No pude preparar textos para todas las presentaciones de libros en las que he estado en la FIL de este año, pero sí pude escribir lo que sigue para acompañar un libro muy extraño y entrañable. Lo reproduzco como lo leí salvo una o dos modificaciones: creo que no es lo usual presentar libros leyendo pequeñísimos diccionarios, pero la situación se prestaba, como podrá verse.

Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs

Cane, Miguel. Escritor y periodista mexicano, nacido en 1974. No debe ser confundido con el escritor y político argentino Miguel Cané, a quien ahora se recuerda, sobre todo, porque su nombre es el de una biblioteca en la que Jorge Luis Borges tuvo un empleo horrendo. Nuestro Cane se formó en México, en el periodismo, y se ha dado a conocer principalmente como articulista y crítico de cine. Sus notas, reseñas y entrevistas se pueden encontrar en diversas publicaciones, y varias entrevistas están también en un libro previo, Íntimos extraños. Ya publicó una novela, Todas las fiestas de mañana, así como varios cuentos que han aparecido aquí y allá. Tiene varios proyectos por venir. Tras haber residido varios años en Gijón, España, Cane ha vuelto a México y trae consigo este libro, el Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs, publicado por la editorial Impedimenta en una edición hermosa, ilustrada por Ana Bustelo.
      De niño, Cane fue extra en Dunas de David Lynch, donde  tomó la mano de Sean Young y durmió sobre la falda de Virginia Madsen. Poco antes o poco después, pudo haber sido responsable de la ola de melodramas japoneses que llenó la televisión infantil mexicana durante los años ochenta. De adulto, conversa regularmente con varios de los hombres y mujeres más famosos y atrayentes del mundo, y ha encontrado el lado flaco, el punto vulnerable, la anécdota conmovedora que define a varios de ellos; ha polemizado y peleado dentro y fuera de su medio; ha sostenido sus opiniones con firmeza y elocuencia; ha visto más cine que usted y lo recuerda todo.

 

Caine, Michael. Actor británico que fue Alfie, que ahora es fetiche de Christopher Nolan y que, desde luego, tampoco debe ser confundido con Miguel Cane. Dicho lo anterior, hay que agregar una revelación de las muchas que se pueden hallar en el Pequeño diccionario de cinema: a saber, “Miguel Cane” y “Michael Caine” se parecen en que ambos nombres son seudónimos. El actor, nos cuenta Cane, se llama en realidad Maurice Joseph Micklewhite, evidentemente tuvo que buscar un nombre artístico, y al mirar a su alrededor lo primero que vio fue una marquesina donde se anunciaba la película El motín del Caine. Como dice Cane que dice Caine, si Caine hubiera mirado en otra dirección, no se llamaría Caine, sino, probablemente, Michael 101 Dálmatas. Yo felicito a Miguel Cane porque, al elegir su propio seudónimo, no dio en llamarse Miguel Vértigo, o Miguel El Bebé de Rosemary, porque Cane suena mucho mejor.

 

Cinema. La palabra elegida por Miguel Cane para referirse a la cinematografía, el cine, el kino, el séptimo arte, la pantalla de plata, etcétera. Todos hemos crecido con esa tecnología convertida en arte y medio masivo, aunque no siempre acostumbramos usar la palabra cinema como la usa Cane. ¿Por qué elegirla? No es un término tan fácil como parece: quién sabe si tendríamos que pronunciarlo cinemá, o bien cínema, según nos guste su estirpe francesa o su empleo anglosajón. Pero además de que podemos decir cinema a la castellana, sin dificultad, lo importante es que la palabra apunta a un detalle importantísimo de este libro: es un volumen erudito, abundante, muy diverso, pero sobre todo es un libro profundamente personal, hecho de decisiones personales, de ideas personales, y de más aún. Pero ahora hay que pasar a

 

Diccionario. Un libro con una lista de palabras o términos de los que se ofrece una definición y otras informaciones aledañas. El Pequeño diccionario de cinema pertenece a la variedad enciclopédica, pues ofrece nombres en vez de sustantivos comunes, y lo que cuenta es menos la etimología de las palabras que los datos referidos a cada nombre. Pero no es un diccionario exhaustivo, donde se pueda encontrar absolutamente todo lo que se puede preguntar acerca del mundo del cine. El libro contiene 250 entradas sobre otros tantos actores, actrices, directores, personajes y otras figuras, tomados sobre todo de la cinematografía de Hollywood y de Europa, y con un énfasis especial en las películas del periodo comprendido entre 1959 y 1979. No están todos los que son o podrían ser, pues, y de hecho el libro incluye, por ejemplo, a un solo director de fotografía (Néstor Almendros), una sola diseñadora de vestuario (Edith Head) y un solo personaje animado (Bambi); el libro menciona a Roy Batty, el replicante y héroe trágico de Blade Runner de Ridley Scott (1982), pero no a Rutger Hauer, el actor que interpretó a Batty, ni al propio Ridley Scott; el libro menciona a algunas pocas personalidades del cine español y del cine mexicano, pero no del cine chino, digamos, ni del de muchos otros países; el libro se concentra según su gusto en filmes, anécdotas, alguno que otro chisme (quién se besó con quién en qué rodaje; quien escondía un amor, o una enemistad, o una preferencia sexual), y las fichas resultantes son por lo tanto heterogéneas, diversas y a veces de lo más caprichoso; el libro agrupa a algunos personajes por parentesco, como a Francis y Sofia Coppola; el libro deja muy claro que a su autor no le caen bien algunas personas y algunas películas, que no menciona y que yo tampoco mencionaré.
      ¿Qué es lo que guía a este libro? Habrá quien piense que lo guía la idea de la

 

Estrella. La actriz o el actor de enorme fama y fortuna en el mundo del espectáculo, cuya identidad se confunde con la de los personajes que interpreta y cuya propia vida puede ser más importante para el público que cualquiera de sus papeles. En el diccionario están reinas y reyes de la belleza como Alain Delon y Marilyn Monroe, y también los “monstruos sagrados”, las figuras de la más alta talla, como Ingrid Bergman o Cary Grant. Por otra parte, tal vez la guía podría ser el concepto del

 

Fetiche. El actor o actriz que es llevado, como dice Cane, por un director en varias de sus películas, en papeles pequeños o grandes, casi como si fuera un amuleto de la suerte. Además de que se menciona la predilección que tiene David Lynch por Laura Dern, entre muchas otras, la devoción del propio Miguel Cane por Mia Farrow, por ejemplo, o por Sharon Tate, será evidente para quien lea las entradas correspondientes. Son sus fetiches de escritor: los signos de sus predilecciones y aversiones profundas, de la vida interior que se manifiesta siempre por reflejo en la literatura y en el resto de las artes. O acaso la palabra clave es

 

Mitómano. No aquel a quien le gusta mentir, sino a quien le gustan los mitos. Más precisamente, las historias, basadas o no en la realidad, que inspira el cine. No es que eso sea tan raro: bien que mal, a todos nosotros nos han atraído o repelido ciertos personajes; nos han inspirado o asustado ciertas historias; nos ha fascinado la imagen en movimiento, que crea una realidad paralela en la que siempre creemos entrar, aunque a la vez sea siempre otro lugar, una galería de sombras y de luces donde los bellos son siempre bellos, los jóvenes siempre jóvenes, los villanos siempre despreciables (salvo cuando no lo son) y en cualquier momento puede escucharse la música precisa para enardecernos, enfurecernos o sacarnos las lágrimas.
      Hasta cierto punto, sospecho que las anteriores son todas ciertas en alguna medida. No por nada el libro está dirigido a los mitómanos amateurs (es decir, a todos nosotros, que no lo sabemos todo sobre nuestras películas favoritas, que estamos dispuestos a asombrarnos con las historias sórdidas, conmovedoras, o sorprendentes que podamos descubrir, que no queremos que nos cuenten el final, en fin, que vamos al cine como quien va al cine). Pero hay algo más: es la

 

Personalidad. Las cualidades individuales que distinguen a una persona de todas las otras, y en especial aquellas relacionadas con su carácter. Y en una segunda acepción, la persona que se vuelve famosa por sí misma, más allá de las actividades que lleve a cabo o cualesquiera razones que pudieran justificar su fama.
      En la literatura mexicana reciente, que es parte de la sociedad y del mundo que la rodea aunque haya quien piense lo contrario, está sucediendo un fenómeno interesante: un nuevo culto de la personalidad. Siempre hemos tenido celebridades. Por ejemplo, Amado Nervo, a quien apenas se recuerda ahora como un poeta obligatorio y más bien rancio en las escuelas primarias, fue de hecho el primer rockstar de la literatura nacional,  como se puede comprobar cuando se descubre que, tras morir en la ciudad de Montevideo, fue  llevado hasta México por mar y en cada uno de los puertos por los que pasó el barco hubo multitudes reunidas ante el muelle, con la esperanza de ver –al menos de lejos– el ataúd. Siempre hemos tenido celebridades, repito, pero las de la actualidad pesan, y llaman la atención, más que nunca. Una serie de autores cada vez mayor (que tiene precursores como José Agustín o Guillermo Fadanelli y representantes como Xavier Velasco, Tryno Maldonado, Carlos Velázquez, Susana Iglesias, Ashauri López, y muchos, muchísimos más) se está dando a conocer no sólo con sus obras, sino por el reconocimiento que se da a sus personas, o a la idea de sus personas que cada uno da a conocer e incluso promueve activamente. Algunos de estos autores tienen obras genuinamente interesantes; otros, por el contrario, usan la escritura como pretexto para promover lo interesante de sus dichos, de su carácter y sobre todo de sus biografías. Nada es de extrañar: la nuestra es una época obsesionada con las celebridades, con la idea de “los famosos” como seres superiores, cuya vida brillante(o sórdida, o sensacional de cualquier otro modo) es un remedio contra lo opaco y miserable de nuestras propias vidas. Nos hemos enseñado a desear las vidas de otros como ilusiones a las que aspirar…, y por otro lado, desde luego, nos hemos enseñado también a desear la realidad, que supuestamente nos rodea pero cada vez nos llega menos directamente, mediada como está por gran cantidad de canales de comunicación que siempre terminan por estar bajo el control de alguien más. Aunque no pensemos en ello, lo sospechamos siempre, y esa sospecha también nos afantasma: nos vuelve irreales. Por esta razón existe ese otro grupo de autores que ha apostado por diferentes formas de escribir la realidad (incluyendo la propia), criticando los artificios de la ficción y hasta renunciando a ellos de varias maneras: siguiendo la estela del reportaje/novela non fiction de Elena Poniatowska y algunos más, así como los textos autobiográficos de autores mucho más antiguos que el término de moda de la autoficción, Julián Herbert, Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor y otro número creciente de escritores mexicanos se está dedicando a perseguir la huella de los hechos del mundo, tan pura como sea posible, en sus historias.
      Miguel Cane se encuentra en algún sitio entre estos dos grupos precisamente con este Pequeño diccionario de cinema, que es un tesoro de información y de historias pero, sobre todo, es una autobiografía. Una autobiografía apasionada, clamorosa, pero también una autobiografía discreta. Véase el caso de la ficha de

 

Schoeffling, Michael. Actor, del que Cane escribe: “Guapo y moreno exmodelo de Calvin Klein cuyo efímero paso por el cine dejó huella perdurable en miles de jovencitas –y algún chico solitario– gracias a su papel en Sixteen Candles (John Hughes, 1984)”. La tersura y frialdad de la ficha de la película contrastan con la observación en paréntesis: el chico solitario que se asoma en la nota. Es el autor, claro, desenmascarado por una imagen de belleza y un recuerdo que justifican la inclusión de un actor menos que segundón en el mismo libro que James Dean, Katharine Hepburn, Sofia Loren y tantas otras luminarias. Al autor le gustó: al autor le gustan, le apasionan, todos y cada uno de los nombres y las imágenes y las historias y las filmografías que incluye en su libro, y que ha incluido precisamente por eso: porque para él significan algo más allá de su reputación con el resto del mundo y hasta dentro de la historia del cine. En el Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateurs, Miguel Cane se retrata entero, como crítico, como cinéfilo, pero sobre todo como individuo. Uno que ha elegido, como eje al menos de su vida ante los otros, no la fiesta o el alcohol o la droga o el sexo (que son los clichés del escritor/celebridad) y que persigue, sobre todo, la realidad del cine: de esa forma de los sueños.

 

Sueños. Los que tenemos en la vida y los que el cine agrega a nuestras vidas. Ambos son la materia de este libro de Miguel Cane, como he dicho, y como he dicho también semejante material hace de este libro el retrato de un ser humano, oblicuo, sin estridencias, realizado con rigor a partir de sus obsesiones y sus amores. Sin embargo, hay algo más que también he dicho ya: todos podemos ser mitómanos, enamorados y obsesos de las historias en la pantalla. Y si todos podemos serlo, si todos podemos reconocernos en la constancia del afecto por las vidas inventadas en la pantalla, entonces el Diccionario también es un libro que puede hablarle a cualquier persona: que le permitirá reconocerse en las apetencias de otro, darle algo más de sentido a sus propias ilusiones, y desde luego disfrutar más y mejor sus paseos por ese mundo paralelo, diverso, brillante, primoroso, profundamente humano que llamamos cinema.