Hoy, 14 de julio, se cumplen 20 años de la muerte de mi madre, María del Carmen Chimal.

Con mi esposa, Raquel, fui a visitar su tumba, en el Panteón General de la ciudad de Toluca.

Panteon1

Al final no nos llevábamos bien. A su angustia por el cáncer que padecía, y que no había remitido luego de un tratamiento desagradable y prolongado, se agregaban otras, y entre ellas las que le provocaba un hijo voluntarioso, que se rebelaba y que, muy probablemente, la tenía muy decepcionada. No conozco todos los detalles porque es poco lo que se habla en la familia de los dramas y las dificultades de otros tiempos. Mientras otras personas que conozco pueden contar anécdotas numerosas de sus padres y abuelos, y construir a partir de ellas una historia común y un sentido de pertenencia, mi familia es de las que tienen poco pasado. Sé que ella intentaba probarse en la crianza; sé también que tenía, como casi cualquiera, muchas ambiciones que iban a quedar insatisfechas. En cualquier caso peleábamos con frecuencia, y yo me escapaba cada vez que podía. El 13 de julio de 1994 fue día de una de esas salidas. Sin avisar a nadie tomé un autobús a la ciudad de México, me metí en un cine y regresé, deliberadamente, hasta muy tarde. Vi Perros de reserva de Quentin Tarantino, de quien no sabía nada (eran tiempos sin internet). Llegué y, para variar, ella no me estaba esperando para reñirme. Decidí aprovechar, entré sin hacer ruido y me acosté de inmediato. Me despertaron en la madrugada para decirme que fuera a su cuarto, porque estaba muriendo.

(Tal vez soy como el resto de mi familia: como ya escribí de esa muerte en un libro, no lo haré ahora, y también porque recuerdo las veces que he contado los detalles incluso a personas muy queridas. Siempre hay cierta incomodidad a la hora de que intento llegar al final: al momento en que todos, ella incluida, nos dimos cuenta de lo que ya era inminente, inevitable.)

Mi madre fue enterrada en la misma tumba que sus padres –mis abuelos maternos; se decía que ella, Isabel, había sido temible, y que había sido la primera matriarca de la familia de Toluca, un papel que no ha desaparecido hasta hoy– y que dos tíos mayores a los que yo mismo conocí mucho menos. Fue la última: otros miembros de la familia que han muerto después han sido cremados, y están en la vieja casa familiar, a la que yo vuelvo tan poco.

Comienzo

Habían pasado años desde mi última visita a aquella tumba. Muchas cosas quedaron sin decirse entre María del Carmen y yo. Además, ahora pienso que mi deseo era, como antes el de ella, probarme. Demostrarle que la imagen que tenía de mí –y que me describió en términos que no repetiré– estaba equivocada. Y a medida que pasaban los años, y que no todo salía tan bien ni tan rápido como hubiera deseado, sentía menos y menos ganas de volver. ¿Cómo iba a hacerlo, si no podía mostrarle nada que me pareciera un triunfo incuestionable, una victoria que ella no pudiese negar? El error, por supuesto, es que ella no estaba allí, repitiéndome lo que me había dicho antes de su muerte. No creo en una vida después de ésta, pero aun si creyera, tendría que decir lo mismo: ella no estaba aquí abajo, como un fantasma, murmurando en mis oídos. Si algo, está su recuerdo, que unas veces me anima y otras me duele. Está su recuerdo, que es el único modo en el que ella puede perdurar ahora, al menos para mí. Llegar a esta idea simple me costó mucho. Cuando llegué faltaba poco para el aniversario de hoy, en el que no tengo ni más ni menos que ofrecer ni que decir en mi favor que en cualquier otro día. Pero de todos modos decidí que podía poner fin a algo si hacía el viaje: por lo menos, a una parte de la historia, a un capítulo. Si no para alguien más, para mí mismo.

Limpieza

Una vez que la tumba quedó limpia, pusimos flores. Luego Raquel me dejó solo un momento. Dije algunas cosas en voz alta, como para conversar, aunque sé que la conversación era sólo conmigo. Jugué, como cuando se juega a inventar personajes. También recordé algunos momentos buenos y quise imaginar otros, que es el modo más doloroso de imaginar.

Y llegué a la conclusión de que la sensación de anticlímax que sentía era inevitable: ¿qué podía cambiar de golpe en ese momento? Nada, porque mi decisión de ir había sido el cambio verdadero. La idea de aceptar que yo no podía vivir en el pasado, ni en la identidad que mi madre había pensado para mí, y que de hecho llevaba años y años existiendo en algo distinto: en otro lugar y en otra vida. Puedo honrar lo que sucedió, que no se marcha mientras existe la memoria, pero nada más. Y habrá momentos en que esta determinación se debilite y vuelvan las dificultades en el interior, pero al menos ahora, mientras escribo, se prolonga la certidumbre que tuve entonces. Nadie puede pedir más. Y si esto es una idea trillada, una obviedad, es al menos una que descubrí yo mismo.

(No hay que preocuparse demasiado cuando la vida de uno resulta no ser tan original: cada uno de nosotros, aunque sea de modo mezquino o diminuto o encubierto, tiene que vivir la historia entera de la humanidad, desde el comienzo hasta el fin y pasando por todos los descubrimientos y todas las guerras.)

Tumbalimpia

 

Volveré, y sin duda más de una vez. Tengo gente viva y querida en la ciudad, después de todo, y además no sé cuál será, todavía, el final de mi propio trayecto. Pero hoy fui y me marché de manera crucial, definitiva. Hay un espacio en blanco, un punto y aparte en una página, y mañana empieza un párrafo nuevo.

* * *

He aquí otras imágenes que tomé en el panteón.

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