Xavier Velasco, El materialismo histérico. Fábulas cutrefactas de avidez & revancha. México, Alfaguara, 2004

[Para este mes recupero y reviso una nota publicada en 2004 en el suplemento Hoja por hoja.]

El materialismo histérico —la frase conlleva una opinión sobre el estado del mundo, como se ve— es una colección de veinticuatro cuentos, relatos y viñetas escritos para su difusión por radio entre 2001 y 2004. Su autor, Xavier Velasco, los podó y revisó antes de publicarlos —algunas de las versiones originales pueden escucharse todavía hoy, aunque con alguna dificultad, en el sitio www.fullmoontonic.com— y los vistió con títulos juguetones: variaciones pícaras sobre frases hechas o títulos de libros y películas, a medio camino entre Hinojosa y Cabrera Infante. El conjunto es, según el escritor, una serie de “fábulas cutrefactas de avidez & revancha”; el subtítulo podría sonar a «realismo sucio» pero el juego de palabras que une cutre y putrefactas le sienta bien: es llamativo y superficial, al igual que los textos que reúne. Ésta es una virtud del conjunto, disparejo como la mayoría de los libros de narraciones breves; aun las peores de ellas tienen la ventaja de no pretender ser imágenes serias de los horrores actuales. Son farsas, versiones crispadas e irónicas de esas mismas tramas.
      En especial abundan las descripciones de idioteces, abusos y desquites puestos en escena por hombres, mujeres y otras criaturas empeñadas en la persecución o el disfrute de sus deseos más ruines; no hay un ánimo experimental en la forma en la que se refieren esas historias, pero en todas hay la exageración, que para Alfonso Reyes servía como una “balanza de precisión” de lo existente. “Por unos pagarés más”, digamos, permite que su héroe lleve el fraude con tarjetas de crédito hasta extremos imposibles para mostrar cómo se desdibuja la frontera entre los muy criminales y los muy poderosos; “La filantropía en el comedor” es un elogio al individualismo y al egoísmo en boga, pero tan políticamente incorrecto que nadie lo diría nunca; “La cutrefacción rosada”, con su pretendiente absurdo y homicida, apunta a la violencia subyacente en todos los discursos amorosos…
      La intención moral de los textos es evidente, por supuesto, pero no los vuelve mojigatos: la postura del autor no se revela en sus personajes, quienes cuando mucho pueden parecer ridículos mientras deliran sobre su poder o su influencia. Por otra parte, el libro es irregular: varias de las historias no son, en verdad, más que el esbozo de una imagen tremenda; otras, en el extremo opuesto, caen por el peso de vueltas de tuerca inútiles (uno de los cuentos más tradicionales, impecable hasta los últimos párrafos, termina con su personaje despertando: todo fue un sueño).
      Este descuido influirá en la percepción futura del libro. En 2004 escribí: «muchas personas querrán leerlo hoy como si fuera una continuación de Diablo guardián (2003), la novela con la que Velasco ganó el Premio Alfaguara; no lo es en ningún sentido de los que importan a un lector ingenuo, pero como tampoco supone una ruptura radical con los temas ni, mucho menos, con la técnica ni la atmósfera de aquella novela, podría terminar reducido al estado de ‘libro de transición’: una pausa de su autor entre dos proyectos de más envergadura». Ahora resulta, creo, que la transición no ha terminado: no hay nada en la obra posterior de Velasco (ni siquiera Éste que ves, su novela más reciente) que haya podido salvarse de la comparación con Diablo guardián. Y, más que a ésta, El materialismo histérico alude de muchas formas a la otra obra de Velasco, la que escribió antes del Alfaguara, desde la novela Cecilia (Doble A, 1994) y las crónicas de Luna llena en las rocas (Cal y Arena, 2000, reeditada por Alfaguara en 2005) hasta los artículos periodísticos o los escritos experimentales que Velasco programa en su sitio web. Todos estos textos secretos —a pesar de su calidad y sus alcances diversos— sirven para percibir mejor los fines y los medios de quien los escribió, su deseo de juguetear con el lenguaje, su imaginación a la vez mordiente y genuinamente conocedora de sus asuntos. (He aquí otro elogio que puedo hacerle a Velasco: su interés es auténtico y, si se aprovecha de una moda ya existente, lo hace escribiendo lo mismo que ya escribía antes de ser famoso.)
      Además, el destino de un libro de cuentos no tendría que ser el de todos los textos que lo componen. Vuelto a leer en 2008, «Por unos pagarés más» –uno de los cuentos que mencioné arriba– no es sólo la mejor historia del conjunto sino probablemente lo mejor que ha escrito Xavier Velasco; otros cuentos de El materialismo histérico son, ya lo dije, francamente malos, y el promedio mediocre, pero el desarrollo, las sorpresas y el cinismo de éste son magistrales: aun si nada más llegara a recordarse de la obra de su creador, ese texto merece aparecer en las antologías de 2050 o un poco después, esas que serán las primeras que lleguen a contar para entender y hacer balance de lo que se escribe ahora.
      Para terminar, una nota curiosa. Con el fin (tal vez) de atraer a los lectores que no compran libros de cuentos, la contraportada de la primera edición (quién sabe las de ahora) miente: la impresión tras leerla es que El materialismo histérico es una novela o por lo menos un texto de largo aliento, dividido en “capítulos”.