Margarita de Angulema, reina de Navarra (1492-1549), fue una noble francesa pero también una escritora adelantada a su tiempo. Su Heptamerón (1558-59), cuyo título hace homenaje al Decamerón de Giovanni Bocaccio, también imita su estructura, en la que varias «jornadas» (secciones en una historia mayor) contienen varios cuentos cada una. Sin embargo, la propuesta argumental de Margarita es distinta de la de su precursor en el sentido de que las mujeres, y no los hombres, son las protagonistas en los relatos. También conviene observar los finales: en todos hay la sugerencia de una profundidad mayor que la aparente en lo contado. Aquí hay una muestra de tres cuentos del Heptamerón.

Margarita de Angulema, retratada por Jean Clouet

TRES CUENTOS DEL HEPTAMERÓN
Margarita de Angulema

V. De cómo una batelera se libró de dos franciscanos que querían violarla y logró que todo el mundo se enterara

Había una vez en el puerto de Coulon, cerca de Niort, una batelera [piloto de un batel, un tipo barco pequeño] que pasaba día y noche transbordando a la gente. Ocurrió un día que dos franciscanos de Niort cruzaban el río, los dos solos con ella, y como la travesía es una de las más largas de Francia, para matar el aburrimiento comenzaron ambos a enamorarla, aunque ella respondió como debía.
      Pero ellos, como no estaban ni fatigados del camino ni helados de frío con el agua, no quisieron admitir la vergüenza del rechazo de la mujer y decidieron tomarla por la fuerza o, si se negaba, la tirarían al río. Pero como ella tenía más sagacidad y astucia que ellos malicia, les propuso:
      —No soy tan arisca como creéis, pero os ruego me concedáis dos cosas y luego veréis que tengo tantos deseos de obedeceros como vos de rogarme.
      Los dos frailes le juraron por san Francisco que le concederían todo lo que pidiese con tal de conseguir lo que deseaban.
      —Os pido —les dijo ella— que me prometáis que nunca mencionaréis a nadie nuestra aventura amorosa.
      Ellos lo prometieron de buen grado. Y luego ella les dijo:
      —Tomaréis el placer uno tras uno, pues yo me avergonzaría de ver a los dos juntos. Decidid cuál de los dos quiere ser el primero.
      Vieron ellos que el requerimiento era muy justo y el más joven aceptó que el más viejo fuera el primero, y aproximándose a una pequeña isla le dijo ella al de menos edad:
      —Buen padre, quédese aquí diciendo sus oraciones para que yo lleve a vuestro compañero a otra isla, y si al volver tiene palabras de alabanza se quedará aquí y nosotros dos nos iremos juntos.
      El joven saltó a la isla esperando el regreso del otro que se marchó con la batelera a otra isla y al llegar hizo ésta como si atracara su barca y dijo:
      —Amigo mío, ved en qué lugar nos colocaremos.
      El buen padre saltó a la isla para buscar el lugar más a propósito, pero tan pronto le vio ella en tierra, dando un puntapié contra un árbol, se alejó con la barca al interior del río dejando a los dos buenos padres en aquel lugar desierto mientras les gritaba todo lo más fuerte que pudo:
      —Esperad, señores, que os consuele el ángel del Señor, que de mí no vais a obtener hoy nada que os consuele.
      Los dos infelices franciscanos, viéndose engañados, se echaron de rodillas junto al borde del agua rogándole que no les avergonzara y prometiéndole no hacerle nada si se dignaba conducirles al puerto. Pero ella se alejaba más y más diciéndoles:
      —Estaría loca si después de haber escapado de vuestras manos cayera otra vez en ellas.
      Y entrando en la ciudad fue a ver a su marido y a los magistrados para que apresaran a los dos lobos rabiosos de cuyos dientes había escapado por la gracia de Dios, yendo todos en su búsqueda sin que quedase nadie, ni pequeño ni grande, que no quisiese ir a cazarlos. Los pobres frailes, viendo llegar tan gran comitiva, se escondieron cada uno en su isla como lo hiciera Adán cuando se vio desnudo delante de Dios. Llenos de vergüenza por su pecado y ante el temor de ser castigados temblaban como si estuviesen medio muertos. Pero aún así los cogieron prisioneros y los hombres y mujeres se reían y mofaban de ellos. Unos exclamaban:
      —Estos buenos padres nos predican la castidad y después se la arrebatan a nuestras mujeres.
      Otros decían:
      —Son sepulcros blanqueados por fuera pero están podridos por dentro.
      Y otra voz gritó:
      —Por sus frutos sabréis a qué árbol pertenecen.
      Todos los pasajes de la escritura contra los fariseos fueron alegados contra los dos pobres prisioneros y su superior vino a socorrerlos y a liberarlos, asegurando a los de la justicia que serían castigados con más severidad que lo hicieran los seculares y, para satisfacción de todos, aseguró que dirían tantas misas y oraciones como les exigieran. El juez aceptó la solicitud del superior y le entregó los prisioneros, quienes fueron amonestados en la asamblea conventual por el prior, que era hombre justo, a no cruzar más el río sin santiguarse y encomendarse a Dios.

VII. Un comerciante de París logra engañar a la madre de su amante para encubrir su falta

Había un comerciante en la ciudad de París que estaba enamorado de la hija de su vecina o, por mejor decir, él era más amigo de ella que ella de él, porque él pretendía amarla y protegerla para así encubrir otro amor más alto y honorable. Ella lo amaba tanto a pesar de verse engañada que había olvidado lo que todas las mujeres hacen al rechazar a los hombres.
      El comerciante, después de frecuentar los lugares donde solía verla, la hizo ir adonde quería y su madre, que era honrada, se dio cuenta y le prohibió hablar más con él so pena de enviarla a un convento. Pero la joven amaba más y más al comerciante sin temer a su madre y quería estar siempre con él.
      Pero estando ella sola un día en el guardarropas, entró el comerciante; viendo el lugar propicio, se puso a hablar con ella de cosas íntimas, pero viéndole entrar una doncella de cámara, corrió a decírselo a la madre, quien se apresuró a venir muy enfadada. Al oírla venir, la joven le dijo al comerciante:
      —¡Ay de mí, amigo mío!; sí que me va a costar caro el amor que os tengo, pues ahora sabrá mi madre lo que siempre ha temido y sospechado.
      El comerciante no pareció extrañarse y, separándose de ella, se echó en brazos de la madre, la estrechó entre sus brazos con todo el ardor que pudo, como si se tratara de la hija. La besó y la derribó sobre una cama. La pobre vieja, como encontró tan extraño todo que ocurría, no hacía más que repetir:
      —¿Qué es lo que pretendéis? ¿Estáis soñando? —sin que él cesara de acosarla como si se tratara de la joven más bella del mundo.
      Y si no hubiera sido por sus gritos que hicieron venir a los criados y doncellas, le habría ocurrido lo que ella temía de su hija. Rescataron por la fuerza a la pobre vieja de los brazos del comerciante sin que nunca se haya sabido por qué la había atormentado así.
      Entretanto la hija pudo escaparse a la casa de al lado donde se celebraba una boda, y a partir de entonces el comerciante y la hija se rieron a cuenta de la pobre vieja sin que ésta cayera en la cuenta.

IX. La muerte piadosa de un caballero enamorado a quien llegó tardíamente el consuelo de aquella a quien amaba

Érase una vez un hidalgo de buen parecer que vivía entre el Delfinado y la Provenza, y era más rico en virtudes y honestidad que en otros bienes, el cual amaba muchísimo a una doncella, cuyo nombre no revelo por consideración a sus padres que vienen de importantes familias bien conocidas y os aseguro que mi historia es verídica, pero como su familia no era del mismo rango que la de ella, él no se atrevía a expresar su amor que era tan grande y perfecto que hubiera preferido morir antes de tildar en lo más mínimo su honor.
      Por lo que viéndose muy por debajo de ella y sin esperanza de casarse con ella, sólo pretendía amarla con toda su alma lo más perfectamente posible, lo que hizo durante mucho tiempo hasta que ella se percató; ésta, viendo la virtud y honestidad del caballero, se sintió afortunada de verse amada por tan virtuosa persona por lo que él se sintió contento sin esperar nada más. Pero la envidia, enemiga de toda tranquilidad, no pudo tolerar esta honesta felicidad, y no faltaron quienes fueron a decir a la madre de la joven que les extrañaba ver al hidalgo pasar tantas horas en su casa hablando con ella, sospechando que el motivo no era otro que le atraía la belleza de su hija.
      La madre, que no dudaba de la honestidad del caballero en quien confiaba más que en cualquiera de sus hijos, se sintió molesta al ver que le ponían en tal aprieto, aunque finalmente, temiendo que se produjera un escándalo a causa de las habladurías, le rogó que dejara de frecuentar la casa durante algún tiempo, lo cual le pareció duro de soportar sabiendo que sus honestas intenciones respecto a su hija no merecía tal alejamiento. Sin embargo, para acallar las malas lenguas se mantuvo alejado de la casa hasta que cesó el rumor, volviendo entonces como de costumbre sin que hubiera mermado su buena voluntad.
      Pero un día, estando en la casa, oyó que hablaban de casar a la doncella con un hidalgo que no le pareció ser tan rico que tuviera más méritos que él para aspirar al amor de la doncella. Pronto tomó ánimo e hizo que sus amigos hablaran a su favor pensando que si dejaban a la muchacha elegir ella lo preferiría a él. Sin embargo, la madre y los parientes de la muchacha escogieron al otro porque era mucho más rico, por lo que el hidalgo se disgustó de tal forma, sabiendo que su amiga lo sentía tanto como él, que poco a poco y sin otra enfermedad comenzó a desmejorar, cambiando de tal manera que parecía que la máscara de la muerte había cubierto la hermosura de su rostro, acercándose de hora en hora con alegría.
      Es verdad que alguna vez no pudo contenerse y fue a hablar con la que tanto amaba, pero finalmente, al faltarle las fuerzas, se vio obligado a guardar cama, aunque trató de evitar que se enterara su amiga para no causarle pesar. Y dejándose por la desesperanza y la tristeza, perdió las ganas de beber y comer, de dormir y de reposar, de modo que era casi imposible reconocerlo, dada su delgadez y el demacrado color de su rostro. Alguien se lo comunicó a la madre de su amiga, que era muy caritativa y apreciaba al hidalgo, pues si hubiera sido por ella y por su hijo hubieran preferido la honestidad del caballero a todas las riquezas del otro, aunque los parientes del padre nunca lo aceptaran.
      Así que, en compañía de su hija, fue a visitar al hidalgo a quien encontraron más muerto que vivo, pues al aproximarse el fin de sus días se había confesado y recibido los santos sacramentos pensando morir sin ver a nadie. Pero aun estando a dos dedos de la muerte, al ver entrar a quien era su vida y resurrección se sintió tan fortalecido. Se incorporó de un salto en la cama y dijo a la dama:
      —¿Por qué motivo venís a visitar a quien ya tiene un pie en la fosa y de cuya muerte sois vos la causa?
      —¡Cómo es posible —dijo la dama— que aquél a quien amamos acepte la muerte por nuestra culpa! Decidme, por favor, qué razones tenéis para expresaros así.
      —Señora —contestó él—, he disimulado todo lo posible mi amor por vuestra hija y mis padres, al hablar de nuestro matrimonio, lo hicieron contra mi voluntad dada la desgracia que me ha sobrevenido al perder toda la esperanza de no poder conseguirlo. Pero estoy seguro de que nadie la amaría más que yo. El bien que ahora pierde del mejor amante que ha tenido en el mundo me produce más dolor que la pérdida de mi propia vida, que la conservaría tan sólo por ella, pero como no serviría de nada no temo perderla.
      Cuando madre e hija le oyeron hablar así trataron de consolarle y aquélla dijo:
      —Animaos, amigo, pues os prometo que si Dios os da salud, vos seréis el marido de mi hija y no otro, y delante de ella aquí presente, le ordeno que así os lo prometa.
      La hija, llorando, se esforzó en confirmar lo que decía su madre, pero él, sabiendo que si recobraba la salud no tendría ya su cariño, y que las buenas palabras no tenían otro fin que hacerle recobrar la vida, les contestó que si hubiera oído esto hacía tres meses, habría sido el caballero más sano y feliz de Francia, pero que ya no podía ni creerlo ni esperarlo. Pero viendo su insistencia en hacérselo creer les dijo:
      —Pues bien, como veo que me prometéis la felicidad que nunca pudo llegar, por mucho que vos lo deseéis, dada la debilidad que tengo, sí en cambio os ruego un pequeño favor que no me hubiera atrevido antes a hacerlo.
      Al instante le prometieron ambas que harían lo que tanto demandaba:
      —Os suplico —dijo él— que me entreguéis a la que me prometisteis por mujer y le mandéis que me abrace y me bese.
      La hija, que no estaba acostumbrada a tales intimidades, se oponía, pero su madre se lo ordenó seriamente, viendo que se trataba de un hombre sin las fuerzas de un hombre sano. La hija entonces, obedeciendo, se acercó al lecho del pobre enfermo y le dijo:
      —Amigo mío, os lo ruego, alegraos.
      El pobre desgraciado, con la poca fuerza que le quedaba y extendiendo los brazos descarnados y descoloridos, abrazó a la que era la causa de su muerte y la besaba con su boca pálida y fría, y reteniéndola todo el tiempo que le fue posible le decía:
      —El amor que os tengo es tan grande y honesto que no hubiera deseado otra cosa fuera del matrimonio que lo que ahora tengo, y ahora que lo poseo daría gustoso mi alma a Dios, que es el amor y la caridad perfectos y que conoce la magnitud de mi amor y la pureza de mis deseos, suplicándole reciba mi espíritu entre los suyos teniendo a mi amor entre los brazos.
      Y diciendo esto la volvió a abrazar con tal vehemencia que su corazón debilitado no pudo soportar el esfuerzo y desfalleció; la alegría le regocijó de tal forma que su espíritu abandonó su cuerpo y voló a su creador. Y aunque su cuerpo estuviese ya sin vida y sin poder retener más a su presa, el amor que la joven había mantenido oculto se reveló tan fuertemente que ni la madre ni los servidores del difunto podían separarlos y tuvieron que recurrir a la viva fuerza para liberar a la viva, peor que muerta, de los brazos del fallecido a quien hicieron enterrar con todo honor. Durante las exequias las lágrimas de la pobre joven eran tan grandes, con lloros y gemidos, tanto mayores cuanto más los había disimulado durante la vida como queriendo corregir el error que había cometido. Y de allí en adelante -según he oído decir- ningún marido que se haya ofrecido a consolarla ha logrado encontrar eco en su corazón.