Monstruos

Ayer, primero de enero de 2018, se cumplieron 200 años de la publicación de Frankenstein de Mary Shelley. La novela –cuyo subtítulo no siempre se recuerda y es bello y durísimo, irónico: El moderno Prometeo— es desde luego una de las más influyentes de la historia humana y sigue con nosotros hasta hoy no sólo en sus muchas ediciones, traducciones y adaptaciones, sino también en obras que reciben su influencia, así como en grandes porciones del arte y el pensamiento contemporáneos.

Pensando en ella, me encontré con un breve ensayo del narrador británico China Miéville: “Theses on Monsters”, que recuerda muchas otras reflexiones acerca de los monstruos en la cultura, pero que me pareció interesante para comenzar el año. Como en muchos otros lugares, en este país es frecuente escuchar el lugar común de que ninguna historia de miedo puede “superar” los horrores de la vida real; la frase no es más que un gracejo, una salida ingeniosa que permite a quien la dice dar una impresión de respetabilidad (y de profundo desprecio por la literatura), pero nunca está de más criticarla y Miéville lo hace de forma sorprendentemente profunda en su texto, que es muy breve y traduje por puro gusto. Aquí está.

Tesis sobre los monstruos

China Miéville

1. La historia de todas las sociedades existentes hasta hoy es la historia de los monstruos. El homo sapiens es un engendrador de monstruos como sueños de la razón. No son patologías sino síntomas, diagnósticos, glorias, juegos y terrores.

2. Insistir en que un elemento de lo fantástico es condición sine qua non de la monstruosidad no es sólo un deseo nerd (aunque sí sea eso en parte). Los monstruos deben ser formas-criaturas y corpúsculos de lo inefable, lo malo numinoso. Un monstruo es lo sublime somatizado, emisario de un pléroma amenazante. El fin último de la esencia monstruosa es la divinidad.

3. Hay una tendencia compensatoria en el corpus monstruoso. Es evidente en la orden de “Pokémon” de ‘atraparlos a todos’, en las taxonomías exhaustivas del “Manual de los monstruos”, en las tomas fetichistas de los monstruos de Hollywood. Una cosa que evade tanto las categorías provoca y se rinde a un deseo voraz de especificidad, de una enumeración de su cuerpo imposible, de una genealogía, de una ilustración. El fin último de la esencia monstruosa es el espécimen.

4. Los fantasmas no son monstruos.

5. Se ha señalado, regular e incesantemente, que la palabra monstruo comparte raíces con “monstrum”, “monstrare”, “monere”: “aquello que enseña”, “mostrar”, “advertir”. Esto es verdad pero ya no sirve de nada, si es que alguna vez sirvió.

6. Las épocas vomitan los monstruos que les hacen falta. La Historia puede ser escrita sobre los monstruos, y en los monstruos. Experimentamos las conjunciones de ciertos hombres lobos y el feudalismo mordido por diversas crisis, de Cthulhu y la modernidad que se rompe, de las cosas fabricadas por Frankenstein y Moreau y una Ilustración variadamente atormentada, de los vampiros y (tediosamente) todo, de zombis y momias y extraterrestres y golems/robots/construcciones de relojería y sus propias ansiedades. También pasamos por los traslados interminables de semejantes gérmenes y antígenos monstruosos a nuevas heridas. Todos nuestros momentos son momentos monstruosos.

7. Los monstruos exigen decodificación, pero para merecer su propia monstruosidad, evitan la rendición final a esa exigencia. Los monstruos significan algo, y/pero significan todo, y/pero son ellos mismos, e irreductibles. Son demasiado concretamente dentados, colmilludos, escamosos, capaces de respirar fuego, por un lado, y por el otro demasiado abiertos, polisémicos, fecundos, reacios a todo cierre como para solamente significar, y no digamos para significar una sola cosa.
      Cualquier espíritu chocarrero que pueda ser totalmente analizado no fue jamás un monstruo, sino un villano de “Scooby-Doo” con máscara de hule, una banalidad semiótica con un disfraz fatuo. Una solución sin un problema.

8. Nuestra simpatía por el monstruo es famosa. Lloramos por King Kong y el Monstruo de la Laguna Negra sin importar lo que hayan hecho. Somos partidarios de Lucifer y padecemos por Grendel.
      La huella de una impresión escéptica: que el orden impuesto es un deseo incumplido, está detrás de nuestras lágrimas por sus antagonistas, nuestra empatía perturbada por el invasor del salón de Hrothgar.

9. Semejante simpatía por el monstruo es un factor conocido, un problema pequeño, una complicación menor para quienes, en una reacción habitual y sosa, lanzan acusaciones de monstruosidad contra enemigos sociales designados.

10. Cuando esos mismos poderes que llaman monstruos a sus chivos expiatorios llegan a cierto punto, a una masa crítica, de rabia política, súbitamente y con un pavoneo agresivo se convierten ellos mismos en monstruos. Las tropas de choque de la reacción abrazan su propia monstruosidad supuesta. (De este proceso surgió, por ejemplo, el plan Werwolf del régimen nazi.) Y esos son, por mucho, peores que cualquier monstruo porque, a pesar de todo lo que presuman, no son monstruos. Son más banales y más malignos.

11. El cliché de que ‘Hemos visto a los monstruos de verdad y somos nosotros’ no es revelatorio, ni ingenioso, ni interesante, ni cierto. Es una traición de lo monstruoso, y de la humanidad.

(Hace tiempo me tocó debatir en línea sobre todo este asunto; fue poco después de haber escuchado una discusión muy incómoda en vivo…, que es una historia para otro momento. Pero Miéville dice varias cosas que yo hubiera querido decir más claramente cuando fue mi turno de hablar.

Sólo agregaría que los monstruos, y en especial los que son como la criatura de Frankenstein, no necesitan que les deseemos larga vida ni en sus grandes aniversarios. Porque no mueren.)

Frankenstein por Bernie Wrightson (1948-2017; fuente)

Últimos cortes de 2017

Notas surtidas para redondear este año, que fue nefasto de muchas maneras pero que tuvo –al menos para mí– un poco más de vida que 2016.

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Me enteré tarde de un par de mensajes donde se me pedía hacer mi lista de los mejores libros del año. Es un ejercicio incómodo: por un lado es muy halagador, porque da a pensar que la opinión de uno tiene valor, y por el otro obliga a dudar. ¿Cómo se puede pretender –saber siquiera– que real e indudablemente se ha leído “lo mejor”? Es un problema que tienen hasta los críticos más reputados, y yo ni siquiera soy crítico.

Una tercera invitación,  que sí pude aceptar, fue para esta encuesta de la revista Nexos, en la que los libros ganadores lo fueron por mayoría de votos, así que mis preferencias no se ven (y probablemente así sea mejor). Sí puedo decir, por otro lado, que los libros que propuse fueron escritos exclusivamente por mujeres. No fue difícil hacer la selección. Había mucha neblina o humo o no sé qué de Cristina Rivera Garza; Temporada de huracanes de Fernanda Melchor; Orfeo de Martha Riva Palacio Obón y bastantes más libros estupendos, y aparecidos en 2017, estaban en la lista. (Casi con seguridad habría estado también un libro que apareció en 2017 pero no he conseguido todavía: The Mountain With Teeth: historias de piedra de Alejandra Gámez.)

Desde luego, lectoras, activistas y escritoras no necesitan que ningún hombre se sume a las muchas iniciativas que ellas mismas están haciendo ya para reclamar más visibilidad y justicia para las mujeres en un mundo con enorme desigualdad y, concretamente, en un país en el que miles de mujeres son muertas cada año sin que sus asesinos sean castigados. Pero no sólo es necesario contribuir a compensar la desigualdad, y hacerlo no disminuye el mérito de los libros no escritos por mujeres: además, en mi caso el acto es (por supuesto) ajeno a cualquier identificación tribal, y en el futuro que viene nos van a hacer mucha falta muchos actos así: más formas de encontrar puntos de contacto con otros seres humanos que no estén ya en nuestras burbujas informativas. Los medios no estarán de nuestra parte. 

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Hablando de medios, hace un año terminé las publicaciones de 2016 con un artículo en Medium, que titulé “El año nefasto”. Fue la última vez que me asomé a aquella plataforma: durante 2017 (pienso) se ha vuelto mucho más visible la forma en que nuestra publicación incesante en redes sociales es trabajo no remunerado que hacemos para ellas. No sé si haré más al respecto, pero entretanto este sitio seguirá abierto al menos un año más. También he agregado textos nuevos para leer en línea, y habrá algunos más en las semanas por venir. 

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En la FIL Guadalajara de este año,  me tocó escribir una columna diaria para el suplemento FILIAS, del diario Milenio. Hacía mucho que no tenía un encargo así, que contribuyó al agotamiento general que suele producir la Feria pero que agradezco a José Luis Martínez. La columna se llamó “El buscador”; como me gustan los libros raros, recomiendo uno o más en cada entrega además de comentar aspectos de la Feria. Aquí está la lista de las entregas:

  1. “Elogio del adversario”, sobre Emmanuel Carrère, ganador del Premio FIL 2017.
  2. “Alias Juan Perro”, sobre el poeta y cantautor español Santiago Auserón. 
  3. “¿Qué está pasando con la literatura infantil y juvenil en México?”, con énfasis en el caso de Martha Riva Palacio y Orfeo. 
  4. “¿Qué significa ser una editorial indie?”
  5. “De todos modos Juan te llamas”, sobre la obra y la persistencia de Juan Rulfo. 
  6. “Encuentro Internacional de Cuentistas” (que vino en dos partes: la primera y la segunda), acerca del Encuentro y también de la persistencia del cuento, que es una forma de escritura antigua a la que dan por muerta con frecuencia pero no se muere.
  7. “Elogio de la Feria”, acerca del valor que tiene, pese a lo que crean algunas personas, algo tan humilde como un espacio físico lleno de libros. 

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Siempre deseo, al final del año, que el que viene sea mejor de lo que esperamos. Es una despedida laica y de buenas intenciones. Los años recientes –o eso parece desde mi perspectiva, con no poca influencia de redes y medios masivos– nos han quedado muy mal, y el que viene será particularmente duro en México. De cualquier forma, espero que podamos encontrarnos en su otro extremo, igual que ahora, y esperar nuevamente una sorpresa en el futuro. 

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Esta música nos puede acompañar en el paso de un año al siguiente, o en cualquiera de los días aún por venir. Es una versión en vivo, y muy bella, del Canto Ostinato de Simeon Ten Holt, grabada en Holanda. ¡Feliz 2018!

La incertidumbre

Este año comencé –con mucha gratitud– a coordinar las sesiones del Encuentro Internacional de Cuentistas en la FIL Guadalajara. Un texto de cada autor invitado al último Encuentro se puede leer en línea aquí, junto con un breve “credo cuentístico”: una declaración de principios de escritura. En las mismas sesiones de lectura se dieron muchos comentarios de lo más interesante a partir de la conversación entre escritores y público, y me llamó la atención una frase del colombiano Evelio Rosero. Al preguntársele sobre sus procedimientos creativos, dijo que no podía haber una sola fórmula para todos sus proyectos, porque “cada cuento crea su propia incertidumbre”.

Varias personas en la sala, estoy seguro, pensamos algo parecido: nos dijimos “Sí, por supuesto”. No es que hayamos formulado antes la frase que dijo Rosero, sino que la frase es verdad, y podíamos percibirlo de inmediato. Para eso (entre otras cosas) sirve la literatura: para dar sentido y forma a lo que sabemos y sin embargo no alcanzamos a expresar.

Rosero estaba hablando de la escritura de cuentos y la escritura en general. Cada proyecto, cada cuento, nos coloca al escribirlo en un estado diferente de incertidumbre porque cada proyecto es diferente. Las preguntas que nos fuerza a plantear, los obstáculos que nos pone delante, son distintos de los de cualquier otro. Y esto no ocurre sólo en la superficie de los textos, en el nivel de su tema o (en su caso) su argumento. Prosodia, ritmo, interpretaciones simbólicas, referencias intertextuales, cualquier aspecto de la creación de un texto puede ponernos en dificultades y llevarnos a dudas y cuestionamientos.

Este modo de abordar el propio estado mental de quien escribe puede parecer desolador, pues implica que nunca será posible tener una fórmula para la escritura. Aun aquellas personas que trabajan con planes y esquemas preestablecidos tendrán que enfrentarse con imprevistos. No es posible hallar, ni inventar, una “receta” infalible, útil para todos los casos y que resuelva todos los problemas.

Pero ¿no es la incertidumbre parte de lo mejor de la escritura?

Estamos muy habituados a entender la escritura –u otras labores de las llamadas creativas– como la elaboración de un producto. Llevados por los hábitos del pensamiento de los regímenes capitalistas, a veces llegamos a pensar que la hechura de un objeto capaz de ser vendido –una novela de éxito, un reportaje, un discurso, un guión de cine, una biblia para una serie de televisión– es el sentido último del acto de escribir. Pero no siempre es así. Quien escribe puede tener muchas experiencias diferentes a lo largo del proceso mismo de escribir, aun si lo que se escribe no se publica; incluso si no llega siquiera a terminarse.  Cada experiencia de escritura se deriva de la relación particular de quien escribe con el lenguaje. Y en ellas puede haber descubrimientos: sobre el lenguaje mismo, sobre lo que se está diciendo, sobre quién está diciendo. Sobre el mundo que se dice.

Este es un valor de la escritura que nos atrae a ella aun si no se nos ocurre describirlo. La escritura nos llama también porque nos abre un espacio –sin importar lo variada o lo pobre que sea nuestra vida– para estar en el mundo.

Siete cuentos para leer a niñas y niños

Con el terremoto del pasado 19 de septiembre (justamente en el aniversario del sismo devastador de 1985), muchas personas nos dedicamos a difundir información sobre labores de ayuda y rescate en México. Por esta razón no había aparecido nada en este sitio ni en el canal de videos que tenemos Raquel Castro, mi esposa, y yo.
      Sin embargo, una persona me preguntó en Facebook por cuentos que se pudieran leer a niños y niñas en albergues para damnificados por el terremoto. Obviamente, la labor de atender a las personas que han sufrido pérdidas a causa del desastre es importantísima, y puede ayudar a mitigar las consecuencias de lo sucedido. Por esto, aquí están siete cuentos, seleccionados entre materiales disponibles en línea, que pueden ser leídos en albergues. Después de la lista vienen algunas sugerencias y enlaces adicionales.

  1. “La rana zarevna”, cuento popular ruso.
  2. “Romper el cerdito” de Etgar Keret.
  3. “Urashima Taro”, cuento popular japonés.
  4. “El hombre que contaba historias” de Oscar Wilde.
  5. “El árbol que hablaba”, cuento popular africano.
  6. “El traje nuevo del emperador” de Hans Christian Andersen.
  7. “Tajín y los siete Truenos”, cuento popular totonaca.

Estos cuentos, desde luego, no son todos los que pueden usarse: hay incontables textos disponibles en línea y en librerías y bibliotecas. La selección es de clásicos porque éstos siguen siendo un buen punto de partida para explorar algunas de las muchas opciones disponibles, y está hecha únicamente pensando en que se trate de historias interesantes y que permitan la discusión.
      Es necesario recordar que la actividad de leer para los niños no equivale a darles una lección –por eso no hay en esta lista cuentos con “moraleja”–, y que a la par de ser una distracción y un entretenimiento, puede y debe involucrar a quienes escuchan como algo más que receptores pasivos. Lo mejor que puede suceder después de cada lectura es que se comenten las incidencias de los textos, qué personajes y hechos gustan y cuáles no, de qué formas se puede relacionar lo contado con la vida de cada quién.
      ¿Se puede usar estos cuentos si no se dispone de un cuentacuentos profesional? Sí. Hemos hecho un video sobre tema [agregado el 26 de septiembre], y junto con él dejo aquí algunas sugerencias:

 

  • Leer el cuento al menos una vez antes de presentarlo a los pequeños, para familiarizarse con el texto.
  • Ensayar, también, para asegurarse de leer con la mayor claridad posible.
  • No hablar con demasiada rapidez y pronunciar bien las sílabas.
  • Prestar atención a los escuchas, para involucrarlos en el desarrollo de la historia. Se puede hacer preguntas, por ejemplo, aunque no acerca de lo que ya han escuchado –no se trata de un examen– sino acerca de lo que no se ha relatado todavía (qué creen que va a pasar, etcétera).
  • Considerar que se pueden cambiar algunas palabras –para acercar más el sentido del cuento a quienes escuchan, por ejemplo–, pero sin desvirtuar su sentido ni su anécdota.
  • Al terminar, conversar con niñas y niños acerca de la historia que escucharon.
    Y dar oportunidad de que ellos hablen, incluso si la conversación se separa del tema del cuento. Parte importante de esta actividad es que las personas involucradas puedan, también, llegar a hablar de sus propias experiencias.

Aunque no es lo habitual, también personas de mayor edad (desde adolescentes en adelante) pueden beneficiarse de leer o escuchar cuentos. Aquí mismo en Las Historias hay un archivo de buen tamaño con cuentos de todo tipo. Uno de los mejores archivos de cuentos en castellano se encuentra aquí (de él provienen varios de los cuentos propuestos arriba). Obviamente, habrá comunidades que requieran cuentos en otras lenguas.

Por cierto: si ustedes disponen de enlaces a otros cuentos que pudieran parecerles útiles en las presentes circunstancias, les agradeceré si los comparten en la sección de comentarios de esta nota.

Finalmente, este manual realizado por el UNICEF Chile: Para reconstruir la vida de los niños y niñas. Guía para apoyar intervenciones psicosociales en emergencias y desastres, puede ser útil para ayudar en el trabajo con niñas y niños que hayan pasado por la experiencia del terremoto. El libro puede descargarse gratuitamente y se encuentra en formato PDF.

Ojalá que todo esto pueda ser útil. Este es uno entre muchos esfuerzos que se están realizando para ayudar a la población afectada por el terremoto, y en redes sociales se pueden encontrar muchas otras fuentes de ayuda.

Niñas y niños en una función de cuentacuentos (fuente)

El caso Bartual

Esta nota es sobre la que hoy, 28 de agosto de 2017, se considera “el suceso de la semana”, “el bestseller del año”, “la siguiente gran serie para Netflix” (?) en muchos lugares de la red en español: una narración en tuits seriados publicada a lo largo de siete días por Manuel Bartual, dibujante, cineasta e historietista español. Éste se convirtió en trending topic mundial por un par de días; El Mundo, un diario de su país, lo ha llamado “el Stephen King” de Twitter, e igual que miles de personas en línea no se detuvo allí: la nota a la que enlazo agrega que su narración está “a la medida de Stephen King, David Lynch y, por qué no, del mismísimo Orson Welles”.

Variación sobre una imagen de Bartual (original)

En este momento, lo más probable es que la información que acabo de dar sea suficiente para cualquiera que llegue a este sitio. Muchas personas me avisaron de la existencia del “hilo” de tuits de Bartual. Muchas más lo leyeron y lo comentan todavía. Por lo tanto les propongo un experimento: si en el momento en el que leen estas palabras la información disponible les basta (si conocen la historia, saben quién es Bartual, entienden o hasta comparten el furor que causó), díganlo en un comentario. Veamos qué pasa.
      Además, la presente no será una reseña de la micronovela de Bartual, sino una serie de notas alrededor de ella y de su impacto. (Y, como siempre, cualquier otro comentario será bienvenido también.)

La lectura

El narrador español Juan Jacinto Muñoz Rengel escribió: “[Lo] que nos ha enseñado la historia de Manuel Bartual es lo mucho que le sigue costando a la gente entender la ficción”. Por desgracia tiene razón. Como la historia de Bartual tiene no sólo un aire siniestro, sino elementos evidentemente fantásticos –el tema del doble, etcétera–, al leerla yo hubiera esperado que nadie la confundiera con un hecho real. Sin embargo, no sólo parece haber personas que se dejaron llevar por la ficción y creyeron que lo contado era real, sino que muchos medios, jugando a aprovechar esa credulidad o esa atracción morbosa, cubrieron la narración de la misma manera. “A Bartual le ha pasado de todo en sus vacaciones”, dice alguna nota, para luego hablar de thrillers y ciencia ficción (pero sin dejar de citar constantemente los tuits de Bartual y comentarlos como si fueran evidencias de una experiencia verdadera). Por otra parte, nada de esto es de extrañar: ya hemos visto que la red se ha convertido en un gran aparato de desinformación y que, en la era de la posverdad y los hechos alternativos, casi nadie procura o aprende a leer de forma crítica lo que encuentra en línea. Los redactores que comentan de forma deshonesta la historia de Bartual han de racionalizar lo que hacen diciéndose que de esa forma obtienen más lectores, más clics.
      Algo que me llama igualmente la atención es el alcance cortísimo –en promedio, obviamente– de nuestra capacidad crítica, cuando sí está presente: las muy escasas herramientas y referencias que parecen estar a nuestro alcance para comentar lo que leemos. “Una especie de teleserie por Twitter”, escribe una persona para describir la narración de Bartual, y la mayor parte de las referencias de otros miles no llegan más lejos. La mención de Stephen King es de las más sofisticadas en el grueso de los comentarios disponibles. Que si Bartual es mejor que Game of Thrones, que si su narración debería convertirse ahora una película o una serie (esto se repitió muchas veces)… No he encontrado todavía una sola mención de la larga lista de precursores literarios del cine y las series de televisión que son, a su vez, precursoras de la micronovela de Bartual, incluyendo todos sus giros argumentales y su final (que a mí me parece sutil, bien logrado, y que muchas personas han confundido con una declaración –innecesaria– de que “todo era falso”).
      Aparte está el tono de muchos comentarios. La publicidad, que ha contagiado a la mayoría de los medios de comunicación, quiere enseñarnos que el único elogio posible es el superlativo más exagerado: si algo es “malo” debe ser llamado una porquería irredimible, lo peor que ha existido en el mundo, y si es “bueno” debe calificarse de único en la Historia, insuperable, sin precedentes. “Lo mejor que ha pasado en Twitter”, escribe un lector; “un nuevo formato para los escritores”, escribe otra. Sí, ninguno de los dos tiene por qué conocer la historia de las redes sociales ni de la escritura por medios digitales, que desde luego no comienzan con Bartual, pero lo fácil y frecuente de semejantes comentarios es significativo.
      (Falta ver cuánto hay de auténtica convicción en esos juicios y cuánto de presión social: de deseo de expresarse como todos los demás para no perturbar las convicciones de la mayoría.)

La experiencia colectiva

Personas que llegan tarde a la historia de Bartual se han quejado de que es difícil leerla, en el sentido de que cuesta encontrar los tuits que la componen. El formato del “hilo” de Twitter, que enlaza una publicación tras otra si la serie se publica como respuestas sucesivas, no es el más apropiado para recuperar un texto ya publicado, en especial si éste provoca reacciones de otras personas. Visitar el tuit inicial de la historia de Bartual ahora es encontrar primero un alud de comentarios de otros lectores, y sólo hasta el final (a varias pantallas de profundidad) las siguientes entregas de la narración. Hay otras formas de tener acceso a éstas, incluyendo visitar directamente la página de Bartual en Twitter y empezar en las publicaciones de hace una semana, leyendo de abajo hacia arriba. Sin embargo, esta información es desconocida para muchas personas, a juzgar por las quejas recientes que se ven en línea. Para explicar el entusiasmo provocado por la narración y su gran cantidad de lectores, se debe partir de que casi todos sus fans siguieron la narración a medida que se publicaba, tuit a tuit, a lo largo de la semana pasada. Esta experiencia inmediata, “en tiempo real”, ya no puede recuperarse, pero fue la decisiva para el éxito de Bartual.
      El académico Ernesto Priego resalta el timing general de la publicación, que aparece durante el “fin del veraneo en Europa” y está ambientada en una playa durante unas vacaciones de verano. Pero aún más importante es que los tuits de Bartual se publicaron cuidando la hora del día en que aparecían, así como el tiempo que mediaba entre uno y otro. Un tuit que sugería el comienzo de una situación peligrosa “en vivo” no tenía una continuación inmediata, por ejemplo, para sugerir que el personaje/narrador estaba ocupado “viviendo” los hechos y no podía tuitear. La evolución de Twitter como medio de comunicación nos ha condicionado a esperar de él, además de noticias de celebridades u organizaciones, actualizaciones “en tiempo real” de acontecimientos diversos; la mayor virtud de Bartual es haber planeado su historia –él mismo ha declarado que no la fue escribiendo sobre la marcha– para incluir pausas y demoras “plausibles”, durante las que incluso quienes estaban conscientes de que todo el proyecto era una ficción podían dejarse llevar por la sensación de suspenso.
      Esta inmediatez de la publicación en línea no siempre se toma en cuenta y es uno de los rasgos más interesantes de las nuevas formas de escritura digital. Muchos textos en línea, y no sólo de hechura individual sino colectiva, tienen sentido plena únicamente durante la experiencia de ser elaborados y leídos, y por lo tanto van en contra de la noción de la escritura como actividad generadora de un producto (un libro, un artículo, etcétera) que pueda ser después empaquetado (formateado, colocado en un canal de difusión) y vendido. Probablemente el texto de Bartual pueda ser adaptado a otros formatos, como ha ocurrido ya en muchas ocasiones con proyectos compuestos total o parcialmente de publicaciones en Twitter, pero semejantes transposiciones necesitan ofrecer algo diferente que la cercanía de la publicación original, y la de Bartual debería hacerlo también, incluyendo la posibilidad de no agotarse entera en una primera lectura.

La tuiteratura

Una de las personas que me avisó de la existencia de la historia de Bartual me preguntaba si ésta podía ser considerada tuiteratura. El término, que es acrónimo de Twitter y literatura, tiene ya cerca de diez años de circular (aquí hay información sobre él) y se ha utilizado de muchas formas y con muchas intenciones contradictorias. Si se acepta que pueda nombrar simplemente a la escritura literaria hecha por medio de Twitter: la escritura con las intenciones que habitualmente le atribuimos a lo que llamamos literatura, la respuesta es sí, desde luego. Twitter sería únicamente una herramienta, un conducto más de la escritura literaria.
      La asociación más fácil que puede hacerse al examinar el texto de Bartual no es, sin embargo, la más adecuada: no sirve considerar el tuit individual como minificción, aforismo o cualquier otro tipo de texto breve unitario, pues los tuits sueltos tienen poco o ningún sentido. A la hora de examinar una narración seriada, se puede usar el término, que ya he mencionado aquí, de micronovela: una historia hecha de fragmentos entrelazados, exactamente como los capítulos de una novela pero mucho más breves. (Hay algo más sobre estas posibilidades narrativas en este texto, y en este otro.)
      Bartual no es el inventor de la micronovela, que tiene otros representantes y precursores a los que incluso se les ha dado ese nombre, u otros muy similares, desde antes de la popularización de internet o la invención de las redes sociales (un ejemplo famoso: “Informe negro” de Francisco Hinojosa, publicado inicialmente en 1987). Sin negar los logros de su propio proyecto, el que pueda tratársele como una novedad se debe a lo estrecho de nuestras lecturas colectivas y a que la mayor parte de las micronovelas se difunden entre un público minoritario, interesado en los experimentos literarios. No creo, por lo tanto, que la narración de Bartual pudiera abrir la puerta a que otras micronovelas se hicieran de grandes públicos, aunque tarde o temprano, estoy seguro, habrá otra que lo consiga.
      Habrá que ver, eso sí, si para entonces el texto del propio Bartual ha sobrevivido. Otras narraciones en línea de gran éxito en su momento, como el Diario de una mujer gorda de Hernán Casciari o Apocalipsis Z de Manel Loueiro, lograron incluso ser impresas como novelas –lo que para muchas personas es una marca consagratoria– pero no supusieron un éxito igual de importante ni de duradero en el medio impreso…, además de que casi nunca se les ha invocado en relación con Bartual en los últimos días: por desgracia, ya están del otro lado de lo que alcanza nuestra atención en internet.

Variación sobre una imagen de Bartual (original)

La imaginación ilustrada

¿Y si la imaginación fantástica mexicana tuviera su futuro en la narrativa gráfica?

Es posible que dos de las obras más populares dentro de la narrativa de imaginación en este país, en la actualidad, hayan sido no escritas (o no solamente escritas), sino dibujadas.

El día de hoy, al menos, dos narradores gráficos mexicanos tienen semejanzas muy interesantes:

  1. Ambos se abren paso exitosamente en el medio editorial y a la vez tienen muchos lectores y partidarios fuera de él.
  2. Ambos están en sintonía con varios aspectos del pensamiento y las relaciones sociales contemporáneas.
  3. Ambos utilizan la imaginación fantástica como parte notable de toda su obra, y lo hacen de forma muy constante y peculiar.

Son el también novelista Bernardo Fernández “Bef” y Alejandra Gámez, autores respectivamente de dos obras que podrían llegar a ser clásicas en su especialidad: la novela gráfica El instante amarillo –segunda de su autor después de la muy celebrada Uncle Bill– y la serie The Mountain with Teeth, aparecida primero en línea y luego en libros; tres de ellos han sido editados de forma independiente –una campaña reciente en Kickstarter realizada por Gámez tuvo un éxito espectacular– y se ha anunciado la contratación de uno más por la editorial Océano.

Alejandra Gámez y Bernardo Fernández Bef por ellos mismos

Sin saberlo, muchísimas personas en México están interesadas en la imaginación fantástica. En su gran mayoría, han aprendido a buscarla exclusivamente como una distracción, una forma de escape, y no se les reconoce como un público porque no la buscan en los libros (ni siquiera en los que podrían ofrecerles lo que desean), sino en otras formas de consumo de mayor popularidad, como el futbol, YouTube, la televisión o las canciones de amor o violencia. Décadas de insistencia por parte de autores y aficionados de la narrativa de imaginación le han dado al menos una cierta cantidad de reconocimiento crítico, pero no la han vuelto un fenómeno de masas (como tampoco lo ha sido, por lo demás, casi ninguna obra ni corriente literaria hecha en México).

La narrativa gráfica, que se mueve por canales nuevos y tradicionales que no están asociados con los del reconocimiento de las élites o el público literarios, tiene sus propias dificultades, pero también, de entrada, la posibilidad de un alcance mayor, que no está limitado por la incomprensión o el menosprecio de la literatura que se puede encontrar en buena parte de la población de este país. Se puede ver en las redes sociales: la página de The Mountain with Teeth en Facebook tiene el día de hoy cerca de 210,000 seguidores, por ejemplo, y si bien este número no se acerca a las cifras comunes para cualquier músico o deportista realmente popular, es ocho veces más grande que el de los seguidores de Francisco Martín Moreno o Benito Taibo, dos autores con fans constantes y numerosos dentro de su especialidad y publicaciones habituales en línea.

De forma análoga, aunque con menos énfasis en la actividad en internet, Bef se convirtió en una figura popular –debe ser uno de los autores más queridos de México– con trabajos destacados en “géneros” como la narrativa policiaca, que actualmente es central en la literatura nacional por su facilidad para representar la violencia de nuestro estado en descomposición, pero que durante décadas fue menospreciada por la “crítica seria”.

Realizada en ambos casos con gran belleza y solvencia técnica, la narrativa de imaginación de El instante amarillo y The Mountain with Teeth tiene varias características que la vuelven muy actual. Esto no significa que ninguna represente literalmente situaciones de las que se consideran “de actualidad”, sino que parte de sus temas, sus influencias y estrategias narrativas y su visión del mundo están muy en consonancia con los de grandes públicos, especialmente jóvenes.

Donde más fácilmente puede verse es en cómo Bef y Gámez utilizan numerosas referencias de cultura pop en su trabajo: música, literatura, cine, televisión y (desde luego) cómics se citan constantemente, a veces como parte directa de sus tramas, a veces de formas subversiva o paródica y también, ocasionalmente, como telón de fondo de narraciones con otros propósitos. En ningún caso se trata de ejercicios dentro de los confines de un “género” masificado y bien reglamentado (como sí suelen serlo prácticas de apropiación como la fan fiction). Por ejemplo, la trama central de El instante amarillo es una historia de maduración y crecimiento, que podría haber sido tratada como un melodrama realista pero está constantemente marcada por escenas donde la imaginación de su protagonista se manifiesta, sobre la página, de manera objetivamente cierta. De la misma forma, detalles cotidianos de las tiras, páginas y viñetas de Gámez parecen tomados del natural pero se transfiguran en algo diferente –una realidad magnificada, hipertrofiada, y también más bella y compleja– al recurrir a lo fantástico.

Otro elemento central es el uso la autobiografía: los autores se asoman, sin ningún pudor, en sus páginas, a veces como personajes secundarios y a veces como protagonistas, pero siempre de manera reconocible. Tanto Gámez como Bef se representan seleccionando algunos de sus rasgos físicos más característicos –su peinado, su estatura, su vestimenta preferida– para crear imágenes icónicas de ellos mismos. Ninguno de los dos hace autoficción en el sentido estricto, pero sus lectores pueden hacerse la ilusión de conocerlos (o reconocerlos) incluso en sus historias más caprichosas.

Finalmente, aunque la personalidad que ambos proyectan en sus obras da una impresión de ternura y melancolía –subrayada por su estilo de líneas claras y sus paletas de colores–, también tiene un reverso: igual que las poses rituales de las selfies, que mezclan actitudes amistosas y agresivas, las obras gráficas de Gámez y Bef dejan entrever posturas ásperas, sarcásticas, que en Bef se resumen en una adopción consciente del carácter punk –como se entendía en sus años de formación, a fines del siglo XX– y en ambos resultan sumamente atrayentes porque resuenan con el modo en que muchísimas personas, jóvenes sobre todo, aprenden a manifestarse en línea y fuera de ella. Una seguidora elogia así a Gámez en Facebook: “me encanta la manera como nos muestra otra perspectiva de la cosas [que] para nosotros pueden ser tan comunes, ella nos enseña [que] todo tiene otro punto de vista”. Pero esas “cosas comunes”, en estos dos narradores, incluyen también numerosas relaciones sociales que suelen entablarse de modo calculadamente belicoso, sin demasiadas muestras de empatía, como para sobrecompensar una inseguridad profunda o con el deseo –parte de los valores de la actualidad– de superar a todos los demás en la tarea de mostrar una apariencia llamativa, que se entiende como fuente de gratificación personal e idealmente de fama verdadera.

Las obras de Bef y Gámez están documentando una contradicción importante en el pensamiento de las sociedades invididualistas, divididas, del occidente contemporáneo y por supuesto de México. Y lo logran con una sutileza y una claridad que sólo pueden conseguirse mediante la imaginación fantástica, que es una herramienta sumamente útil para explorar nuestra vida interior. Lástima de quienes solamente escriben (escribimos) alrededor de estos asuntos; por otra parte, si estos dos narradores estén marcando un camino que otros puedan seguir, la literatura de imaginación podría terminar ganando los públicos enormes que rara vez se ha atrevido siquiera a imaginar.

Sobre los spoilers

Esta nota no contiene avisos de spoilers. Al final el Titanic se hunde.

El hundimiento del Titanic (fuente).

Dicho lo anterior, continuemos.

Cada cierto tiempo se revela en los medios un spoiler de alguna serie, novela o película famosa. La palabra proviene del inglés, como tantas otras en nuestro mundo globalizado, y la acepción de ella que importa aquí se hizo famosa, en realidad, precisamente en los años noventa, cuando empezó la etapa presente de los regímenes neoliberales: es el adelanto de la trama de una historia (en especial del cine o la televisión) que supuestamente la “estropea” (spoil) por anular la sorpresa o la anticipación de sus posibles lectores o espectadores. La idea se ha convertido en parte de la experiencia colectiva de quienes ven, leen, juegan narraciones de la actualidad, y en especial aquellas que vienen de las grandes empresas de medios de los países de habla inglesa.

Como otros hábitos del consumo actual, muchas personas la consideran una experiencia desagradable, y otras la provocan con malas intenciones, para trolear: por el gusto de que otros padezcan. Un caso célebre: en 2005, cuando apareció Harry Potter y el misterio del príncipe de J. K. Rowling –sexta entrega de la serie– un buen número de personas se dedicó a revelar un punto importante de la trama: que Snape mata a Dumbledore, y no sólo yendo a decírselo a aficionados desprevenidos sino creando videos y memes al respecto, por no hablar de las famosas playeras con el número de la página precisa del libro en la que el hecho se cuenta.

Las reacciones son siempre las mismas. Por una parte, enojo o desazón –de magnitud a veces difícil de comprender para quien no tiene interés en la historia “estropeada”– de parte de quienes esperaban una experiencia “pura” de disfrute de su producto favorito. Por la otra, desprecio de quienes revelan el spoiler y, también, una especie de alegría malsana, desprovista de cualquier empatía, muy parecida a la que encontramos en las discusiones sobre casi cualquier tema entre las tribus de internet. En muchos medios actuales se han vuelto habituales tanto la reseña “sin spoilers” (que en ocasiones apenas puede decir nada de la obra que comenta) como las advertencias de todo tipo en los textos, videos o demás contenidos que se refieren explícitamente a puntos argumentales importantes de tal o cual obra: protecciones semejantes a otras de las que incluso resulta difícil escribir por miedo de ofender a alguien.

Ciertamente, el conocer por anticipado detalles de una narración cambia nuestra experiencia a la hora de leerla. Por ejemplo, en este siglo XXI es imposible no saber que el doctor Henry Jekyll, personaje icónico de la cultura occidental, se convierte en el monstruoso señor Hyde, otro personaje igualmente importante, porque a la novela de Robert Louis Stevenson en la que ambos aparecen por primera vez –El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de 1886– han seguido incontables versiones en todos los medios, y el tema mismo de la doble identidad es un enorme lugar común. Así que jamás podremos recuperar la sensación que tuvieron los primeros lectores del libro de Stevenson, donde el hecho de que ambos personajes son uno era una sorpresa que se revelaba en el penúltimo capítulo.

En lo personal, sin embargo, creo que estaríamos mejor sin tanta aversión al spoiler, igual que sin tanto de su reverso: de la agresión deliberada que a veces implica el difundirlo. Ambos son fenómenos que están ligados no solamente a la fragmentación de las sociedades contemporáneas, en las que cualquier cosa, por trivial que sea, puede destruir la empatía y la comunicación en una comunidad si se dan las circunstancias adecuadas. También son un signo de sumisión a los mercados globales. Que una historia se “estropee” al conocer su trama –y sobre todo su final, que es de lo que más se oculta en las advertencias contra spoilers– quiere decir que el sentido de una historia es exclusivamente su consumo: llegar hasta ese final, conocerlo y, sabiéndolo todo sobre ella, poder desechar su contenedor, como si fuera un tubo vacío de pasta de dientes. El ideal de las grandes compañías no es la obra que se atesora, se revisita, se comparte, se queda definitivamente en la vida de quien la disfruta (y al hacerlo puede propagar su influencia a otros en contacto con esa persona), sino la obra que se tira, o que al menos se encarga de incitar, por encima de todo, el ansia de más. (Más obras: la siguiente entrega de una saga, el siguiente spinoff, las otras –muchas– novelas, películas, series o juegos similares…, pero también el muñeco o la muñeca, la playera y la botella de champú y el juego de sábanas estampadas.)

Vasos tequileros “basados” en la serie Game of Thrones.

Pero llegar al final de una historia no lo es todo en la vida. Ni siquiera lo es en la misma narrativa. Mucho de lo más importante en cualquier narración ocurre no sólo lejos de su conclusión, sino de su mismo argumento: en su estructura, en su estilo, en su trama entendida como la relación entre sucesos no necesariamente consecutivos: sus ecos, semejanzas, paralelismos, revelaciones lentas o equívocas. Si una narración realmente se agota en su anécdota, probablemente no vale mucho la pena. Siempre podrá alentar el acto colectivo de seguir una historia, que tiene un valor aparte. Pero ¿cuántas personas siguen viendo y reviendo todas las series que parecían tan importantes hace una década? El estado de culto se logra muy pocas veces, en más de una ocasión es ilusorio –otra forma de explotación comercial– y cuando no lo es existe a pesar de que la obra se conozca: de que todo el mundo sepa quién es realmente el señor Hyde.

La lectura nunca es un juego de suma cero entre el texto y el lector. Mucho menos entre algunos lectores y otros.

(Esto es algo que se puede ver más fácilmente cuando se escribe, por cierto, porque al analizar una narración determinada tarde o temprano es necesario conocer, discutir y examinar el final de su texto. En esto no hay excusas que valgan ni sentido en tratar de agredir mediante revelaciones inesperadas: quienes leen pueden mantener la expectación inocente de un final, como el público que no sabe cómo se ejecuta un truco de magia, pero quien escribe es quien realiza el truco: no puede no saber cómo entra el conejo en el sombrero, y por lo tanto renuncia a su inocencia de lector, pero también descubre –si se empeña, si tiene suerte– que hay mucho más que puede comunicar, en todos los niveles de una obra artística, además de la mera secuencia de los hechos.)

Ah, y el nombre de Hodor es una contracción de la frase “Mantén cerrada la puerta” (Hold the door), y Candy se queda (probablemente) con Albert, y en Comala todos están muertos. Y nada de eso es lo más importante de las obras en donde todo ello se cuenta.

Y si con otro pasas el rato… 

Ayer, la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes publicó este tuit:

El tuit de la CNL (@literaturainba)

Maluma apenas necesita presentación en esta región del mundo y este momento de la Historia. Albert Camus, probablemente, la necesita mucho más. La imagen y su pie son una broma, por supuesto, pensada como muchas otras que se publican todo el tiempo en forma de memes. Personal de la CNL ha declarado que la intención de la publicación era promover la lectura recurriendo a una figura muy conocida y no hay razón para dudarlo. El tono del texto es simplemente inusual: es una declaración vagamente agresiva, con el aire de superioridad de tantas publicaciones en redes sociales. El tuit está, pues, en el nivel más suave y común del troleo, que millones de personas hemos visto e incluso practicado –es facilísimo– en más de una ocasión. Este tipo de incordio ha salido incluso de la red y ha llegado, por ejemplo, a la publicidad:

Anuncio espectacular de Librerías Gandhi

 

Otro anuncio

La broma de Maluma no funciona del todo, en realidad, porque se burla al mismo tiempo de los lectores posibles y del cantante y porque no habla de lectura sino de escritura. Un subgénero pequeñito de la memética actual, que sólo crean, difunden y consumen los estudiantes universitarios, es el de las quejas por no poder terminar una tesis. El tuit acaba por burlarse más bien del tesista estereotípico, que no termina nunca su trabajo por la desidia, la distracción, las obstrucciones de asesores y otras autoridades, etcétera. Hasta Maluma –que según el estereotipo del cantante famoso, no leería– acabaría más rápido un libro. La foto podría haber funcionado mejor con un pie menos agresivo y más directamente relacionado con la lectura. Algo, tal vez, como esto:

“¿Y si pasas el rato con un libro?”

Es importante considerar que la CNL no hizo la imagen, a la que sólo agregó texto. Más todavía: la imagen –tomada por el fotógrafo Mateo Londoño Quijano (se puede ver en su cuenta de Instagram, donde se publicó el 28 de junio)– podría tener que ver con una publicación aún más anterior, del propio Maluma, quien publicó una imagen de un ejemplar de La caída, de Camus, en su propio Instagram el año pasado, en el mes de noviembre. La imagen apareció en la sección de “Stories” de esa red social: publicaciones efímeras que se borran luego de 24 horas, pero no era la primera vez que el cantante ponía imágenes de libros y pude encontrar esta captura de pantalla:

Maluma y Camus en Instagram (fuente)

Todas las evidencias apuntan, pues, a que la imagen era auténtica. (Muchas personas sospecharon lo contrario porque en la foto falta el título del libro. La escritora Alejandra Inclán sugiere que el título se habría borrado para que ningún periodista hiciera a Maluma una pregunta puntual.)

Si se hacen a un lado los prejuicios, no hay razones para sorprenderse. No sería la primera vez que una estrella muy famosa y considerada poco inteligente (o de plano incapaz de leer) resulta tener por lo menos interés en los libros:

Marilyn Monroe fotografiada en un parque de Long Island en 1955. Foto de Eve Arnold

Lo interesante, lo desolador,  son las reacciones que provocó la broma. Algunas personas –incluso desde antes de que la CNL difundiera la foto en México– se indignaron por la idea de que Maluma leyera a Camus (o leyera, siquiera), o bien se burlaron de las personas a las que gusta la música del cantante:

(fuente)

 

(fuente)

Otras, por el contrario, se burlaron de los que se burlaban: los “intelectuales”, los “exquisitos”, los “esnobs”.

(fuente)

 

(fuente)

Y la virulencia de la mayoría de los comentarios era mucho mayor que la de los que he reproducido. En general –como sucede con el futbol, con la religión, con la política, con la salud reproductiva o la perspectiva de género– apenas hubo puntos de vista conciliadores y lo que destacó fue la enorme división entre los campos en favor y en contra de Maluma, del reggaetón y de los famosos en general. Ya sabíamos que estas divisiones existen, que las redes sociales las vuelven más profundas y que el nuevo tribalismo de internet se está convirtiendo en algo cada vez más peligroso; fue triste constatar una vez más que cualquier desacuerdo (incluyendo los verdaderamente triviales, como éste) puede despertarlo.

Además de esta conclusión, en realidad bastante previsible, lo que nos dejará el incidente es un nuevo meme, eso sí. A partir de ahora, Maluma podrá ser visto leyendo absolutamente cualquier cosa.

Cualquier cosa: libros de ayer… (fuente)

 

…y libros de hoy. (fuente)

 

¡Cualquier cosa, les digo! 😛

Gracias a Alejandra Arévalo por su ayuda con varios detalles de esta nota.