Estos últimos meses he estado traduciendo varios textos para una antología de cuento. Uno de ellos fue «The Albertine Notes» (Las notas de Albertine) del escritor estadounidense Rick Moody. Nacido en 1961, a Moody se le considera un autor privilegiado. Ganador de premios, con varios libros adaptados al cine, está entre los escritores contemporáneos importantes de su país.
      «The Albertine Notes» no es una mala narración, aunque sí muy larga. No: digamos con franqueza que echa demasiado rollo. Sus pasajes de relleno –que pretenden «caracterizar» a los personajes con algunos lugares comunes sobre la familia, la vida urbana, las dificultades económicas en una recesión, etcétera– no se acaban nunca. Retacar así una narración, como para cumplir con la obligación de presentar un mundo «creíble» o «detallado», es un mal hábito de novelista, y de hecho en el siglo XX se habría dicho que las casi cien páginas de «Las notas de Albertine» eran una novela; incluso en éste, en el que ya nos hemos sometido a usar las categorías y tener las costumbres del medio editorial en lengua inglesa, se le podría llamar «novela corta».
      En cualquier caso, la parte más interesante de leer a Moody –para mí al menos, que lo traducía– fue otra: cuánto de su narración se parecía a lo que hay en las narraciones de Philip K. Dick.
      Estadounidense también, Dick (1928-1982) es hoy considerado autor canónico, pero durante su vida fue un escritor marginal, menospreciado por escribir mera «ciencia ficción» y desestimado por la «alta cultura». La película Blade Runner de Ridley Scott (1982) marcó el comienzo de su reconocimiento como una figura clave de la cultura del siglo XX. De no haber existido la película, es probable que Moody, que proviene de una tradición que nada tiene que ver con la ciencia ficción, no se hubiera enterado jamás de la existencia de Dick.
      En cambio, como la historia de la cultura de fines del siglo pasado fue la que fue, al traducir me imaginaba a Moody en la tarea de copiar de forma descarada; incluso, tachando incisos de una lista a medida que escribía. Su historia es la de una realidad alterna (como El hombre en el castillo), apocalíptica (como en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), en la que los seres humanos intentan escapar de una existencia intolerable (Tiempo de Marte) usando una droga (Los tres estigmas de Palmer Eldritch). Sin embargo, los «viajes interiores» (Ubik) que deberían llevar a un mundo idílico («Los días de Perky Pat») hacen todo lo contrario (Una mirada a la oscuridad) y, mientras unos cuantos individuos tiránicos y bestiales (La penúltima verdad) tienen el poder en un mundo degradado (Dr. Bloodmoney), los demás tienen que intentar sobrevivir en el estupor de una realidad que se hace pedazos (En la tierra sombría). La única oportunidad de salvación, a la que el protagonista se sacrifica (Radio Libre Albemuth) tras haberse convertido en una especie de visionario («La fe de nuestros padres»), radica en que la droga permite trascender el tiempo e influir en el futuro («El reporte de la minoría»). El resto es el relleno que ya mencioné: color local del Nueva York en ruinas, pero no muy lejano de la realidad del siglo XXI, donde ocurre la historia.
      Al terminar de traducir me pareció que nadie sería capaz de copiar tan cínicamente.
      Entonces, la pregunta que se me ocurrió fue extraña. ¿Será que Rick Moody no conoce en absoluto la obra de Philip K. Dick, y su novela corta es el producto de una coincidencia monumental? Muchos autores que se consideran dentro del canon no se han enterado de la influencia de Dick y algunos otros autores «populacheros». Luego pensé que otros de esos autores, en vez de estar mal informados, esconden lecturas que les avergüenzan por creer que dañan su prestigio. Luego, pensé que a lo mejor Moody estuvo expuesto a obras dickianas de segunda o tercera mano, desde libros de sus contemporáneos (Mark Danielewski, David Foster Wallace, qué se yo) hasta Matrix
      De haber estado totalmente protegido de Dick, de haber escrito de manera absolutamente espontánea, su historia habría sido fantástica y a la vez un poco trágica (o ridícula). Rick Moody habría sido una especie de Pierre Menard involuntario: inventor absolutamente original, sin influencias, de algo que ya existía y era conocido por todos salvo él y unos cuantos amigos.
      El final de la anécdota es feliz, sin embargo. Me puse a investigar un poco y encontré una entrevista en la que Moody explica que «Las notas de Albertine» son simplemente un «encargo de género» (a genre assignment) y menciona como modelos a J. G. Ballard y al propio Dick. Así que sí había una lista, o algo similar, y también algo de desprecio, y descaro. O algo similar.

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Recomendación: Continuum, novela breve de Édgar Adrián Mora (Ed. Paraíso Perdido, 2015). El libro repasa la vida del gran guionista argentino Héctor G. Oesterheld (1919-?), creador de El eternauta y muchas otras obras cruciales del cómic de su país, y también opositor perseguido de la dictadura militar argentina que subió al poder tras el golpe de estado de 1976. Oesterheld, que ya vivía en la clandestinidad fue capturado y «desaparecido» en 1977 al igual que buena parte de su familia (y, por supuesto, miles más de argentinos opuestos al régimen militar que fueron torturados y asesinados); estos hechos se cuentan en la novela, junto con el resto de la vida de Oesterheld, yendo hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y mezclando los sucesos reales del escritor con intervenciones de sus personajes. Sobre todo, la narración es hondamente sentida: Mora comunica muy bien su propio afecto por Oesterheld y cómo éste se propaga hacia las víctimas de la represión monstruosa de aquel periodo.
 

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