosamente y se giró—. La orden de venir aquí para que usted enfrentara su negligencia procedía del Departamento Central. Es obvio que consideran importante su atención; debo ordenarle que ponga en marcha el circuito de grabación automática y vuelva a pasar las partes anteriores del discurso del Líder.
      Chien hizo un sonido obsceno con la lengua. Y cerró la puerta.
Caminó hasta el televisor, empezó a apagarlo; una luz roja parpadeó de inmediato, informándole que no tenía permiso para hacerlo: en realidad, no podía terminar con la perorata y la imagen, ni siquiera desenchufándolo.
      ”Los discursos obligatorios nos van a matar —pensó—. Nos van a enterrar a todos; si pudiera librarme del ruido de los discursos, librarme del alboroto del Partido cuando ladra para azuzar a la humanidad…”
      Sin embargo, no había ordenanza conocida que le impidiera tomar rapé mientras contemplara al Líder. Así que abrió el paquetito gris y derramó una porción de gránulos negros sobre el dorso de su mano izquierda. Luego alzó la mano con gesto profesional hasta su nariz e inhaló profundamente, haciendo que el polvo le penetrase bien en las fosas nasales. Pensó en la antigua superstición. Que las fosas nasales están conectadas con el cerebro, y en consecuencia la inhalación de rapé afectaba en forma directa la corteza cerebral. Sonrió, otra vez sentado, con la vista fija en la pantalla y en el individuo gesticulante tan conocido por todos.
      El rostro se fue achicando, desapareció. El sonido cesó. Estaba ante un vacío, una superficie lisa. La pantalla, frente a él, era blanca y pálida, y en el altavoz sonaba un débil zumbido.
      Inhaló golosamente el polvo que quedaba sobre la mano, haciéndolo subir con avidez hacia la nariz, hacia las fosas nasales y—o al menos así lo sentía—hacia el cerebro; se hundió en el rapé, absorbiéndolo con júbilo.
      La pantalla permaneció vacía y luego, en forma gradual, una imagen fue tomando forma. No era el Líder. No era el Benefactor Absoluto del Pueblo; a decir verdad, no era nada que se pareciera a una figura humana.
      Ante él había un muerto aparato metálico, construido con circuitos impresos, seudópodos giratorios, lentes y una caja chirriante. Y la caja empezó a arengarlo con un clamor zumbante y monótono.
      Sin poder apartar los ojos de la imagen pensó: “¿Qué es esto? ,¿La realidad? Una alucinación —decidió—. El vendedor ambulante ha hallado alguna de las drogas psicodélicas utilizadas durante la Guerra de Liberación… ¡La está vendiendo y yo tomé un poco, tomé una porción completa!”
      Caminó dificultosamente hasta el videófono y marcó el número de la seccional Polseg más cercana al edificio.
      —Quiero informar sobre un traficante de drogas alucinógenas —dijo en el receptor.
      —¿Podría decirme su nombre, señor, y la ubicación de su departamento?
      Era un burócrata oficial eficiente, enérgico e impersonal.
      Le dio la información, luego volvió tambaleando a su sillón a imitación de cuero, para presenciar una vez más la aparición sobre la pantalla televisiva. “Esto es mortal —se dijo—. Debe de ser un producto desarrollado en Washington D. C., o en Londres: más fuerte y más extraño que el LSD-25 que vertieron con tanta eficacia en nuestros depósitos de agua. Y yo creía que iba a aliviarme de la carga de los discursos del Líder… esto es mucho peor, esta monstruosidad electrónica, de plástico y acero, farfullando, contorsionándose, parloteando: es algo terrorífico.”
      ”Tener que enfrentarme a esto por el resto de mis días…”
      El equipo de dos hombres de la Polseg llegó en diez minutos. Y para entonces la imagen familiar del Líder había vuelto a entrar en foco en una serie de pasos sucesivos, reemplazando la horrible construcción artificial que agitaba sus tentáculos y chirriaba sin fin. Temblando, Chien hizo entrar a los dos agentes y los condujo hasta la mesa donde había dejado el paquete con el resto de rapé.
      —Toxina psicodélica—dijo con voz apagada—. Efectos de corta duración. La corriente sanguínea la absorbe en forma directa, a través de los capilares nasales. Les daré detalles acerca de cómo la conseguí, quién me la vendió, y demás.
      Aspiró con fuerza, tembloroso; la presencia de la policía era reconfortante.
      Con los boligrafos listos, los dos oficiales esperaban. Y durante todo ese tiempo sonaba como fondo el discurso interminable del Líder. Como había ocurrido mil veces antes en la vida de Tung Chien. “Pero nunca volverá a ser igual—pensó—, al menos para mí. No después de inhalar ese rapé casi tóxico.”
      ”¿Eso es lo que ellos pretendían?”, se preguntó.
      Le pareció extraño pensar en ellos. Curioso… pero de algún modo correcto. Vaciló un instante, sin dar a la policía los detalles necesarios para encontrar al hombre. Un vendedor ambulante, empezó a decir. No sé dónde; no puedo recordar.
      Pero recordaba la intersección exacta de las calles. Así que, con una resistencia inexplicable, se lo dijo.
      —Gracias, camarada Chien —el agente de mayor graduación tomó con cuidado lo que quedaba de rapé (quedaba la mayor parte) y lo colocó en el bolsillo de su uniforme severo, elegante—. Le informaremos de inmediato en caso de que tenga que tomar medidas médicas. Algunas de las antiguas sustancias psicodélicas de la guerra eran fatales, como sin duda usted habrá leído.
      —He leído—asintió.
      Justamente en eso había estado pensando.
      —Buena suerte y gracias por avisarnos —dijeron los dos agentes, y partieron.
      El informe del laboratorio llegó con rapidez sorprendente, teniendo en cuenta la burocracia estatal. Se lo pasaron por el videófono antes de que el Líder hubiese terminado su discurso televisivo.
      —No es un alucinógeno—le informó el técnico del laboratorio Polseg.
      —¿No?—dijo perplejo y, extrañamente, sin sentir alivio en ningún sentido.
      —Todo lo contrario. Es una fenotiacina, que como usted sin duda sabe es antialucinógena. Una fuerte dosis por cada gramo de mezcla, pero inofensiva. Puede bajarle la presión arterial o darle sueño. Es probable que la hayan robado de algún escondite de provisiones médicas de la guerra abandonado durante la retirada. Yo en su caso no me preocuparía.
      Chien colgó el videófono lentamente, abstraído. Y luego caminó hasta la ventana del departamento, la ventana que daba sobre la espléndida vista de otros edificios horizontales de Hanoi.
      Sonó el timbre. Cruzó la sala alfombrada para contestar, como en un trance.

La muchacha que estaba allí de pie, vestida con un impermeable y un pañuelo atado sobre su cabello oscuro, brillante y muy largo, dijo con una tímida vocecita:
      —Eh… ¿Camarada Chien? ¿Tung Chien? Del Ministerio de…
      —Han estado controlando mi videófono—le dijo; era un disparo al azar, pero una certeza muda le indicaba que era cierto.
      —¿Ellos… se llevaron lo que quedaba de rapé?—Miró a su alrededor—. Oh, espero que no; es tan difícil conseguirlo en estos días.
      —El rapé es fácil de conseguir —dijo él—. La fenotiacina, no. ¿Es eso lo que quiere usted decir?
      La muchacha alzó la cabeza y lo estudió con sus amplios y oscuros ojos lunares.
      —Sí, señor Chien… —vaciló, con una indecisión tan obvia como la seguridad de los agentes de la Polseg— Cuénteme lo que vio; para nosotros es muy importante estar seguros.
      —¿Acaso puedo elegir?—dijo él, irónico.
      —S… sí, ya lo creo. Eso es lo que nos confundió; eso es lo que se salió de los planes. No comprendemos; no se adapta a ninguna teoría —sus ojos se hicieron aún más oscuros y profundos—. ¿Tomó la forma del horror acuático? ¿O de la cosa con fango y dientes, la forma de vida extraterrestre? Por favor, dígamelo; necesitamos saberlo.
      Su respiración era irregular, forzada, el impermeable subía y bajaba; Chien se descubrió contemplando el ritmo con que lo hacía.
      —Una máquina—dijo.
      —¡Oh!—ella sacudió la cabeza, asintiendo con vigor—. Sí, entiendo; un organismo mecánico que no se parece en nada a un hombre. No es un simulacro, algo construido para parecerse a un hombre.
      —Este no parecía un hombre—dijo Tung Chien, y agregó para sí: “y no podía, no pretendía hablar como un hombre”.
      —Usted comprende que no era una alucinación.
      —Oficialmente me informaron que lo que tomé era fenotiacina. Eso es todo lo que sé.
      Decía lo mínimo posible, no quería hablar ni oír. Oír lo que la muchacha pudiera decirle.
      —Bien, señor Chien… —lanzó un suspiro hondo, inseguro— Si no era una alucinación, entonces ¿qué era? ¿Qué es lo que nos queda? Lo que llamamos “super-conciencia”, ¿puede ser esto?
      Él no contestó; dándole la espalda, tomó con lentitud los dos exámenes escritos, los hojeó, ignorándola. Esperando la próxima tentativa de la muchacha.
      Apareció por sobre su hombro, exhalando un aroma a lluvia primaveral, a dulzura y agitación; su olor era hermoso, y su aspecto, y su modo de hablar. “Tan distinto de los ásperos discursos esquemáticos que oímos en la televisión y que he oído desde que nací.”
      —Algunos de los que toman la estelacina, y lo que usted tomó era estelacina, ven una aparición, algunos, otra. Pero han surgido distintas categorías; no hay una variedad infinita. Unos ven lo que usted vio, que llamamos el Chirriante. Otros ven el horror acuático, el Tragón. Y luego están el Pájaro, y el Tubo Trepador, y… —se interrumpió— Pero otras reacciones nos dicen muy poco —vaciló, luego siguió adelante—. Ahora que le ha ocurrido esto, señor Chien, nos gustaría que se uniera a nuestra agrupación y que se unan a su grupo particular los que ven lo que usted ve. El Grupo Rojo. Queremos saber qué es eso realmente… —hizo un gesto con sus dedos delgados, suaves como la cera—. No puede ser todas esas manifestaciones a la vez.
      Su tono era conmovedor, ingenuo. Chien sintió que su tensión se relajaba… un poco.
      —¿Qué ve usted?—dijo— Usted en particular.
      —Formo parte del Grupo Amarillo. Veo… una tormenta. Un remolino quejumbroso, maligno. Que lo arranca todo de raíz, tritura edificios horizontales construidos para durar un siglo —sobre su rostro apareció una sonrisa melancólica—. El Triturador. Son doce grupos en total, señor Chien. Doce experiencias absolutamente distintas, todas provocadas por las mismas fenotiacinas, todas del Líder cuando habla por televisión. Cuando eso habla, mejor dicho.
      Sonrió hacia él, con sus largas pestañas (probablemente artificiales) y su mirada atractiva e incluso confiada. Como si creyera que él sabía algo o podía hacer algo.
      —Como ciudadano debería hacerla arrestar—dijo él un momento después.
      —No hay leyes acerca de esto. Estudiamos los escritos jurídicos soviéticos antes de… encontrar gente que distribuyera la estelacina. No tenemos mucha; debemos elegir cuidadosamente a quién se la damos. Nos pareció que usted era alguien adecuado…, un joven profesional de posguerra en ascenso, muy conocido, dedicado a su trabajo.—Tomó los exámenes escritos que él tenía en la mano—. ¿Le ordenaron hacer Lectu-pol?—preguntó.
      —¿Lectu-pol?
      No conocía el término.
      —Analizar algo dicho o escrito para ver si se adecua a la visión del mundo actual del Partido. En su nivel jerárquico lo llaman sencillamente “leer”, ¿verdad? —volvió a sonreír— Cuando suba un escalón más, y esté junto al señor Tso-pin, conocerá esa expresión —agregó sombría—; y al señor Pethel. Él ha llegado muy alto. No hay escuela ideológica en San Francisco; estos son exámenes fraguados, concebidos para que puedan reflejar un análisis cabal de su ideología política, señor Chien. ¿Y fue capaz de distinguir cuál texto es ortodoxo y cuál herético? —su voz era como la de un duende. Se burlaba de él con divertida malicia— Elija el equivocado y su carrera en flor morirá, se detendrá en seco. Elija el correcto…
      —¿Usted sabe cuál es el correcto?—preguntó Chien.
      —Sí —asintió ella con sobriedad—. Tenemos micrófonos ocultos en las oficinas internas del señor Tso-pin; controlamos su conversación con el señor Pethel…, que no es el señor Pethel sino el Inspector Mayor de la Polseg, Judd Craine. Posiblemente haya oído hablar de él; actuó como asistente en jefe del juez Vorlawsky en los tribunales para crímenes de guerra de Zurich, en el noventa y ocho.
      —Ya… veo —dijo él con dificultad.
      Bueno, aquello lo explicaba todo.
      —Me llamo Tanya Lee —dijo la muchacha.
      Chien no dijo nada; sólo asintió, demasiado aturdido como para hacer funcionar su cerebro.
      —Técnicamente soy un empleado sin importancia en su Ministerio —dijo la señorita Lee—. Nunca nos hemos encontrado, al menos que yo recuerde. Tratamos de obtener puestos en todos los lugares que podamos. Los más altos posible. Mi propio jefe…
      —¿Le parece correcto que me lo cuente?—señaló el televisor, que seguía encendido—. ¿No lo estarán registrando?
      —Instalamos un factor de interferaencia en la recepción visual y auditiva de este edificio—dijo Tanya Lee—. Les llevará casi una hora localizarlo. Así que tenemos…—se fijó en el reloj de pulsera de su delgada muñeca—quince minutos más. Y aún estaremos seguros.
      —Dígame cuál de los escritos es el ortodoxo.
      —¿Eso es lo que le importa? ¿Realmente?
      —¿Y qué es lo que debería importarme?—dijo él.
      —¿No entiende, señor Chien? Usted ha aprendido algo. El Líder no es el Líder; es otra cosa, pero no podemos saber qué. Aún no. Señor Chien, con el debido respeto, ¿alguna vez hizo analizar su agua corriente? Sé que suena paranoico, ¿pero lo hizo?
      —No—dijo Chien—. Por supuesto que no—sabiendo lo que iba a decir la muchacha.
      La señorita Lee dijo con rapidez:
      —Nuestros análisis demuestran que está saturada de alucinógenos. Lo está, lo estuvo y lo seguirá estando. No del tipo utilizado durante la guerra; no son los desorientadores, sino un derivado sintético, casi un alcaloide, llamado Datrox-3. Usted lo bebe en el edificio desde que se levanta; lo bebe en los restaurantes y en los departamentos que visita. Lo bebe en el Ministerio; llega por las cañerías desde una sola fuente central —su tono era frío y feroz—. Resolvimos el problema; apenas efectuamos el descubrimiento supimos que cualquier fenotiacina podía contrarrestarlo. Lo que no sabíamos, por supuesto, era esto: una variedad de experiencias auténticas; desde un punto de vista racional, eso no tiene sentido. Lo que debería cambiar de una persona a otra es la alucinación, y la experiencia de lo real debería ser omnipresente: está dado al revés. Ni siquiera hemos logrado elaborar una teoría adecuada que pueda explicarlo, y Dios sabe que lo hemos intentado. Doce alucinaciones que se excluyen entre sí: eso sería fácil de comprender. Pero no una alucinación y doce realidades —dejó de hablar y observó los dos exámenes escritos—. El del poema árabe es el ortodoxo —afirmó—. Si les dice eso confiarán en usted y le otorgarán un cargo más alto. Será un paso adelante en la jerarquía de la oficialidad del Partido —Sus dientes eran perfectos y adorables. Sonriendo, terminó: —Su carrera está asegurada por un tiempo. Y gracias a nosotros.
      —No le creo—dijo Chien.
      Instintivamente, la cautela actuaba en su interior, la cautela de toda una vida vivida entre los duros hombres de la rama Hanoi del PC Oriental. Conocían una infinidad de métodos para dejar a un rival fuera de combate: había empleado algunos él mismo. Había visto otros utilizados contra él o contra los demás. Este podía ser un nuevo método, uno que no le resultaba familiar. Siempre era posible.
      —En el discurso de esta noche, el Líder se dirigió a usted en especial —dijo la señorita Lee—. ¿No le sonó extraño? ¿Usted entre todos? Un funcionario menor de un pobre Ministerio.
      —Lo admito —dijo él—. Me dio esa impresión, sí.
      —Era auténtico. Su Excelencia está preparando una élite de hombres jóvenes, de posguerra; espera que infunda nueva vida a la jerarquía fanática y moribunda de vejestorios y mercenarios del Partido. Su Excelencia lo eligió a usted por la misma razón que nosotros: si prosigue su carrera en forma correcta, ésta lo llevará a la cúspide. Al menos por un tiempo…, por lo que sabemos. Esas son las perspectivas.
      ”Así que prácticamente todos confían en mí —pensó Chien—. Salvo yo mismo; y mucho menos después de la experiencia con el rapé antialucinógeno.” Eso había sacudido años de confianza. Sin embargo, empezaba a recuperar la serenidad; al principio lentamente, luego de golpe.
      Fue hasta el videófono, alzó el receptor y comenzó a marcar el número de la Policía de Seguridad de Hanoi, por segunda vez en esa noche.
      —Entregarme sería la segunda decisión regresiva que usted puede hacer —dijo la señorita Lee—. Les diré que me trajo aquí para sobornarme; usted pensaba que por mi posición en el Ministerio yo sabría qué examen escrito elegir.
      —¿Y cuál fue mi primera decisión regresiva?—preguntó él.
      —No tomar una dosis mayor de fenotiacina—dijo llanamente la señorita Lee.
      Mientras colgaba el videófono, Chien pensó: “No entiendo lo que me está pasando. Hay dos fuerzas: por un lado el Partido y Su Excelencia… por el otro esta muchacha con su supuesto grupo. Uno quiere hacerme ascender lo más posible dentro de la jerarquía del partido; el otro…” ¿Qué quería Tanya Lee? Por debajo de las palabras, dentro de una membrana de desdén casi trivial por el Partido, el Líder, los esquemas éticos del Frente Democrático Unido del pueblo: ¿qué pretendía ella respecto a él?
      —¿Es usted anti-Partido?—preguntó con curiosidad.
      —No.
      —Pero… —hizo un gesto— Eso es todo lo que existe: Partido y anti-Partido. Usted debe de ser del Partido, entonces —la miró a los ojos, perplejo; ella le sostuvo la mirada con serenidad—. Ustedes tienen una organización y se reúnen. ¿Qué pretenden destruir? ¿El funcionamiento normal del gobierno? Son como los estudiantes desleales de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, cuando detenían a los trenes de tropas, hacían marchas…
      —No era así—dijo la señorita Lee con tono cansado—. Pero olvídelo; ese no es el tema. Lo que queremos saber es esto: ¿quién qué nos está dirigiendo? Debemos avanzar lo suficiente como para enrolar a alguien, un joven técnico en ascenso del Partido, que pueda llegar a ser invitado a una entrevista personal con el Líder, ¿comprende? —su voz se hizo apremiante; consultó el reloj, era obvio que estaba ansiosa por partir: casi habían pasado los quince minutos—. En realidad, hay muy pocas personas que ven al Líder. Quiero decir verlo verdaderamente.
      —Está recluido —dijo él—. Por su avanzada edad.
      —Tenemos esperanzas de que si usted pasa la prueba fraguada que le han preparado, y con mi ayuda lo hará, será invitado a una de las reuniones que el Líder convoca de vez en cuando, de las que por supuesto no informan los periódicos. ¿Entiende ahora? —su voz se hizó aguda, en un frenesí de desesperación— Entonces sabríamos. Si usted puede entrar bajo la influencia de la droga antialucinógena, podrá enfrentar cara a cara lo que él es realmente…
      Pensando en voz alta, Chien dijo:
      —Y terminar con mi carrera como servidor público. Y quizá también con mi vida.
      —Usted nos debe algo —estalló Tanya Lee, con las mejillas blancas—. Si yo no le hubiera dicho qué texto escoger habría elegido el equivocado y su carrera de servidor público habría terminado de cualquier manera. Habría fallado…, ¡fallado en una prueba de la que ni siquiera sabía el propósito!
      —Tenía un cincuenta por ciento de posibilidades a mi favor —dijo él con suavidad.
      —No —la muchacha sacudió la cabeza con furia—. El texto herético está adulterado con un montón de jerga partidista; elaboraron los dos escritos deliberadamente para atraparlo. ¡Quieren que usted falle!
      Chien examinó otra vez los textos, confundido. “¿Tenía ella razón? Era posible. Probable. Conociendo como conocía a los funcionarios, y en particular a Tso-pin, su superior, aquello sonaba convincente. Se sintió cansado. Derrotado. Luego dijo a la muchacha:
      —Lo que están tratando de obtener de mí es un quid pro quo. Ustedes hicieron algo por mí: consiguieron, o pretenden haber conseguido, la respuesta para esta consulta del partido. Pero ya cumplieron con su parte. ¿Qué puede impedirme que la eche de aquí de mal modo? No estoy obligado a hacer absolutamente nada.
      Oyó su propia voz, monótona, con la pobreza de énfasis emocional típica de los círculos del Partido.
      La señorita Lee dijo:
      —Mientras usted siga subiendo en la escala jerárquica, habrá otras consultas. Y las controlaremos también para usted en esos casos.
      Estaba tranquila, serena; era obvio que había previsto su reacción.
      —¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
      —Ahora me voy. No tenemos prisa; usted no va a recibir una invitación a la villa del Río Amarillo del Líder ni la semana próxima ni el mes próximo —mientras se dirigía a la puerta y la abría, hizo una pausa—. Nos pondremos en contacto con usted a medida que le den las pruebas de clasificación camufladas; le suministraremos las respuestas: se encontrará con uno o más de nosotros en esas ocasiones. Lo más probable es que no sea yo; ese veterano de guerra incapacitado le venderá las hojas con las respuestas correctas cuando usted salga del edificio del Ministerio —le brindó una sonrisa breve, como una vela que se apaga—. Pero uno de estos días, seguramente en forma inesperada, recibirá una invitación formal, elegante y oficial para ir a la villa del Líder, y cuando lo haga irá bien sedado con estelacina… quizá la última dosis de nuestra ya escasa provisión. Buenas noches.
      La puerta se cerró tras ella: había partido.
      ”Pueden chantajearme por lo que he hecho —pensó—. Y ni siquiera se molestó en mencionarlo; visto y considerando en lo que están implicados, no valía la pena hacerlo. Ya había informado a la patrulla de la Polseg que le habían dado una droga que resultó ser una fenotiacina. Así que ellos lo saben. Me vigilarán; estarán alerta. Técnicamente, no he violado ninguna ley, pero… estarán vigilando… Sin embargo, siempre vigilan, de un modo u otro.”
      Se relajó un poco pensando en eso. Con el paso de los años se había acostumbrado, como todos.
      ”Veré al Benefactor Absoluto del Pueblo como es—se dijo—.Cosa que posiblemente nadie haya hecho. ¿Qué será? ¿Cuál de las subclases de imágenes no alucinatorias? Clases que ni siquiera conozco… una visión que puede abrumarme por completo. ¿Cómo voy a mantener la calma y el equilibrio durante esa noche, si es como la forma que vi en la pantalla del televisor? El Triturador, el Chirriante, el Pájaro, el Tubo Trepador, el Tragón… o algo peor.”
      Se preguntó en qué consistinan algunas de las otras visiones… y luego abandonó ese tipo de especulación; era improductiva. Y provocaba ansiedad.

A la mañana siguiente, el señor Tso-pin y el señor Darius Pethel lo encontraron en su oficina, ambos tranquilos pero expectantes. Sin decir una palabra, les tendió uno de los dos “exámenes escritos”. El ortodoxo, con su breve y angustioso poema árabe.
      —Este es obra de un dedicado miembro o candidato a miembro del Partido—dijo con firmeza—. El otro…—arrojó las hojas restantes sobre el escritorio—. Basura reaccionaria —se sentía furioso—. A pesar de una superficial…
      —Está bien, señor Chien—dijo Pethel, asintiendo—. No necesitamos explorar todas y cada una de las ramificaciones; su análisis es correcto. ¿Oyó que anoche el Líder lo mencionó en su discurso televisivo?
      —Por supuesto que sí—dijo Chien.
      —Entonces sin duda habrá deducido que hay algo muy importante implicado en lo que estamos intentando —dijo Pethel—. El Líder está interesado en usted; eso es evidente. Para ser más precisos, se ha comunicado conmigo al respecto —abrió su atestado portafolios y revolvió en su interior—. Extravié el maldito asunto. De todos modos… —miró a Tso-pin, que asintió levemente— A Su Excelencia le agradaría verlo en la cena que ofrecerá el próximo jueves por la noche en la villa del Río Yangtsé. Sobre todo, la señora Fletcher aprecia…
      —¿La señora Fletcher?—dijo Chien—. ¿Quién es la señora Fletcher?
      Luego de una pausa Tso-pin dijo con voz seca:
      —La esposa del Benefactor Absoluto. El verdadero nombre de Su Excelencia, que sin duda usted no habrá oído nunca, es Thomas Fletcher.
      —Es un caucásico—explicó Pethel—. Procede del Partido Comunista Neozelandés; participó en la difícil lucha por el poder en ese país. Esta información no es secreta en sentido estricto, pero por otra parte no se ha divulgado —titubeó, jugueteando con cadena de su reloj—. Probablemente sea mejor que la olvide. Desde luego, apenas se encuentre con él cara a cara lo advertirá, se dará cuenta de que es un caucásico. Como yo. Como muchos de nosotros.
      —La raza no tiene nada que ver con la lealtad hacia el Líder y el Partido—señaló Tso-pin—. El señor Pethel es un ejemplo.
      ”Su Excelencia engaña —pensó Chien—. En la pantalla de televisión no parecía ser occidental.”
      —En la televisión…—comenzó a decir.
      —La imagen es sometida a una complicada serie de retoques habilidosos —interrumpió Tso-pin—. Por motivos ideológicos. La mayor parte de las personas que ocupan altos puestos lo saben.
      Y clavó en Chien una mirada de dura crítica.
      ”Así que todos están de acuerdo—pensó Chien—. Lo que vemos todas las noches no es real. La cuestión es: ¿hasta qué punto es irreal? ¿Parcialmente? ¿O completamente?”
      —Estaré preparado—dijo con rigidez.
      ”Ha habido un fallo—pensó—. El grupo que representa Tanya Lee no esperaba que yo consiguiera entrar tan pronto. ¿Dónde está el antialucinógeno? ¿Podrán alcanzármelo o no? Es probable que no, con tan poco tiempo. ”
      Extrañamente, se sintió aliviado. Iba a presentarse ante Su Excelencia en una situación que le permitiría verlo como ser humano, verlo como él (y todos los demás) lo veían en la televisión. Sería una cena partidista estimulante y alegre, con algunos de los miembros más influyentes del Partido en Asia. “Creo que podremos pasarlo bien sin las fenotiacinas”, se dijo. Y su sensación de alivio aumentó.
      —Por fin la encontré —dijo Pethel de pronto, extrayendo un sobre blanco del portafolios—. Su tarjeta de entrada. Usted viajará en sino-cohete hasta la villa del Líder el jueves por la mañana; allí el oficial de protocolo lo instruirá acerca de cómo debe comportarse. Se trata de una cena de etiqueta, con corbata blanca y frac, pero la atmósfera será cordial. Siempre hay brindis en abundancia. He asistido a dos reuniones semejantes —emitió una sonrisa chillona—. El señor Tso-pin no ha sido honrado de la misma forma. Pero como dicen, todo llega para quien sabe esperar. Ben Franklin lo dijo.
      —Para el señor Chien la ocasión ha llegado de modo bastante prematuro —dijo Tso-pin. Se encogió de hombros filosóficamente—. Pero nunca solicitaron mi opinión.
      —Otra cosa—le dijo Pethel a Chien—. Es posible que cuando vea a Su Excelencia en persona se sienta desilusionado en ciertos aspectos. Esté atento para que no se note, si esos son sus sentimientos. Siempre nos hemos inclinado, y hemos sido educados para eso, a considerarlo como algo más que un hombre. Pero en la mesa es… un tonto malicioso. En algún sentido, como nosotros mismos. Por ejemplo, puede dar rienda suelta a un aspecto moderadamente humano de actividad oral agresiva y pasiva; quizá cuente una broma fuera de lugar o beba demasiado… Para ser francos, nadie sabe por anticipado cómo terminarán esas reuniones, pero por lo general duran hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Así que sería sensato que acepte la dosis de anfetaminas que le ofrecerá el oficial de protocolo.
      —¿Cómo?—dijo Chien.
Aquello era algo nuevo e interesante.
      —Para la tensión nerviosa. Y para equilibrar los efectos de la bebida. Su Excelencia tiene un poder de resistencia admirable; a menudo sigue en pie y ansioso por continuar cuando todos los demás han abandonado.
      —Un hombre notable—intervino Tso-pin—. Creo que sus… excesos sólo demuestran que es un compañero magnífico. Y completo; es como el hombre ideal del Renacimiento: como Lorenzo de Médicis, por ejemplo.
      —Sí, eso es lo que uno piensa—confirmó Pethel.
      Escrutó a Chien con tanta intensidad, que éste volvió a sentir el temor de la noche pasada. “¿Me están llevando de trampa en trampa?—se preguntó—. Aquella muchacha; ¿era en realidad un agente de la Polseg, poniéndome a prueba, buscando en mí una veta desleal, antipartidista?”
      Se las arregló para esquivar al vendedor sin piernas de remedios vegetales al salir del trabajo; volvió al departamento por un camino totalmente distinto.
      Tuvo éxito. Evitó al vendedor ese día, y también al día siguiente, y así hasta el jueves.
      El jueves por la mañana, el vendedor ambulante salió como un bala de abajo de un camión estacionado y le obstruyó el camino enfrentándolo.
      —¿Mi medicina?—preguntó el vendedor—. ¿Le sirvió? Sé que lo hizo; la fórmula viene de la dinastía Sung… podría asegurar que surtió efecto. ¿No es así?
      —Déjeme—dijo Chien.
      —¿Tendría la bondad de contestarme?—El tono no era el lloriqueo esperado, clásico de un vendedor callejero operando en forma marginal; y ese tono llegó con fuerza a Chien; lo oyó alto y claro… según el dicho proverbial de las tropas títeres imperialistas.
      —Sé lo que me dio —dijo Chien—. Y no quiero más. Si cambio de idea puedo comprarlo en una farmacia. Gracias.
      Empezó a caminar, pero el carrito, con su ocupante sin piernas, lo persiguió.
      —La señorita Lee estuvo hablando conmigo —dijo el vendedor en voz alta.
      —Ajá —dijo Chien, y aumentó en forma automática la marcha. Distinguió un taxi y empezó a hacerle señas.
      —Esta noche va a asistir a la cena de la villa del Río Yang —dijo el vendedor, jadeando por el esfuerzo de mantener el ritmo de marcha—. ¡Tome la medicina… ahora!—Iimplorante, tendió un envoltorio— Por favor, Miembro del Partido Chien por su propio bien, por el de todos nosotros. Así podremos saber contra qué luchamos. Buen Dios, podría ser algo extraterrestre; ese es nuestro principal temor. ¿No comprende, Chien? ¿Qué es su maldita carrera comparada con eso? Si no podemos averiguarlo…
      El taxi frenó sobre el pavimento; su puerta se abrió. Chien empezó a abordarlo.
      El paquete pasó junto a él, aterrizó sobre el borde inferior de la puerta, luego se deslizó hacia la alcantarilla, mojada por la lluvia reciente.
      —Por favor—dijo el vendedor—. Y no le costará nada; hoy es gratis. Sólo agárrelo, úselo antes de la cena. Y no utilice las anfetaminas; son un estimulante talámico, contraindicado cuando se toma un depresivo de las adrenales como la fenotiacina…
      La puerta del taxi se cerró tras Chien, y éste se sentó.
      —¿Adónde vamos, camarada?—preguntó el mecanismo robot de conducción.
      Le dio la chapa con el número que indicaba su departamento.
      —Ese mercachifle imbécil se las arregló para introducir su mugrienta mercancía en mi inmaculado interior —dijo el taxi—. Fíjese. Está junto a su zapato.
      Chien vio el paquete; era sólo un sobre de aspecto común. “Supongo que es así como las drogas llegan a uno”, pensó; de pronto estaba allí. Se quedó inmóvil por un momento. Luego lo levantó.
      Como en la primera vez, un papel escrito acompañaba al producto, pero vio que ahora estaba escrito a mano. Una letra femenina: de la señorita Lee:

Nos sorprendió por lo repentino. Pero gracias al cielo estábamos preparados. ¿Dónde se encontraba el martes y el miércoles? De todos modos, aquí lo tiene y buena suerte. Me pondré en contacto con usted durante la semana; no quiero que trate de localizarme.

Le prendió fuego a la nota y la hizo arder en el cenicero del taxi. Y se quedó con los gránulos negros.
      ”Durante todo este tiempo—pensó—. Alucinógenos en nuestra agua corriente. Año tras año. Décadas. Y no en tiempo de guerra sino de paz. Y no de parte del enemigo sino de nuestro propio campo. Quizá debiera tomar esto; quizá debiera averiguar qué es él o eso y dejar que el grupo de Tanya Lee lo sepa.”
      Lo haré, decidió. Y además… tenía curiosidad.
      Una emoción perniciosa, lo sabía. Sobre todo en las actividades del Partido la curiosidad era un estado de ánimo que podía poner punto final a su carrera.
      Un estado de ánimo que por el momento lo invadía por completo. Se preguntó si duraría hasta la noche, si inhalaría en realidad la droga cuando llegara el instante preciso.
      El tiempo lo diría. Eso y todo lo demás. Como lo expresaba el poema árabe, “somos capullos en flor sobre la llanura, donde los elige la muerte”. Trató de recordar el resto del poema, pero no pudo. Tal vez no tuviera importancia.

El oficial de protocolo de la villa, un japonés llamado Kimo Okubara, alto y fornido, sin duda un ex luchador, lo examinó con hostilidad innata, incluso luego de haberle presentado su invitación grabada y demostrarle en forma fehaciente su identidad.
      —Me sorprende que se haya molestado en venir —murmuró Okubara—. ¿Por qué no quedarse en casa y mirar la TV? Nadie le echa de menos. Hasta ahora lo pasamos bien sin usted.
      —Ya he mirado la televisión—dijo Chien, envarado.
      Y, de todos modos, rara vez se televisaban las cenas del Partido; eran demasiado indecentes.
      La pandilla de Okubara lo cacheó dos veces en busca de armas incluyendo la posibilidad de un supositorio anal, y luego le devolvieron la ropa. Sin embargo, no encontraron la fenotiacina. Porque ya la había tomado. Sabía que los efectos de dicha droga duraban unas cuatro horas. Era más que suficiente. Y tal como Tanya le había dicho, era una dosis fuerte. Se sentía perezoso, inepto y mareado, la lengua se le movía en espasmos, en un falso mal de Parkinson, un efecto secundario desagradable que no había previsto.
      A su lado pasó una muchacha, desnuda a partir del pecho, con largo cabello cobrizo cayéndole sobre los hombros y la espalda. Interesante.
Una muchacha desnuda a partir de las nalgas apareció en sentido opuesto. Interesante, también. Las dos parecían desocupadas y aburridas, y completamente dueñas de sí mismas.
      —Usted también debe entrar así—informó Okubara a Chien.
      Alarmado, Chien dijo:
      —Tenía entendido que debía llevar corbata blanca y frac.
      —Es broma —dijo Okubara—. Sólo las muchachas van desnudas. Hasta puede llegar a disfrutarlo, a menos que sea homosexual.
      ”Bueno —pensó Chien—, supongo que será mejor que me guste.” Comenzó a vagar entre los demás invitados. Usaban corbata blanca y frac, como él, y las mujeres vestidos largos de noche, y se sintió ansioso, a pesar del efecto tranquilizante de la estelacina. “¿Por qué estoy aquí?”, se preguntó. No se le escapaba la ambigüedad de su situación. Estaba allí para adelantar en su carrera dentro del aparato del Partido, para obtener el gesto de aprobación íntimo y personal de Su Excelencia… Y por otro lado estaba allí para demostrar que Su Excelencia era un engaño. No sabía qué tipo de engaño, pero lo era: un engaño contra el Partido, contra todos los pueblos democráticos y amantes de la paz de la Tierra. Siguió mezclándose con la gente.
      Una muchacha de pechos pequeños, brillantes, iluminados, se acercó a pedirle fuego. Sacó el encendedor con gesto abstraído.
      —¿Qué es lo que hace resplandecer sus pechos?—le preguntó—. ¿Inyecciones radiactivas?
      La muchacha se encogió de hombros y no dijo nada. Pasó por su lado, dejándole solo. Sin duda había actuado en forma incorrecta.
      Quizá se tratase de una mutación de la época de la guerra, estimó.
      —¿Una copa, señor?
      Un sirviente le tendió una bandeja con elegancia. Aceptó un martini (que era el trago de moda entre las clases altas del Partido en China Popular) y probó el sabor seco y helado. Un buen gin inglés. O posiblemente la mezcla original holandesa; con enebro o algo así. No estaba mal. Siguió avanzando, sintiéndose mejor. En realidad, la atmósfera del lugar le resultaba agradable. Aquí la gente tenía confianza en sí misma. Habían triunfado y ahora podían relajarse. Evidentemente, era un mito que estar cerca de Su Excelencia producía ansiedad neurótica: al menos allí no veía el menor indicio, y él mismo apenas la sentía.
      Un hombre calvo, maduro y fornido lo detuvo por el simple procedimiento de apoyar su copa contra el pecho de Chien.
      —La pequeña que le pidió fuego —dijo el hombre, y resopló—. La tipa con los pechos como adornos navideños… era un muchacho, de compañía —soltó una risita—. Aquí hay que tener cuidado.
      —¿Y dónde puedo encontrar mujeres auténticas, si es que las hay? —preguntó Chien—. ¿Entre las corbatas blancas y los fracs?
      —Muy cerca—dijo el hombre, y partió con un tropel de invitados hiperactivos, dejando a Chien a solas con su martini.
      Una mujer alta, elegante, bien vestida, que estaba de pie cerca de Chien, le agarró de pronto el brazo con la mano; Chien sintió que los dedos de la mujer se tensaban y ella le decía:
      —Ahí viene Su Excelencia. Es la primera vez que lo veo. Estoy un poco asustada. ¿Tengo bien el pelo?
      —Espléndido —dijo Chien, pensativo, y siguió la mirada de la mujer para ver por primera vez al Benefactor Absoluto.
      Lo que cruzaba la habitación hacia la mesa del centro no era un hombre.

Y Chien advirtió que tampoco se trataba de un aparato mecánico. No era lo que había visto en la televisión. Evidentemente, aquello era un sencillo dispositivo para emitir discursos, así como Mussolini había utilizado un brazo artificial para saludar los desfiles largos y tediosos.
      ”Dios —pensó, y se sintió enfermo—. ¿Era esto lo que Tanya Lee llamaba el “horror acuático”?” No tenía forma. Ni pseudópodos de carne o metal. En cierto sentido no estaba allí. Cuando lograba mirarlo de frente, la forma se desvanecía. Veía a través de ella, veía la gente al otro lado: pero no la forma en sí misma. Su embargo, si giraba un poco la cabeza y la miraba de lado, la captaba y podía determinar sus limites.
      Era terrible; lo abrumó de horror. A medida que avanzaba absorbía la vida de cada persona; devoró a la gente allí reunida, siguió su camino, volvió a comer, siguió comiendo con un apetito insaciable. Aquello odiaba. Chien sentía su odio. Aquello aborrecía. Chien sentía cómo aborrecía a todos los presentes: en realidad, él compartía su aborrecimiento. De repente, Chien y todos los que estaban en la enorme villa eran cada uno una babosa retorcida, y por encima de los caparazones de babosa caídos, la criatura saboreaba, se demoraba, pero siempre yendo hacia él: ¿o era una ilusión? “Si esto es una alucinación—pensó Chien—, es la peor que he tenido en mi vida. Si no lo es, entonces es una realidad maligna. Es algo maligno que mata y lastima.” Vio el rastro de sobras de hombres y mujeres pisoteados, amasados que el ser dejaba a su paso; los vio tratando de reponerse, de actuar con sus cuerpos tullidos: oyó cómo trataban de hablar.
      ”Sé quién eres —pensó Tung Chien—. Tú, el caudillo supremo de la estructura mundial del Partido. Tú, que destruyes cuanto objeto viviente tocas. Comprendo aquel poema árabe, la búsqueda de las flores de la vida para comerlas: te veo montado a horcajadas sobre la llanura que para ti es la Tierra, una llanura sin profundidades ni alturas. Vas a todas partes, apareces en cualquier momento, devoras todo. Edificas la vida y luego la engulles, y disfrutas al hacerlo. Eres Dios.”
      —Señor Chien —dijo la voz que venía del interior de su cráneo y no del espíritu sin boca que se iba formando directamente ante él—. Me alegra volver a verle. Usted no sabe nada. Váyase. Usted no me interesa. ¿Por qué tendría que importarme el barro? Barro. Estoy atascado en él. Debo excretarlo, y así lo hago. Puedo destrozarlo, señor Chien. Incluso puedo destrozarme a mí mismo. Debajo de mí hay rocas filosas. Desparramo objetos con puntas agudas por encima del pantano. Hago que los sitios ocultos, profundos, hiervan como en una marmita. Para mí el mar es como un pote de ungüento. Las partículas de mi carne están unidas a todo. Usted es yo. Yo soy usted. No importa, como no importa si la criatura de pechos encendidos era una muchacha o un muchacho. Uno puede aprender a disfrutar de cualquiera de los dos.
      Se rió.
      Chien no podía creer que le estuviera hablando. No podía imaginar —era demasiado terrible— que lo hubiera elegido a él.
      —Los he elegido a todos—dijo aquello—. Nadie es demasiado pequeño. Cada uno cae y muere y yo estoy allí para contemplarlo. Sólo necesito contemplar. Es automático. Fue dispuesto de ese modo.
      Y entonces dejó de hablarle. Se autodisgregó. Pero Chien lo seguía viendo. Sentía su presencia múltiple. Era un globo que colgaba en la habitación, con cincuenta mil ojos, con un millón de ojos…, miles de millones. Un ojo para cada ser viviente mientras esperaba que cada ser cayera, y luego lo pisoteaba cuando yacía debilitado. Había creado los seres para eso, y Chien lo sabía. Lo comprendía. Lo que en el poema árabe parecía ser la muerte no era la muerte sino Dios. O, mejor dicho, Dios estaba muerto, aquello era una fuerza, un cazador, una entidad caníbal, y fallaba una y otra vez, pero como tenía toda la eternidad por delante podía permitirse fallar. Advirtió que era como en los dos poemas. También el de Dryden. La gastada procesión. Eso es nuestro mundo y tú lo estás fabricando. Urdiéndolo para que así sea. Amarrándonos.
      ”Pero al menos me queda mi dignidad”, pensó.
      Con dignidad abandonó su copa, se dio vuelta, caminó hacia las puertas del salón y pasó a través de ellas. Caminó por un largo vestíbulo alfombrado. Un sirviente de la mansión, vestido de púrpura, le abrió una puerta. Se encontró de pie afuera, en la oscuridad de la noche, en una galería, solo.
      Pero no estaba solo.
      El ser lo había seguido. O ya estaba allí antes de que él llegara. Sí, lo había estado esperando. En realidad no había terminado con él.
      —Allá voy —dijo Chien, y se precipitó sobre la baranda.
      Estaba en un sexto piso, y abajo brillaba el río, y la muerte, la verdadera muerte, no lo que había vislumbrado el poema árabe.
      Mientras trataba de saltar, aquello apoyó una extensión de sí mismo sobre su hombro.
      —¿Por qué? —dijo Chien.
      Pero se detuvo, intrigado y sin comprender nada.
      —No caigas por mí —dijo.
      Chien no podía verlo porque se había colocado detrás de él. Pero lo que estaba apoyado sobre su hombro… había comenzado a parecerse a una mano humana.
      Y entonces el ser rió.
      —¿Qué hay de gracioso? —preguntó Chien, mientras se balanceaba sobre la baranda, sostenido por la falsa mano.
      —Estás haciendo mi trabajo —dijo—. No estás esperando. ¿No tienes tiempo para esperar? Te escogeré entre los demás. No necesitas acelerar el proceso.
      —¿Y qué pasa si lo hago por repulsión a ti?
      El ser rió y no contestó.
      —Ni siquiera me lo vas a decir—dijo Chien.
      Tampoco esta vez hubo respuesta. Comenzó a deslizarse hacia atrás, hacia la galería. Y la presión de la falsa mano se aflojó de inmediato.
      —¿Tú fundaste el Partido? —preguntó Chien.
      —Fundé todo. Fundé el anti-Partido y el Partido que no es un partido, y los que están a favor de él y los que están en contra, los que tú llamarías Yanquis Imperialistas, los del campo reaccionario, y así hasta el infinito. Fundé todo. Como si fueran hojas de hierba.
      —¿Y estás aquí para disfrutarlo?
      —Lo que quiero es que me veas como soy, como me has visto, y que luego confíes en mí —dijo el ser.
      —¿Qué? ¿Confiar en ti para qué? —preguntó Chien temblando.
      —¿Crees en mí?
      —Sí. Puedo verte.
      —Entonces vuelve a tu empleo en el Ministerio. Cuéntale a Tanya Lee que soy un anciano gastado, obeso, que bebe mucho y pellizca el trasero de las muchachas.
      —Oh, Cristo —dijo Chien.
      —Mientras sigas viviendo, incapaz de detenerte, te atormentaré —dijo aquello.— Te quitaré partícula por partícula todo lo que posees o deseas. Y cuando estés destrozado hasta la muerte te revelaré un misterio.
      —¿Cuál es el misterio?
      —Los muertos vivirán, los vivos morirán. Yo mato lo que vive, salvo lo que ha muerto. Y te diré esto: hay cosas peores que yo. Pero no te encontrarás con ellas porque para entonces te habré matado. Ahora regresa al salón y prepárate para la cena. No cuestiones lo que estoy haciendo. Hacía lo mismo antes de que existiera alguien llamado Tung Chien y lo seguiré haciendo mucho después de que deje de existir.
      Chien lo golpeó con la máxima fuerza posible.
      Y experimentó un intenso dolor en la cabeza.
      Y oscuridad, con una sensación de caída.
      Luego, otra vez oscuridad.
      ”Te alcanzaré —pensó—. Me ocuparé de que tú también mueras. De que sufras. Vas a sufrir, como nosotros, exactamente del mismo modo. Volveré a enfrentarte, y te sujetaré con clavos. Juro por Dios que te crucificaré contra algo. Y dolerá. Tanto como me duele a mí ahora.”
      Cerró los ojos.
      Lo sacudían con rudeza. Y oía la voz de Kimo Okubara.
      —Deténgase, borracho. ¡Vamos!
      Sin abrir los ojos, dijo:
      —Necesito un taxi.
      —El taxi ya espera. Váyase a casa. Desastre. Hacer el ridículo ante todos.
      Poniéndose temblorosamente en pie, abrió lo ojos, se examinó.
      ”El Líder a quien seguimos—pensó—es el Unico Dios Verdadero. Y el enemigo contra el que luchamos y hemos luchado también es Dios. Tienen razón: está en todas partes. Pero no entiendo lo que eso significa.” Clavó la mirada en el oficial de protocolo y pensó: “Tú también eres Dios. Así que no hay escapatoria, quizá ni siquiera saltando. Como yo empecé a hacerlo, instintivamente.”
      Se estremeció.
      —Mezclar copas con drogas—dijo Okubara con tono ofendido—. Arruinar la carrera. Lo he visto muchas veces. Desaparezca.
      Vacilante, caminó hacia la gran puerta central de la villa del Río Yangtsé. Dos criados, vestidos como caballeros medievales, con penachos de plumas, le abrieron ceremoniosamente la puerta. Uno de ellos dijo:
      —Buenas noches, señor.
      —Para usted —dijo Chien, y entró en la noche.

A las tres menos cuatro de la mañana, mientras estaba sentado e insomne en la sala de estar de su departamento, fumando un Cuesta Rey Astoria tras otro, sonó un golpe en la puerta.
      Cuando abrió se encontró frente a Tanya Lee, con su impermeable y el rostro marchito de frío. Sus ojos ardían, interrogantes.
      —No me mires así —dijo él ásperamente. Su cigarro se había apagado. Volvió a encenderlo—. Ya me han mirado lo suficiente.
      —Lo viste —dijo ella.
      El asintió.
      La muchacha se sentó en el brazo del sillón y tras un momento dijo:
      —¿Quieres contármelo?
      —Vete lo más lejos posible —dijo Chien—. Bien lejos.
      Y luego recordó. No había camino que se alejara bastante. Recordó haber leído también eso.
      —Olvídalo—dijo.
      Poniéndose en pie, fue con paso torpe hasta la cocina y empezó a preparar café.
      Siguiéndolo, Tanya dijo:
      —¿Fue… tan malo?
      —No podemos ganar —dijo él—. Ustedes no pueden ganar. No quise incluirme. Yo no entro en eso. Sólo quiero seguir haciendo mi trabajo en el Ministerio y olvidarme. Olvidarme de todo el maldito asunto.
      —¿Es extraterrestre?
      —Sí.
      —¿Es hostil a nosotros?
      —Sí —dijo Chien—. No. Las dos cosas. Sobre todo hostil.
      —Entonces tenemos que…
      —Vete a casa y acuéstate —la escrutó con cuidado. Había permanecido sentado un largo rato y había pensado mucho acerca de muchas cosas—. ¿Estás casada?—preguntó.
      —No. Ahora no. Lo estuve.
      —Quédate conmigo esta noche —dijo él—. Por lo menos el resto de la noche. Hasta que salga el sol. Durante la noche es horrible.
      —Me quedaré —dijo Tanya, desabrochándose el cinturón del impermeable—, pero necesito algunas respuestas.
      —¿Qué quería decir Dryden con eso de que la música destemplaría el cielo? —dijo Chien—. ¿Qué puede hacer la música al cielo?
      —Que todo el orden celestial del universo termina—dijo la muchacha mientras colgaba el impermeable en el armario del dormitorio. Debajo llevaba un suéter anaranjado a rayas y pantalones elásticos.
      —Eso es lo malo —dijo Chien.
      La muchacha hizo una pausa, reflexionando.
      —No sé. Supongo que sí.
      —Es concederle mucho poder a la música.
      —Bueno, ya conoces la antigua idea pitagórica acerca de la “música de las esferas”.
      Con gestos precisos se sentó en el borde de la cama y se quitó sus zapatos livianos como pantuflas.
      —¿Crees en eso? —dijo Chien— ¿O crees en Dios?
      —¡Dios! —rió la muchacha—. Eso desapareció junto con la caldera a vapor. ¿De qué estás hablando? ¿De Dios o de dios?
      Se acercó a él, mirándole a los ojos.
      —No me mires tan de cerca —dijo Chien con voz aguda, retrocediendo—. No quiero que me vuelvan a mirar así.
      Se apartó, irritado.
      —Creo que si hay un Dios le importan muy poco los asuntos humanos —dijo Tanya—. Bueno, esa es mi teoría. Quiero decir que a Él no parece importarle que triunfe el mal o que la gente y los animales sean heridos y mueran. Francamente, no veo Su presencia a mi alrededor. Y el Partido siempre ha negado cualquier forma de…
      —¿Alguna vez lo viste a Él? —preguntó Chien—. ¿Cuándo eras niña?
      —Oh, desde luego, cuando niña. Pero también creía…
      —¿Alguna vez se te ocurrió que el mal y el bien son nombres que designan la misma cosa? ¿Que Dios podría ser al mismo tiempo bueno y malo?
      —Te prepararé un trago —dijo Tanya, y entró descalza a la cocina.
      —El Triturador, el Chirriante, el Tragón y el Pájaro y el Tubo Trepador… —dijo Chien—, más otros nombres, otras formas. No sé. Tuve una alucinación. En la cena. Una alucinación enorme. Terrible.
      —Pero la estelacina…
      —Provocó una peor—dijo él.
      —¿Hay algún modo de luchar contra lo que viste? —dijo Tanya sombríamente—. ¿Contra ese fantasma al que llamas alucinación pero que sin duda no lo era?
      —Creer en él—dijo Chien.
      —¿Qué lograremos con eso?
      —Nada —dijo él, agotado—. Absolutamente nada. Estoy cansado. No quiero un trago… Acostémonos.
      —Está bien —regresó silenciosa al dormitorio y comenzó a quitarse el suéter a rayas por encima de la cabeza—. Lo discutiremos a fondo más tarde.
      —Una alucinación es algo misericordioso —dijo Chien—. Me gustaría haberla tenido. Quiero que vuelva la mía. Quiero estar antes de que tu vendedor ambulante me encuentre con aquella fenotiacina.
      —Ahora ven a la cama. Seré amable. Toda calor y ternura.
      Chien se quitó la corbata, la camisa… y vio, sobre su hombro derecho, la marca, el estigma que le había dejado aquello cuando le impidió saltar. Marcas lívidas que parecían estar allí para siempre. Entonces se puso la chaqueta del pijama: ocultaba las marcas.
      —De todos modos tu carrera ha adelantado muchísimo—dijo Tanya cuando él entró en la cama—. ¿No estás contento?
      —Por supuesto—dijo él, asintiendo invisible en la oscuridad—.
Muy contento.
      —Ven, acércate a mí—dijo Tanya, rodeándolo con los brazos—. Y olvídate de todo lo demás. Al menos por ahora.
      Entonces Chien la atrajo hacia él, haciendo lo que ella pedía y él quería hacer. La muchacha fue limpia; se movió con eficacia, con rapidez y cumplió su parte. No se molestaron en hablar hasta que por fin Tanya dijo “¡Oh!”, y se relajó.
      —Me gustaría que pudiéramos seguir para siempre —dijo Chien.
      —Lo hicimos —dijo Tanya—. Es algo fuera del tiempo. No tiene límites, como un océano. Así éramos en la época cámbrica, antes de que emigráramos a la tierra. Es como las antiguas aguas primordiales. El único momento en que retrocedemos es cuando lo hacemos. Por eso es tan importante para nosotros. Y en aquellos días no estábamos separados: era como una gran gelatina, como esas burbujas que flotan hasta la playa.
      —Que flotan y allí se quedan, a morir —dijo Chien.
      —¿Puedes alcanzarme una toalla? —preguntó Tanya— ¿O un trapo? Lo necesito.
      Chien caminó descalzo hasta el baño, y entró a buscar una toalla. Allí, y ahora completamente desnudo, vio por segunda vez su hombro, vio el sitio donde el ser lo había aferrado y lo había sostenido, tirándolo hacia atrás, quizá para juguetear con él un poco más.
      Las marcas, inexplicablemente, sangraban.
      Se limpió la sangre. En seguida brotó más, y al verla se preguntó cuánto tiempo le quedaba. Era probable que sólo unas horas.
      Volviendo a la cama, dijo:
      —¿Puedes seguir?
      —Por supuesto. Si te queda energía. Tú decides.
      La muchacha lo miraba sin pestañear, apenas visible en la difusa luz nocturna.
      —Me queda—dijo Chien.
      Y la atrajo con fuerza hacia él.

© The Estate of P. K. D.

La Langosta se ha Posteado

Hace casi veinte años (es decir, varios antes de la popularización del uso de Internet) aparecieron las primeras revistas virtuales mexicanas. La más interesante fue una dedicada a la ciencia ficción en español: La Langosta se ha Posado, que comenzó a publicarse en 1992 y fue fundada por Gerardo Porcayo, introductor del cyberpunk en México y uno de los varios autores que se dieron a conocer durante el breve florecimiento de la ciencia ficción nacional en los ochenta y noventa. El nombre de la revista proviene, por supuesto, de la novela El hombre en el castillo de Philip K. Dick, donde es el título de otra novela, en la que el mundo que conocemos se describe como una ficción.
      La revista se creaba en Iris, uno de los primeros programas de creación de hipertexto y texto electrónico; como no existía otra forma posible de distribución, cada número de la revista –en la forma de un programa que se podía ejecutar en una PC– se copiaba en diskettes (esos antepasados de las pastillas USB en los que cabía poco más de un megabyte de información) y éstos se repartían a amigos y conocidos para que pasaran de mano en mano.

Diskette

Que el medio más avanzado y audaz del momento tuviera que abrirse paso como las hojas volantes del siglo XVII no dejaba de ser irónico. Nueve números de la revista se publicaron en este formato, que de hecho era todavía más atrevido, y más desconcertante, en un país como éste (según se cuenta, cuando sus editores intentaron buscar apoyos para la edición de La Langosta en uno de tantos programas gubernamentales de financiamiento, nadie en la dependencia correspondiente fue capaz de entender que una revista no se publicara en papel). Más tarde, cuando comenzaron a utilizarse los navegadores de Internet y aparecieron los primeros servicios gratuitos de alojamiento en Internet, La Langosta tuvo una segunda época en la red, pero su proveedor (Xoom.com, una de numerosas compañías que surgieron durante la fiebre de las empresas .com a fines de los noventa) dejó de operar y esa etapa de la revista se perdió.
      Actualmente, la revista ha vuelto una vez más: ahora es una serie de blogs enlazados con un nuevo nombre: La Langosta se ha Posteado, y contiene no sólo textos nuevos entre cuentos, ensayos, comentarios y reseñas, sino también un archivo en constante crecimiento con lo mejor de todas sus encarnaciones anteriores. Quienes la hayan leído antes reconocerán la continuidad y la dignidad de su propuesta editorial, que no se coloca en un gueto para volverse mediocre y autocomplaciente; quienes no la conozcan tal vez se sorprendan por sus textos y más aún por su diseño, que ahora juega de muchas maneras a la nostalgia; en todo caso, la continuidad de la revista y de su apuesta me parecen tan importantes como su intención de mantener la memoria de su trabajo. La mayor parte de las publicaciones contraculturales mexicanas (que por lo general duran pocos números, mal distribuidos, creados siempre en circunstancias apremiantes e inciertas) se olvida a los pocos meses de su desaparición. La Langosta propone en sus archivos la recuperación de un movimiento y una serie de ideas cuya vida, y evolución, se demuestra en las nuevas entregas de la revista.

(Nota: con ésta, Las historias llega a sus 500 notas publicadas. No es tanto, pero ha costado y ha valido la pena. Gracias como siempre a todos los que vienen a leer y comentar.)

Mesa redonda de ciencia ficción

Por una y otra razón se me había pasado dejar aquí este aviso: mañana, lunes 13 de julio, participaré en una plática sobre ciencia ficción con un cartel de lujo: José Luis Zárate, Bef, Mauricio Matamoros y, en teleconferencia desde Gijón, España, Mauricio-José Schwarz. Esto tendrá lugar en la Sala Sandoval Vallarta de la UAM Iztapalapa, a las 15:00 horas. (La dirección: avenida San Rafael Atlixco #186, colonia Vicentina, delegación Iztapalapa, México D.F.)

Aquí, el (otro) cartel:

Conferencia de CF

Por mundos paralelos

 
Ojos de lagarto

Bernardo Fernández (Bef), Ojos de lagarto. México, Planeta, 2009

Ésta, damas y caballeros, señores y señoritas, es una novela histórica. Tiene todo lo que ustedes podrían esperar de tan gustado género, incluyendo descripciones entusiastas de lugares y personajes exóticos, numerosos detalles desconcertantes pero al fin explicados, acción que se mueve rápidamente por muchos puntos de vista y lugares del planeta, sonrisas y lágrimas, etcétera. El pasado vuelto a crear para los ojos del presente: una realidad que se ha ido definitivamente, trabajada para quitarle las partes más aburridas (que son las más, como ahora y como siempre) y enfatizar la maravilla, la acción, la violencia, la ternura; para mostrar la constancia de las pasiones y del azar. Y todo, además, con referencias que nos permitan orientarnos y guiños que nos recuerden que esta criatura de la imaginación existe para entretenernos hoy y relacionarse con nuestras experiencias de hoy. Los lectores de México podríamos concentrarnos en que esta historia gira alrededor de Mexicali, Baja California, y el famoso incendio de su barrio chino en 1923, otro más de los modelos para el desastre que tanto anticipamos en estos días; los lectores de otros sitios, en cambio, podrán hablar de las dolorosas migraciones de Asia a América o del tercer mundo al primero, de los estafadores y curalotodos que prosperan en los tiempos inciertos, de los cazadores y los colonialistas, de los misterios de la China ancestral, de las leyendas urbanas y sus orígenes, de las referencias eruditas al cómic y la cultura popular (¡la historia secreta de Wayne y Kent!).
      Todo eso está en Ojos de lagarto.
      Por otro lado, ésta es también una novela fantástica. De una vez se puede decir que el centro de la historia no es la vida real de Mexicali en 1923 sino, literalmente, un enorme dragón, tan real como Mexicali en el mundo del texto, encerrado en un subterráneo fabuloso y capaz de todas las proezas de fuerza y fuego que pudiéramos desear o temer; además está Frank Buck, aventurero que realmente existió pero fue convertido en leyenda por el cine; está Pi Ying, que es un personaje de Kurt Vonnegut; están varios personajes inconfundiblemente creados por Bernardo Fernández, incluyendo a Ary, uno más de sus niños despiertos y desconcertantes (porque para empezar es una niña) y al veterinario Rolando Hinojosa, uno más de sus adultos en desventaja, no del todo bien equipado para combatir la dureza de la vida pero capaz de sobrevivir mediante su ingenio y extraer de su desgracia siquiera unas gotas de sabiduría amarga. Esta mezcla es también una estrategia de lo fantástico, que puede tomar materiales de donde sea y reunirlos para crear con ellos universos previamente inexistentes, semejantes a otros que ya conocíamos –incluyendo a la vida real– sólo hasta cierto punto. Y al contrario de la novela estrictamente histórica, aquí lo que cuenta es la diferencia y no la semejanza con lo que conocemos: el modo en que nos sorprendemos y salimos de lo conocido para aventurarnos en otros sitios.
      Como una cosa y la otra suceden a la vez, se podría decir que esta novela entra en la corriente enormemente difusa de lo posmoderno: cada influencia y cada préstamo se roza con todos los otros y con cada invención original, y a veces las partes se golpean y a veces saca chispas…, pero esto significa, en realidad, que cada una puede existir por su cuenta, siquiera en breves momentos, y seducir por sí misma: como los libros de (justamente) Kurt Vonnegut, que se resisten a ser reducidos a una sola categoría, éste puede atraer a partidarios de muchas tramas distintas, de personajes y ambientes de lo más diverso. Además de histórica y fantástica, ésta es también una novela de aventuras con persecuciones, puñaladas y escapes arriesgadísimos en el último segundo; una novela intimista sobre el contacto de una hija y el padre solitario que debe hacer el trabajo de dos mientras ambos dan tumbos por el mundo y buscan cumplir una promesa hecha a una mujer muerta; una novela política sobre el enésimo episodio de la corrupción y la venalidad nacionales, incluyendo la idea desoladora de que todo lo que queda por hacer es intentar huir de la catástrofe, y etcétera, etcétera, etcétera. Cada quien podrá escoger el modo de leer que más le guste y Ojos de lagarto le contará lo que desea.
      Y todo lo anterior no significa que haga falta un doctorado en literatura para entender la relación de los hechos: la trama de ambición, trancazos, espanto y maravilla que esta novela presenta. Al contrario, éste es un libro que no pretende sino entretener, contar una buena historia y dejarse leer fácilmente. Todo el trabajo previo –la investigación, el pulido de las ideas, la fusión de los conceptos– es sólo del autor, e incluso si un posible lector no sabe y no quiere saber de las referencias literarias y las citas ocultas, puede perfectamente leer sin darse cuenta de que todo eso está allí. Y no tendría nada de malo que así sucediera. Si nuestro país no estuviera tan atrasado, una novela como ésta conviviría con muchas otras semejantes y no tendría que competir con todas las que no se le parecen: ni con los libros de una sola categoría (los históricos-históricos, los de fantasía-fantasía y así sucesivamente) ni con los experimentales, los que buscan descubrir los nuevos territorios en vez de cultivar y cosechar en los que ya se conocen. Pero somos víctimas de un círculo vicioso: como nadie les hace caso ya, los defensores de nuestra maltrecha cultura literaria niegan que sea importante tener lectores, y se encierran todavía más, y el espacio vacío que dejan la ausencia de la crítica y la caída abismal de nuestra educación lo llenan los libros malos, desde las biografías morbosas o los manuales de borreguismo (por un lado) hasta (por el otro) los libros-gesto, hechos sólo para hacer ademanes a un grupo reducidísimo de partidarios o enemigos en alguna élite inalcanzable.
      Por esta razón es de agradecer que no todos quieran jugar ese mismo juego y que Bef –a la par de su trabajo en los mundos del cómic y la ilustración– siga construyendo con Ojos de lagarto su propio mundo literario poblado por criaturas como el doctor Hinojosa y su hija Ary: como en Tiempo de alacranes, su primera novela, y como en los mejores de sus cuentos, aquí el juego de disfrazar de historia o de verdad las imágenes de la cultura pop –la educación sentimental de nuestra generación frívola y hueca– adquiere un sentido nuevo porque sus personajes más hondos son, de hecho, representaciones de nuestra propia idiosincracia derrotada y temerosa: como tantos de nosotros, estos seres se embarcan constantemente en proyectos de emigración, de “cambio de vida”, de ajustes a circunstancias a las que es, en realidad imposible ajustarse. Perdidos en su mundo, deseosos de dejar atrás la única realidad que conocen y abrazar otra distinta (cualquier otra), tarde o temprano se hallan sin ideologías en que ampararse ni, en realidad, muchas probabilidades de éxito. Como los de ellos, nuestros esfuerzos y nuestras frustraciones (no tener un lugar mejor para vivir, hacer otra cosa, vivir una vida con espacio para algo más que las imposiciones de otros) son egoístas; como ellos, tal vez nosotros merecemos algo más de compasión que la que estamos dispuestos a conceder.
      (Y si esta compasión no existe en el mundo, habrá que agradecer que todavía exista en las páginas de libros como éste.)

Hoy en la noche, ciencia ficción en Entrelíneas

Para hablar de premuras: hoy a las 20:00, programa Entrelíneas de Canal 22 (que comienza nueva temporada) tratará el tema de la ciencia ficción e incluirá varios segmentos interesantes; tuve el gusto de participar en dos de ellos… y no podré sintonizar el programa por razones que no vienen al caso, de modo que si lo ven y me cuentan les estaré muy agradecido.

He aquí el boletín. Saludos a todos.

Hoy inicia la cuarta temporada del programa Entrelíneas de Canal 22 a la 20 hrs.

Ciencia Ficción

Grandes escritores han confesado que su primer acercamiento a la literatura fue a través del género de la Ciencia Ficción. Y cuando escuchamos este término pensamos en naves espaciales, invasiones alienígenas, robots y clones. Pero, en “Entrelíneas” nos propusimos buscar qué hay más allá de los mitos de la Ciencia Ficción: indagar sobre la condición del hombre y su futuro. Así que, Edmundo Paz Soldán, José Gordon, Alberto Chimal y José Agustín, grandes lectores de este género, nos acompañan.

Por otro lado, Silvina Espinosa de los Monteros, convoca en la “Cita textual” a una discusión sobre la Ciencia Ficción Mexicana. Y, también, en nuestra nueva sección de “Casa tomada”, husmeamos en la biblioteca de Julieta Fierro, astrónoma.

Contamos con las colaboraciones de Daniela Bojórquez, Mayra González y Jorge Gudiño, y Mariana Linares.
Conducen Fátima López y Diego Rabasa, desde el Espacio Escultórico de la UNAM, para abrir nuestra nueva temporada.


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Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



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