Con esta nota se reanuda una serie que empecé hace tiempo, a partir de ciertas preguntas de Rafael Tiburcio. Las primeras tres partes están aquí, aquí y aquí. El tema es cómo publicar en un país como éste.

Esta vez seré breve. Terminé una nota anterior con la pregunta de para qué se escribe. Como no hace falta discutir las respuestas obvias (dinero, prestigio, etcétera) sólo agrego esto: escribir no es sólo una actividad de escasas recompensas inmediatas, sino además, y sobre todo, una actividad solitaria. Puede ser muy placentera, puede no serlo, puede tener éxito o puede fracasar, pero si al escribir se intenta hacer una creación propia –no escribir los textos que firmará alguien más; no crear copy o contenidos de acuerdo con las directrices de un editor o un comité–, resulta que esa forma de estar a solas es una de los pocos actos de libertad que todavía están al alcance de quien tenga los humildes conocimientos básicos que hacen falta. Porque escribir así es una forma de introspección, de estar a solas con uno mismo, sin más árbitros ni jueces que los propios demonios; la idea es repelente para muchas personas porque aprendemos a igualar la felicidad con la inconsciencia, pero lo que se obtiene con esa reflexión, es decir, ese reflejo: esa lectura de nosotros mismos en lo que escribimos, es a su modo algo mejor, más raro y más precioso. Y, ni modo, quien lo ha hecho lo sabe: escribir así es también una experiencia intransferible, jugar con el lenguaje es llegar a un límite del lenguaje. A veces lo escrito deja ver ese límite, a veces no; a veces quien escribe ni siquiera se da cuenta. Pero el contacto se da, invariablemente: la ventana se abre aunque sólo sea por un segundo.
      Podemos, desde luego, tener el deseo de que la escritura no se quede sólo en la introspección o el trabajo solitario: de que se publique y llegue a otro. Podemos tener la idea de que ningún texto termina de existir mientras no es leído, o bien la de que quien practica un oficio como éste (porque la escritura es un oficio; ciertamente no es un pase automático a la divinidad, como parecen creer algunos, ni al poder político) merece una adecuada remuneración por su trabajo, como la reciben los practicantes de otros oficios. Ambas ideas son perfectamente razonables. Pero hay que insistir otra vez: escribir no es lo mismo que publicar (en otras de las notas de esta serie hay varias consideraciones sobre dónde, cómo, qué, de qué manera intentar la publicación) y, para el caso, tampoco es lo mismo que destacarse, que obtener la gloria, que cualquiera de esas recompensas.
      En efecto, como tantas personas intuyen o saben o aceptan rencorosamente, «escribir bien» (sin importar cómo se defina la palabra) no es el único camino para lograr la notoriedad y está lejos de ser el más sencillo o el más rápido. En efecto, puede echarse mano de ventajas heredadas como la riqueza o la belleza física; en efecto puede incurrirse en los pequeños actos de corrupción (de venalidad, de degradación, de alevosía) que son posibles no sólo entre escritores y mexicanos, sino entre personas de cualquier disciplina y de cualquier lugar. Es posible fingir, simular, mentir, asombrar a otros con desplantes y poses. Es posible engañar con actividades aledañas a esa escritura de la que estoy hablando como la farándula, la política, la opinología. Pero nada de eso es escribir. Los legendarios (pero no inexistentes) negros o ghost writers, que redactan los textos que luego firman otros más famosos o más encumbrados, no entran en absoluto en la experiencia que he tratado de describir: ni sus jefes ni ellos mismos pertenecen al terreno de la creación, sino al del poder, que sin duda es fascinante pero también es distinto. Tampoco entran los socialites a quienes de pronto da por sacar libros, ni las celebridades «que todo el mundo conoce» aunque no hayan escrito nunca una página (ni mucho menos una página memorable)…
      En este pobre país en crisis (terminal, ya sin remedio, lo llamó hace poco un colega, Heriberto Yépez) la distinción que mencioné arriba puede parecer inútil: no lo es. Puede que no le importe mucho a algunas personas, pero la supervivencia de la especie, así como de las diferentes culturas que se ha organizado, no se ha debido nunca a la docilidad ni a la ignorancia, a la incapacidad de pensar. Y el proceso de la escritura –que puede ser frío y cerebral, o apasionado, o melancólico, o de todas las otras formas; que puede dejar ver todos los matices e inclinaciones, todos los motivos explícitos y todos los insondables– es una forma de enfrentarnos con nuestro propio pensamiento: de no hacerlo a un lado, de centrarlo al menos por un momento en nuestra propia conciencia. Y esto nos urge.

Más adelante, más sobre estos asuntos. Ahora, sólo porque sí (y para no ilustrar esta nota con libros y plumas de ganso), La isla de los muertos (1880) de Arnold Böcklin:

La isla de los muertos