Van a aparecer en esta bitácora dos textos de estos días: el ensayo que leí en el Simposio Internacional del Libro Electrónico («Escritura y tecnología redux«; la lectura se puede ver en video desde aquí, entre las grabaciones del 20 de septiembre) y la conferencia inaugural del Encuentro de Escritores de Tierra Adentro («Generación Z»: la z es de zombi).
Mientras aparecen, para seguir al menos con el tema del libro electrónico, entrego el siguiente reporte de lecturas.

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En diciembre pasado mi esposa Raquel me regaló, por las fiestas, un aparatito de novedad:

No es difícil encontrar comentarios sobre el Kindle como producto, y la mayoría son muy semejantes entre sí y no muy útiles, así que no agregaré el mío. Me interesa, en cambio, contar algo de la experiencia de usar el lector, que para varios es todavía una máquina infernal pero que, como el resto de los de su tipo, no se irá. Sea con esa marca o con otra, especializado o no, el libro electrónico está aquí para quedarse, como se dice. He aquí mis impresiones:

1. Quienes se preocupan por los cambios en el acto de leer pueden estar tranquilos: el Kindle, como los productos similares de hardware y software, está diseñado para imitar en lo posible la experiencia de leer en un libro impreso, a la que están habituados tanto millones de personas como buena parte de la educación y la cultura material del mundo. El aparato sigue requiriendo algo semejante a pasar páginas, deja recorrer los índices de los libros, permite avanzar deprisa sobre guardas y páginas legales. No es probable que el libro electrónico retenga para siempre tantas características de sus predecesores –el libro impreso no lo hizo cuando suplió a los libros copiados a mano– pero la transición no será (no es) realmente violenta.

2. A pesar de que están diseñados para utilizar de diversas formas una conexión a internet, y de que permiten la carga y manipulación de archivos como cualquier otro dispositivo digital, los aparatos para leer libros electrónicos no están creados para facilitar el tráfico gratuito de libros. En este sentido, como en otros, son iguales a los reproductores de sonido en formato MP3: siempre será posible la piratería pero la de libros electrónicos requiere el mismo esfuerzo que cualquier otra.

3. Los libros electrónicos pueden cambiar hábitos y costumbres de lectura, simplemente porque modifican aspectos del contacto con el texto que en el mundo del libro impreso se habían vuelto parte invariable de las costumbres de muchos lectores. Pero esto puede significar que lectores de libros tradicionales se diversifiquen y, sobre todo, que personas que no leen libros tradicionales –que se consideran no lectoras aunque visiten sitios web o se comuniquen mediante redes sociales– se asomen a textos que de otro modo no hubieran considerado. Si esto llega a suceder, por supuesto, no será tratando de forzarlas a un tipo de lectura que no conocen y que no les parecerá natural: parte de las transformaciones en la escritura que vendrá serán para adaptarla a los nuevos medios, y estas modificaciones, aunque no lleguen de inmediato, siempre terminan por ser inevitables. Ha sucedido lo mismo en todos los momentos de cambio tecnológico que han afectado a la escritura o la lectura. Más vale aceptarlo.

4. Los hábitos de consumo de libros (no son lo mismo que los hábitos de lectura, aclaro, aunque algunos estudios estadísticos no se hayan dado cuenta) van a cambiar también. Por una parte, el Kindle ofrece la posibilidad de comprar libros directamente desde el aparato, sin tener que usar una computadora para visitar la tienda electrónica de la empresa Amazon, lo que puede alentar las compras súbitas. Por otra, también es posible comprar en otras tiendas y, de hecho, encontrar libros gratuitos o convertir archivos de texto preexistentes a formatos de libro electrónico. A la vez que Amazon intenta, como varias otras grandes corporaciones de internet, que el usuario se mantenga siempre «conectado» dentro de su esfera de influencia (para venderle más y con más frecuencia, se entiende), sigue siendo posible darle la vuelta a esas artimañas, y no sólo por medios ilegales.

(4a. La conversión de archivos resulta imperfecta en muchas ocasiones cuando se utilizan las herramientas más asequibles; si no se revisa el archivo resultante, puede haber errores desde párrafos con formato incorrecto, saltos de línea omitidos o agregados arbitrariamente y otros más. El sentido del texto puede alterarse, y copias sucesivas pueden hacer crecer la alteración. Esta es la versión actual del deterioro de los libros que, en otras etapas de la escritura, se daba por ejemplo a causa de la fragilidad de los materiales de escritura.)

5. No todos los lectores de libros electrónicos son iguales. El Kindle es más amable para los ojos porque no emite luz: utiliza una «tinta electrónica» semejante (pero todavía no igual, ni tan ubicua) a la que Nicholas Negroponte y Joe Jacobson describieron en 1997, y que depende de la luz ambiental para verse igual el texto impreso en papel de modo convencional. Por otro lado, con la popularidad de las pantallas táctiles, la interfaz del Kindle, que utiliza teclas y botones, puede parecer más torpe para algunas personas. Hasta el momento no se ha desarrollado una pantalla táctil de tinta electrónica que funcione satisfactoriamente. Personalmente, prefiero no tener una interfaz táctil.

6. Lo que se dice habitualmente es cierto: realmente resulta más cómodo llevar muchos libros en formato digital. Y también la actitud hacia ellos puede cambiar. Una compra reciente, por recomendación de un amigo, fue un «paquete» de oferta: los cuatro primeros tomos (en inglés) de «A Song of Ice and Fire», el ciclo de novelas de fantasía épica de George R. R. Martin en el que se basa la serie televisiva Game of Thrones. Las novelas son entretenimiento muy bien escrito pero sin mayores aspiraciones, y no creo que vaya a releerlos cuando los termine: se dejan atravesar como una novela por entregas del siglo XIX (o como una serie televisiva del XXI) pues cada capítulo está construido para a) ampliar el suspenso del precedente cambiando abruptamente el punto de vista; b) complicar alguna de numerosas intrigas de la trama y c) dar una vuelta de tuerca que establezca un nuevo elemento de suspenso. Nada de esto, claro, tiene el mismo efecto al leerse por segunda vez.
¿Cuál sería la diferencia entre leer estos libros en versión digital y leerlos impresos? Que son un bloque enorme de papel que no podría ni querría llevar a ninguna parte, y que además tiene un precio mucho mayor en las librerías. No los habría comprado de no haber estado de oferta, pero aún más de no haber existido en formato digital; en el lector electrónico no «abultan» más que todos los otros textos que ya he cargado en él, puedo leerlos en los ratos libres sin esfuerzo y pasar, cuando lo necesito, a cualquier otro texto: en el aparato tengo libros de referencia, otros libros para leer por gusto, un respaldo de mis cuentos para leer en público y mucho más.

7. Por supuesto, la desventaja de comprar en una tienda en los Estados Unidos, como lo hice al comprar aquellos libros, está en el precio del dólar. Ya están dando sus primeros pasos tiendas en español y mexicanas de libros electrónicos, pero nos hace falta –nos urge– que avancen más rápido: que nos ayuden a no quedarnos atrás, como ha sido habitual, en los cambios de la tecnología y las costumbres.

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En otras noticias de lectura digital, 83 novelas, la antología de minificciones que puse hace algún tiempo en la red para su descarga gratuita, ya ha rebasado las 12,000 descargas desde Las Historias. Si hubiese cobrado un peso por cada descarga, el costo de la hechura del pequeño tiraje impreso del libro ya se habría pagado con creces. Ahora que se habla de modelos de distribución y venta digital, da gusto ver un experimento que funciona. Habrá más libros así, por supuesto, en el futuro.

De la estadísticas de descargas, además, se puede obtener alguna información interesante. Dos terceras partes de las descargas han sido del archivo PDF, que es el formato menos avanzado pero el más fácil de imprimir para crear un objeto semejante a la edición en papel del libro, o para leerse en pantalla con accesorios de software fáciles de conseguir. El tercio restante ha quedado casi parejamente repartido entre las descargas del archivo EPUB y, con algo de desventaja, las del archivo MOBI (el propio del Kindle) que son propiamente los formatos de libro electrónico. Esto quiere decir que el e-book no ha terminado de penetrar, al menos, entre los interesados en leer 83 novelas, pero ya está llegando. Veremos…