La última parte de la estructura clásica de una historia acostumbra incluir un desenlace. Situado inmediatamente después del momento climático, el desenlace ofrece la conclusión de la historia y sitúa a sus personajes en un estado estable tras la resolución (o por lo menos la terminación) de sus más graves conflictos. Además, sirve para que se alivie la tensión que la historia ha producido en los lectores.

El ejercicio es el siguiente: escribir solamente el desenlace de una historia, de modo que se logren los propósitos indicados arriba. Es útil intentar esto, por ejemplo, usando como base historias que renuncian a tener un desenlace explícito para incrementar al máximo su tensión dramática. Un ejemplo clásico es “El corazón delator” de Edgar Allan Poe, que termina justo en el momento climático y no dice nada de lo que pasa después. Si se elige cualquier otro ejemplo, hay que tener cuidado con las historias que tienen el que podríamos llamar “falso desenlace”, como “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga; aunque después del momento de horror hay todavía algunas consideraciones adicionales, éstas tienen como fin incrementar el efecto de lo que viene justo antes y no nos dicen nada más de los personajes ni su entorno.

(N. B. En inglés, y en algunos manuales traducidos al español, se usa la palabra francesa dénouement en vez de desenlace; sin embargo, como ambas palabras significan lo mismo, usar el galicismo no es tanto señal de sofisticación como de ignorancia.)