El 4 de julio se suicidó Thomas M. Disch, uno de los más interesantes escritores estadounidenses. Fue narrador, poeta y crítico literario y tiene la distinción de haber sido favorito tanto de Stephen King como de Harold Bloom (en cuyo Canon occidental figura En alas de la canción, una de sus mejores novelas). En sus últimos años, según declaraba, sus editores le habían rechazado numerosos proyectos y su situación se volvía cada vez más precaria, lo que agravaba una depresión que padecía desde la muerte de su pareja de treinta años, el poeta Charles Naylor, en 2004.

Al parecer era demasiado brillante, demasiado polémico, demasiado acerbo para ser acogido sin reservas en un medio como el que había elegido…, y tal vez sus elecciones lo perjudicaron: en los años sesenta, Disch emigró de su natal Iowa a Nueva York y, para no competir con los escritores de literatura «general» que se disputaban las revistas «serias» en la ciudad, optó por unirse al movimiento de la «Nueva ola», que intentó revitalizar la ciencia ficción anglosajona en los años sesenta y demostrar que podía ser una literatura adulta y seria; los resultados los conocemos. A la vez, aunque «salió del closet» desde 1968, siempre negó ser un autor de literatura gay y apenas se refirió a la cuestión en su trabajo. De esta manera se volvió blanco de dos clases distintas de prejuicios.

En cualquier caso, sus novelas son grandes en el subgénero en el que fueron publicadas y también fuera de él. Campo de concentración (1968), 334 (1972), En alas de la canción (1979) y El ejecutivo (1984), por mencionar cuatro de las más importantes, son trabajos de excelente hechura, de excelente oficio literario, y además repletos de personajes entrañables, en los que nunca se disfraza el dolor ni la tristeza de la condición humana. Su lectura no es para quienes buscan escapismo, entretenimiento inocuo y sin consecuencias. Recordando algo que escribí hace poco, deseo sinceramente que su destino no sea el olvido, que también está reservado, a veces, a lo demasiado extraño (lo dijo el mismísimo Samuel Johnson: «nada extraño perdura»…, aunque lo dijo, claro, de Tristram Shandy).

Apenas puede encontrarse nada de su trabajo en la red (y ni hablar de traducciones); mientras veo si esto puede remediarse, dejo un enlace a «Understanding Human Behaviour» («Para entender el comportamiento humano»), un cuento suyo, muy celebrado, de 1981.