A un año de su muerte, que tanto conmocionó a quienes lo conocíamos en persona o a través de sus libros, un cuento de Ignacio Padilla (1968-2016), narrador mexicano, miembro del famoso grupo del Crack, cervantista y gran practicante de la narrativa breve.
      La palabra trampantojo significa ilusión óptica: esta es una narración policiaca de forma extraña, engañosa, en la que la investigación de un caso cerrado revela, tal vez, otros crímenes.
      El cuento proviene del libro Los reflejos y la escarcha (2012) y fue publicado primero en la Revista de la Universidad.

TRAMPANTOJO
Ignacio Padilla

No confío en el tal Pankovsky. Supongo que estamos a mano: él tampoco confía en mí. Ese tipo va diciendo por ahí que le asusta mi estilo. Francamente, me da igual. Nunca pretendí tener estilo.Como sea, nada lograré con desconfiar de él. Tampoco lograré gran cosa con decírselo al teniente Buonano: de cualquier modo ese Pankovsky seguirá a mi lado hasta que sea demasiado tarde. Quiero decir: demasiado tarde para él. Debo asumir que el teniente Buonano no hará nada al respecto: dice que, de cualquier modo, yo no confío en nadie ni lograré que nunca nadie confíe en mí. Dice también que Pankovsky es demasiado joven para entender mi estilo, o para el caso, el estilo de cualquiera de los veteranos. La verdad, a mí me parece que, aunque fuera un octogenario, Pankovsky no entendería una mierda. Hay gente así en todos los oficios. El problema es que en este oficio particular los Pankovsky del mundo rara vez llegan a viejos: su candor los entumece, las manos les sudan, titubean a la hora de disparar. Y todo eso acaba por matarlos. Luego, encima, le piden a uno que se haga cargo de los funerales. Hay que armar un papeleo de mil diablos y enfrentar el dolor de una madre que rara vez es bella o tolerante. Ésas son las peores: nos miran a los veteranos como si tuviéramos la culpa de la muerte de sus pimpollos, nos reclaman no haber sabido proteger al fruto de sus entrañas, nos aborrecen como si hubiésemos conducido a la muerte a aquel muchacho, ay, dicen, tan bueno que era, y que tenía tanto futuro. Entiéndanlo de una vez, señoras: hombres como sus Pankovsky no tienen futuro en este oficio, no pueden tenerlo.
      Algo me consuela saber que el recelo de Pankovsky apenas puede dañarme. Su desconfianza me atormenta menos que la desconfianza que yo estoy obligado a mostrarle. El otro día el teniente Buonano me salió con el cuento ése de que sesupone que un colega está ahí para cuidarte las espaldas. Cierto, le dije, se supone que así es, pero vamos, teniente, si le confiara mis espaldas a Pankovsky tampoco yo tendría futuro, ¿o sí? El teniente Buonano tendría que ver ahora mismo a su querido Pankovsky. Si estuviera aquí podría ver cómo le sudan las manos al muchacho. Sí, apostaría que le sudan las manos como a un condenado a muerte. Eso me enfada, desde luego, siempre me ha enfadado. Profundamente. Camino acá Pankovsky me ha preguntado qué se nos ha perdido en el domicilio particular de un Juez de Distrito. No he querido responderle. Luego el muy bestia inquirió si no tendríamos que contar con una orden de registro para ingresar en el departamento. Le he dicho que no suelo responder a preguntas zafias. Si acaso, habría debido responderle con otra pregunta, tendría que haberle preguntado: Dígame,Pankovsky, ¿con qué cargos podríamos haber solicitado una orden de registro para entrar legalmente en casa de un Juez de Distrito? No pregunté eso, preferí decirle: ¿Quién cree usted, Pankovsky, que emite las órdenes de registro? Pankovsky se lo pensó. No le di tiempo para responderme: Pues los Jueces de Distrito, sentencié. Ni más ni menos, muchacho.
      Llegados acá, las cosas no han mejorado. A Pankovsky todavía le sudan las manos. Parece que le roba el alma la facilidad con la que hemos forzado los cerrojos del departamento del Juez de Distrito. Desde su puesto de observación junto a la puerta, Pankovsky mira la cerradura como si fuera un animal ponzoñoso. En algún momento me propuso cerrar el departamento mientras buscábamos lo que sea que hemos venido a buscar. No sea imbécil, le he dicho. Vigile usted, Pankovsky, y déjeme hacer mi trabajo.
      El departamento se encuentra en el cuarto piso de un lujoso edificio en el centro de la ciudad. Es un edificio antiguo, seguramente construido a la vuelta del siglo. Tiene un frente de cantera amarilla similar a la del Palacio de la Asamblea. No bien entramos en el edificio, Pankovsky se dirigió apresuradamente al ascensor. Lo detuve y le informé que antes que cualquier cosa vamos a saludar al portero. ¿Cómo? ¿Al portero?, inquirió asombrado Pankovsky, y agregó que, si lo saludábamos, el portero le avisaría al juez que habíamos venido a inspeccionar su departamento. De eso se trata, Pankovsky, le dije. Pero, señor, insistió él, el Juez de Distrito nos denunciará por allanamiento de morada. No, le dije, si tenemos suerte, el juez hará cualquier cosa menos denunciarnos por allanamiento de su puta madre. Esto dicho saludé al portero con familiaridad. Pankovsky calló, sudó y obedeció. Volvimos al ascensor.
      El departamento es amplio, ofensivamente amplio. Me sorprende no hallarlo tan ordenado como esperaba. Algo aquí no encaja con la imagen que me he ido haciendo de su dueño a lo largo de las últimas semanas. Quizás el Juez de Distrito se ha vuelto descuidado. Me consuela ver su dejadez como señal de que mis sospechas no son del todo infundadas. Desde los ventanales se ve la ciudad, el boulevard de las jacarandas, el borde del Canal Mayor, las esclusas. En el estudio hay un imponente escritorio de caoba. Dos libreros abarrotados. Sillones de piel. Me acerco a uno de los libreros, leo los títulos mientras Pankovsky sigue sudando como un condenado en la puerta principal, y observando la cerradura como si se tratara de un escorpión. Reconozco obras de Foucault y de Beccaria, un ejemplar raído de El extranjero, una edición francesa de El conde de Montecristo. No está mal para un simple Juez de Distrito. Me acerco al escritorio, que está sucio, quiero decir, no lo han sacudido en varios días. Sobre el escritorio descansa un lujoso juego de plumas, un abrecartas dorado, papelería fina que contrasta con un vulgar cuadernillo de hojas desprendibles en las que puede verse el sello de agua de una tienda departamental. Las hojas finas están intactas. Las del cuadernillo, en cambio, están salpicadas de notas. En una de ellas se lee: Confrontar Expediente de C, y después una frase escrita y tachada luego con bolígrafo azul. De la frase suprimida sólo se distingue con claridad la palabra decano y después otra que podría ser discípulo o escrúpulo. En la última hoja hay varios círculos que recuerdan los ejercicios caligráficos de un niño pequeño y otras figuras dispersas que sugieren una meditación entre apresurada e iracunda.
      Abro el cajón superior del escritorio. ¿Encontró algo?, clama de pronto una voz desde la puerta del departamento. Mierda, es Pankovsky. Lo había olvidado por completo. Parece que el cretino se ha relajado, sólo falta que ahora se ponga a silbar. Intento ignorarlo, vuelvo a mi búsqueda. En el cajón hay algunos recortes de periódico, nada que pueda servirme, y una lata de tabaco y un tubo con aspirinas. ¿Tardará mucho, señor?, insiste el mentecato de Pankovsky. Abro el cajón inferior. Bajo un par de carpetas reconozco los bordes de una pequeña caja de cartón marcada con el sello de la Penitenciaría Estatal. No necesito leer la etiqueta en la tapa para saber cómo llegó hasta allí ni qué contiene: yo mismo se la entregué hace unos días al Juez de Distrito. Ya sé que de eso suelen encargarse los custodios del presidio. Pero el teniente Buonano me debe un par de favores y no ha tenido más remedio que autorizarme a entregar la caja al Juez de Distrito en persona. Nadie mejor que el teniente Buonano puede entender mis razones: me conoce desde la academia y sabe cuánto necesitaba yo verle la cara al juez, por qué necesitaba enfrentarlo, descifrar sus facciones después de tantos días de escrutarlas sólo en fotografías, una sola vez en televisión. De cualquier modo el teniente Buonano procuró disuadirme con la escasa convicción de quien sólo hace su trabajo o procura defender su puesto de las obsesiones y fantasmas de sus subordinados. ¿Por qué no lo deja ya?, me preguntó el teniente aquella tarde en su oficina. El caso está cerrado, añadió. Me encogí de hombros. Cierto, el caso estaba oficialmente cerrado, pero a mí todavía me quedaba algo por hacer. No tenga apuro, teniente, le dije, es sólo que necesito entender algunas cosas. El teniente Buonano me entregó de mala gana la autorización para obtener la caja de cartón. ¿Entender?, bufó. Vaya, pues, dijo. Sólo recuerde que se trata de un Juez de Distrito. Lo sé, teniente, respondí. Un Juez de Distrito, vaya cosa.
      La caja de cartón está intacta. Tiene todavía la cinta con que la cerraron los custodios de la penitenciaria después de inventariar su contenido. Probablemente el Juez de Distrito la metió en la gaveta de su escritorio sin siquiera mirarla, como si guardarla fuese un modo de olvidar lo que guardaba. Supongo que en cualquier otro caso aquel acto de rechazo o postergación habría tenido que sorprenderme. No esta vez: desde el día en que le entregué la caja, intuí que el juez no iba a abrirla. No es el tipo de hombre que se entregue sin más a las tentaciones de la nostalgia, menos aún a la culpa. Su estirpe es otra. Éste es un hombre cerebral, hermético como la caja misma. Nadie que mire y se vista de ese modo querría ahogarse en la congoja del pasado. Nadie capaz de anudarse de ese modo la corbata estaría dispuesto a vulnerarse ni a mezclarse con la ordinaria hueste de padres, esposas o hermanos que abren enseguida las cajas del presidio y extraen llorosos los objetos que antes pertenecieron a sus muertos de ahora: el reloj sin batería, la cartera con billetes que podrían haber salido ya de circulación, el recibo de un boleto de viaje redondo cuya vuelta jamás fue utilizada, las cerillas del motel donde se perpetró el crimen. No es muy distinto el contenido de la caja que tengo frente a mí. Podría enunciarlo ahora mismo. Lo recuerdo tan claramente como recuerdo el rostro del Juez de Distrito cuando se la entregué. Pensé que me despediría con gesto displicente. No fue así. Iba a pedirle al juez que firmase el recibo por la caja cuando me atajó: Usted no viene del presidio, dijo. Asentí, no hacía falta más. Acto seguido el Juez de Distrito me preguntó por qué me habían enviado a mí a entregarle las cosas que pertenecieran a su hermano. Pedí que me dejaran hacerlo, respondí. Conocí bien a su hermano, señoría, estuve a cargo de la investigación de su caso, dije. Esta vez fue él quien asintió. Al cabo de un breve silencio me dijo sin mucha convicción: No entiendo por qué insisten ustedes en investigar el caso de mi hermano, él lo confesó todo desde un principio, dijo. Le expliqué que era precisamente eso lo que me inquietaba: el caso había sido tan sencillo que no podía ser cierto. En varias ocasiones, le dije, pude hablar con el recluso y estaba convencido de que había pagado las faltas de otra persona. Con todo respeto, señoría, un hombre como su hermano era incapaz de cometer un crimen. No le recordé que aquel pobre se había entregado sin dudarlo a la justicia y había confesado los detalles de su crimen con una precisión que desentonaba con su natural taimado y elusivo. En mi vida he visto muchos asesinos, señoría, y su hermano no era uno de ellos, le dije al Juez de Distrito. No podía serlo, señoría. Añadí a esto que el suicidio de su hermano en la cárcel me parecía menos una revelación de su aptitud para la violencia que la confirmación de su incapacidad para arrancar otra vida que no fuera la suya. El juez no parecía demasiado preocupado por lo que estaba escuchando. ¿Qué más da?, suspiró al fin. En ese momento me habría gustado decirle muchas cosas al Juez de Distrito, pero me limité a preguntarle si sabía que su hermano padecía una enfermedad terminal cuando lo encarcelaron, por lo que de cualquier modo habría muerto al cabo de unos meses en prisión. El Juez de Distrito respondió que lo sabía. ¿Y lo sabía su hermano?, pregunté. Sí, dijo él extendiéndome la mano, también él lo sabía. Eso fue todo.
      Desde entonces no he dejado de sentir la mano helada del Juez de Distrito al estrechar la mía. No he dejado de ver sus ojos, tan fríos como su mano. He revisado hasta el cansancio el expediente de su hermano, he estudiado las fotografías del cadáver, su mirada de último momento, no endurecida por el odio sino suavizada por una suerte de beatitud por el deber cumplido. Por más que lo intento no consigo imaginar a ese desgraciado cometiendo el crimen que él mismo describió con inadmisible lujo de detalles al entregarse. Contra los hechos y las palabras, sólo puedo ver a ese pobre diablo sometido, sujeto a la voluntad y al destino de otros. Así como hay Pankovskys destinados al fracaso, hay otros a quienes la vida sólo deja el talento para ser víctimas o sucedáneos, hombres cuya voluntad sólo puede manifestarse en el propio sacrificio en aras de alguien más. A éste no lo veo dispuesto ni capaz de meterse en un confesionario y disparar a sangre fría sobre el cuerpo indefenso de un anciano sacerdote, como dijo que había hecho. No lo concibo caminando tan tranquilo por la calle para entregarse a la policía. No puedo. Este crimen sólo pudo perpetrarlo una estatua de hielo, alguien con manos y mirada de hielo. Por eso insistí en ver al Juez de Distrito aquella tarde. Por eso estreché aquel día su mano, y por eso estoy aquí ahora.
      Aparto la caja y busco a Pankovsky, o mejor dicho, el reflejo de Pankovsky en el espejo del ropero. Se ha sentado en un sillón, cabecea. Cierro de golpe los cajones del escritorio. Pankovsky se sobresalta, pasea la mirada entre la puerta y el estudio. ¿Encontró la prueba, señor?, me pregunta al fin. No diré nada, no vale la pena. ¿Cómo explicarle que en este oficio a veces no se buscan sólo pruebas para incriminar o capturar o exonerar? Cuando un caso se ha cerrado, algunos permanecemos condenados a seguir buscando aunque no quede más que hacer. Ésa es nuestra maldición: necesitar antes una señal que una prueba, buscar un signo que nos permita entender por qué se ha cometido un crimen, y por qué unos han pagado gustosos por el crimen de otros. ¿Cómo decirle a alguien como Pankovsky que si no hallamos esa señal se nos envenena la existencia? Ahora estoy a punto de darme por vencido. Sé que estoy cerca de lo que he buscado en estos días, pero no lo alcanzo. Veo venir la resignación, y le temo. Un poco más, me digo. Entonces lo encuentro: al alzar la vista ha llamado mi atención que no haya cuadros en las paredes. Sólo hay uno, muy pequeño, en el pasillo que une el estudio con el recibidor. Más que un cuadro, es la hoja enmarcada de un anuario donde se ve un grupo de muchachos en una escena escolar. Los muchachos sonríen cobijados por un joven sacerdote. Entre los muchachos reconozco a uno cuyos rasgos me resultan familiares, pero no sabría decir si se trata del Juez de Distrito o de su hermano. Ya está, le grito entonces a Pankovsky. Vámonos.
      Bajamos. El portero nos despide con una inclinación de cabeza. Pankovsky todavía le rehúye la mirada. Cruzamos la plaza y tomamos el boulevard de las jacarandas. Damos vuelta sin motivo en una calle muy estrecha que seguramente nos conducirá a algún cafetín mal iluminado. ¿Qué fue lo que encontró, señor?, me pregunta nuevamente Pankovsky. Lo que buscaba, respondo. Pankovsky titubea. Siento un poco de lástima por él, un lío de lástima y desprecio. No sé cuál de esos dos sentimientos me lleva a decirle: Evidentemente, Pankovsky, por si le interesa saberlo, el Juez de Distrito mató a ese cura hijueputa. Pankovsky se sorprende, palidece, me pregunta cómo lo sé. Le respondo que lo sé porque yo también estudié en un colegio de curas, nada más. ¿Y ahora qué hacemos, señor?, me pregunta Pankovsky debatiéndose contra su propia resignación. Nada, respondo, no haremos absolutamente nada, se ha hecho justicia y ya está. Luego, sin más, nos adentramos en la calle, y siento que de pronto yo también me adentro en los oscuros pasillos del colegio de mi infancia, atemorizado, convocado sin razón aparente a la prefectura, cuando también a mí me sudaban las manos pero era todavía demasiado ingenuo y estaba demasiado solo como para disparar a tiempo y fraguarme algún futuro.