Aquí continúa con la serie sobre cómo publicar en México (que no es lo mismo que figurar, y cuyas primeras dos partes están aquí y aquí). Habrá otra entrega más, al menos. Entre aquellas notas y ésta, han aparecido textos interesantes sobre el mismo tema en dos blogs amigos: Monorama y Puras letras; se los recomiendo.

Una cuestión que aparece mucho en las discusiones sobre este asunto es la de los géneros literarios. En nuestra época, se piensa que la novela es el «género dominante» (el que más vende, etcétera) y, por lo tanto, muchas veces se llega a la conclusión de que es el que debe escribirse. Que todos los demás son minoritarios y por lo tanto se debe evitarlos, simplemente para evitar frustraciones o incrementar las probabilidades de que el trabajo de uno se publique. Esta nota tiene una sola idea central: no estoy de acuerdo con esa conclusión.

Sí, es verdad que las editoriales más poderosas favorecen la publicación de novelas (y mientras más gordas mejor, aunque sea sólo para poder vender tomos más costosos), y que la mayoría de los quienes compran libros prefiere novelas y no libros de cuentos, poemarios o colecciones de ensayos. Por otra parte, hay varias razones para que quienes no desean ser novelistas (o, de modo menos tajante, no desean dedicarse en exclusiva a escribir novelas) se mantengan en su parecer. He aquí dos:

1. La cosa no es tan simple. La prolongación lógica del argumento mercantil («la novela es lo que vende») no es sólo que todos los que deseamos escribir deberíamos dedicarnos sólo a escribir novelas, sino que toda novela que escribimos debería ser copia de alguna novela que justamente ahora se está vendiendo muy bien, tan semejante como fuera posible a su modelo para minimizar el riesgo de que no guste y publicada tan rápido como fuera posible para reducir, también, la posibilidad de que el modelo pase de moda antes de que podamos aprovecharnos de su éxito. Éste es el modo de pensar de las grandes empresas editoriales en el capitalismo realmente existente: vender mucho con mínimo esfuerzo y mínimas dificultades. No es ilegal tratar de tener éxito de esa manera, y algunas personas incluso lo consiguen.

El problema, desde luego, es que seguir este camino no es una garantía de nada. Las modas pasan, los modelos para copiar se agotan cuando se copian demasiado (¿alguien recuerda las innumerables imitaciones de la serie de Harry Potter que aparecieron en los primeros años de este siglo?) y, a fin de cuentas, alguien tiene que crear los modelos que luego serán imitados: en el medio de los escritores constantemente se buscan (o se ofrecen) fórmulas supuestamente infalibles para crear obras exitosas, pero ninguna, hasta el momento, ha cumplido sus promesas. Incluso en el mundo de los bestsellers, lo más que se puede hacer es escribir tan bien como se pueda, buscar la mejor opción disponible para difundir la obra y esperar que llegue a los lectores y les interese. Y muchas veces no basta darle un aspecto nuevo a una forma o un subgénero preestablecido y hay que buscar formas distintas, nuevos argumentos. Por todo lo anterior, el camino más «transitable» y claro de la novela comercial no sólo es también el más transitado, el más competido, sino también uno en el que se está expuesto a las mismas probabilidades de fracaso en la publicación y de rechazo antes de publicar.

2. Tampoco es ilegal querer escribir algo distinto. Si lleváramos hasta uno de sus límites otro de los argumentos de moda: aquel de que todos deberíamos dedicarnos estrictamente a lo que exige el mercado y no a lo que deseamos para evitar todavía más frustraciones (pues si nos limitamos a responder a la demanda laboral del mercado siempre tendremos trabajo), todos los escritores del mundo salvo los que ya son famosos globalmente y, si acaso, aquellos que provienen de países con las empresas internacionales de medios mejor establecidas (es decir, de Europa y los Estados Unidos) deberíamos dejar de escribir, dedicarnos a algo distinto y consumir lo que ya se produce con tanta eficiencia y se exporta tan bien a todas partes. El mercado global no necesita para nada lo poco que se hace aquí, y suprimir lo que se hace aquí sería menos costoso que mejorar su situación…

Pero yo, por lo menos (no sé ustedes) no tengo intenciones de cambiar de trabajo mientras no nos caiga encima una catástrofe que vuelva imposible, o irrelevante, toda posibilidad de escribir. Y esa catástrofe tendría que ser la extinción de la especie. Que cada quien piense lo que le plazca; yo creo, y defiendo, que la literatura puede verse como un tipo de contenido para vender pero es mucho más que eso: es parte de la memoria de la especie, de lo que nos decimos para entender lo que significa existir en este mundo y saber que cada uno de nosotros, como individuo, estará aquí menos tiempo que los demás (y también ellos, probablemente, desaparecerán algún día, mucho después de que no quede el menor recuerdo de las vidas de cualquiera de quienes estamos vivos hoy). Los escritores son, como he dicho en otras ocasiones, los especialistas que se dedican a esta tarea en nuestra época, y cuando hacen bien su trabajo cumplen esa función precisa e importantísima: nos ayudan a entendernos, dicen lo que necesitamos oír (o incluso lo que no queremos oír), dan forma a nuestras percepciones del mundo y nos revelan todo lo que no habíamos visto en él… A veces, esas revelaciones pueden ocurrir en sitios que no pertenezcan al Primer Mundo. A veces, pueden manifestarse en novelas y a veces no. A veces, serán enormemente populares y a veces no: a veces incluso serán ignoradas, despreciadas, odiadas. Peor todavía, la mayor parte de quienes han intentado expresar algo de todo esto –desde el principio de los tiempos, o al menos desde el principio del lenguaje– han fracasado hasta el punto de que no queda la menor huella de sus esfuerzos. Pero no podemos saber de antemano si esto nos ocurrirá a nosotros. Y la única forma de aumentar nuestras probabilidades de lograr algo con la escritura es… escribir: persistir en la escritura a pesar de los problemas.

Ahora, si me permiten, una anécdota personal: la otra semana, en las entrevistas en que participé como parte de la campaña de promoción de Los esclavos en la ciudad de México, dije en varias ocasiones que había escrito la novela para intentar renovar mi trabajo, ampliar sus horizontes, aventurarme: correr ciertos riesgos que no había corrido nunca. Un periodista me preguntó por qué, si eso era verdad, me pasaba a la novela después de escribir libros de cuentos y de otros géneros que se venden menos. Le respondí (y es verdad) que si tuviera una mentalidad tan pragmática y maquiavélica, no habría escrito lo que escribí sino El código Da Vinci 2, Harry Potter 8 o Crepúsculo 5. La novela puede ser tan difícil de escribir, tan diferente a la hora de leer, tan llena de sorpresas y peligros, en fin, como cualquier otro género literario y yo buscaba esos riesgos –incluyendo el riesgo de que mi proyecto acabara por no ser de «los que venden»– para demostrarme que no estaba estancado, atorado en un solo modo de escribir. (¿Todas las novelas tendrían que ser iguales? En otra nota escribí, y sigo pensando lo mismo, que el cuento –ese género tan menospreciado por algunas personas– puede ser liberador… La novela también puede serlo.)

Luego él me preguntó que, entonces, por qué daba el paso hasta ahora. Yo le respondí que (y esto es la parte importante de la anécdota) cada proyecto literario pide su propia forma. Lo que debe contarse con la brevedad del cuento no puede inflarse para convertirlo en un libro gordo a riesgo de destruirlo, de diluirlo hasta volverlo inexistente, de la misma manera que una verdadera novela (por lo intrincado, lo extenso del mundo que contiene) no puede ser comprimida en pocas páginas. Más aún, hay cosas que no son historias y no pueden convertirse en historias: ese es el territorio de la poesía, del ensayo, de otros géneros que también son parte de lo que debemos decirnos como miembros de la especie. las circunstancias históricas cambian, pero no esta necesidad ni las condiciones difíciles, imprevisibles, en las que buscamos y encontramos lo que vale la pena entre lo que se dice.

Y ahora, si me permiten, esto: releo la nota y veo que parezco un defensor de la frustración, porque escribo en contra de propuestas que tienen como fin «evitarla». Creo que sí lo soy, en cierto modo… Pero la explicación deberá esperar a otro momento.