Archivo de etiquetas para 'Carlos Fuentes'

Intelectuales, generaciones, etcétera

Como la nota que publiqué hace poco sobre el tema de los intelectuales (con ejemplos de dos escritores que podrían continuar la tradición mexicana del artista que opina sobre asuntos de interés público, más bien alicaída en años recientes) ha recibido una buena cantidad de comentarios y enlaces, escribo ahora esta nueva nota, que es independiente de aquella pero también puede leerse como su complemento; incluye respuestas a varias cuestiones que se me han planteado sobre el asunto y sobre otros aledaños, y varias opiniones que me importa aclarar.

Una pintura de Sonia Delaunay

1. Una generación de escritores no es automáticamente un grupo, un movimiento ni nada parecido. Es, simplemente, un conjunto de personas nacidas más o menos por las mismas fechas. No es un lote de autos del mismo modelo. No sólo no debe (ni puede) ofrecer un conjunto de obras homogéneas en ningún sentido: además, no caduca. En la otra nota dije que si un intelectual nacido en los setenta consiguiera que la sociedad progresara por medio de sus textos sobre política, con eso bastaría para que la generación entera se justificara. Lo sostengo. Pero a la vez sostengo que también sería suficiente si la única obra digna de sobrevivir a su época, hecha por alguien de los setenta, apareciera por ejemplo en 2082, publicada póstumamente o por un anciano de más de cien años.

2. Lo anterior, sobre literatura. Sobre los intelectuales: es casi imposible que un texto de opinión política quede en la historia literaria, pero si produce realmente un efecto benéfico en una sociedad esto no tendrá importancia. Su mérito será social y no artístico. En caso así, incluso, no hace falta que el texto en concreto sea recordado ni que su autor o autora se vuelva célebre.

3. Los nuevos intelectuales mexicanos, los de mi generación, podrían llegar a ejercer esa influencia positiva que he mencionado, pero no lo han hecho todavía. Su trabajo actual es una promesa que puede cumplirse o no cumplirse. Ninguno ha escrito aún nada semejante, en su alcance, pertinencia y valor, al “Yo acuso” de Emile Zola. Ojalá lo consigan; semejante sacudida social nos sería útil en un momento como éste.

4. ¿Qué podría salirle mal a los nuevos intelectuales? El peligro que corren todos los escritores/opinadores es olvidar su propósito, el sentido de su labor. La historia demuestra que muchos lo olvidan: unas veces, en lugar de persistir en la crítica y la defensa de lo que creen, acaban por acomodarse dentro de las élites que han aprendido a reconocerlos, y entonces se vuelven portavoces (encubiertos o no) de esas élites; otras veces llegan a creer que su persona, y no lo que dicen y piensan, es lo más importante, y se vuelven aspirantes a “celebridad”, adictos a opinar sobre lo que sea del modo más estridente posible, mercachifles de su propia reputación. Payasos, en fin.

4a. ¿Cómo se reconoce a estos intelectuales falsos? Pueden engañar a muchos, y durante mucho tiempo –porque la mayoría de los seres humanos no aprendemos nunca a pensar por nuestra cuenta–, pero por lo común son olvidados en cuanto dejan de estar allí para seguir alimentando su figura pública. (Esta prueba es infalible, y útil siempre si no hay ningún otro criterio –o no hay criterio–, pero desde luego tiene la desventaja de que obliga a esperar muchos años.)

4b. Una persona me decía que es muy improbable que el regreso (bastante probable) del PRI al poder presidencial en México consiguiera que todo volviese a estar exactamente igual que antes, y por lo tanto no podría volver a existir el “ecosistema” de los intelectuales al modo priísta, que muchas veces eran personeros sin vergüenza o “rebeldes tolerados”. Es cierto: exactamente como era, ese sistema no volverá. Pero por otro lado, y muy tristemente, muchos vicios del sistema priísta no han desaparecido entre escritores y artistas, y otros, aunque fuera aisladamente, podrían regresar.

5. Toda la discusión del año pasado era sobre fama y oropel, no sobre literatura. ¿Por qué tanta insistencia en la fama y el oropel? Un signo de la época es la vanidad y el otro la idea de la fama como valor supremo, sin importar su justicia ni su causa.

5a. Por ejemplo: mucho de la discusión del año pasado se levantó sobre prejuicios y falseos. Se insistía en que ningún autor nacido en los setenta se ha hecho tempranamente famoso, lo que es mentira pues están, entre otros, los casos de José Ramón Ruisánchez y Hernán Bravo Varela, que nadie pudo o quiso recordar entonces. O bien: nadie nacido en los setenta, se insistía, tiene el reconocimiento que tuvo Carlos Fuentes a los treinta años, cuando publicó La región más transparente. ¿Realmente sirve una apreciación tan vaga y arbitraria? (Igual se podría decir que ninguno de nosotros ha escrito Hamlet, lo que por lo demás no hace falta, pues está escrita desde hace siglos…)

5b. Por ejemplo: mucho de la discusión, también, sonaba a pensamiento mágico, pues a veces daba la impresión de que “ganaría” (¿ganaría qué?) quien no sólo gritara más fuerte y más frecuentemente sino además, a falta de trabajo propio que elogiar, fuera capaz de descalificar mejor a los otros (los adversarios). De esto vino, pienso, la insistencia en equiparar la literatura con un concurso de potencia sexual, y en especial la frecuencia alarmante de las declaraciones oblicuas: en vez de “yo soy un semental”, “todos los demás son eunucos”.

6. De vuelta a la literatura: aquel anciano que mencioné al comienzo, y que podría ser el creador de lo único que valiera la pena de la literatura hecha por mi “generación”, podría no ser una celebridad ni una persona poderosa o influyente en los círculos de los poderosos. Y podría ser una anciana. Y podría ser alguien que jamás hubiese intentado darse a conocer en el mundillo literario. Y su obra podría no ser una novela. (¿Por qué tendría que serlo? Se habla y se habla y se habla de las grandes novelas, se tiene al grosor de los libros como medida de calidad e importancia –una tontería, desde luego–, pero a lo mejor los escritores mexicanos de los setenta nos salvamos del olvido total gracias a un libro de poemas, o una serie de aforismos, o una sola minificción…)

6a. Ninguno de nosotros lo va a saber, evidentemente. (Otra posibilidad más es que la obra que valga la pena leerse, y que le diga mucho a muchas personas, se escriba en sesenta años, o en cincuenta, o en treinta, o en diez…, y también puede existir ahora mismo, pero ignorada por todo el mundo y destinada a salir a la luz en 2082 o incluso después. La escritura que cuenta no es una carrera de velocidad.)

7. Por último, sobre el tema del “compromiso del escritor”, sigo pensando lo que escribí en algún otro texto: está muy bien (cuando no es sólo una pose para congraciarse con el poder), pero no es menos importante que el compromiso de cualquiera, del ciudadano –que ahora, claro, se ve más decaído que cualquier otro compromiso.

Intelectuales

Nota del 19 de octubre: hay más sobre los temas de esta nota –incluyendo comentarios y aclaraciones diversas– en esta otra nota.

Hubo una discusión, durante buena parte del año pasado, alrededor de los méritos (o más bien la falta de ellos) de los escritores mexicanos de mi generación, la de los nacidos en los años setenta. La polémica nunca fue muy elevada y pronto se convirtió en una serie de bravatas; cuando salió a relucir la metáfora de los huevos (es decir, los testículos) y la cuestión de quién escribía con ellos y quién no, no sólo fue imposible seguir las diversas opiniones sin reírse: quienes seguían prestando alguna atención pudieron ver que, si la presencia o la falta de talento eran difíciles de determinar, en cambio estaba muy claro que a la generación, como conjunto, le interesa mucho menos la literatura que la notoriedad.
      Una de las preguntas más repetidas en aquel tiempo era ésta: ¿dónde está la gran obra, la novela extraordinaria de un autor de los setenta? (Habitualmente se planteaba así, con ese desprecio implícito a todos los otros géneros literarios, del mismo modo que la palabra huevos excluía –magias del machismo mexicano– a todas las escritoras de la generación.)
      Tal vez sea aventurado decirlo, pero es posible que la pregunta tenga ya una respuesta y hoy, en 2009, tengamos las primeras obras cruciales, los primeros trabajos que colocan definitivamente a autores de la generación en el mapa y en la historia de la literatura nacional.
      Por otra parte, si no me equivoco, esos trabajos señeros no son novelas, no son en absoluto libros, sino entrevistas y artículos de opinión. Pienso sobre todo en una entrevista (que ya había mencionado en una nota previa) entre Heriberto Yépez y Rogelio Villarreal publicada hace poco en la revista Milenio, y en una serie de artículos breves pero punzantes, de denuncia, de Rogelio Guedea. En especial la entrevista de Yépez fue promovida como una declaración importante de una figura pública, con lo que se convirtió (hasta donde sé) en la primera mención de un autor de los setenta en los mismos términos en que se habla, en la prensa nacional, de Carlos Monsiváis o Juan Villoro; pero la recepción de uno y de otro (y de varios escritores más) ha sido igualmente entusiasta: se ha subrayado la inteligencia de sus juicios, su crítica certera a la corrupción del sistema político nacional y, en general, la novedad de su interés por la realidad y la agenda nacionales.
      Con esto, tal vez, la generación de los setenta está continuando la tradición del intelectual mexicano: del “escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las élites”, como escribió Gabriel Zaid. Con la llegada del PAN a la presidencia de México en 2000, la estrecha relación entre la literatura y el poder que marcó el carácter de las artes nacionales durante casi setenta años se debilitó enormemente: el nuevo régimen no estaba tan interesado como el del PRI en la opinión de los escritores, otras figuras tomaron el lugar de éstos en los medios y, notablemente, mi generación (y, casi en la misma medida, la de los autores nacidos en los sesenta) se negó a desarrollar obras orientadas a la política, como una reacción –no siempre consciente pero, creo, perfectamente comprensible– contra los excesos del grueso de la intelligentsia del siglo XX, en la que hubo grandes autores como Octavio Paz o Carlos Fuentes pero también legiones de otros.
      Esos otros son los que me preocupan ahora. Todos han sido olvidados, porque su trabajo carecía de cualquier mérito (¿o alguien por ahí atesora las obras completas de, digamos, Roberto Blanco Moheno?), pero mientras vivieron y publicaron tuvieron notoriedad gracias a su relación con el poder político y al cultivo de su propia reputación. “Lo que hace al intelectual es la recepción de su discurso, más que su discurso”, escribió también Zaid, y tenía razón. La vuelta de los intelectuales, si realmente termina por ocurrir, será otro signo de la vuelta del PRI al poder, ya anunciada y prevista por muchos…, pero será un grave retroceso si implica el regreso del ecosistema completo de toda la vieja intelectualidad, con sus pocos grandes y sus muchos mediocres, sus críticos escasos y sus vendidos numerosos.
      No se me malentienda: esto no es una de aquellas bravatas. Sería muy bueno si los nuevos intelectuales de la generación fueran, en efecto, personas como Guedea y Yépez, que saben escribir y pensar. Francamente, si ellos pudieran hacer algo contra la abulia general, contra la estupidez y el cinismo imperantes, la generación entera se habría justificado. Pero algo que no debe volver es la sumisión completa de la literatura al poder: la creencia de que es suficiente mirar nuestro propio ombligo, de que no hay nada más allá de nuestras disputas caseras y la busca del poder que esté a nuestro alcance, por miserable que sea.

Octavio Paz (fuente: elpais.es)

Octavio Paz (fuente: elpais.es)

Un amor disparejo (y otras opiniones)

He aquí el resto de los apuntes que debía sobre el viaje a Canadá que hice en octubre pasado. Se podría titular también “Inocentes en el extranjero”, como aquel libro de Mark Twain, de no ser porque los hallazgos que mencionaré a continuación podrían hacerse (al menos en teoría) sin salir en absoluto de este país, sólo aplicando un poco de imaginación y rechazando la idea, tan confortable, de que en todas partes las cosas son como aquí.

0
–No me gusta lo de los blogs –me dijo un autor canadiense– porque es dar gratis el trabajo de uno.

1
Una de las actividades del Wordfest en las que participé en la ciudad de Calgary fue una mesa redonda sobre blogs y medios alternativos; fuimos ponentes Tish Cohen, una escritora de allá, y yo mismo. La conversación fue una de las pruebas más notorias de que Canadá, en lo que concierne a su literatura y sus escritores, es otro planeta: hablé de Las historias, Caza de Letras y otros proyectos basados en la red y lo que dije fue recibido con interés, pero estaba (noté, demasiado tarde) fuera de foco: la idea era más bien discutir el modo en el que se puede usar el blog u otros medios alternativos para promover autores y lanzamientos editoriales, complementando lo que ya hacen casas editoras y agentes literarios.

La mayoría de las editoriales de México –incluso las grandes, a las que no puede acusarse de falta de recursos pero en muchos casos prefieren publicar a quien ya sea famoso: no están interesadas en crear ellas mismas el reconocimiento público de sus autores– promueve sus novedades y catálogo en una escala que allá parecería minúscula. Y va a ser peor en el futuro inmediato, cuando menos, debido a la crisis económica mundial. Y no hay manera de que un agente literario se gane la vida promoviendo la publicación de libros y autores en México: no sólo no existe la costumbre, sino que el mercado editorial es, como sabemos, pequeñísimo: la decadencia de nuestro sistema educativo (que no se queda, por cierto, en las escuelas públicas) tiene la culpa de que la lectura sea para nosotros una actividad desagradable, que se lleva a cabo sólo para obtener información útil y de empleo inmediato: para pasar un examen.

En Calgary dije justamente todo esto; hubo comentarios genuinamente amables sobre la precariedad de la situación de los escritores en México y Tish Cohen tuvo la gentileza de recomendarme a su propio agente; tal vez lo busque cuando no sólo tenga completa la nueva novela (por suerte, la que viene para febrero será promovida por la propia editorial: yo carezco de cualquier don de gentes) sino pueda traducir al inglés las cinco primeras páginas de la misma, que son las que el agente pide –ya investigué– para decidir si le interesa o no encargarse del libro y el autor en cuestión.

2
Algunos días más tarde, en Banff, fui invitado a un par de mesas de trabajo con invitados al Wordfest, artistas residentes en el Banff Centre y otros escritores vinculados con el mismo: todo fue organizado por Steven Ross Smith, director de actividades literarias del centro. Las conversaciones tuvieron que ver con dos temas: “¿Es la literatura la más conservadora de las artes?” y otra vez “Nuevos medios y literatura”.

Desde luego, la definición de “conservadurismo” no podía tener relación con la política; desde luego, inseguro que es uno, me preparé para explicar, si hacía falta, que no sabía cómo sería en Canadá pero, si de algo servía comparar, es verdad que muchos artistas de por aquí sólo crean para poder vivir del presupuesto del Estado e insertarse en grupos de poder, pero llamarlos conservadores implica un falseo: no sólo el antónimo más próximo (“liberales”) carece de sentido en el contexto, sino que los autores que trabajan de esta manera tienen las más diversas inclinaciones políticas…, y en cualquier caso la práctica va ya de salida, pues los gobiernos actuales están cada vez menos interesados en el favor de los intelectuales: los opinadores con influencia que estuvieron tan cerca del régimen del PRI durante buena parte del siglo XX.

Pero no debí molestarme. Supe que todos mis preparativos eran inútiles cuando comenzó la discusión y entendí que el conservadurismo del que se hablaba era conservadurismo de primer mundo, es decir, el problema era intentar comprender cómo es afectada la libertad creativa de los escritores por el hecho de tener que producir para nichos definidos de mercado, de los que una vez que se ha entrado no se sale tan fácil (o de que el Gran Elector de los libros canadienses, el que más influye en qué se publica y qué no, es el encargado de decidir qué se vende y qué no en las librerías de la cadena Chapters, la más grande del país).

Las diferencias entre la situación de Canadá y la de aquí produjeron algún interés también, pero en esta ocasión hablé de eso nada más de pasada. Ocurrió de este modo: alguno de los escritores participantes observó que, después de todo, el hecho de que en la literatura siempre tiene que haber historias con planteamiento, desarrollo y desenlace es una restricción invencible que limita enormemente las posibilidades de innovación, acaso más que en cualquiera de las otras artes.

–Aunque, bueno –agregó–, está la poesía.

–Que también es literatura –agregó una poeta–. Aunque no venda.

–No tener la presión del mercado –dijo una escritora de non fiction– debe ser una experiencia muy distinta.

–Es que –dije yo, más o menos– a lo mejor la situación de aquí y las restricciones particulares que hay impiden verlo, pero –y una parrafada muy larga y vacilante que se puede resumir así: tal vez no se puede ver tan fácilmente, pero hay que recordar que el potencial del lenguaje es enorme. Me extraña un poco que no se recuerde. Por ejemplo (obsérvese mi amabilidad de buen salvaje), en aquellos países pequeños y arruinados como el mío, en los que simplemente no hay ninguna posibilidad de vivir de la escritura, hay muchas personas buscando y encontrando cosas distintas que decir, y maneras distintas de decirlas, y se atreven a explorarlas, a experimentar, aunque sólo sea porque no hay ninguna presión para conformarse a un mercado. Estos lugares (y sobre todo, sus espacios más marginales: editoriales pequeñas, blogs, etcétera) son laboratorios donde todavía se pueden realizar estas búsquedas, pero si se pueden realizar allá se podrían realizar, en potencia, en cualquier lugar donde se practicara la literatura…

Alguien más pidió: –¿Podemos no decir “literatura”?

La propuesta puede sonar muy mal leída en otro contexto, pero en el momento fue claro que la persona que hablaba se sentía insegura: la “literatura” era distinta de la “narrativa” (fiction…, y ni hablar de la non-fiction, esa categoría que acá hemos importado tan sin pensar) porque la primera palabra se refiere a algo con pretensiones artísticas. En su gran mayoría, éstos eran escritores que, muy razonablemente, podían pensar en vender su trabajo y ganarse la vida con él y que en muchos casos no habían tenido que pasar jamás por ninguna de las consideraciones sobre el trabajo artístico que en América Latina siguen siendo (al menos para algunas personas) tan importantes.

Esto último quedó aún más claro cuando uno más de los escritores participantes se lanzó, un poco agriamente, a recordar a todos que todos ellos estaban en un negocio y agregó que él despreciaba todas esas discusiones pretenciosas (arty-farty; como se puede inferir el término es despectivo de otra manera). Él estaba interesado en crear un producto, hallar un nicho de mercado, promover eficazmente y al costo más barato posible, ver cómo maximizar el número de unidades del mismo que podía “mover”, etcétera.

3
La poeta a la que cité poco antes dijo también, en otro momento:

–El problema con los poetas canadienses es que sólo leen a otros poetas canadienses.

Hay que agregar a esta afirmación la impresión que se tiene al visitar una librería Chapters y encontrar que no hay un solo libro escrito por un mexicano (ni siquiera del grupo de Crack, a quienes llegué a ver por ahí en un viaje anterior; ni siquiera de Carlos Fuentes), nada de Roberto Bolaño pese a su fama creciente como el nuevo autor latinoamericano, y apenas dos o tres tomos de García Márquez o Isabel Allende. Hay que agregar también la constatación de que, pese a su escasa presencia, los dos o tres tomos que he mencionado bastaban para dar la impresión de que había representada una “literatura latinoamericana” y de que, del mismo modo, había al menos unos pocos ejemplares de absolutamente todos los géneros y subgéneros que puedan citarse.

Hace un par de años leí esta nota en el primer Monorama, en la que mi querido Bernardo Fernández (Bef) reproduce y elogia opiniones de Bruce Sterling contra la ignorancia y la insularidad (el chauvinismo, o más precisamente el mirarse el ombligo, como se dice aquí y allá: navel gazing) de escritores de América Latina que intentan abrirse paso en el mercado internacional. En ese entonces me chocaron ideas como éstas:

Esos escritores no se sientan y dicen “Hoy voy a escribir algo que un extranjero tendría que leer… algo que realmente les importe a esos extranjeros, algo que sea crucial para su bienestar”. Si intentaran hacerlo, tendrían que “entender” a esos extranjeros cabalmente, leer sus libros, mirar sus películas, incluso hasta casarse con alguno de ellos. Hay muy pocos escritores con esa ambición. Quieren que el mundo repare en ellos y en lo maravilloso que hacen. No quieren perjudicar su ecuanimidad y enterarse de que el mundo está lleno de miles de millones de personas que no tienen ningún buen motivo para leerlos.

… y ahora me parece que su consejo suena muy bien pero no es nada más que una ilusión: hay casos, desde luego, de autores de lenguas ajenas a la inglesa que logran ser traducidos y hasta tener éxito en ese ámbito distinto, pero creer en la posibilidad de la asimilación masiva, incluso sacrificándolo todo a ella, es una tontería: el mercado editorial en lengua inglesa no necesita a nadie, se basta a sí mismo y produce básicamente todo lo que sus lectores piden. Es posible que algo no pedido tenga éxito, claro, pero lo tendrá a contracorriente del mercado, que siempre se irá por la ruta del menor esfuerzo y el menor riesgo…, y esto es particularmente cierto en el caso de los subgéneros, en los que el “producto” se crea de entrada a partir de ciertas reglas y estándares. ¿A quién le va a interesar una novela de vampiros hecha en México, por ejemplo, si los libros de Stephanie Meyer ya existen y se puede distribuir globalmente? ¿Quién querrá tomarse la molestia de siquiera leerlo, si en el propio mundo de lengua inglesa, sin tener que pasar por una traducción, ahora mismo se están escribiendo al menos diez años de imitaciones de Crepúsculo?

El paso que la mayoría de los escritores “internacionales” de aquí intentan dar es el de México a España, desde luego. Pero, a pesar de que los problemas son ligeramente menores, son en el fondo los mismos: el camino de acercarse al idioma y las preocupaciones de allá no garantiza nada.

4
La afirmación pesimista: qué equivocados están todos quienes, acá, salpican todo lo que dicen de palabras inglesas. Su acercamiento es ilusorio: su amor (amor de conquistado, además) no será correspondido nunca.

La afirmación optimista: con todo, se podría lograr mucho entre los artistas mexicanos y los canadienses, que en el fondo habitamos dos patios traseros (distintos, pero patios al fin) de los Estados Unidos y, de diferentes formas, debemos enfrentarnos a esa relación y resentimos las desventajas en las que nos coloca.

–¿Por qué estaremos tan separados? –me preguntó una escritora canadiense, en algún momento de aquellos días.


Fuente RSS Seguir en Twitter Página en Facebook

Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



Blog Widget by LinkWithin