En este cuento, la escritora boliviana Liliana Colanzi parte de una situación trivial que va dejando ver, poco a poco, los conflictos profundos y las características más desagradables de un pequeño grupo de personajes. Se ha escrito que “en la literatura de Colanzi todos parecen ser signos premonitorios de algún cruel pero cotidiano augurio”: se puede agregar que las revelaciones nos permiten saber más de los personajes de lo que ellos mismos saben, y tal vez, en algún momento terrible, reconocer algunas de nuestras acciones o nuestros pensamientos en los de ellos.
      Colanzi (Santa Cruz, 1981) ganó en 2015 el Premio Aura Estrada. Se doctoró en literatura comparada en la Universidad de Cornell en los Estados Unidos y ha publicado los libros Vacaciones permanentes (2010), La ola (2014) y Nuestro mundo muerto (2016), entre otros.

RETRATO DE FAMILIA
Liliana Colanzi

El ayudante espera, desganado, a que los miembros de la familia se acomoden en torno a la anciana. La vieja está sentada en la silla de ruedas, los brazos descansando sobre la falda negra que le cubre parte de las pantorrillas maltratadas por las várices. Lleva el pelo corto y completamente blanco. Al ayudante siempre le ha intrigado la razón por la que las mujeres renuncian al cabello largo a partir de cierta edad. Las hijas de la anciana intentan peinarla y pintarle los labios, pero ella se defiende con un puño arrugado, la boca fruncida como la de una niña testaruda. La anciana parece molesta y a la vez ajena al revuelo que provoca, como si no acabara de entender lo que hacen todas esas personas en su sala, vestidos de fiesta en plena tarde. No pasa de este año, le dice el fotógrafo al ayudante mientras limpia el lente de la cámara, señalando a la vieja con la barbilla. Está por estirar la pata. ¿Cómo sabe?, pregunta el ayudante, apoyado en la esquina de un viejo mueble colonial. El hijo mayor me lo contó cuando llamó para averiguar los precios, dice el fotógrafo, y en su voz no hay compasión sino más bien hastío. El ayudante asiente por cortesía, aunque está distraído pensando en la partida de cacho que le espera cuando termine la sesión. Lleva tres semanas trabajando y ya está arrepentido. El fotógrafo tiene un genio terrible y le paga una miseria por hacerse cargo de las luces y supervisar el revelado. El ayudante se la pasa cargando el trípode en las fiestas de quinceañeras, las bodas y las promociones, mirando cómo se divierten los demás. Le resulta sorprendente descubrir lo fácil que es pasar desapercibido. A veces, en medio de un evento, se roba un celular abandonado en una mesa o una botella de vino. Pequeños trofeos que después olvida en cualquier parte, porque no se considera un ladrón. Quizás esa sea su revancha frente a la alegría de los otros. O quizás lo hace por aburrimiento: a él no le interesa la fotografía. No como el fotógrafo, que cuando se emborracha —y el ayudante ha descubierto que el fotógrafo bebe bastante en horas de trabajo— se lamenta de que lo que hacen no es arte, sino basura. Somos las putas del oficio, dice el fotógrafo cuando se le suben los tragos, y en esas ocasiones ríe y el ayudante tiene miedo de su risa. El ayudante escucha y no lo contradice aunque no esté de acuerdo: retratar a novios y abuelitas le parece un empleo como cualquier otro. Mejor que cargar muebles o repartir volantes o vender enciclopedias, cosas que el fotógrafo probablemente no ha tenido que hacer en toda su vida. Trabajar siempre es aburrido, piensa el ayudante, a menos que seás futbolista o boxeador y las chicas se mueran por coger con vos. Pero esto no se lo va a decir al fotógrafo, que es un hombre de ideas fijas, y que observa a la anciana como si ella, desde su silla de ruedas, fuera responsable de su infelicidad. Prefiero pegarme un tiro a acabar así, dice el fotógrafo, y el ayudante no se inmuta porque ya está acostumbrado a escucharle cosas parecidas. No debe ser tan malo si tiene a su familia, comenta el ayudante, y el fotógrafo sonríe con desprecio y le dice cómo se nota que sos joven, no sabés nada de nada.

 

Una mierda, dice Nico, avergonzado, enseñando la corbata a rayas que se ha puesto para las fotos. Hace calor y la camisa de mangas largas se le pega al cuerpo.
      Te ves bien, le dice Diana, seguramente con las mejores intenciones, pero las palabras de la prima no sirven de consuelo: Diana lleva una bufanda de gasa alrededor del cuello y el cabello recogido en una cascada de rizos rígidos logrados a punta de Aqua Net. No se puede tomar en serio la opinión de una chica que se arregla así, piensa él.
      Parecés un testigo de Jehová, dice Ceci, sentada en la mesa de la cocina, donde balancea sus piernas largas y bronceadas. A sus doce años, Ceci aparenta más edad que sus primos, con el espeso maquillaje rosa sobre los párpados y su tendencia a llamar “cariño” a todo el mundo, incluso a los adultos.
      Ya sé que me veo ridículo, dice Nico, mirando pesaroso las puntas de sus mocasines negros. Ninguna de sus primas lo desmiente.
      ¿Te obligaron?, dice Ceci.
      Mi papá, responde Nico.
      Se ha tomado mal lo de la abuela, ¿no?
      Anda de un humor de perros.
      Qué mala pata, dice Diana, bebiendo de su vaso de limonada. Justo le tuvo que pasar a tío Ramón, que es el favorito de la abuela.
      Fue un accidente, dice Nico, inquieto. Se da cuenta al instante de que la suya es una aclaración innecesaria; sus primas deben estar al tanto de todos los detalles de la caída de la abuela. Así que se apresura a cambiar de tema: igual, no sé por qué me hace vestir como un viejo para esto de las fotos.
      Por un momento los chicos permanecen en silencio bajo la luz de la cocina. Ceci estira sus pies pequeños y morenos, de uñas pintadas color sandía, y suspira.
      ¿No has probado con Clearasil?, dice, apuntando al rostro de Nico, donde el acné ha comenzado a hacer estragos.
      Papá dice que las cremas son para maricones.
      Mejor a que te digan cara de pizza, dice Ceci, y suelta una risita.
      No seás mala, dice Diana, pero ella también parece divertida.
      ¿A quién le dicen cara de pizza?, dice Nico.
      A nadie, dice Ceci. Era un chiste.
      Nico se palpa las mejillas, donde la piel se le ha convertido en una llaga. Hasta hace poco, reventarse los granos le había parecido una forma más de pasar el tiempo; ahora se da cuenta, con pánico, de que Ceci tiene razón.
      No quiero salir así en las fotos, dice.
      No le hagás caso a Ceci, dice Diana, a modo de consuelo. Ella qué sabe. Pensá que lo estás haciendo por la abuela.
      No seás estúpida, dice Ceci, revisándose las uñas. La abuela ni se entera. No reconoce a nadie. El otro día le pasé la mano por la cara y ni siquiera pestañeó. Es una momia.
      Diana se sonroja y envuelve su muñeca con la punta de la bufanda de gasa. Desde la cocina, los primos ven a los adultos dar instrucciones al fotógrafo y a su ayudante. A pocos pasos de la silla de ruedas, el padre de Nico se detiene, pensativo, frente al retrato en blanco y negro de la anciana que cuelga de la pared, una foto que la exhibe en su uniforme de maestra a una edad difícil de determinar. Mecha, la madre de Ceci, se pasea por el cuarto con la bandeja entre las manos, ofreciendo vasos de gelatina a los parientes.
      No quiero que me saquen fotos, repite Nico, cada vez más angustiado, tocándose la cara y la corbata.
      Las fotos van a quedar de recuerdo para la familia, dice Diana. La abuela sigue delicada. A su edad, una fractura en la cadera es grave.       
      A la abuela no le importa todo esto, dice Nico, y hace una pausa para abarcar con la mirada la sala, donde la anciana cabecea, el rostro inundado por el sol: Y a mí tampoco.
      ¿Las fotos?, dice Diana. Tu papá es el que más insiste.
      Las fotos y la abuela se pueden ir al carajo, dice Nico. No es justo que yo tenga que pagar por las cosas de mi padre.
      Pero si no fue su culpa, dice Diana.
      Yo creo que él la empujó, dice Nico, sin pensarlo.
      ¿Lo viste?, dice Ceci, entusiasmada, inclinándose para escuchar mejor.
      Nico abre la boca, dispuesto a continuar, pero se arrepiente de inmediato.
      Mejor me callo, dice, y busca instintivamente a su padre con la mirada.
      Con eso no se juega, dice Diana, indignada. No hablés así de tío Ramón.
      Vos no te metás en lo que no te importa, dice Nico, casi a los gritos.
      El rostro de Diana se congestiona en cuestión de segundos, a punto de llorar, pero antes de que Nico y Ceci alcancen a ver sus lágrimas, la chica se levanta y camina con paso rápido hacia la sala.
      Si le cuenta a tío Ramón lo que dijiste vas a estar bien cagado, dice Ceci, ansiosa por ver algo de acción. Nico alarga la cabeza y distingue a Diana entre el grupo de parientes, de puntillas, susurrándole al oído de la tía Gina. Siente un vacío en el estómago pero se encoge de hombros, todavía desafiante y capaz de hacerle frente a lo que venga.

 

¿Cómo se cayó? pregunta Gina que siempre ha sido desconfiada y yo le digo me dieron ganas de ir al baño y cuando salí mamá estaba en el suelo Gina me mira y se queda callada ¿qué pasa? le pregunto nada dice ella simplemente me parece raro ¿qué cosa? insisto que me voy unos minutos y a mamá le pasa esto dice Gina ¿qué estás insinuando? le digo pero ella me da la espalda y dice Ramón sos un paranoico quiero contestarle pero Gina ya ha salido al patio ¿por qué estás enojado? dice Mecha y yo respondo no estoy enojado pero me tiembla un poco el pulso y me sale esta voz de gallo de la que los cadetes se hacen la burla a mis espaldas no estoy enojado pero me emputa la forma en que Gina hizo la pregunta al fin y al cabo he sido yo el que ha puesto la plata para mantenerla todos estos años soy yo el que la visita todas las tardes y le habla aunque ni siquiera sé si escucha soy yo el que la defiende cuando Alfonso dice tu mamá era muy estricta ¿cómo se atreve? nadie sabe lo que le tocó vivir a ella sin marido y sin un peso lo único que teníamos era disciplina y sin ella no sería lo que soy no hubiera podido ascender en el ejército no habría llegado nunca a general el amor es duro ese siempre fue su lema y ahora sé que es cierto con Nicolás he sido demasiado permisivo y ahora lo estoy pagando hubiera querido un hijo fuerte con carácter pero no se puede luchar contra los genes de Delia pobre Delia mamá también tenía razón cuando dijo no será una buena esposa y yo no le hice caso de joven uno cree que la juventud es un escudo contra cualquier desgracia la primera vez que la llevé a la casa no me animé a contarle que Delia era reina de Montero los desfiles son para las putas decía mamá al final se enteró por los periódicos y dijo esa mujer será tu perdición cuando me gradué del colegio militar mamá se olvidó de felicitarme o quizás fingió que no sabía el adulo echa a perder a las personas eso es cierto pero tantos años en el colegio despertándome en la madrugada soportando sin quejarme las cosas que me hacían los castigos las palizas las duchas frías y todo para demostrarle que podía ser disciplinado y ella nunca una llamada igual está orgullosa aunque no lo diga porque soy su único hijo el mayor de los hermanos a la hora del almuerzo tengo que poner las manos encima de la mesa donde mamá pueda vigilarlas Ramón ¿qué estás haciendo con tus manos? me dijo y me empujó a la cocina y me quemó los dedos en la hornalla el amor es duro en tu casa nadie lleva los pantalones me dijo tantas veces Nicolás dale un beso a tu abuelita le digo pero el chico se escapa es tan desobediente no entren nunca a mi oficina les digo a Delia y Nicolás pero Delia tiene la cabeza en otra parte y el chico no hace caso ¿qué hay en el armario papá? pregunta con esa vocecita afeminada que me cabrea hablá como hombre no como maricón le digo ¿qué hay en el armario? me repite con más fuerza y yo respondo los ojos que les arranco a los cadetes que me desobedecen es solo un chiste pero él se asusta y llora y Delia se lo tiene que llevar antes de que me moleste y pase algo peor es débil ni siquiera es bueno para los deportes mamá se reía y me decía yo te lo advertí ahora esa es tu semilla y esa será tu descendencia nunca me abraza pero era igual con Gina y Mecha quien las ve ahora diría que no se acuerdan pero Gina a veces llora y Mecha tiene la marca en el brazo que mamá le hizo enseñándole a usar la plancha Mecha es tan melodramática así son casi todas las mujeres no es culpa de mamá que ellas no sean felices yo sí entendí que sin la disciplina no hubiera llegado a ninguna parte aunque en esa época no sabía que era por mi bien que hace falta controlar la voluntad y tengo miedo mamá no me gusta que me amarre las manos a la cama le digo por favor esta noche no me las amarre le prometo que no voy a hacer nada pero ella dice la pureza es importante hijo ¿cómo sé que no vas a tocarte? y más tarde me dan ganas de ir al baño y no puedo moverme ¡Gina! grito ¡Mecha! grito pero ellas duermen profundo en el cuarto de al lado y mi vejiga está a punto de explotar otra vez te orinaste en la cama dice mamá y cuelga la sábana en el patio para que lo sepan los vecinos nadie entiende lo que es la disciplina el imbécil de Alfonso cómo se le ocurre decir eso pero lo puse en su lugar lo puse en su lugar como a cualquiera que se anime a decir algo la gente dice cosas mamá habladurías cuando vengo a visitarla soy yo el que habla y ella escucha yo sé mamá que no querías hacerme daño le digo pero es más bien una pregunta el doctor dice que sus expresiones ya solo son reflejos pero el día de la desgracia me pareció que sonreía ¿o me estaré volviendo loco? ella sabe que no fue a propósito que fue un accidente y si Gina vuelve a hacer esas insinuaciones le voy a reventar la cara

 

Lo que faltaba, dice el fotógrafo, irritado, encendiendo un cigarrillo en plena sala mientras la familia corre hacia la cocina al mismo tiempo. Ahora empiezan a matarse entre ellos y nosotros de testigos. Al menos pagaron por adelantado, comenta el ayudante, fascinado por la escena que le toca presenciar: las mujeres tratando de calmar los ánimos mientras los gritos van subiendo de volumen y el chico llora, arrodillado en el suelo, delante de todos los parientes. Yo no dije nada, solloza el chico, pero el padre no le cree y lo amenaza con la palma de la mano abierta y roja. No dije nada, protesta el chico, y la muchacha de la bufanda de gasa se cubre la boca con la mano, como hace la gente en los aviones cuando está a punto de vomitar. La otra, la más bonita, observa la escena hipnotizada. Es un chico, Ramón, no sabe lo que dice, interviene la mujer que antes estaba repartiendo gelatinas, pero nadie se arriesga a interponerse entre padre e hijo. Pídame perdón, ordena el padre, y el chico niega con el cabeza, testarudo pero a punto de quebrarse. En la sala, desde su silla de ruedas, la anciana parece despertar de su sopor. Abre los ojos pequeños y brillantes, las manos cruzadas sobre la falda negra, y hace una mueca que el fotógrafo toma por la versión deformada de una sonrisa. Mirala, le dice al ayudante, dándole un codazo, pero el ayudante está pendiente de lo que sucede en la cocina. El fotógrafo se aproxima a la anciana hasta situar la cámara a un par de centímetros de su rostro y dispara varias veces. Ella le devuelve la mirada sin parpadear. ¿Qué estás viendo, vieja imbécil?, piensa el fotógrafo, dominado por la necesidad de capturar la mueca de la anciana. Ella permanece inmóvil. El fotógrafo continúa apretando el disparador hasta que una de las mujeres lo sujeta por el cuello de la camisa y le reclama ¿qué está haciendo? ¿Está usted loco?, dice la mujer y su voz logra imponerse a los susurros y los gritos, la pregunta congelada en una burbuja que está a punto de romperse, que ya se está rompiendo mientras el padre deja de zarandear al chico y levanta la cabeza. Entonces el ayudante —que ha participado de varias peleas a lo largo de su vida y presiente cuándo le conviene retirarse— se da cuenta de que hasta ahí llegó el trabajo y de paso su lealtad con el fotógrafo, y sabe que antes de pasar al lado de la anciana y avanzar hacia la puerta alzará al vuelo algún adorno del estante —una taza de porcelana en miniatura o una bailarina de yeso— y luego, ya con el objeto bailando en su bolsillo, alcanzará la calle y echará a correr.